Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

24 de septiembre de 2026

The Israeli Lobby Boasts of Its Rule of America

 America Is Not Really a Country. It Is a Province of Israel.

Elliot Brandt, the Chief Executive Officer of AIPAC –the Israel Lobby— which is privileged by not having to register as a foreign lobby was caught on tape boasting of how easy it is for him to control the President of the United States and Trump’s national security officials – National Security Advisor and Secretary of State Marco Rubio, White House Deputy Chief of Staff for Policy Stephen Miller, CIA Director John Ratcliffe, and others.

In a stunning leaked recording, AIPAC CEO Elliot Brandt is heard openly bragging about how the powerful pro-Israel lobby manipulates key figures in Donald Trump’s national security inner circle, pushing them toward another costly and unpopular war in the Middle East on behalf of Israel.

The audio has ignited outrage online, fueling accusations that U.S. foreign policy is being dictated not by American interests, but by a foreign-aligned lobbying machine with unchecked influence. Critics say the leak is further proof that the United States is not just compromised — it is occupied.

You can listen to it here.

US Colonel Lawrence Wilkerson, former chief of staff to four-star general Colin Powell, Secretary of State in the George W. Bush regime, said:

“I watched Mossad take over the Pentagon in 2002. They did not need any identification to get through the river entrance to the building. They went upstairs to Douglas Feith, the Undersecretary of Defense for Policy—the third most powerful man in the Defense Department. Occasionally, they went to Paul Wolfowitz, the Deputy Secretary of Defense.” 

Both the 2nd and 3rd most powerful positions in the Pentagon were Zionist Jews supportive of Greater Israel’s hegemony over the Middle East. They were able to put America to war in the Middle East for the Zionist agenda of Greater Israel–from the Nile to the Euphrates, today from the Nile to Pakistan. 9/11 was their orchestrated “Pearl Harbor” that let them launch their “war on terror” that was in reality America’s destruction of Iraq, Libya, and Syria, which were obstacles to Israel’s expansion. At the present time the Israel Lobby has Americans at war with Iran, a war that to date has left Iran the victor.  

Trump is smarting under the military defeat he brought to America. He has tried to hide it in his blustering.  

Netanyahu knowing that Trump cannot accept defeat has Trump wired up to escape defeat by saving face by nuking Iran. Thus, Trump’s threat on Tuesday, September 22 before the entire world at the UN General Assembly gave Iran until after the US midterm election on November 3 to surrender or be annihilated. Annihilation of Iran requires Trump’s or Israel’s use of nuclear weapons.

What the world witnessed last Tuesday was the total controlling power of Israel over American foreign policy. The Trump regime does not serve America. It does not serve its NATO allies. It does not serve peace or justice. The Trump Regime serves Israel at the expense not only of all Americans but also all of the world.

On November 3, we will find out what percentage of Americans, if any at all, understand this.

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This article was originally published on the author’s blog.

Paul Craig Roberts was Assistant Secretary of the Treasury in the Reagan administration, associate editor and columnist for the Wall Street Journal, Business Week’s first outside columnist, columnist for the Scripps Howard News Service, contributor to the editorial page of the Los Angeles Times, and columnist for the main French and Italian newspapers, and for Creators Syndicate in Los Angeles.

He is a regular contributor to Global Research.

Featured image: AIPAC CEO Elliot Brandt (The People’s Voice)


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Riesgo país disminuye 6.000 puntos tras la reunión de Delcy Rodríguez con Trump

El diputado de la Asamblea Nacional, Miguel Pérez Abad, señaló que Venezuela y EEUU coinciden en la necesidad de consolidar la producción petrolera, como motor transversal de la economía venezolana, con el objetivo de satisfacer la demanda energética

AVN 24/09/26 11:01
El factor de riesgo país de Venezuela disminuyó al menos 6.000 puntos tras el encuentro entre la presidenta de la República, Delcy Rodríguez, y su homólogo estadounidense, Donald Trump, celebrado este martes 22 de septiembre en Nueva York, afirmó el diputado de la Asamblea Nacional (AN) Miguel Pérez Abad.

Leer también: Jorge Rodríguez tras el discurso de la Presidenta: "Este es un nuevo tiempo político basado en la verdad"

Esa cifra representa una reducción del 60 % de ese indicador desde que Rodríguez asumió la dirección del Ejecutivo nacional, según afirmó el diputado.

"El encuentro de ayer hizo que bajara seis mil puntos, solamente ese encuentro formal, de respeto mutuo y de reconocimiento a dos países soberanos, cada quien con su agenda, pero que tienen un interés común", declaró Pérez Abad, citado por medios de comunicación nacionales.

Según el diputado, tanto el encuentro entre los dos líderes como la presencia de Rodríguez en la 81 Asamblea General de las Naciones Unidas, constituyen un reconocimiento de legitimidad.

El legislador agregó que ambas naciones coinciden en la necesidad de consolidar la producción petrolera como motor transversal de la economía venezolana, con el objetivo de satisfacer la demanda energética de Estados Unidos, país que figura como el mayor consumidor de crudo del mundo.
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China acumula toneladas de oro: ¿qué sabe Pekín que el resto del mundo ignora?

 


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De prensabolivariana en septiembre 24, 2026

En los primeros ocho meses de 2026, las importaciones auríferas de Pekín alcanzaron una cifra sin precedentes para ese período.

Las importaciones chinas de oro han alcanzado este año niveles de récord. Entre enero y agosto, las compras superaron las 1.000 toneladas, por encima del volumen registrado durante todo 2025.

La fuerte demanda de inversión y la fortaleza del yuan han favorecido las importaciones. Los fondos chinos cotizados en bolsa (ETF) incorporaron unas 44 toneladas de oro hasta agosto, un 18 % más que a primeros de año. Ese mismo mes, el banco central adquirió la mayor cantidad de lingotes desde 2023.

¿Cuánto oro está acumulando Pekín?

En los primeros ocho meses de 2026, las importaciones auríferas de China alcanzaron los 158.800 millones de dólares, una cifra récord para ese período. A modo de comparación, baste recordar que durante todo 2025 el país importó oro por valor de 96.500 millones de dólares.

Sin embargo, los datos oficiales podrían ser solo la punta del iceberg. Analistas de Goldman Sachs creen que el Banco Popular de China compra más oro del que declara: en mayo, cerca de 48 toneladas pasaron por el mercado londinense, mientras que en los informes aparecieron solo 10 toneladas.

Al mismo tiempo, Pekín sigue reduciendo sus inversiones en deuda estadounidense. En julio, el volumen de bonos del Tesoro de EE.UU. en manos de China cayó hasta 618.000 millones de dólares, el nivel más bajo desde agosto de 2008.

¿Qué hay detrás de la estrategia de Pekín?

«El crecimiento récord de las importaciones de oro de China y las ventas masivas de deuda pública estadounidense no son una mera coincidencia, sino una estrategia a largo plazo bien pensada«, afirma Natalia Milchakova, analista principal de Freedom Global. Según la experta, Pekín no solo busca diversificar sus reservas, sino también reducir la participación del dólar y sustituirlo por oro.

El año pasado, China abrió en Hong Kong su primer depósito ‘offshore’ de oro que permitirá realizar operaciones en yuanes y otras monedas fuera del sistema del dólar. La experta cree que Pekín también podría estar reforzando sus reservas ante posibles sanciones de EE.UU. contra el Banco Popular de China.

Por su parte, Alexánder Vínnik, experto financiero y empresario, señala que China, con sus acciones, sostiene el mercado del oro, representando alrededor del 11 % del mismo. China compra más lingotes de los que muestra oficialmente para «no alimentar la fiebre» en el mercado ni revelar al mundo la estructura completa de sus reservas.

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La Inteligencia Artificial en las agendas de la ONU

 


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De prensabolivariana en septiembre 24, 2026

Esta semana se reúne la Asamblea General de las Naciones Unidas en su 81.º período de sesiones, entre el 22 y el 28 de septiembre de 2026. Su lema central será: “Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos”. Y estará atravesada por un clima global de belicismo mercantil imperial y su niña mimada en el presente, la mal llamada Inteligencia Artificial.

Democratizar la Inteligencia Artificial no debería significar solamente ampliar el acceso de los usuarios al menú del mercado de aplicaciones, sino democratizar las capacidades para crearla, manejarla, comprenderla, auditarla, producirla, cuestionarla y decidir colectivamente sus usos. Desarrollar una política tecnológica soberana. La pregunta estratégica para las Naciones Unidas y para los pueblos no es únicamente cómo controlar los excesos de la IA monopolizada, sino cómo impedir que una transformación civilizatoria quede subordinada a intereses mercantiles e ideológicos bajo una lógica en la que la eficiencia burguesa termine reemplazando la deliberación social. Finalmente, la disputa debería centrarse en algo más profundo: el derecho de las sociedades a participar en la construcción de los lenguajes con los que interpretan la realidad que experimentan, se interpretarán y podrán erradicar todos sus horrores. En este contexto, la Inteligencia Artificial trasciende la mera función de herramienta y se transforma en un territorio de conflicto cultural: una contienda por quién designa, quién clasifica, quién recuerda, quién hace visible y quién consigue que una representación del mundo se acepte como la correcta. Disputa por el sentido.

Porque la, mal llamada, Inteligencia Artificial está lejos de ser asunto reservado a los vendedores de mercancías tecnológicas, a las corporaciones digitales o a los especialistas en computación y a todas sus alianzas militares, de espionaje y represión. El incremento de su presencia en las agendas de las Naciones Unidas evidencia una transformación de magnitud histórica: no se trata únicamente del desarrollo de nuevas herramientas, sino también del control de infraestructuras capaces de influir en la producción de conocimiento, la circulación de información, la organización laboral, la seguridad, la economía, la cultura y, en constante crecimiento, en las condiciones en las que los seres humanos construyen sus percepciones de la realidad. Lo que está en discusión bajo la palabra “Inteligencia Artificial” es mucho más que una tecnología.

Se está en disputa la habilidad para producir, procesar, ordenar y jerarquizar grandes volúmenes de datos; quién tendrá el control sobre los sistemas de computación y las redes de infraestructura; quién determinará los criterios con los que las máquinas clasifican el mundo; quién podrá imponer sus modelos lingüísticos y culturales; quién tendrá acceso privilegiado a las capacidades de cálculo y quién quedará reducido a un consumidor dependiente de tecnologías producidas en otros centros de poder. Por eso resulta anestésico mirar la IA solamente desde la fascinación tecnológica o desde el temor a una futura rebelión de las máquinas.

Hay que mirar al capitalismo y las relaciones sociales, económicas y geopolíticas que existen detrás de ellas. Una cantidad relativamente pequeña de corporaciones concentra capacidades extraordinarias de cómputo, datos, infraestructura, modelos, plataformas y capital. Ese proceso de concentración transforma a los monopolios tecnológicos en actores con una capacidad de intervención que excede ampliamente el mercado tradicional. No únicamente comercializan productos: gestionan infraestructuras de comunicación, poseen grandes repositorios de datos, supervisan plataformas donde se genera y distribuye cultura, participan en los circuitos de información y desarrollan sistemas capaces de generar textos, imágenes, sonidos, código y respuestas que millones de individuos integran en sus procesos cotidianos de adquisición de conocimiento. Y algunos gobiernos son cómplices de tal canallada.

Así resulta que unas pocas empresas pueden controlar las infraestructuras mediante las cuales millones de personas buscan información, producen contenidos, interpretan acontecimientos y toman decisiones; estamos frente a una forma de poder que no puede analizarse únicamente con las categorías tradicionales (y frecuentemente ilusionistas) de la economía burguesa. El problema es también semiótico y político. La IA puede convertirse en una gigantesca maquinaria de producción y administración de sentidos. Se le permite seleccionar lo que se manifiesta, lo que se oculta, lo que se considera relevante, lo que se presenta como verdadero, lo que se descarta como marginal y el lenguaje disponible para denominar los sucesos.

No hace falta imaginar una conspiración centralizada para comprender el problema. Basta observar que los sistemas funcionan mediante datos, modelos, criterios de clasificación, objetivos comerciales, políticas de plataforma y decisiones humanas que no son neutrales. Cada sistema incorpora determinadas concepciones del mundo y, al mismo tiempo, puede reproducir las desigualdades, prejuicios y jerarquías presentes en los materiales con los que se construyó. Por eso la discusión internacional sobre gobernanza de la IA es inseparable de una discusión sobre soberanía. Soberanía tecnológica, pero también soberanía cultural, lingüística, científica y cognitiva.

Para los mal llamados países periféricos, el riesgo no consiste solamente en llegar tarde a una revolución tecnológica. Se trata de quedar inmersos en una nueva división global laboral en la que unos pocos centros producen modelos, chips, infraestructura y conocimiento, mientras que grandes regiones del planeta aportan datos, usuarios, recursos naturales, energía, mercados y trabajo, y posteriormente adquieren las tecnologías resultantes. La dependencia podría adoptar así una forma nueva: no solamente depender de máquinas fabricadas afuera, sino depender de sistemas que participan en la producción de nuestras propias representaciones del mundo.

En este punto aparece la dimensión de la guerra cognitiva. No se trata de reducir toda IA a una herramienta militar ni de afirmar que toda manipulación informativa proviene de algoritmos. Consiste en admitir que la contienda contemporánea por el poder incorpora cada vez más la habilidad de influir en la atención, las percepciones, las emociones, la memoria social y los marcos interpretativos a través de los cuales las sociedades interpretan los sucesos. Una sociedad cuya información puede ser personalizada hasta el extremo, cuya agenda pública puede ser modulada por sistemas algorítmicos y cuyos ciudadanos reciben contenidos distintos de acuerdo a perfiles invisibles, experimenta una profunda transformación de su espacio público. La guerra cognitiva, en ese sentido, no necesita comenzar con una falsedad espectacular.

Puede operar mediante saturación, fragmentación, repetición, invisibilización, polarización, fabricación de tendencias o desplazamiento permanente de la atención. Puede hacer que determinados problemas parezcan centrales mientras otros desaparecen del campo perceptivo. Puede producir la ilusión de que una determinada interpretación es espontáneamente mayoritaria cuando, en realidad, ha sido amplificada por mecanismos tecnológicos. Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿qué estamos viendo cuando miramos una pantalla y qué parte de la realidad ha quedado fuera del encuadre?

Entonces las agendas de Naciones Unidas son importantes precisamente porque se ha vuelto escandaloso el plan imperial llamado Inteligencia Artificial que se disfraza de marco multilateral de gobernanza, derechos, desarrollo y cooperación. Debemos denunciar lo que queda fuera de las agendas, qué conceptos predominan y quiénes tienen capacidad efectiva para intervenir en su definición. “Inteligencia Artificial responsable”, “Inteligencia Artificial segura” o “Inteligencia Artificial centrada en el ser humano” son importantes, pero no son suficientes si no se cuestiona quién tiene las infraestructuras, quién tiene el control de los datos, quién determina los estándares, quién obtiene los beneficios y quién asume la responsabilidad de los costos sociales y ambientales. Cómo sirve a los negocios bélicos.

Tampoco alcanza con discutir la desinformación sin discutir la arquitectura económica de las plataformas que convierten la atención humana en mercancía. La cuestión decisiva no es solamente qué puede hacer la Inteligencia Artificial, sino quién puede hacer qué con ella, bajo qué condiciones y para beneficio de quién. Allí se encuentra lo que se ve y lo que no se ve. Vemos modelos cada vez más poderosos, interfaces seductoras, máquinas capaces de producir imágenes, voces y textos extraordinariamente convincentes.

Vemos la promesa de productividad, innovación y progreso. Lo que frecuentemente no observamos es el uso de centros de procesamiento de datos, el consumo energético, los minerales, las cadenas de suministro, los trabajadores invisibilizados, los grandes volúmenes de datos, las decisiones corporativas, los intereses geopolíticos y las relaciones de propiedad que posibilitan esa aparente magia. Y tampoco vemos suficientemente el desplazamiento silencioso de una batalla fundamental: la lucha por determinar quién tendrá capacidad de producir sentido en sociedades cada vez más mediadas por sistemas algorítmicos.

Por eso la discusión sobre Inteligencia Artificial no puede quedar encerrada en la ingeniería. Es una discusión económica, geopolítica, cultural y semiótica. Es una discusión sobre el poder. La auténtica preocupación radica en la posibilidad de que los pueblos tengan la capacidad de interpretar su propia realidad, generar sus propios saberes y disputar los sentidos con los que se organiza la vida colectiva. La verdadera pregunta estratégica no es si las máquinas pensarán como los seres humanos. Es quién está consiguiendo que los seres humanos piensen cada vez más dentro de las condiciones diseñadas por las máquinas y por quienes las controlan.

Es imperativo solicitar a la Organización de las Naciones Unidas que se pronuncie sobre el dilema actual de la Inteligencia Artificial. Uno de los problemas fundamentales es la soberanía cognitiva, en particular la capacidad de una sociedad para preservar sus propios márgenes de interpretación, deliberación y decisión cuando una gran cantidad de sus mediaciones culturales comienza a depender de sistemas tecnológicos desarrollados y gestionados por actores transnacionales. Especialmente en el centro de la Guerra Cultural desplegada por el capitalismo en su fase imperial. Esto obliga a ampliar la noción de soberanía más allá del territorio, las fronteras y los recursos materiales. Además, será necesario debatir sobre la soberanía sobre los datos, las lenguas, los archivos culturales, los conocimientos colectivos y las condiciones a través de las cuales una comunidad puede hacerse visible en los sistemas que organizan el saber. La problemática adquiere una magnitud particularmente delicada para las comunidades cuyas experiencias históricas, lenguajes y formas de conocimiento han sido tradicionalmente subrepresentadas en las arquitecturas de información. Si las ofensivas comerciales, tecnológicas y militares de los propietarios de la Inteligencia Artificial se transforman en mediadores privilegiados entre los individuos y el mundo, estar fuera de su construcción equivale a estar parcialmente fuera de la definición tecnológica del presente y del futuro. Es decir, quedar dentro de una nueva esclavitud.

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*Fernando Buen Abad Domínguez es un prestigioso intelectual mexicano, filósofo y escritor mexicano, nacido en 1956. Especialista en Filosofía de la Comunicación y la Imagen, es doctor en Filosofía y director de cine egresado de la Universidad de Nueva York. Su obra destaca por el análisis crítico de la semiótica, la estética y la comunicación para la emancipación de los pueblos. Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y del consejo consultivo de TeleSur. Ha publicado numerosos libros, entre los que destacan Filosofía de la comunicación y La guerra simbólica. Actualmente, ejerce la docencia e investigación en universidades de Argentina y México, promoviendo un pensamiento transformador. Su labor busca combatir la hegemonía mediática mediante el desarrollo de una conciencia crítica en la sociedad. @FBuenAbad

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