1. Una rectificación en beneficio de los trabajadores
Todo manifiesto sindical es, en primera instancia, un producto ideológico. Pero la ideología no flota en el vacío: expresa, bajo formas elaboradas, las contradicciones que ocurren en el nivel de la producción y la reproducción de la vida material. Este documento de la CBST-CCP corresponde a una organización que se autodesigna como de clase, pero su estructura discursiva revela una operación de sustitución: los conflictos geopolíticos y militares ocupan el lugar que, en un análisis estricto de clases, debería corresponder a las relaciones de producción internas. La guerra, el bloqueo y los desastres naturales son presentados como las determinaciones principales de la situación nacional, mientras que las relaciones capital-trabajo en el ámbito de la industria, el agro y los servicios aparecen diluidas en un llamado genérico a la "unidad". Esto no es anecdótico: indica que la organización concibe el espacio de la lucha política como externo al taller, la fábrica o el campo.
Estructuralmente, esta operación tiene un efecto claro: desvía el foco de la contradicción antagónica entre trabajadores y propietarios de los medios de producción hacia una contradicción interestatal y geopolítica. No se trata de afirmar que esa contradicción externa sea falsa; el asedio financiero y las medidas coercitivas son hechos objetivos que afectan la reproducción económica. Pero la preeminencia que se les otorga en el texto convierte lo geopolítico en el eje organizador de toda la estrategia, dejando en un segundo plano las leyes inmanentes del modo de producción venezolano, que sigue siendo capitalista y dependiente. Un manifiesto que no interpela directamente al capital, sino al imperio como sujeto principal del conflicto, está realizando una elección teórica con consecuencias prácticas: la lucha de clases se subordina a la lucha antiimperialista, y la autonomía obrera se pliega a la defensa del Estado nacional.
2. La categoría de "clase obrera" y su determinación histórica concreta
Desde el punto de vista estructural, la clase obrera no es un sujeto ideal, sino una posición dentro de la división social del trabajo. En Venezuela, esa posición ha sufrido transformaciones profundas en las últimas dos décadas que ningún análisis serio puede ignorar. La economía ha experimentado un proceso de desindustrialización acelerada, una contracción sostenida del empleo formal y una expansión enorme del trabajo por cuenta propia, de la economía popular y de la migración forzada como válvula de presión demográfica. En ese contexto, hablar de "clase obrera" como un bloque homogéneo, con intereses unívocos y una conciencia compartida, resulta conceptualmente problemático.
El manifiesto, sin embargo, trata a esa clase como una categoría política, no como una categoría económica. La menciona insistentemente, pero no la descompone en sus fracciones: asalariados públicos, trabajadores petroleros, maestros, campesinos sin tierra, pescadores artesanales, empleados del comercio informal. Cada una de estas fracciones tiene una relación distinta con los medios de producción, un nivel de ingreso diferente, una capacidad de organización y una exposición a la explotación que varía sensiblemente. La ausencia de esta diferenciación interna convierte al sujeto del manifiesto en un sujeto retórico, más cercano al llamamiento patriótico que al análisis de clase en sentido estricto. Esto no invalida su función movilizadora, pero sí limita su utilidad como instrumento de conocimiento de la realidad material.
Desde una lectura imparcial, cabe preguntarse si esta homogenización responde a una necesidad política o a una carencia analítica. Es probable que ambas cosas se combinen. Pero lo relevante, desde la óptica estructural, es que un sindicato que aspira a representar a la clase trabajadora debería comenzar por describir cómo esa clase se reproduce, qué come, cómo se traslada, cuántas horas trabaja y bajo qué condiciones. El manifiesto no ofrece esa radiografía, y esa omisión no es menor, porque de ella depende la posibilidad de construir un programa reivindicativo concreto, negociable, medible y exigible.
3. La ausencia de un programa económico obrero y la cuestión del Estado
Toda lucha de clases es, en última instancia, una lucha por el control del excedente económico y por la dirección del Estado. En este documento, la referencia al Estado es de lealtad y defensa, no de disputa o control. No se menciona ningún mecanismo de participación obrera en la planificación económica, en la asignación del presupuesto, en la fiscalización de las empresas públicas o en la definición de la política salarial. Este es un dato estructural de primer orden: el sindicalismo aquí no se concibe como un poder de contrapeso al Estado, sino como un brazo auxiliar del mismo.
En términos de teoría política, esta postura corresponde a lo que Gramsci llamaría "corporativismo ampliado" o, en su defecto, a una forma de integración orgánica donde las organizaciones de clase renuncian a su función conflictiva para asumir una función de legitimación. No se trata de juzgar si eso es bueno o malo; se trata de constatar que el manifiesto no plantea ninguna reivindicación que ponga en cuestión la propiedad estatal sobre los recursos estratégicos ni la gestión empresarial del capital público. La defensa de la soberanía nacional se convierte así en el techo político de la propuesta, y dentro de ese techo no cabe la exigencia de democracia económica, de autogestión obrera ni de control de la producción por parte de quienes generan la riqueza.
Un programa económico obrero, desde el punto de vista de los intereses materiales de los trabajadores, debería incluir al menos cinco elementos: a) una escala móvil de salarios vinculada a la inflación y a la productividad; b) un sistema de seguridad social universal y financiado con aportes patronales progresivos; c) un plan de vivienda, alimentación y salud gestionado con participación de comités de base; d) mecanismos de cogestión en las empresas estratégicas; e) un fondo de estabilización laboral que proteja a los trabajadores ante despidos o cierres. Ninguno de estos elementos aparece en el manifiesto. En su lugar, se ofrece una declaración de principios generales y un juramento de fidelidad política. La distancia entre estas aspiraciones mínimas y el contenido del documento es la distancia entre la retórica revolucionaria y la práctica reformista.
4. La determinación geopolítica como sustituto del análisis de las relaciones sociales
El manifiesto dedica una parte extensa a describir la situación mundial: la guerra en Eurasia, el conflicto entre Estados Unidos e Irán, la agresión a Gaza, las protestas en Bolivia, Argentina y otros países latinoamericanos. Esta descripción ocupa casi la mitad del texto y está redactada con un tono de crónica geopolítica. No hay objeción a que un manifiesto obrero contenga un análisis de la coyuntura internacional, siempre que ese análisis sirva para iluminar las condiciones materiales en las que la clase trabajadora desarrolla su actividad. El problema es que aquí la relación se invierte: el análisis internacional se convierte en el marco explicativo principal, y la situación doméstica aparece como un reflejo de aquel.
Estructuralmente, esta inversión produce un desplazamiento de las responsabilidades. Las dificultades económicas, la inflación, el desabastecimiento, la caída del poder adquisitivo y la precarización del empleo son atribuidas al bloqueo y a la "guerra cognitiva", no a la estructura del capitalismo rentista venezolano, a la falta de inversión productiva, a la corrupción administrativa o a la ineficiencia en la gestión pública. Ninguna de estas categorías aparece en el texto. La explicación monocausal por el enemigo externo ofrece un alivio ideológico, pero impide comprender que el imperialismo opera siempre sobre contradicciones internas, y que la vulnerabilidad de un país depende de su propio modelo de acumulación. Un análisis honesto tendría que mostrar cómo el bloqueo agrava una crisis que ya era estructural, y cómo la respuesta a esa crisis no puede reducirse a la resistencia patriótica, sino que exige cambios profundos en la relación entre el Estado, el capital y el trabajo.
5. La cuestión de la dirección política y la ausencia de democracia sindical
Finalmente, un aspecto estructural que no puede pasar desapercibido es la forma misma en que el manifiesto es emitido. Se presenta como un documento de la "Dirección Nacional" de la CBST-CCP, con una lista de nombres y cargos, pero sin mención alguna a asambleas, consultas, debates o procesos de discusión de base. La clase obrera, no solo es una categoría económica; es también un sujeto histórico que se construye en la práctica organizativa, en la deliberación colectiva y en el ejercicio de la crítica y la autocrítica. Un manifiesto que no refleja ese proceso de construcción democrática reproduce, en su propia forma, una lógica verticalista que contradice el principio de autonomía obrera.
La forma de organización no es un detalle superficial, sino que condiciona el contenido de la lucha. Si los trabajadores no participan en la redacción de sus propias declaraciones, si no discuten sus pliegos de peticiones, si no eligen a sus representantes en asambleas libres, entonces el manifiesto se convierte en un instrumento de dirección más que en una expresión de la voluntad colectiva. Esta tensión entre la retórica participativa y la práctica directiva es una contradicción interna del documento que, desde la óptica estructural, revela el carácter burocrático de la organización que lo suscribe. No se trata de un juicio moral, sino de una constatación de que la forma política no se corresponde con el contenido político que se declara.
6. Síntesis estructural e implicaciones para los intereses materiales de los trabajadores
En resumen, el Manifiesto de la Clase Obrera de julio de 2026 es un documento que presenta las siguientes características estructurales: a) una tendencia a sustituir el análisis de las relaciones de producción internas por un análisis de la coyuntura geopolítica externa; b) una conceptualización abstracta y homogénea de la clase obrera, sin diferenciación de fracciones ni de condiciones concretas de trabajo; c) una ausencia total de programa económico reivindicativo, salvo el rechazo al bloqueo y la defensa de la soberanía; d) una integración orgánica con el Estado, que anula la autonomía obrera y subordina la lucha de clases a la defensa nacional; e) una forma de emisión verticalista que no refleja prácticas democráticas de base.
Para los intereses sociales de los trabajadores venezolanos, esto significa que el manifiesto puede cumplir una función de cohesión política y de resistencia frente a agresiones externas, pero no ofrece herramientas para transformar la estructura de explotación que padecen en su vida cotidiana. El aumento del salario real, la reducción de la jornada laboral, la mejora de las condiciones de seguridad e higiene, el derecho a la huelga, la participación en la gestión empresarial y el acceso a una vivienda digna siguen siendo demandas que el documento no aborda. La omisión no es casual: refleja la decisión de la dirección sindical de priorizar la alianza con el gobierno por encima de la confrontación con el capital.
Desde el punto de vista de los intereses inmediatos de la clase, esa decisión tiene un costo: la postergación de las reivindicaciones materiales en nombre de una unidad que, por definición, no puede ser plena mientras existan relaciones de explotación.





