| De prensabolivariana en septiembre 9, 2026 |
Prusia y Chile: una suerte de espejo… |
En 1961 la escritora austríaca Ingeborg Bachmann publica A los treinta años, conjunto de relatos que describen la atmósfera desgarrada y enfermiza de una sociedad que, determinada a sobrevivir a cualquier precio, se enfundó durante la posguerra un cambucho en la cabeza para salir del desastre al cual ella misma se había arrojado, digamos que por voluntad propia. El libro vino a exponer la putrefacción de un país con una profundidad capaz de proyectar su reflejo hacia otras épocas y latitudes lejanas. Virtud especular que da a cierta literatura —no a toda— su carácter universal. |
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Entre asesinos y locos es uno de los cuentos que emprende la tarea de describir esta realidad delirante. Tiene por escenario una taberna en la ciudad de Viena. Allí, a más de diez años del fin de la guerra, unos hombres se reúnen regularmente para hacer vida social. Aunque vayan al encuentro de los otros, más bien “caminan hacia sí mismos… siguen sus propias huellas” como si se encontraran incomunicados en la niebla del presente. |
Entre ellos hay de todo, cada cual con su diferente grado de compromiso o proximidad con los crímenes y ruindades del pasado reciente. Sin embargo, ni con las palabras más elusivas podría borrarse del aire la demarcación implícita entre víctimas y victimarios, todos sentados a la misma mesa como si nada hubiera sucedido, lo cual bajo ningún punto de vista representa un hecho digno de alabanza, ejemplo de convivencia virtuosa o superación de un trauma, sino que constituye la circunstancia tremendamente problemática, por decir lo menos, que es el núcleo de la narración. |
Todos más o menos saben en qué anduvieron metidos los otros. Todos más o menos saben que los otros lo saben. Lo que ninguno sabe en absoluto, sin embargo, es a qué atenerse frente al historial de sus compañeros de mesa. No están sentadas las reglas comunes que distribuyan lugares, que asignen costos, penas, restituciones. Como las consecuencias de los propios actos están diluidas, lo que reina en el ambiente es una especie de pesadilla moral, de fuga y escamoteo, de manicomio del espíritu y fantochería. Lo que avala la convivencia es el silencio como pacto, el aturdimiento, la omisión deliberada como regla. |
Sentado también a esta mesa, el narrador desliza algunos comentarios sobre los hombres que tiene a su alrededor: “Había algo de lo que no cabía dudar, y es que Ranitzky siempre había asentido a todo… después de 1945, estuvo dos años destituido o quizás en la cárcel, pero ahora volvía a ser profesor de universidad. Había reformado todas las páginas de su ‘Historia de Austria’ referentes a la época contemporánea…”. |
Tres de ellos son vagamente judíos: Mahler, Friedl y el propio narrador. Este último comenta: “Cuando más cruel estaba Mahler (con Ranitzky) es cuando no le decía nada o solo se arreglaba un poco la corbata echando una mirada a alguien, dando a entender que recordaba todo a un tiempo. Tenía la memoria de un ángel justiciero… se limitaba a tener memoria, no odio, pero sí esa facultad inhumana de guardárselo todo y dar a entender que lo sabía”. |
Otro de ellos, Haderer, “era tenido por uno de los hombres más liberales e independientes”; uno que decía las cosas por su nombre, “pero por suerte solo las cosas, raras veces las personas, de manera que jamás nadie se sintiera aludido”. Así, “nunca acababa de quedar muy claro qué era lo que pensaba Haderer a este respecto y a muchos otros”. |
Y de uno llamado Bertoni: “…él y un par de periodistas más habían trampeado los primeros años después de 1938, lo que pensaban, decían e insinuaban secretamente, en qué peligros se habían encontrado antes de vestir el uniforme; y ahora seguía camuflándose, sonreía, había muchas cosas que no podía tragar… Nadie sabía lo que pensaba, el disimulo se le había hecho connatural…”. |
“Hutter —prosigue el narrador— era un liberado sin vergüenza, sin escrúpulos. Todos le querían, incluso yo, incluso quizás Mahler. Dadle a ese la libertad, decíamos también nosotros. Habíamos evolucionado de tal manera con la época, que decíamos sin cesar: dadle a ese la libertad”. |
De pronto, en este “viernes malhadado”, los hombres se sumergen en los recuerdos de la guerra y la conversación toma un cierto vuelo, porque “debía algún día ser auténtica, porque el humo y la quimera querían que alguna vez todo pudieran expresarse”. Entonces surge un momento, en medio de la excitación que provocan los recuerdos, en que incluso el propio Friedl parece matarse de la risa. Pero detrás de su buen humor, dice el narrador, solo hay sarcasmo y desesperación; sus palabras están llenas de resentimiento. Por un momento, incluso el narrador desconfía de Friedl, “porque parecía seguir la corriente a los otros y sumergirse en aquel mundo de payasos, de pruebas de valor, heroísmo, disciplina y rebeldía”, un mundo en el que “nadie sabía de qué se enorgullecía y de qué se avergonzaba, y si este orgullo y esta vergüenza respondían todavía a algo en este mundo en que vivíamos nosotros, los ciudadanos”. |
Hombres disociados, que habitan en dos mundos y no pueden transitar del uno al otro: “…tenían que atravesar el purgatorio, en el que clamaba su ‘yo’ irredento, pidiendo que se le sustituyera pronto por su ‘yo’ civil, social… Y corrían en pos del mirlo blanco que muy pronto se había escapado de su auténtico ‘yo’ y se resistía a regresar, y mientras no regresara, el mundo sería una locura”. |
El asco, el sofoco, la impotencia, también la cobardía, hacen que Friedl y el narrador se aparten al baño, donde encuentran un sitio aislado para desahogarse. Y entonces el primero lanza quizás la única pregunta cuya respuesta sería capaz de ventilar el aire viciado de la taberna: “¿Por qué, Dios mío, nos reunimos? Del que menos me lo explico es de Herz. Mataron a su mujer, a su madre… ¿Acaso lo ha olvidado? ¿O es porque un día decidió que quedara todo enterrado?”. Unas líneas después, en este diálogo aparte, refiriéndose a las relaciones entre esos hombres dice el narrador: “Hay otros que no preguntan tanto como Hutter y encuentran natural que el tiempo y los tiempos cambien”. A lo que Friedl replica, en la que podría ser la descripción más elocuente del pantano moral donde están enfangados: “Entonces, después del 45, yo también creí que el mundo estaba dividido para siempre en buenos y malos, pero el mundo vuelve a dividirse ahora y lo hace de otra manera… todo se fue transformando sin llamar la atención, ahora volvemos a estar mezclados para que la división pueda efectuarse de otra manera, para que a un lado queden las ideas y al otro las acciones”. |
¿Cómo se sale de ahí? Al parecer, no hay salida. “Entonces, formamos parte del chanchullo; yo formo parte de él, pero me resisto. Y tú también estás metido en este complot”, dice Friedl al narrador, que a su vez responde: “Yo creo que estamos obligados a vivir todos juntos y que no podemos vivir juntos. En cada cerebro hay un mundo y una aspiración que excluye cualquier otro mundo y cualquier otra aspiración”. |
El diálogo los va conduciendo por un callejón ciego. Quizás sea el curso natural en este estado de las cosas. La falta de luz. “No se puede ser víctima durante toda la vida. No es posible”, protesta el narrador. Ante lo cual Friedl reflexiona: “…cuanto más nos remontamos en el pasado más difícil es avanzar, de tal manera que a menudo me pierdo en la historia, no sé por quién debo tomar partido… y solo descubro una ley vergonzosa que lo rige todo. Lo único que cabe es ponerse siempre del lado de las víctimas, pero eso no lleva a ninguna parte, las víctimas no marcan ningún camino… Y los tiempos cambian para los asesinos”. Enseguida, vuelve a preguntarse: “Yo quisiera que alguien me explicara por qué nos juntamos aquí… Porque esto sí que es inaudito y lo que resulte de estas reuniones será también inaudito”. |
En ese ambiente donde reina la mayor confusión el narrador sabe que “hacia atrás” Friedl, Mahler y él están de acuerdo, “pero respecto al futuro, ¿qué?”. No habiendo un futuro común, qué cabía esperar sino hallarse separados. |
Tras esas últimas reflexiones los dos hombres retornan a la mesa. En otra sala hay una ruidosa reunión de viejos compañeros de armas que gritan y fanfarronean como si el tiempo se hubiera detenido en los años de la guerra, como si estuviesen aún regresando del frente sin haber llegado del todo a casa. Aquí comienza la segunda parte y final del relato, con la aparición de un intrigante personaje que ha venido a sentarse con ellos. Se trata de un hombre que confiesa abiertamente su vocación de asesino: “Sabía que estaba destinado a ser un asesino como otros pueden estar destinados a ser héroes, o santos, o personas corrientes”. Lo único que le faltaba era una víctima, pues no sabía cómo ni a quién matar. Entregado a la voluntad de su fusil, partió a la guerra. Y allá, en su primera campaña, se dio cuenta de que no podía disparar un solo tiro. “Si no había podido disparar contra una persona, menos aún contra una abstracción, contra los ‘rusos’. Aquella palabra no me sugería nada. Y es necesario que uno se imagine algo”. |
Tras su intervención, la velada está llegando a su fin. Los hombres se demoran en pagar y, entretanto, perciben a lo lejos un entrevero, algún confuso incidente que parece provenir del lugar donde se encuentran los antiguos compañeros de armas. El narrador oye palabras inconexas que no le permiten dilucidar la situación. Sin embargo, a la salida de la taberna lo comprende todo. El extraño que se les sentó a la mesa yace en la calle con varias heridas sangrantes producto de las balas. Está muerto. Y entonces reflexiona: “me pareció que con aquella sangre había cobrado una protección, no para ser invulnerable, sino para que no se evaporara en mí la desesperación, mi deseo de venganza, mi rabia. Nunca más. Ni aunque me hicieran pedazos aquellas ideas justicieras que se habían levantado en mí, no alcanzarían a nadie, como aquel asesino no había asesinado a nadie y solo había sido una víctima —una víctima inútil”. |
Retener en uno mismo la desesperación, la rabia, el deseo de venganza, para que jamás se evaporen… Me pregunto: ¿se habrá escrito en otra parte una idea tan precisa de lo que sucede cuando decidimos aceptar una convivencia entre asesinos y locos? |
*Daniel Pizarro (nacido en Santiago de Chile en 1971) es un destacado periodista, escritor, editor y guionista cinematográfico chileno. Su carrera se caracteriza por transitar fluidamente entre las comunicaciones corporativas, el periodismo de opinión y la creación literaria de ficción. De profesión periodista, ha complementado su labor en medios escritos mediante colaboraciones habituales en el ámbito del análisis político y cultural. Es columnista frecuente de la revista digital Politika y del magacín internacional Meer. y Prensabolivariana. |
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