Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

16 de agosto de 2026

El busca del amo perdido…

 


José Sant Roz

Ese sector de los ACOMODADOS comenzó por odiar a Bolívar, luego a la bandera, al escudo nacional, al Esequibo, a las misiones y sobre todo a los pobres…, por lo que se fue propagando lentamente eso que algunos han dado en llamar por las redes (nombre que no me gusta) el “Síndrome de Doña Florinda”. Se trata del ya mentado fenómeno de cómo EL PENSAMIENTO DOMINANTE logra hacer que los pobres se vuelvan contra los de su clase. Es la estrategia de los ACOMODADOS induciéndoles un odio aberrante hacia su propio país porque eso forma parte de un gran negocio EL DIVIDE Y VENCERÁS: “todo lo de este país es malo”, “aquí no se puede vivir”. “el comunismo nos está matando”, “hay que irse de aquí” … Nos bloquearon y a eso lo llamaron COMUNISMO. Nos robaron nuestros activos en el exterior y a eso lo llamaron COMUNISMO. Les cayeron a palo a nuestros compatriotas en Perú, Chile y Colombia y a algunos los encarceló, torturó y hasta asesinó el ICE en EE UU y a eso lo llamaron COMUNISMO. Nos invadieron y han comenzado a robarse nuestro petróleo y a eso también lo llaman COMUNISMO.

Luego le toca sufrir las consecuencias de ese PENSAMIENTO DOMINANTE. Si usted está en una cola o va en una buseta, quiera Dios que no tenga la dolorosa experiencia de tener que escuchar a una Doña Florinda o a un Don Florindo haciendo sesudos análisis sobre la situación nacional o mundial. Estos personajes quieren siempre asegurarse de que todos los presentes se enteren de sus profundas reflexiones, y que les pongan máxima atención (a veces se ofenden si no lo hacen). Alzan la voz y expresan con grandilocuencia sus barbaridades. Y lo suelen hacer con una seguridad exquisita. Esta clase de sofistas Florindos y Florindas llegaron a coger mucho auge desde que Chávez llegó al poder. No pierden el sueño y las esperanza de que algún mangante los adopte y les ponga cadenas y bozales y los ultraje poniéndolos a trabajar en algunas de sus prósperas posesiones.

Cada quien en su entorno conoce a cientos o miles de Doñas Florindas o Don Florindos (a lo que no les cuadra lo de Doña o lo de Don pero que por sus estados mentales y aspiraciones lo merecen). Algunos de ellos son nuestros vecinos, otros colegas, parientes o amigos, por cierto, no malas personas, pero capaces de odiar salvajemente si se les contradice. Abundan y se hacen sentir en todos los espacios. Se los consigue en los mercados y como digo en las busetas, en los bancos, escuelas, hospitales o clínicas. Tristemente son dueños de su razón y nunca se acostumbraron a pensar porque ésto les provoca desasosiego, y siempre entonces tienen que estar repitiendo lo que dicen los “poderosos” (para así nunca “equivocarse”), lo que sostienen los del PENSAMIENTO DOMINANTE. Estos Florindas o Florindos creen que si repiten lo que dicen los dueños del capital serán aceptados en sociedad.

Una doña Florinda (o Don Florindo) es LA IDEA DE UN PERSONAJE que va mucho más allá de lo que solemos conocer como el simple asalariado, va más allá de lo que conocemos como doméstica, empleada o empleado, asistente, oficinista o mucama, peón o conchabado en una casa o comercio. Sí señor: es un concepto mucho más amplio que abarca puede decirse a casi toda la clase baja y media, con sus doctores, sus profesores, los miles de dueños y dependientes del pequeño comercio y a todo ese funcionariado burócrata de nuestros entes oficiales.

Es doloroso el destino de esa clase que acaba plegándose a los valores de quienes les explotan, les odian y les desprecian (como si fuesen leprosos o esclavos). Lo realmente inexplicable y extraño es que estas personas en algún momento habrán podido ver que esos jefes o dueños de fábricas y mansiones son unos seres abominables, pero, así y todo, ¡insólito!, a la final terminan pensando como ellos. La gente por lo general nunca piensa por sí misma y entonces de eso también se valen las religiones, esas que ofrecen la salvación a cambio de que les dejes buenas donaciones o “ayudas económicas”. Pero nadie se “salva” a cambio de entregar dinero a unos mafiosos, farsantes o mal entretenidos.

Lo que llamamos PENSAMIENTO DOMINANTE es el que impone la clase dominante, la clase poderosa que controla el capital, los medios de comunicación y las iglesias. Por ejemplo, muchos pobres se identificaron con Chávez, lo amaban de corazón, sus palabras, su devoción sincera por buscar un nuevo destino para Venezuela, más justo y soberano. Pero en cuanto estos seres escucharon de sus patrones o jefes que Chávez era un negro repugnante, un indio que le pegaba a su mujer, que era un miserable mulato ignorante hijo de unos pobres maestricos muertos de hambre de Barinas, comenzaron a dudar de la posición humana y del conocimiento del Comandante Chávez, y se desató entonces eso que llaman la escisión mental, por lo que estos pobres terminarían plegándose a sus explotadores.

El efecto es idéntico en el resto de la población en relación con el PODER DOMINANTE. La gente tiende a comportarse como las Doñas Florindas y los Don Florindos, siendo unos pasivos sometidos a los valores de la oligarquía. Tienden a pensar como los poderosos, a la vez que comienzan a sufrir por todo lo malo que les pueda suceder, a sufrir como ellos, a rezar como ellos y a llorar como ellos y por ellos, a sentir en carne propia todo lo que la oligarquía odia y desprecia.

Al primer segundo de conocerse aquel 6 de diciembre de 1998 que Chávez era el vencedor en las elecciones presidenciales, de inmediato comenzó EE UU a catalogarlo de ser un “incierto personaje sin rumbo definido que podría derivar hacia una compleja ingobernabilidad o incluso hacia una dictadura a menos que se comportase amplio y muy ponderado con las voces disidentes”. El diario The New York Times lo catalogó de militar con tendencias totalitaristas muy preocupantes que a lo mejor podían corregirse en el camino…” y The Washington Post lo definió como un hombre de gran carisma que seguramente las ansias de poder lo llevarían a creerse otro Libertador y a confundir la democracia con sus propios propósitos personales… Estas valoraciones de EE UU fueron determinantes para que la clase alta poco a poco fuese uniéndose a terroristas, financiase guarimberos y acabase protestando a muerte contra el tirano que llevaba a su país hacia el “COMUNISMO”. Y todavía es terrible ver gente que cree y habla de democracia, cuando EE UU le tuerce el cuello a cada país que se salga de sus reglas y mandatos…

Cien años de multitudes por Pedro Téllez

Así describe el héroe de Cuba José Martí al venezolano Miguel Peña: «Era de cara enjuta, aunque maciza; de ojos claros y vivos, llenos de empuje y de poder de examen… limpio de barba llevaba el rostro», y sigue el retrato interior o su dificultad: «ni dejó nunca de adivinar el pensamiento de los otros, ni fue nunca posible adivinar enteramente el suyo. Vestidos de cristal estaban los demás para él; y él para ellos de sombra».

El apóstol cubano visitó brevemente Venezuela y aquí escribió concisas biografías de Cecilio Acosta y Miguel Peña, como él, abogados. La del valenciano fue leída con motivo de la develación del busto que todavía está en la plaza de La Candelaria.

El de Martí sobre Peña es un texto maravilloso, conocido por pocos, donde expone sus dones como político: «Él hace de los rivales, apretados amigos; y de las guerrillas un ejército. Reúne un haz de rayos, y pónelo en las manos de Monagas. Aquella obra está hecha, juntos aquellos miembros de gigante: Creada en la  República del bosque".

Esta última frase que subrayamos, polisémica, misteriosa, de resonancia ecológica, la volveremos a encontrar citada en praxis por los hombres de la Generación del Centenario (centenario de Martí, 1953). Un 26 de julio de ese año toman el cuartel Moncada, y en el juicio que se siguió a los atacantes, responde limpio de barba el rostro, el hoy centenario Fidel Castro. El autor intelectual fue José Martí.

La historia lo absolverá… y en la práctica política de los guerrilleros de la Sierra Maestra, en sus bosques inician programas de alfabetización, repartición de tierras a campesinos, expropiación de latifundios en manos extranjeras, atención sanitaria a las poblaciones rurales. Todas  políticas públicas que luego caracterizarían a la revolución triunfante: «Creada la República en el bosque».

Podrán escribirse no uno, sino varios libros sobre la relación de Fidel Castro con Venezuela y sus políticos. El día del asesinato de Gaitán, que inició “el Bogotazo” que todavía hace temblar a Colombia, caminaban a unas cuadras del suceso dos jóvenes estudiantes exilados: Fidel y Rómulo Betancourt. La historia los colocaría años después como representantes de dos modelos para la América Latina: el comunismo y la socialdemocracia, la reforma y la revolución. Los jóvenes en Venezuela tomaron partido impulsivamente por uno o por otro.

Políticos más maduros latinoamericanos, amigos de Betancourt como Salvador Allende o Juan Bosch, optaron por un camino intermedio y fueron recibidos por un golpe de Estado o una invasión. Aun así, las nacionalizaciones como la del petróleo en Venezuela o su reforma agraria, permisada por USA, solo se entienden en el nuevo contexto provocado por la Revolución Cubana.

Decía Lichtenberg que también imitaba el que imita todo lo contrario. Y son rutas paralelas, pero en sentido inverso: los cambios entre el Rómulo de la Revolución de Octubre, y luego «padre» de la democracia, y el Fidel entre la Primera y Segunda Declaración de la Habana.

Fidel adquirió luego dimensión global, no solo por la crisis de los misiles, sino más bien por la geopolítica de la tri-continental. Influencia de Castro podemos encontrar indirectamente en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez y su tercermundismo. Y más recientemente en Hugo Chávez y sus misiones sociales. La amistad entre Castro y Chávez ambos gobernantes fue ejemplar, admiradores de Bolívar y su anticolonialismo.

Hay hombres absolutamente oscuros como Boves o Pedro Estrada. Hombres absolutamente luminosos como Bolívar o el mismo José Martí. Y hombres claroscuros, con esa dialéctica entre luz y sombra como Betancourt, Miguel Peña, o como nosotros mismos. Fidel es de los luminosos, y esto se ve más claro en su centenario.

Hablamos de la amistad entre Fidel y Chávez, lo podríamos hacer también sobre la amistad con Gabriel García Márquez. Hay críticos que relacionan los orígenes del Boom de la literatura latinoamericana (García Márquez, el primer Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar…) con la Revolución cubana.

En verdad se conmemoraron este 13 de agosto cien años de multitudes, pues Fidel fue fundamentalmente un líder de masas. Hoy la isla de Cuba lleva ocho meses sin luz eléctrica, como continuación de un bloqueo de años que no la deja ser (let it be); y mientras Venezuela con sanciones, con un Jefe de Estado secuestrado y una guerra cognitiva que no para.

Pero la República sigue en pie y tenemos a la presidenta Delcy Rodríguez. Los expertos militares se preguntan: ¿Cómo pueden resistir esas Repúblicas tanto asedio, de dónde sale su resiliencia? Y la respuesta está en el texto de Martí sobre Miguel Peña: fueron creadas esas Republicas en el bosque…

*Pedro Téllez-psiquiatra-escritor

Polémicas

 


Avatar de prensabolivariana

De prensabolivariana en agosto 16, 2026

Memorias de un escuálido en decadencia

«¡La tuya, que es mi comadre!». Los chavistas se están matando y eso nos tiene, al fin, ¡carajo!, gozando una bola y parte de otra. Son peleas que no van más allá del conocimiento, sino del día a día. Se dicen muchas cosas que ya conocemos: que si te quitaron la casa y los guardaespaldas, y el «yo te conozco, róbalo, por el camino que vas». En fin. No hay altura. No hay sutilezas. Y tampoco hay el intento de proponer nada detrás de la polémica. Es verdad que también se meten por piquete con nosotros, es decir, atacan a la compañera María Súmate, diciendo que se le acabó la pila y ahora lo hace con las manos. Pero, ¡coño!, no me tires serpentinas, que el carnaval ya pasó. Hay chavistas, prochavitas, más chavistas, menos chavistas, trumpistas leninistas y mucho más, pero no brilla ninguno. Provoca que el compañero Manuel Rosales se meta en esas polémicas para que les dé clases de discurso, contenido, ironía, sarcasmo y epifenómeno. En fin, seguimos demostrando que somos la gente decente y pensante de lo que queda de país, y ahora mucho más, porque entre las voces de la dictadura no destaca ninguna como destacamos nosotros cuando, por ejemplo, el compañero Henrique —Embajada— Radonski los llamó enchufados, y aquí quedó una palabra que les reventó el discurso y el análisis. En cambio, aquí el talento brilla por su ausencia. Hay algunos que son los más inteligentes, pero no llaman la atención porque no tienen lectores y a nadie le importa, porque saben que esos no son ni chicha ni papelón con limón.

Lo que sí tiene bien arrechos a unos cuantos chavistas son las relaciones con Israel. Eso es lo primero que hubiésemos hecho nosotros si el compañero Trump nos hubiese entregado el poder después que se llevó al dictador a nuestra segunda patria querida. Citan al dictador anterior y todo lo que dijo de Israel y luego le caen encima al gobierno de Trump, es decir, a la nueva dictadora, y ahí es cuando nosotros lamentamos no estar en el poder, como el compañero Abelardo de la Espriella. Ese sí es un compañero arrecho. Pidió rescatistas nada más que de El Salvador, Estados Unidos, Ecuador e Israel. A los otros les dijo: «No quiero verlos por aquí. No se vistan, que no vienen». Incluso, la nueva dictadora quiso enviarle unos rescatistas, y no aceptó. Además, ya reconoció, el 10 de agosto, la soberanía de Israel sobre los altos del Golán. Y le importa un carajo lo que diga la ONU, arréchese quien se arreche. Después de nuestra segunda patria, es decir, Estados Unidos, es Colombia la que ha hecho ese reconocimiento. Así se hacen las vainas. Sin hablar mucha paja. De paso, eliminó catorce embajadas y al carajo los enfermos. Y ya salió el ministro de Defensa de Colombia, Jorge Eduardo Mora —a esa gente hay que nombrarla siempre para que no la olviden—, a decir que ingresan al Escudo de las Américas para luchar contra el terrorismo, el narcotráfico, el crimen y lo que se les ponga por delante. No lo dicen ahí, pero seguro que también van a luchar contra los comunistas, que ya quedan pocos, pero hay que seguir y seguir luchando contra esa gente.

Y ya terminó la primera jornada de lucha de la compañera Dinorah Figuera contra la dictadura. Por lo visto, se aprobó cambiar a las magistradas del Tribunal Supremo de Justicia y hacer lo posible para que devuelvan el oro desde Inglaterra a Venezuela, oro que nosotros pedimos que se lo quitaran al país, es decir, que estamos bien encaminados (a pesar de que nuestra líder no participa en ese cónclave, pero vamos bien). De paso, uno de los polemistas exchavistas dijo que la compañera María Súmate fumaba y bebía mucho. ¿Ustedes pueden creer que ese es el nivel de la polémica entre esa gente? Con nosotros en el poder, el compañero Trump no estaría dando tantas vueltas para hacer lo que le diera la gana, pero hay que tener paciencia estratégica.

El papá de Margot estaba viendo en unos videos la polémica entre varios chavistas y dijo: «¡Carajo, pero esta gente es peor que nosotros! Se dicen cada vaina que uno se queda viendo el Almanaque de Rojas Hermanos para ver qué nombre le ponemos a esa vaina. Nosotros estamos esperando, pero es mejor que el compañero Trump se apure y llegue a la tercera fase, porque hay unos compañeros que por la edad parece que no vamos a llegar. El compañero Manuel Rosales debe decirle algo a esta gente de la dictadura para darle más nivel a esa pelea». Y se fue al cuarto y agarró la puerta y le metió ese coñazo tan duro que la vecina salió gritando: «¡Te van a devolver el oro de Inglaterra, muérgano!».

—Pintor que pintas paisajes… —me declama Margot.

♦♦♦
*Roberto Malaver. Periodista y escritor. Niega ser humorista, a pesar de algunas evidencias que indican lo contrario. Co-moderador del popular programa «Los Robertos», al cual insisten en llamar «Como Ustedes Pueden Ver». Co-editor del suplemento comico-politico «El Especulador Precóz». «Co-algo» de muchos otros proyectos porque le gusta jugar enquipo. @robertomalaver

El fin de una falsa dicotomía: hagamos posible lo imposible



Durante más de dos siglos, la humanidad ha organizado su pensamiento político alrededor de una coordenada aparentemente inamovible: derecha e izquierda. Esta dualidad, nacida en la atmósfera efervescente de la Revolución Francesa, ha guiado nuestras pasiones, votos y guerras. Sin embargo, como un instrumento de medición que ya no se ajusta al terreno que pretende cartografiar, el eje izquierda-derecha se ha vuelto obsoleto. No porque las diferencias ideológicas hayan desaparecido, en lo absoluto, sino porque la verdadera fractura de nuestro tiempo corre por un plano completamente distinto.

El pensador italiano Norberto Bobbio, en su lúcido análisis sobre la distinción política, defendió la vigencia de esta dualidad al identificar en la igualdad su estrella polar: la izquierda aspiraría a corregir las asimetrías sociales, mientras que la derecha asumiría las diferencias humanas como naturales e inevitables (https://www.clarin.com/opinion/izquierdas-vs-derechas-lejos-bobbio-cerca-rubio_0_B6UXA9O71x.html).

Pero incluso Bobbio reconocía que esta oposición es fluctuante, que admite múltiples posiciones intermedias y que puede dar lugar a perspectivas democráticas o autoritarias independientemente del campo del que provengan. El problema no es la existencia de diferencias en la concepción de lo social; el problema es haber reducido toda la complejidad política a una única coordenada, como si la realidad cupiera en un simple par de categorías excluyentes.

Para comprender por qué esta distinción ya no sirve, debemos desmontar sus presupuestos implícitos. La dicotomía derecha-izquierda presupone un escenario político en el que existen dos grandes proyectos de sociedad que compiten por el favor de una ciudadanía que, supuestamente, se sitúa entre ambas opciones. Este modelo, como bien señala el politólogo Jorge Verstrynge, corresponde a una época en la que los Estados-nación eran los actores centrales de la vida política y en la que las lealtades ideológicas se transmitían casi como herencias familiares (https://annas-archive.gd/md5/b434ea27f448a78d92114e158e9179c6?&check=1).

Pero ese mundo ha desaparecido. La caída del bloque soviético, la globalización financiera y la revolución tecnológica han transformado radicalmente el paisaje político. Como se ha señalado, describir el mundo con la dicotomía derecha e izquierda es una idea que atrasa al menos treinta años, teniendo en cuenta que el término "izquierda" acabó internalizando el concepto de colectivismo marxista, mientras que la derecha se asoció al liberalismo económico y al conservadurismo social. Hoy, sin embargo, tanto la nueva izquierda como el neoliberalismo han mutado hasta volverse irreconocibles: ni la izquierda es tan izquierdista ni el neoliberalismo es tan liberal.

La rigidez de esta clasificación se revela especialmente problemática cuando observamos los movimientos políticos contemporáneos. Asistimos a la aparición de populismos que toman elementos de ambos extremos: discursos antisistema que apelan al resentimiento popular, combinados con políticas económicas que benefician a las élites. Ex líderes de izquierda adoptan prácticas radicalizadas del campo conservador, demostrando que la necesidad de expresar la división social es más fuerte que la adhesión óntica a un discurso de izquierda o de derecha. La política se ha vuelto líquida, y nuestras categorías, sólidas.

El verdadero eje: verticalidad contra horizontalidad

La segunda razón por la que la dualidad izquierda-derecha ha perdido su utilidad es que no da cuenta de la verdadera estructura de poder en el mundo contemporáneo. Si el siglo XX fue el escenario de un conflicto horizontal entre clases sociales, proletariado contra la burguesía, el siglo XXI ha visto emerger un conflicto vertical: una pequeña élite global (aproximadamente el 1% de la población) que concentra la mitad de los recursos del planeta, frente a un 99% que lucha por sobrevivir en un escenario de desigualdad creciente.

Este fenómeno trasciende cualquier frontera ideológica tradicional. No es un problema de izquierda o derecha: es un problema de concentración de poder. La vieja idea de una izquierda representante del proletariado oprimido contra los intereses de las grandes empresas y la burguesía es cosa del pasado. Hoy, las grandes corporaciones tecnológicas, los fondos de inversión y las élites financieras operan en una dimensión supranacional, escapando al control de los Estados y desafiando cualquier intento de regulación que provenga de una perspectiva política tradicional.

Esta nueva estructura de poder genera una paradoja: tanto los gobiernos autodenominados de izquierda como los de derecha, una vez en el poder, tienden a aplicar políticas muy similares en lo sustancial. La discusión entre el capitalismo liberal y el comunismo ha perdido vigencia teórica y práctica; lo que vemos en su lugar es una competencia por gestionar las contradicciones de un sistema que favorece a unos pocos en detrimento de la mayoría. Ni la izquierda ni la derecha, en su formulación clásica, ofrecen respuestas a esta nueva realidad.

 

La trampa de la polarización y el llamado a la razón

¿Por qué persiste esta dualidad si ya no sirve para interpretar el mundo? Porque la polarización política se ha convertido en un mecanismo de control social. Al simplificar la complejidad social en una lucha binaria entre constructores virtuosos y destructores resentidos, la política abdica de su función mediadora y se convierte en una cruzada existencial. Cuando el oponente deja de ser un rival ideológico y pasa a ser un enemigo civilizatorio, lo primero que se destruye no es la izquierda ni la derecha, sino la democracia misma.

Esta dinámica se ve amplificada por la arquitectura de las redes sociales, que premia la simplificación y la confrontación. Las ideologías de izquierda aparecen asociadas a la falta de higiene, a los trastornos sexuales y al comunismo, mientras que las de derecha se vinculan a la tortura y el genocidio. En medio de esta guerra ideológica de caricaturas y memes, la posibilidad del diálogo racional se desvanece, y con ella, la esperanza de encontrar soluciones colectivas a nuestros problemas comunes.

Hacia una nueva imaginación política

El presente requiere el desarrollo de una imaginación filosófico-política vigorosa, fruto de la reflexión crítica y la investigación social empírica, capaz de idear soluciones creativas a problemas concretos y vislumbrar nuevas posibilidades para la vida humana. Esta nueva imaginación debe combatir los esencialismos políticos y reconocer que hay muchas izquierdas, muchas derechas y muchas formas de acción política. Debe trascender la falsa dicotomía y abrirse a combinaciones inéditas que puedan responder a los desafíos de nuestro tiempo.

La distinción política fundamental de nuestro tiempo no es entre izquierda y derecha, sino entre democracia y autoritarismo. La falta de sentido histórico nos hace olvidar que los extremos políticos y morales se tocan. Lo crucial hoy es primero ser demócratas y luego orientarnos hacia las diversas corrientes del espectro político. Una nueva imaginación política podría concebir nuevas izquierdas y derechas democrático-liberales, capaces de sostener entre sí diálogos inteligentes y desacuerdos racionales, capaces de forjar alianzas en defensa de las instituciones democráticas y de combatir el autoritarismo.

La política como espacio de encuentro

La superación de la dualidad derecha-izquierda no significa la eliminación de las diferencias. Significa, más bien, la apertura a un espacio político más complejo y más rico, donde las alianzas puedan tejerse en torno a problemas concretos y no a lealtades ideológicas heredadas. Donde la defensa de la igualdad (el valor fundante de la izquierda) pueda conciliarse con la defensa de la libertad (el valor fundante de la derecha) a través de instituciones que encarnen ambos principios en políticas públicas concretas.

La humanidad necesita una nueva gramática política, un nuevo vocabulario que nos permita nombrar nuestras diferencias sin reducir nuestra humanidad a una etiqueta. Necesitamos comprender que el verdadero conflicto de nuestro tiempo no es entre izquierda y derecha, sino entre la inmensa mayoría de la humanidad que aspira a una vida digna y la pequeña minoría que se beneficia de un sistema que genera desigualdad y sufrimiento.

El desafío es enorme, pero la alternativa es aún más sombría: seguir atrapados en una dicotomía obsoleta mientras el mundo se transforma a nuestro alrededor, dejando que el péndulo de la historia oscile entre los mismos polos sin ofrecernos nunca una salida. La política, como bien lo expresó Bobbio, es la ciencia de lo posible. Es hora de hacer posible lo imposible: una política que trascienda sus propias categorías y se reencuentre con su propósito original, que no es otro que la búsqueda del bien común.

13 de agosto de 2026

La dualización del conflicto y su manifestación en la realidad venezolana: un ensayo sobre la simplificación política

Introducción

En el estudio de los conflictos sociales y políticos, pocos conceptos resultan tan ilustrativos como el de "dualización". Este término, que ha ganado relevancia en círculos académicos dedicados al análisis de paz y resolución de controversias, describe un proceso mediante el cual una situación compleja, poblada de matices y múltiples actores, se reduce a un enfrentamiento binario entre dos polos opuestos. La dualización no es meramente una descripción de la realidad; es también una fuerza que moldea esa realidad, creando dinámicas de polarización que tienden a perpetuarse a sí mismas. Venezuela, con su prolongada crisis política y social, constituye un caso paradigmático para examinar este fenómeno en toda su extensión y complejidad.

La esencia de la dualización

Para comprender plenamente el fenómeno, es necesario detenerse en sus características fundamentales. La dualización opera principalmente a través de la simplificación extrema. Los conflictos, por naturaleza, suelen involucrar a múltiples actores con intereses diversos, a veces contradictorios incluso dentro de un mismo bando. Sin embargo, el proceso dualista tiende a borrar estas diferencias internas, presentando a cada grupo como un bloque homogéneo y monolítico. Esta operación intelectual tiene consecuencias prácticas inmediatas: se omite la complejidad, se silencian voces disidentes dentro de cada campo y se fuerza a los actores intermedios a posicionarse en uno de los dos extremos.

Este proceso conduce inevitablemente a la polarización. A medida que cada bando se define a sí mismo por oposición al otro, las diferencias se exacerban, la desconfianza crece y el diálogo se torna cada vez más difícil. Los gestos de conciliación son interpretados como debilidad o traición, mientras que las posturas más radicales ganan legitimidad al ser presentadas como la única defensa frente al enemigo. La polarización, una vez instaurada, adquiere vida propia y se convierte en un motor que impulsa el conflicto hacia una escalada continua. Se establece así un círculo vicioso del que resulta difícil escapar, porque cada acción de un bando es interpretada por el otro como confirmación de sus peores sospechas.

Cuando los actores adoptan este marco interpretativo, sus acciones tienden a confirmar la validez de ese marco. Al tratar al otro como enemigo, se generan las condiciones para que efectivamente se comporte como tal. De este modo, la teoría que describe el conflicto en términos binarios termina creando la realidad que enuncia. Este aspecto es particularmente relevante porque sugiere que la dualización no es un simple error de análisis, sino una fuerza activa que configura el desarrollo de los conflictos.

Venezuela como caso de estudio

La situación venezolana ofrece un ejemplo particularmente claro de cómo opera este proceso. Durante los últimos años, el enfrentamiento entre el gobierno y los sectores opositores se ha estructurado como una oposición irreconciliable, una suerte de choque de civilizaciones en miniatura donde no parece existir espacio para puntos intermedios. Esta simplificación ha tenido efectos profundos en la vida política del país, condicionando no solo el discurso de los actores principales, sino también las percepciones de la ciudadanía y las estrategias de actores internacionales.

La lógica de "nosotros contra ellos" ha permeado todos los ámbitos de la vida social. Ser crítico con el gobierno puede llevar a ser etiquetado automáticamente como parte de la oposición radical, mientras que cualquier reconocimiento de los logros o la legitimidad del gobierno es interpretado por sectores opositores como complicidad con un régimen autoritario. Esta dinámica deja poco espacio para posturas matizadas o independientes, creando un ambiente donde la moderación se vuelve políticamente costosa y la radicalización, en cambio, parece ofrecer recompensas inmediatas.

Un fenómeno especialmente significativo en el contexto venezolano es cómo esta lógica binaria ha afectado la percepción de las relaciones internacionales. La posición frente a actores externos, especialmente Estados Unidos, se ha convertido en un marcador identitario dentro del conflicto interno. Esto ha llevado a una situación paradójica: aquellos que se oponen al gobierno pueden encontrarse apoyando o justificando intervenciones externas que, en otras circunstancias, probablemente rechazarían. Por otro lado, quienes defienden al gobierno pueden terminar adoptando posturas de confrontación internacional que profundizan el aislamiento del país. En ambos casos, la lógica del conflicto interno distorsiona la evaluación de los intereses nacionales a largo plazo.

Las limitaciones de un análisis dualista

Sin embargo, la realidad venezolana presenta dimensiones que trascienden esta estructura binaria, revelando así los límites de un análisis puramente dualista. El conflicto no se desarrolla únicamente en el plano interno entre gobierno y oposición, sino que se articula en múltiples niveles que interactúan entre sí de maneras complejas y a veces impredecibles.

El plano interno, aunque el más visible, no es el único ni necesariamente el más determinante. Dentro de este nivel, la supuesta homogeneidad de cada bando se desvanece al examinarla con detenimiento. Tanto en el gobierno como en la oposición existen corrientes diversas, con estrategias y objetivos que no siempre coinciden. Las divisiones internas dentro del partido de gobierno han sido documentadas en numerosas ocasiones, mientras que la oposición ha transitado por múltiples fracturas que han llevado a la coexistencia de enfoques radicales y moderados. La simplificación binaria tiende a ocultar estas complejidades internas, presentando una imagen distorsionada de la realidad política.

Existe además un plano externo que ha adquirido creciente relevancia: la tensión entre Venezuela y Estados Unidos. Este frente introduce un nuevo eje de conflicto que desborda la dicotomía interna. La crisis de legitimidad entre el gobierno y amplios sectores de la comunidad internacional, que en su momento llevó al reconocimiento de un presidente interino por parte de numerosos países, se ha transformado gradualmente en una confrontación directa con Washington. Esta dinámica externa añade otra capa de complejidad a la polarización, porque introduce intereses geopolíticos que no siempre se alinean con las lógicas del conflicto interno.

La irrupción de un tercer actor: el Esequibo

Quizás el elemento que más claramente evidencia los límites del análisis dualista es el conflicto por el territorio del Esequibo. Este contencioso territorial con Guyana introduce una tercera dimensión que trasciende completamente la dinámica de gobierno y oposición. El reclamo histórico de Venezuela sobre esta zona, que se ha agudizado significativamente tras el descubrimiento de importantes reservas de petróleo en la región, ha creado una nueva dinámica en la que la tradicional fractura política interna parece, al menos momentáneamente, diluirse.

Este elemento geopolítico puede ser interpretado como una estrategia del gobierno para cohesionar internamente y desviar la atención de la crisis, creando un nuevo "nosotros" (Venezuela) frente a un "ellos" (Guyana y sus aliados internacionales). Sin embargo, más allá de las intenciones de los actores, lo relevante es que este conflicto introduce una lógica que no encaja en el esquema binario habitual. La defensa del Esequibo se ha convertido en un tema de amplio consenso nacional que trasciende las divisiones políticas, evidenciando que la identidad nacional puede operar como un factor de cohesión que desafía la polarización interna.

Este elemento es particularmente significativo porque demuestra que, aunque la dualización sea una fuerza poderosa, no logra capturar completamente la complejidad de la realidad. La existencia de este tercer plano del conflicto sugiere que los marcos interpretativos basados en la oposición binaria tienen límites inherentes que deben ser reconocidos. Una comprensión adecuada de la situación venezolana requiere, por tanto, ir más allá de la simplificación y adoptar perspectivas más matizadas que reconozcan la multiplicidad de actores y dimensiones en juego.

Consecuencias para la ciudadanía

Uno de los efectos más significativos de la dualización prolongada es el agotamiento que genera en la ciudadanía. En Venezuela, la confrontación radical de los últimos años ha llevado a que una mayoría de la población se sienta decepcionada con la política en general, sin identificarse plenamente ni con el gobierno ni con la oposición. Este fenómeno sugiere que, en la práctica, la verdadera fractura podría estar desplazándose: ya no entre dos bandos políticos antagónicos, sino entre quienes participan activamente en la política institucional y una ciudadanía que busca principalmente sobrevivir a la crisis.

Este alejamiento de la ciudadanía respecto a las élites políticas tiene consecuencias preocupantes para la democracia. Cuando los ciudadanos perciben que las opciones disponibles no representan sus intereses, la participación política disminuye y la legitimidad de las instituciones se erosiona. La dualización del conflicto no solo empobrece el debate público, sino que también contribuye a la desafección política, creando un círculo vicioso en el que la baja participación refuerza el dominio de los actores polarizados.

La pregunta que queda abierta es si la ciudadanía venezolana logrará construir narrativas y prácticas políticas que trasciendan esta lógica polarizadora. La historia reciente sugiere que la dualización tiende a perpetuarse a sí misma, pero también ofrece ejemplos de procesos que lograron superar la lógica binaria para construir acuerdos más inclusivos. En última instancia, la capacidad para superar la dualización dependerá de la habilidad de los actores políticos y sociales para reconocer la complejidad de la realidad y construir espacios de diálogo que, sin ignorar las diferencias, permitan encontrar soluciones compartidas a los problemas comunes.

El declive de Estados Unidos (Parte I)

 


Avatar de prensabolivariana

De prensabolivariana en agosto 12, 2026

Por  Claudio Katz* | 12/08/2026 | EE.UU.

El retroceso del liderazgo norteamericano es reconocido con mayor énfasis que en otros momentos. Actualmente se verifica una generalizada coincidencia en torno a un diagnóstico, que suscitó numerosas controversias en el pasado.

Es importante constatar, describir y explicar ese declive para captar la principal tendencia del escenario contemporáneo. El imperialismo estadounidense intenta contrarrestar con agresiones militares su retroceso económico y su pérdida de primacía geopolítica. Busca preservar por la fuerza un comando que ya no tiene los cimientos del pasado.

 Esta caracterización ordena la evaluación de los principales acontecimientos mundiales. Permite reconocer quién es el principal responsable de las tragedias bélicas del planeta y cuál es la causa de esas sangrías.

 Si esta evaluación es relativizada o diluida, el debate sobre la regresión estadounidense queda enmarañado en interminables discusiones sobre aspectos específicos, como el retroceso del dólar, la gravitación de Wall Street, el impacto Hollywood o la incidencia del Pentágono.

En esas discusiones, el declive de Estados Unidos ya no es indagado para clarificar las tremendas consecuencias militares de ese descenso para el resto del mundo. El esclarecimiento de ese impacto, queda reemplazado por especulativas evaluaciones del nivel agudo o acotado de la regresión norteamericana.

En esas mediciones, el análisis del principal proceso geopolítico del siglo XXI queda sustituido por ejercicios descriptivos de los factores, que acentúan o contrapesan el declive. Se omite que lo importante de esa caída no es su variable intensidad, sino las guerras imperiales que suscita. Indagar el problema con el foco puesto en esas convulsiones, permite comprender las principales consecuencias del declive imperial.

CRONOLOGIA DEL DESCENSO

Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial como la potencia preponderante de Occidente, con un inédito nivel de primacía sobre sus rivales. El fin de las conflagraciones entre imperios y la custodia que asumió del capitalismo, le otorgaron un predominio mayúsculo entre 1945 y 1970.

Esa superioridad se asentaba en la preponderancia bélica y la preeminencia económica. No solo comandaba la OTAN y controlaba un centenar de bases militares distribuidas por todo el planeta, sino que manejaba la mitad del producto mundial y el 60% de la fabricación planetaria, con un tesoro que albergaba el 80% de las reservas auríferas totales. Basta observar que esos porcentuales han caído en la actualidad al 25%, 17% y 25%, respectivamente, para notar la magnitud del poder económico que detentó gigante norteamericano y su dramática reducción actual (Torres López, 2026)

El período de auge fue acertadamente denominado la “Edad del Imperialismo” para subrayar esa preeminencia (Magdoff, 1969). Con los marines desplegados por el grueso del planeta, el dólar funcionaba con una moneda mundial, aceptada sin ninguna vacilación por los socios y subordinados del hegemón. Con esa conducción operó el imperialismo colectivo de la Triada (Estados Unidos, Europa y Japón), que consagraba el alto nivel de entrelazamiento y sometimiento de dos grandes aliados al comando norteamericano (Amin, 2004).

Bajo esa dirección se configuró un sistema imperial con jerarquías y funciones definidas por la primera potencia. Las tradicionales diferencias entre los rivales de Occidente perdieron connotaciones bélicas y se procesaron como acotadas controversias comerciales o financieras (Katz, 2023: 28-44).

Ese período de auge estadounidense afrontó varios momentos de erosión. En los años 60, la acelerada reconstrucción de Alemania y Japón restauró la competitividad de ambas economías, que comenzaron a erosionar la superioridad de las empresas norteamericanas. Washington contrarrestó esa amenaza con medidas comerciales y monetarias, que sofocaron el desafío de sus subordinados. El poder del Pentágono sobre los dos grandes perdedores de la Segunda Guerra Mundial bloqueó por completo ese despertar germano y nipón.

En la década siguiente, la descontrolada emisión de dólares y el desbordante endeudamiento del gendarme yanqui, afectaron la confiabilidad de la divisa estadounidense hasta tornarla inconvertible al oro. Frente a esa adversidad, el Departamento de Estado recurrió al sostén de sus subalternos del mundo árabe y apuntaló el mecanismo de los petrodólares para preservar el reinado del dólar. Los monumentales excedentes financieros que generaba la exportación de crudo del Medio Oriente, fueron reciclados en los mercados bajo control yanqui, para asegurar esa continuidad del imperialismo del dólar.

 En los años 80, Reagan añadió a ese refuerzo el inicio del modelo neoliberal -con privatizaciones, aperturas comerciales y desregulaciones laborales- que recompusieron los beneficios de las grandes empresas, recortando los salarios y los gastos sociales. Esa agresión contra los trabajadores restauró las ganancias, pero no revirtió la continuada regresión estadounidense frente a sus rivales. La decreciente competitividad internacional de la economía yanqui no fue modificada y el declive persistió como un problema irresuelto.

Pero ese descenso pareció súbitamente contenido en la década siguiente por la inesperada implosión de la Unión Soviética. El antagonista ruso nunca amenazó a su rival en el plano económico, pero lideró durante décadas un denominado campo socialista, que afectó seriamente el poder de Occidente. La existencia de ese contrapeso facilitó las revueltas sociales contra el capitalismo y las resistencias nacionales contra las agresiones imperiales.

ADVERSIDADES AUTOINFLIGADAS

La imprevista implantación de un orden unipolar a fin del siglo XX -con preeminencia total de Estados Unidos- le brindó a la primera potencia una gran oportunidad, para recrear su preponderancia económica y geopolítica. Pero en lugar de consumar esa restauración, Washington se embarcó en una escalada de aventuras bélicas con resultados adversos. Dilapidó recursos, erosionó su autoridad, socavó sus alianzas y terminó agravando el declive precedente.

Las campañas militares en el Gran Oriente Medio (Afganistán, Irak, Libia, Siria Palestina e Irán), la expansión de la OTAN en Europa del Este, el provocativo rearme en Asia Oriental y el continuado intervencionismo en América Latina jalonaron ese desborde belicista, que sepultó todos los atisbos de recomposición norteamericana. El Pentágono demolió países y destruyó sociedades, sin recrear los procesos de inversión requeridos para rentabilizar a las empresas estadounidenses.

La dinámica del Plan Marshall no se repitió en ninguna de las incursiones de las últimas décadas y la pérdida de posiciones de la economía norteamericana se acentuó con el nuevo despliegue internacional de los marines. A diferencia de lo ocurrido en Europa durante la posguerra, las intervenciones bélicas estadounidenses no dieron lugar a negocios florecientes. Esa incapacidad para transformar acciones militares en beneficios económicos retrata la agudeza del declive.

Ese retroceso se tornó más transparente en los últimos 20 años, con la extinción del espejismo unipolar. Estados Unidos quedó enfrentado a su pérdida de primacía, en un nuevo contexto de creciente distribución mundial del poder.

Ese escenario emergió a la superficie en la crisis financiera del 2008, cuando el socorro estatal evitó el colapso de los principales bancos norteamericanos. El país logró escapar de ese abismo con mayor oxígeno que sus rivales de Europa o Japón, pero quedó como un nítido perdedor frente a China. Desde ese momento, afronta las duras consecuencias del despertar asiático y del surgimiento de nuevos centros de acumulación divorciados (o autonomizados) de la tradicional centralidad estadounidense.

Ese desplazamiento es una consecuencia imprevista de la globalización neoliberal, que Estados Unidos impulsó para recrear su dominio y terminó padeciendo como una gran desventaja. Beijing (y no Washington) fue el gran favorecido por esa expansión mundial del comercio y por esa razón, continúa auspiciado las transacciones globales, contra la reacción proteccionista del auspiciante inicial de ese rumbo. Ningún dato ilumina con mayor nitidez el declive norteamericano, que esa ventaja lograda por el rival chino de un proyecto propiciado por Estados Unidos.

EL DETERMINANTE ECONÓMICO

 El retroceso del coloso norteamericano tiene un pilar primordialmente económico. Es un declive perceptible en todos los ámbitos, pero derivado de la regresión industrial y productiva que padece el país. Esa caída se verifica en la financiarización y el consiguiente desborde especulativo. El episodio más reciente de esa secuencia fue el rescate estatal del 2008, que evitó el quebranto de los bancos, pero legó un endeudamiento mayúsculo que mantiene la vulnerabilidad de todo el sistema.

Por esa razón, los temblores que periódicamente afectan a las distintas entidades, suscitan el pánico a un reinicio de las grandes convulsiones. Ese temor fue por ejemplo visible en el 2023, con la quiebra del Silicon Valley Bank y en el 2024, cuando el desplome de la Bolsa japonesa hizo temblar a Wall Street.

            El pavor a otro estallido financiero se localiza actualmente en la burbuja tecnológica, que ha inflado con incuantificables inversiones a los títulos de las siete mega corporaciones del universo digital. En el 2023, esas compañías canalizaban la mitad de las ganancias del principal índice bursátil. La capitalización de esas firmas -que comandan la Inteligencia Artificial- supera cualquier cálculo de ganancias o ingresos acordes a su captura de fondos.

            Esos indicadores de continuada financiarización de la economía estadounidense son la contracara del deterioro productivo. Los bajos rendimientos en la esfera industrial motorizan la emigración de capitales al ámbito especulativo, recreando la clásica tendencia de los capitalistas a contrarrestar ganancias reducidas en la producción, con altas remuneraciones en las finanzas.

Ese persistente comportamiento de la elite dominante agrava el estancamiento de la productividad, el deterioro de la base industrial y la pérdida de negocios frente a China (Lapavitsas, 2026). En la batalla por bajar costos, aumentar ventas y conquistar mercados -que gobierna la acumulación capitalista- Estados Unidos tiene a quedar relegado.

El pasaje de la globalización neoliberal al estatismo neomercantilista refleja este nuevo escenario, signado por la retracción del capitalismo estadounidense hacia políticas de mayor resguardo interno y menor audacia externa.

            El declive económico de la primera potencia también se verifica en una deuda pública gigantesca, que se amplifica con el bajo crecimiento del PBI. Cada recuperación cíclica se consuma con mayores niveles de endeudamiento, financiados por el imperialismo del dólar (Hudson, 2024).

Esa dominación permite solventar las monumentales erogaciones internas, con el sostén de una moneda que preserva su reinado mundial, pero afronta la pérdida de privilegios. La desdolarización es un proceso lento, pero persistente que puede acelerarse súbitamente si se acrecienta la vulnerabilidad geopolítico-militar de la primera potencia.

            Las reservas en dólares de los bancos centrales se mantienen en un alto nivel, pero han caído del indisputado porcentual previo. La mitad de todos los pagos transfronterizos se liquidan en dólares, pero esa divisa continúa perdiendo fortaleza, a medida que China compra oro y reduce la participación de los billetes norteamericanos en sus caudales (Roberts, 2023).

            La tendencia de los BRICS Plus a desdolarizarse se afianza en los mercados de materias primas, que ya operan con otras monedas y en las transacciones de combustible ese viraje es más llamativo. Todo el circuito del petrodólar que durante décadas sostuvo la primacía yanqui está en revisión y muchos expertos observan con atención, que los extranjeros poseen más activos estadounidenses, que los inversores de ese país en activos foráneos. En este escenario, los desenlaces geopolíticos desfavorables para Washington, tienen un impacto erosivo muy directo sobre el imperialismo del dólar.

La primera potencia emergió del temblor del 2008, sin resolver ninguno de los desequilibrios estructurales que afronta una economía inflada, con capitales sobrantes sin desvalorizar. Los remedios neoliberales y keynesianos -para lidiar en las últimas dos décadas con esa desventura- fueron infructuosos y por esa razón, la guerra en gran escala despunta como la principal salida que avizora el gran capital. El gasto bélico y la reconversión militarista son concebidos como la carta de salvación al continuado deterioro económico.

            El declive de Estados Unidos no es una mera regresión de un competidor en desgracia, frente a sus ascendentes rivales. Desde hace mucho tiempo, la economía del norte opera como pilar del capitalismo mundial y su deterioro es un signo de la alicaída salud de todo el sistema.

Estados Unidos concentra dos grandes desequilibrios de la época actual: la desigualdad social y la catástrofe del medio ambiente. Por esa condensación de trastornos sistémicos, también comanda la devastadora salida militarista que tantea el capitalismo para lidiar con su crisis.

            El imperialismo norteamericano es experto en esa respuesta, porque compensa desde hace décadas su deterioro económico con belicismo. Ese contrapeso se forjó al calor de la primacía del “complejo militar industrial” sobre toda la estructura económica del país. La posibilidad de financiar con emisión ilimitada en dólares acentuó esa gravitación del dispositivo bélico.

Estados Unidos ha desarrollado una compulsión militarista que lo empuja a guerrear en incontables rincones del planeta, optando siempre por desenlaces guerreros en desmedro de soluciones negociadas. Ejerció durante todo el siglo XX su dominio con actos de fuerza, bombardeos de la población civil y demolición de sociedades. En ningún momento de los últimos veinticinco años introdujo algún paréntesis en ese destructivo accionar. Pero los resultados de su conducta ilustran otro costado del declive norteamericano.

LOS FALLIDOS MILITARES

Los efectos económicos negativos del gigantismo bélico se multiplican con el creciente intervencionismo de los marines. El “complejo industrial-militar-digital” acrecienta ganancias, a costa del grueso del sistema productivo, que pierde posiciones a escala internacional. Los beneficios que acaparan los proveedores del Pentágono erosionan la competitividad de las empresas del país.

            Esas adversas consecuencias se han verificado al cabo de incursiones victoriosas (Yugoslavia) y de palpables fracasos (Afganistán, Irak). Estos segundos fallidos han sido la norma de las últimas décadas. En lugar de forjar una nueva supremacía mundial, Estados Unidos se auto inmola, agotando su tesoro en largas y costosas conflagraciones que no logra ganar. Esos contratiempos en el campo de batalla se han corroborado también en los operativos puntuales contra Somalia o Yemen, en las improvisaciones bélicas contra Irán y en las desventuras acumuladas en Ucrania.

            Esa impotencia bélica es rigurosamente ocultada por el Departamento de Estado, mediante manipulaciones del sistema comunicativo global. Los medios desinforman para sostener el mito del poderío y la invencibilidad de las tropas yanquis.

Transmiten una imagen inflada de las capacidades del Pentágono, distorsionando la propia historia de esas fuerzas. Lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial quedó incorporado como un patrón de esas deformaciones, que la propaganda estadounidense ha repetido en forma invariable.

En esa oportunidad ocultó que el nazismo fue doblegado por el heroísmo de la Unión Soviética que destruyó al 75% del ejército alemán, luchando contra las mejores divisiones de la Wehrmacht en el frente oriental. Por el contrario, los Aliados se enfrentaron tardíamente y con gran lentitud a tropas de segundo nivel.

Hollywood desvirtuó ese desenlace con relatos que glorificaron imaginarias gestas del ejército norteamericano y extendió la misma adulteración a lo ocurrido en Vietnam, Irak o Afganistán. En esos casos transformó humillantes derrotas del invasor en insustanciales episodios, carentes de vencedores o vencidos. Siempre eludió contar el revés sufrido por los marines hiper armados, frente a los resistentes mal aprovisionados que enfrentaban (Nolan, 2025).

            El Pentágono mantiene un esquema mundial de bases militares forjado durante la guerra fría que ha perdido operatividad. Esa inadecuación fue muy visible en la reciente guerra contra Irán. El costoso gigantismo naval fue totalmente ineficaz, frente a la efectividad y baratura de los drones, que anticiparon la dinámica de las confrontaciones contemporáneas.

Esa inadaptación se extiende también a las pulseadas atómicas. Todo el sistema de control nuclear -establecido durante la guerra fría para contener la proliferación- ha quedado sepultado. Ya hay ocho naciones con armas nucleares y otras treinta con pericia para construirlas.

Los tratados de equilibrio atómico que durante décadas renovaban Washington y Moscú han perdido efectividad y Estados Unidos no sabe cómo gestionar un escenario que escapa a su mando. Esa desorientación conduce a replanteos de todo tipo. Algunos generales proponen reconsiderar la estrategia de la Destrucción Mutuamente Asegurada (MAD) y otros retoman la doctrina del primer golpe, para una eventual confrontación con China (Foster, 2025).

            La renovación de la “guerra de las galaxias” que auspician los consejeros de Trump forma parte de esos replanteos. Las cúpulas doradas -con miles de satélites en el espacio orbital controlados por la Inteligencia Artificial- son concebidas para una conflagración atómica, por la empresa de fabricación aeroespacial Space X del milmillonario Ellon Musk.

            Ese tipo de proyectos se inscribe en la privatización de las guerras y el creciente uso de mercenarios, que desde hace varias décadas administra el Pentágono. Luego del fracaso de Vietnam, esa preeminencia de los contratistas se tornó dominante.

Pero la conversión de conflictos bélicos en un simple campo de negocios introduce dos problemas al intervencionismo imperial. Por un lado, erosiona la legitimidad política de esas acciones, que son percibidas por el grueso de la población como acontecimientos lejanos y no patrióticos. Por otra parte, multiplica el descontrol de los mercenarios, que tienden a autonomizar sus operativos, privilegiando sus intereses o asumiendo metas propias. Fue lo ocurrido con viejos socios de la CIA como Bin Laden y con otros legionarios del yihadismo.

            La capacidad de los imperios para gestionar sus posesiones con tropas de otro cuño, siempre dependió de la vitalidad de esas configuraciones. En su esplendor, Roma otorgaba la ciudadanía a cambio del servicio militar e Inglaterra llegó a manejar casi la mitad de sus fuerzas con reclutas de las colonias. Pero esas modalidades resultaron contraproducentes en el declive de ambas potencias y ese mismo infortunio con los cipayos afecta a Estados Unidos en la actualidad.

La sustitución de la confrontación bélica por el terrorismo es otro indicio de las desventuras que afronta el Pentágono. De la misma forma, que ha optado por delegar en vasallos los operativos más riesgosos y que elude el uso de tropas propias, recurre a los métodos mafiosos del asesinato selectivo en su acción internacional.

Hilary Clinton festejó el crimen de Gadafi y Obama celebró el homicidio de Bin Laden, con la misma naturalidad que Trump exaltó el magnicidio de Jameneí. Israel introdujo y generalizó esa modalidad de ultimar opositores, que tradicionalmente diferenció al hampa de la punición estatal.

Ese desprecio por el derecho internacional parece un acto de dominación, poder o impunidad, pero en los hechos es otro signo de impotencia del declinante imperialismo norteamericano. Como no logra ejercer su tradicional preponderancia, recurre a vetustas modalidades de salvajismo (Chomsky; Prashad, 2012). El uso reciente de la Inteligencia Artificial para programar masacres de civiles en Palestina, Líbano o Irán es otro indicio de la misma tendencia.

Estados Unidos afianza esta variedad de militarismo atropellado, como desorientada respuesta a su pérdida de autoridad geopolítica. Ninguno de sus gobiernos asume que el fin de la unipolaridad obliga a la primera potencia a actuar en un nuevo tablero de disperso poder multipolar.

Los antecesores de Trump ignoraron ese cambio y el magnate ha intentado manejar sin ningún éxito este adverso escenario. No logró ese control con amenazas económicas coercitivas en el 2025 y menos aún con las aventuras bélicas del 2026. Ese bienio aportó nuevas confirmaciones de un declive derivado de tendencias de mayor porte.

ANTICIPIOS, PERCEPCIONES Y ACIERTOS

El retroceso de largo plazo que afronta Estados Unidos fue diagnosticado con gran anticipación por varios estudiosos del tema. De ese pelotón sobresalió un pensador, que subrayó la triple dimensión del declive en el plano financiero, económico y militar (Arrighi, 1999: 192-288).

Destacó que el primer indicador era característico del ocaso padecido por todas las potencias en repliegue. Describió cómo en el caso estadounidense, la financiarización socavó el aparato productivo y atribuyó esa regresión fabril a la expansión de empresas transnacionales, que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Precisó, además, la forma en que el neoliberalismo acentuó la sobreacumulación, afectando a la economía del Norte y detalló cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi, 1999: 288-390).

Partiendo de esa evaluación, estimó que el ocaso no era contenido con exhibiciones de poder militar, ni por sus efectos en inconsistentes recuperaciones. Recordó, además, que los fracasos bélicos inaugurados con Vietnam, no fueron revertidos por ninguna contraofensiva posterior (Arrighi, 2005).

            Ese diagnóstico permitió percibir en forma muy temprana el ascenso de China y señalar la existencia de una aguda contraposición entre dos modelos (territorialismo capitalista y economía mercantil), determinantes de retroceso estadounidense y del ascenso chino. Fue una mirada que capturó en su embrión, dinámicas de largo plazo que desbordaban la mera competencia económica entre Occidente y Oriente (Arrighi, 2007: 217-371).

            En contraste con otras visiones, que situaban el declive estadounidense en un tobogán de inexorable autodestrucción de todo el sistema mundial (Wallerstein, 2005: 109-141), ese enfoque avizoró distintos desenlaces posibles, sin postular un devenir predeterminado. Evitó identificar la crisis del capitalismo norteamericano con un derrumbe cronológicamente previsible, señalando que el declive no seguía un patrón de automaticidad económica. Remarcó la conexión de ese retroceso con procesos político-sociales divorciados de cualquier calendario preestablecido (Katz, 2023: 41-42).

            Muchos analistas posteriores han destacado las distintas aristas del declive estadounidense, ilustrando cómo la continuada financiarización de esa economía ha obstruido los intentos de recomposición productiva. Recuerdan, especialmente, que la sostenida exacción de recursos del resto del mundo, no logra ser utilizada internamente para contrarrestar el ocaso.

            Los enfoques que subrayan la dimensión multicausal del declive, enfatizan la variedad de procesos que interactúan en esa regresión. Atribuyen la caída, al efecto combinado de la explotación capitalista, el militarismo intervencionista, el hegemonismo político y la ideología misionera. Con esa visión subrayan la multiplicidad de contradicciones que genera esa interacción (Galtung, 2010: 10-29).

            El declive fue avizorado también por los críticos del comportamiento imperial estadounidense y por personajes de la elite de ese sistema, que en forma circunstancial o sistemática dieron cuenta de esa regresión con el propósito de revertirla.

El registro de esas lecturas enriqueció la compresión del fenómeno, especialmente durante el auge de la unipolaridad. Su análisis permitió confrontar con los erróneos pronósticos de resurrección imperial norteamericana, que al poco tiempo fueron desmentidos de la realidad (Boron, 2014: 8-25).  

ANALOGÍAS CON ROMA

El declive de Estados Unidos suscita instructivas comparaciones históricas, especialmente con el antecedente romano, que también operó como un sistema de dominación asentado en normas de coerción, expansión y jerarquía. La denominación latina “imperium” alude a esa estructura, contrapuesta con el concepto griego de hegemonía, que siempre fue asociado con formas de sometimiento más consensuadas (Ilkowski, 2015).

Muchas comparaciones resaltan similitudes de Estados Unidos con Roma en el terreno de la violencia autodestructiva. Las semejanzas son extendidas a otras esferas, como el estancamiento productivo, la depredación de los recursos naturales, el despilfarro de las riquezas o la sobre expansión militar.

Las potencias declinantes suelen forzar la extracción de excedentes de sus súbditos para conservar el poder, quebrantando los equilibrios que facilitaban la prosperidad precedente. Por esa compulsión confiscatoria, Roma terminó devorándose a sí misma, cuándo la expropiación de la población circundante no alcanzó para financiar el descontrolado gasto militar. Esa práctica de confiscación guerrera agotó al imperio (Torres López, 2026).

            La misma corrosión afecta actualmente a Estados Unidos en el plano de los ingresos y la deuda pública. Roma colapsó cuando el avance de los pueblos vecinos recortó su base tributaria, deteriorando la custodia militar de sus fronteras. Esta misma erosión socava el financiamiento de Estados Unidos, a través de la creciente desdolarización de las transacciones mundiales.

            Roma ejercía su poder mediante la fuerza, pero manteniendo contrapartidas de protección, seguridad y beneficios con sus súbitos y aliados. Cuando rompió ese equilibrio, perdió capacidad para preservar su dominación (Norman, 2025). Esa misma fractura de alianzas afecta a Estados Unidos, desde que tiende a transformar a sus socios en vasallos. Ese cambio de relaciones corroe, por ejemplo, el pacto transatlántico que durante toda la segunda mitad del siglo XX sostuvo al sistema imperial.

            Un contrapunto esclarecedor entre los efectos de la expansión agrícola romana y la globalización contemporánea, ilustra el boomerang que emparenta al declive de los dos imperios. Al extender sus cultivos fuera de sus fronteras, Roma deterioró su vieja primacía rural a favor de sus vecinos, en un proceso semejante a la mundialización económica que inició Estados Unidos y empoderó a China.

En ambos casos, las ventajas iniciales de la potencia dominante en sectores estratégicos fueron capturadas por sus adversarios, en la propia dinámica expansiva del hegemón. En las dos situaciones, las metrópolis plantaron las semillas de su propia regresión. En la Antigüedad, compartiendo prácticas agrícolas y en la actualidad, exportando industrias, tecnologías y servicios, que fueron recreados con mayor productividad por sus destinatarios (Heather; Rapley, 2024).

            Otro rasgo del declive que emparenta a Roma con Estados Unidos es la perduración temporal de ese descenso, luego del propio agotamiento del sistema. Esa decadencia se extendió durante centurias en la Antigüedad y se verifica en las últimas décadas de regresión norteamericana (Galtung, 2010: 10-29).

            La analogía entre ambos imperios, se extiende también a la forma en que las contradicciones económicas internas fueron agravadas por la acción militar. La Guerras contra Cartago le permitieron al coloso de la Antigüedad controlar el Mediterráneo y la provisión de esclavos para su economía doméstica. Pero ese suministró incentivó expansiones militares ulteriores que socavaron esas ventajas. El gendarme norteamericano padece el mismo síndrome, como custodio internacional de la opresión capitalista (Roberts, 2026).

            Las semejanzas también se verifican en la virulencia imperial. Esa ferocidad es una consecuencia directa del declive, que reduce la capacidad para generar consensos y desplegar la hegemonía, generando formas más inestables y violentas de dominación. Los imperios nunca declinan de manera suave, aceptando pasivamente la pérdida de su poder. Multiplican las amenazas, exigen mayor obediencia y se tornan más agresivos.

Esa conducta de Roma, fue reproducida por las atrocidades de la Corona española para mantener sus dominios americanos, por el genocidio de los armenios durante el ocaso del imperio otomano, por la crueldad de los británicos frente la pérdida de su joya en la India y por el baño de sangre que perpetró el colonialismo francés para evitar la independencia Argelia (Boron, 2014: 8-25). Desde hace décadas, el imperialismo norteamericano repite esa conducta, con guerras que destruyen países, sin generar ninguna contención a su declive.

OTROS CONTRAPUNTOS HISTÓRICOS

            La confrontación entre Estados Unidos y China ha recreado también el interés por la moraleja histórica de la trampa de Tucídides. Esa referencia es utilizada para ilustrar el resultado adverso que afronta una potencia emergente, cuando intenta destronar a destiempo a su rival dominante. Atenas era la ascendente ciudad-estado marítima, que tenía todo a su favor para doblegar al antiguo dominador terrestre espartano. Pero esas ventajas no le alcanzaron para ganar su apuesta bélica.

Ese inesperado resultado es recordado, a veces, para imaginar situaciones victoriosas del dominador estadounidense, si el desafiante chino captura Taiwán y termina sufriendo la misma derrota que padecieron los atenienses.

Pero la reincorporación de esa isla al territorio unificado de China, sigue una pauta estratégica de otro tipo y ya anticipada por la asimilación de Hong Kong. Es concebida como un proceso más económico que militar y no se inscribe en políticas imperiales expansivas por parte de China. La analogía con Atenas y Esparta es además forzada, porque en el siglo XXI el agresor (Estados Unidos) es una potencia establecida en declive y el agredido (China) es un emergente, que elude el uso de la fuerza.

Justamente por ese posicionamiento, la trampa de Tucídides fue explícitamente aludida por Xi Jinping en su reciente encuentro con Trump. El presidente chino convocó a evitar el aprisionamiento mutuo en un conflicto bélico. Aludió a esa referencia histórica, como un enredo que todos los involucrados deben rehuir para impedir inútiles sangrías.

Algunos autores han estudiado la enseñanza de Tucídides con esa misma finalidad, distinguiendo cuáles fueron los conflictos entre potencias desafiantes y predominantes, que desembocaron en la guerra y cuáles sortearon ese desenlace. A partir de ese cómputo, destacan que la contienda fue evitada en varios casos y puede ser igualmente soslayada en el futuro. Señalan que el ejemplo más reciente de esa tensión sin guerra final, fue la confrontación que mantuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética. Entienden que ese antecedente debería ser reproducido en la disputa actual entre Washington y Beijing (Allison, 2017:1-3).

Ese escape de la trampa de Tucídides sería factible, porque al igual que la Unión Soviética (y a diferencia de Atenas), China no está embarcada en proyectos militaristas ofensivos, sino en desenvolver un escudo defensivo contra el agresor norteamericano.

Otro antecedente ilustrativo -muy distante de lo ocurrido entre la Estados Unidos y la URSS- fue la confrontación que desató el hegemónico imperio británico (retador), contra el desafiante rival alemán (retado), a principio del siglo XX. Pero esa pugna se dirimió en el campo de batalla e involucró a enemigos con estrategias y conductas muy distintas del contexto actual. China no es comparable con Alemania, y Estados Unidos no se asemeja a Inglaterra.

En el primer caso, porque Beijing está embarcado en una expansión económica mundial, que no sigue la pauta del militarismo imperialista. Despliega negocios y no invasiones, con la atención puesta en sostener su crecimiento y no en la ocupación formal o informal de territorios ajenos. Esta conducta se ubica en las antípodas del imperialismo alemán de la primera mitad del siglo XX (Katz, 2023: 100-109).

Es cierto que la industria inglesa declinaba con la misma tónica que su sucesor norteamericano actual y que también recurrió al proteccionismo para contrarrestarla, pero nunca afrontó la escala que presentan esos procesos en Estados Unidos. Y esa diferencia de intensidades es muy relevante para una potencia norteamericana, que se expandió a partir de su propia base territorial.

Mientras que Gran Bretaña, que se vio obligada a salir tempranamente al exterior para colocar sobrantes industriales, importar materias primas y asegurar su preeminencia financiera, la economía estadounidense se desenvolvió en forma paulatina con parámetros autocentrados. No emergió de una localización pequeña (como Holanda o Portugal), ni mediana (como Gran Bretaña o Francia), sino de un enorme asentamiento poblado con torrentes de inmigrantes. El declive actual de su industria afecta duramente esa trayectoria.

            Estados Unidos no cuenta, además, con la flexibilidad que tuvo Gran Bretaña para consumar su repliegue, amoldándose a nuevas circunstancias históricas. Mientras que Inglaterra pudo realizar su traspaso del comando mundial al socio ascendente, su ahijado no tiene a mano ese candidato y no puede repetir esa transferencia.

La inflexibilidad norteamericana obedece a fuertes determinantes militares, que lo diferencian del antecesor inglés. La primera potencia ha forjado una estructura bélica cualitativamente superior a la construida por Gran Bretaña, puesto que asumió un rol de protección del capitalismo mundial que su predecesor nunca desenvolvió. Por esa razón, Washington no se embarca en los caminos para deshacer el imperio que siguió Londres y refuerza su ofensiva de guerras imperiales, en todos los rincones del planeta.

            Existen también comparaciones de la regresión estadounidense con lo ocurrido con la Unión Soviética, pero son contrapuntos poco pertinentes. Omiten que la URSS nunca tuvo una impronta imperial, porque tampoco cobijó un sistema capitalista. Careció de una clase propietaria asentada en la acumulación de plusvalía y sujeta a las reglas de la competitividad entre empresas.

Esa ausencia explica la política conservadora que desenvolvía el Kremlin, evitando el expansionismo y bregando por recrear el estatus quo con su par norteamericano. Por el contrario, Estados Unidos es el imperialismo global más agresivo de la historia, porque concentra en su sistema económico todas las contradicciones del capitalismo del siglo XXI.

            Es importante tener presente las diferencias de regímenes sociales en que se asientan las potencias en declive. El poder de Roma descansaba en la propiedad territorial, el trabajo esclavo y la expansión fronteriza, mientras que el imperio del capital estadounidense se sostiene en la explotación del trabajo asalariado, la competencia y la productividad de las empresas. Y lo mismo vale para los contrapuntos con otros casos. Ese reconocimiento es importante, para notar que las semejanzas en los declives de los distintos imperios no suponen desemboques análogos.

El interés por mirar el pasado con preocupaciones de futuro siempre fue el propósito de esas comparaciones. Las primeras analogías de la decadencia de Roma con su posible repetición en Inglaterra (que formuló Gibbon en 1776), eran impulsadas por la pretensión de evitar ese descenso, con mayor estímulo del comercio y la industria.

La trampa de Tucídides es reiteradamente recordada para alertar sobre las inmanejables consecuencias de cualquier chispa bélica, pero también para postular singularidades de Estados Unidos que lo eximirían de cualquier declive. Ese negacionismo constituye otro aspecto clave del escenario actual, que analizamos en el próximo texto.

Claudio Katz: Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es: www.lahaine.org/katz

REFERENCIAS

-Torres López, Juan (2026). El doloroso declive de los imperios https://rebelion.org/el-doloroso-declive-de-los-imperios/

-Magdoff, Harry (1969). La era del imperialismo, Pensamiento Crítico, La Habana, número 29, páginas 6-159

-Amin, Samir (2004). El imperialismo colectivo, IDEP-CTA, Buenos Aires, 2004.

-Katz, Claudio (2023). En La crisis del sistema imperial, Edición virtual, septiembre 2023 Jacobin, Buenos Aires

-Roberts, Michael (2023) Un mundo multipolar y el dólar https://www.sinpermiso.info/textos/un-mundo-multipolar-y-el-dolar

-Lapavitsas, Costas (2026). «El poder del dólar depende más de la capacidad coercitiva de EEUU que de su economía» https://rebelion.org/el-poder-del-dolar-depende-mas-de-la-capacidad-coercitiva-de-eeuu-que-de-su-economia/

-Hudson, Michael (2024). La economía está en el punto máximo de endeudamiento… no hay forma que se recupere https://kaosenlared.net/michael-hudson-la-economia-esta-en-el-punto-maximo-de-endeudamiento-no-hay-forma-que-se-recupere/

-Nolan, Gerry (2025). Yankwashing : cómo el imperio borra la verdad

-Foster, John Bellamy (2025). La doctrina Trump y el nuevo imperialismo MAGA

-Chomsky, Noam; Prashad, Vijay (2012) Introducción La retirada  15-9-2022 https://www.zendalibros.com/la-retirada-de-noam-chomsky-y-vijay- (consultado el 26-4-2023)

-Arrighi, Giovanni (1999). El largo siglo XX. Akal

-Arrighi, Giovanni. (2005). Hegemony Unravelling, Part I, New Left Review, no. 32, March/April.

-Arrighi, Giovanni (2007). Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid. (cap 1, 2, 3, 8 y11.

-Wallerstein, Immanuel (2005). Análisis de sistemas-mundo, una introducción, Siglo XXI, México

-Galtung, Johan (2010). La Caída del Imperio de los Estados Unidos

¿Y luego qué? Montiel &Soriano Editores S.A de C.V, México

Boron, Atilio (2014). América Latina en la geopolítica del imperialismo, Buenos Aires, Luxemburg

-Ilkowski, Filip (2015) Capitalist Imperialism in Contemporary Theoretical Frameworks. The Newest Theories, Peter Lang Edition,

-Roberts, Michael (2026). La trampa de Tucídides y el declive del imperialismo estadounidense https://vientosur.info/la-trampa-de-tucidides-y-el-declive-del-imperialismo-estadounidense/

-Allison Graham (2017) Destined for war Houghton Mifflin Harcourt

-Tooze, Adam (2026). Imperialismo: Por qué los Estados Unidos del siglo XXI no son como la Gran Bretaña eduardiana, https://sinpermiso.info/textos/imperialismo-por-que-los-estados-unidos-del-siglo-xxi-no-son-como-la-gran-bretana-eduardiana4

♦♦♦

*Claudio Katz es un economista, investigador y docente argentino, reconocido como uno de los principales referentes del pensamiento marxista contemporáneo en América Latina. Se desempeña como profesor en la Universidad de Buenos Aires y es investigador del CONICET, centrando su análisis en las crisis económicas, la teoría del valor y las transformaciones del capitalismo global. Es integrante destacado del colectivo «Economistas de Izquierda» (EDI), desde donde promueve una visión crítica hacia las políticas neoliberales.- A lo largo de su trayectoria, Katz ha publicado numerosos libros y artículos que diseccionan la realidad geopolítica de la región, destacando obras como Bajo el imperio del capital y La teoría de la dependencia, 50 años después. Su enfoque combina el rigor académico con un compromiso militante por la justicia social y la soberanía de los pueblos latinoamericanos. Es un analista recurrente en foros internacionales sobre deuda externa, integración regional y socialismo. Su trabajo es clave para entender las tensiones entre el desarrollo periférico y los centros de poder mundial. Por su capacidad para articular teoría y praxis, es una voz imprescindible en el debate intelectual de la izquierda actual.

BLOG. AUTOR:   Claudio Katz
Siguenos en X: @PBolivariana
Telegram: @bolivarianapress
Instagram: @pbolivariana
Threads: @pbolivariana
Facebook @prensabolivarianainfo
Correo pbolivariana@gmail.com
País  Estados Unidos
Fuente https://rebelion.org/
FEF69F