Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

25 de agosto de 2026

Venezuela tiene derecho a decidir su propio destino

 

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De prensabolivariana en agosto 25, 2026

Hay momentos en la historia de los pueblos en los que la política deja de ser simplemente una discusión entre dirigentes, partidos o corrientes ideológicas, y se convierte en algo mucho más profundo, una defensa de la soberanía. Venezuela está viviendo uno de estos momentos, y por eso no podemos analizar lo que ocurre solamente desde las diferencias internas del chavismo, desde las redes sociales o desde las posiciones enfrentadas dentro de la izquierda.

Hay que mirar el panorama completo. En Venezuela existe una realidad que algunos sectores de la izquierda parecen olvidar, el país lleva años sometido a una fuerte presión política, económica y geopolítica por parte de EEUU y sus aliados. Y cuando un país que posee las mayores reservas petroleras del mundo, además de oro, gas y una posición estratégica en el continente, es sometido a sanciones, bloqueos, amenazas y operaciones políticas, resulta difícil sostener que todo lo que ocurre dentro de sus fronteras sea simplemente consecuencia de los errores de sus dirigentes.

Claro que existen errores, que hay problemas, que hay cosas que deben cambiar y dirigentes que deben ser cuestionados. La izquierda no puede convertirse en una posición donde criticar al gobierno sea considerado un error; pero tampoco podemos caer en el otro extremo y terminar haciendo análisis políticos que, bajo una supuesta pureza revolucionaria, coincidan con los objetivos de quienes históricamente han buscado debilitar la soberanía venezolana.

Una cosa es criticar al gobierno bolivariano y otra muy diferente es contribuir a generar desesperanza en un pueblo que lleva años enfrentando una fuerte presión externa. Hay compañeros y compañeras de izquierda que hoy hablan de traición, de ruptura definitiva y de fracaso absoluto del proceso. Algunos incluso parecen haber olvidado que durante años fueron parte de las estructuras políticas que hoy cuestionan y esto no significa que no tengan derecho a criticar; por supuesto que lo tienen. Lo que debemos preguntarnos es hacia dónde conduce políticamente esa crítica y, sobre todo, a quién termina beneficiando.

Porque cuando un pueblo está bajo presión, repetir constantemente que todo está perdido, no necesariamente es un acto revolucionario; puede convertirse, aunque no sea la intención de quien lo hace, en una herramienta útil para el adversario.

Esto es precisamente lo que debemos entender cuando hablamos de guerra cognitiva, ya no se trata solamente de bombas, invasiones o soldados. También se disputa la percepción de la gente, su esperanza y su confianza. Se intenta convencer al pueblo de que su propia organización no sirve, de que sus dirigentes son todos/as traidores, de que no existe una salida y de que cualquier alternativa es mejor que continuar resistiendo. La desesperanza también puede convertirse en un instrumento político, y Venezuela tiene suficiente experiencia en este terreno como para no reconocerlo.

El chavismo, con todos sus problemas y contradicciones, conserva algo que sus adversarios no han podido destruir: una base popular organizada, una identidad política y una estructura territorial, construida durante décadas. Esto explica buena parte de la resistencia del proceso bolivariano y también ayuda a entender por qué algunos sectores internacionales tienen tanto interés en dividirlo.

Por otro lado, la oposición venezolana sabe que enfrentarse electoralmente con un chavismo organizado no es lo mismo que recibir respaldo político desde el exterior. Durante años hubo sectores opositores que apostaron a la presión internacional, a las sanciones y a la intervención extranjera, en lugar de construir una alternativa política capaz de competir en las urnas. Porque la realidad, muchas veces, es que, tarde o temprano, la política termina regresando al terreno electoral.

Y aquí aparece una de las cuestiones más importantes del momento. El camino constitucional y electoral no es una concesión del chavismo; forma parte de la propia concepción política que defendió Chávez. Si existen mecanismos constitucionales para resolver las diferencias, deben utilizarse. Si existen elecciones, hay que participar. Si la oposición considera que tiene mayoría, debe demostrarla en las urnas, y si el chavismo quiere continuar gobernando, también debe demostrarlo ante el pueblo. Esto es democracia.

Lo que no puede aceptarse es que la voluntad de los venezolanos y venezolanas, sea sustituida por la voluntad de una potencia extranjera. Aquí está uno de los problemas centrales.

EEUU no puede ser quien decida quién gobierna Venezuela, quién administra el petróleo venezolano o quién controla el oro venezolano. No puede decidir qué instituciones son legítimas y cuáles no, y mucho menos puede apropiarse de los activos de un país soberano para después presentarse como defensor de la democracia. La contradicción resulta demasiado evidente.

Por esto, también debemos mirar con atención las negociaciones políticas que se están produciendo. Si sectores de la oposición comienzan a regresar al terreno constitucional, si aceptan dialogar con las instituciones existentes y si participan nuevamente en procesos electorales, esto puede ser una oportunidad para que Venezuela vaya recuperando cierta normalidad política. Algunos pueden verlo como una debilidad; nosotros lo vemos de otra manera.

Llevar al adversario al terreno donde uno tiene organización y fuerza política también puede ser una estrategia. Si la oposición quiere elecciones, que participe en ellas. Si quiere gobernaciones, alcaldías, concejos municipales, consejos legislativos o espacios institucionales, que los dispute con votos. Y si el chavismo tiene la mayoría, tendrá que demostrarlo. Esto es mucho más saludable para Venezuela que seguir dependiendo de sanciones, amenazas, pronunciamientos extranjeros o gobiernos paralelos.

Lo mismo ocurre con los activos venezolanos en el exterior. El oro depositado en Londres, los recursos y activos de Venezuela y toda la discusión alrededor de empresas como Citgo, no son asuntos secundarios. Son parte de la disputa por la soberanía económica del país; un país que no puede disponer de sus propios recursos difícilmente puede considerarse plenamente soberano.

Y aquí nuevamente aparece la pregunta fundamental, ¿quién tiene derecho sobre las riquezas venezolanas? La respuesta, para cualquier latinoamericanista consecuente, debería ser sencilla, el pueblo venezolano.

Lo mismo ocurre con la política internacional. Quien mire Venezuela solamente desde Caracas no está viendo toda la realidad. Venezuela está involucrada en una disputa geopolítica de grandes dimensiones. China tiene intereses estratégicos, Rusia tiene intereses estratégicos, Irán tiene intereses estratégicos, India tiene intereses estratégicos, Europa también los tiene y, por supuesto, EEUU tiene enormes intereses, y el petróleo venezolano forma parte de esta ecuación.

La relación entre la Faja del Orinoco, China, Irán y la tecnología necesaria para procesar ciertos tipos de crudo, muestra que las relaciones internacionales actuales son mucho más complejas de lo que algunos análisis simplificados pretenden hacernos creer. En este caso, no se trata únicamente de ideologías o de alianzas políticas, también están en juego factores muy concretos: el petróleo, la energía, la tecnología, los mercados, las reservas, las rutas comerciales y, en última instancia, el poder mundial.

Por esto resulta importante que Venezuela diversifique sus relaciones internacionales; mirar hacia China, India, Rusia, Irán y otros países no significa necesariamente que esté buscando nuevos tutores. Puede significar exactamente lo contrario: buscar un escenario internacional en el que ningún país pueda imponer unilateralmente sus condiciones al resto. En este sentido, los movimientos diplomáticos recientes tienen importancia.

Mientras algunos discuten en las redes sobre quién es más revolucionario o revolucionaria, el gobierno venezolano busca acuerdos, abre canales, negocia y construye relaciones internacionales. Esto es lo que hace cualquier Estado que intenta mantenerse en pie en medio de una situación difícil. La política internacional no se construye solamente con consignas; se construye negociando, resistiendo y teniendo alternativas y Venezuela necesita todas las alternativas posibles.

También debemos entender que la fragmentación de la izquierda latinoamericana no es un fenómeno menor. Durante décadas, EEUU ha trabajado para debilitar procesos progresistas y revolucionarios de nuestro continente. Las experiencias de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia y otros países muestran que la disputa por el poder no se limita a las elecciones; también se libra en los tribunales, en los medios, en las instituciones, en las redes y en los espacios económicos.

La judicialización de la política se ha convertido en una herramienta importante. La división de las fuerzas progresistas también. Y cuando la izquierda termina enfrentándose entre sí, mientras las fuerzas conservadoras reorganizan sus estructuras, el resultado puede ser muy negativo.

Por esto hay que tener cuidado con la trampa de la pureza ideológica. La izquierda latinoamericana no puede convertirse en una suma de pequeños grupos que se consideran moralmente superiores, porque son capaces de cuestionar al compañero de al lado. Una revolución no se construye desde las redes sociales; un país no se defiende solamente desde las plataformas digitales. Y una potencia extranjera no se enfrenta únicamente con consignas, se necesita organización, estrategia, pueblo y, sobre todo, comprender cuáles son las contradicciones principales.

Defender a Venezuela no significa decir que todo está bien, justificar todos los errores del gobierno o dejar de cuestionar a sus dirigentes. Significa algo mucho más básico: entender que las diferencias internas deben resolverse entre venezolanos/as y que el destino del país no puede ser decidido desde Washington.

Esto debería ser un punto de coincidencia para toda la izquierda latinoamericana. Podemos discutir sobre Maduro, sobre Delcy Rodríguez, sobre Jorge Rodríguez, sobre el PSUV, sobre la economía, sobre la corrupción, sobre las instituciones, sobre la conducción del proceso y sobre todo aquello que consideremos necesario.

Pero cuando la alternativa que aparece detrás de esas discusiones es la intervención extranjera, el control de los recursos nacionales o la pérdida de la soberanía, entonces debemos saber dónde colocarnos.

La historia latinoamericana nos ha enseñado algo que no debemos olvidar, EEUU nunca ha necesitado que toda la izquierda desaparezca para derrotarla, muchas veces le ha bastado con dividirla: que unos llamen traidores a otros, que otros respondan acusándolos de haber abandonado sus principios, que el debate termine convertido en insultos y que los sectores revolucionarios gasten sus energías enfrentándose entre ellos.  Mientras tanto, los intereses económicos continúan trabajando, esta es la trampa y no debemos caer en ella.

Venezuela necesita crítica, sí, pero necesita una crítica que contribuya a construir y no una que solamente destruya. Necesita debate, pero un debate que fortalezca al pueblo. Necesita elecciones, instituciones y mecanismos constitucionales para resolver sus contradicciones. Necesita recuperar su economía y mejorar las condiciones de vida de su gente. Necesita combatir la corrupción y corregir errores. Pero necesita hacerlo desde su propia soberanía.

Porque Venezuela tiene derecho a equivocarse por cuenta propia, tiene derecho a cambiar, a elegir otro gobierno, si así lo decide su pueblo y a mantener al gobierno que tiene, si así lo decide también su pueblo. Lo que no tiene sentido es pretender que sean otros países quienes decidan por los venezolanos/as. Al final, la discusión es mucho más sencilla de lo que algunos quieren hacer parecer.

¿Queremos una Venezuela sometida a los intereses de una potencia extranjera o una Venezuela dueña de su propio destino?

Desde la izquierda latinoamericana, desde una posición antiimperialista y desde el lado de quienes todavía creemos que nuestros pueblos tienen derecho a construir su propio camino, la respuesta no debería ofrecer demasiadas dudas.

Se puede criticar al gobierno y defender a Venezuela. Se pueden exigir cambios y defender la Revolución Bolivariana. Se puede cuestionar a un dirigente, sin entregar el país a intereses externos. Y se puede ser profundamente crítico sin convertirse en instrumento de quienes quieren recuperar el control sobre las riquezas venezolanas.

Hoy, más que nunca, Venezuela necesita cabeza fría, un pueblo activo y soberanía. Porque cuando una potencia extranjera aumenta la presión, la primera responsabilidad de la izquierda no debería ser destruir al compañero, sino evitar que se debilite al pueblo.

Y en esta lucha, quienes creemos en la independencia de América Latina sabemos dónde debemos estar: del lado de Venezuela, de su pueblo, de su soberanía y de su derecho irrenunciable a decidir su propio destino.

♦♦♦

*José A. Amesty Rivera es un teólogo, reverendo, escritor y analista político e internacional de origen venezolano, ampliamente reconocido en el ámbito del periodismo de opinión y el análisis geopolítico de izquierda en América Latina. Es un firme defensor de la Teología de la Liberación y de las causas sociales en la región. Es un activo colaborador y administrador de plataformas de comunicación alternativa como La Voz Bolivariana Internacional y la Red en Defensa de la Humanidad (REDH).Enfoca su cobertura crítica de los giros políticos en el Cono Sur y Centroamérica, analizando fenómenos que van desde el ascenso del neoliberalismo hasta las dinámicas de los procesos electorales regionales.

Terremoto, solidaridad social y capitalismo del desastre

 

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De prensabolivariana en agosto 25, 2026

Por:  Rivera*

En “Entrada libre: crónicas de la sociedad que se organiza”, Carlos Monsiváis escribe a propósito del terremoto en México -19 septiembre 1985-, que Ciudad de México experimentó una toma de poderes de las más nobles de su historia, trascendiendo por mucho los límites de la mera solidaridad, cuando presenció un pueblo que actuó como un gobierno además de sustituir el desorden oficial por un orden civil.  

Frente al terremoto reciente en Colombia, la ciudadanía también se organiza, convocada por su propio impulso, para recoger vituallas y medicamentos y hacerse presente a través de la solidaridad, en medio de un presuroso y valeroso agolpamiento. Asimismo, sobre la marcha y sin previo aviso, se organiza espontáneamente en grupos de 25 a 100 voluntario(a)s, constituyendo cadenas listas para el denodado esfuerzo de trasladar de mano en mano objetos, halar de sogas o gestionar maquinaria pesada; con el anhelo de salvar vidas. Es una ciudadanía que se expone a todo más allá del riesgo y el cansancio, pero, su prioridad son las víctimas.

Realmente, la solidaridad de la población significa una toma de poder por parte de un pueblo que responde como un gobierno. Esta participación directa se sintetiza en una frase: “solo el pueblo salva al pueblo”.

En contraste con el comportamiento de la población ante la coyuntura, el ilegítimo actual gobierno muestra una ineficiencia proverbial que denota debilidad estructural, traducida en la indecisión, lentitud, ambigüedad e imprecisión en diversas materias y, ante todo, temor al poder ciudadano. La prioridad del gobierno está centrada en aplicar cuidadosamente la doctrina del shock.

En el libro “La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre”, la autora Naomi Klein describe una teoría económica y política que explica cómo los gobiernos y grandes empresas aprovechan graves crisis -desastres naturales, guerras, golpes de Estado, epidemias o crisis financieras-, para imponer medidas muy duras de libre mercado, expropiación de recursos naturales o, violación a la soberanía nacional.

El gobierno actual camufla en nombre del humanitarismo, la intervención de tropas -una operación injerencista encubierta del “Escudo de las Américas”-, para imponer la verdadera agenda oculta y tomarse el país. ¿Cómo explicar en Colombia, operaciones humanitarias de rescate por parte del mismo ejército que comete genocidio en Gaza o del ejército de EE. UU. que lleva la guerra, a muchos países?

El desacertado manejo gubernamental en medio del desastre sísmico causa una gran ruptura del nexo entre el nuevo gobierno y la sociedad civil, debido a la banalización de la tragedia; el camuflaje de la militarización extranjera; el reconocimiento de soberanía de Israel sobre el Golán y de Marruecos sobre el Sahara Occidental; la autorización sin consultar al Senado, de operaciones militares conjuntas con tropas  de EE. UU.; y el anuncio de retiro de Colombia con relación a la Corte Penal Internacional y el Estatuto de Roma.

El gobierno hostiliza mediante la declaración de toques de queda y militarización en los barrios, para cumplir la agenda de intervención con cuerpos del ejército de varios países, en lugar de demostrar algún grado de sinergia o empatía. Además, sustituye a la población rescatista colombiana por “rescatistas” extranjeros, en vez de reconocer el gesto y gesta épica, lograda mediante la capacidad de respuesta. El reciente terremoto pone a prueba la celeridad y capacidad de respuesta de la población, en particular joven del oriente de Cali, inaugurando una nueva creación colectiva que demuestra la experiencia e inteligencia social, adquirida durante el levantamiento popular de 2021. La capacidad de controlar acertadamente la situación en medio del desastre, para sobreponerse al caos que el sismo genera, posibilita el paso a la normalidad de los sectores más afectados en el estrato 3 o 4. 

Aunque un anuncio presidencial promete reconstruir los sitios y, paliar los daños, a través de la creación del “fondo milagro”, el gobierno actúa en realidad conforme a una agenda oculta de intereses foráneos. Asimismo, no publica directamente la información acerca de acuerdos o decisiones presidenciales con relación a otros países, sino que la población se entera por los anuncios de voceros de los otros gobiernos.

Sin embargo, en el país, la población percibe un clima social de soberanía ciudadana que reemplaza al precario gobierno de agenda autoritaria al servicio del gran capital y gobiernos extranjeros.

Allí, donde la arbitrariedad estatal es tendencia, también la creciente incapacidad es notoria con respecto a solucionar problemas sociales. Predominan las acciones de caridad, paternalismo farandulero, show de balones (como se vio en las visitas presidenciales) y seguimiento al desastre desde una cómoda playa en Santa Marta; que causan un manifiesto rechazo por parte de la población.

El terremoto pone su sello indeleble sobre el futuro del actual mandatario que se encuentra frente a la disyuntiva de atender la agenda nacional o dedicarse a la agenda encubierta extranjera (su prioridad como ciudadano de EE. UU.) que, según palabras de Trump, le permitió ganar la presidencia. Durante la campaña, el poder estadounidense o israelí estuvo siempre en la sombra, para imponer a toda costa el triunfo. De igual modo, actualmente se encuentra detrás del gobierno.

Atender la agenda nacional requiere una eficiente respuesta a la tragedia, a partir de un completo y riguroso censo unificado sobre el impacto económico, social, físico o cultural además del nivel de afectación en todas las regiones y municipios, y las poblaciones damnificadas. También, un paquete de alivios tributarios, congelamiento al pago de impuestos (incluso el predial) y servicios públicos, auxilio oportuno de arrendamiento, atención psicosocial, de inclusión a las organizaciones, demandas y veedurías de los damnificados.

Aún no se anuncian alternativas de política social y económica consistentes de emergencia en el corto y mediano plazo.

La reconstrucción también requiere incorporar una perspectiva diferencial territorial que permite reconocer que las poblaciones damnificadas son no solo beneficiarias de asistencia humanitaria sino también sujetos de derechos de protección especial, con capacidad de organización y conocimiento de sus territorios, y el derecho a participar en las decisiones que determinan cómo se reconstruye su comunidad o barrio o cuadra… según el caso.

Reconstruir más de 450 municipios afectados y dinamizar sus economías, no es posible mediante una sola vía del presupuesto nacional o de vigencias futuras. Es necesario tomar una decisión temporal como un acto legal necesario, de no pago de la deuda externa; moratoria; o suspensión unilateral, debido a la situación de necesidad, amparado por el derecho internacional. Un Estado puede suspender legalmente el pago de su deuda externa, cuando la priorización de este gasto impide garantizar a su población, los derechos fundamentales (salud, alimentación o supervivencia).

La solución no es aumentar más la deuda pública, ni exonerar de impuestos a los ricos y superricos, mientras se le exige disciplina fiscal a los pobres y clases medias.

Frente a la agenda que el capitalismo del desastre pretende imponer mediante una lógica represiva y tendencia a la arbitrariedad estatal, corporativista o neofascista; la alternativa debe consistir ante todo en rechazar cualquier compromiso con la gestión autoritaria del gobierno, confiar en la solidaridad social y defensa a la vida, y construir desde la base, una sociedad distinta, gestionada directamente por la población en cada uno de sus tejidos y territorios sociales.

Si la reconstrucción se convierte en el próximo negocio del gran capital, para lucrarse del “fondo milagro”, este gobierno quedará bajo los escombros. El anhelo frustrado de reconstruir las ciudades y campos harán acrecentar el descontento general, particularmente de sectores rurales, profesionales e industriales medianos o pequeños.

La solidaridad de la población es en realidad una toma de poder que está por encima del desorden oficial y autoritarismo gubernamental. El terremoto también ha agrietado el edificio de gobierno y sus réplicas económicas y socio-ecológicas amenazan con desplomarlo.

♦♦♦

*Jimmy Viera Rivera es un analista político, investigador y columnista colombiano, enfocado en el estudio de los movimientos sociales, la democracia, la coyuntura sociopolítica y los derechos de los pueblos afrodescendientes en Colombia. Ha centrado gran parte de su labor analítica en el movimiento afrocolombiano, palenquero y raizal, abordando el racismo estructural, los derechos territoriales, las consultas previas y la participación política de las comunidades vulnerables.Es colaborador y columnista habitual en medios de análisis independiente y pensamiento crítico como la Revista RAYA, donde publica ensayos y artículos de opinión centrados en la política nacional, los derechos colectivos y la geopolítica regional.

Algunos de los nuestros…

 


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De prensabolivariana en agosto 25, 2026

Para que no me olvides…

Con sencillas palabras
nos contó la historia nuestra
y siempre salió a la palestra
diciendo cómo es macabra
tanta muerte innecesaria,
la represión disciplinaria..
.

Un río de sangre
Violeta Parra

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Señores y señoritas
En esta gran circunstancia
Voy a dejarles constancia
De una traición infinita
Que consumó la maldita
Canalla del carnaval
Contra la fuerza leal
Y el cuerpo de cinco emblemas
Que vivían los problemas
De la razón popular.
Así el mundo quedó en duelo
Y está llorando a porfía
Por Federico García
Con un doliente pañuelo
No pueden hallar consuelo
Las almas con tal hazaña
Qué luto para la España
Qué vergüenza en el planeta
De haber matado un poeta
Nacido de sus entrañas.
Un río de sangre corre
Por los contornos del mundo
Y un grito surge iracundo
De todas las altas torres
No habrá temporal que borre
La mano de la injusticia
Que con crecida malicia
Profanó al negro Lumumba,
Su cuerpo se halla en la tumba
Y su alma clama justicia.
Se oscurecieron los templos
Las lunas y las centellas
Cuando apagaron la estrella
Más clara del firmamento
Callaron los instrumentos
Por la muerte de Zapata
Sentencia la más ingrata
Que en México se contempla
Para lavar esta afrenta
No hay agua en ninguna patria.
Dejando voy peregrina
Mi llanto de rosa en rosa
Por Vicente Peñaloza
De la nación argentina
Banderas de popelina
Pa recoger tanta sangre
Que ningún viento desgarre
Porque han de seguir flameando
Pues Chile sigue llorando
A Rodríguez y Recabarren.

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