Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

10 de julio de 2026

El fallido intento de asesinato del oligarca en Mónaco se convirtió en un desastre para la reputación de Ucrania.

 

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De prensabolivariana en julio 10, 2026

El asesinato de la culpable a manos de sus propios superiores desacredita a la agencia militar-inteligencia ucraniana GUR ante sus agentes y futuros colaboradores, quienes ahora podrían considerar desertar y no cooperar con ellos por temor a ser asesinados también tras una misión como parte de un encubrimiento.

Interpol emitió previamente una notificación roja para Anastasia Berezovskaya en relación con el reciente intento fallido de asesinato de un oligarca ucraniano en Mónaco. La bomba detonada a distancia no logró matar a Vadim Ermolaev , pero sí lo hirió a él, a su esposa y a su hijo adolescente en el primer atentado terrorista en la historia del principado. Ermolaev dirige más de 170 centros de estafa en Ucrania y es enemigo de Zelensky, cuya corrupción, según un exagente de inteligencia francés, planeaba denunciar ante el Parlamento Europeo .

Resulta que la policía secreta de Ucrania informó que Berezovskaya fue asesinada tras regresar a Ucrania, y los sospechosos son un expolicía y un miembro en activo del servicio de inteligencia militar ucraniano GUR. El SBU también afirmó que este último le realizó pagos sin informar a su agencia, lo que implica que actuó por su cuenta. Sin embargo, este es el escenario menos creíble, ya que convenientemente exculpa a Kiev tras la indignación generalizada en Europa por el fallido intento de asesinato.

Lo más probable es que el GUR orquestara el asesinato de Ermolaev por orden de Zelensky, decidiera matar a Berezovskaya tras su fracaso en su intento de eliminarlo, y luego traicionara a los dos sospechosos como parte de un encubrimiento para proteger la reputación de Kiev en medio de la indignación antes mencionada. Incluso si hubiera matado a Ermolaev, probablemente el GUR también la habría asesinado tras dejar pruebas suficientes para que la Interpol la implicara rápidamente y, por extensión, al Estado ucraniano.

Si ella lo hubiera matado y no hubiera dejado pruebas, y la Interpol no hubiera podido vincular el crimen con el Estado ucraniano, probablemente seguiría viva (al menos por ahora). Sea como fuere, la secuencia de acontecimientos que se desarrolló en la realidad se convirtió en un desastre para la reputación de Ucrania. Ya se mencionó cómo el primer atentado terrorista en la historia de Mónaco provocó una indignación generalizada en Europa, especialmente porque su élite veranea e incluso reside allí, pero el verdadero daño fue para la capacidad de reclutamiento del GUR.

Independientemente de lo que se piense de Berezovskaya y de lo que hizo, trabajaba para ellos y cumplió su misión (aunque de forma imperfecta y descuidada) con la expectativa de una recompensa económica y de poder vivir el resto de su vida tras regresar a Ucrania. Sin embargo, fue asesinada por sus propios superiores. En este contexto, no importa por qué la mataron; lo importante es que su asesinato hará que tanto los agentes del GUR como los futuros colaboradores se planteen desertar y no cooperar con ellos.

Por el contrario, los rusos tienen un dicho muy conocido: «Русские своих не бросают», que se traduce como «Los rusos no abandonan a los suyos» (formalmente, «Los rusos no echan a los suyos»). Incluso en aquellos conocidos escándalos de espionaje en Europa que implicaron a agentes rusos en el pasado, Rusia jamás habría pensado en matar a uno de los suyos como acaba de hacer Ucrania. Con mucha más experiencia que sus homólogos ucranianos, los servicios de inteligencia rusos sabían que eso perjudicaría irreparablemente su reclutamiento.

Ucrania podría haberla hecho desaparecer, pero en cambio quiso revelar al mundo que fue asesinada por lo que el SBU insinuó que era un agente renegado del GUR, con la esperanza de que Europa superara el escándalo y creyera que Ucrania, a diferencia de antes , estaba luchando contra la corrupción . Aun cuando Europa reaccionara de esa manera, no invalidaría el hecho de que el GUR se desacreditó ante sus agentes y futuros colaboradores, lo que podría provocar deserciones y una menor cooperación.

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Andrew Korybko es analista político, periodista y colaborador habitual de varias revistas en línea, así como miembro del consejo de expertos del Instituto de Estudios y Predicciones Estratégicas de la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos. Ha publicado varios trabajos en el campo de las guerras híbridas, entre ellos “Guerras híbridas: el enfoque adaptativo indirecto para el cambio de régimen” y “La ley de la guerra híbrida: el hemisferio oriental”.@AKorybko

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País Ucrania
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8 de julio de 2026

EL ROSTRO DEL OTRO por Federico Ruiz Tirado

La irrupción del sismo y la desesperación de la población venezolana, vista desde una orientación ética, como tal vez se derive del pensamiento de Enrique Dussel, no debe interpretarse solamente como un sacudón trágico de la geología y la naturaleza. Es difícil asumir una tragedia de esa magnitud, a un fenómeno de fricción violenta y súbita de las placas tectónicas, o al paneo mediático, bastante estrafalario  y ficticio de caídas y recaídas de las placas de la tierra, mostrado por las redes.

Enrique Dussel atribuiría a esta hipótesis una miserable pérdida del sentido común, pues dado los antecedentes que se ventilan en Venezuela, esa posición sería equivalente a una ignorancia crasa del fenómeno e intereses políticos con la intención de solapar la inescrutable naturaleza del dolor humano.

Ese hipotético enfoque de Dussel nos obliga a analizar los  terremotos como el resultado de un zarpazo del poder depredador que tiene sed de más poder, de sus recursos naturales para perpetuarse en el universo.

Este siniestro afán aleja a las mayorías empobrecidas de la seguridad y la equidad.

Para la Filosofía de la Liberación, el verdadero desastre no es el fenómeno natural, sino la vulnerabilidad preexistente. Las miles de víctimas mortales y los miles de desplazados que hoy habitan campamentos de emergencia no son meras estadísticas. Son el "rostro del Otro", los vulnerados de una estructura social y económica que, a lo largo de la historia, ha empujado a los sectores populares a construir sus vidas sobre terrenos inestables y sin el amparo de normativas sismorresistentes reales, como ocurrió en 1999 con la llamada vaguada.

La tragedia, por tanto, se convierte en una interpelación ética que destruye la normalidad del sistema, dijera Dussel.

Ante las ruinas, emerge lo que Dussel llamaba el "grito del Otro". Es el clamor de los atrapados, de las familias que buscan a sus seres queridos en los cementerios provisionales y de quienes lo han perdido todo. Este grito exige una respuesta inmediata, como lo está haciendo el gobierno bolivariano, que no puede ser frenada por la burocracia política ni por el "rigor" aplastante del capital o del negocio, o de la contra revolución que mueve sus tentáculos desde el exterior.

La prioridad absoluta e incuestionable del Estado y de la comunidad internacional debe ser la reafirmación de la vida como un valor esencial frente a la muerte: garantizar el agua, el pan, el techo y el consuelo a quienes el sismo despojó de su cotidianidad: Renacer, volver a nacer, a reír y a dormir sin espantos.

Levantar las ciudades desde el pensamiento dusseliano implica un proceso de transformación desde abajo. No se trata de que los expertos intervengan "activamente" con sus conocimientos académicos, sino de escuchar la sabiduría y la capacidad organizativa de los miles de voluntarios y comités comunitarios que hoy remueven escombros. Solo una reconstrucción planificada desde y para la gente garantizará que las nuevas viviendas sean espacios de dignidad y resguardo, asegurando que la vida humana nunca más sea el precio a pagar ante las fuerzas de la naturaleza.

Trump y la otra historia de un país atravesado por la lucha de clases

 


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De prensabolivariana en julio 8, 2026

«Puedes ser comunista o puedes ser patriota. No puedes ser ambas cosas», sentenció Donald Trump en los festejos por los 250 años de independencia de Estados Unidos. La frase resume una vieja obsesión del poder estadounidense: convertir cualquier impugnación al capitalismo en una amenaza ajena al país. Pero, ante esa afirmación, conviene hacerse una pregunta casi cinematográfica: ¿qué nació exactamente un 4 de julio?

Aquel 4 de julio nació una república de propietarios que proclamaba la libertad mientras mantenía la esclavitud; hablaba de derechos naturales mientras empujaba a los pueblos originarios hacia el exterminio y el despojo; invocaba la igualdad mientras levantaba nuevas fronteras raciales, sociales y migratorias.

La conquista del oeste, el genocidio indígena, la esclavitud, la segregación, el racismo estructural y el nativismo forman parte fundamental de la arquitectura de construcción del Estado estadounidense. Pero precisamente por eso, también desde el principio surgió una impugnación a ese estado de cosas profundamente desigual: la de quienes, desde abajo, disputaron el significado mismo del país que estaba en construcción.

La conquista del oeste, el genocidio indígena, la esclavitud, la segregación, el racismo estructural y el nativismo forman parte fundamental de la arquitectura de construcción del Estado estadounidense.

Esa impugnación tuvo muchas formas, y una de las más profundas fue la organización de la clase trabajadora. La industrialización vertiginosa del siglo XIX levantó fábricas, ferrocarriles, minas, puertos y grandes ciudades sobre masas obreras formadas por trabajadores nativos, población negra liberada e inmigrantes llegados de Europa, Asia y América Latina. Desde finales de aquel siglo, esa clase empezó a organizarse en sindicatos, periódicos, sociedades de ayuda mutua y partidos.

A finales del siglo XIX la afiliación sindical superaba los dos millones de miembros. El Primero de Mayo tiene su raíz en esa historia: la lucha por la jornada de ocho horas, la represión y la ejecución de los mártires de Chicago convirtieron una batalla estadounidense en una fecha universal del movimiento obrero. De esa matriz surgieron figuras esenciales como Eugene V. Debs, que llevó el socialismo a las campañas presidenciales y a las huelgas, o la anarquista Emma Goldman, encarcelada y deportada tras denunciar la conscripción obligatoria y la guerra.

Otro factor que determinó aquella historia fue el triunfo de la Revolución rusa y la creación del primer Estado de obreros y campesinos. John Reed, comunista nacido en Portland, relató la Revolución de Octubre en ‘Diez días que estremecieron al mundo’.

Tras su muerte en Moscú, Reed fue enterrado en la muralla del Kremlin, un honor reservado a muy pocos extranjeros. Su vida llegó incluso a Hollywood con ‘Reds’, de Warren Beatty, película que obtuvo doce nominaciones a los Oscar en 1982 y llevó hasta la gala, según se ha contado muchas veces, los ecos de ‘La Internacional’.

La Revolución de Octubre también interpeló a una parte de la intelectualidad negra estadounidense: en 1932, Louise Thompson Patterson organizó el viaje a la URSS de escritores y artistas afroamericanos como Langston Hughes y Dorothy West para participar en ‘Black and White’, una película soviética sobre el racismo en Estados Unidos. Para ellos, la Unión Soviética aparecía como un espejo incómodo frente a Jim Crow, los linchamientos y la falsa universalidad de la democracia liberal. La lucha de clases y la lucha contra el racismo se entrelazaban en la búsqueda de otro país posible.

El llamado Comité de Actividades Antiamericanas (House Un-American Activities Committee) traduce mal, o al menos suaviza, su sentido político: Un-American no significa simplemente ‘antiestadounidense’, sino ‘no estadounidense’, ajeno al cuerpo nacional. Esa fue la operación ideológica central: convertir la lucha de clases en una infiltración extranjera.

Esa misma tradición se expresó durante la guerra de España. Cuando el fascismo europeo convirtió la península ibérica en campo de ensayo de la guerra que vendría después, miles de voluntarios acudieron a defender la República a través de las Brigadas Internacionales.

Desde Estados Unidos viajaron alrededor de 2.800 voluntarios del Batallón Abraham Lincoln; tres cuartas partes habían pertenecido al Partido Comunista estadounidense o a sus juventudes, y más de ochenta eran afroamericanos.

En 1937, en plena segregación racial en territorio estadounidense, Oliver Law, comunista negro nacido en Texas, fue nombrado comandante del Batallón Abraham Lincoln y se convirtió en el primer afroamericano en comandar tropas blancas estadounidenses en combate. España fue para ellos una experiencia de internacionalismo y también la imagen concreta de unos Estados Unidos distintos.

Ante ese escenario, el Estado estadounidense desplegó una doble estrategia. Por un lado, la integración parcial de la clase trabajadora a través del New Deal, una forma de conciliación social —fordista y keynesiana, con todas las comillas necesarias— que permitió transformar al Partido Demócrata y contener, desde dentro del sistema, una conflictividad obrera alimentada por la Gran Depresión, el desempleo masivo y el prestigio creciente de las ideas socialistas.

Que Trump aprovechara el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos para renovar el viejo discurso anticomunista no responde solo a una necesidad electoral ni al temor ante sectores izquierdistas del Partido Demócrata. Responde al miedo a reconocer que no existe una única historia estadounidense, limpia y obediente al mito nacional, sino una historia en disputa permanente.

Por otro, la represión abierta: vigilancia, deportaciones, listas negras, criminalización de anarquistas, sindicalistas, socialistas y comunistas. Desde las redadas Palmer y la consolidación del aparato federal de inteligencia bajo J. Edgar Hoover hasta el posterior macartismo, se fue construyendo una guerra sin cuartel contra ese otro Estados Unidos posible.

El llamado Comité de Actividades Antiamericanas (House Un-American Activities Committee) traduce mal, o al menos suaviza, su sentido político: Un-American no significa simplemente ‘antiestadounidense’, sino ‘no estadounidense’, ajeno al cuerpo nacional. Esa fue la operación ideológica central: convertir la lucha de clases en una infiltración extranjera.

Mentiríamos si dijéramos que aquella operación no tuvo éxito. Lo tuvo. Durante décadas, el anticomunismo vació de contenido político a buena parte del movimiento sindical, disciplinó a la industria cultural, destruyó organizaciones y convirtió la palabra comunista en una acusación antes que en una posición política. Pero no consiguió clausurar la impugnación.

Las luchas por los derechos civiles, el movimiento negro, las Panteras Negras, figuras como Angela Davis y las movilizaciones contra la guerra demostraron que ese otro Estados Unidos seguía existiendo bajo nuevas formas. Después, la desindustrialización, la crisis financiera de 2008, la precarización laboral, el empobrecimiento juvenil y la crisis de hegemonía internacional volvieron a abrir grietas. En ellas han reaparecido protestas antirracistas, estudiantiles, sindicales y antiimperialistas; una nueva conflictividad obrera visible en Starbucks, Amazon, el sector automotriz, Boeing, la hostelería o la educación; y organizaciones socialistas, comunistas o anarquistas, desde el Partido Comunista de Estados Unidos hasta el Partido por el Socialismo y la Liberación, el Partido Comunista Revolucionario o Alternativa Socialista.

A ello se suma el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América dentro del campo demócrata, con Zohran Mamdani como una de sus figuras más visibles. Sus posiciones no suponen una impugnación total del capitalismo, pero sí expresan algo que Trump comprende mejor de lo que aparenta: la lucha de clases nunca desapareció de Estados Unidos; solo estuvo, durante un tiempo, más eficazmente contenida.

Así, al volver al inicio, la frase de Trump adquiere todo su sentido. Que aprovechara el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos para renovar el viejo discurso anticomunista no responde solo a una necesidad electoral ni al temor ante sectores izquierdistas del Partido Demócrata. Responde al miedo a reconocer que no existe una única historia estadounidense, limpia y obediente al mito nacional, sino una historia en disputa permanente.

Frente al país de los propietarios, los colonos, los esclavistas, los banqueros, los monopolios y los aparatos represivos, siempre existió otro Estados Unidos: el de los trabajadores organizados, los pueblos originarios resistentes, los internacionalistas, los comunistas, los anarquistas, los sindicalistas y quienes aún se preguntan por qué la riqueza de unos pocos debe sostenerse sobre la precariedad de tantos. Trump pretende declarar ‘no estadounidense’ esa tradición porque reconocerla implicaría admitir lo evidente: Estados Unidos, como cualquier otro país, no es una esencia; es una lucha. Y esa lucha, durante 250 años, también ha sido lucha de clases.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.

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*Carmen Parejo Rendón es una periodista, escritora y analista política sevillana, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla. Es reconocida internacionalmente por su labor como directora de la Revista La Comuna y su participación habitual en grandes cadenas como RT, Telesur e HispanTV. Su análisis se especializa en geopolítica, con un enfoque crítico sobre América Latina, Asia Occidental y los procesos de soberanía popular. Como autora, destaca su obra poética Arquitecturas y Mantras, además de su colaboración en medios de pensamiento como El Viejo Topo. A lo largo de su carrera, ha compaginado la información con la gestión cultural y la dramatización teatral juvenil. Su perspectiva se define por la defensa del antiimperialismo y el estudio de la multipolaridad global. Actualmente, es una de las voces más activas en la contrainformación y el análisis social desde España. Su perfil une el rigor académico con un compromiso firme hacia los movimientos sociales transformadores. Se ha consolidado como una referencia para comprender los conflictos internacionales desde una mirada alternativa y rigurosa.

En un lugar de la cancha

 


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De prensabolivariana en julio 8, 2026

Por: Fernando Buen Abad Domínguez*

En un lugar de la cancha de cuyo nombre no es fácil acordarse, detrás de los postes, dentro de las porterías, contenido por una red cuya aparente levedad contrasta con la densidad histórica de cuanto allí acontece, se encuentra el espacio más disputado del fútbol. Ninguna otra porción del terreno concentra semejante convergencia de voluntades, tensiones, inteligencia táctica, potencia física, imaginación creadora y expectativa colectiva. Hacia ese rectángulo diminuto se orientan carreras, pases, coberturas, anticipaciones y sacrificios. Allí desembocan los esfuerzos de once jugadores y la vigilancia de otros once; allí el tiempo parece comprimirse hasta convertirse en una sucesión vertiginosa de instantes donde la historia adquiere la velocidad de un disparo. El arco constituye un territorio cuya dimensión geométrica permanece inalterable mientras el espesor social de su significado no deja de expandirse. Todas las codicias dispuestas a rebasar la «línea de meta». Recinto de lo invisible a la vista de todos.

Tras la sencillez aparente del gol se ha fincado una ilusión persistente: creer que todo depende del último toque. Esa percepción, alimentada por la fascinación del desenlace, oscurece el inmenso proceso colectivo que lo hace posible. Ninguna definición nace aislada. Antes del remate comparecen centenares de decisiones articuladas, desplazamientos sincronizados, aprendizajes sedimentados durante años, formas de cooperación invisibles para la mirada apresurada. Cada movimiento contiene la memoria del entrenamiento, la experiencia acumulada por generaciones, la transmisión de conocimientos técnicos y la disciplina compartida que convierte a un conjunto de individuos en una unidad dinámica. La pelota apenas revela la superficie visible de una compleja arquitectura social. Hoy secuestrada, entre otros, por los monopolios de cervezas, apuestas y televisoras.

Y la inteligencia del juego demuestra que la creación nunca pertenece exclusivamente a una voluntad individual. El talento alcanza plenitud cuando dialoga con las capacidades de los demás, cuando reconoce límites propios y fortalezas ajenas, cuando transforma la diversidad de aptitudes en una organización capaz de producir respuestas inéditas frente a circunstancias cambiantes. El pase representa una forma superior de confianza recíproca. Cada desmarque constituye una invitación al otro. Cada cobertura expresa una responsabilidad compartida. Incluso el error posee naturaleza colectiva, porque emerge de relaciones cuya armonía ha sido interrumpida. El fútbol ofrece así una lección permanente acerca de la condición profundamente social de toda producción humana.

Esa realidad, sin embargo, convive con un inmenso aparato ideológico empeñado en reducir el juego a la epopeya del individuo excepcional. El capitalismo necesita héroes aislados con mayor urgencia que comunidades organizadas. Resulta más rentable convertir a una persona en marca comercial que reconocer la potencia creadora de los procesos colectivos. La industria deportiva perfecciona incesantemente esa operación cultural. Fabrica celebridades, multiplica mercancías asociadas a sus nombres, transforma biografías en activos financieros y convierte el reconocimiento popular en una fuente inagotable de valorización económica. La cooperación desaparece bajo el resplandor de figuras cuidadosamente administradas por intereses empresariales cuya lógica consiste en privatizar incluso aquello que nació del esfuerzo compartido.

No se trata únicamente de una estrategia comercial. También constituye una pedagogía política. Allí donde se exalta al vencedor solitario se debilita la comprensión de las relaciones sociales que producen toda excelencia. Allí donde se atribuye el éxito exclusivamente al mérito individual se invisibilizan las condiciones materiales que distribuyen oportunidades de manera profundamente desigual. Los barrios carecen de idénticos recursos, las instituciones formativas reciben financiamientos radicalmente diferentes, las posibilidades de desarrollo responden a estructuras económicas cuya configuración antecede largamente al nacimiento de cualquier deportista. La igualdad proclamada por los discursos oficiales encuentra un desmentido cotidiano en la distribución efectiva de la riqueza, del tiempo libre, de la alimentación, de la infraestructura y del acceso al conocimiento.

Hay que conquistar el territorio que está envuelto en redes. Cada ataque sobre la portería sintetiza, en escala deportiva, una confrontación mucho más amplia entre formas distintas de organizar la existencia colectiva. El espacio decisivo del campo aparece rodeado por relaciones de poder que exceden ampliamente los noventa minutos. Derechos televisivos, fondos de inversión, corporaciones multinacionales, plataformas digitales y complejas redes financieras disputan el control de una actividad cuya energía originaria pertenece al trabajo cultural de los pueblos. El espectáculo moviliza cantidades colosales de capital porque logra capturar una pasión construida durante generaciones mediante prácticas comunitarias, identidades barriales y memorias compartidas que jamás fueron creadas por los mercados. El capital administra aquello que no produjo; captura aquello que floreció en la creatividad popular; rentabiliza una riqueza simbólica cuya fuente permanece en la vida colectiva.

Miles de personas producen una obra coral irrepetible donde convergen memoria, imaginación, afectividad y organización espontánea. El arco permanece entonces como una frontera donde convergen múltiples temporalidades. Allí comparece el presente inmediato del partido junto con largas historias de organización social, conflictos distributivos, migraciones, transformaciones urbanas y disputas culturales. El balón que atraviesa la línea de gol no transporta únicamente aire comprimido; arrastra también sedimentaciones históricas imposibles de reducir a estadísticas.

Detrás de la portería permanece, envuelto en redes, el lugar donde la sociedad contempla una representación concentrada de sus propias contradicciones. Allí se enfrentan cooperación y competencia, comunidad y apropiación privada, creación colectiva y explotación económica, memoria popular y administración mercantil del deseo. Comprender ese territorio exige mirar más allá del instante glorioso del gol: el mercado. El arco seguirá siendo mucho más que un destino para la pelota: permanecerá como una metáfora rigurosa de la historia en movimiento, donde cada conquista auténtica recuerda que ninguna obra humana pertenece exclusivamente a quien la culmina, porque toda realización lleva inscrita la huella indeleble del trabajo social que la hizo posible. Y vendible.

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*Fernando Buen Abad Domínguez es un prestigioso intelectual mexicano, filósofo y escritor mexicano, nacido en 1956. Especialista en Filosofía de la Comunicación y la Imagen, es doctor en Filosofía y director de cine egresado de la Universidad de Nueva York. Su obra destaca por el análisis crítico de la semiótica, la estética y la comunicación para la emancipación de los pueblos. Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y del consejo consultivo de TeleSur. Ha publicado numerosos libros, entre los que destacan Filosofía de la comunicación y La guerra simbólica. Actualmente, ejerce la docencia e investigación en universidades de Argentina y México, promoviendo un pensamiento transformador. Su labor busca combatir la hegemonía mediática mediante el desarrollo de una conciencia crítica en la sociedad.