Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

9 de septiembre de 2026

Mao, la modernización y el «Viejo tonto»

 


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De prensabolivariana en septiembre 9, 2026

Por Xulio Ríos* | 09/09/2026 | Mundo

El 9 de septiembre de 1976, hace ahora cincuenta años, moría Mao Zedong. Su muerte cerraba una etapa decisiva de la historia contemporánea de China, pero no clausuraba su influencia. Medio siglo después, Mao continúa presente en la memoria política y simbólica del país, aunque la China actual sea, en muchos aspectos, profundamente diferente de aquella que él gobernó. Una de las razones de esta persistencia es que, más allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente insuperables.

Hay una parábola que permite aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo tonto que mueve las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará desapareciendo.

Mao recuperó esta parábola en momentos decisivos. En 1945, poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una determinada filosofía de la acción histórica.

Aquí podemos encontrar una de las conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de 1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no podía ser, desde aquella perspectiva, una operación limitada a la economía pues implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar la educación, desarrollar la ciencia y la industria y recuperar una posición internacional acorde con su dimensión histórica.

El problema es que la voluntad transformadora del maoísmo acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad política podía superar los límites económicos y materiales condujo a una movilización cuyos costes humanos y económicos fueron enormes. La Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento especializado y buena parte de la propia tradición cultural china.

La paradoja es significativa. La misma cultura política que podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad política. El Viejo tonto podía representar la paciencia de las generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación a ignorar los límites de la realidad.

Después de la muerte de Mao, la modernización china experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo económico; de la movilización ideológica a la experimentación; de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles del pasado; y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para hacerlo.

En cierto sentido, el Viejo tonto regresaba, pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada, atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a 1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo.

Esto ayuda también a comprender la continuidad existente entre etapas políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao, Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida, su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma pregunta: ¿cómo se mueve la montaña?

El denguismo confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación. A partir de los años noventa, la integración económica internacional se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad común o la construcción de un país fuerte forman parte de un proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política capaz de mantener el rumbo durante décadas.

Por eso resulta interesante contemplar los cincuenta años de la muerte de Mao no simplemente como una efeméride sobre el pasado, sino como una ocasión para preguntarnos qué permanece de aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás de esa extraordinaria transformación existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación, a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de perseguir objetivos durante largos periodos.

También existen, naturalmente, importantes zozobras. La historia china del último siglo demuestra que la voluntad de modernizar puede producir avances extraordinarios, pero también costes inmensos cuando carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que separan la experiencia maoísta de la posterior pues no basta con saber adónde se quiere llegar; hay que saber medir el camino, reconocer los obstáculos y rectificar cuando sea necesario.

El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente.

La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy.

Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización.

Xulio Ríos acaba de publicar China, la modernización permanente (Txalaparta, 2026)

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*Xulio Ríos, analista, ensayista y uno de los principales especialistas españoles en política china. Es fundador y asesor emérito del Observatorio de la Política China y fundador del Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (IGADI). Ha desarrollado una amplia trayectoria dedicada al estudio de China, su sistema político, economía, política exterior y relaciones internacionales. Es autor de numerosos libros y ensayos sobre la evolución de la República Popular China, el Partido Comunista de China, Taiwán y la geopolítica asiática. Ha colaborado con universidades, centros de investigación y medios de comunicación de España, China y América Latina.

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Entre asesinos y locos

 


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De prensabolivariana en septiembre 9, 2026

Prusia y Chile: una suerte de espejo…

En 1961 la escritora austríaca Ingeborg Bachmann publica A los treinta años, conjunto de relatos que describen la atmósfera desgarrada y enfermiza de una sociedad que, determinada a sobrevivir a cualquier precio, se enfundó durante la posguerra un cambucho en la cabeza para salir del desastre al cual ella misma se había arrojado, digamos que por voluntad propia. El libro vino a exponer la putrefacción de un país con una profundidad capaz de proyectar su reflejo hacia otras épocas y latitudes lejanas. Virtud especular que da a cierta literatura —no a toda— su carácter universal.

Entre asesinos y locos es uno de los cuentos que emprende la tarea de describir esta realidad delirante. Tiene por escenario una taberna en la ciudad de Viena. Allí, a más de diez años del fin de la guerra, unos hombres se reúnen regularmente para hacer vida social. Aunque vayan al encuentro de los otros, más bien “caminan hacia sí mismos… siguen sus propias huellas” como si se encontraran incomunicados en la niebla del presente.

Entre ellos hay de todo, cada cual con su diferente grado de compromiso o proximidad con los crímenes y ruindades del pasado reciente. Sin embargo, ni con las palabras más elusivas podría borrarse del aire la demarcación implícita entre víctimas y victimarios, todos sentados a la misma mesa como si nada hubiera sucedido, lo cual bajo ningún punto de vista representa un hecho digno de alabanza, ejemplo de convivencia virtuosa o superación de un trauma, sino que constituye la circunstancia tremendamente problemática, por decir lo menos, que es el núcleo de la narración.

Todos más o menos saben en qué anduvieron metidos los otros. Todos más o menos saben que los otros lo saben. Lo que ninguno sabe en absoluto, sin embargo, es a qué atenerse frente al historial de sus compañeros de mesa. No están sentadas las reglas comunes que distribuyan lugares, que asignen costos, penas, restituciones. Como las consecuencias de los propios actos están diluidas, lo que reina en el ambiente es una especie de pesadilla moral, de fuga y escamoteo, de manicomio del espíritu y fantochería. Lo que avala la convivencia es el silencio como pacto, el aturdimiento, la omisión deliberada como regla.

Sentado también a esta mesa, el narrador desliza algunos comentarios sobre los hombres que tiene a su alrededor: “Había algo de lo que no cabía dudar, y es que Ranitzky siempre había asentido a todo… después de 1945, estuvo dos años destituido o quizás en la cárcel, pero ahora volvía a ser profesor de universidad. Había reformado todas las páginas de su ‘Historia de Austria’ referentes a la época contemporánea…”.

Tres de ellos son vagamente judíos: Mahler, Friedl y el propio narrador. Este último comenta: “Cuando más cruel estaba Mahler (con Ranitzky) es cuando no le decía nada o solo se arreglaba un poco la corbata echando una mirada a alguien, dando a entender que recordaba todo a un tiempo. Tenía la memoria de un ángel justiciero… se limitaba a tener memoria, no odio, pero sí esa facultad inhumana de guardárselo todo y dar a entender que lo sabía”.

Otro de ellos, Haderer, “era tenido por uno de los hombres más liberales e independientes”; uno que decía las cosas por su nombre, “pero por suerte solo las cosas, raras veces las personas, de manera que jamás nadie se sintiera aludido”. Así, “nunca acababa de quedar muy claro qué era lo que pensaba Haderer a este respecto y a muchos otros”.

Y de uno llamado Bertoni: “…él y un par de periodistas más habían trampeado los primeros años después de 1938, lo que pensaban, decían e insinuaban secretamente, en qué peligros se habían encontrado antes de vestir el uniforme; y ahora seguía camuflándose, sonreía, había muchas cosas que no podía tragar… Nadie sabía lo que pensaba, el disimulo se le había hecho connatural…”.

“Hutter —prosigue el narrador— era un liberado sin vergüenza, sin escrúpulos. Todos le querían, incluso yo, incluso quizás Mahler. Dadle a ese la libertad, decíamos también nosotros. Habíamos evolucionado de tal manera con la época, que decíamos sin cesar: dadle a ese la libertad”.

De pronto, en este “viernes malhadado”, los hombres se sumergen en los recuerdos de la guerra y la conversación toma un cierto vuelo, porque “debía algún día ser auténtica, porque el humo y la quimera querían que alguna vez todo pudieran expresarse”. Entonces surge un momento, en medio de la excitación que provocan los recuerdos, en que incluso el propio Friedl parece matarse de la risa. Pero detrás de su buen humor, dice el narrador, solo hay sarcasmo y desesperación; sus palabras están llenas de resentimiento. Por un momento, incluso el narrador desconfía de Friedl, “porque parecía seguir la corriente a los otros y sumergirse en aquel mundo de payasos, de pruebas de valor, heroísmo, disciplina y rebeldía”, un mundo en el que “nadie sabía de qué se enorgullecía y de qué se avergonzaba, y si este orgullo y esta vergüenza respondían todavía a algo en este mundo en que vivíamos nosotros, los ciudadanos”.

Hombres disociados, que habitan en dos mundos y no pueden transitar del uno al otro: “…tenían que atravesar el purgatorio, en el que clamaba su ‘yo’ irredento, pidiendo que se le sustituyera pronto por su ‘yo’ civil, social… Y corrían en pos del mirlo blanco que muy pronto se había escapado de su auténtico ‘yo’ y se resistía a regresar, y mientras no regresara, el mundo sería una locura”.

El asco, el sofoco, la impotencia, también la cobardía, hacen que Friedl y el narrador se aparten al baño, donde encuentran un sitio aislado para desahogarse. Y entonces el primero lanza quizás la única pregunta cuya respuesta sería capaz de ventilar el aire viciado de la taberna: “¿Por qué, Dios mío, nos reunimos? Del que menos me lo explico es de Herz. Mataron a su mujer, a su madre… ¿Acaso lo ha olvidado? ¿O es porque un día decidió que quedara todo enterrado?”. Unas líneas después, en este diálogo aparte, refiriéndose a las relaciones entre esos hombres dice el narrador: “Hay otros que no preguntan tanto como Hutter y encuentran natural que el tiempo y los tiempos cambien”. A lo que Friedl replica, en la que podría ser la descripción más elocuente del pantano moral donde están enfangados: “Entonces, después del 45, yo también creí que el mundo estaba dividido para siempre en buenos y malos, pero el mundo vuelve a dividirse ahora y lo hace de otra manera… todo se fue transformando sin llamar la atención, ahora volvemos a estar mezclados para que la división pueda efectuarse de otra manera, para que a un lado queden las ideas y al otro las acciones”.

¿Cómo se sale de ahí? Al parecer, no hay salida. “Entonces, formamos parte del chanchullo; yo formo parte de él, pero me resisto. Y tú también estás metido en este complot”, dice Friedl al narrador, que a su vez responde: “Yo creo que estamos obligados a vivir todos juntos y que no podemos vivir juntos. En cada cerebro hay un mundo y una aspiración que excluye cualquier otro mundo y cualquier otra aspiración”.

El diálogo los va conduciendo por un callejón ciego. Quizás sea el curso natural en este estado de las cosas. La falta de luz. “No se puede ser víctima durante toda la vida. No es posible”, protesta el narrador. Ante lo cual Friedl reflexiona: “…cuanto más nos remontamos en el pasado más difícil es avanzar, de tal manera que a menudo me pierdo en la historia, no sé por quién debo tomar partido… y solo descubro una ley vergonzosa que lo rige todo. Lo único que cabe es ponerse siempre del lado de las víctimas, pero eso no lleva a ninguna parte, las víctimas no marcan ningún camino… Y los tiempos cambian para los asesinos”. Enseguida, vuelve a preguntarse: “Yo quisiera que alguien me explicara por qué nos juntamos aquí… Porque esto sí que es inaudito y lo que resulte de estas reuniones será también inaudito”.

En ese ambiente donde reina la mayor confusión el narrador sabe que “hacia atrás” Friedl, Mahler y él están de acuerdo, “pero respecto al futuro, ¿qué?”. No habiendo un futuro común, qué cabía esperar sino hallarse separados.

Tras esas últimas reflexiones los dos hombres retornan a la mesa. En otra sala hay una ruidosa reunión de viejos compañeros de armas que gritan y fanfarronean como si el tiempo se hubiera detenido en los años de la guerra, como si estuviesen aún regresando del frente sin haber llegado del todo a casa. Aquí comienza la segunda parte y final del relato, con la aparición de un intrigante personaje que ha venido a sentarse con ellos. Se trata de un hombre que confiesa abiertamente su vocación de asesino: “Sabía que estaba destinado a ser un asesino como otros pueden estar destinados a ser héroes, o santos, o personas corrientes”. Lo único que le faltaba era una víctima, pues no sabía cómo ni a quién matar. Entregado a la voluntad de su fusil, partió a la guerra. Y allá, en su primera campaña, se dio cuenta de que no podía disparar un solo tiro. “Si no había podido disparar contra una persona, menos aún contra una abstracción, contra los ‘rusos’. Aquella palabra no me sugería nada. Y es necesario que uno se imagine algo”.

Tras su intervención, la velada está llegando a su fin. Los hombres se demoran en pagar y, entretanto, perciben a lo lejos un entrevero, algún confuso incidente que parece provenir del lugar donde se encuentran los antiguos compañeros de armas. El narrador oye palabras inconexas que no le permiten dilucidar la situación. Sin embargo, a la salida de la taberna lo comprende todo. El extraño que se les sentó a la mesa yace en la calle con varias heridas sangrantes producto de las balas. Está muerto. Y entonces reflexiona: “me pareció que con aquella sangre había cobrado una protección, no para ser invulnerable, sino para que no se evaporara en mí la desesperación, mi deseo de venganza, mi rabia. Nunca más. Ni aunque me hicieran pedazos aquellas ideas justicieras que se habían levantado en mí, no alcanzarían a nadie, como aquel asesino no había asesinado a nadie y solo había sido una víctima —una víctima inútil”.

Retener en uno mismo la desesperación, la rabia, el deseo de venganza, para que jamás se evaporen… Me pregunto: ¿se habrá escrito en otra parte una idea tan precisa de lo que sucede cuando decidimos aceptar una convivencia entre asesinos y locos?

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*Daniel Pizarro (nacido en Santiago de Chile en 1971) es un destacado periodista, escritor, editor y guionista cinematográfico chileno. Su carrera se caracteriza por transitar fluidamente entre las comunicaciones corporativas, el periodismo de opinión y la creación literaria de ficción. De profesión periodista, ha complementado su labor en medios escritos mediante colaboraciones habituales en el ámbito del análisis político y cultural. Es columnista frecuente de la revista digital Politika y del magacín internacional Meer. y Prensabolivariana.

8 de septiembre de 2026

«No somos patio trasero»: La visita de Rubio levanta pólvora en Colombia

 

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De prensabolivariana en septiembre 8, 2026

La oposición advierte que EE.UU. pretende socavar la soberanía del país suramericano.

La visita que el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, realizará este martes a Colombia ha desatado una oleada de críticas y denuncias de intentos de intervencionismo para socavar la soberanía del país.

«Nuestra preocupación es que se viene a otra cosa, es a sellar compromisos de intervención y de postración de Colombia y de su soberanía a EE.UU.», advirtió el senador Iván Cepeda, quien anticipó que este puede ser el objetivo detrás de los anuncios de presunta ayuda humanitaria que el Gobierno encabezado por Donald Trump ofrecería a las víctimas del grave terremoto que asoló al país el mes pasado y que dejó a miles de víctimas.

También recordó que EE.UU. tiene un especial interés en el sector energético. «¿A traves de una explotacion intensificada del petróleo se busca convertir a Colombia en una especie de reserva petrolera y energética de EE.UU.? ¿Ese es el propósito real de la visita del señor Rubio?», cuestionó el también excandidato presidencial.

«Exigimos transparencia»

En el mismo sentido, la senadora María Eugenia Londoño, opositora al presidente Abelardo de la Espriella, manifestó su rechazo de convertir a Colombia en plataforma de intereses militares, políticos o económicos de Washington.

«Colombia no es patio trasero de EE.UU. Exigimos transparencia sobre los acuerdos militares, de inteligencia y cooperación que pretende suscribir con Rubio a partir de su anunciada visita», aseveró en un mensaje en X.

«Ninguna potencia extranjera puede decidir por nuestro pueblo con quién comerciamos, qué alianzas construimos o cómo orientamos nuestra política exterior. La soberanía no se negocia. A Marco Rubio le decimos con claridad que Colombia es un país soberano y merece respeto», señaló.

La visita del secretario de Estado ha provocado una fuerte expectativa ya que se da en el marco de un cambio radical en la relación entre ambos países. El Gobierno del izquierdista Gustavo Petro (2022-2026) mantuvo una confrontación permanente con EE.UU., en tanto que De la Espriella, quien asumió recién el pasado 7 de agosto, ha ofrecido una alianza incondicional con Trump.

El Gobierno colombiano confirmó que De la Espriella recibirá a Rubio en Barranquilla y abordaran temas como comercio, inversiones apertura de mercados, turismo, tecnología e innovación, seguridad regional y lucha contra el narcotráfico, entre otros.

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