Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

22 de mayo de 2026

PIB, Petróleo y Revolución


Para entender la relación entre el PIB per cápita y el precio del petróleo en la Revolución Bolivariana, primero hay que sacarse de la cabeza esa idea burguesa de que "el mercado decide". No. El mercado no es un ente abstracto ni una ley natural. Es una relación social entre clases. Detrás de cada barril de petróleo hay sangre, sudor, tuberías oxidadas, trabajadores explotados y, sobre todo, una lucha feroz por quién se queda con la ganancia.

Ponte en los zapatos de un obrero petrolero en los años 90, antes de Chávez. Trabajaba en la Faja del Orinoco, sudando la gota gorda, mientras que las ganancias de PDVSA se iban a Miami, a Houston, a las cuentas bancarias de unos pocos gerentes que hablaban inglés y miraban a Venezuela como una finca más. Eso era el capitalismo rentístico puro y duro: el petróleo era nuestro, pero la plusvalía se la llevaban otros.

Cuando llega la Revolución Bolivariana, algo cambia. El Estado deja de ser un simple recaudador de impuestos para las trasnacionales. Empieza a quedarse con el control de la renta. Pero ojo, no te confundas: eso no fue un acto de generosidad divina. Fue el resultado de una presión desde abajo, de los trabajadores, de los movimientos populares que llevaron a Chávez al poder.

Y entonces, entre 2003 y 2008, ocurre algo hermoso y contradictorio. Por un lado, el precio del petróleo se dispara. No porque sí, sino porque hay una crisis de sobreacumulación en el centro del imperio. Estados Unidos invade Irak (2003), Afganistán, amenaza a Irán... ¿Qué buscan? Controlar las rutas energéticas. El capitalismo necesita petróleo barato para seguir funcionando. Y cuando hay guerra, el precio sube. Pero esa subida es un síntoma de la enfermedad imperialista, no una bendición del cielo.

Venezuela, gracias a la nacionalización parcial y a la renegociación de contratos, empieza a captar más divisas. El PIB per cápita sube como la espuma. Pasó de unos 4,000 dólares de la IV República a casi 14,000 en 2012. Suena bonito, ¿verdad? Pero un marxista te diría: ojo, ese PIB per cápita es un promedio que esconde la desigualdad. Sí, hubo misiones sociales, se construyeron casas, escuelas, hubo más acceso a la salud. Pero la propiedad de los medios de producción seguía siendo mayoritariamente privada o estatal-capitalista. El trabajador seguía vendiendo su fuerza de trabajo por un salario.

La diferencia es que ese salario ahora valía un poco más. Porque el gobierno usaba los petrodólares para subsidiar alimentos, combustible, transporte. Eso es lo que los economistas burgueses llaman "gasto público", pero para nosotros es la lucha de clases desde el Estado: arrancarle a la burguesía nacional e imperial parte de la plusvalía para devolvérsela al pueblo en forma de consumo.

Ahora, hablemos de ese súper ciclo de precios altos (2003-2014). ¿Por qué subió tanto el petróleo? No fue casualidad. China entró en la OMC en 2001 y empezó a industrializarse a un ritmo brutal. Necesitaba energía. Y al mismo tiempo, las potencias occidentales habían desinvertido en exploración durante los 90 (porque el petróleo estaba barato y no les convenía). Oferta estancada, demanda creciente... y boom.

Pero hay una capa más profunda. El imperialismo necesita asegurar su suministro energético a cualquier precio, incluso yendo a la guerra. La invasión de Irak no fue por armas de destrucción masiva, fue por el petróleo y el dólar. Irak intentó vender crudo en euros en 2000. Saddam Hussein se atrevió a desafiar el monopolio monetario. Lo pagó caro.

Venezuela, con Chávez, también empezó a desafiar. Propuso la creación de un banco del Sur, una moneda regional, vendió petróleo a China y Rusia para romper la dependencia de Estados Unidos. Eso, mi amigo, es un acto de soberanía que el imperio no perdona. Por eso, aunque los precios estaban altos, la geopolítica se volvía cada vez más hostil.

El PIB per cápita siguió subiendo hasta 2012. En 2009, por la crisis financiera global, cayó un poco. Se recuperó después. La producción de petróleo empezó a caer a partir de 2012.

Desde una perspectiva marxista el gobierno cometió errores. En lugar de socializar realmente los medios de producción, se mantuvo una lógica capitalista de Estado: empresas mixtas con capital privado nacional y extranjero, concesiones, rentismo. No se profundizó en el control obrero, no se eliminó la ley del valor. O sea, el petróleo seguía siendo una mercancía que se vendía en dólares en el mercado mundial. Y eso te ata al capitalismo, por más revolucionario que seas.

Llegó 2014. El precio del petróleo se desplomó de 100 a 30 dólares. Pero no fue un accidente de mercado. Fue una decisión geopolítica de Arabia Saudita y Estados Unidos. ¿Recuerdas el fracking? Los gringos empezaron a producir su propio petróleo de esquisto. Ya no necesitaban tanto del Medio Oriente. Y junto con los saudíes, inundaron el mercado para bajar los precios. ¿El objetivo? Quebrar a los países que se les resistían: Rusia, Irán, Venezuela.

Eso es imperialismo descarado. Usar el control de los precios de las materias primas como arma de destrucción masiva. Y funcionó. El PIB per cápita venezolano se fue al infierno. En 2013 ya estaba en 8,000 dólares. Para 2018, menos de 3,000. La economía se contrajo un 70% en cinco años. Eso ni en la Gran Depresión.

¿Y qué hizo el gobierno? Seguir gastando en misiones sociales, pero cada vez con menos ingresos. Dejó de importar comida, medicinas, repuestos. La hiperinflación no fue un error económico técnico: fue la expresión de la lucha de clases en condiciones extremas. Cuando el Estado no puede subsidiar el consumo popular porque el imperialismo le cierra las llaves de divisas, la clase trabajadora paga los platos rotos. El capitalismo siempre descarga su crisis sobre los más débiles.

Pero ahí viene lo más doloroso: parte de la burguesía venezolana y de la pequeña burguesía (sí, esos que se llaman a sí mismos "clase media") empezaron a boicotear, a acaparar, a especular. Se formó una alianza entre la burguesía nacional y el imperio: ellos ponían el desabastecimiento interno, el imperio ponía las sanciones. Todo para tumbar al gobierno. Y mientras tanto, la gente haciendo colas de 12 horas por un kilo de harina.

Eso es la dialéctica perversa del capitalismo dependiente. Venezuela, con la mayor reserva de petróleo del mundo, terminó importando comida y medicinas. Porque su economía estaba desarticulada y el intento de romper esa dependencia chocó con la realidad de que no se había construido una base industrial socialista. No se puede comer petróleo.

A partir de 2017, Estados Unidos impuso sanciones financieras y petroleras. Básicamente, prohibió a cualquier empresa estadounidense o europea comprar crudo venezolano, refinarlo, o venderle diluyentes. La producción, que ya venía cayendo, pasó de 2.5 millones de barriles diarios en 2013 a menos de 500 mil en 2020. Un desplome histórico.

¿Y el PIB per cápita? Tocando fondo. En 2020, con la pandemia, fue el remate final. Muchos economistas burgueses dicen que cayó a menos de 3,000 dólares. Pero no te fíes del promedio. La realidad es que la mayoría de la gente vivía con menos de un dólar al día. El salario mínimo apenas alcanzaba para comprar un kilo de carne al mes. La emigración masiva (más de 7 millones de personas) no fue una "decisión voluntaria", fue una expulsión forzada por el hambre.

Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿el gobierno bolivariano no tuvo responsabilidad? Desde una perspectiva marxista crítica, sí. La burocracia (porque eso fue lo que se consolidó, una burocracia estatal que no rindió cuentas al pueblo) cometió errores garrafales. Se aferró al control de cambio como una tabla de salvación, pero eso generó un mercado negro enorme que benefició a los nuevos burgueses. No se permitió el control obrero real de las fábricas. Se mantuvieron estructuras capitalistas dentro del llamado "socialismo del siglo XXI". Y cuando la crisis apretó, esa burocracia se dedicó a proteger sus privilegios, no al pueblo.

El imperialismo fue brutal, sí. Pero también hubo traición desde adentro. Como dijo Rosa Luxemburgo: la libertad solo para los que piensan diferente no es libertad. Y en Venezuela, el poder popular fue cada vez más controlado, más domesticado. Se perdieron espacios de democracia directa. Eso, sumado al cerco externo, hizo implosión.

Si algo nos enseña esta tragedia, es que el simple control estatal de los recursos naturales no es suficiente. El capitalismo de Estado (donde el Estado actúa como un gran capitalista) sigue reproduciendo la lógica de la acumulación, la mercancía, el valor de cambio. Para romper esa lógica, se necesita la socialización real de los medios de producción: que los trabajadores decidan qué producir, cómo y para quién.

Pero no basta con controlar el petróleo. Porque el petróleo es una mercancía mundial. Su precio lo fija el mercado capitalista, y ese mercado está manipulado por los grandes monopolios y los estados imperiales. Mientras Venezuela venda petróleo en dólares, dependerá de la Reserva Federal, de las guerras de Estados Unidos, de los vaivenes de la bolsa de Nueva York. Es una jaula de hierro.

La única salida, desde una perspectiva marxista, es la construcción de un bloque antiimperialista de países que rompan con el dólar, con el FMI, con el Banco Mundial. Pero eso requiere algo más que discursos. Requiere transformar las relaciones de producción a nivel internacional.

Ahora, no quiero terminar con pesimismo. Porque los venezolanos le dimos una lección al mundo: resistimos un bloqueo más feroz que el impuesto a Cuba. Aprendimos a sembrar en conucos, a hacer trueques, a organizarnos en CLAP a pesar de la corrupción. El pueblo siempre encuentra la manera de sobrevivir. Y eso es lo que el imperialismo no entiende: la creatividad de la clase trabajadora es infinita.

Déjame contarte una imagen que nunca olvido. Un amigo, durante lo más crudo de la crisis, me mostró su pequeño huerto. Tenía tomates, lechugas, hasta un árbol de aguacate en una maceta enorme. Me dijo: "Esto no lo para ni Dios ni Trump". Al lado, tenía una radio vieja sintonizando una emisora comunitaria. El petróleo no había llegado a su casa, pero la vida sí.

El PIB per cápita, ese número abstracto que tanto les gusta a los economistas de la televisión, no medía la dignidad de ese huerto. Tampoco medía las colas de gente solidaria que compartían el poco pan. El PIB es un instrumento del capital para cuantificarnos como "recursos humanos". Nos reduce a una cifra.

Lo que realmente importa es la relación social: ¿Quién tiene el poder de decidir? ¿Quién se apropia del trabajo ajeno? Durante la Revolución Bolivariana, hubo avances enormes en la conciencia popular. Por primera vez en décadas, los trabajadores supieron que el petróleo les pertenecía en teoría. Que no fuera así en la práctica... bueno, esa es la tarea pendiente. La lucha no terminó.

Hoy, el precio del petróleo volvió a subir (por la guerra en Ucrania, más sangre imperialista), el PIB per cápita repuntó un poco, pero la mayoría de la gente sigue sobreviviendo. La burocracia sigue en el poder, el imperio sigue respirando cerca de nuestra yugular. El socialismo, el verdadero, el de abajo, el de los consejos obreros y las comunas, sigue siendo un horizonte.

La lección es universal: los recursos naturales de tu tierra son tuyos, de tu clase, no de los accionistas de Exxon ni de los generales de Washington. Pero para recuperarlos de verdad, no basta con un gobierno bonachón. Hay que romper la lógica del capital. Y eso duele. Lleva tiempo. Lleva errores. Pero es el único camino. Seguimos en la trinchera. 

La visión moral de izquierda necesita economía política

 


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De prensabolivariana en mayo 22, 2026

Por Matías Vernengo*

La «economía para la vida» de Gustavo Petro captura algo esencial sobre la crisis planetaria. Transformarla en un programa exige confrontar las estructuras que bloquean el camino.

«Hoy en día, ya no se trata de una lucha de clases entre el capital y el trabajo, sino de una economía que sirve a la vida o a la muerte». Esta afirmación de Gustavo Petro fue el eje central de una conferencia celebrada en Colombia sobre «La economía para la vida», organizada conjuntamente por la Internacional Progresista, el Gobierno colombiano y varios centros de estudios locales. La frase, citada por muchos participantes, capta una realidad de la crisis planetaria.

El cambio climático, la deuda externa, el extractivismo, la destrucción ecológica, el hambre y la guerra nos obligan a preguntarnos qué tipo de economía se está organizando y para quién. Pero también revela un peligro presente en gran parte del discurso progresista contemporáneo: la sustitución de la economía política por un lenguaje moral.

Una «economía para la vida» es un eslogan convincente. Sin embargo, a menos que se vincule a los intereses concretos de los trabajadores, a la distribución de la renta y el poder, y a las estructuras del capitalismo global, corre el riesgo de volverse demasiado vaga para orientar las políticas. El neoliberalismo no ha sido una guerra abstracta contra la vida en general. Ha sido, más concretamente, un régimen favorable al capital, como señala David Harvey en su clásico libro sobre el tema. Ha debilitado a la clase trabajadora, ha disciplinado a la periferia, ha restringido el margen de maniobra de las políticas públicas y reorganizado la economía global en torno a las exigencias de la acumulación de capital. Una alternativa seria no puede ser simplemente una economía para la vida en abstracto. Debe ser una economía organizada en torno a los trabajadores.

El bienestar no es una abstracción moral. Es la mejora concreta de las condiciones de vida de la mayoría, y la mayoría son trabajadores. Esto es especialmente importante porque la ideología neoliberal ha intentado sistemáticamente borrar a los trabajadores como categoría política. Bajo el neoliberalismo, no hay trabajadores; todo el mundo es, o potencialmente puede convertirse en, un empresario. Es un mundo de mercado, con consumidores y empresarios, y sin relaciones de poder. La economía política progresista debe rechazar esa narrativa. El sujeto central de un orden económico alternativo no es el consumidor ni el empresario, sino el trabajador.

Esto es importante porque el diagnóstico dominante sobre la situación actual suele ser incorrecto, y además exagera la debilidad del capital. Al menos desde la crisis financiera mundial de 2008, la opinión dominante ha sido que el capitalismo neoliberal está en crisis. Existe una crisis social y medioambiental que, en muchos sentidos, se ha convertido en una crisis de legitimidad política, y el orden neoliberal ha sufrido sacudidas. Pero el sistema se ha adaptado a las nuevas circunstancias notablemente bien, y los cimientos del régimen neoliberal siguen siendo sorprendentemente resistentes.

Los mercados laborales siguen estando disciplinados, los sindicatos son débiles y el crecimiento salarial es lento. La desigualdad sigue siendo elevada. La política fiscal sigue limitada por reglas macroeconómicas, a menudo implementadas por gobiernos progresistas. Los bancos centrales siguen siendo independientes y se preocupan principalmente por la inflación y el rescate de los inversores. Los gobiernos progresistas, incluso cuando son elegidos, a menudo se ven obligados a operar dentro de los límites institucionales creados por los gobiernos neoliberales.

En ese sentido, el neoliberalismo no está fracasando. Está haciendo gran parte de lo que se diseñó para hacer. Ha creado condiciones favorables para la acumulación de capital y ha mantenido a los trabajadores a raya. El aumento de la desigualdad, a menudo citado como un signo de la crisis del orden neoliberal, no es necesariamente un signo del colapso del neoliberalismo. Es, en muchos aspectos, una prueba de su éxito. Lo mismo puede decirse de la degradación medioambiental o de la crisis de la democracia.

Otro malentendido frecuente es la comparación entre el momento actual y la crisis de la década de 1970. La crisis de la década de 1970 fue la del capitalismo regulado de la posguerra, o lo que a menudo se denomina el consenso keynesiano. Se caracterizó por un intenso conflicto distributivo, basado en dos pilares que ya no existen: el poder de negociación de los sindicatos y la capacidad de los países productores de petróleo, a través de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), para influir en los precios mundiales. Cabe señalar que Estados Unidos también era un importador neto de energía en aquella época. Hoy en día, las condiciones son diametralmente opuestas. Los sindicatos están debilitados. El poder geopolítico relativo de la OPEP se ha evaporado. Estados Unidos es ahora un importante productor de energía y un exportador neto.

No se trata del colapso del capitalismo neoliberal en el sentido en que la década de 1970 marcó el agotamiento del orden de posguerra. Se trata de las tensiones de una sociedad capitalista global —lo que Branko Milanović llamaría «el capitalismo como único sistema»— que ya ha disciplinado a los trabajadores y a gran parte de la periferia. Pero precisamente porque el neoliberalismo logró reorganizar la economía mundial, también creó las condiciones para el debilitamiento de algunas de sus propias estructuras económicas.

Desmontar los mitos

El auge de China representa un cambio en el orden mundial. China es fundamental en cualquier análisis serio del nuevo orden mundial que ha surgido en este siglo. China se ha convertido en el gran centro productivo manufacturero del mundo. Esto no fue un accidente ni se trató simplemente de un milagro nacional chino. Fue facilitado por la estrategia geopolítica y económica de Estados Unidos. Primero a través de la apertura de Richard Nixon a China en la década de 1970, luego mediante la concesión por parte de Bill Clinton de relaciones comerciales normales permanentes y la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC). El resultado es lo que se ha denominado «China 2.0».

El primer impacto de China consistió en la exportación de productos manufacturados de bajo coste que devastó el empleo en el sector manufacturero en la mayoría de los países avanzados y en gran parte de la periferia del mundo capitalista. El segundo es más profundo. China ya no es simplemente un ensamblador de bajos salarios de bienes de consumo simples. Ahora se está adentrando agresivamente en la fabricación de alta tecnología y alto valor, incluyendo vehículos eléctricos, baterías, paneles solares y más. China forma parte, en muchos sentidos, del centro, al igual que sus homólogos y rivales en Europa, Japón y Estados Unidos.

Esto también exige cuestionar los mitos sobre las economías capitalistas avanzadas. Uno de los más persistentes es que las economías avanzadas, especialmente Estados Unidos, abandonaron la política industrial y solo la han redescubierto recientemente. El redescubrimiento de la política industrial ha sido promocionado por Jake Sullivan, miembro de la administración Biden, como parte del llamado Nuevo Consenso de Washington, y, más recientemente, por el Banco Mundial. Pero esto es en gran medida falso.

Estados Unidos lleva mucho tiempo practicando la política industrial a través del complejo militar-industrial; Fred Block lo denominó un «Estado desarrollista oculto» que siempre proporcionó apoyo estratégico a tecnologías clave. Lo que cambió no fue la existencia de la intervención estatal, sino la narrativa ideológica. Se trataba de mercados libres para la periferia y política industrial para el centro. El auge de China ha obligado a Estados Unidos y a Europa a ser más explícitos sobre lo que hacen y siempre han hecho. Han dado un puntapié a la escalera, como sugirió Ha-Joon Chang, una y otra vez.

Sin embargo, y lo que es más importante, esta transformación en la producción no ha ido acompañada de una transformación equivalente en materia monetaria. La hegemonía del dólar permanece intacta. El auge de China ha cambiado la geografía de la fabricación mundial, pero no ha desplazado la arquitectura financiera y militar centrada en Estados Unidos. La geografía del dinero ha sido más estable de lo que a menudo se cree.

Este es el punto crucial que pasan por alto la mayoría de los análisis sobre el nuevo orden mundial multipolar. No se trata de una simple transición de la hegemonía estadounidense a la china. Es un proceso más contradictorio, en el que el poder productivo se ha desplazado significativamente hacia China, mientras que el poder monetario y militar sigue organizado en torno a Estados Unidos. Pero el capitalismo neoliberal sigue al mando.

Esto es particularmente importante para América Latina. La región se encuentra ahora insertada en la economía mundial en una posición periférica dual. Comercialmente, está cada vez más vinculada a China, a menudo a través de las exportaciones de materias primas y las importaciones de productos manufacturados. Sin embargo, financiera y geopolíticamente, sigue subordinada al sistema del dólar y, en última instancia, al poder de Estados Unidos, o a la «Doctrina Donroe» [un juego de palabras entre Donald Trump y la Doctrina Monroe], como se la ha rebautizado. Los gobiernos progresistas latinoamericanos se enfrentan, por tanto, a un mundo en el que China ofrece mercados, principalmente para sus materias primas; crédito, a menudo con condiciones duras; inversión en infraestructura, con muchas condiciones; y productos manufacturados, pero no desarrollo.

Esta distinción es esencial. El Sur Global no es lo mismo que la periferia de Raúl Prebisch. El término «Sur Global» a menudo oculta más de lo que revela. Sugiere una unidad de intereses que no existe. China, Brasil, Colombia, México, India y Sudáfrica no ocupan la misma posición en la economía mundial. Tampoco debemos dar por sentado que unos lazos más profundos con China generen automáticamente desarrollo.

China tiene una estrategia nacional, como debe ser. No tiene interés en promover el desarrollo en América Latina, ni en el resto del Sur Global, por lo demás. Eso significa que el desarrollo debe concebirse desde la propia periferia. Debe orientarse hacia los trabajadores, reduciendo las vulnerabilidades sociales mediante la promoción de la capacidad productiva interna, y la vulnerabilidad externa mediante la protección de la autonomía política. La integración Sur-Sur puede crear oportunidades, pero no es una panacea ni un sustituto de una estrategia nacional de desarrollo.

Reglas fiscales y austeridad

Desde el punto de vista de la estrategia de desarrollo, es crucial distinguir entre lo que ha funcionado en la práctica y lo que prescribe la ortodoxia. Lo que ha funcionado en los países en desarrollo no ha sido la austeridad fiscal, la liberalización financiera total ni la estricta independencia del banco central. Lo que ha funcionado, cuando ha funcionado, son políticas que reducen la vulnerabilidad externa y amplían el crecimiento interno, al tiempo que reducen la desigualdad.

Algunas de estas se aplicaron durante la Marea Rosa en la región, es cierto que en condiciones externas más favorables, antes de la crisis financiera de 2008. Evitar la deuda en moneda extranjera, acumular reservas internacionales, mantener tipos de cambio nominales relativamente estables dentro de regímenes flexibles; aumentar los salarios mínimos reales; apoyar programas de transferencias para los pobres; utilizar bancos públicos para promover las capacidades tecnológicas nacionales; y promover la política industrial, en particular mediante políticas de contratación pública. Los controles de capital pueden ayudar en algunas circunstancias, aunque su eficacia depende de las condiciones institucionales y su utilidad es limitada en un mundo en el que el emisor de la moneda global promueve la apertura financiera y la desregulación.

Pero esto también significa que la batalla política central es contra las reglas fiscales y la austeridad. La cuestión no es simplemente si los bancos centrales deben ser independientes o si los tipos de interés deben ser algo más altos o más bajos. Esas cuestiones son importantes, especialmente en las economías periféricas sometidas a las presiones de la hegemonía del dólar y la política monetaria estadounidense. Cabe señalar que China mantiene grandes cantidades de reservas en dólares y no ha liberalizado completamente su cuenta de capital. Pero la restricción más profunda son los marcos fiscales autoimpuestos que impiden a los gobiernos utilizar el presupuesto del Estado como instrumento de desarrollo.

Las reglas fiscales se presentan a menudo como mecanismos neutrales para la credibilidad y la estabilidad. En la práctica, limitan la capacidad de los gobiernos elegidos para expandir la demanda, sostener el empleo, invertir en infraestructura y transformar la estructura productiva. La política fiscal no es meramente una herramienta para la estabilización a corto plazo. Puede crear capacidad productiva interna. Puede sostener el pleno empleo y, lo que es más importante, puede crear empleos de buena calidad, apoyar a los productores nacionales y promover nuevas tecnologías.

El gasto público puede moldear los mercados y dirigir los recursos hacia necesidades sociales que el capital privado no satisfará por sí solo. La política fiscal es la base del Estado emprendedor de Mariana Mazzucato. Una estrategia de desarrollo seria requiere que la política fiscal se utilice no solo para compensar a los pobres, sino para construir los cimientos productivos y tecnológicos de una sociedad más igualitaria.

En la periferia, los bancos centrales no operan en un vacío. Sus decisiones están limitadas por el entorno financiero global, especialmente por la política monetaria de EE. UU. Las tasas de interés más altas en Estados Unidos ejercen presión sobre los países en desarrollo para que mantengan tasas relativamente altas con el fin de estabilizar los tipos de cambio, evitar la fuga de capitales y contener la desviación, que puede ser tanto inflacionaria como contractiva. Pero precisamente por esta razón, la política fiscal cobra aún más importancia. Si la política monetaria está parcialmente limitada por la hegemonía del dólar, entonces la lucha por el espacio de la política interna debe centrarse en liberar a la política fiscal de las reglas que reproducen la austeridad.

La inversión pública es fundamental. No hay estrategia de desarrollo seria sin ella. Tampoco hay transición ecológica seria sin ella. La idea de que los mercados reorganizarán espontáneamente la producción en torno a las necesidades sociales y ecológicas es una de las grandes ilusiones del ecologismo liberal. El desarrollo ecológico requiere planificación, coordinación y un Estado dispuesto a disciplinar al capital.

La autonomía política no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar un fin. Es deseable porque crea el espacio para políticas que pueden aumentar directamente el poder de la clase trabajadora. Un Estado comprometido con el pleno empleo, los puestos de trabajo de calidad, el aumento de los salarios y unos servicios públicos más sólidos puede mejorar fundamentalmente la vida de la mayoría. Estas condiciones proporcionan no solo seguridad material, sino también un mayor poder de negociación para los trabajadores, lo que les da una voz más fuerte en sus lugares de trabajo y en la sociedad en su conjunto. Por supuesto, este potencial no puede materializarse únicamente mediante políticas impuestas desde arriba. Requiere una organización sostenida desde abajo para garantizar que los beneficios se compartan ampliamente y que los logros sean políticamente duraderos.

Ideología frente a análisis

La coyuntura geopolítica actual puede brindar una oportunidad para tal estrategia. Si bien el auge de China no crea un sistema económico alternativo como lo hizo en su día la Unión Soviética, la transformación del orden mundial puede dar a los países periféricos, y a los trabajadores de las economías avanzadas, un mayor margen de maniobra. Este margen, sin embargo, debe utilizarse estratégicamente para reducir la dependencia externa y fortalecer la capacidad productiva nacional.

Aun así, es importante reconocer los límites de este enfoque. Fortalecer a la clase trabajadora no resolverá todos los problemas, ya que persistirán los retos medioambientales fundamentales, especialmente cuando los intereses materiales de los trabajadores del centro y de la periferia divergen, incluso si se derrota al neoliberalismo.

Esto nos lleva de vuelta a la frase de Petro. Una economía al servicio de la vida no puede construirse solo con un llamamiento moral. Requiere enfrentarse al capital y reconstruir el poder del trabajo. Requiere comprender la jerarquía de la economía mundial. Requiere reconocer que el neoliberalismo no ha sido derrotado, que la analogía con la década de 1970 es engañosa, que el auge de China es real pero parcial, y que la hegemonía del dólar sigue siendo fundamental.

El gran peligro para la izquierda es sustituir el análisis por la ideología. Es posible estar de acuerdo con muchos de los objetivos de la agenda de la «economía para la vida» —mejores condiciones de vida, bienes públicos, sostenibilidad ecológica, seguridad alimentaria, paz y dignidad humana, por nombrar los más importantes— sin estar de acuerdo con el diagnóstico que a veces la acompaña.

El problema no es que el eslogan sea erróneo, sino que puede ocultar el conflicto central entre el capital y el trabajo. Carece de un núcleo analítico adecuado basado en la comprensión del conflicto distributivo y geopolítico. Enumera objetivos éticos deseables, pero no explica los mecanismos a través de los cuales el capitalismo produce desigualdad, destrucción ecológica, subordinación financiera y austeridad. La tarea, por lo tanto, no es elegir entre la urgencia moral y la economía política. Es conectarlas.

Matías Vernengo. Profesor de Economía en la Universidad de Bucknell y exgerente principal de Investigaciones Económicas del Banco Central de la República Argentina. Es coeditor de la Review of Keynesian Economics y coeditor en jefe de The New Palgrave Dictionary of Economics.

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*Matías Vernengo. Profesor de Economía en la Universidad de Bucknell y exgerente principal de Investigaciones Económicas del Banco Central de la República Argentina. Es coeditor de la Review of Keynesian Economics y coeditor en jefe de The New Palgrave Dictionary of Economics.

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¿Nuestras FF AA ya capitularon?… ¿Quién está dispuesto a cambiar su celular por un fusil? No sean tan farsantes!

 

José Sant Roz

¿Después que el imperio logró engolosinarnos con las redes vamos a creer que aquí hay otro Vietnam? No sean tan pendejos!!!

Marco Rubio se lo dijo a Trump: «Eso de tomar a Venezuela está facilito, ya los venezolanos están contentísimos con las redes, y no se quieren perder lo último que en este momento está en tendencia, los tenemos muy bien cogidos por donde usted sabe… Listos para que se entreguen sin pelear…»

A mis amigos revolucionarios del alma, les digo que hoy deberíamos estar todos con grandes pelotones de milicianos en las montañas, ejercitándonos con las FF AA, para los combates que vienen, porque de que vienen vienen. Porque, queridos hermanos, ¿qué haremos, el día que los gringos nos quiten el Wifi, nos bloqueen nuestras cuentas o nos quiten nuestros celulares? ¡NO SERVIREMOS PARA UN CARAJO EN LA CIUDAD Y NADIE PODRÁ SABER DE NOSOTROS, DE LO QUE PENSAMOS O DESMOS TRASMITIR!

¿Por qué tanto silencio e inmovilidad? ¿por qué tantas evasivas y contradicciones en los discursos diarios? Ya no hay marchas ni consignas, sino puro deporte en las pantallas. Falta que por todos lados sólo se escuche el Popule Meus. ¿Y SIN CELULAR?

Se nos está diluyendo todo aquel gran espíritu bolivariano, aquel fuego sagrado de dar todo por la patria. Aquellos cánticos de Alí Primera en todas las plazas y calles, aquella gloria de sentirnos soberanos y en total resistencia frente al imperio. ¿Y SIN CELULAR?

¿Qué fue de todos aquellos encendidos discursos, de aquellos llamados gloriosos a dar la vida por nuestros valores y símbolos inviolables? Cuando repetíamos en todos los debates y reuniones aquellas palabras grandiosas de Bolívar: “Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. ¡Que los grandes proyectos deben prepararse en calma!! 300 años de calma, ¿no bastan?!”

¿Pero para qué luchar sin tenemos un celular? Eso hoy es lo único que le importa a todo el mundo. Imagínense que usted se va a un combate contra los gringos y en la refriega llegue y pierda su celular. Entonces quedará desnudo si posibilidad alguna de saber su lugar en este mundo, sin Instagram, sin TikTok, sin mensajes, sin juegos, sin el morbo de los chistes y los cuentos. Sin saber qué tiene en el banco, sin poder hacer un PagoMovil… ¿Así estaría usted dispuesto a dar la vida por su patria?

Porque ahora no tenemos soldados ni guerrilleros, sino TikTokers, Youtubers, “creadores de contenido”

Y esto es el punto vital de nuestra derrota. El 3 de enero nadie se despegaba de su celular para conocer las últimas novedades. Echado en una cama o en un chinchorro. Nadie está dispuesto a cambiar un fusil por su celular. Esa es hoy, la razón actual de toda nuestra existencia, y sobre todo si usted ahora cuenta con un Samsung con Inteligencia Artificial…

Dios mío, por todo esto, tengo el gran presentimiento que EE UU nos volverá a invadir y que las FF AA se entregaran sin pelear. O quizás ya las FF AA se hayan entregado.


No es por el petróleo, es por la tierra que vienen

 


No es alarmismo ecologista ni profecía apocalíptica: los datos son tercos. La superficie de tierras cultivables en Estados Unidos se ha contraído de manera sostenida durante las últimas cuatro décadas. Cada año, cientos de miles de hectáreas que antes producían maíz, soja o trigo se transforman en suburbios, centros logísticos o polígonos industriales. La pregunta obligada, casi existencial para la potencia hegemónica, adquiere ribetes de paradoja: ¿puede el país que revolucionó la agricultura industrial estar cavando, sin saberlo, la tumba de su propia supremacía alimentaria?

Para comprender este fenómeno, el materialismo histórico ofrece herramientas insustituibles. No se trata de invocar mecánicamente a Marx, sino de recuperar su núcleo analítico: las fuerzas productivas, las relaciones de producción y la lucha de clases como motores de la transformación social. La tierra, recordémoslo, no es un simple factor productivo; es un campo de contradicciones donde el capital intenta someter las leyes biológicas y geológicas a su lógica de valorización acelerada. El suelo que desaparece no se esfuma por capricho de la naturaleza, sino por decisiones inmanentes al modo de producción dominante.

El primer acto de este drama histórico se escribió con sangre y hierro. La expansión hacia el Oeste, la Homestead Act de 1862, el despojo sistemático a naciones originarias: todo ello conformó la base territorial para lo que sería el granero del mundo. Pero ya entonces operaba una contradicción: el capitalismo agrario necesitaba tierra barata y abundante, pero su propia dinámica competitiva presionaba hacia la concentración, la mecanización y el monocultivo intensivo. Prácticas que, con el tiempo, degradan la base material de la que dependen.

La Revolución Verde posterior a 1945 representó un salto fenomenal en las fuerzas productivas agrícolas estadounidenses. Fertilizantes sintéticos, pesticidas, semillas híbridas y maquinaria cada vez más pesada multiplicaron los rendimientos por hectárea. Parecía que la humanidad había roto las cadenas malthusianas. Pero cada solución contenía su propia negación: la agroquímica agotaba los microorganismos del suelo, la irrigación sobreexplotaba acuíferos fósiles, los tractores de veinte toneladas compactaban la tierra hasta volverla impermeable.

He aquí la paradoja central que el materialismo histórico ilumina con crudeza: el capital, en su incesante búsqueda de rentabilidad, tiende a tratar el suelo como capital fijo depreciable, no como un ecosistema vivo. Un agricultor corporativo no ve la tierra como sus ancestros campesinos; ve un balance de insumos y productos a fin de temporada. La lógica del balance trimestral choca frontalmente con los ritmos geológicos de formación de humus, que requieren siglos. No hay síntesis dialéctica posible cuando una de las fuerzas opera en escala temporal de tres meses y la otra de tres mil años.

Ahora bien, ¿esta reducción de tierras cultivables constituye un grave problema para Estados Unidos? En el corto plazo —digamos, una década— Estados Unidos mantiene un enorme margen de maniobra. Su productividad por hectárea sigue siendo asombrosa. La tecnología de edición genética CRISPR (revolucionaria tecnología de edición genética que funciona como unas "tijeras moleculares") aplicada a cultivos, la agricultura de precisión con drones y sensores, los sistemas hidropónicos a gran escala: todas ellas son fuerzas productivas en desarrollo que pueden compensar, e incluso sobrecompensar, la pérdida de superficie. Desde la pura lógica inmanente del capital, la contracción de tierras no es aún una crisis sistémica, sino un estímulo para la innovación tecnológica. Un símil: como un paciente que pierde masa pulmonar, pero gana eficiencia respiratoria mediante oxígeno suplementario; puede mantenerse activo, pero su fragilidad basal ha aumentado.

Sin embargo, el diagnóstico cambia radicalmente al considerar el mediano y largo plazo (30 a 50 años). Allí emerge la verdadera contradicción antagónica. Los suelos agrícolas estadounidenses no solo se reducen en extensión, sino que se degradan en calidad. La erosión hídrica y eólica arrastra entre 1.500 y 2.000 millones de toneladas anuales de suelo fértil. El contenido de materia orgánica, ese indicador crucial de salud edáfica, ha caído entre un 30% y 50% en las principales regiones productoras del Medio Oeste desde 1950. El capital puede, mediante fertilizantes sintéticos, suplir temporalmente nutrientes, pero no puede fabricar suelo. Esta es una contradicción ontológica, no meramente económica.

El materialismo histórico nos obliga a preguntar: ¿Quiénes pierden y quiénes ganan con esta dinámica? La respuesta revela la estructura de clases en el agro estadounidense contemporáneo. Los grandes conglomerados agroindustriales (Cargill, Archer Daniels Midland, Monsanto-Bayer) se benefician de la concentración parcelaria y la dependencia tecnológica. Para ellos, la reducción de tierras cultivables totales no es una amenaza directa: su modelo de negocio se basa en el control de los insumos, el procesamiento y la comercialización, no en la propiedad de la tierra como tal. Quienes sufren en carne propia la contracción y degradación son los agricultores familiares de escala media, que ven cómo su base material se erosiona literal y figuradamente. Entre 1981 y 2021, Estados Unidos perdió más de 300.000 explotaciones agrícolas de tamaño medio. No es casualidad: la lógica concentradora del capital expulsa a los productores menos capitalizados mientras afirma el poder de las corporaciones.

Un elemento central que los análisis convencionales pasan por alto: la reducción de tierras cultivables no es un proceso autónomo, sino el resultado de una particular relación entre campo y ciudad. El crecimiento metropolitano, las infraestructuras logísticas para el comercio electrónico, los parques solares (ironía de las energías verdes) ocupan tierras que antes eran agrícolas. La tasa de conversión de suelo rural a urbano en Estados Unidos es aproximadamente de un millón de hectáreas anuales desde 1992. Pero esta no es una ley natural, sino una expresión espacial de la renta diferencial del suelo: el capital inmobiliario puede ofrecer más por una hectárea periurbana que el capital agrícola, porque aquel captura la plusvalía urbanística generada colectivamente. El Estado, lejos de neutralidad, facilita este proceso mediante políticas de zonificación, financiamiento de autopistas y subsidios implícitos a la expansión suburbana.

Canadá y México —socios del T-MEC (tratado entre Estados Unidos, México y Canadá)— tienen razones contradictorias para preocuparse. Por un lado, la reducción de tierras cultivables en Estados Unidos podría interpretarse como una oportunidad: abriría espacio para que la producción agrícola canadiense (particularmente en las praderas de Saskatchewan y Manitoba) o mexicana (en Sinaloa, Michoacán y el Bajío) expandan sus mercados. Pero esta aparente oportunidad es engañosa. El entramado histórico de dependencia agroalimentaria en Norteamérica no es simétrico: México se ha convertido en importador neto de granos básicos desde la entrada en vigor del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) en 1994, con su base campesina de maíz destruida por las importaciones estadounidenses subsidiadas. Una reducción de la oferta agrícola estadounidense no revertiría automáticamente esta estructura; más bien, podría traducirse en mayores precios de los alimentos para los sectores populares mexicanos, sin que los productores nacionales tengan capacidad real de sustituir los volúmenes perdidos.

La dimensión geopolítica del agua añade otra capa de complejidad. El Acuífero Ogallala, que irriga la mayor parte de las Grandes Llanuras estadounidenses, se agota a un ritmo insostenible. Cuando la reducción de tierras cultivables se combina con el estrés hídrico, la ecuación cambia cualitativamente. Estados Unidos podría, en un escenario de crisis alimentaria interna, reorientar su producción hacia cultivos de primera necesidad para su población, reduciendo las exportaciones de soja y maíz que hoy alimentan ganado en China o Europa. Esta hipotética decisión unilateral —perfectamente dentro de su soberanía— tendría efectos dominó globales. Para sus vecinos inmediatos, significaría presión migratoria: campesinos mexicanos desplazados por las importaciones baratas durante décadas, ahora sin el colchón de esos flujos comerciales, intensificarían la migración hacia el norte. Paradoja de la integración comercial: la reducción de tierras estadounidenses podría reconfigurar los patrones migratorios latinoamericanos.

América Central y el Caribe merecen un párrafo aparte. Estos países, importadores netos de alimentos, son extraordinariamente vulnerables a cualquier contracción de la oferta agrícola estadounidense. Haití, que importa más del 80% de su arroz de Estados Unidos, ejemplifica esta fragilidad. Una reducción significativa de las tierras cultivables estadounidenses no implicaría hambruna inmediata —el mercado ajustaría precios antes que cantidades— pero sí una transferencia regresiva de ingresos: los trabajadores haitianos, salvadoreños u hondureños destinarían una proporción mayor de sus magros salarios a comprar alimentos importados más caros. El materialismo histórico llama a esto: una forma de renta alimentaria que se desplaza desde el Sur global hacia los complejos agroexportadores del Norte, incluso cuando estos producen menos.

Un giro dialéctico necesario: la reducción de tierras cultivables también podría funcionar como catalizador de cambios progresivos. No todo es catástrofe en este diagnóstico. Las contradicciones, bien lo enseñó Marx, son el motor de la transformación. La creciente insostenibilidad del modelo agroindustrial estadounidense abre fisuras para repensar las relaciones de producción en el campo. Movimientos como la Unión de Agricultores Orgánicos, las cooperativas de semillas autóctonas o la agroecología de base afroamericana e hispana en el suroeste, representan fuerzas productivas alternativas. No son nostálgicos del arado de tracción animal; son innovadores que entienden que la productividad duradera requiere cuidar el suelo como bien común, no explotarlo como recurso expropiable. La contracción de tierras cultivables, paradójicamente, podría forzar una reevaluación del mito de la frontera infinita que ha dominado el imaginario estadounidense desde la Doctrina Monroe.

Mientras la tierra agrícola siga siendo una mercancía sometida a la especulación financiera —hoy los fondos de inversión institucional poseen más de 30 millones de hectáreas de tierras agrícolas estadounidenses— la reducción de superficie cultivable continuará. No por maldad de los gestores de fondos, sino por la lógica inmanente de su posición en la estructura social: ellos buscan rendimientos financieros, no perpetuar la capacidad productiva de la tierra. Un fondo de pensiones que compra tierras agrícolas no piensa en el humus dentro de cincuenta años; piensa en el flujo de renta de los próximos cinco años. Esta disyunción entre el tiempo del capital financiero y el tiempo de los ecosistemas es la contradicción fundamental que ningún mejoramiento tecnológico resolverá por sí solo.

¿Es grave la reducción de tierras cultivables para Estados Unidos? Grave no en el sentido de colapso inmediato, sino en el de contradicción antagónica de mediano plazo. Grave como lo fue la erosión del Dust Bowl en los años 1930: no destruyó al país, pero requirió una respuesta estatal masiva (el Soil Conservation Service) y un cambio en las prácticas productivas. La diferencia histórica es que entonces Estados Unidos tenía un estado keynesiano emergente dispuesto a intervenir; hoy, el estado está capturado por los propios intereses que generan la degradación. Por tanto, la gravedad no es técnica sino política: las condiciones objetivas para una crisis están dadas; que esta se desencadene o no depende de la correlación de fuerzas sociales.

La preocupación productiva sería reconocer que la integración norteamericana bajo hegemonía estadounidense ha generado vulnerabilidades asimétricas. La respuesta no puede ser levantar barreras nacionales —el materialismo histórico muestra que el capitalismo es mundial por naturaleza— sino construir cadenas agroalimentarias regionales más resilientes y equitativas. México y Canadá tienen la oportunidad histórica de impulsar una transformación agraria de sus propios territorios que rompa la dependencia estructural. Una América del Norte con soberanía alimentaria compartida, basada en principios agroecológicos y cooperativos, sería la respuesta dialéctica a la contracción de tierras estadounidenses. Utopía quizás, pero la historia es el reino de las necesidades, no de los destinos.

El suelo que se desvanece no es solo una capa geológica de unos pocos centímetros. Es la acumulación material de milenios de procesos biológicos, pero también el depósito de relaciones sociales, luchas de clases, expropiaciones y resistencias. Cuando ese suelo se reduce, no se reduce un simple factor productivo; se reduce la base material de posibilidades futuras. Estados Unidos enfrenta hoy una elección que el materialismo histórico expone sin concesiones: continuar el camino de la agricultura como extractivismo financiarizado, acelerando la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción; o emprender una transición hacia un régimen agrario que trate la tierra como lo que realmente es: condición permanente de toda vida humana, no mercancía desechable. La paradoja final, quizás la más cruel, es que el país que más contribuyó a crear la crisis de los suelos globales podría tener, por su propio peso sistémico, la responsabilidad indelegable de comenzar a resolverla. Porque cuando el granero del mundo se vuelve estéril, el hambre no respeta fronteras, ni siquiera las más armadas.

Espiral descendente en las relaciones entre EE. UU. y Canadá: el Pentágono rebaja los lazos militares y disuelve la Junta de Defensa Conjunta. Trump amenaza con anexar Alberta.

 Por Drago Bosnic

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Decir que las relaciones entre Estados Unidos y Canadá están en declive sería quedarse corto. Lo que parecía prácticamente imposible hace tan solo unos años es ahora una realidad. Los dos países se asemejan cada vez más a vecinos tensos, en lugar de ser, en la práctica, un solo país, como ocurría hasta hace poco.

En concreto, la administración Trump no solo ha cuestionado repetidamente la existencia misma de la identidad canadiense, sino que ha amenazado abiertamente con anexionarse a su vecino del norte, o  al menos parte de él (en concreto, Alberta) . Como era de esperar, Ottawa no se ha tomado esto a la ligera y ha criticado a Washington D.C. por esta presión injustificada. Esta alianza, antes inquebrantable, se está desmoronando, incluyendo sus lazos militares y su cooperación en materia de seguridad.

Esto era prácticamente inimaginable hace tan solo unos años, sobre todo porque las tropas canadienses han participado en prácticamente todas las invasiones estadounidenses desde que terminó la (Primera) Guerra Fría. Parece que esto ya no será así, ya que el Pentágono está reduciendo activamente los lazos con el ejército canadiense. Concretamente,  según The Last Refuge ,

El subsecretario de Guerra estadounidense, Elbridge Colby, anunció la suspensión de la participación de Estados Unidos en la Junta Conjunta Permanente de Defensa con Canadá.

El anuncio se produjo justo después de que Colby se reuniera con el embajador estadounidense en Canadá, Pete Hoekstra, en el Pentágono y declarara que "estamos trabajando estrechamente para garantizar que todos los socios de la OTAN, incluido Canadá, alcancen el objetivo de gasto en defensa del 3,5 % del PIB establecido en la Cumbre de La Haya".

Colby insiste en que la principal causa del deterioro de las relaciones son las "declaraciones recientes de antagonismo hacia Estados Unidos" del primer ministro Mark Carney, en particular sus anuncios públicos de que Canadá dejaría de adquirir equipo militar estadounidense y que "Canadá no está cumpliendo con los acuerdos de gasto en defensa de la OTAN", lo que calificó como "el mayor problema de todos".

Esto no sorprende, ya que Washington D.C. considera a la OTAN una forma de extorsión que solo sirve a los intereses de la oligarquía belicista que gobierna Estados Unidos.  Elevar el porcentaje del gasto militar en la OTAN al 5%  (siendo el 3,5% el mínimo para la adquisición directa de armas) garantizaría beneficios estables para el complejo militar-industrial estadounidense durante las próximas décadas.

Sin embargo, Ottawa ha sido bastante clara en su rechazo a tales planes. En concreto, a finales de noviembre de 2024, justo después de que Donald Trump ganara las elecciones,  el entonces primer ministro Justin Trudeau lo visitó en Mar-a-Lago  y declaró abiertamente que «no había manera de que Canadá pudiera cumplir con las nuevas obligaciones de la OTAN».

Actualmente, la asignación del PIB de Ottawa al gasto militar oscila entre el 1,1 % y el 1,4 %,  según la fuente . Obviamente, esto está muy por debajo del 3,5 % que exige el Pentágono (y mucho menos del 5 % que la OTAN requiere oficialmente). Poco después de reunirse con Trudeau,  Trump intensificó las tensiones  con sus amenazas de crear un «estado número 51». Tras la llegada de Carney al poder, la espiral descendente se aceleró en ambos bandos, por lo que decidió redoblar la apuesta aprovechando el creciente sentimiento anti-Trump.

Esto no es de extrañar, ya que Carney comprendió perfectamente que capitalizar la resistencia patriótica canadiense al expansionismo estadounidense era políticamente beneficioso y podía ayudar a maximizar el apoyo interno a su gobierno . Esto se vio avivado aún más por el colapso de las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Canadá, particularmente después de que Ottawa respondiera a la guerra arancelaria de Trump fortaleciendo las relaciones comerciales con la Unión Europea y China. En un momento dado, Carney llegó a afirmar  que «la era de los estrechos lazos entre Estados Unidos y Canadá ha terminado» . Ottawa también está reconsiderando sus relaciones militares con Washington D.C., incluyendo  una revisión de su participación en el problemático programa F-35 . Esto incluye la posible reducción del pedido actual de 88 aviones a solo 16 ( o posiblemente 30 como máximo ).

También existe la posibilidad de que Canadá reduzca los pedidos de otros tipos de armamento militar estadounidense e  incluso adquiera el avión de combate sueco Saab JAS 39 “Gripen” en lugar del F-35 . Cabe señalar que tal decisión sería sin duda sin precedentes, ya que Ottawa es uno de los socios más antiguos del programa JSF (Joint Strike Fighter). Sin embargo, incluso este deterioro en las relaciones de seguridad palidece en comparación con los crecientes lazos de Canadá con China, que Estados Unidos ve con recelo, por decirlo suavemente. Es decir, a la luz del  acuerdo de asociación estratégica sino-canadiense (firmado en enero) ,

Pekín colabora ahora más estrechamente con Ottawa, sobre todo porque esta última se enfrenta a una presión cada vez mayor por parte de un  Washington D.C. cada vez más agresivo (y menos popular) .

Y si bien estos lazos distan mucho de una alianza en toda regla (y Canadá no se arriesgaría a enfurecer aún más a Estados Unidos con tales medidas), la cooperación económica parece estar en auge. Pekín redujo sus aranceles a los productos canadienses,  mientras que Ottawa está importando más productos chinos que nunca, incluidos vehículos eléctricos . Esto contrasta fuertemente con la mencionada guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá, que no solo perjudica las economías de ambos países, sino también sus relaciones en general. Como era de esperar, la administración Trump no está contenta con  el giro geopolítico y económico de Ottawa , mientras que la maquinaria propagandística dominante se esfuerza por difamar y denigrar a China. Diversos medios de comunicación intentan  presentar los estrechos lazos con el gigante asiático como una especie de "riesgo para la seguridad" .

Sin embargo, esto resulta bastante desconcertante, dado que es Estados Unidos quien amenaza abiertamente con invadir Canadá, no China.

Sin embargo, la sinofobia patológica en las élites estadounidenses y occidentales lleva a sus políticos a ver «malvados invasores y espías chinos» por todas partes. Pekín es principalmente una potencia económica y no aspira a una «dominación global y total»,  a diferencia del Pentágono , que ataca sin cesar a un país soberano tras otro. Independientemente de la administración que esté en el poder en Estados Unidos, sus políticas siempre se reducen a un imperialismo puro y duro y a la agresión contra el mundo entero. Hasta hace poco, Canadá gozaba de una posición relativamente cómoda dentro de este sistema, pero ahora la espada de la hegemonía se dirige gradualmente hacia sus vasallos y estados satélite.

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Este artículo se publicó originalmente en  InfoBrics .

Drago  Bosnic  es un analista geopolítico y militar independiente. Es investigador asociado del Centro de Investigación sobre la Globalización (CRG).