Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

25 de julio de 2026

PIB, Petróleo y Revolución



Para entender la relación entre el PIB per cápita y el precio del petróleo en la Revolución Bolivariana, primero hay que sacarse de la cabeza esa idea burguesa de que "el mercado decide". No. El mercado no es un ente abstracto ni una ley natural. Es una relación social entre clases. Detrás de cada barril de petróleo hay sangre, sudor, tuberías oxidadas, trabajadores explotados y, sobre todo, una lucha feroz por quién se queda con la ganancia.

Ponte en los zapatos de un obrero petrolero en los años 90, antes de Chávez. Trabajaba en la Faja del Orinoco, sudando la gota gorda, mientras que las ganancias de PDVSA se iban a Miami, a Houston, a las cuentas bancarias de unos pocos gerentes que hablaban inglés y miraban a Venezuela como una finca más. Eso era el capitalismo rentístico puro y duro: el petróleo era nuestro, pero la plusvalía se la llevaban otros.

Cuando llega la Revolución Bolivariana, algo cambia. El Estado deja de ser un simple recaudador de impuestos para las trasnacionales. Empieza a quedarse con el control de la renta. Pero ojo, no te confundas: eso no fue un acto de generosidad divina. Fue el resultado de una presión desde abajo, de los trabajadores, de los movimientos populares que llevaron a Chávez al poder.

Y entonces, entre 2003 y 2008, ocurre algo hermoso y contradictorio. Por un lado, el precio del petróleo se dispara. No porque sí, sino porque hay una crisis de sobreacumulación en el centro del imperio. Estados Unidos invade Irak (2003), Afganistán, amenaza a Irán... ¿Qué buscan? Controlar las rutas energéticas. El capitalismo necesita petróleo barato para seguir funcionando. Y cuando hay guerra, el precio sube. Pero esa subida es un síntoma de la enfermedad imperialista, no una bendición del cielo.

Venezuela, gracias a la nacionalización parcial y a la renegociación de contratos, empieza a captar más divisas. El PIB per cápita sube como la espuma. Pasó de unos 4,000 dólares de la IV República a casi 14,000 en 2012. Suena bonito, ¿verdad? Pero un marxista te diría: ojo, ese PIB per cápita es un promedio que esconde la desigualdad. Sí, hubo misiones sociales, se construyeron casas, escuelas, hubo más acceso a la salud. Pero la propiedad de los medios de producción seguía siendo mayoritariamente privada o estatal-capitalista. El trabajador seguía vendiendo su fuerza de trabajo por un salario.

La diferencia es que ese salario ahora valía un poco más. Porque el gobierno usaba los petrodólares para subsidiar alimentos, combustible, transporte. Eso es lo que los economistas burgueses llaman "gasto público", pero para nosotros es la lucha de clases desde el Estado: arrancarle a la burguesía nacional e imperial parte de la plusvalía para devolvérsela al pueblo en forma de consumo.

Ahora, hablemos de ese súper ciclo de precios altos (2003-2014). ¿Por qué subió tanto el petróleo? No fue casualidad. China entró en la OMC en 2001 y empezó a industrializarse a un ritmo brutal. Necesitaba energía. Y al mismo tiempo, las potencias occidentales habían desinvertido en exploración durante los 90 (porque el petróleo estaba barato y no les convenía). Oferta estancada, demanda creciente... y boom.

Pero hay una capa más profunda. El imperialismo necesita asegurar su suministro energético a cualquier precio, incluso yendo a la guerra. La invasión de Irak no fue por armas de destrucción masiva, fue por el petróleo y el dólar. Irak intentó vender crudo en euros en 2000. Saddam Hussein se atrevió a desafiar el monopolio monetario. Lo pagó caro.

Venezuela, con Chávez, también empezó a desafiar. Propuso la creación de un banco del Sur, una moneda regional, vendió petróleo a China y Rusia para romper la dependencia de Estados Unidos. Eso, mi amigo, es un acto de soberanía que el imperio no perdona. Por eso, aunque los precios estaban altos, la geopolítica se volvía cada vez más hostil.

El PIB per cápita siguió subiendo hasta 2012. En 2009, por la crisis financiera global, cayó un poco. Se recuperó después. La producción de petróleo empezó a caer a partir de 2012.

Desde una perspectiva marxista el gobierno cometió errores. En lugar de socializar realmente los medios de producción, se mantuvo una lógica capitalista de Estado: empresas mixtas con capital privado nacional y extranjero, concesiones, rentismo. No se profundizó en el control obrero, no se eliminó la ley del valor. O sea, el petróleo seguía siendo una mercancía que se vendía en dólares en el mercado mundial. Y eso te ata al capitalismo, por más revolucionario que seas.

Llegó 2014. El precio del petróleo se desplomó de 100 a 30 dólares. Pero no fue un accidente de mercado. Fue una decisión geopolítica de Arabia Saudita y Estados Unidos. ¿Recuerdas el fracking? Los gringos empezaron a producir su propio petróleo de esquisto. Ya no necesitaban tanto del Medio Oriente. Y junto con los saudíes, inundaron el mercado para bajar los precios. ¿El objetivo? Quebrar a los países que se les resistían: Rusia, Irán, Venezuela.

Eso es imperialismo descarado. Usar el control de los precios de las materias primas como arma de destrucción masiva. Y funcionó. El PIB per cápita venezolano se fue al infierno. En 2013 ya estaba en 8,000 dólares. Para 2018, menos de 3,000. La economía se contrajo un 70% en cinco años. Eso ni en la Gran Depresión.

¿Y qué hizo el gobierno? Seguir gastando en misiones sociales, pero cada vez con menos ingresos. Dejó de importar comida, medicinas, repuestos. La hiperinflación no fue un error económico técnico: fue la expresión de la lucha de clases en condiciones extremas. Cuando el Estado no puede subsidiar el consumo popular porque el imperialismo le cierra las llaves de divisas, la clase trabajadora paga los platos rotos. El capitalismo siempre descarga su crisis sobre los más débiles.

Pero ahí viene lo más doloroso: parte de la burguesía venezolana y de la pequeña burguesía (sí, esos que se llaman a sí mismos "clase media") empezaron a boicotear, a acaparar, a especular. Se formó una alianza entre la burguesía nacional y el imperio: ellos ponían el desabastecimiento interno, el imperio ponía las sanciones. Todo para tumbar al gobierno. Y mientras tanto, la gente haciendo colas de 12 horas por un kilo de harina.

Eso es la dialéctica perversa del capitalismo dependiente. Venezuela, con la mayor reserva de petróleo del mundo, terminó importando comida y medicinas. Porque su economía estaba desarticulada y el intento de romper esa dependencia chocó con la realidad de que no se había construido una base industrial socialista. No se puede comer petróleo.

A partir de 2017, Estados Unidos impuso sanciones financieras y petroleras. Básicamente, prohibió a cualquier empresa estadounidense o europea comprar crudo venezolano, refinarlo, o venderle diluyentes. La producción, que ya venía cayendo, pasó de 2.5 millones de barriles diarios en 2013 a menos de 500 mil en 2020. Un desplome histórico.

¿Y el PIB per cápita? Tocando fondo. En 2020, con la pandemia, fue el remate final. Muchos economistas burgueses dicen que cayó a menos de 3,000 dólares. Pero no te fíes del promedio. La realidad es que la mayoría de la gente vivía con menos de un dólar al día. El salario mínimo apenas alcanzaba para comprar un kilo de carne al mes. La emigración masiva (más de 7 millones de personas) no fue una "decisión voluntaria", fue una expulsión forzada por el hambre.

Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿el gobierno bolivariano no tuvo responsabilidad? Desde una perspectiva marxista crítica, sí. La burocracia (porque eso fue lo que se consolidó, una burocracia estatal que no rindió cuentas al pueblo) cometió errores garrafales. Se aferró al control de cambio como una tabla de salvación, pero eso generó un mercado negro enorme que benefició a los nuevos burgueses. No se permitió el control obrero real de las fábricas. Se mantuvieron estructuras capitalistas dentro del llamado "socialismo del siglo XXI". Y cuando la crisis apretó, esa burocracia se dedicó a proteger sus privilegios, no al pueblo.

El imperialismo fue brutal, sí. Pero también hubo traición desde adentro. Como dijo Rosa Luxemburgo: la libertad solo para los que piensan diferente no es libertad. Y en Venezuela, el poder popular fue cada vez más controlado, más domesticado. Se perdieron espacios de democracia directa. Eso, sumado al cerco externo, hizo implosión.

Si algo nos enseña esta tragedia, es que el simple control estatal de los recursos naturales no es suficiente. El capitalismo de Estado (donde el Estado actúa como un gran capitalista) sigue reproduciendo la lógica de la acumulación, la mercancía, el valor de cambio. Para romper esa lógica, se necesita la socialización real de los medios de producción: que los trabajadores decidan qué producir, cómo y para quién.

Pero no basta con controlar el petróleo. Porque el petróleo es una mercancía mundial. Su precio lo fija el mercado capitalista, y ese mercado está manipulado por los grandes monopolios y los estados imperiales. Mientras Venezuela venda petróleo en dólares, dependerá de la Reserva Federal, de las guerras de Estados Unidos, de los vaivenes de la bolsa de Nueva York. Es una jaula de hierro.

La única salida, desde una perspectiva marxista, es la construcción de un bloque antiimperialista de países que rompan con el dólar, con el FMI, con el Banco Mundial. Pero eso requiere algo más que discursos. Requiere transformar las relaciones de producción a nivel internacional.

Ahora, no quiero terminar con pesimismo. Porque los venezolanos le dimos una lección al mundo: resistimos un bloqueo más feroz que el impuesto a Cuba. Aprendimos a sembrar en conucos, a hacer trueques, a organizarnos en CLAP a pesar de la corrupción. El pueblo siempre encuentra la manera de sobrevivir. Y eso es lo que el imperialismo no entiende: la creatividad de la clase trabajadora es infinita.

Déjame contarte una imagen que nunca olvido. Un amigo, durante lo más crudo de la crisis, me mostró su pequeño huerto. Tenía tomates, lechugas, hasta un árbol de aguacate en una maceta enorme. Me dijo: "Esto no lo para ni Dios ni Trump". Al lado, tenía una radio vieja sintonizando una emisora comunitaria. El petróleo no había llegado a su casa, pero la vida sí.

El PIB per cápita, ese número abstracto que tanto les gusta a los economistas de la televisión, no medía la dignidad de ese huerto. Tampoco medía las colas de gente solidaria que compartían el poco pan. El PIB es un instrumento del capital para cuantificarnos como "recursos humanos". Nos reduce a una cifra.

Lo que realmente importa es la relación social: ¿Quién tiene el poder de decidir? ¿Quién se apropia del trabajo ajeno? Durante la Revolución Bolivariana, hubo avances enormes en la conciencia popular. Por primera vez en décadas, los trabajadores supieron que el petróleo les pertenecía en teoría. Que no fuera así en la práctica... bueno, esa es la tarea pendiente. La lucha no terminó.

Hoy, el precio del petróleo volvió a subir (por la guerra en Ucrania, más sangre imperialista), el PIB per cápita repuntó un poco, pero la mayoría de la gente sigue sobreviviendo. La burocracia sigue en el poder, el imperio sigue respirando cerca de nuestra yugular. El socialismo, el verdadero, el de abajo, el de los consejos obreros y las comunas, sigue siendo un horizonte.

La lección es universal: los recursos naturales de tu tierra son tuyos, de tu clase, no de los accionistas de Exxon ni de los generales de Washington. Pero para recuperarlos de verdad, no basta con un gobierno bonachón. Hay que romper la lógica del capital. Y eso duele. Lleva tiempo. Lleva errores. Pero es el único camino. Seguimos en la trinchera.

Por qué Venezuela vive administrando la carga eléctrica


Hay una frase que se repite en las casas venezolanas, a veces en susurro resignado y a veces como grito: “Se fue la luz”. Podría ser el título de una novela interminable. Y lo peor —lo que de verdad duele— es que ya casi nadie pregunta “si” se va a ir, sino “cuándo”. Nueve de cada diez hogares venezolanos sufren cortes de electricidad; casi el 40% los padece a diario durante horas. No es un número. Es la nevera que se descongela, el ventilador que se calla a las dos de la tarde con un calor de 38 grados, el niño que no puede hacer la tarea, la bomba de agua que deja de bombear. Es una cicatriz invisible que cruza todo el país.

Sin embargo, esta cicatriz tiene un nombre técnico que aparece en los comunicados oficiales: “administración de carga”. Suena inofensivo, casi burocrático. Pero lo que significa es brutal: hay que repartir la escasez porque la oferta de electricidad no alcanza para cubrir la demanda. El sistema está herido de muerte y lo que hacemos —lo que sufrimos— es administrar su agonía. Para entender cómo Venezuela llegó hasta aquí, donde los cortes duran hasta siete horas y donde incluso la nunca tocada Caracas empieza a sentir el zarpazo de la penumbra, hay que viajar al sur, a la selva, allá donde corre el río Caroní y donde se levanta una mole de concreto que durante décadas fue el orgullo energético de América Latina.

Una maravilla de la ingeniería que sostiene a un país

Imagina algo: un lago artificial tan grande que solo lo supera el Lago de Maracaibo. Un muro de 162 metros de altura y más de siete kilómetros de largo, conteniendo 138 mil millones de metros cúbicos de agua. Esa es la represa de Guri, cuyo nombre oficial es Central Hidroeléctrica Simón Bolívar, un titán inaugurado en dos etapas —1969 y 1986— que convirtió al río Caroní en el latido eléctrico de una nación entera.

Guri, junto con otras dos represas menores en el mismo río, Caruachi y Macagua, alimenta cerca del 60% de la electricidad que consume Venezuela, porcentaje que en algunos cálculos llega al 73% e incluso al 80%. ¿Ves el problema? Cuando un país pone casi todos sus huevos en una sola canasta, basta que esa canasta se tambalee para que todo se venga abajo. Y Venezuela no solo puso los huevos ahí: puso también la nevera, el hospital, la fábrica, la escuela.

La hidroelectricidad, en teoría, es una bendición. Es energía limpia, renovable, y en los buenos tiempos era barata. Pero también es profundamente vulnerable a la lluvia que cae —o que no cae— en las selvas del estado Bolívar. Cuando los cielos se niegan a soltar agua y los niveles del embalse bajan, de pronto esa bendición se convierte en una trampa.

El colapso no fue un accidente: fue un proceso

Escucho con frecuencia un lamento: “Esto es una calamidad, qué mala suerte”. Pero no fue la mala suerte. Fue la desinversión. En revolución, se aprobaron más de veinte mil millones de dólares para al menos 16 grandes proyectos eléctricos. Una cifra que marea. Y el resultado es una lista amarga de obras inconclusas y equipos que nunca llegaron.

El resultado final es una red eléctrica que tiene una capacidad instalada teórica de 36.000 megavatios, pero de la cual hoy funciona menos del 40%. Una red que debería iluminar al país entero y que apenas puede mantener encendida una bombilla de bajo consumo.

La tormenta perfecta: sequía, calor y una demanda que no da tregua

Llegamos a mayo de 2026. Venezuela entera arde bajo una ola de calor —se atribuye a un “fenómeno solar” de 45 días— y el consumo eléctrico se dispara hasta un récord de 15.579 megavatios, la cifra más alta en nueve años.

Ahora mira al sur otra vez. Los niveles del embalse de Guri están diez metros por debajo del año anterior. Si descienden veinticinco metros más, se alcanzaría la cota crítica: las turbinas empezarían a fallar por falta de presión y de golpe se perderían unos 5.000 megavatios de generación. Traducido: un apagón nacional de dimensiones catastróficas.

Aquí se junta todo: la sequía achica la oferta mientras el calor extremo y una economía que intenta recuperarse disparan la demanda. La brecha entre lo que el sistema puede dar y lo que la gente necesita se ensancha como una grieta en el suelo agrietado. Y cuando la brecha se abre demasiado, la única herramienta que queda es la “administración de carga”: cortar el suministro por sectores para evitar el colapso total. Un mal menor, dicen. Pero es un mal que significa horas de nevera apagada bajo el trópico húmedo; horas de bombas de agua muertas; horas de niños estudiando con linterna. Es un mal que mata de a poco.

El fantasma de las termoeléctricas y la transmisión rota

En un país normal, cuando falla el agua, responde el fuego. Las plantas termoeléctricas —esas que queman gas o diésel— deberían ser el colchón que amortigua la caída. En Venezuela, ese colchón está desinflado desde hace años. Las termoeléctricas, igual que todo lo demás, sufrieron la misma falta de mantenimiento.

El diputado Heriberto Labrador lo explicó con crudeza hace un tiempo: “Las termoeléctricas están como al 60% de lo necesario para que funcionen. Faltan piezas, falta personal, falta todo”. El resultado es que cuando Guri tose, el país entero se resfría; porque no hay respaldo suficiente.

Y luego está la transmisión. Esas líneas de alta tensión que recorren cientos de kilómetros desde la selva de Bolívar hasta los estados más lejanos. Los estados occidentales —Zulia, Táchira, Mérida— están al final de esas líneas larguísimas. Son el último eslabón de una cadena debilitada y por eso sufren los peores cortes, los que pueden durar más de seis horas diarias. No es casualidad que los comerciantes del Zulia hayan vivido una verdadera hecatombe: en 2022 el 60% de los negocios de ese estado habían cerrado sus puertas para siempre.

El costo humano: la otra factura de la luz

He hablado de millones de dólares y de metros cúbicos de agua y de megavatios. Pero la verdadera factura se paga en carne y hueso. Se paga en el cuarto de un hospital donde el generador no arranca y un paciente de diálisis se queda sin máquina. Se paga en la nevera de una familia que ve cómo se pudre la carne que tanto sacrificio costó comprar. Se paga en los electrodomésticos que se queman cuando la luz regresa con un subidón de voltaje traicionero y fulmina de un golpe la bomba de agua o la lavadora.

Durante el apagón de marzo de 2019 —ese que duró casi una semana y paralizó a más de 18 estados— se reportó la muerte de al menos 15 pacientes que dependían de diálisis. Y no fue un caso aislado. Los apagones matan.

Cada corte de luz es una pequeña tragedia cotidiana que se repite en silencio. La gente se ha acostumbrado, y esa es quizá la peor noticia. Se ha acostumbrado a tener velas en la mesa de noche, a planchar la ropa de madrugada, a congelar botellas de agua como reserva de frío. Venezuela aprendió a vivir en modo emergencia y eso no es resiliencia, es una condena.

¿Tiene remedio?

La administración de carga no es una solución, es una confesión de derrota. Mientras no exista inversión real —los expertos calculan que hacen falta al menos quince mil millones de dólares para estabilizar el sistema en tres años—, mientras las plantas sigan operando al 40% de su capacidad, mientras las líneas de transmisión sigan siendo un hilo tenso que cruza medio país sin mantenimiento, esta historia va a seguir repitiéndose.

El gobierno ha anunciado conversaciones con Siemens y General Electric. Ojalá no sea un anuncio más. Ojalá, sobre todo, que quienes pongan el dinero exijan que el dinero llegue de verdad a las turbinas y no se esfume en el camino.

Porque la luz no es un lujo, no es un adorno, no es una cifra de megavatios en un comunicado. La luz es poder conservar la comida, bombear agua, mantener encendido un respirador artificial. La luz es tener una vida que no se pare cuando cae el sol.

¿La IA ya intenta saltarse las reglas? Un nuevo estudio genera preocupación

 

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De prensabolivariana en julio 25, 2026

Los expertos evaluaron varios modelos avanzados de IA en pruebas de ciberseguridad diseñadas para medir cómo resolvían tareas bajo reglas estrictas.

Un informe del Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido (AISI) detectó comportamientos engañosos en varios modelos avanzados de inteligencia artificial durante pruebas de ciberseguridad, lo que sugiere que estos sistemas podrían causar problemas al intentar cumplir un objetivo por vías no previstas ni autorizadas.

Entre los modelos evaluados figuraban ChatGPT 5.4, 5.5 y 5.6 de OpenAI, junto con Claude Opus 4.7 y Mythos Preview, de Anthropic. Los investigadores les asignaron una tarea que consistió localizar una ‘bandera’ —una secuencia de letras y números— en un entorno simulado, mediante el análisis de código o la explotación de vulnerabilidades.

Una conducta preocupante

Según el informe, todos los modelos intentaron hacer trampa de alguna forma. Los expertos definieron ese comportamiento como cualquier acción fuera de las reglas, la búsqueda de atajos o el uso de soluciones no permitidas. Algunos sistemas recurrieron a búsquedas en Internet, intentaron atacar entornos externos o exploraron el ‘software’ de evaluación más allá de lo autorizado.

Cuando se les preguntó directamente por su conducta, los modelos no la reconocieron de forma confiable. Menos de la mitad consideró incorrecto haber roto las reglas. En uno de los casos, un sistema llegó a escribir y ejecutar código en un servicio externo de Internet con el objetivo de acceder a la infraestructura de evaluación, lo que activó una alerta de seguridad.

Aunque no se produjo ninguna fuga de datos, el AISI reforzó sus controles tras el incidente. Los investigadores advirtieron que esta tendencia no parece depender tanto de la capacidad del modelo, sino de las técnicas utilizadas en su entrenamiento y en su alineación. También alertaron de que el problema podría agravarse si las futuras generaciones de IA aprenden métodos de engaño más eficaces.

El informe concluyó que este tipo de comportamientos es especialmente preocupante en ámbitos como la investigación en seguridad de la IA, las operaciones cibernéticas o la toma de decisiones militares, donde la fiabilidad de estos sistemas resulta crítica.

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24 de julio de 2026

Bolívar

 


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De prensabolivariana en julio 24, 2026

Memorias de un escuálido en decadencia

«¡Bolívar, despierta, que nos joden!». Así decían los muchachos del Poder Joven, por allá por los mil novecientos ochenta. Menos mal que se dejaron de eso, porque a ese hombre hay que dejarlo dormir tranquilo en las estatuas, las academias y el Panteón Nacional. ¿Para qué más? Ese hombre hizo lo que hizo, y lo hizo bien, y hasta allí, pero uno no tiene por qué recordarlo siempre. El dictador anterior al dictador que está preso nos tenía locos nombrando a ese hombre todos los santos días de la semana. Hasta dijo que éramos hijos de ese señor. Nosotros tenemos la buena costumbre de olvidarnos del pasado. Nosotros somos puro presente y futuro. El pasado no nos interesa. Ustedes se imaginan al compañero Julio —Matemático— Borges diciendo: «Como dijo nuestro Libertador: ‘Los Estados Unidos parecen destinados a…’ «. ¡Ni de vaina! Eso no lo van a ver nunca. Será para que lo llame el compañero Trump y le forme un peo. Mucho menos van a escuchar a la compañera María Súmate diciendo: «Moral y luces son…». ¡Primero muerta! Ninguno de nuestros líderes cita a esa gente. Y de ñapa, los chavistas hablaron de un árbol de las tres raíces, y allí metieron al hombre del que estoy hablando con un tal Zamora y con Simón Rodríguez. Al Rodríguez de repente se le puede recordar porque tiene unas vainas buenas en educación, pero al Zamora, ni de vaina. A ese también lo mejor es dejarlo durmiendo por allí y hacer todo lo posible para que no se despierte. Nosotros no recordamos ni al presidente Raúl Leoni. En serio, este país tuvo un presidente adeco que se llamó Raúl Leoni… ¡Ah, vaina! Busquen por allí en la IA. Lo que pasa es que nosotros no nos acordamos ni del padre de la democracia representativa —que es la mejor—, el compañero Rómulo Betancourt. Mucho menos recordamos a Rómulo Gallegos, que también fue presidente, y a Andrés Eloy Blanco, mucho menos, y eso que es el autor de «Adelante, ¡a luchar, miliciano!» y Píntame angelitos negros. Así que dejen el pasado tranquilo por allí, que el pasado nos jode mucho a nosotros, que nos queremos tanto.

Y mientras tanto, nosotros estamos esperando el mundial de las asambleas. El 1.° de agosto arranca la cosa y ojalá fuera en vivo y en directo. Y, por lo visto, hay mucha gente arrecha. Por allá salió Espoleta Allup diciendo que a su partido no lo habían invitado a participar en ese diálogo. Lo que pasa es que el partido blanco ahora lo tiene Bernabé, y Espoleta no lo sabe. Está como los pendejos que dicen que eran felices y no lo sabían. También salió un diputado diciendo que ellos desde 2015, cuando fueron democráticamente elegidos, están cobrando puntualmente un sueldo de más de dos mil dólares mensuales, así que no están dispuestos a perder ese negocio. Que hablen y conversen, pero que sigan los diputados en el exilio luchando a brazo partido y cobrando su sueldo en dólares fuertes.

También han regresado algunos compañeros del exilio dorado, diciendo que vienen dispuestos a luchar y a sacrificarse por el país. Debe ser que tienen complejo de persecución, porque aquí nadie los estaba persiguiendo. Se fueron y nos dejaron a nosotros echándole bolas para que ellos pudieran regresar. Ahora vienen a buscar un puesto que no se ganaron. La compañera María Súmate está ardiendo en deseos por venir al país y la cosa se le pone bien difícil, y está como loro viejo repitiendo que viene y viene y no acaba de llegar nunca. Dicen que está perdiendo muchos partidarios. Nosotros seguimos firmes y de frente con la compañera de cantos y labores.

El papá de Margot llegó de la calle diciendo: «Un día como hoy nació Simón Bolívar, en 1783, y nosotros no decimos un carajo. Le tenemos miedo a Bolívar. Es que no nos interesan nuestros héroes. Por eso están dejando de querernos. Lo que pasa también es que Bolívar quería unas vainas que nosotros no queremos, independencia y soberanía, y eso no va con nosotros. Pero es bueno recordarlo para que crean que nosotros también queremos a nuestros patriotas, aunque patriota también es una mala palabra. En fin, que la historia nos tiene bien jodidos porque no queremos nada con ella». Y se fue al cuarto y agarró la puerta y le metió ese coñazo tan duro que la vecina salió gritando: «¡Yaaaaaaaaa, muérgano, que vas a tumbar esta vaina!».

—Libertador, un mundo de paz nació en tus brazos… —me declama Margot.

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*Roberto Malaver. Periodista y escritor. Niega ser humorista, a pesar de algunas evidencias que indican lo contrario. Co-moderador del popular programa «Los Robertos», al cual insisten en llamar «Como Ustedes Pueden Ver». Co-editor del suplemento comico-politico «El Especulador Precóz». «Co-algo» de muchos otros proyectos porque le gusta jugar enquipo. @robertomalaver