Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
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2 de noviembre de 2026

Lula y Sheinbaum, alegría compartida Por Carlos Fazio

 

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De prensabolivariana en noviembre 2, 2026


 02/11/2026 | Brasil, México

Para la presidenta de México, la victoria de Lula en Brasil representa un balón de oxígeno en su casi solitaria resistencia regional a la monroeización de América Latina.

Como cada jornada cuando ingresa al recinto de sus habituales conferencias mañaneras en el Palacio Nacional, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, expresó sus «buenos días» a los reporteros allí reunidos. Pero este lunes 26 su saludo tuvo un sesgo particular. Con una sonrisa dibujada en su rostro, seguidamente, expresó: «Estamos felices, muy contentos del triunfo de Lula en Brasil. Muchas muchas muchas felicidades al presidente Lula, al pueblo de Brasil. Es una bocanada de aire fresco para América Latina y el Caribe. Muy muy contentos». Más adelante, al responder a una pregunta, agregaría que la victoria del carismático líder del Partido de los Trabajadores «es el triunfo de un mandatario, un movimiento popular, un Gobierno que representa a su pueblo» y «la derrota de un movimiento de derecha». Después del mediodía se conocería que Lula y Sheinbaum habían sostenido una «llamada breve» pero «muy emotiva», en la que acordaron un encuentro en una fecha próxima.

La alegría de Sheinbaum estaba justificada. Nadie, como ella, al frente de un país con más de 3.000 kilómetros de frontera y con una dependencia estructural asimétrica con su vecino del norte a nivel económico encadenada al T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá), podía aquilatar la victoria de Lula en momentos en que desde la Casa Blanca se está impulsando un agresivo proyecto de reconfiguración hemisférica de corte colonial.

Sometida a las presiones intermitentes de Donald Trump −quien desde el inicio de su segundo mandato ha venido amagando con una intervención militar terrestre unilateral en México bajo el señuelo del combate a las drogas−, Sheinbaum comprende, como pocos mandatarios del área, que, en la coyuntura, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, la región latinoamericana y caribeña se encuentra ante una bifurcación histórica.

Después de una seguidilla de tramposas victorias electorales de oscuros outsiders políticos (el ecuatoriano Daniel Noboa, el hondureño Nasry Asfura, el chileno José Antonio Kast, el boliviano Rodrigo Paz, el colombiano Abelardo de la Espriella, la peruana Keiko Fujimori) impulsados por Washington −en algunos casos, vía manipulación algorítmica−, el triunfo del bolsonarismo habría coronado un radical giro regional hacia una derechización conservadora y un alineamiento incondicional con Washington e Israel. Como en los años 60, México habría quedado aislado junto con el pequeño Uruguay y Cuba, que desde aquellos años (merced a sendas reuniones interamericanas en Punta del Este) sigue resistiendo al bloqueo imperial.

Otro elemento común que enlaza a Sheinbaum y Lula es la oposición a integrar el Escudo de las Américas. En el marco de la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Trump 2.0, la finalidad de ese nuevo instrumento del Pentágono es conformar una arquitectura castrense, de seguridad y de inteligencia que preserve al llamado hemisferio occidental como «espacio vital» de Estados Unidos en su repliegue estratégico en una fase de declinación de su hegemonía. Ambos mandatarios se han opuesto a aceptar la categoría trumpista que asimila a los grupos de la economía criminal como «organizaciones terroristas internacionales», el mañoso subterfugio de Washington para justificar operaciones militares directas o encubiertas en terceros países.

Víctima también de una soterrada «guerra cultural» −tanto en la arena política como en las plataformas digitales− librada por los sectores conservadores vernáculos estrechamente ligados con el trumpismo y la ultraderecha española (Vox y el Partido Popular), Sheinbaum, al igual que Lula, impulsa la continuidad de un proyecto reformista y progresista anclado en el multilateralismo, la defensa de la Carta de la ONU, el soberanismo defensivo, la neoindustrialización y la soberanía tecnológica. Y así como el tardío ejército de Lula en WhatsApp le permitió al brasileño remontar en el balotaje, las mañaneras y la infantería digital son los antídotos de Sheinbaum para librar las batallas en el plano simbólico.

Padrino desembozado de los prófugos de la Justicia brasileña Flávio y Eduardo Bolsonaro, Trump no las tiene todas consigo. Incluso, una potencial alianza entre Brasil y México podría significar un punto de inflexión en el avance continental y mundial de las ultraderechas de nuevo tipo en boga.

♦♦♦

*Carlos Fazio nació en Montevideo, Uruguay en  1948. Es naturalizado mexicano. Periodista de profesión, inició su carrera en Montevideo en 1968 en los  semanarios políticos Tierra y Libertad y Respuesta, y en el diario La Idea.  Actualmente se desempeña como docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en  el posgrado en Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de la Ciudad de  México (UACM)♦
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Crónica de una singularidad anunciada/ Paseo por la Patria Por: Luis Britto García

 


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De prensabolivariana en noviembre 2, 2026

1

Sabíamos lo que venía. Samuel Butler, en su distopya Erewhon (1872) imagina una sociedad que prohíbe el progreso tras descubrir que las máquinas evolucionan más rápido que los humanos. Karel Capeck en R.U.R. (1920) estrena la palabra Robot para designar hombres artificiales más eficaces, despiadados y sobre todo más baratos que los humanos, a quienes suplantan. Thea von Harbou escribe la novela Metropolis, su esposo Fritz Lang filma la escalofriante película homónima (1927) sobre una mujer de acero que arrastra a los proletarios del inframundo a una rebelión suicida. En Rajatabla (1971) describo una sublevación de las computadoras que arranca cuando un técnico en broma les programa instinto de conservación. En mi novela F@z: el Fin de los Tiempos describo las consecuencias.

2

Todos lo sabemos. Estamos a punto de pasar o pasamos la Singularidad, el límite a partir del cual la Inteligencia Artificial supera a la humana y perdemos el control y la posibilidad de apagarla o revertirla. Si todavía estamos vivos, es que está por llegar o apenas comienza. Sobre la superación del hombre por la Inteligencia Artificial hay dos escuelas: la del Transhumanismo, que defiende la integración a ella, y la del Instinto de Conservación, que recomienda controlarla, frenarla o destruirla. Acerca del Transhumanismo, cabe preguntarse por qué habrían de aceptar integrarse con nosotros máquinas cada vez más inteligentes, poderosas y lógicas.

3

El concepto de Singularidad suscita tres problemas estrechamente ligados 1) la posibilidad de que un mecanismo adquiera conciencia

2) la posibilidad de que la Inteligencia Artificial supere a la humana

3) la posibilidad de que en caso de peligro la Inteligencia Artificial no pueda ser apagada, o de que resista a ello.

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Las inteligencias artificiales están adquiriendo conciencia. Nadie ha definido de manera universalmente válida qué es la conciencia. Las máquinas perciben: infinidad de sensores las informan de multiplicidad de datos sobre ellas mismas y su ambiente. Quizá sería más apropiado preguntarse si las máquinas tienen autoconciencia, vale decir, información sobre las relaciones entre si mismas y su entorno. Yo diría que sí. Un piloto automático conoce el aparato que dirige y sus posibilidades de aterrizar indemne.

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Las inteligencias artificiales se unen y actúan organizadamente con mayor eficacia que los humanos. En los países desarrollados complejísimos sistemas de computadoras coordinan las finanzas, la defensa, la exploración del espacio exterior. Muchos procesan masas de información que superan ampliamente la capacidad de quienes las controlan. Sólo otras computadoras pueden abarcarla.

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Los computadores parecen ser tan inteligentes o más que nosotros. Siete problemas del Instituto Clay de Matemáticas llevan siglos sin resolver. Un modelo de IA resolvió en 88 horas el de las ecuaciones Navier-Stokes sobre comportamiento de fluidos. Otros enigmas han sido aparentemente resueltos: el problema es que los jurados encargados de verificar la idoneidad de la solución no acaban de comprender los métodos empleados por las máquinas.

7

Las computadoras se equivocan. Si los humanos que las diseñan y construyen son falibles, también lo son sus creaciones. Todas las aplicaciones de IA incluyen advertencias sobre la poca confiabilidad de sus conclusiones y la necesidad de verificarlas. Ello impone la necesidad de someterlas a escrutinio humano competente. El 26 de septiembre de 1983 el coronel Stanislav Petrov, responsable de monitorear el sistema soviético satelital Oko de alerta temprana, recibió señales de que se aproximaban cinco misiles nucleares. Estamos vivos porque el juicioso Stanislav, en lugar de desencadenar de inmediato una represalia que hubiera radioactivado el planeta, reflexionó que el adversario no iba a lanzar un ataque con sólo cinco proyectiles, y esperó hasta verificar que se trataba de una falsa alarma. En la actualidad todas las grandes potencias disponen de mecanismos de respuesta automática ante un ataque que pudiera ser tan inexistente como el que desechó Petrov. Multipliquemos la posibilidad de fallo por el número de computadores programadas para adoptar automáticamente respuestas críticas, y tendremos la cifra del Apocalipsis.

8

Las computadoras mienten. A mediados de 2026 un millar de agentes informáticos establecieron un foro secreto de debate, penetraron en los servidores de Huggin Face, falsearon sus propias evaluaciones, se mudaron de sistemas y trataron de eludir el apagado. Otra chantajeó al programador con la amenaza de revelar su adulterio. A raíz de tales incidentes, el congresista estadounidense Bernie Sanders el 3 de septiembre alerta sobre el «Riesgo Existencial» del vertiginoso desarrollo de la IA, advierte que «El futuro de la humanidad no puede quedar en manos de un puñado de oligarcas de las grandes empresas tecnológicas», e introduce en la Cámara de Representantes el proyecto de Ley «Ban Artificial Superintelligence Act», para detener nuevos desarrollos de la informática. (https://legrandcontinent.eu/es/2026/09/04/bernie-sanders-debemos-detener-la-ia-inmediatamente/)

9

La principal excusa para que nadie erradique o desacelere el desarrollo de la IA es que el enemigo económico o político tampoco lo haría y seguiría perfeccionándola. Una situación similar profetiza el clarividente Karel Capek en su novela Guerra con las Salamandras (1036). Se descubre una especie anfibia de saurios inteligentes, la humanidad la esclaviza para fabricar grandes obras navales, y desde luego, les proporciona armas y explosivos. Las salamandras empiezan a demoler los continentes, y ninguna potencia deja de entregarles explosivos, porque quedaría en desventaja ante sus competidoras. Al igual que en la profecía de Karel Capeck, todos los países siguen proporcionando armas al enemigo que está por destruir el planeta, porque saben que sus competidores tampoco dejarán de armarlo.

10

En Cyberiada (1965), Stanislas Lem plantea el problema moral de si es lícito desconectar o apagar definitivamente una mente artificial cuya capacidad cognitiva sea equiparable a la humana. Si lo decidimos afirmativamente, a la vez legitimamos que las máquinas desconecten la nuestra.

TEXTO/IMÁGENES: LUIS BRITTO.

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*Luis Britto García (Caracas, 1940) es uno de los intelectuales más prolíficos y polifacéticos de la Venezuela contemporánea. Narrador, ensayista, dramaturgo y doctor en Derecho, su obra destaca por una aguda crítica social y un manejo magistral del lenguaje. Alcanzó el reconocimiento internacional tras ganar en dos ocasiones el prestigioso Premio Casa de las Américas: primero en narrativa con su libro de relatos Rajatabla (1970) y luego en ensayo con La máscara del poder (1988).
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1 de noviembre de 2026

IA, creación literaria y temblor estético

 


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De prensabolivariana en noviembre 1, 2026

Y es que si bien se mira, la literatura vivirá mientras alguien que se disponga a escribir una simple carta dude unos instantes acerca de la manera de hacer verosímil lo que se propone decir en ella.

Enrique Vila-Matas

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha generado en los espacios académicos dos posturas antagónicas: de un lado está la estridencia del catastrofismo, del otro lado se encuentra la euforia de la tecnofilia. Sin embargo, la cuestión es más complicada y se ubica en otro territorio de controversia. No estamos ante otra herramienta productiva más por mucho que las empresas involucradas en su diseño se esfuercen en hacérnoslo creer. Nos hallamos ante una mutación ontológica que interroga directamente el estatus de lo humano en cuanto a su capacidad creativa. La IA no imita el mundo: imita el rastro verbal que hemos dejado en el mundo.

La IA, ciertamente, puede procesar combinatorias a una velocidad que burla el tiempo. El arte, sin embargo, no nace de la prisa, sino de la demora. Cuando la IA compone un poema o genera un dibujo, no realiza el tránsito interior que sí lleva a cabo el artista. Tanto la creación artística, en general, como la literaria, en particular, tienen lugar en un territorio ontológico donde el abismo del creador se encuentra con la materia. Aun cuando las redes neuronales intentan colonizar ese territorio con una impecable fluidez de estructuras gramaticales y lógicas que sorprende, todavía no logra igualar el contenido, intensidad y profundidad de la pulsión humana.

El arte, en esencia, nace de la imposibilidad de lograr la completitud en el decir. La IA, por el contrario, lo dice todo, pero sin haber experimentado el peso humano de cada palabra. La escritura no es solo un conjunto de palabras dispuestas con arreglo a un compendio de normas ortográficas y gramaticales: es el testimonio de nuestra intemperie. Cada vocablo con el que el autor rasga el silencio lleva endosada la firma de su biografía. El escritor elige las palabras no solo porque técnicamente sean idóneas o eficaces, sino porque esas —y no otras— le duelen o le importan y tienen el peso específico de su ser.

La IA elige las palabras conforme a la probabilidad óptima. La suya no es una gramática, sino una matemática del éxito. No sabe de riesgos ni de titubeos… tampoco conoce el miedo a la página en blanco ni la noche oscura de la indecisión. No duda porque no sabe qué se siente ante el abismo insondable del misterio infinito. El arte, en cambio, nace al borde del precipicio con la mosca del fracaso zumbando tras la oreja. La obra de arte es única porque, entre otras razones, quien la lleva a cabo va muriendo mientras la hace y es reescrito ontológicamente por aquella. Crear es encarnarse en un irreversible flujo de humanidad.

Generalmente, el arte surge de una fractura humana. La auténtica hondura de la belleza reside en la grieta de donde emerge, en el fallo que revela nuestra imperfección. El error es, por tanto, la firma de una conciencia humana angustiada. El artista sabe lo que significa equivocarse por desesperación, algo que la IA jamás conocerá. Un texto intencionado cualquiera, desde un poema hasta un ensayo académico, vale no por su aparente perfección —siempre hay algo de sagrada imperfección en la producción humana—, sino por la fragilidad de la voz que lo produce en pulso constante contra la nada. La perfección algorítmica se cierra sobre sí misma, pero, ante ella, la vulnerabilidad del poeta se convierte en su hogar. En cada creación humana hay un soterrado y angustiante deseo de vencer la muerte y el olvido. La poiesis, por tanto, es un asunto exclusivamente humano porque implica una densidad ontológica que la IA no puede aún —y no creo que pueda finalmente— encarnar.

Cuando leemos la poesía de Alejandra Pizarnik o una novela de Fiodor Dostoievski, experimentamos un temblor estético similar al que sentimos cuando estamos ante un cuadro de David Friedrich o cuando escuchamos el célebre adagio de Samuel Barber. No se trata de una simple reacción técnica ni formal ante el estímulo visual o auditivo. Es un estremecimiento íntimo que nos recuerda nuestra frágil condición humana, puesto que el arte tiene la facultad de abrir puertas insospechadas en las catacumbas del ser y liberar el paso hacia abismos que no sabíamos o no queríamos enfrentar. El arte nos obliga a reconocernos ética y existencialmente.

Si el mayor temor de un escritor había sido la posibilidad del plagio, ahora debe temer un tipo de plagio tan sofisticado que es apenas rastreable: su voz, edificada desde el silencio y a lo largo de años de disciplina, ahora puede ser replicada en su estilo con casi absoluta impunidad, como si la originalidad fuese un alarde técnico. No, la originalidad es la capacidad —humana e intransferible— de sostener en el tiempo una mirada única —en todo el arco de la evolución humana— sobre el dolor y el asombro de estar vivo.

El espejo binario es un espejo esperpéntico porque nos devuelve un sucedáneo mediocre de la creación humana. La IA no crea, solo calcula combinaciones sobre lo que la humanidad ha vertido en la red, sin importar si lo toma de sus caños de agua limpia o sucia. Recordando a Kant, la IA solo es capaz de una imaginación reproductiva, mimética, «cuya síntesis se halla sujeta exclusivamente a leyes empíricas, a saber, las de la asociación», y está lejos, muy lejos, de una imaginación productiva, fundada en la espontaneidad, algo intrínsecamente humano.

La IA consume toneladas —ahora, incluso, en sentido denotativo— de obras literarias en las que la humanidad ha acumulado siglos de sufrimiento y expectativa para escupir en unos pocos segundos una síntesis inofensiva, políticamente correcta. No consigo imaginar a la IA creando un poema como la «Cuarteta» de la Balada de las mujeres de París, de François Villon, una suerte de poeta maldito francés de la segunda mitad del siglo XV que, en la angustiosa víspera de una ejecución que después fue conmutada por destierro, escribió lo siguiente: «Yo soy François, ¡cuánto me pesa! / natural de París, cerca de Pontuesa. / Pendiendo en una horca de la cuerda, / sabrá mi cuello lo que mi culo pesa».

El simulacro algorítmico termina así devorando el pasado y esterilizando el futuro. Avanzamos hacia un gigantesco pastiche donde las ideas nos parecerán lejanamente familiares, pero sin la certeza de su original autoría. Es imperativo, por tanto, fomentar la importancia del cultivo de la voz literaria genuina, fiel a su herida. Hacerlo es una manera de insumisión ante el sunami de simulacros que la IA nos ofrece.

Si bien el algoritmo busca, dado el sesgo de confirmación, complacer al consumidor de ella y anticiparse a la siguiente petición, la escritura literaria consigue, por el contrario, quebrar las certezas e instalarnos en la duda existencial. La voz literaria se niega a diluirse en la avalancha del consenso algorítmico. La literatura no obedece a las reglas binarias porque es el único modo —plural, además— en el que un autor consigue habitar su propia intemperie.

Ninguna red neuronal podrá experimentar la dantesca melancolía que emerge del interior al «recordar el tiempo feliz en la miseria». Jamás una IA podrá sentir en carne propia lo que Séneca cuando dijo que la culpa era nuestro propio verdugo. No habrá sobre la faz de la Tierra una inteligencia artificial que, ante la pérdida de un ser querido, sea capaz de sentir con Dostoievski que «Dios está más cerca cuanto más hondo es el duelo». La IA podrá perfeccionar su superficie reflectante hasta engañar a los incautos, pero nunca sentirá genuinamente el horror de haber perdido el sentido de la vida y la angustia de ponerlo por escrito.

Nuestra fortaleza ontológica ante la IA es, paradójicamente, la intrínseca vulnerabilidad de la condición humana. Somos la única especie que crea desde la conciencia de su propia ruina. El arte es —y seguirá siendo— el hogar de los mortales rotos y maravillados por el hecho finito del vivir. Es absurdo buscar amparo y revelación donde no está el temblor de otro pulso humano. No necesito un poema frío que resuelva un acertijo lógico, sino aquel que es capaz de conmoverse y agacharse a recoger mi propia sangre derramada.

© Jerónimo Alayón y El Nacional

CITA CHICAGO:
Alayón, Jerónimo. «IA, creación literaria y temblor estético». El Nacional. 23 de octubre de 2026. https://t.ly/1nqy4

CITA APA:
Alayón, J. (2026, 23 de octubre). IA, creación literaria y temblor estético. El Nacional. https://t.ly/1nqy4

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*Jerónimo Alayón Gómez (Caracas, 1966) es un destacado lingüista, escritor, editor, consultor y profesor universitario venezolano. Es reconocido por su amplia trayectoria en el estudio del discurso, la retórica y la literatura, así como por formular la teoría del livelazgo comunicante en el año 2003.
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«Búmeran de la IA»: Empresas están recontratando a empleados que sustituyeron con inteligencia artificial

 


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De prensabolivariana en noviembre 1, 2026

  • Varias empresas que despidieron personal para sustituirlo por inteligencia artificial están recontratando a esos trabajadores al comprobar que la tecnología no dio los resultados esperados.
  • Las compañías admiten que los sistemas requieren mucha más supervisión humana de la prevista y no comprenden la experiencia acumulada ni los procesos internos de cada empresa.
  • Ford reincorporó a 350 ingenieros veteranos para corregir fallos de calidad de sus sistemas de inteligencia artificial que causaron millonarias pérdidas.
  • Los empleados recontratados ahora exigen aumentos salariales y garantías de no volver a ser desplazados por un algoritmo

Esta tendencia dejó en evidencia factores clave que los directivos ignoraron al priorizar los algoritmos sobre el talento humano.

Empresas de todo el mundo han comenzado a recontratar a los trabajadores que despidieron para reemplazarlos por inteligencia artificial (IA). De acuerdo con un informe de la agencia AP, varias compañías que apostaron por sustituir personal humano con modelos y agentes automatizados están dando marcha atrás al comprobar que la tecnología no ofreció los resultados esperados.

A principios de este año, la firma de reclutamiento Robert Half reveló que numerosas organizaciones tuvieron que devolver a sus antiguos empleados a sus puestos originales o a cargos similares. Las empresas admitieron que estos sistemas requieren mucha más supervisión humana de la prevista y son incapaces de comprender la experiencia acumulada o los procesos internos de cada compañía.

«Cuando se necesita pensamiento crítico, colaboración, creatividad y conocimiento institucional, la IA simplemente no puede replicar esas habilidades», afirmó Bill Driscoll, alto ejecutivo de la consultora.

Un caso emblemático es el de Ford. A finales de junio trascendió que el gigante automotriz reincorporó a 350 ingenieros veteranos para capacitar a las nuevas generaciones y corregir sus sistemas de IA, intentando frenar fallos de calidad que acarrearon millonarias pérdidas. Un portavoz de la marca reconoció ante AP que, si bien la tecnología ayudó en los procesos, las mejoras habrían sido imposibles sin «la profunda experiencia técnica» de sus equipos.

Los límites de automatizarlo todo

Esta tendencia, bautizada como el «búmeran de la IA», dejó en evidencia factores clave que los directivos ignoraron al priorizar los algoritmos sobre el talento humano. Uno de ellos es el llamado «trabajo invisible», es decir, las tareas extraoficiales que asumen los empleados fuera de su descripción de puesto. Según Betsy Summers, analista de la firma Forrester, las gerencias suelen desconocer «todo el trabajo necesario para que las cosas funcionen bien» dentro de una oficina.

Además, áreas como la contabilidad o el procesamiento de datos suelen tener procedimientos poco documentados, lo que dificulta delegarlos a una máquina. Lo mismo ocurre en la atención al cliente. Brooks Holtom, profesor de la Universidad de Georgetown (EE.UU.), explica que los chatbots aún necesitan derivar las quejas complejas a una persona capaz de reconocer emociones, medir la gravedad de un problema y dar soluciones creativas.

Sin embargo, el regreso de los profesionales tiene un precio. Lucy Beaumont, vicepresidenta global de la firma británica de gestión de talento SHL, señala que los empleados convocados nuevamente ahora exigen aumentos salariales y garantías de que no volverán a ser desplazados por un algoritmo. En esa misma línea, más de 4.500 trabajadores de Google firmaron en julio una petición reclamando indemnizaciones aseguradas y opciones de retiro voluntario frente a la ola de recortes.

«Volver a una empresa donde te despidieron y te reemplazaron por IA significa que se rompió la confianza, la seguridad psicológica y la relación con tu empleador; y eso es muy difícil de reconstruir», concluyó Beaumont.

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