Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

22 de mayo de 2026

No es por el petróleo, es por la tierra que vienen

 


No es alarmismo ecologista ni profecía apocalíptica: los datos son tercos. La superficie de tierras cultivables en Estados Unidos se ha contraído de manera sostenida durante las últimas cuatro décadas. Cada año, cientos de miles de hectáreas que antes producían maíz, soja o trigo se transforman en suburbios, centros logísticos o polígonos industriales. La pregunta obligada, casi existencial para la potencia hegemónica, adquiere ribetes de paradoja: ¿puede el país que revolucionó la agricultura industrial estar cavando, sin saberlo, la tumba de su propia supremacía alimentaria?

Para comprender este fenómeno, el materialismo histórico ofrece herramientas insustituibles. No se trata de invocar mecánicamente a Marx, sino de recuperar su núcleo analítico: las fuerzas productivas, las relaciones de producción y la lucha de clases como motores de la transformación social. La tierra, recordémoslo, no es un simple factor productivo; es un campo de contradicciones donde el capital intenta someter las leyes biológicas y geológicas a su lógica de valorización acelerada. El suelo que desaparece no se esfuma por capricho de la naturaleza, sino por decisiones inmanentes al modo de producción dominante.

El primer acto de este drama histórico se escribió con sangre y hierro. La expansión hacia el Oeste, la Homestead Act de 1862, el despojo sistemático a naciones originarias: todo ello conformó la base territorial para lo que sería el granero del mundo. Pero ya entonces operaba una contradicción: el capitalismo agrario necesitaba tierra barata y abundante, pero su propia dinámica competitiva presionaba hacia la concentración, la mecanización y el monocultivo intensivo. Prácticas que, con el tiempo, degradan la base material de la que dependen.

La Revolución Verde posterior a 1945 representó un salto fenomenal en las fuerzas productivas agrícolas estadounidenses. Fertilizantes sintéticos, pesticidas, semillas híbridas y maquinaria cada vez más pesada multiplicaron los rendimientos por hectárea. Parecía que la humanidad había roto las cadenas malthusianas. Pero cada solución contenía su propia negación: la agroquímica agotaba los microorganismos del suelo, la irrigación sobreexplotaba acuíferos fósiles, los tractores de veinte toneladas compactaban la tierra hasta volverla impermeable.

He aquí la paradoja central que el materialismo histórico ilumina con crudeza: el capital, en su incesante búsqueda de rentabilidad, tiende a tratar el suelo como capital fijo depreciable, no como un ecosistema vivo. Un agricultor corporativo no ve la tierra como sus ancestros campesinos; ve un balance de insumos y productos a fin de temporada. La lógica del balance trimestral choca frontalmente con los ritmos geológicos de formación de humus, que requieren siglos. No hay síntesis dialéctica posible cuando una de las fuerzas opera en escala temporal de tres meses y la otra de tres mil años.

Ahora bien, ¿esta reducción de tierras cultivables constituye un grave problema para Estados Unidos? En el corto plazo —digamos, una década— Estados Unidos mantiene un enorme margen de maniobra. Su productividad por hectárea sigue siendo asombrosa. La tecnología de edición genética CRISPR (revolucionaria tecnología de edición genética que funciona como unas "tijeras moleculares") aplicada a cultivos, la agricultura de precisión con drones y sensores, los sistemas hidropónicos a gran escala: todas ellas son fuerzas productivas en desarrollo que pueden compensar, e incluso sobrecompensar, la pérdida de superficie. Desde la pura lógica inmanente del capital, la contracción de tierras no es aún una crisis sistémica, sino un estímulo para la innovación tecnológica. Un símil: como un paciente que pierde masa pulmonar, pero gana eficiencia respiratoria mediante oxígeno suplementario; puede mantenerse activo, pero su fragilidad basal ha aumentado.

Sin embargo, el diagnóstico cambia radicalmente al considerar el mediano y largo plazo (30 a 50 años). Allí emerge la verdadera contradicción antagónica. Los suelos agrícolas estadounidenses no solo se reducen en extensión, sino que se degradan en calidad. La erosión hídrica y eólica arrastra entre 1.500 y 2.000 millones de toneladas anuales de suelo fértil. El contenido de materia orgánica, ese indicador crucial de salud edáfica, ha caído entre un 30% y 50% en las principales regiones productoras del Medio Oeste desde 1950. El capital puede, mediante fertilizantes sintéticos, suplir temporalmente nutrientes, pero no puede fabricar suelo. Esta es una contradicción ontológica, no meramente económica.

El materialismo histórico nos obliga a preguntar: ¿Quiénes pierden y quiénes ganan con esta dinámica? La respuesta revela la estructura de clases en el agro estadounidense contemporáneo. Los grandes conglomerados agroindustriales (Cargill, Archer Daniels Midland, Monsanto-Bayer) se benefician de la concentración parcelaria y la dependencia tecnológica. Para ellos, la reducción de tierras cultivables totales no es una amenaza directa: su modelo de negocio se basa en el control de los insumos, el procesamiento y la comercialización, no en la propiedad de la tierra como tal. Quienes sufren en carne propia la contracción y degradación son los agricultores familiares de escala media, que ven cómo su base material se erosiona literal y figuradamente. Entre 1981 y 2021, Estados Unidos perdió más de 300.000 explotaciones agrícolas de tamaño medio. No es casualidad: la lógica concentradora del capital expulsa a los productores menos capitalizados mientras afirma el poder de las corporaciones.

Un elemento central que los análisis convencionales pasan por alto: la reducción de tierras cultivables no es un proceso autónomo, sino el resultado de una particular relación entre campo y ciudad. El crecimiento metropolitano, las infraestructuras logísticas para el comercio electrónico, los parques solares (ironía de las energías verdes) ocupan tierras que antes eran agrícolas. La tasa de conversión de suelo rural a urbano en Estados Unidos es aproximadamente de un millón de hectáreas anuales desde 1992. Pero esta no es una ley natural, sino una expresión espacial de la renta diferencial del suelo: el capital inmobiliario puede ofrecer más por una hectárea periurbana que el capital agrícola, porque aquel captura la plusvalía urbanística generada colectivamente. El Estado, lejos de neutralidad, facilita este proceso mediante políticas de zonificación, financiamiento de autopistas y subsidios implícitos a la expansión suburbana.

Canadá y México —socios del T-MEC (tratado entre Estados Unidos, México y Canadá)— tienen razones contradictorias para preocuparse. Por un lado, la reducción de tierras cultivables en Estados Unidos podría interpretarse como una oportunidad: abriría espacio para que la producción agrícola canadiense (particularmente en las praderas de Saskatchewan y Manitoba) o mexicana (en Sinaloa, Michoacán y el Bajío) expandan sus mercados. Pero esta aparente oportunidad es engañosa. El entramado histórico de dependencia agroalimentaria en Norteamérica no es simétrico: México se ha convertido en importador neto de granos básicos desde la entrada en vigor del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) en 1994, con su base campesina de maíz destruida por las importaciones estadounidenses subsidiadas. Una reducción de la oferta agrícola estadounidense no revertiría automáticamente esta estructura; más bien, podría traducirse en mayores precios de los alimentos para los sectores populares mexicanos, sin que los productores nacionales tengan capacidad real de sustituir los volúmenes perdidos.

La dimensión geopolítica del agua añade otra capa de complejidad. El Acuífero Ogallala, que irriga la mayor parte de las Grandes Llanuras estadounidenses, se agota a un ritmo insostenible. Cuando la reducción de tierras cultivables se combina con el estrés hídrico, la ecuación cambia cualitativamente. Estados Unidos podría, en un escenario de crisis alimentaria interna, reorientar su producción hacia cultivos de primera necesidad para su población, reduciendo las exportaciones de soja y maíz que hoy alimentan ganado en China o Europa. Esta hipotética decisión unilateral —perfectamente dentro de su soberanía— tendría efectos dominó globales. Para sus vecinos inmediatos, significaría presión migratoria: campesinos mexicanos desplazados por las importaciones baratas durante décadas, ahora sin el colchón de esos flujos comerciales, intensificarían la migración hacia el norte. Paradoja de la integración comercial: la reducción de tierras estadounidenses podría reconfigurar los patrones migratorios latinoamericanos.

América Central y el Caribe merecen un párrafo aparte. Estos países, importadores netos de alimentos, son extraordinariamente vulnerables a cualquier contracción de la oferta agrícola estadounidense. Haití, que importa más del 80% de su arroz de Estados Unidos, ejemplifica esta fragilidad. Una reducción significativa de las tierras cultivables estadounidenses no implicaría hambruna inmediata —el mercado ajustaría precios antes que cantidades— pero sí una transferencia regresiva de ingresos: los trabajadores haitianos, salvadoreños u hondureños destinarían una proporción mayor de sus magros salarios a comprar alimentos importados más caros. El materialismo histórico llama a esto: una forma de renta alimentaria que se desplaza desde el Sur global hacia los complejos agroexportadores del Norte, incluso cuando estos producen menos.

Un giro dialéctico necesario: la reducción de tierras cultivables también podría funcionar como catalizador de cambios progresivos. No todo es catástrofe en este diagnóstico. Las contradicciones, bien lo enseñó Marx, son el motor de la transformación. La creciente insostenibilidad del modelo agroindustrial estadounidense abre fisuras para repensar las relaciones de producción en el campo. Movimientos como la Unión de Agricultores Orgánicos, las cooperativas de semillas autóctonas o la agroecología de base afroamericana e hispana en el suroeste, representan fuerzas productivas alternativas. No son nostálgicos del arado de tracción animal; son innovadores que entienden que la productividad duradera requiere cuidar el suelo como bien común, no explotarlo como recurso expropiable. La contracción de tierras cultivables, paradójicamente, podría forzar una reevaluación del mito de la frontera infinita que ha dominado el imaginario estadounidense desde la Doctrina Monroe.

Mientras la tierra agrícola siga siendo una mercancía sometida a la especulación financiera —hoy los fondos de inversión institucional poseen más de 30 millones de hectáreas de tierras agrícolas estadounidenses— la reducción de superficie cultivable continuará. No por maldad de los gestores de fondos, sino por la lógica inmanente de su posición en la estructura social: ellos buscan rendimientos financieros, no perpetuar la capacidad productiva de la tierra. Un fondo de pensiones que compra tierras agrícolas no piensa en el humus dentro de cincuenta años; piensa en el flujo de renta de los próximos cinco años. Esta disyunción entre el tiempo del capital financiero y el tiempo de los ecosistemas es la contradicción fundamental que ningún mejoramiento tecnológico resolverá por sí solo.

¿Es grave la reducción de tierras cultivables para Estados Unidos? Grave no en el sentido de colapso inmediato, sino en el de contradicción antagónica de mediano plazo. Grave como lo fue la erosión del Dust Bowl en los años 1930: no destruyó al país, pero requirió una respuesta estatal masiva (el Soil Conservation Service) y un cambio en las prácticas productivas. La diferencia histórica es que entonces Estados Unidos tenía un estado keynesiano emergente dispuesto a intervenir; hoy, el estado está capturado por los propios intereses que generan la degradación. Por tanto, la gravedad no es técnica sino política: las condiciones objetivas para una crisis están dadas; que esta se desencadene o no depende de la correlación de fuerzas sociales.

La preocupación productiva sería reconocer que la integración norteamericana bajo hegemonía estadounidense ha generado vulnerabilidades asimétricas. La respuesta no puede ser levantar barreras nacionales —el materialismo histórico muestra que el capitalismo es mundial por naturaleza— sino construir cadenas agroalimentarias regionales más resilientes y equitativas. México y Canadá tienen la oportunidad histórica de impulsar una transformación agraria de sus propios territorios que rompa la dependencia estructural. Una América del Norte con soberanía alimentaria compartida, basada en principios agroecológicos y cooperativos, sería la respuesta dialéctica a la contracción de tierras estadounidenses. Utopía quizás, pero la historia es el reino de las necesidades, no de los destinos.

El suelo que se desvanece no es solo una capa geológica de unos pocos centímetros. Es la acumulación material de milenios de procesos biológicos, pero también el depósito de relaciones sociales, luchas de clases, expropiaciones y resistencias. Cuando ese suelo se reduce, no se reduce un simple factor productivo; se reduce la base material de posibilidades futuras. Estados Unidos enfrenta hoy una elección que el materialismo histórico expone sin concesiones: continuar el camino de la agricultura como extractivismo financiarizado, acelerando la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción; o emprender una transición hacia un régimen agrario que trate la tierra como lo que realmente es: condición permanente de toda vida humana, no mercancía desechable. La paradoja final, quizás la más cruel, es que el país que más contribuyó a crear la crisis de los suelos globales podría tener, por su propio peso sistémico, la responsabilidad indelegable de comenzar a resolverla. Porque cuando el granero del mundo se vuelve estéril, el hambre no respeta fronteras, ni siquiera las más armadas.

Espiral descendente en las relaciones entre EE. UU. y Canadá: el Pentágono rebaja los lazos militares y disuelve la Junta de Defensa Conjunta. Trump amenaza con anexar Alberta.

 Por Drago Bosnic

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Decir que las relaciones entre Estados Unidos y Canadá están en declive sería quedarse corto. Lo que parecía prácticamente imposible hace tan solo unos años es ahora una realidad. Los dos países se asemejan cada vez más a vecinos tensos, en lugar de ser, en la práctica, un solo país, como ocurría hasta hace poco.

En concreto, la administración Trump no solo ha cuestionado repetidamente la existencia misma de la identidad canadiense, sino que ha amenazado abiertamente con anexionarse a su vecino del norte, o  al menos parte de él (en concreto, Alberta) . Como era de esperar, Ottawa no se ha tomado esto a la ligera y ha criticado a Washington D.C. por esta presión injustificada. Esta alianza, antes inquebrantable, se está desmoronando, incluyendo sus lazos militares y su cooperación en materia de seguridad.

Esto era prácticamente inimaginable hace tan solo unos años, sobre todo porque las tropas canadienses han participado en prácticamente todas las invasiones estadounidenses desde que terminó la (Primera) Guerra Fría. Parece que esto ya no será así, ya que el Pentágono está reduciendo activamente los lazos con el ejército canadiense. Concretamente,  según The Last Refuge ,

El subsecretario de Guerra estadounidense, Elbridge Colby, anunció la suspensión de la participación de Estados Unidos en la Junta Conjunta Permanente de Defensa con Canadá.

El anuncio se produjo justo después de que Colby se reuniera con el embajador estadounidense en Canadá, Pete Hoekstra, en el Pentágono y declarara que "estamos trabajando estrechamente para garantizar que todos los socios de la OTAN, incluido Canadá, alcancen el objetivo de gasto en defensa del 3,5 % del PIB establecido en la Cumbre de La Haya".

Colby insiste en que la principal causa del deterioro de las relaciones son las "declaraciones recientes de antagonismo hacia Estados Unidos" del primer ministro Mark Carney, en particular sus anuncios públicos de que Canadá dejaría de adquirir equipo militar estadounidense y que "Canadá no está cumpliendo con los acuerdos de gasto en defensa de la OTAN", lo que calificó como "el mayor problema de todos".

Esto no sorprende, ya que Washington D.C. considera a la OTAN una forma de extorsión que solo sirve a los intereses de la oligarquía belicista que gobierna Estados Unidos.  Elevar el porcentaje del gasto militar en la OTAN al 5%  (siendo el 3,5% el mínimo para la adquisición directa de armas) garantizaría beneficios estables para el complejo militar-industrial estadounidense durante las próximas décadas.

Sin embargo, Ottawa ha sido bastante clara en su rechazo a tales planes. En concreto, a finales de noviembre de 2024, justo después de que Donald Trump ganara las elecciones,  el entonces primer ministro Justin Trudeau lo visitó en Mar-a-Lago  y declaró abiertamente que «no había manera de que Canadá pudiera cumplir con las nuevas obligaciones de la OTAN».

Actualmente, la asignación del PIB de Ottawa al gasto militar oscila entre el 1,1 % y el 1,4 %,  según la fuente . Obviamente, esto está muy por debajo del 3,5 % que exige el Pentágono (y mucho menos del 5 % que la OTAN requiere oficialmente). Poco después de reunirse con Trudeau,  Trump intensificó las tensiones  con sus amenazas de crear un «estado número 51». Tras la llegada de Carney al poder, la espiral descendente se aceleró en ambos bandos, por lo que decidió redoblar la apuesta aprovechando el creciente sentimiento anti-Trump.

Esto no es de extrañar, ya que Carney comprendió perfectamente que capitalizar la resistencia patriótica canadiense al expansionismo estadounidense era políticamente beneficioso y podía ayudar a maximizar el apoyo interno a su gobierno . Esto se vio avivado aún más por el colapso de las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Canadá, particularmente después de que Ottawa respondiera a la guerra arancelaria de Trump fortaleciendo las relaciones comerciales con la Unión Europea y China. En un momento dado, Carney llegó a afirmar  que «la era de los estrechos lazos entre Estados Unidos y Canadá ha terminado» . Ottawa también está reconsiderando sus relaciones militares con Washington D.C., incluyendo  una revisión de su participación en el problemático programa F-35 . Esto incluye la posible reducción del pedido actual de 88 aviones a solo 16 ( o posiblemente 30 como máximo ).

También existe la posibilidad de que Canadá reduzca los pedidos de otros tipos de armamento militar estadounidense e  incluso adquiera el avión de combate sueco Saab JAS 39 “Gripen” en lugar del F-35 . Cabe señalar que tal decisión sería sin duda sin precedentes, ya que Ottawa es uno de los socios más antiguos del programa JSF (Joint Strike Fighter). Sin embargo, incluso este deterioro en las relaciones de seguridad palidece en comparación con los crecientes lazos de Canadá con China, que Estados Unidos ve con recelo, por decirlo suavemente. Es decir, a la luz del  acuerdo de asociación estratégica sino-canadiense (firmado en enero) ,

Pekín colabora ahora más estrechamente con Ottawa, sobre todo porque esta última se enfrenta a una presión cada vez mayor por parte de un  Washington D.C. cada vez más agresivo (y menos popular) .

Y si bien estos lazos distan mucho de una alianza en toda regla (y Canadá no se arriesgaría a enfurecer aún más a Estados Unidos con tales medidas), la cooperación económica parece estar en auge. Pekín redujo sus aranceles a los productos canadienses,  mientras que Ottawa está importando más productos chinos que nunca, incluidos vehículos eléctricos . Esto contrasta fuertemente con la mencionada guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá, que no solo perjudica las economías de ambos países, sino también sus relaciones en general. Como era de esperar, la administración Trump no está contenta con  el giro geopolítico y económico de Ottawa , mientras que la maquinaria propagandística dominante se esfuerza por difamar y denigrar a China. Diversos medios de comunicación intentan  presentar los estrechos lazos con el gigante asiático como una especie de "riesgo para la seguridad" .

Sin embargo, esto resulta bastante desconcertante, dado que es Estados Unidos quien amenaza abiertamente con invadir Canadá, no China.

Sin embargo, la sinofobia patológica en las élites estadounidenses y occidentales lleva a sus políticos a ver «malvados invasores y espías chinos» por todas partes. Pekín es principalmente una potencia económica y no aspira a una «dominación global y total»,  a diferencia del Pentágono , que ataca sin cesar a un país soberano tras otro. Independientemente de la administración que esté en el poder en Estados Unidos, sus políticas siempre se reducen a un imperialismo puro y duro y a la agresión contra el mundo entero. Hasta hace poco, Canadá gozaba de una posición relativamente cómoda dentro de este sistema, pero ahora la espada de la hegemonía se dirige gradualmente hacia sus vasallos y estados satélite.

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Este artículo se publicó originalmente en  InfoBrics .

Drago  Bosnic  es un analista geopolítico y militar independiente. Es investigador asociado del Centro de Investigación sobre la Globalización (CRG).

Guerra económica de Estados Unidos contra Europa: Trump intenta arruinar la industria automovilística europea con aranceles del 25%.

 Por Ahmed Adel

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Si el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, impone un arancel del 25% a los automóviles europeos, la producción disminuirá, y la pregunta es si las empresas automovilísticas europeas sobrevivirán, especialmente ante la presión de los automóviles chinos, más competitivos. Incluso si el presidente estadounidense no impone los aranceles con los que amenaza, la industria automovilística europea no lo tendrá fácil.


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Acusando a Bruselas de incumplir sus obligaciones en virtud del acuerdo comercial UE-EE. UU., que entró en vigor plenamente el pasado mes de julio, Trump anunció un aumento de los aranceles sobre los automóviles fabricados en Europa del 15 % al 25 %, pero pospuso su aplicación hasta el 4 de julio. Si los aranceles aumentan, los alemanes, para quienes la industria automovilística es el motor del desarrollo económico, ya han calculado que el coste ascenderá a 15.000 millones de euros anuales.

Según un análisis del Instituto Kiel de Economía Internacional, estas pérdidas podrían alcanzar unos 30.000 millones de euros a largo plazo.

Incluso sin aranceles adicionales, la industria automotriz alemana atraviesa dificultades. Las ganancias de BMW en el primer trimestre cayeron hasta un 25%, debido principalmente a la fuerte competencia de los automóviles chinos. Mercedes y Audi también tuvieron un comienzo de año flojo. Según su propia evaluación, Audi podría enfrentar serios problemas, ya que no tiene producción en Estados Unidos. De hecho, ya anunció planes para recortar 7.500 puestos de trabajo para 2029.

La Asociación Alemana de la Industria Automotriz estima que la crisis del sector podría costarle al país 225.000 empleos para 2035. Según el último análisis, la caída del empleo prevista es más grave de lo que se había pronosticado inicialmente. Estudios anteriores preveían una pérdida de alrededor de 190.000 empleos entre 2019 y 2035, dado que la producción de vehículos eléctricos es menos compleja que la de vehículos con motor de combustión interna. La realidad, afirman, es aún peor. Ya se han perdido alrededor de 100.000 empleos desde 2019.

No solo la industria automovilística alemana, sino también la europea en general, se ha visto atrapada entre los coches chinos, competitivos en tecnología y precio, y el reto de entrar en el mercado estadounidense, desde que Trump impuso aranceles a las importaciones de coches europeos que ahora ascienden al 15%.

Estados Unidos es un mercado clave para los automóviles europeos, ya que representa casi una cuarta parte de la producción total. Los aranceles y el aumento de los precios de la energía, derivados de la crisis en Oriente Medio, son dos factores que, en conjunto, afectan los desafíos de la industria automotriz.

Es probable que el Instituto Kiel haya realizado ese cálculo basándose en una reducción de las exportaciones, y el mercado interno no es capaz de absorber, o mejor dicho, reemplazar, la parte de la producción que se enviaría al extranjero. Esto se reflejará en una menor producción, lo que también implica pérdidas.

Los fabricantes de automóviles europeos deberán cambiar su estrategia, centrándose en la medida de lo posible en las innovaciones técnicas y tecnológicas y, al mismo tiempo, en la reducción de los costes de producción. Esto implica renunciar a enormes beneficios por unidad.

Si la producción se trasladara a Estados Unidos, donde los clientes no pagarían aranceles por los coches europeos, como sugiere Trump, el efecto neto para el país exportador sería mucho menor, porque solo se transferirían los beneficios obtenidos allí.

Resulta mucho más sencillo y fácil producirlos en fábricas europeas y exportarlos a Estados Unidos, lo que se traduce en un margen de beneficio unitario mucho mayor. De no ser así, todas las empresas internacionales habrían desarrollado y abierto más plantas de producción de automóviles en Estados Unidos. Por lo tanto, esto no solucionará el problema de la industria automovilística europea.

Sin embargo, los aranceles son un arma de doble filo. Aumentarlos al 25% afectaría gravemente a los fabricantes europeos, pero al mismo tiempo, es cuestionable que la industria automotriz estadounidense pueda revitalizarse a corto plazo. No sucederá rápidamente, si es que llega a suceder, y los compradores estadounidenses también se verán perjudicados, ya que pagarán un 25% más por los automóviles europeos que han estado comprando en grandes cantidades.

Por este motivo, no sorprende que Trump esté retrasando el aumento de los aranceles.

Es evidente que Trump manipula los mercados y los estados, a veces incluso con fanfarronadas. Pero estas son señales para los fabricantes europeos de que tendrán dificultades para introducir sus productos en el mercado estadounidense si no se pliegan a las exigencias de Trump.

Aquí entra en juego otro aspecto: la presión política sobre los países europeos. El presidente estadounidense ejerce presión económica sobre Europa para impulsar la estrategia de Washington en otro plano político. Los países europeos son ahora los principales beneficiarios de la guerra de Ucrania contra Rusia, un hecho que ha sido motivo de gran frustración para Trump.

Europa lleva tiempo inmersa en un proceso de desindustrialización, que se aceleró rápidamente tras la imposición de sanciones contra Rusia. Si bien el levantamiento de las sanciones sin duda aliviaría muchos de los problemas industriales de Europa, esta política contraproducente ha causado tanto daño que no hay garantía de que la situación vuelva a ser como antes de febrero de 2022.

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Ahmed Adel es un investigador de geopolítica y economía política radicado en El Cairo. Colabora habitualmente con Global Research.

Imagen destacada: BMW 4 Cilindros, Múnich, Alemania (CC BY-SA 3.0)