No hay puestos de policías acostados, ni alcabalas en la psicología de Leopold Bloom, ese personaje que fascina del Ulises de James Joyce y que lanza a la corriente al lector sin darle un chaleco ni avisarle de que el agua ya no es externa. En segundos está mirando la tetera desde fuera y, al parpadeo siguiente, la boca seca no es un dato de la escena, es su propia lengua pegada al paladar.
No hay una expresión entre guiones como «él pensó», aunque a veces hay comillas; no hay la pedante cortesía de la prosa convencional que lo lleva de la mano diciendo: «Cuidado, que ahora vamos a entrar en la mente del personaje».
No hay en el Ulises el estilo indirecto. Joyce lo arroja de cabeza al pozo y ni se molesta en encender la luz.
Los vocablos monstruos
Esa manía de disolver los bordes me hace pensar en Elias Canetti y en aquella máxima feroz sobre la conciencia de las palabras: el momento en que descubres que los vocablos no son instrumentos limpios para describir cosas, sino monstruos vivos que te habitan, que te devoran desde dentro si te despistas.
Para Canetti, responsabilizarse del lenguaje no es ponerse espigado ni escribir para la academia; es comprender que cada término que se nombra se convierte, de inmediato, en el techo o en los barrotes de una propia celda.
También Kakfa
Y si de celdas hablamos, la literatura del siglo XX no hizo otra cosa que ensayar dos formas definitivas de claustrofobia: la saturación joyceana y la asfixia kafkiana.
La arquitectura del encierro
Aquí estamos. Un hombre solo, encerrado en cuatro paredes con el olor a ceniza fría y el crujido idiota del suelo bajo las botas.
Para Joyce, la prisión no necesita cerraduras de hierro porque el cerebro humano es un laberinto en expansión continua. En el Ulises, el encierro es inmanente: el pan viejo sobre la mesa, la olla hirviendo, el deseo frustrado y la mugre de la calle tienen exactamente el mismo estatuto textual que la angustia existencial.
La focalización no tiene etapas ni peajes, es un deslizamiento continuo. El individuo queda atrapado no por falta de espacio, sino por la densidad aplastante de su propia percepción, como Juan Pablo Castell, el pintor que asesino a María Iribarren en El Túnel de Sabato.
Sin salir del cuarto
Kafka, desde la otra esquina del cuadrilátero, entendió el asunto sin salir de su cuarto en Praga. Para él, la verdadera condena no es el tribunal de ancianos con peluca, sino la opacidad implacable de lo externo. Frente a la marejada verbal de Joyce, la prosa de Kafka es quirúrgica, clínica y administrativa. Su encierro no surge del exceso de mundo interior, sino del despojo: el individuo queda acorralado por una ley que no comprende, un expediente que no puede leer o una puerta que solo estaba abierta para él, pero que jamás cruzará.
La lengua como barrotes
Si aplicamos la regla de Canetti, la diferencia técnica entre ambos se vuelve filosófica: el lenguaje en Joyce es materia viva, elástica e hiperrealista. Las palabras encierran al personaje porque lo constituyen. Existir es ir habitando sucesivamente cada término del diccionario del mundo sin que nadie te pida pasaporte.
El lenguaje en Kafka es la trampa formal perfecta. Las palabras son el acta firmada a sus espaldas, la sentencia no pronunciada, la burocracia que transforma a un hombre en un expediente o en un insecto sin cambiar una sola coma del reglamento.
El espacio estrecho
No hace falta que la puerta esté trancada para saber que el lector no va a salir jamás de esta habitación.
Si estiro la mano y toco la madera dura del escritorio, no sé dónde termina el mueble y dónde empieza el entumecimiento de mis dedos. El problema con las palabras —las mías, las que mastico a solas en la oscuridad— es que se vuelven demasiado pesadas cuando no hay a quién lanzárselas.
Decir «soledad» es una etiqueta limpia para consumo burgués. La realidad es más física: la lengua se vuelve de trapo y el aire pesa como plomo.
Al final, Joyce nos encierra dentro de un sujeto tan vasto que termina por engullir el universo; Kafka nos coloca ante un sujeto tan insignificante que es aplastado por el peso de las cosas. En ambos casos, el veredicto es idéntico: no hay escape fuera del texto.









