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“La sabiduría de la vida consiste en la eliminación de lo no esencial. En reducir los problemas de la filosofía a unos pocos solamente: el goce del hogar, de la vida, de la naturaleza, de la cultura”. Lin Yutang
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José Sant Roz
Qué somos nosotros sino unos “pobres diablos”. Seguimos siendo esclavos. Trump dice que somos feos con bola, toda una basura. Pero aquí todavía hay mulatos, negros y blancos de orilla que aman a ese asqueroso cerdo. Porque el tipo, pues, tiene el pelo amarillo y ojos azules como Hitler, y porque aquí seguimos teniendo millones de seres esclavizados, profundamente acomplejados (quieren mejorar la raza diciendo que aman a los gringos)…
Ayer los susodichos nos cerraron todos los puertos, todos los bancos, todo el comercio, y sin embargo millones de eternos esclavos de europeos y gringos, tuvieron que salir huyendo, despavoridos, por millones, a los cinco continentes, y por allá los emboscaron, los metieron en cárceles, los expulsaron o torturaron… Pero así y todo no dejan de celebrar esa mierda llamada “DÍA DE LA RAZA”.
Eso sí, Cristóbal Colón conocía al dedillo las debilidades de los reyes, de los poderosos. Alguien que sabía cómo convencer a gente ávida de riqueza y de extensas posesiones, y todo ello porque conocía las ignorancias y supersticiones que predominaban en la Iglesia católica. Doctos a los que se les presentaba una muy bien armada empresa para rescatar el Santo Sepulcro (argucia de la cual también echó mano Colón) para que fuese seriamente considerada por altos prelados al servicio de los reyes. ¿Acaso no llegó a decir Colón que el Orinoco era uno de los cuatro ríos que fluían del Paraíso Terrenal?
O estaba loco o se hacía el loco.
Llevaba muy bien afianzado en su corazón que entonces había sólo dos cosas capaces de mover la voluntad de los poderosos, para conmover a los reyes: el oro y las proclamas de encendidos y divinos sacrificios por la religión de Jesucristo, con las cuales también se podía obtener riquezas y grandes privilegios.
Fue así como el genovés se presentó ante los reyes como enviado de Dios. Les contó haber leído cuantos libros serios se habían publicado hasta entonces: tratados de cosmografía, historia y filosofía, y muchos otros relacionados sobre la equilibrada y divina conformación del Universo.
En ocasiones, Colón parece un alucinado por la urgencia de embarcarse en una empresa buscadora de oro (que cada noche pedía a sus santos preferidos lo guiaran hacia una mina fabulosa), y existen expresiones suyas que lo hacen aparecer como un ser más bien mediocre, con aspiraciones de contrabandista o de vendedor ambulante en cualquier puerto del Mediterráneo. Decía: “de oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega a que echa las ánimas al Paraíso”. No sé qué clase de cultura y de moral religiosa podía tener un hombre con tales pensamientos.
No puede uno leer su Diario sin imaginarlo como un avaro, como un enfermo mental por el deseo de obtener prerrogativas aristocráticas; parece un desgraciado con suerte que de pronto se ve elevado a las altas consideraciones de una Corte.
Claro, aquellas aparentes locuras del Almirante estaban fuertemente respaldadas por su delirante tenacidad, una recia ambición y su no menos misteriosa personalidad. Con oro podía hacerse fuerte y respetable a la Iglesia que cobijaba medio mundo, y con este oro que Colón esperaba conseguir, podía preparar cien mil soldados de infantería y cien mil de a caballo para recobrar el Santo Sepulcro. Cosas por ese estilo.
En las gestiones que hace Colón ante el Rey Juan II de Portugal pide tres carabelas aprovisionadas con gran cantidad de quincalla barata: “latón, sartas de cuentas, vidrio de varios colores, tijeras, cuchillos, agujas, alfileres, camisas de lienzo, paño de colores, bonetes colorados”. Cosas que no valen nada y que la gente “ignorante” estima mucho. Ya veremos cómo Colón en todo su recorrido por las Indias Occidentales se comporta trastornado por el oro, las perlas preciosas y ese deseo de querer reservar para sí los privilegios de una respetable casa real; la que piensa fundar con sus ricas e inmensas posesiones. Es probable que aquel hombre con pocos medios de vida, viera con envidia a esos traficantes llegados de lejanos países, que en los puertos recibían jugosa paga por la venta de esclavos. Entonces «encontrar» esclavos era otro gran “descubrimiento”.
Desde hacía muchos años el negocio de la esclavitud en Europa era llevado a cabo por árabes, genoveses y portugueses. En particular los portugueses tenían una poderosa empresa en el traslado de esclavos de las costas africanas a diferentes puntos del planeta; este negocio junto con la extracción de oro, el marfil y especies, era de lo más rentable entonces.
En el diario compendiado que recoge Bartolomé de Las Casas, (que no llega a ciento cincuenta páginas) Colón, en su primer viaje, menciona la palabra oro más de ciento treinta veces, en ochenta y siete páginas. Téngase en cuenta que esta palabra la menciona sobre todo cuando está en tierra y se pone en contacto con los indígenas.
Habla Colón insistentemente que va a ponerse en contacto con el Gran Khan (en lengua romance: “’Rey de los Reyes grandes”) al que supone dueño y señor de las Indias. Es impresionante el hecho de que estas tierras quedarán eternamente marcadas con el nombre de Indias Occidentales, aún cuando nada tengan que ver con las del Extremo Oriente. Lo que primaba era el negocio, a estas tierras no se vino en absoluto a estudiarlas científica o humanamente, como tampoco a imponer sanamente la religión católica; cuanto se quería de ellas era riquezas materiales. Es por ello por lo que no vemos profundidad humana, en las quejas del libro de Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina, pues estamos todavía hasta el cuello de la mierda de quienes nos conquistaron, que no va a ser tarea fácil despojarse de ella en siglos.
Ante el Rey de Portugal, como dijimos, conoció Cristóbal Colón su primer gran fracaso. Aquí lo traicionó su extraordinaria ambición, porque pedía para sí dignidades, poder y riquezas exagerados, de un mundo más imaginario que otra cosa. Al parecer, el Almirante tenía importantes informaciones que le aseguraban la existencia de tierras desconocidas al Oeste, y estos datos le daban un aire de misterio, de hombre reservado, adquiriendo ese aspecto entre sombrío, demencial y sagrado.
Durante su estancia en Portugal conoció el estudio de las cartas marinas y trabó amistad con navegantes portugueses que habían llegado a internarse en lugares muy remotos, por el Sur y la costa Oeste del África. Los portugueses entonces tenían los mejores barcos y los mejores navegantes. Sin duda que su hermano lo introdujo en ese ambiente de aventureros con experiencia en recorridos por las costas de Guinea, la desembocadura del Congo, y el famoso Cabo de Las Tormentas, que luego hubo de llamarse Cabo de Buena Esperanza. Si volvióse un obcecado por la idea de que viajando hacia el Poniente habría de encontrar tierras desconocidas, podía ser que estaba en posesión de datos fidedignos trasmitidos por toda clase de veteranos navegantes que llegaban entonces a las costas de Portugal. Allí conoció al físico florentino Paolo Toscanelli, quien supuso que era posible llegar a la India navegando siempre por el Oeste a través del Atlántico, dada la redondez de la tierra.
Luego del fracaso de sus gestiones ante el rey de Portugal, prefirió empaparse de las creencias católicas, y que ante todo debía primero hacer notar su gran fervor cristiano. Con este formalismo presentó sus proyectos a los Reyes Católicos de España.
En las largas y frustrantes gestiones ante doña Isabel y don Fernando, a quienes ofrece inmensos y desconocidos dominios (hablando con esa mirada febril, con esa obsesión de los elegidos, poseídos de una idea fija, y con un absoluto convencimiento de cuanto dice), no deja de sostener que sus planes están bendecidos por Dios, y que él es sólo un instrumento.
La autonomía universitaria no solo enfrenta presiones externas provenientes del gobierno de turno; el control ejercido por organizaciones políticas a través de las estructuras de gobernanza interna de la universidad constituye igualmente una erosión sustantiva de la autonomía. Los estándares internacionales de derechos humanos y la experiencia del derecho comparado demuestran que la autonomía universitaria genuina exige que la universidad resista simultáneamente la interferencia tanto del poder estatal como de la política partidista, preservando la independencia de las decisiones académicas y la lógica autónoma de la producción de conocimiento.
La ubicación del derecho de autonomía en el marco del derecho internacional
La recomendación de la UNESCO (1997) relativa a la condición del personal docente de la enseñanza superior establece el marco normativo fundamental de la autonomía universitaria. Este documento señala explícitamente que las instituciones de educación superior deben gozar del derecho a gestionar sus asuntos internos de manera autónoma sobre la base de las calificaciones académicas, la competencia y la experiencia, y al mismo tiempo subraya que "las instituciones de enseñanza superior no deben utilizar la autonomía como pretexto para limitar los derechos del personal docente". Esta formulación revela la doble dimensión del derecho de autonomía: constituye tanto un mecanismo de defensa frente a la injerencia externa como una restricción normativa sobre la propia conducta de gobernanza de la universidad.
Desde una perspectiva de jerarquía normativa, el fundamento jurídico de la autonomía universitaria se origina en la estructura compuesta del derecho a la educación y la libertad académica. Los Principios sobre la libertad académica y la autonomía universitaria adoptados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2021 confirman además que la autonomía universitaria es el presupuesto institucional indispensable para la supervivencia de la producción de conocimiento y el pensamiento crítico en una sociedad democrática. El aporte central de estos principios radica en redefinir la autonomía, pasando de ser un simple privilegio institucional a ser un arreglo funcional destinado a proteger el interés público: el valor de la autonomía no reside en la universidad misma, sino en que permite a la universidad cumplir fielmente su misión de producción y difusión del conocimiento al servicio de la sociedad.
Modalidades típicas de la intervención gubernamental
En el panorama del derecho comparado, la erosión gubernamental de la autonomía universitaria suele adoptar tres formas progresivas. El instrumento más básico es la asfixia presupuestaria. Mediante la reducción o condicionalidad de las asignaciones, el gobierno puede influir sustancialmente en la agenda de investigación y la orientación docente de la universidad sin intervenir directamente en los planes de estudio o los nombramientos de personal. Estudios empíricos latinoamericanos muestran que este instrumento tuvo una presencia significativa durante los gobiernos de Bolsonaro en Brasil y de Milei en Argentina. Los documentos analíticos de la UNESCO describen este fenómeno como "la correlación inversa entre autonomía y apoyo financiero": la expectativa de expansión de la autonomía suele acompañarse de una reducción de los fondos públicos.
Instrumentos más invasivos implican la manipulación directa de las estructuras de gobernanza. Cuando el gobierno modifica mediante legislación o decreto la composición de los consejos universitarios, interviene en los procedimientos de selección del rector o altera unilateralmente las reglas electorales, la base institucional de la autonomía queda desmantelada.
La forma más extrema se manifiesta en la represión directa de la libertad académica. Las investigaciones de la UNESCO señalan que "una de las primeras acciones que emprenden los regímenes autoritarios es la abolición de la autonomía universitaria", y que su restauración suele acompañar al retorno del Estado de derecho. Esta observación revela una regularidad política repetidamente verificada: la situación de supervivencia de la autonomía universitaria constituye un indicador fiable para medir la naturaleza de un régimen político.
Los mecanismos ocultos de la erosión interna
Sin embargo, el marco analítico que atribuye íntegramente la amenaza a la autonomía a fuerzas externas adolece de un punto ciego significativo. La ciencia política comparada ha señalado desde hace tiempo que la actividad de las organizaciones políticas en el ámbito universitario tiene un doble efecto: pueden funcionar como canales constructivos de expresión de intereses sociales, pero también pueden degenerar en "grupos de presión" que anteponen intereses facciosos a la misión universitaria. Cuando esto último ocurre, la erosión de la autonomía se desplaza del exterior hacia el interior.
El mecanismo de este proceso radica en lo siguiente: tras obtener una voz institucional mediante su participación en los órganos de gobernanza universitaria, las organizaciones políticas pueden utilizar esa posición para impulsar decisiones favorables a su agenda política y no a los objetivos académicos. Estas decisiones pueden tener una apariencia legítima, conformes a las reglas procedimentales, sometidas a deliberación adecuada, pero en su sustancia sustituyen el juicio académico por intereses partidistas. La investigación comparada latinoamericana ha documentado múltiples casos en los que la renovación de las autoridades universitarias, la orientación de la asignación presupuestaria e incluso la modificación de los planes de estudio fueron sistemáticamente distorsionadas por consideraciones de política faccional.
La forma más sutil implica la politización de los criterios de evaluación académica. Cuando los nombramientos, las promociones o la asignación de financiamiento para la investigación comienzan a vincularse con la lealtad política, la libertad académica queda vaciada desde dentro. La recomendación de la UNESCO advierte explícitamente al respecto: el personal docente goza de "la libertad de expresar su opinión sobre las políticas de la enseñanza superior", y "no debe ser sancionado por el solo hecho de ejercer estos derechos". La proposición inversa de esta norma es igualmente válida: cuando los miembros de la comunidad académica sufren consecuencias profesionales por razones de posición política y no por criterios académicos, la libertad académica que la autonomía institucional protege se ha perdido sustancialmente.
La lección normativa de Venezuela
La experiencia venezolana de los últimos años ofrece un caso de valor analítico normativo para comprender la doble erosión de la autonomía. La Ley de Universidades de Venezuela establece formalmente cuatro dimensiones de la autonomía: autonomía organizativa (elaboración de normas internas), autonomía académica (planificación de proyectos de investigación y docencia), autonomía administrativa (elección y nombramiento de autoridades) y autonomía económica-financiera (gestión del propio patrimonio). La jurisprudencia del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela también reconoce que la autonomía universitaria es "una prolongación del derecho a la educación como derecho fundamental", y que su protección constitucional requiere vincularse con una vulneración concreta de derechos para poder ser invocada.
No obstante, existe una brecha significativa entre el texto normativo y la práctica institucional. Los informes regionales del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas señalan que las universidades públicas venezolanas enfrentan "políticas de asfixia financiera" que constituyen "un ataque típico contra la autonomía universitaria en el contexto de un retroceso democrático". Paralelamente, persiste la injerencia gubernamental en los sistemas de admisión y en la elección de autoridades a través de organismos como el Consejo Nacional de Universidades. La significación normativa de este caso radica en que demuestra que el reconocimiento legal de la autonomía no se traduce automáticamente en una garantía sustantiva de la misma: cuando el poder político considera sistemáticamente a la universidad como un campo de competencia ideológica y no como un espacio independiente de producción de conocimiento, la norma formal de autonomía queda reducida a retórica.
La distinción normativa entre libertad académica y autonomía institucional
La comprensión de los fenómenos descritos exige clarificar una confusión teórica. Los documentos de análisis de políticas de la UNESCO señalan explícitamente que "autonomía" y "libertad académica" deben distinguirse rigurosamente. La libertad académica es un derecho del individuo: buscar la verdad en la enseñanza, publicar conclusiones en la investigación sin temor a ser castigado por ofender alguna ortodoxia política o social. La autonomía institucional, en cambio, es un arreglo de nivel organizativo cuya extensión puede variar según el tiempo y las condiciones, y que no debe entenderse como un rechazo total al control externo, sino como "una posición que permite a las instituciones de educación superior y a la sociedad comunicarse y negociar eficazmente".
La importancia crucial de esta distinción radica en que la autonomía institucional no garantiza automáticamente la libertad académica. Una universidad altamente autónoma puede seguir reprimiendo internamente la libertad académica, mediante la concentración del poder administrativo, la politización de la asignación de recursos o la marginación de académicos disidentes. A la inversa, una institución estrictamente controlada por el gobierno puede, hasta cierto punto, garantizar la libertad académica de los académicos individuales. La declaración de la Asociación Internacional de Universidades lo expresa con claridad: la autonomía universitaria es "un arreglo condicional que la sociedad confiere a la universidad", y su legitimidad deriva de que la universidad cumpla fielmente su función social de producción y difusión del conocimiento. Cuando la dinámica política interna de la universidad la desvía de esta función, la autonomía pierde su fundamento moral.
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