Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

22 de octubre de 2026

Siguen los intentos de acabar con el chavismo

 


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De prensabolivariana en octubre 21, 2026

Por Aram Aharonian* | 21/10/2026 | Venezuela

La campaña impulsada principalmente desde España y Estados Unidos es contra el chavismo, pero obvia diferenciarlo del madurismo.

Puede sorprender la campaña que desde los medios hegemónicos y declaraciones de políticos y opinadores se ha desatado contra el chavismo, habida cuenta que la operación estadounidense del 3 de enero, que terminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, golpeó duramente al actual régimen y alteró equilibrios internos. Pero no logró acabar con el chavismo: ¿duro de morir?

La campaña -desatada desde España y Estados Unidos, principalmente- es contra el chavismo, pero obvia diferenciarlo del madurismo. Entre el chavismo y el madurismo existen más contradicciones que coincidencias. Chávez, que se formó en los cuarteles, tuvo, hasta su muerte, el apoyo popular, con un gobierno que trataba de ser revolucionario, a través de las urnas.

Maduro terminó pareciéndose, con su esposa Cilia Flores, a la pareja nicaragüense de Daniel Ortega y Rosario Murillo, tratando de imponer un culto a la pareja presidencial.

No existe el “madurismo” como modelo ideológico, lo que existe es una adaptación táctica por parte de Maduro a una situación sumamente compleja en lo económico-social junto con la dificultad en los primeros años de su presidencia en llenar el vacío de auctoritas que ocasionó la muerte de Chávez.

El “proceso comunal” estuvo atravesado desde el principio (2006) por la contradicción entre entender la organización de base como proceso de autogestión y autonomía, de construcción de tejido social de abajo hacia arriba, y el hecho de que ese proceso terminó siendo impulsado y dirigido desde arriba, desde el Estado. Y esto, a su vez, conectado al sempiterno subconsciente colectivo del “Estado petrolero rico”, dispensador de renta.

Chávez era sólido en su pensamiento político y se preocupaba de buscar una propuesta económica que armonizara con la propuesta política, pero no halló economistas venezolanos con esa capacidad política y la formación adecuada.

Esa violenta agresión armada del 3 de enero no fue un episodio aislado ni una simple escalada táctica del hegemón, sino un mensaje dirigido al conjunto del Sur Global a raíz del cambio profundo en el sistema internacional, en el que ejerce el poder el presidente estadounidense Donald Trump.

No por casualidad, Venezuela se ha convertido en un caso emblemático de esta nueva fase de la confrontación global, por su posición estratégica sobre el mar Caribe, su historia política reciente, -desde advenimiento al poder del presidente Hugo Chávez en 1999- su demostrada capacidad de resistencia frente a presiones externas, pero sobre todo por su tan apetecido potencial energético.

Una de las cosas que obvian los esforzados denostadores, es que las estructuras permanecen y conservan buena parte del poder de las armas. Quizá el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio se convenció que el problema no es sólo derribar un gobierno, sino colocar en su lugar uno capaz de gobernar, sin depender de los que ya eran sindicados de corruptos colaboracionistas, campeones en pusilanimidad.

Con la agresión del 3 de enero, Rubio ordenó, además, dar cuenta de los cubanos que colaboraban con el gobierno venezolano.

Quizá los venezolanos que respaldaron la maniobra de EE.UU. no sopesaron la capacidad de resistencia, en un país donde desde 2014 hay una porción de la población decidida a terminar con el chavismo, siempre y cuando no le alterara su vida cotidiana, como señala Marcelo Crovatto en El Nacional.

Los más interesados en terminar con el chavismo no eran los venezolanos, sino aquellos que querían apoderarse de sus riquezas, como intentaron con la parodia de gobierno paralelo de Juan Guaidó, que dejó la mayor corrupción de la historia, con el apoyo del gobierno de derecha de Colombia y el de Estados Unidos, por supuesto.

La inteligencia estadounidense -tras sus numerosos fracasos, incluidos intentos de asesinato, invasiones, terrorismo- optó por destruir el chavismo desde adentro, sin prisa ni pausa, a sabiendas de que si hubiera impuesto un gobierno de María Corina Machado, buena parte del chavismo, respaldada por el Ejército, se habría levantado en armas. Una guerra civil con EE.UU. apoyando a un bando, no habría durado demasiado, pero la cifra de muertos hubiera sido tan enorme como el costo político.

Chavismo, madurismo

Chávez llegó para revertir el paquete neoliberal. Entre el chavismo y el madurismo existen tantas contradicciones como coincidencias, las que los análisis de la derecha tratan de obviar. Relanzó su proyecto de “tercera vía”, rescatando de la Reforma Constitucional de 2007 lo relacionado con el Poder Popular: “Recordemos la Unión Soviética, lo que el viento se llevó: en la Unión Soviética nunca hubo democracia, no hubo socialismo…”.

Al modelo soviético Chávez contrapuso “…el socialismo venezolano, bolivariano, del siglo XXI… tiene que ser verdaderamente nuevo, y una de las cosas esencialmente nuevas en nuestro modelo es su carácter democrático, una nueva hegemonía democrática…”. Habla de control social y autogestión general. Decía: “El socialismo libera; el socialismo es democracia y la democracia es socialismo en lo político, en lo social, en lo económico”.

El madurismo manejó lo que se propuso la ultraderecha del país: logró posicionar a los venezolanos en un extremo de desinterés en la política del país, factor que favoreció a la derecha, que pudo incursionar en ese momento en la vida política venezolana y manipular a su antojo a los desesperados por el abastecimiento, y hacer del Covid-19 su mejor estrategia para tapar las debilidades en los servicios básicos y la corrupción.

La prensa (de derecha) venezolana habla de una implosión del chavismo: “Ya no se trata únicamente de presión externa, sanciones o aislamiento internacional: el verdadero quiebre se está produciendo desde adentro, en una estructura corroída por desconfianzas, pugnas internas y un proceso de autodesmantelamiento forzado que avanza sin retorno”, recita el diario caraqueño El Nacional.

El colombiano Luis Guillermo Vélez Cabrera, columnista de La Silla Vacía, anunció que “la última de las delirantes utopías latinoamericanas dejó de existir a la 1:01 am del 3 de enero de 2026.”

Estados Unidos apuntó a aniquilar al chavismo -su estrategia no es rescatarlo ni prolongar la agonía- con la muerte súbita política. Lo que más le interesaba no era Maduro sino que las enormes reservas petrolíferas estaban en manos de los venezolanos. Estaban y para apoderarse de ellas había que matar al chavismo. O al menos intentarlo a fondo.

El periodo denominado «chavismo» coincidió con altos precios internacionales del petróleo, lo que permitió una gran distribución de recursos y un amplio margen de gasto público y se caracterizó por una fuerte movilización popular, referendos constantes y un respaldo mayoritario directo en las urnas, y giró en torno al carisma, el liderazgo de masas y la figura central de Hugo Chávez, quien falleció el 5 de marzo 2013.

A partir del 2007 se percibe una tendencia de “erosión electoral” del chavismo, que pudo revertirse en la última elección de Chávez el 7 de octubre 2012 (¡hace 14 años!) gracias a un gran esfuerzo de movilización, y en parte por la onda afectiva por su enfermedad.

Mientras, el madurismo  se desarrolló en paralelo a la caída de la producción petrolera, la crisis económica profunda, la hiperinflación y, posteriormente, la adopción de medidas de flexibilización de mercado y pragmatismo económico, junto a un control político estricto, la pérdida de apoyo mayoritario electoral original y el uso de estructuras de seguridad para perdurar en el poder.

Todo eso es historia. Siempre sirve para entender lo que pasa ahora. Pero la insistencia de denostar a Chávez y al chavismo desde Europa y ahora también desde Colombia, parecen decir que para el actual control estadounidense de Venezuela se ha hecho necesario volver a matar al chavismo, ¿un cadáver insepulto? O a su fantasma.

*Aram Aharonian. Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)◙ 𝕏@PBolivaria / ✉pbolivariana@gmail.com♦

Los «Nobel» de Economía y la realidad latinoamericana

 


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De prensabolivariana en octubre 22, 2026

Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda* / 22/10/2026 •

No existe el «Premio Nobel de Economía». Si bien la Real Academia Sueca de Ciencias es la que elige a los ganadores, el premio oficial se llama “Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel”. El industrial e inventor guiado por su espíritu humanista instituyó, por testamento de 1895, el premio en Física, Química, Medicina, Literatura y Paz, dejando una sustancial herencia para financiarlo. Desconfiaba de los hombres de negocios y consideraba a la economía una ciencia ajena a las otras, sin carácter universal, sin exactitud ni rigor empírico y con orientaciones ideológicas. Por eso, cuando en 1968 el Banco Central de Suecia (Sveriges Riksbank) decidió financiar el premio con una donación perpetua, los primeros en oponerse fueron los descendientes de la familia Nobel. También se pronunciaron en contra numerosos científicos e intelectuales.

En todo caso, el premio comenzó a otorgarse desde 1969, y en 1995 la Fundación Nobel prohibió la creación de cualquier otro premio con este nombre, por lo cual solo la Economía es una excepción que sigue bajo la crítica académica por no ser una ciencia “natural” como las otras, sino sujeta a diversas posibilidades de teorización sobre la realidad. Y eso lo demuestra el mismo listado de los “Nobel”. Además, a la cabeza de los galardonados se ubican los Estados Unidos con 65 premiados; le siguen: Reino Unido 10, Francia 5, Canadá 5, Países Bajos 3, Noruega 3, Israel 3, Suecia 2, India 2, y 1 en Alemania, Italia, Austria, Finlandia, Chipre, Turquía, Santa Lucía y la antigua Unión Soviética. Las universidades con más premios se ubican así: Chicago 34, Harvard 14, MIT 11, Stanford 9, Princeton 8 y otras: California, Berkeley, Columbia, London School of Economics (Gran Bretaña).

La mayor polémica se produjo con el Nobel a Friedrich Hayek (1974) pues Gunnar Myrdal (compartió el premio) pidió públicamente abolir este galardón y el mismo Hayek sostuvo que habría aconsejado no crear el premio. Siguió una larga época de premiación a economistas neoliberales, que provocó innumerables críticas. Para salvar la situación, se optó por algunos economistas con orientación alternativa: Amartya Sen (1998), Joseph Stiglitz (2001), Daniel Kayneman y Vernon Smith (2002), Paul Krugman (2008), Abhijit Banerjee, Esther Duflo y Michael Kremer (2019), Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson (2024) y en 2026 Robert E. Hall y Michael Woodford. Casi todos los premiados en Economía investigaron y tuvieron como referentes centrales a Estados Unidos, Gran Bretaña y los países europeos, es decir, el Mundo Occidental de las grandes potencias como “modelo” de economías libres y democracias ejemplares. El “Tercer Mundo” no ha entrado en la visión ideológica de los “premios Nobel” de Economía sino como excepción, como ocurrió con Amartya Sen. Incluso los otros premiados por su visión alternativa han privilegiado el estudio de ese Mundo Occidental. Los teóricos de la economía de América Latina, como los estructuralistas de la CEPAL, a cuya cabeza puede ubicarse Raúl Prebisch (1901-1986), no aparecen; y tampoco los fundadores de la teoría de la dependencia como Theotônio dos Santos (1936-2018) o Vânia Bambirra (1940-2015) y Maria da Conceição Tavares (1930-2024) cuyos aportes a la comprensión histórica de las economías de la región no tienen los teóricos de los países de capitalismo central.

Los “Chicago Boys” y la asesoría directa de Milton Friedman (Nobel 1976) apuntalaron la dictadura de Augusto Pinochet en Chile (1973-1990), que pasó a ser el referente latinoamericano del neoliberalismo “exitoso”, olvidando que se asentó en los crímenes de lesa humanidad cometidos en el país por la feroz dictadura militar. Con ese “ejemplo” y la crisis de la deuda externa que estalló en 1982, los países latinoamericanos fueron obligados a seguir las consignas neoliberales del FMI y el Consenso de Washington, que significaron para la región al menos dos décadas de consolidación de economías guiadas por los supuestos del mercado libre y la empresa privada, con achicamiento del Estado, privatizaciones y flexibilidad laboral. Ese “modelo” ha ocasionado la profundización generalizada de la pobreza, el desempleo, la informalidad y la concentración permanente de la riqueza en una cúpula social de grupos económicos empresariales, carentes de visión social. Sus repercusiones en la vida política de los países latinoamericanos, con afectación a la institucionalidad, la democracia liberal, el desarrollo y la equidad social, están ampliamente documentadas por una multiplicidad de estudios académicos de carácter internacional. El pendular movimiento entre “marea rosa/roja” y “marea azul” del siglo XXI es un resultado histórico contemporáneo de esas herencias (https://t.ly/coS8M).

Los premios Nobel 2026 no rompen con las tendencias señaladas. Hall y Woodford fueron premiados por sus investigaciones microeconómicas de la estabilización macroeconómica (https://shorturl.ly/lJzlw). Reforzaron los marcos keynesianos demostrando cómo los actores económicos toman previsiones sobre su futuro, posibilitando las acciones de los gobiernos y los bancos centrales. Pueden jugar un papel fundamental las políticas sociales y de inversión de los Estados. En consecuencia, los dos economistas, inclinados a tener una visión progresista, de todos modos concentran sus estudios en las economías desarrolladas, entre las que nuevamente están a la cabeza los Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda. Sus contribuciones no pueden ser consideradas como teorías de carácter universal.

En América Latina y mucho más en los países que en la región ocupan los más bajos lugares en cuanto al nivel de desarrollo, el Estado, las familias o las empresas no cuentan con las mismas condiciones institucionales ni de mercado como para que todo funcione bajo el esquema de las grandes economías mundiales. Sin embargo, las referencias que se tienen permiten observar que los Bancos Centrales de México, Brasil, Colombia, Chile y Perú adoptaron el modelo de “Metas de Inflación” propuesto por Woodford. Pero la enorme población informal no puede planificar su consumo, como sugiere el modelo de Hall, ya que no está “bancarizada” y sus gastos sirven para la supervivencia. En cambio, juegan un papel central las “ayudas” del Estado, combatidas por los neoliberales como “populismo” barato, como son las transferencias directas, subsidios, bonos de pobreza o programas como Bolsa Familia (Brasil) o Acción (Colombia), en países donde no existen sistemas universales de seguridad social, medicina, salud y educación, ya que las élites del poder lo impiden pues solo admiten la privatización de bienes y servicios públicos. En países dolarizados como Ecuador, El Salvador y Panamá no es posible que los Bancos Centrales emitan dinero y regulen flujos monetarios o tasas de interés cumpliendo los supuestos de Hall y Woodford. Ecuador vive un ciclo de ruina institucional debido a las tesis de la libertad económica y son las remesas de los migrantes las que sostienen las capacidades de demanda de sus familias.

En consecuencia, América Latina tiene que generar sus propias interpretaciones y teorías económicas que respondan a sus realidades específicas. Un esfuerzo que parcialmente se lleva desde la década de 1960 y que es contrarrestado por los gobiernos de las derechas políticas empresariales que asumen las teorías extranjeras y neoliberales como si fueran recetas universales, pese a los perversos resultados sociales que han ocasionado en la región.

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*Juan J. Paz-y-Miño Cepeda es un destacado historiador, investigador, profesor universitario y analista ecuatoriano, ampliamente reconocido por sus aportes al estudio de la historia socioeconómica y contemporánea de Ecuador y América Latina. Es Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Santiago de Compostela. Autor de numerosos libros, ensayos y artículos académicos centrados en temáticas como el desarrollo socioeconómico, el análisis político y las relaciones de poder en la región. 🌐 www.historiaypresente.com ♦
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Trump – Zelenski, ¿Divorcio 2.0?

 


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De prensabolivariana en octubre 22, 2026

El matrimonio Trump-Zelenski, como casi todo matrimonio arreglado, nunca se caracterizó por ser un matrimonio feliz. Pese a que ha logrado permanecer unido durante más de un año y medio, ahora pareciera estar haciendo aguas definitivamente. Y si ya es feo cuando las disputas matrimoniales afloran en público, ya sea en una reunión familiar, un paseo por el parque o una cena en el restaurante, imagínense lo feo que luce cuando esta surge frente a cientos de millones de espectadores en todo el mundo.

Esta nueva crisis conyugal tiene su origen en el anuncio de Trump de que EE.UU. empezaría a importar diésel ruso y no impediría que también lo hagan otros, anuncio que obviamente cayó como jarro de diésel frío, perdón, de agua fría en Zelenskilandia. Sin embargo, lejos de ser un disgusto momentáneo y rápidamente superable, la novedad sentó las bases de una escalada que no cesa.

Estabilizar los precios de la energía es un objetivo electoral de Trump, fundamental de cara a sus (escasas) aspiraciones de éxito en las próximas elecciones de medio término

Es decir, las declaraciones de Zelenski de que la decisión de la Casa Blanca era «un regalo» para Vladímir Putin y los comentarios de Trump diciendo que «es momento de que Ucrania tenga un nuevo presidente» no parecen producto de un calentón pasajero, sino de un calentamiento previo de cara a subir el tono todavía más.

Algo que era de esperar después de que el régimen de Kiev ignorara nuevamente una tregua energética con Moscú y atacara otra refinería rusa al día siguiente de que esta se anunciara. A este respecto, hace falta subrayar cómo estabilizar los precios de la energía es un objetivo electoral de Trump, fundamental de cara a sus (escasas) aspiraciones de éxito en las elecciones de medio término del 3 de noviembre.

Una escalada imparable

De modo que la escalada no solo no se detuvo, sino que ha ido a más. Pocos días después, en una entrevista, Zelenski afirmó sentirse textualmente «traicionado» por la Administración de Trump, mientras este retomaba sus viejos señalamientos de que el excómico «no es un buen tipo» y «no quiere llegar a un acuerdo». Y, como en toda crisis matrimonial que se respete, las acusaciones que arrancaron con apenas adjetivos descalificativos pronto derivaron en acusaciones directas.

Por ejemplo, desde Kiev señalaron que los terminales de Starlink, claves para el manejo de los drones y misiles de las fuerzas banderistas-zelenkistas, habían visto limitada su velocidad de conexión y no dudaron en acusar a la Casa Blanca de haber ordenado dicha limitación. Por su parte, SpaceX, la empresa responsable de esos terminales, negó tener nada que ver con dicha reducción y el secretario de Estado de Trump afirmó que desde Washington no se dio ninguna orden en ese sentido. Y, la verdad, está difícil decidir quién dice la verdad cuando la duda es entre dos mentirosos compulsivos como Zelenski y Rubio.

Pero si la de los terminales satelitales fue una acusación grave, todavía más resultó serlo otro señalamiento lanzado desde Kiev: el de que, durante varios días, Washington dejó de compartir inteligencia con ellos y encima no dio alerta de varios ataques rusos con misiles balísticos, como solían hacer antes. Al igual que sucedió con Starlink, Marco Rubio salió a desmentir que aquella interrupción hubiera tenido realmente lugar, dejándonos otra vez con la duda de quién estaría faltando más a la verdad en este caso, si ‘Mentirenski’ o ‘Mentirubio’.

Como en todo proceso de separación, también hubo lugar para las indirectas en público. Como cuando Zelenski, de paso por Bruselas para –oh sorpresa– pedir dinero, se refirió a los gobernantes de la Unión Europea como «los verdaderos líderes», mientras al otro lado del charco –menos indirecto– Trump en respuesta lo calificaba como «completamente incompetente».

Cuando parecía que la ruptura no podía ser más melodramática, el presidente estadounidense bloqueaba un paquete de sanciones antirruso aprobado por el Congreso a instancias del fallecido senador Lindsey Graham, mientras que Zelenski y compañía seguían golpeando objetivos energéticos dentro de Rusia. O, en otras palabras, a falta de gasolina a precios razonables, ambos han seguido echando agua sobre el fuego… de su relación.

Una unión más allá de Trump y Zelenski

Llegados a este punto, alguien podría pensar que la ruptura es inminente e inevitable, pero hay que ser muy cautos. Por una parte, recordemos que no es la primera vez que ambos discuten acaloradamente en público, como en febrero de 2025, cuando probablemente no llegaron a las manos solo porque había cámaras presentes. ¿Y después? Pues mucho bla, bla, bla, pero no cambió gran cosa: EE.UU. siguió vendiendo armas a Kiev –pagadas por la Unión Europea, eso sí– sin las cuales se verían forzados a levantar la bandera blanca en una semana, ayudándolos con información de inteligencia sin la cual el banderismo-zelenskismo se vería obligado a pelear con una venda en los ojos, además de manteniendo el grueso de las sanciones contra Rusia y hasta preparando nuevos paquetes, etc.

Pero más importante aún que esos antecedentes es el hecho de que la unión entre Zelenski y Trump, por muy endeble que luzca en estos momentos, es un matrimonio arreglado y, a su manera, de conveniencia, por lo que en este caso aplican ciertas condiciones especiales.

Cuando Zelenski ganó las elecciones en 2019, su país ya estaba comprometido con quien ocupara la Casa Blanca y cuando Trump volvió a asumir el poder, su país estaba completamente comprometido on la guerra ‘proxy’ del Occidente Colectivo contra Rusia a través de Ucrania. En ese aspecto, su unión es como la de un matrimonio arreglado entre dos familias: la del ultranacionalismo ucraniano, por un lado, y la del complejo militar industrial estadounidense, por el otro. Una unión que no es tan fácil de disolver de la noche a la mañana, por muchos problemas que haya entre los cónyuges.

Mucho menos cuando, además de arreglado, se trata de un matrimonio de conveniencia, donde ambas partes –tanto las familias como la actual ‘pareja de novios’– han mantenido un exitoso negocio corrupto de compraventa de armamento durante más de diez años. En ese sentido, es una situación similar a la de un matrimonio que, además de compartir hogar, comparta la propiedad o dirección de una empresa multimillonaria: por muy mal que se lleven, preferirán mantener un matrimonio ficticio antes que poner en riesgo un negocio real.

De modo que habrá que estar atentos a la evolución de esta crisis matrimonial, pero siempre teniendo en cuenta que, al contrario de lo que pasa en las telenovelas, en geopolítica lo que ocurre tras bastidores es mucho más trascendente, que lo que se muestra en pantalla.

El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de ‘¡Ahí les va!’, escrito y dirigido por Mirko Casale

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.

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*Mirko Casale.Guionista, presentador y director del programa de humor político ‘¡Ahí les va!’, que transmite RT con gran éxito en países de habla hispana desde hace cinco años. Nació en Buenos Aires en 1976, de padre argentino y madre yugoslava. Mirko ha trabajado toda su vida en los medios de comunicación. Su carrera comenzó en Venezuela, donde entre 2006 y 2016 se desempeñó como director creativo del Ministerio de Comunicaciones e Información, y como responsable de nuevos contenidos en el canal estatal ViVe. En esos años creó, dirigió y coordinó numerosos proyectos audiovisuales: videos promocionales, animados y otros, casi todos con un enfoque humorístico ypolítico.
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