Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

26 de febrero de 2026

Tu autem, Domine miserere nobis…

 


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De prensabolivariana en febrero 26, 2026

Pero tú, Señor, ten piedad de nosotros…

Por Luis Casado*

Tú lo pones como quieras, los tiempos que vivimos son acojonantes y fuerzan un desvío hacia los cielos, cuestión de implorarle indulgencias y misericordia al Pulento.

El objetivo convicto y confeso no es sino que el desastre nos pille confesaos, en la gracia de Dios, de los Santos Apóstoles y –aunque uno no es feminista– de la Santísima Virgen.

No lo escribo por temor a Donald, a pesar de que el tipo se las trae, sino en razón de lo que dicen los que saben, los enteraos, los giles que están por dentro, los weones apañaos. Como un tal Yves Bonzon, quítate el sombrero y saluda.

Este ilustre nigromante (Lausana, Suiza, 60 años), entrevistado en la prensa europea, declara que se considera a sí mismo un ‘dinosaurio’ de los mercados”.

¡Apaga! Cuando aparecieron las momias y los momios, Yves llevaba milenios vendiendo colocaciones bursátiles, criptomonedas e inversiones resilientes. Desde el 2015 es director de inversiones del grupo suizo Julius Bär y, anteriormente, ocupó diversos puestos en Pictet y en UBS.

Esto no se inventa: empezó su carrera poco antes del crack de Wall Street de 1987 y ahora asegura haber asistido al final de la etapa neoliberal que empezó en aquellos años ochenta.

Los mercados, argumenta en un discurso a la vez profundo y de gran angular, necesitan otro software para operar en este mundo, porque el que hemos conocido no volverá.” (El País, Madrid, 23 feb 2026).

Se estrenó con un desastre financiero y saltó a la celebridad en medio de otro, el tipo tiene méritos.

Sin pretender ser el depositario de la infalibilidad papal, paréceme Sancho que las pinches escuelas de Economía del campo de flores bordado tendrán que actualizar el corpus de boludeces que enseñan hasta ahora. Verbigracia la cantinela sobre la mejor asignación de recursos.

Yves, desde su inmejorable posición de Juez de silla –chair umpire para quienes asisten al ChileOpen– asegura impertérrito:

El paradigma según el cual el mercado asigna mejor los recursos empezó en los 80 y ha sido enterrado, porque llevó la optimización al máximo. La tendencia es el retorno de lo tangible.

Traga saliva, respira, espera que tu ritmo cardíaco se normalice, digiere el pastel y lee lo que sigue:

El neoliberalismo ha terminado; estamos en la era del capitalismo de Estado” (…) “Sí, sí… Intel estaba en declive hasta que la Casa Blanca concluyó que es un activo de seguridad nacional. Observa su cotización (sube el 75% en un año) desde que Washington decidió invertir. Esto no ocurría en la era del neoliberalismo: el gobierno no debía interferir…”

En fin… nadie te pide creerle a pie juntillas. Los poderosos siempre utilizaron el Estado en bien de sus intereses y propósitos –incluyendo el sistema impositivo, las exenciones tributarias y las confidencias a Jeffrey Epstein– pero otra cosa es decirlo abiertamente, mientras se limpian cuidadosamente el orto con las teorías neoliberales.

Evocando la muy mentada IA, Yves estima que no todo lo que brilla es oro, que hay empresas que tendrán éxito y otras no. (En este tipo de previsiones ¡yo mismo!) Apoyándose en terreno sólido afirma: Según el viejo paradigma de oferta y demanda, no todos terminarán la carrera…

Lo que provoca la pregunta del entrevistador, ¿Ya no vale ese paradigma?tocando de ese modo el sacrosanto altar de la teoría económica, la ley de la oferta y la demanda…

La respuesta vale el desplazamiento:

Ya no estamos en esa era. El neoliberalismo ha terminado y estamos en una era de neomercantilismo o capitalismo patrocinado por el Estado. Es fruto del giro estadounidense hacia la autonomía estratégica. Washington ha virado porque una consecuencia del neoliberalismo es la pérdida de las cadenas de suministro.”

…porque una consecuencia del neoliberalismo es la pérdida de las cadenas de suministro” es otra forma de decir que si el neoliberalismo muestra que los adversarios, los competidores y/o los enemigos son más eficientes… ¡muera el neoliberalismo!

El capitalismo no es dogmático y no pierde el sueño por teorías al pedo destinadas a embaucar a los incautos, a los crédulos y a los ingenuos: lo que realmente importa es la rentabilidad, el lucro, las ganancias, los beneficios, los dividendos.

De ahí que en estos días se practique devergonzadamente el proteccionismo, método hasta hace poco condenado a las gemonías del Capitolio, y que ahora preside la gestión de la economía en virtud de una eminente reflexión filosófica: “No hay que ser weones”.

Lo que le permite al pirao de la Casa Blanca jugar al Monopoly por las mañanas, al mediodia y por las tardes, y cuando padece de insomnio incluso durante las noches.

De modo que ya sabes: cuando escuches el cuento del “liure mercao”, de “la oferta y la demanda”, de la “mejor asignación de recursos” y de la “eficacia competitía”… ¡saca el filorte y méalos!

O en su defecto el cañaño, que para el caso da igual.

POLITIKA

♦♦♦

Luis Casado, nació en Chile. Es ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, lo llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes.

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El debilitamiento de los portaaviones en la era hipersónica

 

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En la era hipersónica, el portaaviones ya no es la fuerza decisiva de la guerra naval como lo fue antes, sino una plataforma con un mayor nivel de riesgo.


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Al final de la Segunda Guerra Mundial, que duró seis años, surgieron dos resultados importantes tras el uso de plataformas de guerra que controlaban los dominios de superficie, subsuelo y aire del mar. Entre 1900 y 1945, los acorazados, que habían sido los mayores indicadores del poder marítimo, fueron reemplazados por portaaviones, mientras que los submarinos, empleados por primera vez de forma destacada en la Primera Guerra Mundial, consolidaron aún más su papel indispensable.

El encuentro del avión y el mar lo cambió todo. Aviones que despegaban de bases aéreas flotantes, hundían barcos con potencia de fuego aérea (bombas, torpedos) y destruían objetivos en tierra firme, convirtiéndose en los principales indicadores de la guerra naval y el poderío nacional. Con el inicio de la era nuclear, cuando tanto los portaaviones como los submarinos se equiparon con propulsión nuclear, el equilibrio de poder se transformó por completo. Uno de los indicadores más importantes de la posesión y el mantenimiento del poder global —y, por ende, de la hegemonía— se convirtió en la posesión de portaaviones y submarinos nucleares.

Sin embargo, hoy en día, todos los equilibrios en el mar están cambiando, excepto bajo la superficie. El portaaviones, instrumento indiscutible de la dominación marítima en el siglo XX, se ha topado con una nueva ola tecnológica que cuestiona su razón de ser a medida que avanzamos hacia el siglo XXI. En particular, la proliferación de armas hipersónicas, misiles balísticos y de crucero guiados con precisión, redes de reconocimiento y vigilancia basadas en inteligencia artificial, y sistemas no tripulados ha sacudido el concepto del "Grupo de Ataque de Portaaviones" y las doctrinas navales centradas en los portaaviones hasta sus cimientos. A pesar de esto, es demasiado pronto para declarar que "el portaaviones está completamente muerto"; sin embargo, ya no es realista argumentar que continúa existiendo con el mismo rol, importancia y relación riesgo-retorno.

La transición de la Armada estadounidense a la doctrina de Operaciones Marítimas Distribuidas (OMD), el rechazo casi ideológico de Rusia al portaaviones y su giro hacia un eje submarino-misilístico, y el establecimiento por parte de China de los sistemas A2/AD (Antiacceso/Denegación de Área) más avanzados del mundo —mientras construía su propia flota de portaaviones para operar dentro de ese paraguas A2/AD— confirman el mismo fenómeno, aunque de diferentes maneras. En resumen, en la era hipersónica, el portaaviones ya no es la fuerza decisiva de la guerra naval como lo fue antaño, sino una plataforma con un mayor nivel de riesgo, un papel limitado y una creciente dependencia de las redes que lo rodean.

Fortalezas y debilidades de los portaaviones

El poder proporcionado por el portaaviones en el siglo XX puede agruparse en dos categorías principales: flexibilidad y disuasión. El uso flexible se refiere a la capacidad de proyectar potencia de fuego del mar a la tierra, del mar al aire, del mar al subsuelo y a través de la superficie marítima mediante las aeronaves tripuladas y no tripuladas que transporta en tiempos de guerra. Con sus aviones de combate, aeronaves de alerta temprana y guerra electrónica, y los elementos de apoyo que transporta, el portaaviones funciona como una base aérea móvil capaz de proyectar potencia aérea a miles de kilómetros de distancia sin depender de bases terrestres extranjeras.

Con sus aeronaves de ala fija y rotatoria, así como sus vehículos aéreos no tripulados, puede proteger al grupo de ataque de portaaviones mediante patrullaje aéreo de combate (CAP); puede desplegar potencia de fuego sobre objetivos terrestres realizando más de 300 salidas diarias; puede lanzar ataques aéreos contra objetivos de superficie en el mar; puede desplegar aeronaves equipadas con torpedos para atacar submarinos; y, lo más importante, puede operar elementos de apoyo que influyen en el desarrollo de la guerra, como sistemas de reconocimiento, vigilancia y guerra electrónica. También es una plataforma de gran utilidad en misiones navales secundarias en tiempos de paz y en períodos de crisis, incluyendo la respuesta a desastres, la evacuación, la gestión de crisis, las operaciones de apoyo a la paz, la aplicación de embargos y la implementación de sanciones.

El segundo elemento de poder reside en su representación simbólica y práctica de la presencia en el mar. Gracias a su capacidad de producir agua dulce de forma continua y a su capacidad de propulsión nuclear, el portaaviones puede operar a lo largo de vías de comunicación marítimas prácticamente ilimitadas, limitadas únicamente por la logística alimentaria. Esta situación permite a una potencia hegemónica demostrar su poder duro de la forma más visible, tanto militar como diplomáticamente. En este sentido, el mensaje político que transmite es una clara señal de la intención y determinación de las grandes potencias y a menudo se considera un factor disuasorio en sí mismo.

Sin embargo, junto a sus fortalezas, el portaaviones presenta debilidades inherentes. Debido a su enorme tamaño, su amplia sección transversal de radar y sus potentes firmas electromagnéticas y acústicas, es relativamente fácil de detectar por satélite, submarinos y aviones de reconocimiento de largo alcance. Si bien el Grupo de Ataque de Portaaviones (GTA) está protegido por buques de escolta (destructores, fragatas y submarinos) y sistemas de defensa aérea estratificados, se demostró teóricamente durante la Guerra Fría, y ocasionalmente en ejercicios, que podría ser atacado como resultado de la saturación de esta línea de defensa ante un ataque con misiles guiados de alta intensidad. Incluso en la era prehipersónica, los ataques con torpedos submarinos y las salvas masivas de misiles de crucero lanzados desde plataformas aéreas y marítimas contra portaaviones se consideraban amenazas graves.

La era hipersónica: la amenaza que cambia las reglas del juego

La introducción de armas hipersónicas ha magnificado drásticamente lo que antes era una vulnerabilidad parcial y limitada. Los misiles hipersónicos y los planeadores que viajan a velocidades superiores a Mach 5 reducen el tiempo de reacción defensiva de un portaaviones, incluyendo sus interceptores aéreos y buques de defensa aérea de escolta, por debajo del umbral crítico. En primer lugar, el factor velocidad reduce el tiempo entre la adquisición del objetivo y el impacto a tan solo minutos. Esto representa un plazo extremadamente limitado tanto para los sistemas de mando y control como para los mecanismos de defensa estratificados.

Otro factor crítico es la maniobrabilidad. A diferencia de los misiles balísticos convencionales, que siguen trayectorias en gran medida predecibles, los vehículos hipersónicos de planeo pueden alterar su curso durante el vuelo. Esto dificulta enormemente tanto la predicción de la trayectoria como la interceptación. El perfil de vuelo es otra característica distintiva. El hecho de que algunas armas hipersónicas puedan acercarse a altitudes relativamente bajas, por debajo del horizonte del radar, reduce aún más el tiempo de detección.

Los sistemas chinos denominados "destructores de portaaviones", como el DF-21D y el DF-26B, plataformas hipersónicas como el DF-17 —capaz de alcanzar velocidades de hasta Mach 10 y un alcance de aproximadamente 2250 a 2400 kilómetros— y los misiles rusos Zircon y Kinzhal son ejemplos concretos de este nuevo entorno de amenazas. El alcance de aproximadamente 965 kilómetros y una velocidad de hasta Mach 9 del Zircon, y el alcance de casi 1600 kilómetros y una velocidad de hasta Mach 10 del Kinzhal, dificultan enormemente la interceptación.

En este contexto, el hecho de que un misil hipersónico de 40 millones de dólares pueda dañar o hundir un portaaviones de 13 000 millones de dólares altera radicalmente la relación coste-beneficio en su contra. Por lo tanto, hoy en día, el portaaviones se enfrenta a una "prueba de supervivencia" en el momento en que entra en el alcance de los sistemas de misiles hipersónicos y de largo alcance del adversario. Esta amenaza no es solo física, sino también psicológica. Ha surgido una forma de disuasión basada en el riesgo, que obliga a los portaaviones a operar a cientos, o incluso miles, de kilómetros de costas hostiles.

Un ejemplo típico de esta asimetría ocurrió en el Mar Rojo. El 28 de abril de 2025, el portaaviones USS Truman perdió un avión de combate F/A-18 Hornet (valorado en aproximadamente 70 millones de dólares) y su vehículo remolcador por la borda durante maniobras evasivas para evitar las amenazas de misiles hutíes. Poco después de este incidente, el presidente Trump retiró el portaaviones del área de operaciones.

En resumen, la naturaleza de la guerra naval ha cambiado. A medida que el alcance de los misiles ha aumentado, estos se han vuelto más decisivos que los barcos. Hoy en día, actores como Ucrania y los hutíes —que no poseen armadas tradicionales— son capaces de hundir barcos. Este desarrollo altera fundamentalmente la naturaleza de la disuasión.

En este contexto, no solo los misiles, sino también los UAV suicidas basados ​​en enjambres representan una grave amenaza para los portaaviones. Por ejemplo, si 1000 UAV suicidas se acercaran a un grupo de ataque de portaaviones compuesto por cuatro destructores de defensa aérea de escolta, las reservas de misiles de defensa aérea y munición de artillería podrían agotarse rápidamente, dejando vulnerable a un portaaviones de 14 000 millones de dólares durante las oleadas posteriores. Cabe recordar que el 17 de octubre de 2025, durante las celebraciones nacionales, China realizó simultáneamente una demostración de UAV en Liuyang con 16 000 drones.

Transformación del papel del portaaviones

La guerra entre Ucrania y Rusia, así como el impacto de las operaciones hutíes en el Mar Rojo, han acelerado la reevaluación doctrinal respecto a futuros enfrentamientos entre grandes potencias. Los efectos asimétricos generados por vehículos aéreos y navales no tripulados armados con inteligencia artificial, combinados con sistemas de misiles hipersónicos, han expuesto a tanques, helicópteros y grandes buques de guerra que operan cerca de las costas a un riesgo considerable, lo que ha provocado cambios doctrinales.

En este contexto, las principales potencias navales se han enfrentado a una encrucijada estratégica con respecto al portaaviones: abandonarlo por completo o transformar su función operativa adaptándolo a nuevas doctrinas. La tendencia predominante, especialmente en Estados Unidos, ha favorecido la transformación.

La doctrina de Operaciones Marítimas Distribuidas (OMD), adoptada por la Armada estadounidense en 2018, se desarrolló en esta dirección. Bajo este concepto, el portaaviones ya no tiene el rol principal en una estructura de fuerza concentrada. En cambio, el objetivo es preservar la capacidad de supervivencia de la Armada estadounidense frente a las capacidades A2/AD (Antiacceso/Denegación de Área) de China, manteniendo al mismo tiempo su poder letal en una configuración dispersa y centrada en la red.

En este marco, el portaaviones ya no se posiciona como una "superplataforma" que proyecta de forma independiente una enorme potencia de fuego. En cambio, funciona como un nodo de mando, control y sensores dentro de una red de flota distribuida. Equipado con comunicaciones avanzadas, capacidades de procesamiento de datos y sistemas de sensores, el portaaviones gestiona una fuerza dispersa compuesta por fragatas, destructores, submarinos y sistemas no tripulados. Sirve como centro para coordinar la adquisición de objetivos, el despliegue de fuerzas, el conocimiento de la situación y las operaciones de ataque de largo alcance.

Los aviones F-35C y las plataformas de alerta temprana E-2D lanzados desde el portaaviones no están necesariamente diseñados para penetrar directamente las capas más letales del paraguas A2/AD del adversario. En cambio, pueden operar en la periferia de las zonas disputadas, detectando objetivos y transmitiendo datos a otras plataformas dentro de la red del grupo de ataque. De esta manera, el portaaviones contribuye al uso eficaz de misiles de crucero de largo alcance y otros sistemas de ataque, a la vez que intenta mantenerse fuera de las zonas de amenaza más peligrosas.

Al mismo tiempo, dentro de los conceptos de ataque preventivo y guerra integrada, se acepta que la mejor defensa para un portaaviones reside en neutralizar los sistemas que lo amenazan antes del lanzamiento. Las operaciones de guerra cibernética y electrónica buscan interrumpir la cadena de mando y control del lanzamiento de misiles del adversario. Los submarinos y aeronaves que operan en conjunto con el grupo de ataque tienen la tarea de atacar baterías de misiles costeros, sistemas de radar y elementos críticos de A2/AD.

A pesar de estas adaptaciones, es un hecho que la amenaza hipersónica no puede eliminarse por completo. Por lo tanto, los planificadores de defensa deben aceptar operar con un nivel de riesgo residual. Las armas de energía dirigida, en particular los sistemas láser de alta potencia, se citan con frecuencia como la solución defensiva más prometedora contra misiles hipersónicos. Sin embargo, aunque la Armada estadounidense ha probado sistemas láser de 33 y 150 kilovatios, las evaluaciones del Pentágono indican que se requeriría aproximadamente un megavatio de potencia láser sostenida para neutralizar de forma fiable un misil hipersónico, capacidades que aún están tecnológicamente distantes.

El caso del USS Gerald R. Ford: La contradicción entre alcance y riesgo en tres mares críticos

El portaaviones estadounidense de última generación y más moderno, el USS Gerald R. Ford, aunque equipado con las tecnologías más avanzadas de lanzamiento, recuperación y radar, no puede mantener su tradicional superioridad en las zonas de crisis geopolítica que podría enfrentar. Los análisis en el contexto del Mediterráneo, el Golfo Pérsico y el Pacífico Occidental revelan un dilema sin resolver entre alcance y capacidad de supervivencia.

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El portaaviones USS Gerald R. Ford (CVN-78) de la Armada de los EE. UU. (Fotografía de la Armada de los EE. UU. del especialista en comunicación de masas de segunda clase Jackson Adkins / Dominio público)

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En el Mediterráneo, las plataformas rusas de superficie y submarinas equipadas con sistemas de armas como Zircon, Kinzhal y Onyx crean un entorno de amenaza significativo. Si Rusia, en el futuro, restableciera su presencia militar en Siria tras los cambios de régimen y redesplegara los sistemas de defensa aérea S-300 y S-400, el nivel de riesgo aumentaría considerablemente.

En el Golfo Pérsico, la geografía misma funciona como una limitación. La estrechez del Golfo y la arquitectura de misiles en capas de Irán, con alcances que van de 300 a 1000 kilómetros, demuestran que un portaaviones tiene opciones extremadamente limitadas para mantener una distancia operativa segura. Entrar en el Golfo conlleva un riesgo considerable, mientras que permanecer completamente fuera de él limita significativamente la eficacia de las operaciones aéreas contra objetivos en las profundidades de Irán.

Si el portaaviones opera desde el Mar Arábigo, el radio de combate de los F/A-18 Super Hornets hace que las misiones de ataque profundo en territorio iraní sean operativamente marginales sin un reabastecimiento aéreo extenso. En tales circunstancias, el portaaviones corre el riesgo de convertirse más en una presencia simbólica que intenta evitar convertirse en un objetivo, en lugar de una plataforma eficaz de proyección de potencia.

En el Pacífico Occidental, la arquitectura multicapa A2/AD construida por China —que incluye los sistemas de misiles DF-21D, DF-26 y DF-17— representa quizás el entorno de negación de portaaviones más denso del mundo. Con el DF-21D, con un alcance superior a 1.600 kilómetros, y el DF-26, con una extensión de aproximadamente 4.000 kilómetros, combinado con los sistemas hipersónicos DF-17, China ha creado un formidable paraguas A2/AD en el Mar de China Meridional y el Mar de China Oriental.

La red ISTAR (Inteligencia, Vigilancia, Adquisición de Objetivos y Reconocimiento) de China, compuesta por satélites, sistemas de radar sobre el horizonte (OTH) y plataformas de vehículos aéreos no tripulados (UAV), facilita la rápida finalización de la cadena de destrucción. Esta arquitectura podría obligar al USS Gerald R. Ford a permanecer en posiciones relativamente menos riesgosas, a aproximadamente 1.600-1.900 kilómetros del estrecho de Taiwán.

Sin embargo, a tales distancias, incluso el radio de combate del F-35C, de aproximadamente 967 kilómetros, es insuficiente para generar salidas sostenidas y efectivas contra objetivos en Taiwán y sus alrededores sin depender de múltiples operaciones de reabastecimiento aéreo. Esto resulta en una cadena operativa extremadamente compleja y frágil.

El problema central en estos tres teatros de operaciones es idéntico: el portaaviones moderno debe encontrar el equilibrio entre operar lo suficientemente cerca como para emplear eficazmente su ala aérea y mantenerse lo suficientemente lejos como para sobrevivir fuera del alcance de los misiles del adversario. Si se acerca, el riesgo aumenta drásticamente; si se mantiene distante, su poder de ataque pierde relevancia. Esta paradoja constituye la contradicción fundamental que la era hipersónica impone al portaaviones.

Enfoques ruso y chino

La mayoría de los estrategas rusos argumentan que el papel del portaaviones en el contexto bélico contemporáneo se ha reducido significativamente. Según evaluaciones militares rusas, las capacidades A2/AD, los sistemas de misiles hipersónicos, los vehículos submarinos no tripulados, los enjambres de UAV y los submarinos representan, en conjunto, graves amenazas para los portaaviones.

No es casualidad que, tras la pérdida del crucero clase Slava Moskva en el Mar Negro en 2022, tras operar cerca de la costa ucraniana, la Armada rusa intensificara su énfasis en las armas hipersónicas y la distribución de capacidades de misiles. Al equipar fragatas y corbetas menores con sistemas de misiles Kalibr, Onyx y Zircon, Rusia ha generado un poder de ataque desproporcionado al tonelaje de estas plataformas.

Las prioridades estratégicas de Rusia (la defensa del Ártico, la seguridad de la Ruta del Mar del Norte y las misiones regionales A2/AD) han orientado su doctrina naval hacia sistemas de misiles costeros, submarinos y poder aéreo terrestre en lugar de portaaviones.

China, en cambio, presenta un caso más complejo. Por un lado, ha construido la arquitectura A2/AD más completa del mundo, diseñada específicamente para contrarrestar las operaciones de portaaviones estadounidenses. Por otro lado, participa en uno de los programas de construcción de portaaviones más ambiciosos de la historia naval moderna, que incluye la puesta en servicio del Fujian y la planificación de unidades de seguimiento.

La distinción clave reside en la doctrina. China no diseña sus portaaviones como instrumentos de proyección de poder con alcance global, similares a los de Estados Unidos. En cambio, los portaaviones chinos se conciben como plataformas de apoyo que operan dentro de la protección de la arquitectura A2/AD de China, principalmente dentro de la Primera Cadena de Islas. Su función es reforzar el control marítimo regional y restringir la libertad de maniobra de la Armada estadounidense.

Los estrategas chinos suelen describir la Primera Cadena de Islas como una "cadena de metal" que limita el destino marítimo de China. Los portaaviones no se consideran las herramientas que romperán esta cadena, sino instrumentos que mejoran la flexibilidad operativa dentro de ella.

Al mismo tiempo, la expansión de los intereses comerciales globales de China exige una presencia naval sostenida más allá de las aguas regionales. A medida que China se posiciona cada vez más como actor económico global, los portaaviones podrían contribuir a la protección de las vías de comunicación marítimas y los intereses comerciales en regiones marítimas distantes.

A pesar de estas diferentes orientaciones doctrinales, tanto Rusia como China han aceptado implícitamente que el portaaviones ha perdido su indiscutible papel central en la era hipersónica y A2/AD. Rusia ha virado decisivamente hacia un eje submarino-misilístico, mientras que China ha integrado su flota de portaaviones en un paraguas defensivo estratificado con funciones limitadas y definidas regionalmente.

La relación entre la propiedad de portaaviones y el poder económico

Hoy en día, los países del G20 —que representan las mayores economías del mundo— junto con la Unión Europea, revelan una relación notable entre la propiedad de portaaviones y la escala económica. En general, las grandes economías tienden a adquirir portaaviones. Sin embargo, no todas las grandes economías poseen dichas plataformas, y existen ciertas excepciones entre las economías más pequeñas.

A pesar de estas variaciones, se observa una correlación positiva y estadísticamente significativa entre el año en que un país puso en servicio su primer portaaviones y su renta nacional en ese momento. Países como Estados Unidos, el Reino Unido y Francia ya se encontraban en la cima de la economía mundial cuando entraron en la era de los portaaviones en la primera mitad del siglo XX.

China puso en servicio su primer portaaviones, el Liaoning, sólo después de que su ingreso nacional hubiera superado los 8 billones de dólares, momento en el que se había convertido en la segunda economía más grande del mundo después de Estados Unidos.

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Portaaviones Liaoning (16) en aguas de Hong Kong (CC BY-SA 2.5)

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Aunque países como India, Brasil y Argentina adquirieron portaaviones ligeros con niveles de ingresos comparativamente más bajos —a menudo plataformas de segunda mano—, muchos de estos buques operaron durante períodos relativamente cortos o fueron retirados del servicio posteriormente. Hoy en día, India continúa operando dos portaaviones, uno de ellos de construcción nacional. Brasil ha operado portaaviones en el pasado, ambos adquiridos de segunda mano, aunque la continuidad operativa ha variado con el tiempo.

Alemania, a pesar de ser una de las mayores economías del mundo, nunca ha buscado la adquisición de portaaviones debido a su posición geográfica, sus estructuras de alianza y su doctrina de defensa, que prioriza las capacidades terrestres y aéreas sobre la proyección de poder marítimo.

En 2023, Turquía inició una nueva etapa con la puesta en servicio del TCG Anadolu, una plataforma de asalto anfibio. Aunque inicialmente se presentó al público como un portaaviones, en parte debido a la política interna, posteriormente se reclasificó como portaaviones aéreos no tripulados (UAV). Cuando comenzó la construcción de este buque, la renta nacional de Turquía rondaba los 0,8-0,9 billones de dólares. Hoy en día, ha alcanzado aproximadamente los 1,5 billones de dólares.

Este nivel económico podría representar el umbral más bajo para el mantenimiento de plataformas limitadas de tipo portaaviones. Si bien el costo aproximado de 1.300 millones de dólares del TCG Anadolu parece manejable a esta escala, se estima que la construcción de un portaaviones convencional más grande, de entre 45.000 y 65.000 toneladas, equipado con EMALS o sistemas de lanzamiento avanzados comparables y operando un ala aérea de 30 a 50 aeronaves, requeriría costos de construcción naval de entre 4.000 y 6.500 millones de dólares. Si se consideran los costos de integración —incluyendo la adquisición de aeronaves, la logística, la infraestructura de mantenimiento y la integración operativa—, el costo total del paquete podría ascender a entre 8.000 y 10.000 millones de dólares.

Semejante carga financiera sería difícil de sostener, sobre todo considerando los programas navales en curso de Turquía, las necesidades de modernización de la defensa aérea, las mejoras de la fuerza terrestre y las vulnerabilidades macroeconómicas. Sin embargo, el principal problema no es meramente financiero, sino operativo.

¿Submarino o portaaviones para Turquía hoy?

Turquía no es una potencia insular-continental que domina dos océanos como Estados Unidos, ni una potencia semicontinental como China, que busca establecer un dominio marítimo regional dentro de una envoltura protectora A2/AD.

El principal espacio de maniobra marítima de Turquía está definido por el Mediterráneo oriental y el mar Egeo, teatros marítimos estrechos y congestionados que se caracterizan por una densa cobertura de radar debido a islas, islotes, afloramientos rocosos y un intenso tráfico comercial.

En estas regiones, Israel, Grecia, la administración grecochipriota y sus principales aliados —Estados Unidos, Reino Unido y Francia— representan riesgos potenciales significativos, tanto en el ámbito marítimo como aéreo. Además, la presencia de instalaciones militares británicas, francesas y estadounidenses en Chipre, así como de activos aéreos y navales que operan desde bases estadounidenses y griegas en la isla de Creta, limitaría gravemente la maniobrabilidad segura de un portaaviones de gran tonelaje en tiempos de guerra.

En tal entorno, el Mediterráneo Oriental y el Egeo estarían dominados por múltiples capas de amenazas de misiles y defensa aérea. Estos mares no ofrecen un vasto espacio de maniobra en alta mar; más bien, presentan envolventes de misiles superpuestas, cadenas de islas, estrechos, aguas estrechas y densas redes de vigilancia.

A menos que Turquía logre una superioridad aérea absoluta y el control marítimo en esos teatros —un objetivo muy difícil en la fase inicial de un conflicto importante—, el despliegue de un gran portaaviones entrañaría un riesgo sustancial.

Por lo tanto, el objetivo principal debería ser restringir la libertad de maniobra del adversario en el Egeo y el Mediterráneo Oriental. El enfoque estratégico de Turquía debería priorizar el establecimiento de sólidas capacidades A2/AD (Antiacceso/Negación de Área), manteniendo al mismo tiempo la capacidad de supervivencia de sus elementos de proyección de poder bajo protección estratégica.

En este contexto, es crucial impedir que las fuerzas de superficie y submarinas adversarias abandonen sus bases y asegurar las líneas logísticas. Igualmente importante es denegar el acceso operativo a las fuerzas navales provenientes del Mediterráneo Occidental y que apoyan a las formaciones aliadas. (Libia, en este contexto, reviste importancia estratégica).

Si fuerzas hostiles ingresan al área marítima de interés estratégico definida por Turquía e intentan restringir su libertad operacional, el objetivo debe ser negar su libertad de acción dentro de esa misma área.

La esencia de la doctrina de la Patria Azul no es simplemente la soberanía permanente sobre las zonas marítimas; también implica el establecimiento de un escudo A2/AD alrededor de Turquía, un entorno en el que los adversarios no pueden maniobrar libremente, no pueden acercarse a voluntad y no pueden retirarse sin consecuencias.

Una arquitectura de este tipo se logra de manera más efectiva mediante submarinos, sistemas de misiles de largo alcance basados ​​en la costa, minas navales inteligentes, sistemas de enjambre no tripulados y una fuerte aviación naval, en lugar de portaaviones.

En esta geografía, el portaaviones se convierte en un instrumento frágil para una demostración de fuerza limitada y cuidadosamente gestionada, inadecuado como instrumento principal en cualquier crisis. En contraste, el submarino constituye un activo estratégico capaz de operar sin ser detectado en todos los mares circundantes, asestando ataques decisivos cuando sea necesario y generando una profunda disuasión psicológica.

Balance costo-impacto

Los 8.000 a 10.000 millones de dólares necesarios para la construcción de un gran portaaviones generarían un poder de disuasión y de combate significativamente mayor si se asignaran de manera más estratégica dentro del marco de modernización naval de Turquía.

Con el mismo presupuesto, se podría ampliar la flota de submarinos de clase Reis o de la futura clase MİLDEN, equipados con sistemas de propulsión independientes del aire. A largo plazo, incluso se podrían iniciar inversiones fundamentales en infraestructura de propulsión nuclear. Se podrían aumentar las reservas de municiones avanzadas, como los torpedos pesados ​​AKYA y los sistemas de misiles de crucero Gezgin y Atmaca. Se podrían fortalecer los futuros programas de misiles de crucero lanzados desde submarinos y posibles armas hipersónicas.

Se podrían desarrollar vehículos submarinos no tripulados autónomos y semiautónomos para la guerra contra minas, la recopilación de inteligencia y las operaciones antisubmarinas.

En términos de disuasión en relación con el coste unitario, los submarinos ofrecen un valor estratégico significativamente mayor que los portaaviones. El portaaviones es visible; su posición puede rastrearse; sus señales electromagnéticas y acústicas son detectables. Genera una potente señal psicológica y política, pero si es atacado, produce un impacto político y militar igualmente poderoso.

El submarino, en cambio, genera incertidumbre. Un submarino cuya ubicación se desconoce genera una carga psicológica persistente en el adversario, una inquietud que un portaaviones visible no puede replicar. Para un país como Turquía, rodeado de campos de misiles superpuestos, la incertidumbre constituye el núcleo de la disuasión.

La necesidad de un barco gemelo para TCG Anadolu

El TCG Anadolu representa una plataforma rentable y multifuncional, adaptada a la escala económica y las realidades geográficas de Turquía. Ofrece flexibilidad operativa para operaciones de asalto anfibio, asistencia humanitaria, misiones de evacuación, respuesta a crisis, operaciones aéreas con vehículos aéreos no tripulados (UAV) y funcionalidad limitada de "portaaviones ligero".

La construcción de un buque gemelo de la misma clase tendría una gran importancia estratégica para garantizar la continuidad operativa, equilibrar los ciclos de mantenimiento y reacondicionamiento, y mantener una disponibilidad sostenida. Además, sería económicamente racional, ya que aprovecharía la experiencia de diseño, la capacidad industrial y la infraestructura logística existentes.

Sin embargo, la construcción de un superportaaviones de 60.000 toneladas equipado con EMALS y diseñado para operar docenas de aviones a reacción no sería racional desde el punto de vista económico, doctrinal ni geográfico para Turquía.

Conclusión

La pregunta fundamental que enfrenta Turquía es la siguiente: en el nuevo entorno estratégico, marcado por las realidades hipersónicas y de A2/AD, ¿la construcción de un portaaviones significativamente más grande y costoso —más allá del TCG Anadolu— realmente beneficiaría la posición geográfica, la capacidad económica y la doctrina naval de Turquía? ¿O sería una solución más racional concentrar recursos en la expansión de submarinos y el fortalecimiento de las capacidades de A2/AD?

La posición del portaaviones en la era hipersónica es ahora inherentemente controvertida. Los portaaviones pueden contribuir a la disuasión, pero no ganan guerras por sí solos.

Por ejemplo, ni siquiera el grupo de ataque del portaaviones USS Abraham Lincoln, que operaba en enero de 2026, sería capaz de establecer una superioridad aérea permanente sobre la vasta geografía, la infraestructura subterránea y la dispersa arquitectura militar de Irán. Además, durante períodos de alta tensión en el Mar Arábigo, el USS Lincoln se vio obligado a operar con cautela, a la sombra del terreno regional y las amenazas de misiles, lo que limitó su libertad operativa debido al riesgo persistente que representan los sistemas de misiles hipersónicos y antibuque.

En este contexto, la era hipersónica no ha dejado obsoleto al portaaviones de la noche a la mañana. Sin embargo, ha puesto fin definitivamente a su era de superioridad indiscutible. Ningún estratega naval serio hoy en día argumentaría que un portaaviones puede operar cerca de costas hostiles sin un riesgo considerable.

El portaaviones sigue siendo un instrumento relevante en conflictos de baja intensidad, misiones humanitarias, señalización diplomática y operaciones de garantía de alianzas. Sin embargo, en entornos saturados de A2/AD —donde la competencia entre grandes potencias es más intensa— ha perdido su antigua centralidad.

Si se evalúan en conjunto la escala económica, el entorno geopolítico y la doctrina naval de Turquía, la construcción de un segundo gran portaaviones no representa una opción sostenible, racional ni estratégicamente coherente.

Turquía debería reforzar su flota de submarinos, su capacidad de misiles de largo alcance, sus destructores de defensa aérea clase TF-2000, su arquitectura A2/AD terrestre y sus sistemas navales no tripulados. La defensa de la Patria Azul no debería basarse en un portaaviones de alta visibilidad, sino en una disuasión estratificada basada en la profundidad, el ocultamiento y la incertidumbre operativa.

Al mismo tiempo, para misiones de presencia en tiempos de paz y actividades de respuesta a crisis, una plataforma de gran tonelaje con capacidad aeronáutica sigue siendo útil. Por lo tanto, como mucho, la construcción de un buque gemelo del TCG Anadolu estaría justificada.

Más allá de ese umbral, implementar un programa de superportaaviones a gran escala introduciría riesgos estratégicos y financieros incompatibles con las realidades de la era hipersónica y el entorno geoestratégico de Turquía.

El verdadero poder naval de Turquía debe residir en sus submarinos, activos que permanecen invisibles, pero cuya presencia siempre debe ser calculada por cualquier adversario potencial.

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Este artículo fue publicado originalmente en Mavi Vatan .

Almirante retirado Cem Gürdeniz, escritor, experto en geopolítica, teórico y creador de la doctrina de la Patria Azul Turca (Mavi Vatan). Se desempeñó como Jefe del Departamento de Estrategia y posteriormente como Jefe de la División de Planes y Políticas del Cuartel General de las Fuerzas Navales Turcas. Entre 2007 y 2009, se desempeñó como comandante del Grupo de Buques Anfibios y de la Flota de Minas. Se jubiló en 2012. En 2021, fundó la Fundación Patria Azul Hamit Naci. Ha publicado numerosos libros sobre geopolítica, estrategia marítima, historia marítima y cultura marítima. También es miembro honorario de ATASAM. 

Es investigador asociado del Centro de Investigación sobre Globalización (CRG).

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