Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

5 de julio de 2026

La criminalidad del capitalismo fósil y la economía del genocidio

 

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De prensabolivariana en julio 5, 2026

Europa arde

Por Michael Leonardi*

 Europa está en llamas. Olas de calor sin precedentes han azotado el continente, elevando las temperaturas por encima de los 40 °C en numerosos países, colapsando infraestructuras, saturando hospitales y cobrándose miles de vidas. Esto no es un desastre natural. Es la consecuencia previsible y lucrativa de décadas de dependencia de los combustibles fósiles y la explotación capitalista.

Según un análisis alarmante de The Economist, la ola de calor de finales de junio podría causar alrededor de 12.000 muertes adicionales en toda Europa. El estudio, que abarca 854 ciudades, muestra que el cambio climático provocado por el ser humano ha hecho que el fenómeno sea mucho más letal de lo que habría sido de otro modo. Solo Francia ya ha reportado más de 1.000 muertes adicionales, y España, Italia y Alemania también sufren un elevado número de víctimas. Los países del norte, a menudo menos preparados para el calor, se enfrentan a temperaturas muy superiores a los 30°C. Los ancianos y los pobres son quienes pagan el precio más alto. La Organización Mundial de la Salud ha confirmado más de 1.300 muertes adicionales relacionadas con el calor desde el 21 de junio.

Los océanos cuentan una historia aún más sombría. En junio de este año las temperaturas globales de la superficie del mar alcanzaron un nuevo record histórico, alcanzando medias de 21ºC, según el Servicio Marino Copernicus de la UE, superando los récords anteriores establecidos en 2023 y 2024. Los científicos advierten que estamos entrando en un territorio desconocido, con olas de calor marinas que se expanden e intensifican. Un fenómeno de El Niño de gran magnitud ha echado más leña al fuego en un planeta que ya arde, pero la causa principal es clara: décadas de emisiones descontroladas de carbono por parte de la industria de los combustibles fósiles.

No es una desgracia. Es un asesinato masivo con fines de lucro

Los gigantes de la industria fósil (ExxonMobil, Shell, BP, Chevron o la italiana ENI) saben desde hace medio siglo que sus productos están calentando el planeta. Mintieron, presionaron, demoraron el proceso y continuaron perforando, practicando el fracking y expandiéndose. Solo en 2025, ENI reportó ganancias netas ajustadas de alrededor de 5.000 millones de euros, mientras que las grandes petroleras europeas, en conjunto, obtuvieron ganancias extraordinarias desorbitadas. Informes de Greenpeace y otras instituciones han denunciado repetidamente que estas empresas siguen priorizando la extracción sobre la supervivencia, mientras tratan de lavar su imagen con inversiones simbólicas en la «transición» energética, que representan una fracción de su gasto en combustibles fósiles.

ENI ha estado profundamente implicada en acuerdos energéticos vinculados a las operaciones de Israel en aguas palestinas ocupadas, suministrando petróleo crudo que alimenta el aparato militar que lleva a cabo lo que muchos expertos legales describen como acciones genocidas en Gaza. El capital derivado de los combustibles fósiles no solo calienta el planeta, sino que alimenta las guerras y ocupaciones que aceleran el colapso ecológico.

La manifestación más obscena de este crimen se produce en la fusión entre guerra y destrucción ecológica. Los ejércitos del mundo, encabezados por los de Estados Unidos y sus aliados, se encuentran entre los mayores emisores institucionales del planeta. Los genocidios actualmente en curso en Gaza y Sudán, así como las guerras en Ucrania, Irán y otros lugares tienen como consecuencia la emisión de decenas de millones de toneladas de CO2 a la atmósfera, fruto de la combustión de motores de aviones, tanques, la explosión de bombas y misiles y las tareas posteriores de reconstrucción. Cada misil, cada dron, cada ciudad reducida a escombros acelera el colapso climático que provoca que estas olas de calor sean cada vez más letales. La guerra no está separada de la crisis climática; es uno de sus más perversos motores.

Los nuevos sacerdotes de la era digital, los centros de datos a hiperescala que impulsan la inteligencia artificial (IA),  están incorporando gran cantidad de calor adicional a un planeta que ya está sobrecalentado. En 2024 estos centros consumieron alrededor de 415 TWh [terawatios-hora] en el ámbito global, lo que significa aproximadamente el 1,5% de la electricidad consumida en el mundo, y se prevé que esta pueda duplicarse para 2030. En Europa la demanda está disparada. Una sola gran instalación de entrenamiento de IA puede consumir tanta energía como 100.000 hogares, y generar un calor que aumente la temperatura de la superficie del suelo a nivel local unos 2ºC, con picos de hasta 9ºC en ciertos lugares. El auge de la inteligencia artificial no es “tecnología limpia”, sino otro consumidor voraz de energía fósil en un sistema que no puede dejar de crecer.

Aún más aterrador es el límite de resistencia del cuerpo humano. Los científicos definen una temperatura de bulbo húmedo de 35 °C como el umbral teórico de supervivencia: el punto en el que, incluso a la sombra y con agua ilimitada, el cuerpo humano ya no puede enfriarse mediante la transpiración. Estudios recientes demuestran que el estrés por calor mortal ya se produce a temperaturas de bulbo húmedo más bajas, especialmente en personas mayores y con enfermedades preexistentes. Durante esta ola de calor gran parte del sur de Europa se acercó o superó umbrales peligrosos, en los que la mortalidad aumenta drásticamente. No solo estamos perdiendo comodidad, sino también las condiciones ambientales básicas necesarias para la supervivencia humana.

Los escépticos siguen machacando con argumentos manidos: “son ciclos naturales”, “los modelos están equivocados”, o “alarmistas como Guy McPherson llevan años prediciendo la catástrofe”. McPherson, el polémico ecólogo que lleva tiempo advirtiendo de la extinción humana a corto plazo, continúa diciendo que estamos siendo testigos de un colapso abrupto e irreversible provocado por ciclos de retroalimentación: la liberación del metano del Ártico, el deshielo del permafrost y el calentamiento acelerado. Si bien su cronología exacta sigue siendo objeto de debate, la ciencia subyacente que cita —el calentamiento descontrolado y los puntos de inflexión— se ve cada vez más validada por observaciones generalizadas. El historial real de los negacionistas es de constante fracaso: cada predicción de “enfriamiento” o “estabilización” ha sido refutada por los implacables registros de temperatura, el deshielo y el aumento del nivel del mar. Su escepticismo no es ciencia, sino una defensa ideológica de un modelo de negocio obsoleto.

A Europa le gusta proclamarse como líder climático, pero lo cierto es que sigue estando peligrosamente poco preparada. La mayoría de sus ciudades carecen de una infraestructura adecuada de refrigeración. Los planes de acción contra el calor son insuficientes. La población vulnerable es abandonada a su suerte mientras los gobiernos priorizan los beneficios empresariales y a los presupuestos militares por encima de la supervivencia humana.

El mensaje de esta ola de calor es brutalmente sencillo: ya no estamos aproximándonos al abismo, estamos en caída libre. Cada nueva fracción de grado significa más cadáveres, más sufrimiento y más daños irreversibles al único hogar que tenemos.

Ya pasó el tiempo de las medias tintas y las promesas ecologistas vacías (greenwashing). Necesitamos un implacable e inmediato desmantelamiento de la economía de los combustibles fósiles y poner fin a las guerras que la alimentan, así como una reorientación radical hacia una auténtica justicia, para las personas y para el planeta.

El calor no está por venir. Está aquí. E incluso si desmanteláramos el sistema criminal que lo impulsa, es probable que empeore hasta hacerse insostenible. Existen estrategias que podrían brindar un alivio temporal si el mundo colabora y coopera para implementarlas. La lucha por la existencia humana ha comenzado. La pregunta es si lucharemos con la urgencia que el momento exige para priorizar nuestra humanidad común y nuestro planeta o si dejaremos que las cosas sigan como hasta ahora.

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Fuente  https://www.counterpunch.org
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El alcalde ‘comunista’ de Nueva York lanza un mensaje a EE.UU. por el 250.º aniversario

 


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De prensabolivariana en julio 5, 2026

Zohran Mamdani destacó los valores del país como nación de inmigrantes, al tiempo que fue crítico con las políticas antimigratorias de la actual Administración.

El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ofreció este sábado un mensaje televisado con motivo del 250.º aniversario de la independencia de Estados Unidos, en donde valoró las distintas percepciones sobre los valores, las libertades y la inmigración en el país norteamericano.

Durante su discurso, destacó que en el «país más rico de la historia, niños se acuestan con hambre, mientras que el primer billonario del mundo ansía ganar más». «Vemos monopolios que dominan todas las industrias y oligarcas que compran elecciones«, prosiguió, antes de criticar la política antiinmigratoria impulsada por la Administración Trump: «Vemos a agentes enmascarados aterrorizando nuestras calles, comiéndose la comida que preparan nuestros vecinos indocumentados, antes de llevárselos en furgonetas sin distintivos». 

En este contexto, evocó las palabras de uno de los padres fundadores del país, Thomas Paine, quien veía en EE.UU. un refugio «para los perseguidos amantes de la libertad cívica y religiosa». Sin embargo, hoy en día, «demasiados de nuestros líderes no creen en una visión de esta nación como un asilo para los perseguidos, sino más bien como una que persigue a quienes buscan asilo», lamentó.

Mamdani recordó que él mismo llegó a Nueva York a los 7 años con sus padres, que vislumbraron «la promesa de América» y decidieron mudarse allí viendo oportunidades para «forjar una nueva vida». En su opinión, este sentimiento, que han experimentado múltiples generaciones de migrantes, «no es una reliquia del pasado», al igual que el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. El alcalde también habló del excepcionalismo estadounidense desde la óptica del migrante, para quienes el país «es excepcional porque allí nada es inmutable», mientras que otros dicen que los estadounidenses son «más ricos, más fuertes y más poderosos que nadie».

El presidente Donald Trump tildó de «comunista» al joven alcalde, de 34 años, en noviembre pasado, pero ambos mantienen contactos desde entonces, a pesar de la retórica antiizquierdista de la actual Administración.

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La invasión que ya no necesita soldados

 

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De prensabolivariana en julio 5, 2026

El Tigre, el León y Donroe…

Colombia no acaba de elegir sólo a un presidente. Acaba de mostrar que la soberanía ya no se pierde en silencio, sino en público.

Hubo un tiempo en que la injerencia extranjera en América Latina era un secreto a voces.

Se sabía, se intuía, se denunciaba… pero debía negarse.

Había golpes de Estado que nunca se reconocían como tales.

Financiamientos externos que se ocultaban bajo fundaciones.

Operaciones de influencia que tardaban décadas en salir a la luz.

Y, sobre todo, había una regla no escrita: la soberanía debía ser fingida; incluso cuando era violada.

Ese tiempo terminó.

Colombia no solo eligió un presidente.

Colombia mostró algo más inquietante: la injerencia dejó de esconderse.

Durante la campaña, Gustavo Petro denunció la intervención abierta de Estados Unidos en el proceso electoral.

Fue tratado como exageración, como cálculo político, como ruido retórico. Se le exigieron pruebas como condición para tomar en serio la acusación.

Pero el problema no era la falta de pruebas.

El problema es que los hechos comenzaron a aparecer a plena luz del día.

Donald Trump no solo expresó simpatía por la candidatura de Abelardo de la Espriella.

Lo hizo explícito, sin matices, sin códigos diplomáticos, celebrando públicamente lo que entendía como una victoria estratégica en la región.

Marco Rubio participó del clima político que rodeó el proceso con declaraciones que vinculaban directamente el resultado con la relación bilateral futura.

Y figuras de la nueva derecha continental -desde José Kast, desde Chile, Javier Milei hasta Daniel Noboa- convirtieron el desenlace en una celebración ideológica compartida.

Lo que antes habría sido considerado injerencia inadmisible, hoy se presenta como alineamiento natural.

Y esa transformación es, a mi entender, el dato político más importante de la elección colombiana.

Porque ya no estamos frente a la vieja hipótesis latinoamericana de intervención encubierta.

Estamos frente a una fase distinta: la intervención sin vergüenza.

La secuencia es clave. Primero, la denuncia es desestimada.

Luego, los mismos hechos son normalizados.

Finalmente, son celebrados.

Y cuando una intervención deja de ser escándalo para convertirse en consigna, algo más profundo ha cambiado que un resultado electoral.

Ha cambiado el sentido común de la soberanía.

Durante gran parte del siglo XX, incluso los sectores más conservadores de la región compartían una intuición básica: la independencia nacional no era negociable.

Se podía discutir el modelo económico, el rol del Estado, el grado de apertura o de conflicto interno.

Pero había un límite simbólico claro: ningún poder externo debía definir el rumbo político de un país.

Era una época hipócrita.

Pero conservaba una virtud.

Todavía existía la conciencia de que intervenir en la soberanía de otro país era algo vergonzoso.

Por eso se ocultaba.

Por eso se mentía.

Por eso se negaba.

Colombia acaba de mostrar que hemos entrado en una etapa distinta.

Mucho más peligrosa.

No porque la intervención extranjera sea nueva.

Sino porque ya esa frontera se está borrando.

Y lo que la reemplaza es una paradoja peligrosa: la idea de que la cercanía con una potencia extranjera no contradice la soberanía, sino que la confirma.

Que obedecer puede ser una forma de libertad.

Que alinearse puede ser una forma de independencia.

Pero la historia latinoamericana no es ambigua en este punto.

Estados Unidos ha intervenido durante más de un siglo en la región: Guatemala, Chile, Panamá, República Dominicana, Nicaragua, Granada.

Cada caso con sus matices, pero con una constante: la voluntad interna subordinada a un interés externo que no se somete a votación local.

Y sin embargo, lo verdaderamente nuevo no es eso.

Lo nuevo es que ya no necesita ocultarse. Antes era una acusación.

Hoy es un argumento electoral.

Antes era un costo.

Hoy es una credencial.

Antes era vergonzoso.

Hoy es funcional.

En ese giro se instala la verdadera ruptura histórica.

Porque cuando la injerencia deja de ser invisible, deja de necesitar justificación. Y cuando deja de necesitar justificación, deja de tener freno.

Colombia es el ejemplo más visible y actual de ese desplazamiento, pero no el único.

En Argentina, la reconfiguración del Estado bajo Javier Milei se presenta como una forma de “liberación” asociada a una alineación económica y política explícita con Estados Unidos.

En El Salvador, el modelo de seguridad de Nayib Bukele ha sido presentado como exportable bajo el mismo eje de validación externa.

En Ecuador, la política de Daniel Noboa se articula crecientemente en clave de seguridad hemisférica con Washington como referencia estructural.

Y en Chile, el fenómeno es menos ruidoso, pero no menos significativo.

La disputa política en torno a José Antonio Kast no se expresa como subordinación explícita, sino como compatibilidad estructural: seguridad, mercado, orden, y una relectura del vínculo con Estados Unidos como garantía de estabilidad interna.

No hay ocupación visible. Hay convergencia silenciosa. Y esa es precisamente la forma más eficiente de influencia en esta etapa.

No hay tanques.

Hay marcos mentales.

No hay imposición.

Hay afinidad inducida.

No hay intervención declarada.

Hay arquitectura de sentido común.

Por eso lo ocurrido en Colombia trasciende a Colombia.

Porque el verdadero fenómeno no es electoral. Es cultural.

No es quién gana. Es qué se vuelve aceptable.

Y en ese terreno aparece la figura, para mí, más inquietante de todas: la “invasión sin invasores”.

Una forma de influencia que no necesita soldados porque ya encontró algo más eficaz: ciudadanos que la justifican, la celebran o la desean.

Ahí se produce la inversión decisiva. La soberanía deja de ser algo que se defiende frente a otro.

Pasa a ser algo que se entrega voluntariamente en nombre de la estabilidad, el orden o la prosperidad.

Y cuando eso ocurre, el conflicto deja de ser geopolítico y se vuelve interno.

No es Washington imponiéndose a América Latina.

Es América Latina discutiendo consigo misma sobre si eso es, o no, un problema.

Y esa discusión es la que define nuestra época.

No sabemos qué ocurrirá con el gobierno colombiano que emerge de este proceso.

No sabemos qué tan lejos llegará este nuevo ciclo regional.

No sabemos si las promesas se cumplirán o se desvanecerán bajo el peso de la realidad.

Pero hay una pregunta que ya no puede eludirse.

¿En qué momento América Latina dejó de considerar problemático que una potencia extranjera participe activamente en la definición de su destino político?

Y una segunda, aún más incómoda:

¿En qué momento comenzó a considerarlo normal?

En democracia se puede, y se debe disentir, pero hay una línea que debe respetarse: el gobierno es temporal, la nación es permanente.

Desear que invadan tu tierra por odiar a un líder político es como incendiar tu casa con tu familia dentro, sólo porque no soportas al padre.

La invasión –militar o mental- es como una aplanadora que no respeta ideologías.

En una colonia no hay ciudadanos; solo súbditos. Y a los súbditos nunca les va mejor, porque aplaudir las cadenas no te hace libre.

Las naciones no pierden soberanía únicamente cuando son derrotadas.

La pierden también cuando dejan de reconocer el momento en que está siendo cedida.

La pierden cuando dejan de distinguir entre cooperación y subordinación.

Entre alianza y dependencia.

Entre libertad y tutela.

Porque el mayor triunfo de cualquier poder extranjero nunca ha sido ocupar territorios.

Ha sido convencer a otros de que la ocupación no existe.

Y cuando eso ocurre, la soberanía no se pierde en una guerra.

Se pierde en una elección.

Se pierde en una conversación.

Se pierde en una generación que deja de verla como un valor. Y entonces la dependencia deja de parecer una amenaza.

Empieza a parecer sentido común.

Y en ese instante -sin tanques, sin golpes, sin rupturas visibles- la política deja de ser una disputa entre proyectos internos.

Y se convierte en una disputa sobre qué tipo de dominación es aceptable.

Por eso Colombia importa.

POLITIKA

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BLOG DEL AUTOR: Mauricio Vargas
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