Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

13 de marzo de 2026

Cancelada la reunión Delcy Rodríguez-Petro en la frontera por «temas de causa mayor»

 


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De prensabolivariana en marzo 13, 2026

El Palacio de Miraflores canceló a última hora la reunión de alto nivel prevista para este viernes en la ciudad de Cúcuta. El encuentro reuniría al mandatario colombiano Gustavo Petro con la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez.

Fuentes de la Presidencia de Colombia dijeron a Caracol Radio que Venezuela tomó la decisión unilateral alegando motivos de seguridad. La orden de suspender el viaje de la mandataria provino directamente desde la sede del Gobierno venezolano.

No obstante, en un comunicado, la Cancillería venezolano alegó que la suspensión se dio a «temas de fuerza mayor«.

Ambas naciones planificaron este acercamiento durante meses para normalizar las relaciones binacionales. Las autoridades ya habían desplegado un fuerte anillo de seguridad y un operativo militar especial en la zona fronteriza.

Hasta el momento, los organismos oficiales no han detallado si existe una amenaza específica o un riesgo general para los mandatarios. La incertidumbre rodea las razones exactas que motivaron esta medida de protección extrema.

A pesar de la relevancia estratégica de este diálogo, las cancillerías aún no definen una nueva fecha para el encuentro. Esta reunión representaba un hito clave para la estabilidad diplomática y comercial en la región.

El evento marcaría el primer contacto presencial entre el Gobierno de Gustavo Petro y la administración interina de Delcy Rodríguez. La mandataria asumió el cargo el pasado 3 de enero tras la captura de Nicolás Maduro.

Donald Trump ordenó la detención de Maduro, ejecutada por fuerzas de Estados Unidos, lo que cambió el panorama político venezolano. Desde entonces, el reconocimiento del interinato de Rodríguez es un punto focal en la agenda de Bogotá.


12 de marzo de 2026

No es Teherán, es Pekín

 


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De prensabolivariana en marzo 12, 2026

Eduardo Luque *

Trump quiere llegar a la reunión con Xi Jinping con una victoria en ciernes bajo el brazo y la demostración de que EEUU mantiene intacta su capacidad de imponer su voluntad militar

La pregunta sigue sin una respuesta clara: ¿por qué EEUU ha decidido atacar a Irán? Ni siquiera dentro de la propia política estadounidense existe una explicación convincente. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, lo expresó con franqueza. Señaló que incluso en EEUU muchos políticos no comprenden cuál es el verdadero objetivo de la operación militar. La incertidumbre no es casual. Las razones ofrecidas por la Casa Blanca han sido múltiples, contradictorias y, en muchos casos, poco creíbles.

Trump ha proporcionado una docena de argumentos distintos para justificar el ataque. Ninguno resiste un análisis riguroso. Irán no posee armas nucleares, ni existen pruebas de que esté fabricándolas. Tampoco dispone de misiles intercontinentales capaces de amenazar directamente a EEUU. Y, pese a la imagen proyectada durante décadas por la propaganda occidental, la República Islámica no ha iniciado guerras de agresión en los cuarenta y siete años de su existencia. Entonces, ¿por qué es atacada?

Una de las explicaciones más plausibles apunta a que se trata de una guerra por delegación promovida por Israel. El objetivo estratégico sería la destrucción del Estado iraní o, al menos, su debilitamiento estructural mediante un proceso de fragmentación territorial. El régimen israelí busca la balcanización de Irán. Para Washington, sin embargo, el conflicto tiene una dimensión más amplia: forma parte de la confrontación estratégica con China.

Trump teme una guerra larga. Por esa razón ha fijado un plazo de apenas cuatro semanas para intentar cerrar el conflicto. Su intención es llegar a la próxima reunión con el presidente chino, Xi Jinping, con una victoria en ciernes bajo el brazo: un gobierno iraní descabezado y la demostración de que EEUU mantiene intacta su capacidad de imponer su voluntad militar. En ese esfuerzo cuenta con el respaldo prácticamente unánime de los grandes medios de comunicación occidentales, encargados de construir un relato ya conocido: la supuesta superioridad absoluta del armamento occidental frente a los países del Sur Global.

En realidad, el conflicto tiene una dimensión más amplia. No es únicamente una guerra contra Irán, ni siquiera solo contra los países agrupados en torno a los BRICS. Es una demostración de fuerza dirigida a todo el Sur Global. Washington intenta también provocar fisuras dentro de ese bloque emergente. Para ello cuenta con las ambigüedades de algunos actores clave, como India. El primer ministro, Narendra Modi, representante de la extrema-derecha nacionalista de su país, visitó Israel apenas 48 horas antes del inicio de la guerra. EEUU espera aprovechar esa relación para fomentar divisiones internas dentro del bloque.

El conflicto plantea además una enorme disyuntiva para los países del Golfo. Estados como Arabia Saudí habían comenzado a estrechar relaciones económicas y estratégicas con China y Rusia, pero una guerra abierta en la región podría obligarlos a redefinir sus equilibrios. Hasta ahora Irán ha evitado atacar de forma sistemática las infraestructuras petroleras de la zona, como refinerías y oleoductos. Esa contención no es casual: Teherán busca evitar que sus vecinos se alineen completamente con Washington.

Sin embargo, el temor es palpable. Países como Omán, Catar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí temen una eventual represalia iraní una vez que se agoten las reservas de misiles y sistemas antiaéreos desplegados por EEUU en la región. Esa inquietud explica las presiones diplomáticas para que Washington busque una salida rápida al conflicto. La retirada parcial de tropas estadounidenses de algunas bases en la zona refleja hasta qué punto ese temor es real.

Las economías del Golfo dependen casi exclusivamente de la exportación de petróleo y gas. Un conflicto prolongado con el cierre del estrecho de Ormuz sería devastador para ellas. Por ese corredor marítimo pasa aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de hidrocarburos. A ello se suma el gigantesco esfuerzo económico invertido en proyectos financieros, turísticos y urbanísticos dirigidos a atraer a las élites globales. Todo ese modelo económico podría colapsar si la región se convierte en un campo de batalla.

El capital es enormemente cobarde. La huida de multimillonarios de estos países es un golpe brutal a las finanzas mundiales. Irán ya ha demostrado que posee capacidad para alterar el equilibrio energético global. Catar ha tenido que cerrar temporalmente parte de sus instalaciones gasísticas, lo que ha interrumpido el suministro de gas hacia Europa. El impacto potencial sobre los mercados energéticos es enorme y lo será aún más si el conflicto perdura unas semanas.

La victoria rápida que esperaba Trump parece cada vez más lejana. Irán ha respondido con una estrategia de mosaico descentralizada que se modifica constantemente, destinada a golpear la economía mundial. La paralización parcial del tráfico por el estrecho de Ormuz –aunque permitiendo algunos pasos selectivos– ya ha comenzado a generar tensiones en los mercados. A esto se suma el cierre del estrecho de Bab el-Mandeb, en la salida del mar Rojo, bajo la influencia del gobierno yemení aliado de Teherán. El resultado es un auténtico cuello de botella para el comercio global.

Las consecuencias económicas empiezan a sentirse en Occidente. El encarecimiento del petróleo y del gas presiona al alza los precios y amenaza con desencadenar nuevas tensiones inflacionarias. La guerra, concebida como una demostración rápida de fuerza, amenaza con convertirse en un factor de desestabilización económica global.

Irán, por su parte, no parece dispuesto a rendirse. A diferencia de lo que esperaban algunos estrategas en Washington, el país persa dispone de población, territorio, aliados y recursos suficientes para sostener una guerra de desgaste. Su objetivo no es necesariamente derrotar militarmente a EEUU, sino aumentar el coste económico y político del conflicto hasta niveles insoportables para Occidente.

Esa estrategia incluye presionar a los países vecinos para que reconsideren su relación con Washington. Durante décadas EEUU ha ofrecido protección militar a las dictaduras del Golfo a cambio de contratos multimillonarios en armamento. La guerra actual pone en cuestión el valor real de esa protección.

Entre los beneficiarios indirectos del conflicto aparece el presidente ruso, Vladímir Putin. Occidente se enfrenta ahora a una nueva guerra para la que no está preparado ni militar ni económicamente. Washington pretende implicar a sus aliados europeos, pero la realidad de sus capacidades militares es muy distinta de la que proyecta la retórica política.

Por ejemplo, semanas atrás se hacían públicos informes del Estado Mayor británico que describen una situación preocupante: el Reino Unido apenas podría movilizar unos diez mil soldados para un escenario de guerra simultáneo en Ucrania y Oriente Medio. Su marina dispone de alrededor de diez buques de guerra plenamente operativos, mientras que, paradójicamente, el número de almirantes supera al de barcos disponibles. Durante la Guerra de las Malvinas desplegó cincuenta y cinco navíos (de los que perdió 19); hoy esa capacidad pertenece al pasado. Su fuerza aérea, además, es apenas una fracción de la que existía durante la Guerra Fría.

Francia tampoco está en mejor situación. En París existe una preocupación constante por el estado operativo de su único portaaviones, el Charles de Gaulle, que ya sufrió problemas técnicos graves durante la intervención militar en Libia. Ha tenido que recurrir a otros países amigos (como España) para configurar la flota de escolta que necesita el portaaviones. Francia por si sola no tiene capacidad marítima para hacerlo.

España ofrece un ejemplo de las contradicciones políticas que atraviesa Europa. El presidente ‘socialista’ Pedro Sánchez mantiene un discurso público de rechazo a la guerra mientras envía a la zona de conflicto la fragata Cristóbal Colón (F-105) y el buque de abastecimiento Cantabria (A-15). Meloni proclama su neutralidad mientras permite que las bases en el sur de Italia sean usadas para bombardear Teherán.

Europa es otra gran perjudicada, afronta un problema energético inmediato. El cierre de las instalaciones gasísticas de Catar aumenta la dependencia del gas ruso en un momento especialmente delicado. Las reservas europeas se encuentran alrededor del 51 % de su capacidad y el invierno aún no ha terminado. El resultado es un mercado con escasez de gas y precios cada vez más elevados. Otro perjudicado evidente es el dictador ucraniano, Volodímir Zelenski. Los recursos militares y financieros destinados ahora a Oriente Medio se restan inevitablemente del frente ucraniano.

En medio de este panorama ha surgido una pregunta inquietante: ¿podría tener alguna relación la publicación de documentos vinculados al caso de Jeffrey Epstein con la escalada militar impulsada por la Casa Blanca? Por ahora no existe una respuesta clara, pero la coincidencia temporal ha alimentado especulaciones con base creíble, aunque no sea el único ni el principal motivo.

Más allá de estas incógnitas, el trasfondo estratégico parece evidente. El intento de destruir o debilitar a Irán forma parte de una estrategia mucho más amplia del complejo militar-industrial estadounidense dirigida contra China. El objetivo sería obtener control indirecto sobre las enormes reservas de petróleo y gas iraníes para utilizarlas como instrumento de presión contra Pekín.

Irán representa aproximadamente el 13,4 % del petróleo que China importa por vía marítima. Controlar ese flujo permitiría a Washington restringir el acceso chino a recursos energéticos fundamentales. El plan inicial consistía en replicar el modelo aplicado en Venezuela: presión económica, aislamiento político y cambio de régimen progresivo. Al fracasar esa estrategia, la opción militar ha ganado peso.

Este enfoque encaja con las tesis defendidas por el estratega estadounidense Elbridge Colby, quien sostiene que la prioridad de la política exterior de EEUU en el siglo XXI debe ser impedir que China alcance la hegemonía en Asia (en realidad debería decir mundial; en Asia ya la alcanzó). La llamada «estrategia de negación» consiste precisamente en limitar el acceso de Pekín a mercados y recursos clave.

Desde esta perspectiva, operaciones como la presión sobre Venezuela, la confrontación con Irán o las maniobras en África apoyando a grupos terroristas (intervención en Nigeria o en el Sahel) forman parte de un mismo esquema geopolítico. La intención sería restringir los suministros energéticos y minerales necesarios para sostener el ascenso chino.

La doctrina estratégica que se perfila busca obligar a Pekín a reorientar su economía hacia el consumo interno y limitar su expansión internacional. Si se logra restringir su acceso a mercados y materias primas, Pekín podría perder su posición como «fábrica del mundo».

En última instancia, la guerra contra Irán pretende enviar un mensaje político: EEUU todavía puede imponer su voluntad en el sistema internacional. El objetivo final sería restaurar un orden unipolar bajo liderazgo estadounidense. Controlar las reservas energéticas del Golfo Pérsico y de Irán permitiría a Washington conservar durante décadas una posición dominante en la economía global.

La guerra actual, por tanto, no se explica únicamente por Oriente Medio. Es una pieza más en la disputa por el poder mundial del siglo XXI. Y, en esa disputa, el verdadero adversario no está en Teherán, sino en Pekín.

Publicado en: La Haine. Org

BLOG DEL AUTOR: Eduardo Luque
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Europa: entre la autonomía estratégica y la subordinación atlántica

 


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De prensabolivariana en marzo 11, 2026

En los últimos días los principales líderes europeos repiten una misma idea como si se tratara de un mantra: Europa debe defender sus intereses. La expresión aparece una y otra vez en discursos institucionales, declaraciones diplomáticas y debates sobre seguridad internacional. Sin embargo, rara vez se explica qué significa exactamente. ¿De qué intereses estamos hablando?

Responder a esa pregunta exige recordar una cuestión fundamental: Europa continúa formando parte del mismo centro de poder internacional que ha dominado el sistema mundial durante siglos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias europeas quedaron integradas en un nuevo orden occidental liderado por Estados Unidos. El Plan Marshall consolidó esa dependencia económica, mientras que la creación de la OTAN, en 1949, estructuró militarmente el bloque atlántico en plena Guerra Fría. El prestigio político alcanzado por la Unión Soviética tras la derrota del nazismo, unido al peso social que conservaban los partidos comunistas en países como Francia o Italia, empujó a las élites europeas a reforzar su alianza estratégica con Washington.

Aquella alianza atlántica no fue únicamente un pacto militar, sino un sistema de poder destinado a preservar un orden internacional basado en la primacía económica, política y militar de Occidente y en la defensa del modo de producción capitalista.

Con la desintegración de la Unión Soviética muchos analistas proclamaron la victoria definitiva del capitalismo occidental. La intervención de la OTAN contra Yugoslavia en 1999 —la primera gran operación militar de la organización tras el final de la Guerra Fría— pareció confirmar la idea de que el mundo entraba en una etapa unipolar bajo liderazgo estadounidense. Sin embargo, la historia no se detuvo.

Aquella alianza atlántica no fue únicamente un pacto militar, sino un sistema de poder destinado a preservar un orden internacional basado en la primacía económica, política y militar de Occidente.

Durante las décadas siguientes comenzaron a emerger nuevas potencias económicas. China aceleró su crecimiento hasta convertirse en la segunda economía mundial y en el principal socio comercial de decenas de países —alrededor de sesenta—, además de situarse entre los tres primeros socios comerciales de más de 150 economías del planeta. Rusia, devastada tras la desintegración de la URSS, inició un lento proceso de reconstrucción estatal. Potencias regionales como India o Brasil ampliaron también su influencia. Poco a poco empezó a configurarse un escenario internacional más complejo y plural. La historia, que algunos habían dado por concluida, demostraba que apenas estaba entrando en una nueva etapa: era el fin del «fin de la historia».

Estos cambios también tuvieron consecuencias en Europa. La creación del euro no fue únicamente un proyecto de integración económica interna. También respondía a una ambición geopolítica: dotar al bloque europeo de una moneda capaz de competir con el dólar y reforzar su capacidad de proyección en el sistema financiero internacional, donde la moneda estadounidense sigue concentrando algo más de la mitad de las reservas globales, alrededor del 57 % del total.

Para Francia, el euro suponía mantener su influencia política dentro del continente y equilibrar el peso de Alemania. Para Alemania —principal potencia industrial europea— significaba consolidar un amplio mercado interior donde su economía exportadora pudiera expandirse sin las limitaciones que imponían las fluctuaciones monetarias entre Estados.

Sin embargo, cuando los intereses estratégicos del sistema occidental han estado en juego, Europa ha actuado de forma bastante coherente con la lógica del bloque atlántico.

Un ejemplo reciente lo encontramos tras el ataque unilateral de Estados Unidos e Israel contra Irán. La reacción inicial de las instituciones europeas fue condenar… a Irán. Aunque dentro de la propia Unión Europea han aparecido matices —el gobierno español, por ejemplo, ha rechazado participar directamente en esa guerra— la respuesta general ha sido mantener la alineación estratégica con Washington.

Algo similar ocurrió cuando Reino Unido anunció haber sufrido un ataque contra una de sus bases militares en Chipre. A pesar de que la autoría del ataque sigue sin confirmarse y de que incluso se ha descartado por ahora la implicación directa de Irán, varios países europeos decidieron enviar medios militares para apoyar a Londres, entre ellos España. El episodio resulta especialmente significativo si se tiene en cuenta que esa base británica ha sido utilizada como plataforma logística para operaciones vinculadas al genocidio de Israel en Gaza.

Cuando Europa habla de defender sus intereses estratégicos, en realidad está hablando de proteger el mismo sistema de rutas comerciales, mercados y recursos que sostiene la primacía global del bloque occidental.

Otro ejemplo de esta supuesta autonomía estratégica europea lo encontramos en el Mar Rojo. Cuando los hutíes de Yemen anunciaron que impedirían el paso a los barcos vinculados con Israel en el estrecho de Bab el-Mandeb como respuesta al genocidio en Gaza, Estados Unidos lanzó una operación militar contra Yemen con el argumento de proteger la navegación internacional. La Unión Europea afirmó entonces que no participaría en la operación estadounidense. Sin embargo, poco después desplegó su propia misión naval en la zona para garantizar exactamente el mismo objetivo.

Mientras tanto, el canciller alemán Friedrich Merz dejaba caer con una franqueza poco habitual en la diplomacia que Israel estaba haciendo «el trabajo sucio» de Occidente.

Ni la operación estadounidense ni la europea han logrado frenar completamente las acciones de los hutíes. Pero el episodio deja clara una cuestión fundamental: cuando Europa habla de defender sus intereses estratégicos, en realidad está hablando de proteger el mismo sistema de rutas comerciales, mercados y recursos que sostiene la primacía global del bloque occidental.

Cuando se habla de los llamados «intereses europeos», en realidad se está hablando en gran medida de los intereses económicos de sus principales potencias y de sus grandes corporaciones.

En América Latina, por ejemplo, las multinacionales españolas ampliaron enormemente su presencia tras las privatizaciones de los años noventa, controlando sectores clave como la energía, las telecomunicaciones o el sistema financiero. Francia, por su parte, ha tratado durante décadas de mantener su influencia en África a través del sistema conocido como Françafrique, que garantizaba el acceso privilegiado a recursos estratégicos como el uranio de Níger, fundamental para su industria nuclear. En el caso de Alemania, su prioridad ha sido mantener su liderazgo económico dentro del propio mercado europeo, algo que quedó especialmente claro durante la crisis financiera de 2008, cuando las políticas de austeridad impuestas al sur de Europa protegieron ante todo al sistema financiero del norte.

Por eso, cuando las élites europeas hablan de defender sus intereses, rara vez están hablando de mejorar la vida de sus pueblos, y mucho menos de impulsar un mundo multipolar más equilibrado. Puede que a algunas capitales europeas no les entusiasme el liderazgo estadounidense, pero lo aceptan porque garantiza algo aún más importante: la continuidad de un orden internacional del que también obtienen ventajas. Y no se trata solo de eso. Si las potencias europeas pudieran sostener ese sistema por sí solas, probablemente lo harían.

Pero Europa no es solo sus élites. También existe el pueblo europeo: el que se moviliza contra el genocidio en Gaza, el que protesta contra la guerra contra Irán, el que denuncia la intervención en Venezuela o el sitio medieval impuesto contra Cuba. Ese pueblo europeo nunca ha tenido los mismos intereses que su oligarquía. Y probablemente esa sea, precisamente, la contradicción política más profunda del continente.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.


*Carmen Parejo Rendón es una periodista, escritora y analista política sevillana, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla. Es reconocida internacionalmente por su labor como directora de la Revista La Comuna y su participación habitual en grandes cadenas como RT, Telesur e HispanTV. Su análisis se especializa en geopolítica, con un enfoque crítico sobre América Latina, Asia Occidental y los procesos de soberanía popular. Como autora, destaca su obra poética Arquitecturas y Mantras, además de su colaboración en medios de pensamiento como El Viejo Topo. A lo largo de su carrera, ha compaginado la información con la gestión cultural y la dramatización teatral juvenil. Su perspectiva se define por la defensa del antiimperialismo y el estudio de la multipolaridad global. Actualmente, es una de las voces más activas en la contrainformación y el análisis social desde España. Su perfil une el rigor académico con un compromiso firme hacia los movimientos sociales transformadores. Se ha consolidado como una referencia para comprender los conflictos internacionales desde una mirada alternativa y rigurosa.

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