Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.

30 de junio de 2017

Prólogo al libro: Historia de la Rebelión Popular de 1814 por Juan Uslar Pietri



La rebelión popular de Venezuela en 1814 no fue un simple acontecimiento local, natural en la lucha, sino el suceso social de más envergadura que registra la Historia de la Emancipación americana. No encontramos un hecho igual en ninguna parte del continente, si exceptuamos al Santo Domingo colonial, que pueda ser comparado con el de Venezuela.
En ningún momento se vio algo semejante en la lucha por la Independencia de las otras repúblicas. Los ilustres libertadores de Argentina, Cuba, Estados Unidos, Uruguay etcétera, no se llegaron a ver en el terrible caso de Bolívar y los suyos. Por todas partes se decidían independencias con dos o tres batallas importantes contra las autoridades españolas. El pueblo o era patriota o indiferente, o luchaba como simple mercenario, sin ideal y sin sentimientos por la causa realista. Pero en Venezuela, y eso es lo interesante del asunto, hubo además de la guerra de Independencia una revolución, estructuralmente hablando, contra los patriotas que hacían la Independencia. Revolución ésta que no tuvo nada que ver con el rey de España ni con el realismo, sino todo lo contrario, tuvo características democráticas y niveladoras.
Por eso el estudio de la rebelión popular se resalta de manera poderosa la labor de Bolívar y de sus lugartenientes. Pues, además de sostener nuestros libertadores una guerra a muerte con España, mantenían una lucha contra los mismos venezolanos, que peleaban por la libertad social. El Libertador ha tenido que ser un hombre extraordinario, superior, para haber podido resistir aquella oleada de sangre, imponérsele y dominarla, haciéndola suya, para luego ir a luchar contra la autoridad despótica del rey de España. Él supo aprovecharla y domarla como un potro cerrero y hasta llevarla por las vías de la Independencia de la patria. Y hay que señalar que esa rebelión fue un movimiento tanto o más sangriento que la Jacquerie y que la misma Revolución Francesa.
Lo que resulta bastante extraño es que hasta ahora, si exceptuamos las formidables lineadas de nuestro gran sociólogo Laureano Vallenilla Lanz, nadie había presentado el fenómeno de la rebelión como un acontecimiento social de primera magnitud. Las pocas veces que se le ha hecho mención en la historia, es para presentar a 1814 como una explosión del realismo frenético de nuestros llaneros, pero sin ahondar jamás en las verdaderas causas.
No me explico cómo ha sido posible interpretar como “realismo” la rebelión, por el solo hecho de decirse realista. El que haya observado un poco al pueblo venezolano, democrático hasta los tuétanos, no puede afirmar que hubiese sido éste capaz de ser partidario del rey y de los privilegios. En América, portavoces de la autoridad del monarca, los que inculcaban el amor al rey, eran los sacerdotes. En aquellas regiones americanas, como Pasto (Colombia), donde el cura tenía un estrecho contacto con sus feligreses se daba la posibilidad del caso que por presión del párroco se lanzaran los habitantes de la comarca a luchar en favor del rey. Pero en Venezuela, si se exceptúan algunas de las principales ciudades, no habrá religiosidad en el verdadero sentido de la palabra. En sitios como los llanos o en los lejanos campos donde era muy difícil que llegara la voz del sacerdote, donde apenas se tenían nociones vagas de lo que era el cristianismo, mal iban a saber lo que significaba el rey. Aquellas insurreccionadas montoneras que iban saqueando y matando blancos, cometiendo sacrilegios en las iglesias, ensangrentando altares, no podían ser jamás realistas, ni representantes del orden y la religión. Lo que sucedía era que aquellos hombres abrazaban las banderas realistas como un pretexto para satisfacer sus odios de clase, para realizar la libertad social que anhelaban. Porque de haber estado los poseedores del lado de los realistas ellos hubiesen sido, sin lugar a dudas, fervorosos patriotas. La rebelión, pues, bajo las banderas del rey, no fue más que un pretexto.
En realidad, si observamos bien la actitud de nuestros promotores de la Independencia, veremos que sentían una intuición muy clara de lo que iba a suceder. Todos temían que se repitiese, en caso de darse libertades, las mismas escenas que azotaron a Santo Domingo a final del siglo XVIII, isla ésta donde los esclavos degollaron a los blancos dueños de las plantaciones. Temían, pues, y lo decían abiertamente, que la igualdad política significaba en cierta manera abrir el dique a las “castas”, y que éstas irían a perseguir, como consecuencia lógica, la igualdad social. Preveían inconscientemente lo que luego sucedió. Pues todavía estaban frescas las hazañas del zambo Chirino, todavía se conocían las heroicas aventuras de Andresote, aún se comentaban con terror con temor las matanzas del negro Miguel. Diariamente se veían esclavos que se escapaban de las plantaciones de sus amos para refugiarse en los bosques y llevar allí una vida de asesinatos camineros. Hasta que un buen día traían al negro cimarrón, y en el patio de la hacienda, amarrado a un botalón, le daban delante de todo el negraje doscientos buenos latigazos que hacían brotar la pulpa roja de la espalda del condenado.
Y solamente gracias a los discursos demagógicos de la Sociedad Patriótica, tal como lo veremos en estas páginas, es que se provoca una declaración de absoluta independencia. Pues si bien estaba en los corazones de todos aquellos congresantes, que en realidad la querían, a la vez temían que para sus intereses fuera más perjudicial que una moderada separación de España. Y luego, por sus decisiones, aquellos hombres iban a ser víctimas de un “terror” mucho más sangriento y espantoso que el del 93. Pues si bien en Francia la revolución fue exclusivamente en París, en Venezuela fue todas partes, principalmente en el campo. La nuestra fue mucho más popular entre las masas que la francesa. Más agraria que citadina. Boves, Rosete, Antoñanzas, Diegote, Morales y el zambo Machado penetraron mucho más dentro de la psicología de su ambiente que Robespierre, que el carnicero Legendre, que Marat, que Saint-Just, que Maillard-Baboeuf y tantos otros. Fueron estructuralmente más revolucionarios y mucho más emprendedores que los apóstoles del jacobismo. Prueba de esto fue el cariño que las turbas revolucionarias sintieron por ellos a la hora de la desaparición. Cuando murió Boves, sólo hubo un inmenso silencio a su alrededor. Nadie entre sus hombres aplaudió el lanzazo que le sacó las entrañas. En cambio, cuando Robespierre fue guillotinado y su cabeza destilando sangre fue ofrecida al público, el pueblo aplaudió hasta calentarse las manos, y las viejas tejedoras rieron hasta más no poder enseñando sus dientes negros al cielo de París.
Por eso es injusto callar la rebelión del año catorce. No solamente en lo que respecta al interés social que significa tal movimiento, sino porque es necesario destacar que los triunfadores de La Puerta, la Villa de Aragua, San Marcos y Urica fueron tan venezolanos como los de Carabobo, Vigirima, Araure y San Mateo. La rebelión es un hecho venezolano, provocado por condiciones extrañas a nuestra verdadera conciencia nacional, tal como fue el clasicismo colonial. Pero nunca por estar aquellos sangrientos lanceros en contra de la patria que le vio nacer. Los hombres de Bolívar y los de Boves luchaban regando generosamente su sangre por ideales que, aparentemente distintos, convergían en la libertad.
En la elaboración de este trabajo he seguido un orden hasta cierto punto clásico en la narración de los acontecimientos. Pero, como lo notará el lector, he saltado por todos aquellos sucesos que, sin poseer un interés extraordinario para la Historia, no tenían nada que ver con la rebelión popular, propósito de estas páginas. Por eso aquí se encuentran algunos puntos que corrientemente apenas se mencionan, bastante desarrollados, y otros, en cambio, apenas esbozados.
En la composición de los capítulos he buscado más que todo el suceso, el hecho destacado, el lugar o la frase. En la realización de los acontecimientos y en las descripciones he seguido una sistemática moderna que exige el origen y la fuente de cada afirmación que se hace. En la bibliografía, a pesar de no encontrarse casi libros ni documentos de la época que estudiamos por la ausencia prácticamente total de hombres que escribieran memorias o conservasen apuntes, hemos preferido el “yo vi” o el historiador de la época que conoció a los actores y a las víctimas, que el especialista moderno. Al propio tiempo de haber destacado el sentido estructural de los acontecimientos, tanto sociales como económicos, he tratado de remozar, de darle nueva vida, al viejo método de “colorido” ambiental que tan bien le va a la Historia, y, en especial, a la pequeña historia de una época determinada, de un individuo o de un momento, siempre y cuando semejante color no signifique fantasía y sobre todo fantasía que pueda perjudicar la realidad.
Antes de terminar, quiero dedicar estas páginas al pueblo venezolano. A simón Bolívar, el Libertador, símbolo de la libertad y de la unidad de la patria. Y a todos aquellos hombres que, luchando ardientemente contra la dominación española, lograron un día conquistar la Independencia y el bienestar para esta heroica y gloriosa tierra de Venezuela, mi Venezuela.
Juan Uslar Pietri
París, Diciembre de 1953

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