Lo sorprendente no es la fluidez y la
"serenidad" que sustentaron el discurso de Castro (aunque su discurso
tiene algunos "muy bien" intencionados tonos de invocación) al
presentar el nuevo mapa de alianzas o de pactos que parecieran sustentar los
"motores" del gobierno para desarrollar la economía: esa
"tripartita Estado-gobierno-Pueblo y Sector Productivo" -la burguesía
revolucionaria- (sic).
Lo sorprendente no es tampoco que haya escogido
al brillante intelectual, humanista, narrador y economista venezolano Orlando
Araujo (Castro lo llama "profesor") y su obra estelar sobre la
caracterización de la Venezuela violenta de los sesenta y hasta haya citado
textualmente fragmentos del Capítulo 6; no.
Lo sorprendente tampoco es la extrapolación casi
ramplona, insulsa, que en cierto modo la torna cínica frente a las mayorías
empobrecidas y desmoralizadas del país, de los enunciados de Orlando Araujo
reflexionados hace tantas décadas y en el epicentro de un contexto
sociopolítico que Castro no se molestó ni siquiera en aludir, para
diferenciarlo incluso de otros, como el vivido por el primer CAP, el de la
bonanza, el de la Venezuela Saudita, sobre el cual Alfredo Maneiro y Pedro
Duno, dos lúcidos revolucionarios convocaron a las opiniones patrióticas,
nacionalistas y revolucionarias de entonces, delimitadas y diferenciadas cada
una de ella en sus campos verbales e intereses de clase; o Pérez Alfonso,
Uslar, Domingo A. Rangel y otros más.
Lo escandalosamente sorprendente es que Castro
nos haga pasar por bolsas, por pendejos y desmemoriados.
Lo perversamente sorprendente es que mencione a
Chávez como quien nombra a un tío segundo en la sinuosa genealogía de la
revolución bolivariana: un pariente lejano, un "curioso que había leído
mucho y ciertas cosas", como alguna vez, en uno de esos programas que hace
en patios con árboles y gente en plena faena, el mismo Castro lo calificó para
distanciarlo de su condición de pensador y constructor profundo y denso del
modelo que hoy abandona un sector declaradamente socialdemócrata del gobierno
de Maduro, a propósito de no recuerdo cual autor y cual obra que leía Castro en
ese momento y la sacó a relucir en la escena de sus vacas y siembras: sí, él,
Castro (Soteldo, claro), el Comandante Wilmar, o Wilmer, como todavía le dicen;
el letrado, el viajado, el intelectual, el ilustrado de todos los militares que
crecieron al lado del Comandante Chávez; Castro Soteldo, el estudioso y
políglota que, dicho sea de paso, también se distancia de igual modo y a veces
ostentando sus donaires de "hombre de mundo", de su estilacho
"yupi", de hombres y dirigentes como Diosdado
Cabello, como para que nadie lo confunda con el "tufo" gorilista
que históricamente acompaña a ciertos hombres de la Fuerza Armada.
Pues bien: ya está dicho: al menos ya el país
completo, no sólo la burguesía, los chinos, los rusos y los gringos, saben por
dónde es que se va armar el lego del "nuevo comienzo".
El pueblo también lo sabrá, si es que no lo sabe
ya, en el momento preciso.
Palabra que sí!