Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

20 de julio de 2026

19 de julio de 2026

Mercaderes del Miedo y la Amenaza

 


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De prensabolivariana en julio 19, 2026

Neo-macartismo gourmet

Mercaderes del Miedo y la Amenaza: la cumbre imperial que inventa un «terrorismo de izquierdas» para vendernos su guerra cognitiva

En una época en la que la fabricación de miedo y amenazas ha alcanzado niveles de sofisticación industrial, no resulta extraño que proliferen encuentros, congresos y cumbres imperiales donde el verdadero producto no sea la seguridad sino la invención de enemigoscuidadosamente administrada. Bajo el ropaje de preocupaciónestratégica, de la inteligencia preventiva o de la innovación tecnológica aplicada al orden público, se congregan mercaderes de la guerra cognitiva cuya principal mercancía consiste en modelar percepciones, colonizar imaginarios y convertir la incertidumbre en un recurso político extraordinariamente rentable. La lógica es sencilla: primero se inventan una amenaza mediante operaciones discursivas persistentes; después se ofrece el antídoto con el respaldo de consultoras, corporaciones militares, plataformas digitales, laboratorios de vigilancia y voceros especializados en dramatizar escenarios cuya consistencia empírica suele ser inversamente proporcional a la intensidad de su difusión mediática. Allí donde los hechos no alcanzan para justificar la expansión de mecanismos de control, la retórica del peligro cumple la función de suplir las evidencias ausentes.

En ese contexto, la invocación de un inexistente «terrorismo de izquierdas» adquiere el perfil de una categoría elástica cuya utilidad  política reside precisamente en su vaguedad. No se trata de describir un fenómeno verificable mediante criterios consistentes, sino de disponer de una etiqueta capaz de amalgamar protestas sociales, movimientos sindicales, organizaciones comunitarias, experiencias culturales críticas, reclamos estudiantiles o cualquier forma de disenso que cuestione privilegios consolidados. El procedimiento no es novedoso. A lo largo de la historia, los poderes imperiales han recurrido reiteradamente a la creación de enemigos difusos para justificar políticas de excepción, ampliar presupuestos militares, reforzar sistemas de vigilancia y desplazar la atención pública respecto de las causas estructurales de las desigualdades. Cambian los nombres de las amenazas, pero permanece inalterable la arquitectura del relato: una comunidad supuestamente amenazada necesita aceptar restricciones crecientes en nombre de una protección cuya eficacia rara vez se somete al escrutinio democrático.Como Douglas MacArthur. La guerra cognitiva representa un estadio particularmente refinado de esa tradición. 

Política

Ya no basta con controlar territorios, recursos naturales o infraestructuras estratégicas; resulta indispensable disputar la administración de las emociones colectivas, de las memorias compartidas y de los horizontes imaginables. El campo de batalla se desplaza hacia la conciencia social, donde algoritmos, campañas de desinformación, segmentación psicológica, propaganda emocional y producción sistemática de incertidumbre configuran un ecosistema destinado a erosionar la capacidad crítica de las sociedades. El ciudadano deja de ser considerado un sujeto de derechos para convertirse en un objetivo conductual susceptible de ser inducido, polarizado o disciplinado mediante estímulos cuidadosamente diseñados.

En semejante escenario, la seguridad deja de significar protección de la dignidad humana y pasa a designar la preservación de estructuras del capitalismo que encuentran en el miedo y la amenaza un instrumento de gobernabilidad dictatorial extraordinariamente eficaz.Las cumbres promovidas por esta industria del miedo suelen presentarse como espacios neutrales de cooperación internacional, cuando en realidad funcionan como vitrinas comerciales donde convergen intereses económicos, doctrinas geopolíticas y tecnologías de control social. Empresas dedicadas al espionaje digital, fabricantes de sistemas biométricos, desarrolladores de inteligencia artificial aplicada a la vigilancia, consultoras especializadas en gestión de riesgos y operadores  políticos encuentran allí un ámbito privilegiado para ampliar mercados mediante la amplificación permanente de amenazas. Cuanto más difuso sea el enemigo, mayor será la demanda de soluciones tecnológicas; cuanto más abstracto resulte el peligro, más ilimitada parecerá la necesidad de inversión en dispositivos de control. El negocio depende menos de resolver conflictos que de garantizar su reproducción simbólica.

Desde una perspectiva humanista, semejante arquitectura discursiva merece ser examinada con extremo rigor ético. La seguridad auténtica no florece allí donde se multiplican los dispositivos de sospecha, sino donde se fortalecen la justicia social, la igualdad de oportunidades, el acceso universal a la educación, la salud, la cultura y el trabajo digno. Ninguna sociedad alcanza una paz duradera mediante la estigmatización sistemática de quienes reclaman derechos fundamentales. La criminalización indiscriminada del pensamiento crítico constituye una forma de empobrecimiento democrático que deteriora el tejido cívico y debilita la confianza indispensable para la convivencia plural.

Cuando la discrepancia política comienza a ser descrita con el vocabulario de la guerra, el lenguaje deja de servir al entendimiento y pasa a convertirse en un dispositivo de exclusión. Las falacias imperiales encuentran terreno fértil precisamente allí donde el miedo desplaza a la razón. Se pretende hacer creer que la concentración del poder garantiza libertad; que la vigilancia y el espionaje permanente constituyen una expresión de cuidado; que el silenciamiento del disenso fortalece la democracia; que la expansión ilimitada de los aparatos coercitivos equivale a una inversión en paz. Sin embargo, la experiencia histórica enseña reiteradamente que las sociedades más libres no son aquellas donde la obediencia reemplaza al pensamiento, sino aquellas capaces de proteger simultáneamente la seguridad y los derechos, la convivencia y la crítica, el orden jurídico y la dignidad irreductible de cada persona. Ningún proyecto civilizatorio digno de ese nombre puede fundarse sobre la fabricación industrial de enemigos imaginarios ni sobre la explotación comercial de los temores colectivos. 

Política

Frente a los mercaderes de la guerra cognitiva, la respuesta más fecunda no consiste en reproducir la lógica de la confrontación permanente, sino en afirmar una cultura  política sustentada en el pensamiento crítico, el diálogo intercultural, la cooperación solidaria y el respeto irrestricto por los derechos humanos. Organización popular con planes de lucha emancipadores. Defender la verdad frente a la manipulación, la memoria frente al olvido interesado, la justicia frente a la arbitrariedad y la esperanza frente al negocio del miedo constituye una tarea profundamente emancipadora. Allí donde algunos pretenden convertir la conciencia en un mercado y la incertidumbre en una fuente inagotable de ganancias, el humanismo de nuevo género recuerda que ninguna tecnología, ninguna doctrina geopolítica y ninguna estrategia comunicacional puede sustituir la fuerza ética de una ciudadanía capaz de pensar con autonomía, deliberar con responsabilidad y reconocer en la dignidad del otro el fundamento irrenunciable de toda comunidad verdaderamente democrática.

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*Fernando Buen Abad Domínguez es un prestigioso intelectual mexicano, filósofo y escritor mexicano, nacido en 1956. Especialista en Filosofía de la Comunicación y la Imagen, es doctor en Filosofía y director de cine egresado de la Universidad de Nueva York. Su obra destaca por el análisis crítico de la semiótica, la estética y la comunicación para la emancipación de los pueblos. Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y del consejo consultivo de TeleSur. Ha publicado numerosos libros, entre los que destacan Filosofía de la comunicación y La guerra simbólica. Actualmente, ejerce la docencia e investigación en universidades de Argentina y México, promoviendo un pensamiento transformador. Su labor busca combatir la hegemonía mediática mediante el desarrollo de una conciencia crítica en la sociedad. @FBuenAbad

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El CNE absuelto por la CIA: en Venezuela no se manipulan elecciones.

 

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De prensabolivariana en julio 19, 2026

Postrecitos de Huevos Chimbos 

1.- El presidente Trump, tomando como base los informes del Departamento de Estado sobre Venezuela, está más que convencido en confiar en la presidenta Delcy Rodríguez para dirigir y seguir al frente del gobierno revolucionario en Venezuela. ¿Por qué en Delcy?. Porque, además de lo que ha constatado en las conversaciones sostenidas con ella, ha visto a una mujer capaz, valiente, inteligente y con temple y carisma para mantener la tranquilidad en el país. Trump ha alabado en varias ocasiones su liderazgo, y así lo ratifican los informes de la CIA sobre el dominio y liderazgo que ejerce Delcy sobre Venezuela, el cual se ha mantenido en calma y sigue su marcha, gracias a la paciencia, resiliencia y confianza. ¿Por qué no MCM?. Trump le agradece haberle regalado la medalla del inmerecido premio Nobel recibido por ella, pero, a pesar de haberla aupado, no agarra línea. MCM se ha convertido en una política nada creíble, juega con mano zurda y derecha, con dos caras y tras su desmedida decisión de regresar a Venezuela, obligó al Departamento de Estado a tacharla de «oportunista». No ve con buenos ojos que, mientras el país sufre por el doblete sísmico, ella sólo piensa en su interés politiquero,  y eso ha creado una gran desconfianza en Washington, que ya no la pasan y hasta la han echado a un lado. ¿Acaso ese es el precio de haberte  amado, Washington?, pensará MCM.

2.- Mientras, y en franca coherencia con lo que ha sostenido siempre, la presidenta Delcy sigue en su incansable lucha por el bienestar del país, sobre todo, luego de los dos terremotos que azotaron algunos estados, con énfasis en La Guaira. «Tendremos una nueva La Guaira», afirma, y con tal convencimiento asegura tener fe y esperanza para lograrlo. Y añade que, pese a la magnitud de la tragedia, los pilares financieros y la producción petrolera del país se mantienen sólidos y en franca expansión para apalancar ese renacimiento de las regiones afectadas, y también de toda Venezuela. Habla de alianzas estratégicas con el sector privado y gremios nacionales para trabajar en conjunto en la recuperación del país, y agradece la asistencia internacional por su apoyo en este momento difícil para Venezuela. «Aquí hay un gobierno, un país, un Estado y un pueblo que está empeñado en surgir y salir adelante, reconstruirse», dijo la presidenta encargada durante el Consejo Nacional de Economía. Como se ve, hay una mujer, una presidenta que empeña su vida por sacar adelante a Venezuela, para nada antepone sus intereses personales ni practica la politiquería, sólo concentrada en lograr que Venezuela supere estos momentos difíciles y así emprender el vuelo hacia mejores senderos.

3.- Nada favorable luce el escenario para MCM. Y es lógico, pues cada «estrategia» que pone en marcha se le revierte de manera drástica y la expone con todo y planes nada democráticos. Cuando estaba en Venezuela dizque luchando «hasta el final»,  hizo todo lo posible por irse y entonces montó toda una trama de valentía. Luego, con estridencia anunció lo de su inmerecido premio Nobel y ahí empezó su debacle. Pensó que con regalarle a Trump la medalla, iba a seguir teniendo su placé y al Trump; tras la invasión del 3 de enero al país, se adelantó y pidió que la colocara como presidenta encargada. Y cuál fue su sorpresa cuando Trump dejó a Delcy y dijo que no porque MCM no lidera nada y es rechazada en Venezuela. Herida, entonces comenzó un lobby con los demócratas y Trump la llamó a capítulo y no hizo caso. En ese orden de fracasos, luego montó el encuentro de Panamá con una «gentecita» que ni entre ellos se soportan, como Leopoldo López, Antonio Ledezma, Rodrigo Cabezas, Juan Pablo Guanipa, Bruno Pillieri, y otros, y firmaron un «mamotreto» de carta donde se autonombraba como la única para reunirse con el gobierno y dirigir la transición. MCM, en su delirio, creyó que amarraría a Trump con ese pronunciamiento y le salió el tiro por la culata, porque Trump designó a Dinorah Figuera para tal tarea y ella sufrió otro desprecio. Y el golpe de muerte se lo dieron cuando pretendió regresar al país, dizque para abrazar a los heridos y familiares y dirigir los rescates en otra de sus malsanas «estrategias», pues lo único que quería era aprovechar la tragedia para venderse políticamente utilizando a las víctimas. El Departamento de Estado de EEUU declaró, entonces, que era una oportunista política y de nuevo la puso contra la pared. Es decir, le tienen tanta desconfianza a MCM que se desmarcan de cualquier aventura politiquera.

4.- Y Dinorah Figuera le acaba de decir bien claro al país que MCM está fuera de la ruta que ella tiene trazada para lograr  reinstitucionalizar Venezuela. En ese sentido, Figuera iniciará el 1 de agosto las conversaciones con el gobierno que preside Delcy Rodríguez.

Y no sólo Figuera la puso en su sitio, pues Michael Kozak, subsecretario de Estado de Estados Unidos, expresó que no han negado a MCM venir al país, que ella lo puede hacer, pero que todos los esfuerzos binacionales  están centrados en la emergencia humanitaria, producto de los devastadores terremotos ocurridos el 24 de junio. Es decir, ayudar a Venezuela es la prioridad y no MCM. Y así por el estilo, sigue recogiendo tempestades de su muy mala cosecha..

5.- Como jugada a tres bandas de billar, explotó lo que parecía la eterna mentira sobre el sistema electoral venezolano. Fue Donald Trump quien lanzó  la primera piedra al denunciar que Maduro y su gobierno manipularon las elecciones, todo con la única intención de perpetuarse en el poder. «Venezuela lo sabe desde hace años que Maduro no ganó una eleccion. Ahora el mundo tiene la prueba, montó un complot cibernético para cometer los mayores fraudes electorales. Un régimen criminal narco-comunista aliado de Irán, China y Rusia», decía a los cuatro vientos el inquilino de la Casa Blanca. Esa era la bomba que había prometido. Pero tal mentira le estalló en la cara a Trump cuando la CIA, en documentos desclasificados, aseguró no tener evidencias de que se hubiera manipulado el sistema electoral venezolano y que tampoco Venezuela ni su gobierno  pudieron influir en procesos electorales en otros países. Y la carambola trituró la gran mentira fabricada por MCM, Edmundo Gonzalez Urrutia y toda su camada de odio, de que el CNE cometió fraude en el 2024 y que Gonzalez Urrutia era el presidente electo. Como se ve, toda una farsa fabricada de manera criminal para victimizarse ante el mundo siguiendo un guión desde el exterior para, de manera fraudulenta, causar caos, deslegitimar el proceso y hacerse del poder. Es así cómo actúa MCM y esa oposición llena de odio y mentira. Y que conste, no lo dijo Diosdado, ni Delcy ni nadie del gobierno, lo dijo la CIA que, como decía el Chavo, «sin querer queriendo», desenmascaró la farsa urdida por MCM. Lo más triste de todo es que la CIA lo sabía y también el Departamento  de Estado, y se prestaron a la farsa montada, y que MCM ejecutó a la perfección cuan vendida a los intereses del norte.

6.- Pero, una pregunta salta a la vista. Si según la CIA, el sistema electoral venezolano no es fraudulento y no manipuló procesos electorales, entonces este tema debe ser sacado de la agenda que tiene Dinorah Figuera y que se discutirá a partir del 1 de agosto, como parte de la ruta para reinstitucionalizar al país. La pelota caliente la tiene ahora Dinorah Figuera.

7.- Salieron los cadáveres a defender y a tratar de revivir a alguien que fenece. Sí, como lo leen, a MCM le salió defensor, Henry Ramos Allup, el adeco que se niega a asumir la ética en la política. Ramos Allup asegura que Trump no quiere a MCM y lo dice como una manera de victimizar a quien ha sido   un factor de desequilibrio  en Venezuela y ha estructurado planes de ataque contra Trump, según lo ha afirmado el periodista español Javier Negre. Hay un dicho bien claro Ramos Allup: «Verdugo no pide clemencia».

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*Gian Carlo Di Martino es un abogado, politólogo y político venezolano con una extensa trayectoria en la administración pública y la diplomacia. Se dio a conocer ampliamente durante su gestión como Alcalde de Maracaibo (2000-2008), periodo en el que lideró importantes transformaciones urbanas y sociales en la capital zuliana. Su formación académica y su experiencia en el gobierno local le han permitido consolidarse como un agudo analista de la dinámica política interna de Venezuela y de las tensiones territoriales en la frontera. En los últimos años, Di Martino ha desempeñado un papel clave en el servicio exterior, destacándose como Cónsul de Venezuela en Milán, Italia. Desde esta posición, y a través de sus frecuentes columnas de opinión y análisis, ha mantenido una presencia activa en el debate público, defendiendo la soberanía nacional y denunciando las sanciones internacionales. Su análisis se caracteriza por una defensa firme del proceso bolivariano, combinando la perspectiva diplomática con un conocimiento profundo de la realidad del occidente venezolano, especialmente en temas de seguridad y lucha contra el paramilitarismo.  giancarlodimartino2017@gmail.com / @gcdimartino

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UNA LECTURA CRITICA DEL DOCUMENTO DE LA CENTRAL BOLIVARIANA SOCIALISTA DE TRABAJADORAS Y TRABAJADORES DE LA CIUDAD, EL CAMPO Y LA PESCA DE VENEZUELA

1. Una rectificación en beneficio de los trabajadores

Todo manifiesto sindical es, en primera instancia, un producto ideológico. Pero la ideología no flota en el vacío: expresa, bajo formas elaboradas, las contradicciones que ocurren en el nivel de la producción y la reproducción de la vida material. Este documento de la CBST-CCP corresponde a una organización que se autodesigna como de clase, pero su estructura discursiva revela una operación de sustitución: los conflictos geopolíticos y militares ocupan el lugar que, en un análisis estricto de clases, debería corresponder a las relaciones de producción internas. La guerra, el bloqueo y los desastres naturales son presentados como las determinaciones principales de la situación nacional, mientras que las relaciones capital-trabajo en el ámbito de la industria, el agro y los servicios aparecen diluidas en un llamado genérico a la "unidad". Esto no es anecdótico: indica que la organización concibe el espacio de la lucha política como externo al taller, la fábrica o el campo.

Estructuralmente, esta operación tiene un efecto claro: desvía el foco de la contradicción antagónica entre trabajadores y propietarios de los medios de producción hacia una contradicción interestatal y geopolítica. No se trata de afirmar que esa contradicción externa sea falsa; el asedio financiero y las medidas coercitivas son hechos objetivos que afectan la reproducción económica. Pero la preeminencia que se les otorga en el texto convierte lo geopolítico en el eje organizador de toda la estrategia, dejando en un segundo plano las leyes inmanentes del modo de producción venezolano, que sigue siendo capitalista y dependiente. Un manifiesto que no interpela directamente al capital, sino al imperio como sujeto principal del conflicto, está realizando una elección teórica con consecuencias prácticas: la lucha de clases se subordina a la lucha antiimperialista, y la autonomía obrera se pliega a la defensa del Estado nacional.

    2. La categoría de "clase obrera" y su determinación histórica concreta

Desde el punto de vista estructural, la clase obrera no es un sujeto ideal, sino una posición dentro de la división social del trabajo. En Venezuela, esa posición ha sufrido transformaciones profundas en las últimas dos décadas que ningún análisis serio puede ignorar. La economía ha experimentado un proceso de desindustrialización acelerada, una contracción sostenida del empleo formal y una expansión enorme del trabajo por cuenta propia, de la economía popular y de la migración forzada como válvula de presión demográfica. En ese contexto, hablar de "clase obrera" como un bloque homogéneo, con intereses unívocos y una conciencia compartida, resulta conceptualmente problemático.

El manifiesto, sin embargo, trata a esa clase como una categoría política, no como una categoría económica. La menciona insistentemente, pero no la descompone en sus fracciones: asalariados públicos, trabajadores petroleros, maestros, campesinos sin tierra, pescadores artesanales, empleados del comercio informal. Cada una de estas fracciones tiene una relación distinta con los medios de producción, un nivel de ingreso diferente, una capacidad de organización y una exposición a la explotación que varía sensiblemente. La ausencia de esta diferenciación interna convierte al sujeto del manifiesto en un sujeto retórico, más cercano al llamamiento patriótico que al análisis de clase en sentido estricto. Esto no invalida su función movilizadora, pero sí limita su utilidad como instrumento de conocimiento de la realidad material.

Desde una lectura imparcial, cabe preguntarse si esta homogenización responde a una necesidad política o a una carencia analítica. Es probable que ambas cosas se combinen. Pero lo relevante, desde la óptica estructural, es que un sindicato que aspira a representar a la clase trabajadora debería comenzar por describir cómo esa clase se reproduce, qué come, cómo se traslada, cuántas horas trabaja y bajo qué condiciones. El manifiesto no ofrece esa radiografía, y esa omisión no es menor, porque de ella depende la posibilidad de construir un programa reivindicativo concreto, negociable, medible y exigible.

    3. La ausencia de un programa económico obrero y la cuestión del Estado

Toda lucha de clases es, en última instancia, una lucha por el control del excedente económico y por la dirección del Estado. En este documento, la referencia al Estado es de lealtad y defensa, no de disputa o control. No se menciona ningún mecanismo de participación obrera en la planificación económica, en la asignación del presupuesto, en la fiscalización de las empresas públicas o en la definición de la política salarial. Este es un dato estructural de primer orden: el sindicalismo aquí no se concibe como un poder de contrapeso al Estado, sino como un brazo auxiliar del mismo.

En términos de teoría política, esta postura corresponde a lo que Gramsci llamaría "corporativismo ampliado" o, en su defecto, a una forma de integración orgánica donde las organizaciones de clase renuncian a su función conflictiva para asumir una función de legitimación. No se trata de juzgar si eso es bueno o malo; se trata de constatar que el manifiesto no plantea ninguna reivindicación que ponga en cuestión la propiedad estatal sobre los recursos estratégicos ni la gestión empresarial del capital público. La defensa de la soberanía nacional se convierte así en el techo político de la propuesta, y dentro de ese techo no cabe la exigencia de democracia económica, de autogestión obrera ni de control de la producción por parte de quienes generan la riqueza.

Un programa económico obrero, desde el punto de vista de los intereses materiales de los trabajadores, debería incluir al menos cinco elementos: a) una escala móvil de salarios vinculada a la inflación y a la productividad; b) un sistema de seguridad social universal y financiado con aportes patronales progresivos; c) un plan de vivienda, alimentación y salud gestionado con participación de comités de base; d) mecanismos de cogestión en las empresas estratégicas; e) un fondo de estabilización laboral que proteja a los trabajadores ante despidos o cierres. Ninguno de estos elementos aparece en el manifiesto. En su lugar, se ofrece una declaración de principios generales y un juramento de fidelidad política. La distancia entre estas aspiraciones mínimas y el contenido del documento es la distancia entre la retórica revolucionaria y la práctica reformista.

    4. La determinación geopolítica como sustituto del análisis de las relaciones sociales

El manifiesto dedica una parte extensa a describir la situación mundial: la guerra en Eurasia, el conflicto entre Estados Unidos e Irán, la agresión a Gaza, las protestas en Bolivia, Argentina y otros países latinoamericanos. Esta descripción ocupa casi la mitad del texto y está redactada con un tono de crónica geopolítica. No hay objeción a que un manifiesto obrero contenga un análisis de la coyuntura internacional, siempre que ese análisis sirva para iluminar las condiciones materiales en las que la clase trabajadora desarrolla su actividad. El problema es que aquí la relación se invierte: el análisis internacional se convierte en el marco explicativo principal, y la situación doméstica aparece como un reflejo de aquel.

Estructuralmente, esta inversión produce un desplazamiento de las responsabilidades. Las dificultades económicas, la inflación, el desabastecimiento, la caída del poder adquisitivo y la precarización del empleo son atribuidas al bloqueo y a la "guerra cognitiva", no a la estructura del capitalismo rentista venezolano, a la falta de inversión productiva, a la corrupción administrativa o a la ineficiencia en la gestión pública. Ninguna de estas categorías aparece en el texto. La explicación monocausal por el enemigo externo ofrece un alivio ideológico, pero impide comprender que el imperialismo opera siempre sobre contradicciones internas, y que la vulnerabilidad de un país depende de su propio modelo de acumulación. Un análisis honesto tendría que mostrar cómo el bloqueo agrava una crisis que ya era estructural, y cómo la respuesta a esa crisis no puede reducirse a la resistencia patriótica, sino que exige cambios profundos en la relación entre el Estado, el capital y el trabajo.

    5. La cuestión de la dirección política y la ausencia de democracia sindical

Finalmente, un aspecto estructural que no puede pasar desapercibido es la forma misma en que el manifiesto es emitido. Se presenta como un documento de la "Dirección Nacional" de la CBST-CCP, con una lista de nombres y cargos, pero sin mención alguna a asambleas, consultas, debates o procesos de discusión de base. La clase obrera, no solo es una categoría económica; es también un sujeto histórico que se construye en la práctica organizativa, en la deliberación colectiva y en el ejercicio de la crítica y la autocrítica. Un manifiesto que no refleja ese proceso de construcción democrática reproduce, en su propia forma, una lógica verticalista que contradice el principio de autonomía obrera.

La forma de organización no es un detalle superficial, sino que condiciona el contenido de la lucha. Si los trabajadores no participan en la redacción de sus propias declaraciones, si no discuten sus pliegos de peticiones, si no eligen a sus representantes en asambleas libres, entonces el manifiesto se convierte en un instrumento de dirección más que en una expresión de la voluntad colectiva. Esta tensión entre la retórica participativa y la práctica directiva es una contradicción interna del documento que, desde la óptica estructural, revela el carácter burocrático de la organización que lo suscribe. No se trata de un juicio moral, sino de una constatación de que la forma política no se corresponde con el contenido político que se declara.

    6. Síntesis estructural e implicaciones para los intereses materiales de los trabajadores

En resumen, el Manifiesto de la Clase Obrera de julio de 2026 es un documento que presenta las siguientes características estructurales: a) una tendencia a sustituir el análisis de las relaciones de producción internas por un análisis de la coyuntura geopolítica externa; b) una conceptualización abstracta y homogénea de la clase obrera, sin diferenciación de fracciones ni de condiciones concretas de trabajo; c) una ausencia total de programa económico reivindicativo, salvo el rechazo al bloqueo y la defensa de la soberanía; d) una integración orgánica con el Estado, que anula la autonomía obrera y subordina la lucha de clases a la defensa nacional; e) una forma de emisión verticalista que no refleja prácticas democráticas de base.

Para los intereses sociales de los trabajadores venezolanos, esto significa que el manifiesto puede cumplir una función de cohesión política y de resistencia frente a agresiones externas, pero no ofrece herramientas para transformar la estructura de explotación que padecen en su vida cotidiana. El aumento del salario real, la reducción de la jornada laboral, la mejora de las condiciones de seguridad e higiene, el derecho a la huelga, la participación en la gestión empresarial y el acceso a una vivienda digna siguen siendo demandas que el documento no aborda. La omisión no es casual: refleja la decisión de la dirección sindical de priorizar la alianza con el gobierno por encima de la confrontación con el capital.

Desde el punto de vista de los intereses inmediatos de la clase, esa decisión tiene un costo: la postergación de las reivindicaciones materiales en nombre de una unidad que, por definición, no puede ser plena mientras existan relaciones de explotación.