Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
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15 de junio de 2026

“Es cool ser fascista”. ¿Se puede ir más allá de TikTok?

 


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De prensabolivariana en junio 15, 2026

Por: Marcelo Colussi* 

«Ninguna civilización es perfecta en el planeta. Tampoco está desprovista de méritos. Ninguna civilización puede juzgarse superior a otra.»

Xi Jinpig, presidente de China comunista

«A diferencia de la lengua de la derecha tradicional, la lengua de la ultraderecha [actual] no busca construir una retórica que no se exhiba como tal. No quiere disimular nada aberrante, nada escabroso, nada absurdo. La lengua de la ultraderecha pone de manifiesto su perversa aspiración al «mal común» y a la disolución comunitaria, mientras celebra abiertamente la codicia, la injusticia y la crueldad en todas sus formas.»

Miguel Mazzeo

La frase utilizada como título: «Es cool ser fascista», fue pronunciada por un joven argentino, preguntado por qué había votado por el actual presidente, Javier Milei.

Valga aclarar que la voz inglesa «cool» tiene varios significados (fresco, sereno, atractivo), pero hoy en español su uso más destacado (fundamentalmente entre población juvenil y en redes sociales) proviene de su sentido coloquial en inglés, que se puede traducir acertadamente como: genial, estupendo, muy bueno, maravilloso. Entonces: ¿es genial, estupendo, muy bueno y maravilloso ser fascista? Muy probablemente el joven de marras ni sabía lo que estaba diciendo; solo estaba repitiendo algo que está en el ambiente, que se ha impuesto como tendencia cultural. Por eso un monstruo payasesco como Milei puede ganar una elección.

Hoy, definitivamente, asistimos a un clima de derechización generalizado. Lo que 50 años atrás era la tendencia dominante en el mundo: un clima de protesta social que se expresaba en diversas acciones antisistémicas (luchas obreras y campesinas, sindicatos combativos, luchas estudiantiles, movimientos guerrilleros, Mayo Francés, liberación femenina, movimientos hippies pacifistas, Teología de la Liberación), en estos momentos se ha trocado -no por casualidad, por supuesto- en una creciente despolitización, asumiéndose valores conservadores. Por ese ese joven puede votar alegremente por su verdugo, y estar de acuerdo -muy probablemente sin saber por qué- con posiciones supremacistas, de negación del otro distinto, ultra individualistas. Todo ello, por cierto, tiene explicación.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, con el triunfo de los Aliados, habiendo puesto el mayor esfuerzo la Unión Soviética (y el apoyo de prácticamente la totalidad de países del mundo, que entraron en la contienda casi como una formalidad cuando la suerte de los derrotados ya estaba echada), pareció que el pensamiento fascista se extinguía. Más de medio siglo después puede constatarse que no es así. Posiciones de ultraderecha van solidificándose en distintas regiones del mundo, con la misma fuerza, visceral desprecio por lo diverso y entronización del supremacismo que ocurría siete décadas atrás.

¿Qué es la ultraderecha? Una visión extrema, o extremista, de la ideología conservadora. Es decir: una defensa total, sin crítica alguna, del sistema capitalista (como es toda posición de derecha), pero a diferencia de una actitud liberal, o socialdemócrata incluso, presenta un marcado acento en ideas supremacistas, de superioridad, siempre construyendo a un «otro» como enemigo, con un profundo odio visceral contra ese extraño, ese distinto al que se percibe siempre como intrínsecamente nocivo y peligroso.

En el resurgir del neofascismo que se va viendo en estos últimos años, entrado el siglo XXI, el enemigo a vencer no deja de ser un otro considerado «preocupante», impresentable, demonizado. Siempre -tendencia humana, llevada a un grado supremo por el capitalismo que comienza a globalizarse desde el «descubrimiento» de América a fines del siglo XV- puede existir ese otro distinto que termina siendo enemigo (para ese entonces: las «razas salvajes» a las que había que «civilizar» -léase: someter-). La noción de superioridad en relación a alguien considerado inferior, minorizado en una supuesta escala humana, es algo que recorre nuestra historia como especie, al menos desde que existen sociedades estratificadas en clases sociales, con «superiores» e «inferiores».

¿Qué sostiene esta actitud fascista? Un profundo desprecio por el otro -siempre tiene que haber un chivo expiatorio, un enemigo-, un visceral aborrecimiento de las nociones de igualdad, de solidaridad y camaradería (justamente lo que levanta el socialismo), una entronización del darwinismo social: sobrevivencia del más fuerte, en este caso, de los «triunfadores», que se sienten con más derechos sobre los «inferiores». Es en el marco de esa ideología que se ha impuesto recientemente que surge el despectivo término «loser», «perdedor».

Estas ultraderechas de los años 30 (nazismo alemán, fascismo italiano, falangismo español), propios de comienzos del siglo XX cuando las ideas socialistas comenzaban a soplar por el mundo, y no solo por Europa, tenían un enemigo claro: la clase obrera revolucionaria y sus organizaciones políticas y sindicales en ascenso, combativas, claramente anticapitalistas. El «demonio» a vencer por ese entonces, para la clase dominante, tenía cara de Carlos Marx. Hoy, casi un siglo después, ese «peligro» básicamente no ha cambiado de fisonomía. El enemigo a vencer por la élite mundial (en todos los países capitalistas por igual) sigue siendo cualquier intento desestabilizador de ese mundo, cualquier alternativa cuestionadora al mercado, a la empresa privada. Por eso Estados Unidos sigue manteniendo un inhumano bloqueo contra Cuba socialista, para acabar con ese «mal ejemplo». Pero aunque el capitalismo sigue siendo esencialmente lo mismo -basado en la explotación de la clase trabajadora, productora de plusvalía, la cual termina siendo apropiada por la clase propietaria de los medios de producción- la arquitectura global ha cambiado mucho en este más de medio siglo.

El mundo de la post guerra de 1945, cuando fue vencido militarmente el nazi-fascismo a manos de los Aliados, ya no es el mismo; al contrario, se han producido muy profundas mutaciones. Por varias décadas se impuso un capitalismo redistributivo, con rostro humano, y las tesis de John Keynes marcaron el camino, promoviendo un estado de bienestar generalizado, siempre con la conducción de Washington. Hoy ese capitalismo está trabado, empantanado, con una cabeza que presenta severas dificultades (el endeudamiento fiscal de Estados Unidos supera su PIB, y su otrora dinámica industria se ha estancado, viviendo ahora en lo fundamental de la especulación financiera), y el área dólar -hasta ahora dominante a nivel mundial- se ve en declive ante el avance de los BRICS+, que buscan un capitalismo desdolarizado. La crisis financiera del 2008 aún repercute, y si bien la riqueza generada en términos globales aumenta, también aumenta la pobreza, la pauperización de grandes masas y la catástrofe ecológica, producto de un inducido e irracional consumismo voraz, obsolescencia programada mediante.

Desde hace algún tiempo, digamos una o dos décadas en lo que va del siglo XXI, han ido apareciendo fuerzas políticas en distintas partes del mundo que giran hacia una derecha cada vez más extrema, con posiciones que recuerdan el nazi-fascismo de la década del 30 del pasado siglo. Una caracterización muy precisa de estos nuevos tiempos los da Ximena Roncal Vattuone:

[Estas nuevas] «derechas se caracterizan por defender las comunidades heteropatriarcales, promover el statu quo racial y de clase resultado de la explotación capitalista; la normalización de la violencia estructural y física como mecanismo de control y dominación, y como condición inherente a la especie humana. De igual forma plantean una mirada biologicista de la vida en un sistema económico competitivo y depredador, reaccionan contra los feminismos y el lenguaje inclusivo, así como hacia las políticas de género, negando la existencia de diversas subjetividades y sensibilidades. La derecha propaga como armas políticas pánicos basados en el racismo, la xenofobia, el odio al socialismo y/o comunismo, es decir, la construcción de los «enemigos existenciales» (Roncal Vattuone: 2024)

¿Por qué este giro ideológico-cultural hacia la derecha, o ultraderecha, de las poblaciones? ¿Por qué este muchacho vota por Milei y se siente «cool» por repetir ideas supremacistas? La mayoría de países latinoamericanos vota por candidatos de ultraderecha, y si en Colombia y en Perú ganan finalmente planteos socialdemócratas (izquierda muy moderada), esos son triunfos pírricos, con la mitad de la población -y sus oligarquías y la embajada norteamericana- esperando el vuelco a la derecha. Definitivamente las poblaciones reaccionan así, sintiéndose amparadas por sus victimarios a los que les dan el voto, no por «idiotas», pues inciden allí otros factores:

  • El auge del neoliberalismo en décadas recientes, que fomentó un individualismo extremo («¡sálvese quien pueda!»).
  • La derrota actual de los planteos socialistas (la situación de Cuba -producto de un infame bloqueo de seis décadas- se exhibe como la demostración del fracaso del socialismo). Como dijera Margaret Thatcher: «No hay alternativa», o capitalismo… ¡o capitalismo!
  • Un clima de derechización creciente que tiende a repetirse imitativamente (las tendencias, o modas, terminan banalizándose y se hacen «cool», como la del citado ejemplo).
  • Crisis del sistema capitalista (que, aunque quiera, no puede resolver los monumentales problemas sociales: produce más comida de la necesaria, y mientras algunos son obesos en el Norte, una inmensa mayoría está desnutrida en el resto del mundo, todo lo cual puede generar respuestas «locas», desesperadas, y el Síndrome de Estocolmo se impone).
  • Auge de la robótica e inteligencia artificial y exclusión de grandes masas que pierden su trabajo (lo que lleva a equivocar el enemigo, haciendo ver el crecimiento de la pobreza en el Norte como producto de la «invasión» de inmigrantes del Sur).
  • Un bombardeo mediático impresionante (ahora también a través de internet) que no deja espacio para pensar críticamente (la lectura pasa a la historia, con auge imparable de la audiovisual), moldeando con muy estudiada precisión científica la cabeza de la población global, siempre en un clima de total demonización del cambio social: «comunismo» y «lucha de clases» salieron -a las patadas- del vocabulario cotidiano.

Insistamos, y dejemos como idea central de esta breve nota: las poblaciones -o el joven citado- no son estúpidas. ¡Las vuelven estúpidas! (cuando usted lea este texto, miles de millones de personas en el planeta estarán gritando desaforadamente los goles de un «pan y circo» moderno muy bien organizado). ¿Es cool sentarse a ver por televisión, cerveza en mano, 104 partidos de fútbol?

♦♦♦

*Marcelo Colussi es un psicólogo y filósofo nacido en Argentina, radicado en Guatemala desde hace décadas. Con una sólida formación en ciencias sociales y psicoanálisis, ha dedicado su carrera a la docencia universitaria, la investigación social y la consultoría en derechos humanos. Es un prolífico ensayista y analista político, cuyas columnas se publican en diversos medios internacionales de pensamiento crítico. Su trabajo se caracteriza por desmenuzar la geopolítica latinoamericana, la lucha de clases y el impacto del modelo neoliberal en la salud mental colectiva. Como intelectual comprometido con las causas populares, utiliza la escritura como una herramienta de transformación social y denuncia desde una perspectiva marxista y humanista. ♦ Google Drive: mmcolussi

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¿Quién ganó la Tercera Guerra del Golfo?

 

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De prensabolivariana en junio 15, 2026

Irán está a punto de reintegrarse gradualmente al orden occidental liderado por Estados Unidos, dentro de ciertos límites, tal como lo ha deseado desde hace tiempo la facción moderada de Irán; su facción de línea dura ha logrado preservar con éxito las fuerzas armadas y su arsenal de misiles, mientras que Israel no logró ninguno de sus objetivos en su derrota más épica de la historia.

Irán y Estados Unidos planean firmar este viernes en Suiza un memorando de entendimiento (MdE) inspirado en Zarif para poner fin a la Tercera Guerra del Golfo. Aún se desconocen los detalles exactos, y Fortune informó que existían al menos tres textos alternativos, pero todos ellos “incluyen elementos similares en torno a la reapertura del vital estrecho de Ormuz, el levantamiento de las sanciones contra Irán y la apertura a negociaciones a largo plazo sobre su programa nuclear”. Esto ya permite llegar a varias conclusiones muy importantes.

Para empezar, reabrir el estrecho sin el peaje petroyuano que Irán impuso durante la guerra representaría una concesión significativa por parte de la República Islámica, cuyos medios de comunicación afines celebraron este modelo como un hito histórico multipolar. Lo mismo ocurre con la reanudación de las negociaciones sobre su programa nuclear, políticamente sensible. Sin embargo, el levantamiento de las sanciones a cambio podría valer la pena, a juzgar por esta estimación del profundo daño económico y financiero causado por el (imperfecto) bloqueo estadounidense.

Sobre este tema, a finales de marzo se explicó que «Estados Unidos habrá perdido la Tercera Guerra del Golfo si China puede seguir dependiendo de Irán como proveedor fiable de energía a bajo coste, al tiempo que convierte el yuan en una moneda de reserva mundial que desafíe al petrodólar». Por lo tanto, impedir ambas cosas es imperativo desde la perspectiva estadounidense. Con el petroyuan aparentemente fuera de escena, Irán sigue dependiendo de las exportaciones de petróleo de China, pero el levantamiento de las sanciones podría ayudar a redirigir gradualmente sus ventas ( por ejemplo, a la India ) sin perturbar el mercado.

Asimismo, si son ciertos los informes sobre un fondo de reconstrucción de 300 mil millones de dólares para Irán (aunque la suma final sea mucho menor, pero aun así de decenas de miles de millones de dólares), las inversiones de Estados Unidos y los países del Golfo en la industria energética iraní podrían llevarlos a controlar sus exportaciones. En enero se afirmó que « Estados Unidos quiere replicar el modelo venezolano en Irán », lo que, en ese caso, estaría en vías de implementarse. La interdependencia resultante podría fortalecer la seguridad colectiva y facilitar la retirada regional de Estados Unidos .

Por lo tanto, las facciones moderadas (reformistas) y de línea dura (principalistas) de Irán lograrían algunos de sus objetivos: la primera, el levantamiento de las sanciones, y la segunda, la preservación de las fuerzas armadas del país (consideradas debilitadas) y su arsenal de misiles, sin mencionar su sistema político. Sin embargo, el equilibrio de poder entre las facciones se habría inclinado a favor de los moderados, ya que Estados Unidos no firmaría un memorando de entendimiento si estos no pudieran controlar a los extremistas, quienes podrían reavivar la guerra.

Por lo tanto, se puede concluir que los moderados vencieron a los intransigentes en la lucha de poder del Estado profundo iraní, pero esto se debió a que Estados Unidos e Israel asesinaron a decenas de figuras clave de la línea dura, tras lo cual sus respectivas instituciones (especialmente la Guardia Revolucionaria) se debilitaron y finalmente fueron controladas por los moderados. Sin duda, los intransigentes disidentes —independientemente de su relación con la Guardia Revolucionaria— aún podrían sabotear el memorando de entendimiento, pero Trump 2.0 confía en que no lo harán, ya que de lo contrario no se firmaría.

Está surgiendo una nueva era regional en la que la Tercera Guerra del Golfo bien podría conducir a la reincorporación gradual de Irán al orden occidental liderado por Estados Unidos, aunque dentro de ciertos límites, lo que sentaría las bases para mejores relaciones con sus vecinos del Golfo. En ese escenario, Israel saldría perdiendo, ya que ya no podría dividir y vencer a Irán y al Golfo, ni Estados Unidos lo respaldaría si Israel reanudara las hostilidades con Irán debido al reciente resurgimiento de la posiblemente irreconciliable disputa entre Trump y Bibi . Por lo tanto, Israel es el mayor perjudicado de la guerra. perdedor .

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Andrew Korybko es analista político, periodista y colaborador habitual de varias revistas en línea, así como miembro del consejo de expertos del Instituto de Estudios y Predicciones Estratégicas de la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos. Ha publicado varios trabajos en el campo de las guerras híbridas, entre ellos “Guerras híbridas: el enfoque adaptativo indirecto para el cambio de régimen” y “La ley de la guerra híbrida: el hemisferio oriental”.

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IRÁN DIBUJA CON TINTA ROJA EL NUEVO MAPA ENERGÉTICO GOLBAL por MSc. Willian Rodríguez

Declaración del ex presidente de la Comisión de Hidrocarburos de la Asamblea Nacional y experto petrolero MSc. Willian Rodríguez


          El acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán marca un punto de quiebre en la geopolítica contemporánea. Después de meses de confrontación directa, bloqueo del estrecho de Ormuz y una estrategia de presión total que buscaba quebrar al Estado iraní, el desenlace es evidente: Washington no logró sus objetivos políticos ni militares. Irán preserva su institucionalidad, mantiene intacta su arquitectura misilística y emerge con mayor legitimidad interna y externa, demostrando que su modelo de resistencia estatal fue capaz de soportar una guerra híbrida de alta intensidad.

          Desde la perspectiva iraní, el acuerdo no representa una concesión, sino la confirmación de que su estrategia funcionó. Teherán sale fortalecido como potencia regional en el Medio Oriente, con capacidad real de incidir en la seguridad del Golfo Pérsico y de articular un eje político que abarca Líbano, Siria, Irak y Yemen. Ese posicionamiento, que ya existía, ahora queda formalizado en un escenario donde Estados Unidos se ve obligado a negociar desde la necesidad, no desde la imposición. Irán se consolida además como actor relevante en el orden multipolar, articulado con Rusia, China y los BRICS+, y con control efectivo sobre un corredor energético crítico como el estrecho de Ormuz.

         Estados Unidos, por su parte, queda en una posición compleja. No logró el cambio de régimen que anunciaba, no destruyó la capacidad misilística iraní y se ve forzado a administrar un acuerdo que reconoce los límites de su poder para rediseñar el mapa político del Medio Oriente por la vía militar. La prioridad inmediata de Washington pasa a ser la estabilización del mercado energético y la reducción de la prima de riesgo que estaba presionando los precios internos de los combustibles. El discurso maximalista se sustituye por la urgencia de normalizar el tránsito por Ormuz y contener los costos de una guerra prolongada.

          En este nuevo contexto, la relación entre Irán y Venezuela entra en una fase distinta. La cooperación energética, tecnológica y logística que ambos países han construido no debe desaparecer y por el contrario es fundamental que se preserve de acuerdo con los intereses de largo plazo de nuestra patria. Estados Unidos intentará ejercer un tutelaje indirecto sobre los movimientos externos de Irán y tratara de romper los lazos económicos, científicos y políticos que tenemos, especialmente por sus intereses estratégicos. Esto obligará a Teherán a calibrar con mayor precisión su relación con Caracas, evaluando costos, beneficios y márgenes de maniobra dentro del nuevo equilibrio surgido del reciente acuerdo.

         Para Venezuela, esto significa que la relación con Irán seguirá siendo relevante, pero operará en un entorno más vigilado. Las inversiones, los proyectos de refinación, la cooperación técnica y los acuerdos logísticos deberán adaptarse a un escenario donde Washington buscará limitar la profundidad de esa alianza. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que ambos países han desarrollado mecanismos para sostener su cooperación incluso en condiciones de alta presión externa, por lo que la relación debería preservarse y evitar a toda costa que sea desarticulad.

         En el plano energético, el acuerdo ya está produciendo efectos. La reducción parcial de la prima de riesgo geopolítico coloca los precios del petróleo alrededor 80 dólares por barril en el corto plazo, con episodios de volatilidad asociados a cualquier incidente en el Golfo. Si la implementación avanza sin rupturas, el mercado tenderá a estabilizarse en un rango de 70 a 80 dólares en el mediano plazo, condicionado por las decisiones de la OPEP+, la demanda asiática y el ritmo de la transición energética.

         Respecto al estrecho de Ormuz, la normalización plena del tránsito no será inmediata. La experiencia indica que un corredor estratégico de esta magnitud requiere entre 6 y 12 meses para recuperar niveles de operación comparables a los previos al conflicto. Durante ese período coexistirán fases de apertura parcial, controles estrictos, primas de seguro elevadas y un tránsito que irá recuperando regularidad a medida que se consolide la confianza en el cumplimiento del acuerdo.

           En síntesis, el acuerdo no solo redefine la relación entre Estados Unidos e Irán. Reconfigura el equilibrio de poder en el Medio Oriente, consolida a Irán como potencia regional y actor multipolar, y obliga a Venezuela a ajustar su relación estratégica con Teherán en un entorno donde Washington buscará influir en cada movimiento. El sistema energético global entra en una fase de estabilidad relativa, pero bajo la certeza de que la energía sigue siendo un instrumento de poder y no una simple mercancía.