La idea de que la Tierra está superpoblada y que reducir el número de habitantes es una condición necesaria para el desarrollo sostenible ha sido un mantra repetido por ciertos sectores de la élite económica, política e intelectual durante décadas. Sin embargo, un examen sereno de los datos empíricos y de la historia reciente revela que esta premisa no solo es simplista, sino que resulta profundamente errónea y, en muchos casos, ideológicamente sesgada. La población, por sí misma, no es el problema; la verdadera cuestión radica en los patrones de consumo, la distribución de la riqueza y el modelo tecnológico que elegimos.
Para ilustrar este punto, basta con observar el contraste que planteas entre los países asiáticos y naciones como Venezuela. Mientras que China, Japón o Corea del Sur albergan densidades de población enormes, han logrado construir sociedades con altos niveles de vida, esperanza de vida longeva y economías tecnológicamente avanzadas. Singapur, una ciudad-Estado con más de 5.600 habitantes por kilómetro cuadrado, es un claro ejemplo de cómo la concentración humana, bien gestionada, puede generar riqueza, innovación y eficiencia energética. En cambio, Venezuela, con una población relativamente pequeña y una vasta extensión territorial, sufre una crisis humanitaria de primera magnitud. La diferencia no es el número de personas, sino la calidad de las instituciones, la inversión en educación y la diversificación productiva.
El discurso depopulacionista, por tanto, parece operar como una cortina de humo que desvía la atención de los verdaderos problemas ecológicos y sociales. El impacto ambiental no se mide por cabezas, sino por toneladas de carbono emitidas y recursos extraídos. Un habitante de un país desarrollado consume y contamina muchas veces más que diez personas en una nación en vías de desarrollo.
Por ello, sugerir que la solución es reducir la población, especialmente en los países del Sur global, resulta no solo geopolíticamente sospechoso, sino éticamente cuestionable. Huele a un neomaltusianismo que, en el pasado, sirvió para justificar políticas eugenésicas y de control social. La historia nos muestra que el desarrollo genuino, el acceso a la educación y la emancipación de la mujer son los factores que realmente reducen las tasas de natalidad de forma orgánica y voluntaria, no las imposiciones externas ni los alarmismos mediáticos.
La política depopulacionista promovida por ciertas élites no es una solución científica, sino un relato de poder que culpa a las víctimas de los problemas que ellos mismos, con su modelo de consumo desmedido, han creado. El verdadero desafío no es ser menos, sino vivir mejor, con justicia y tecnología al servicio de todos. No estamos de más; lo que sobra es la desigualdad y el derroche.