De prensabolivariana en agosto 17, 2026 |
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“La sabiduría de la vida consiste en la eliminación de lo no esencial. En reducir los problemas de la filosofía a unos pocos solamente: el goce del hogar, de la vida, de la naturaleza, de la cultura”. Lin Yutang
De prensabolivariana en agosto 17, 2026 |
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José Sant Roz
Ese sector de los
ACOMODADOS comenzó por odiar a Bolívar, luego a la bandera, al escudo nacional,
al Esequibo, a las misiones y sobre todo a los pobres…, por lo que se fue
propagando lentamente eso que algunos han dado en llamar por las redes (nombre
que no me gusta) el “Síndrome de Doña Florinda”. Se trata del ya mentado
fenómeno de cómo EL PENSAMIENTO DOMINANTE logra hacer que los pobres se vuelvan
contra los de su clase. Es la estrategia de los ACOMODADOS induciéndoles un
odio aberrante hacia su propio país porque eso forma parte de un gran negocio
EL DIVIDE Y VENCERÁS: “todo lo de este país es malo”, “aquí no se puede vivir”.
“el comunismo nos está matando”, “hay que irse de aquí” … Nos bloquearon y a
eso lo llamaron COMUNISMO. Nos robaron nuestros activos en el exterior y a eso
lo llamaron COMUNISMO. Les cayeron a palo a nuestros compatriotas en Perú,
Chile y Colombia y a algunos los encarceló, torturó y hasta asesinó el ICE en
EE UU y a eso lo llamaron COMUNISMO. Nos invadieron y han comenzado a robarse nuestro
petróleo y a eso también lo llaman COMUNISMO.
Luego le toca sufrir las
consecuencias de ese PENSAMIENTO DOMINANTE. Si usted está en una cola o va en
una buseta, quiera Dios que no tenga la dolorosa experiencia de tener que
escuchar a una Doña Florinda o a un Don Florindo haciendo sesudos análisis
sobre la situación nacional o mundial. Estos personajes quieren siempre
asegurarse de que todos los presentes se enteren de sus profundas reflexiones,
y que les pongan máxima atención (a veces se ofenden si no lo hacen). Alzan la
voz y expresan con grandilocuencia sus barbaridades. Y lo suelen hacer con una
seguridad exquisita. Esta clase de sofistas Florindos y Florindas llegaron a
coger mucho auge desde que Chávez llegó al poder. No pierden el sueño y las
esperanza de que algún mangante los adopte y les ponga cadenas y bozales y los
ultraje poniéndolos a trabajar en algunas de sus prósperas posesiones.
Cada quien en su entorno
conoce a cientos o miles de Doñas Florindas o Don Florindos (a lo que no les
cuadra lo de Doña o lo de Don pero que por sus estados mentales y aspiraciones
lo merecen). Algunos de ellos son nuestros vecinos, otros colegas, parientes o
amigos, por cierto, no malas personas, pero capaces de odiar salvajemente si se
les contradice. Abundan y se hacen sentir en todos los espacios. Se los
consigue en los mercados y como digo en las busetas, en los bancos, escuelas,
hospitales o clínicas. Tristemente son dueños de su razón y nunca se
acostumbraron a pensar porque ésto les provoca desasosiego, y siempre entonces
tienen que estar repitiendo lo que dicen los “poderosos” (para así nunca
“equivocarse”), lo que sostienen los del PENSAMIENTO DOMINANTE. Estos Florindas
o Florindos creen que si repiten lo que dicen los dueños del capital serán
aceptados en sociedad.
Una doña Florinda (o Don
Florindo) es LA IDEA DE UN PERSONAJE que va mucho más allá de lo que solemos
conocer como el simple asalariado, va más allá de lo que conocemos como
doméstica, empleada o empleado, asistente, oficinista o mucama, peón o conchabado
en una casa o comercio. Sí señor: es un concepto mucho más amplio que abarca
puede decirse a casi toda la clase baja y media, con sus doctores, sus
profesores, los miles de dueños y dependientes del pequeño comercio y a todo
ese funcionariado burócrata de nuestros entes oficiales.
Es doloroso el destino de
esa clase que acaba plegándose a los valores de quienes les explotan, les odian
y les desprecian (como si fuesen leprosos o esclavos). Lo realmente inexplicable
y extraño es que estas personas en algún momento habrán podido ver que esos
jefes o dueños de fábricas y mansiones son unos seres abominables, pero, así y
todo, ¡insólito!, a la final terminan pensando como ellos. La gente por lo
general nunca piensa por sí misma y entonces de eso también se valen las
religiones, esas que ofrecen la salvación a cambio de que les dejes buenas
donaciones o “ayudas económicas”. Pero nadie se “salva” a cambio de entregar
dinero a unos mafiosos, farsantes o mal entretenidos.
Lo que llamamos
PENSAMIENTO DOMINANTE es el que impone la clase dominante, la clase poderosa
que controla el capital, los medios de comunicación y las iglesias. Por
ejemplo, muchos pobres se identificaron con Chávez, lo amaban de corazón, sus
palabras, su devoción sincera por buscar un nuevo destino para Venezuela, más
justo y soberano. Pero en cuanto estos seres escucharon de sus patrones o jefes
que Chávez era un negro repugnante, un indio que le pegaba a su mujer, que era
un miserable mulato ignorante hijo de unos pobres maestricos muertos de hambre
de Barinas, comenzaron a dudar de la posición humana y del conocimiento del
Comandante Chávez, y se desató entonces eso que llaman la escisión mental, por
lo que estos pobres terminarían plegándose a sus explotadores.
El efecto es idéntico en
el resto de la población en relación con el PODER DOMINANTE. La gente tiende a
comportarse como las Doñas Florindas y los Don Florindos, siendo unos pasivos
sometidos a los valores de la oligarquía. Tienden a pensar como los poderosos,
a la vez que comienzan a sufrir por todo lo malo que les pueda suceder, a
sufrir como ellos, a rezar como ellos y a llorar como ellos y por ellos, a
sentir en carne propia todo lo que la oligarquía odia y desprecia.
Al primer segundo de conocerse
aquel 6 de diciembre de 1998 que Chávez era el vencedor en las elecciones
presidenciales, de inmediato comenzó EE UU a catalogarlo de ser un “incierto
personaje sin rumbo definido que podría derivar hacia una compleja
ingobernabilidad o incluso hacia una dictadura a menos que se comportase amplio
y muy ponderado con las voces disidentes”. El diario The New York Times lo
catalogó de militar con tendencias totalitaristas muy preocupantes que a lo
mejor podían corregirse en el camino…” y The Washington Post lo
definió como un hombre de gran carisma que seguramente las ansias de poder lo
llevarían a creerse otro Libertador y a confundir la democracia con sus propios
propósitos personales… Estas valoraciones de EE UU fueron determinantes para
que la clase alta poco a poco fuese uniéndose a terroristas, financiase
guarimberos y acabase protestando a muerte contra el tirano que llevaba a su
país hacia el “COMUNISMO”. Y todavía es terrible ver gente que cree y habla de
democracia, cuando EE UU le tuerce el cuello a cada país que se salga de sus
reglas y mandatos…
Así
describe el héroe de Cuba José Martí al venezolano Miguel Peña: «Era de cara
enjuta, aunque maciza; de ojos claros y vivos, llenos de empuje y de poder de
examen… limpio de barba llevaba el rostro», y sigue el retrato interior o su
dificultad: «ni dejó nunca de adivinar el pensamiento de los otros, ni fue
nunca posible adivinar enteramente el suyo. Vestidos de cristal estaban los
demás para él; y él para ellos de sombra».
El apóstol
cubano visitó brevemente Venezuela y aquí escribió concisas biografías de
Cecilio Acosta y Miguel Peña, como él, abogados. La del valenciano fue leída
con motivo de la develación del busto que todavía está en la plaza de La
Candelaria.
El de Martí
sobre Peña es un texto maravilloso, conocido por pocos, donde expone sus dones
como político: «Él hace de los rivales, apretados amigos; y de las guerrillas
un ejército. Reúne un haz de rayos, y pónelo en las manos de Monagas. Aquella
obra está hecha, juntos aquellos miembros de gigante: Creada en la
República del bosque".
Esta última
frase que subrayamos, polisémica, misteriosa, de resonancia ecológica, la
volveremos a encontrar citada en praxis por los hombres de la Generación del
Centenario (centenario de Martí, 1953). Un 26 de julio de ese año toman el
cuartel Moncada, y en el juicio que se siguió a los atacantes, responde limpio
de barba el rostro, el hoy centenario Fidel Castro. El autor intelectual fue
José Martí.
La historia lo
absolverá… y en la práctica política de los guerrilleros de la Sierra Maestra,
en sus bosques inician programas de alfabetización, repartición de tierras a
campesinos, expropiación de latifundios en manos extranjeras, atención
sanitaria a las poblaciones rurales. Todas políticas públicas que luego
caracterizarían a la revolución triunfante: «Creada la República en el bosque».
Podrán
escribirse no uno, sino varios libros sobre la relación de Fidel Castro con
Venezuela y sus políticos. El día del asesinato de Gaitán, que inició “el
Bogotazo” que todavía hace temblar a Colombia, caminaban a unas cuadras del
suceso dos jóvenes estudiantes exilados: Fidel y Rómulo Betancourt. La historia
los colocaría años después como representantes de dos modelos para la América
Latina: el comunismo y la socialdemocracia, la reforma y la revolución. Los
jóvenes en Venezuela tomaron partido impulsivamente por uno o por otro.
Políticos más
maduros latinoamericanos, amigos de Betancourt como Salvador Allende o Juan
Bosch, optaron por un camino intermedio y fueron recibidos por un golpe de
Estado o una invasión. Aun así, las nacionalizaciones como la del petróleo en
Venezuela o su reforma agraria, permisada por USA, solo se entienden en el
nuevo contexto provocado por la Revolución Cubana.
Decía
Lichtenberg que también imitaba el que imita todo lo contrario. Y son rutas
paralelas, pero en sentido inverso: los cambios entre el Rómulo de la
Revolución de Octubre, y luego «padre» de la democracia, y el Fidel entre la
Primera y Segunda Declaración de la Habana.
Fidel adquirió
luego dimensión global, no solo por la crisis de los misiles, sino más bien por
la geopolítica de la tri-continental. Influencia de Castro podemos encontrar
indirectamente en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez y su
tercermundismo. Y más recientemente en Hugo Chávez y sus misiones sociales. La
amistad entre Castro y Chávez ambos gobernantes fue ejemplar, admiradores de
Bolívar y su anticolonialismo.
Hay hombres
absolutamente oscuros como Boves o Pedro Estrada. Hombres absolutamente
luminosos como Bolívar o el mismo José Martí. Y hombres claroscuros, con esa
dialéctica entre luz y sombra como Betancourt, Miguel Peña, o como nosotros
mismos. Fidel es de los luminosos, y esto se ve más claro en su centenario.
Hablamos de la
amistad entre Fidel y Chávez, lo podríamos hacer también sobre la amistad con
Gabriel García Márquez. Hay críticos que relacionan los orígenes del Boom de la
literatura latinoamericana (García Márquez, el primer Vargas Llosa, Fuentes,
Cortázar…) con la Revolución cubana.
En verdad se
conmemoraron este 13 de agosto cien años de multitudes, pues Fidel fue
fundamentalmente un líder de masas. Hoy la isla de Cuba lleva ocho meses sin
luz eléctrica, como continuación de un bloqueo de años que no la deja ser (let
it be); y mientras Venezuela con sanciones, con un Jefe de Estado secuestrado y
una guerra cognitiva que no para.
Pero la
República sigue en pie y tenemos a la presidenta Delcy Rodríguez. Los expertos
militares se preguntan: ¿Cómo pueden resistir esas Repúblicas tanto asedio, de
dónde sale su resiliencia? Y la respuesta está en el texto de Martí sobre
Miguel Peña: fueron creadas esas Republicas en el bosque…
*Pedro
Téllez-psiquiatra-escritor
De prensabolivariana en agosto 16, 2026 |
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Durante más de dos siglos, la humanidad ha organizado su pensamiento político alrededor de una coordenada aparentemente inamovible: derecha e izquierda. Esta dualidad, nacida en la atmósfera efervescente de la Revolución Francesa, ha guiado nuestras pasiones, votos y guerras. Sin embargo, como un instrumento de medición que ya no se ajusta al terreno que pretende cartografiar, el eje izquierda-derecha se ha vuelto obsoleto. No porque las diferencias ideológicas hayan desaparecido, en lo absoluto, sino porque la verdadera fractura de nuestro tiempo corre por un plano completamente distinto.
El pensador italiano Norberto Bobbio, en su lúcido análisis sobre la distinción política, defendió la vigencia de esta dualidad al identificar en la igualdad su estrella polar: la izquierda aspiraría a corregir las asimetrías sociales, mientras que la derecha asumiría las diferencias humanas como naturales e inevitables (https://www.clarin.com/opinion/izquierdas-vs-derechas-lejos-bobbio-cerca-rubio_0_B6UXA9O71x.html).
Pero incluso Bobbio reconocía que esta oposición es fluctuante, que admite múltiples posiciones intermedias y que puede dar lugar a perspectivas democráticas o autoritarias independientemente del campo del que provengan. El problema no es la existencia de diferencias en la concepción de lo social; el problema es haber reducido toda la complejidad política a una única coordenada, como si la realidad cupiera en un simple par de categorías excluyentes.
Para comprender por qué esta distinción ya no sirve, debemos desmontar sus presupuestos implícitos. La dicotomía derecha-izquierda presupone un escenario político en el que existen dos grandes proyectos de sociedad que compiten por el favor de una ciudadanía que, supuestamente, se sitúa entre ambas opciones. Este modelo, como bien señala el politólogo Jorge Verstrynge, corresponde a una época en la que los Estados-nación eran los actores centrales de la vida política y en la que las lealtades ideológicas se transmitían casi como herencias familiares (https://annas-archive.gd/md5/b434ea27f448a78d92114e158e9179c6?&check=1).
Pero ese mundo ha desaparecido. La caída del bloque soviético, la globalización financiera y la revolución tecnológica han transformado radicalmente el paisaje político. Como se ha señalado, describir el mundo con la dicotomía derecha e izquierda es una idea que atrasa al menos treinta años, teniendo en cuenta que el término "izquierda" acabó internalizando el concepto de colectivismo marxista, mientras que la derecha se asoció al liberalismo económico y al conservadurismo social. Hoy, sin embargo, tanto la nueva izquierda como el neoliberalismo han mutado hasta volverse irreconocibles: ni la izquierda es tan izquierdista ni el neoliberalismo es tan liberal.
La rigidez de esta clasificación se revela especialmente problemática cuando observamos los movimientos políticos contemporáneos. Asistimos a la aparición de populismos que toman elementos de ambos extremos: discursos antisistema que apelan al resentimiento popular, combinados con políticas económicas que benefician a las élites. Ex líderes de izquierda adoptan prácticas radicalizadas del campo conservador, demostrando que la necesidad de expresar la división social es más fuerte que la adhesión óntica a un discurso de izquierda o de derecha. La política se ha vuelto líquida, y nuestras categorías, sólidas.
El verdadero eje: verticalidad contra horizontalidad
La segunda razón por la que la dualidad izquierda-derecha ha perdido su utilidad es que no da cuenta de la verdadera estructura de poder en el mundo contemporáneo. Si el siglo XX fue el escenario de un conflicto horizontal entre clases sociales, proletariado contra la burguesía, el siglo XXI ha visto emerger un conflicto vertical: una pequeña élite global (aproximadamente el 1% de la población) que concentra la mitad de los recursos del planeta, frente a un 99% que lucha por sobrevivir en un escenario de desigualdad creciente.
Este fenómeno trasciende cualquier frontera ideológica tradicional. No es un problema de izquierda o derecha: es un problema de concentración de poder. La vieja idea de una izquierda representante del proletariado oprimido contra los intereses de las grandes empresas y la burguesía es cosa del pasado. Hoy, las grandes corporaciones tecnológicas, los fondos de inversión y las élites financieras operan en una dimensión supranacional, escapando al control de los Estados y desafiando cualquier intento de regulación que provenga de una perspectiva política tradicional.
Esta nueva estructura de poder genera una paradoja: tanto los gobiernos autodenominados de izquierda como los de derecha, una vez en el poder, tienden a aplicar políticas muy similares en lo sustancial. La discusión entre el capitalismo liberal y el comunismo ha perdido vigencia teórica y práctica; lo que vemos en su lugar es una competencia por gestionar las contradicciones de un sistema que favorece a unos pocos en detrimento de la mayoría. Ni la izquierda ni la derecha, en su formulación clásica, ofrecen respuestas a esta nueva realidad.
La trampa de la polarización y el llamado a la razón
¿Por qué persiste esta dualidad si ya no sirve para interpretar el mundo? Porque la polarización política se ha convertido en un mecanismo de control social. Al simplificar la complejidad social en una lucha binaria entre constructores virtuosos y destructores resentidos, la política abdica de su función mediadora y se convierte en una cruzada existencial. Cuando el oponente deja de ser un rival ideológico y pasa a ser un enemigo civilizatorio, lo primero que se destruye no es la izquierda ni la derecha, sino la democracia misma.
Esta dinámica se ve amplificada por la arquitectura de las redes sociales, que premia la simplificación y la confrontación. Las ideologías de izquierda aparecen asociadas a la falta de higiene, a los trastornos sexuales y al comunismo, mientras que las de derecha se vinculan a la tortura y el genocidio. En medio de esta guerra ideológica de caricaturas y memes, la posibilidad del diálogo racional se desvanece, y con ella, la esperanza de encontrar soluciones colectivas a nuestros problemas comunes.
Hacia una nueva imaginación política
El presente requiere el desarrollo de una imaginación filosófico-política vigorosa, fruto de la reflexión crítica y la investigación social empírica, capaz de idear soluciones creativas a problemas concretos y vislumbrar nuevas posibilidades para la vida humana. Esta nueva imaginación debe combatir los esencialismos políticos y reconocer que hay muchas izquierdas, muchas derechas y muchas formas de acción política. Debe trascender la falsa dicotomía y abrirse a combinaciones inéditas que puedan responder a los desafíos de nuestro tiempo.
La distinción política fundamental de nuestro tiempo no es entre izquierda y derecha, sino entre democracia y autoritarismo. La falta de sentido histórico nos hace olvidar que los extremos políticos y morales se tocan. Lo crucial hoy es primero ser demócratas y luego orientarnos hacia las diversas corrientes del espectro político. Una nueva imaginación política podría concebir nuevas izquierdas y derechas democrático-liberales, capaces de sostener entre sí diálogos inteligentes y desacuerdos racionales, capaces de forjar alianzas en defensa de las instituciones democráticas y de combatir el autoritarismo.
La política como espacio de encuentro
La superación de la dualidad derecha-izquierda no significa la eliminación de las diferencias. Significa, más bien, la apertura a un espacio político más complejo y más rico, donde las alianzas puedan tejerse en torno a problemas concretos y no a lealtades ideológicas heredadas. Donde la defensa de la igualdad (el valor fundante de la izquierda) pueda conciliarse con la defensa de la libertad (el valor fundante de la derecha) a través de instituciones que encarnen ambos principios en políticas públicas concretas.
La humanidad necesita una nueva gramática política, un nuevo vocabulario que nos permita nombrar nuestras diferencias sin reducir nuestra humanidad a una etiqueta. Necesitamos comprender que el verdadero conflicto de nuestro tiempo no es entre izquierda y derecha, sino entre la inmensa mayoría de la humanidad que aspira a una vida digna y la pequeña minoría que se beneficia de un sistema que genera desigualdad y sufrimiento.
El desafío es enorme, pero la alternativa es aún más sombría: seguir atrapados en una dicotomía obsoleta mientras el mundo se transforma a nuestro alrededor, dejando que el péndulo de la historia oscile entre los mismos polos sin ofrecernos nunca una salida. La política, como bien lo expresó Bobbio, es la ciencia de lo posible. Es hora de hacer posible lo imposible: una política que trascienda sus propias categorías y se reencuentre con su propósito original, que no es otro que la búsqueda del bien común.