Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

30 de junio de 2026

Las mentiras también matan: Venezuela ante el terremoto y la guerra mediática

 

Avatar de prensabolivariana

De prensabolivariana en junio 30, 2026

Las mentiras matan. En 1976, Castor Uriarte Aguirreamalloa publicó ‘Bombas y mentiras sobre Guernica’, un título que, sin necesidad de demasiadas explicaciones, dejaba escrita una verdad histórica que sigue pesando sobre nuestro presente: las bombas nunca caen solas. Primero cae la bomba, después cae la mentira; o quizá habría que decirlo al revés, porque muchas veces la mentira prepara el terreno para que la bomba pueda caer sin que tiemble ninguna conciencia. En Guernica, como después en tantos otros lugares del mundo, no bastó con destruir una ciudad: había que disputar también el relato de su destrucción.

Casi noventa años después, Venezuela conoce bien esa secuencia. El 3 de enero de este año fue bombardeada por EE.UU. y su presidente, Nicolás Maduro, secuestrado. Pero a este hermoso país, sometido durante más de veinte años a una agresión multifacética, a sanciones, sabotajes, cerco económico, operaciones políticas y guerra mediática, ahora también le tembló la tierra. Y ni siquiera ahora, cuando la tragedia se impone con la brutalidad desnuda de los escombros, los de siempre han dejado de violentar a la República Bolivariana con sus mentiras.

La tierra tiembla sin preguntar y sin saber siquiera de fronteras; menos aún de gobiernos. Cuando tembló Japón en 2011, la cobertura internacional habló durante años de disciplina, dignidad, prudencia y respeto ante una tragedia que dejó más de 20.000 muertos o desaparecidos; incluso los análisis académicos sobre la prensa japonesa destacaron un tratamiento especialmente factual y contenido. Pero cuando tiembla Venezuela, los mismos que nunca respetan su soberanía tampoco parecen dispuestos a respetar su dolor. Si las autoridades limitan el acceso a una zona de rescate, si se impide grabar en determinados espacios, si se intenta evitar que la muerte sea convertida en mercancía visual, la sospecha ya está escrita antes de que se compruebe nada. ¿Ni siquiera ahora, cuando la tierra se ha abierto bajo los pies del pueblo venezolano, van a respetarlo un poco?

A este hermoso país, sometido durante más de veinte años a una agresión multifacética, a sanciones, sabotajes, cerco económico, operaciones políticas y guerra mediática, ahora también le tembló la tierra.

Otra mentira que mata es la ocultación del impacto de las mal llamadas sanciones para que un Estado pueda prevenir y reforzar su infraestructura. Porque ahora, cuando la tragedia ya se ha impuesto, aparecen los mismos gobiernos que durante años han causado daños materiales a Venezuela anunciando ayuda humanitaria, enviando equipos de rescate o presentándose ante el mundo como benefactores. EE.UU. anunció el envío de equipos de búsqueda y rescate, suministros médicos y ayuda humanitaria; la Unión Europea activó también su Mecanismo de Protección Civil para desplegar asistencia de emergencia. Bienvenida sea toda mano que ayude a sacar a una persona viva de los escombros.

Pero la mejor manera de ayudar a un país no es asfixiarlo durante años y después posar entre las ruinas con chaleco de cooperante.

La mejor manera de ayudar a Venezuela —y a cualquier pueblo del mundo— es no destruir su economía, no bloquear sus recursos, no impedirle acceder a financiación, repuestos, maquinaria, tecnología, combustible o materiales con los que reforzar hospitales, viviendas, carreteras, sistemas eléctricos, redes de agua e infraestructuras públicas. La relatora especial de Naciones Unidas Alena Douhan ya lo advirtió en 2021: las sanciones sectoriales impedían obtener ingresos y usar recursos para mantener y desarrollar infraestructura y programas sociales, con un efecto devastador sobre la población venezolana.

Unas mal llamadas «sanciones» que solo se han «aliviado» en dos ocasiones. Ocurrió en 2022 con Joe Biden con un objetivo evidente: tratar de separar a Venezuela de uno de sus aliados estratégicos y buscar suministros energéticos alternativos a Moscú. Y vuelve a ocurrir ahora, con Donald Trump, aunque lo de ahora no puede llamarse «alivio» sino un robo pistola en mano. Y, en este caso, la pistola no es una metáfora literaria: es exactamente la posición en la que se encuentra Venezuela desde aquel nefasto 3 de enero. Mientras el suelo se abre, las mentiras siguen cayendo. Como cayeron las bombas.

Y por si todo esto fuera poco, otra mentira que mata es la que pretende encima criminalizar las políticas públicas de vivienda en Venezuela. En La Guaira cayeron y quedaron dañados edificios de distinto tipo: viviendas públicas o privadas, comercios, estructuras antiguas, construcciones sobre suelos vulnerables y barrios enteros, que lo que compartían era que estaban situados en la misma franja física donde el doble terremoto golpeó con más violencia. El temblor tampoco distingue entre lo público y lo privado. Aunque los medios sí, pero con otros fines. No es casualidad que este haya sido asunto de titulares en medios sensacionalistas como The Sun, que habló de edificios supuestamente sostenidos por ‘Styrofoam’ (poliestireno expandido), una palabra colocada en portada para que el lector imagine viviendas hechas de corcho blanco, edificios de juguete entregados a los pobres por un Estado irresponsable. Ni tampoco es casualidad que el conservador ABC de España titulara: ‘Las viviendas sociales de Hugo Chávez se desploman como castillos de arena’.

Política que cambió vidas

La Gran Misión Vivienda Venezuela ha sido una de las políticas sociales más importantes del proceso bolivariano. Nació en 2011 para responder a una emergencia habitacional histórica: el hacinamiento, la infravivienda, los ranchos levantados sobre laderas inestables, las viviendas sin condiciones mínimas de dignidad y una absoluta anarquía urbanística heredada del boom petrolero, de las migraciones internas y de décadas de abandono institucional hacia los sectores populares. El Estado venezolano levantó una política pública que ha superado los cinco millones de viviendas entregadas y que cambió la vida de muchas familias para siempre.

Es la forma actual de una maquinaria mediática controlada por el gran poder económico, atravesada por intereses de capitales transnacionales.

Doble tarea tienen estos medios en medio de la tragedia: seguir agrediendo a Venezuela y, a la vez, criminalizar el derecho a la vivienda y la responsabilidad pública de garantizarlo, justo en un mundo con graves problemas de acceso a una vivienda digna.

Pero esa doble tarea incluso en medio de una tragedia no es una casualidad ni un hecho aislado. Es la forma actual de una maquinaria mediática controlada por el gran poder económico, atravesada por intereses de capitales transnacionales y sostenida, demasiadas veces, sobre periodistas precarizados, mal pagados, exprimidos, obligados a producir mercancía ideológica a la velocidad que impone el patrón. Así han ido vaciando al periodismo de su sentido más hermoso. Porque el periodismo, cuando es digno de ese nombre, puede ser una profesión bella y revolucionaria: sirve para buscar la verdad, para incomodar al poder, para poner palabras donde los pueblos solo reciben silencio.

Pero cuando se arrodilla ante los dueños del dinero, cuando convierte el dolor en negocio y la mentira en arma de guerra, deja de informar y empieza a participar del crimen. Venezuela lo sabe desde hace casi treinta años. Primero mintieron para preparar el golpe, después para justificar sanciones, luego para blanquear saqueos, secuestros, bombas y bloqueos. Ahora mienten también sobre los escombros. Las mentiras matan. Y quienes viven, mandan y se enriquecen mintiendo actúan, una y otra vez, como asesinos en serie.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista dePB.

♦♦♦

*Carmen Parejo Rendón es una periodista, escritora y analista política sevillana, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla. Es reconocida internacionalmente por su labor como directora de la Revista La Comuna y su participación habitual en grandes cadenas como RT, Telesur e HispanTV. Su análisis se especializa en geopolítica, con un enfoque crítico sobre América Latina, Asia Occidental y los procesos de soberanía popular. Como autora, destaca su obra poética Arquitecturas y Mantras, además de su colaboración en medios de pensamiento como El Viejo Topo. A lo largo de su carrera, ha compaginado la información con la gestión cultural y la dramatización teatral juvenil. Su perspectiva se define por la defensa del antiimperialismo y el estudio de la multipolaridad global. Actualmente, es una de las voces más activas en la contrainformación y el análisis social desde España. Su perfil une el rigor académico con un compromiso firme hacia los movimientos sociales transformadores. Se ha consolidado como una referencia para comprender los conflictos internacionales desde una mirada alternativa y rigurosa.

Venezuela: la doble catástrofe

 

Avatar de prensabolivariana

De prensabolivariana en junio 30, 2026

Por Atilio A. Boron | 30/06/2026 | Venezuela

En los primeros meses del 2026 Venezuela ha sido víctima de dos acontecimientos traumáticos.

Primero, el 3 de enero, el ataque militar denominado “Operación Resolución Absoluta” lanzado por el gobierno de Estados Unidos en contra de Caracas y, marginalmente, otras ciudades como La Guaira.

Segundo trauma: el doble terremoto del miércoles pasado.

Pero vayamos por partes. Se suponía que con aquella audaz maniobra se crearían las condiciones necesarias para precipitar una insurrección popular en contra del gobierno chavista y, de este modo, lograr el tan ansiado “cambio de régimen” que Washington persigue sin pausa desde el momento mismo en que Hugo Rafael Chávez Frías triunfara en las elecciones presidenciales de diciembre de 1998. La operación de marras obtuvo un logro parcial pero importante: el secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros y su esposa, la diputada Cilia Flores. Pero pese a su pomposo nombre fue un fracaso monumental desde el punto de vista militar y político, como también lo fue la “Operación Furia Épica”, el ataque de EEUU e Israel contra Irán. Pese a lo intimidante de sus nombres en ambos casos el “régimen” –en este caso el gobierno chavista– permaneció, al igual que su homólogo en Teherán, de pie.

Hablamos de fracaso porque basta comparar el enorme despliegue de más de 150 aeronaves, entre aviones y helicópteros, un portaaviones, un submarino nuclear y un acorazado utilizados para asolar al territorio venezolano, más los 15.000 efectivos movilizados para el combate y el comando de 200 hombres de la Delta Force que fue la encargada de la “extracción” (eufemismo para no decir el secuestro) de Maduro, con los equipos y la tropa utilizados el 2 de mayo del 2011 para capturar nada menos que a Osama bin Laden, supuestamente escondido en la ciudad paquistaní de Abbottalabad: 23 integrantes del Comando Seal con el apoyo de un total de cinco helicópteros y un portaaviones, para concluir que la significativa desproporción entre el equipo y el personal utilizado en ambas iniciativas demuestra con elocuencia que la “Operación Resolución Absoluta” tenía objetivos muchísimo más amplios que el secuestro de Maduro. Y les salió mal. El gobierno chavista permaneció en el poder, el “régimen” no se desplomó y las masas no inundaron las calles pidiendo la cabeza de sus gobernantes. No obstante, la transición ordenada bajo la mortal amenaza explícitamente comunicada por la Casa Blanca al gobierno bolivariano delegó el mando en la persona de Delcy Rodríguez como “presidenta encargada”, dejando al gobierno chavista y a la economía venezolana en una condición de radical subordinación a los mandatos emanados desde Washington. De hecho, se habla de un protectorado informal o una condición semicolonial de facto que se manifiesta en el descarado e impune robo del petróleo venezolano, dado que lo producido por su venta se deposita en una cuenta especial del Departamento del Tesoro de Estados Unidos y sólo una mínima parte se remite a Caracas; o del mantenimiento de las casi 1.100 “medidas coercitivas unilaterales” que aún hoy, cinco días después del doble terremoto que devastó La Guaira y parte de Caracas, siguen en pie; o los visibles cambios en la agenda de la política exterior de la República Bolivariana sobre todo después del restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, interrumpidas durante siete años.

Pero, ¡atención!: estamos ante acontecimientos “en pleno desarrollo”, como solía decir Walter Martínez, y no sólo en Latinoamérica y el Caribe sino a nivel mundial. Por eso el tiempo dirá si este avasallamiento de la soberanía nacional venezolana es una ineludible opción táctica defensiva –“por ahora”, como diría Chávez– o si, desgraciadamente, se trata de una capitulación definitiva. Confiamos en que sea lo primero. Es alentador que Washington no haya podido lograr sus objetivos de máxima, “cambiar al régimen”; pero hay que reconocer que lo que ha quedado en pie guarda pocas semejanzas con el chavismo original.

Vayamos al segundo acontecimiento traumático. La tragedia sociopolítica perpetrada por el trumpismo se multiplicó exponencialmente por el doblete sísmico del 24 de junio, cuando un poderoso terremoto de magnitud 7.2 fue seguido, apenas 39 segundos más tarde, por otro aún más intenso, alcanzando 7.5 en la escala logarítmica de Richter. No se trató de una réplica, aseguran los expertos, sino de dos terremotos distintos, el segundo precipitado por el primero y siendo dos veces y media más violento que aquél. En su conjunto estos dos terremotos tuvieron una intensidad inédita en la historia venezolana: fue treinta veces superior –repito: treinta veces superior– al que conmovió hasta sus cimientos a la ciudad de Caracas en 1967.

La devastación material salta a la vista y junto con ello la elevada pérdida de vidas humanas, cuyas cifras difícilmente se conocerán a ciencia cierta sino en las semanas venideras. Pese a ello la derecha mundial, fiel a su talante reaccionario y necrofílico y su tradicional desprecio por la verdad, ahora acusa al gobierno de Delcy Rodríguez de no contar con los elementos necesarios para atender adecuadamente a las víctimas y los sobrevivientes de la terrible catástrofe. A partir de ahí llueven las denuncias sobre el chavismo como un supuesto “estado fallido”, pero los muy canallas omiten decir que si ha habido problemas para enfrentar las consecuencias del doble terremoto –falta de equipos como retroexcavadoras u otras maquinarias pesadas, insumos médicos, hospitales bien abastecidos, etcétera– ello se debe a los diez años de sanciones y obstáculos comerciales y financieros de todo tipo con que se agredió a Venezuela desde el momento en que en marzo del 2015 el falso Premio Nobel de la Paz 2009 Barack Obama proclamó, con imperdonable alevosía, que el gobierno bolivariano representaba una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de estados Unidos.” Las consecuencias de esta política, agravada durante los años del primer Trump (2017-2921) fueron catastróficas, en el sentido más estricto de la palabra. Las restricciones impuestas a la comercialización del crudo y los vetos a la importación de equipos y repuestos para la industria petrolera produjeron un derrumbe sin precedentes de los ingresos producidos por la estatal PDVSA. Si en el 2012 las exportaciones petroleras habían alcanzado un pico de 93.000 millones de dólares luego de las sanciones comenzadas por Barack Obama y potenciadas por el primer Trump aquéllas bajaron en el año 2020 a 4.200 millones de dólares, o sea ¡menos del 5 por ciento de lo obtenido 8 años antes! La guerra económica desplegada con despiadada intensidad afectó gravemente a los ingresos del estado, imprescindibles para financiar las políticas públicas y por supuesto al bienestar colectivo de la sociedad y los ingresos de los trabajadores. Los esfuerzos y la creatividad del gobierno chavista presidido por Nicolás Maduro lograron atemperar en parte esta situación, colocando el nivel de las exportaciones en torno a los 18.000 millones de dólares, muy por debajo de la tendencia histórica anterior al bloqueo ordenado por Washington. Este criminal ataque económico produjo la desfinanciación de los servicios sociales prestados por el estado chavista en materia de salud, educación y rubros anexos y el consiguiente deterioro del nivel medio de remuneración salarial al funcionariado público. Un estudio sobre el impacto de las sanciones económicas en Venezuela realizado por Mark Weisbrot y Jeffrey Sachs en el marco del Center for Economic and Policy Research de Washington DC concluye que las sanciones “han causado más de 40.000 muertes entre 2017 y 2018”. Estas sanciones, prosiguen los autores, “encajarían en la definición de castigo colectivo de la población civil” y no sólo violan la legalidad internacional sino también la propia legislación estadounidense.” (https://cepr.net/es/publications/sanciones-economicas-como-castigo-colectivo-el-caso-de-venezuela/)

Para concluir, es obvio que un gobierno atacado con tanta saña y durante tanto tiempo tropiece con dificultades a la hora de enfrentar una monstruosa combinación de dos tremendos terremotos. Pero hay que ir a las causas y éstas yacen, fundamentalmente, en los devastadores efectos del bloqueo que el gobierno de Estados Unidos ha decretado en contra de Venezuela y, desde hace más de seis décadas, en contra de Cuba. El bloqueo es genocidio, limpieza étnica, crimen de lesa humanidad, algo que los siniestros y mendaces papagayos mediáticos de la derecha y el imperialismo se encargan de ocultar para así poder culpar a las víctimas de los horrores que les infligen los victimarios. Confiamos en que más pronto que tarde tanto Venezuela como Cuba podrán dar vuelta esta horrorosa página de la historia del imperialismo.

♦♦♦FBEEC7

Atilio Alberto Boron es un prestigioso politólogo, sociólogo y catedrático argentino, referente ineludible del pensamiento marxista y la geopolítica en América Latina. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard, ha dedicado su carrera al análisis de las democracias liberales, el imperialismo y los procesos de cambio social en la región. Durante casi una década, se desempeñó como Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), impulsando la integración académica regional. Su obra es vasta y ha sido traducida a múltiples idiomas, destacándose por títulos como Tras el búho de Minerva y Socialismo siglo XXI. En 2004, fue galardonado con el Premio Libertador al Pensamiento Crítico por su libro Imperio e Imperialismo, una respuesta incisiva a las teorías de la globalización. Actualmente, es director del Centro de Complementación Curricular de la Universidad Nacional de Avellaneda y mantiene una activa labor como columnista y conferencista internacional.

Venezuela: catástrofe geológica + catástrofe política (ocupación militar en puerta): una peor que otra

 

Avatar de prensabolivariana

De prensabolivariana en junio 30, 2026

Por: Marcelo Colussi*

La República Bolivariana de Venezuela recibe golpe tras golpe. Luego de años de bloqueo y crisis económica -en buena medida generada por las políticas de castigo impuestas por Washington-, con una situación política interna sumamente compleja que expulsó a alrededor de 8 millones de sus connacionales (alrededor del 20% de su población), con la reserva de petróleo más grande del mundo, lo que la pone en una situación de tremenda vulnerabilidad a una corta distancia de la principal potencia capitalista mundial y principal consumidora de ese hidrocarburo, siempre ávida de ese recurso, habiendo sufrido una monumental violación a su soberanía el pasado 3 de enero con el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y la instalación de una administración títere con un virtual gobierno de hecho que controla realmente la marcha del país desde la Casa Blanca -con autoridades locales que solo hacen de pantalla-, el 24 de junio pasado sufrió una terrible catástrofe natural, con dos devastadores terremotos.

La magnitud del desastre fue enorme, monumental. En el momento de redactar esta nota se cuentan 1.400 personas fallecidas, pero las estimaciones -teniendo en cuenta el derrumbe de tanta infraestructura edilicia- hacen llegar esa cifra a no menos de 10.000 personas. Incluso, podrían ser muchas más (se habló de decenas de miles). Las cantidades siempre crecientes de heridos están colapsando los hospitales. Los daños materiales, igualmente son inconmensurables. El profundo dolor se ha apoderado de todo el país.

Ante tanta tragedia la ayuda humanitaria no se ha hecho esperar. Numerosos gobiernos y organismos internacionales ya están enviando insumos de primera necesidad -alimentos, medicinas, ropa, agua pura- y personal especializado para cooperar en las tareas de rescate. Igualmente, muchos grupos solidarios de población, en distintas partes del mundo, gente común, ciudadanos de a pie, conmovidos ante tanto sufrimiento, también están recolectando ayuda. Todo un ejemplo de solidaridad, de auténtico calor humanitario, de sentimiento por el otro.

Por supuesto, ante tantas necesidades, nadie en Venezuela podría negar ninguna ayuda. Pero no se puede dejar de mencionar algo, quizá como un recordatorio de otras experiencias, haciendo de abogado del diablo tal vez, pero con un llamado a no dejar de tener en cuenta algunas circunstancias.

En situaciones como la que actualmente atraviesa Venezuela, la ayuda internacional es básica. Ahora bien: esa ayuda, ¿es siempre solidaria? Hay más que numerosos ejemplos que muestran que la ayuda humanitaria -para el caso, por ejemplo, la facilitada por la ONU- puede transformarse en una verdadera pesadilla para el país afectado. Allí están los casos de República Democrática del Congo, República Centroafricana, Kosovo, Timor Oriental, Haití. Como dice María Vergara: «Aunque la ayuda humanitaria constituye una herramienta indispensable para salvar vidas, la experiencia haitiana [y la de muchos otros países] demuestra que, en determinados contextos, también puede convertirse en un instrumento de proyección de influencia política y geopolítica».

Esa ayuda, fácilmente puede convertirse en esa «complicada» -por decirlo con un término suave-, sin dudas cuestionable «ocupación humanitaria» -controvertido concepto en el derecho internacional, dado que se encuentra en una zona legal gris, sin demarcación clara, lo que permite la intromisión y los abusos porque no hay normativas claras-. Son numerosos los excesos y arbitrariedades debidamente documentadas de misiones de Naciones Unidas donde se cometen graves abusos y violaciones a los derechos humanos de las poblaciones damnificadas, a las que supuestamente se debería ayudar, que van desde la explotación sexual -en algunos casos, con menores de edad- hasta fallos sistémicos en la protección de civiles.

El caso de Haití luego de su devastador terremoto de 2010, que dejó más de 200.000 muertos y 300.000 heridos, con una destrucción tremenda de su infraestructura, muestra en forma evidente lo que puede ser una de esas misiones disfrazadas de ayuda humanitaria. Estados Unidos fue el principal país que prestó esa «ayuda», pero los resultados fueron singulares, paradójicos, por no decir catastróficos. De los alrededor de 4.000 millones de dólares que destinó el país del norte, solo el 2% fue a parar a organizaciones haitianas, mientras que casi el 60% quedó en empresas estadounidenses. Hubo un gran despilfarro de recursos (dicho claramente: ¡corrupción!), sin que se materializara ninguna reconstrucción constatable del Haití destruido, mientras que el mayor beneficio lo obtuvieron las fuerzas armadas norteamericanas, que fueron el principal actor en la iniciativa: adquisición de experiencia logística para el futuro en el área del Caribe, entrenamiento de las tropas en condiciones reales, poder probar y mejorar sus capacidades logísticas y de respuesta rápida a gran escala acumulando experiencia crucial para futuras operaciones humanitarias y, fundamentalmente, bélicas.

¿Se estará repitiendo algo similar en la hoy devastada Venezuela? Uno de los principales actores en la ayuda (¿ayuda?) es el Comando Sur de Estados Unidos -SOUTHCOM, por su sigla en inglés, con sede en Doral, Florida, uno de los comandos combatientes unificados del Departamento de Guerra, responsable de la planificación militar, las operaciones y la cooperación en seguridad en Latinoamérica y el Caribe. Después de la invasión perpetrada en enero apuntando a quedarse con el manejo de las reservas petroleras, con un gobierno que, en forma creciente, abre las puertas a la presencia estadounidense, y con el actual estatus de protectorado de hecho que tiene el país bolivariano, es altamente preocupante lo que pueda venir. ¿Presencia permanente de fuerzas militares estadounidenses en la patria de Bolívar? Como van las cosas, es muy probable. El petróleo del subsuelo venezolano pasará a ser de propiedad yanki -ahí están operando a toda máquina sus grandes multinacionales petroleras-, custodiado por marines bien equipados desde dentro del propio territorio caribeño. ¿Protectorado con ocupación militar disfrazada de ayuda?

Alguna vez Hugo Chávez expresó: «Fidel me dijo un día ‘si a ti o a mí nos pasa un día eso -que nos invadan- lo último que podemos hacer es hacer lo que hizo Saddam, meterse en un hueco por allá. Hay que morir peleando, Chávez, ahí, en la primera línea de batalla’. Y es eso lo que yo haría: yo no voy a irme para un monte, voy a morir al frente, con la dignidad de un venezolano que ama este país». Lo mismo dijo el presidente cubano Díaz-Canel ante la eventualidad de una invasión. El 3 de enero fuerzas militares de Estados Unidos invadieron Caracas (¿gran capacidad bélica o se les abrió la puerta desde dentro?). El ahora presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, dijo entonces que se había acabado el socialismo y se iba abiertamente hacia una economía de mercado, con un gesto genuflexo y complaciente ante el invasor. Diametralmente opuesto a lo que manifestara en su momento el comandante bolivariano. Si se les abrió la puerta a los invasores, una vez dentro ¿Quién los saca?

Por supuesto que puede haber solidaridad real, genuina, sin pedir nada a cambio. Numerosas instancias lo hacen. Cuba socialista, aun bloqueada hasta el infinito, no deja de enviar al mundo brigadas médicas, maestros, entrenadores deportivos, en un gesto solidario. ¿Hará lo mismo el Comando Sur en la pobre Venezuela que no para de contar sus muertos, con más de 200.000 millones de deuda externa?

Valen aquí palabras del venezolano Oscar Caballero: «La desesperación y angustia por la catástrofe están llevando a los venezolanos a aceptar mansamente (por ignorancia o por dolor) la asistencia de Estados Unidos, pero también a pasar por alto la ocupación gringa que casi seguro se nos está viniendo encima».

Sin dudas, la gran potencia en declive necesita un reaseguro ante nuevas fuerzas que aparecen en el escenario global disputando su hegemonía: China, Rusia, los BRICS+. Ese reaseguro (¿tal vez negociado a alto nivel con esas otras potencias?) es Latinoamérica. Y el petróleo venezolano es parte crucial de ese botín. ¿Ocupación humanitaria o algo más?

♦♦♦

*Marcelo Colussi es un psicólogo y filósofo nacido en Argentina, radicado en Guatemala desde hace décadas. Con una sólida formación en ciencias sociales y psicoanálisis, ha dedicado su carrera a la docencia universitaria, la investigación social y la consultoría en derechos humanos. Es un prolífico ensayista y analista político, cuyas columnas se publican en diversos medios internacionales de pensamiento crítico. Su trabajo se caracteriza por desmenuzar la geopolítica latinoamericana, la lucha de clases y el impacto del modelo neoliberal en la salud mental colectiva. Como intelectual comprometido con las causas populares, utiliza la escritura como una herramienta de transformación social y denuncia desde una perspectiva marxista y humanista. ♦ Google Drive: mmcolussi |Correo:mmcolussi@gmail.com|Facebook Perfil: Marcelo Colussi|Facebook Pagina: Marcelo Colussi|Pagina Web: mcolussi.blogspot.com| Instagram: @marcelocolussi8||C1FAED