Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

20 de septiembre de 2026

Trump aconseja a Delcy abogar en la ONU por liberación de Maduro… Tremenda estrategia! IMPRESIONANTE!…

 

José Sant Roz

Ya es oficial que habrá un encuentro entre Delcy y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Éste se dará durante la Asamblea General de las Naciones Unidas el próximo martes en Nueva York, así lo ha dicho el embajador Mike Waltz, representante de EE.UU. ante la ONU.

Waltz agregó que Trump después “participará en una reunión aparte con la presidenta encargada Rodríguez de Venezuela, y luego partirá de Nueva York hacia la Casa Blanca esa misma noche”. Esta decisión de doña Delcy de asistir a la ONU le fue en esencia solicitada por el propio presidente Trump, como veremos en una conversación privada que sostuvieron hace meses.

Tuvimos oportunidad de acceder a dicha conversación que se hizo en un nivel profundamente político-filosófico, por cierto:

TRUMP- Usted, mi querida presidenta, debe entender mi posición que responde a un mandato escrito y decidido por nuestros Padres Fundadores, empezando por Thomas Jefferson, es decir, hacer de Venezuela un Estado constituido en república verdaderamente occidental y democrática. Su país, señora presidenta de Venezuela, no está en Asia ni en África, es de nuestros vecinos más próximo y querido, aquí mismo frente a nuestro estado de la Florida que es como decir otro estado con tantos latinos como el suyo. No es puro eufemismo cuando hablo de lo maravilloso de que ustedes pasen a ser el número 51 de la Unión.

DELCY- Pero, Ay presidente, eso es muy duro para nosotros. Muy fuerte. Aquí se luchó por la independencia y fuimos de los que más sufrimos en este continente. Ningún país pagó con tantas vidas como nosotros por la libertad.

TRUMP- Eso es cosa del pasado amiga, cuando no existían aviones, ni portaaviones, ni internet. Y fíjese, ya no son ese pueblo, y nosotros lo sabíamos perfectamente desde hace mucho tiempo.

Delcy- Entiendo. La realidad es lo real. Entiendo.

TRUMP- Usted debe saber el papel que me propongo desempeñar. Ustedes llevan, 25 años fuera de la civilización occidental, sin explotar debidamente recursos valiosísimos para el desarrollo industrial de nuestro planeta, y he propuesto para ustedes una forma de gobierno controlado por el mismo equipo de Maduro que no habrá de encontrar resistencia alguna entre mis socios. Podría decir que su gobierno será muy estable, casi invencible en sus decisiones bajo nuestra dirección porque no permitiremos desordenes encabezados por María Corina Machado, que vayan a afectar nuestros proyectos, las ideas, las costumbres ni las leyes. ¿Usted me entiende?

DELCY- Sí, Presidente.

TRUMP – Bueno, tenga confianza. Y de hecho puede darse cuenta de que no existe ninguna alteración significativa del orden en su país. Acepto incluso que su gobierno adopte la línea que quiera siempre y cuando sea dirigido por nosotros. Repito, cualquiera sea su forma, con grandes o pequeñas reformas; por mi parte lo supongo dotado de las diversas instituciones que garantizan la libertad, y en este sentido puedo decirle que el estado en su poder estará al abrigo de cualquier perturbación social, de movimientos militares o de un golpe de mano. Usted me entiende Presidenta.

DELCY- Sí, claro. Gracias.

TRUMP– Tales perturbaciones, necesarias para nosotros en otras circunstancias en este momento son inconvenientes tanto para ustedes como para nosotros, puesto que están colmadas de peligros y repugnan a las costumbres modernas, jamás alcanzarían, suponiendo que tuviesen éxito, la importancia que en otro momento le llegamos a atribuir. Preferimos lo que estamos haciendo sin un cambio de poder que pueda traer aparejado un cambio de instituciones.

DELCY – No crea Presidente, nosotros aquí tenemos muchas preocupaciones. Usted debe saber por todo lo que hemos pasado en los últimos quince años,

TRUMP- Lo sé. Lo sé.

DELCY- Demasiados pretendientes para éste, mi cargo. Y debe saber que aquí tenemos una gran población devota de las ideas presidente Chávez. Ni quiero imaginar las perturbaciones que aquí podrían presentarse de escoger a alguien frontalmente enemiga del proceso que nosotros veníamos encarnando, es decir que se impongan sus partidarios, que el poder pase a otras manos y se altere todo, presidente, que el derecho público y la esencia misma de las instituciones pierdan todo su equilibrio. Esto es lo que me preocupa en exceso.

TRUMP- Todo el caso Venezuela ha sido minuciosamente estudiado por nuestros expertos militares y diplomáticos. Todo ha ido teniendo su evolución porque se han buscado distintos caminos hasta pensar finalmente en la intervención militar tal cual como ocurrió el pasado 3 de enero.

DELCY: -Eso fue muy duro para nosotros, Presidente. Ay, ¿usted se imagina?

TRUMP- No nos quedó otra alternativa.

DELCY: Puedo comprenderlo. Pero qué duro, Presidente.

TRUMP- No le debe ser difícil entender en qué situación me encuentro. He suprimido momentáneamente cualquier poder que no sea el mío. Si las instituciones que aún subsisten pueden alzar ante mí algún obstáculo, es sólo formalmente; en los hechos, los actos de mi voluntad no pueden tropezar con ninguna resistencia real; me encuentro, en suma, en esa situación extra-legal, que los romanos designaban con una palabra bellísima, de pujante energía: LA DICTADURA. Es decir, que puedo en este momento hacer todo cuanto quiero, que soy legislador, ejecutor, juez y jefe supremo del ejército. Recordad bien esto. He triunfado gracias al apoyo de una facción, es decir, que el éxito solo se ha podido lograr en medio de una profunda disensión interior. Es posible señalar al azar, aunque sin riesgo de equivocarse, cuáles son las causas: un antagonismo entre la aristocracia y el pueblo o entre el pueblo por general bien ignorante de la política exterior. En el fondo, no puede tratarse sino de eso; en la superficie, un mare mágnum de ideas, de opiniones, de influencias contrarias, como en todos los Estados donde en algún momento se haya desencadenado a la libertad. Habrá toda suerte de elementos políticos, tocones de partidos otrora victoriosos, hoy vencidos, ambiciones desenfrenadas, ardientes codicias, odios implacables, terrores por doquier, hombres de las más diversas opiniones y de todas las doctrinas, restauradores de antiguos proyectos, demagogos, anarquistas, utopistas, trabajando todos por igual, cada uno por su lado, para intentar sacarme de quicio.

DELCY- Ay Presidente, y nosotros aquí padeciendo tanto con sus trastornos y los nuestros. Si usted al menos nos quitara todas las restricciones, sanciones y bloqueos le podríamos asegurar que saldríamos ganando ambos países. No crea usted lo duro que me resulta tener que contener tanto a los bandos de la izquierda como a los de la derecha.

TRUMP- Bueno, bueno. ¿Qué conclusiones podemos extraer de semejante situación? Dos cosas: la primera, que su país, que es como decir el mío, tiene una inmensa necesidad de tranquilidad y que habrá de agradecérsele a quien pueda brindársela; la segunda, que en medio de esta división de grupos y partidos todos por satisfacer sus ambiciones personalistas, no existe ninguna fuerza real o más bien sólo existe una: la fuerza militar, y tengo entendido que ella está con nosotros, es decir por la paz, por la estabilidad social. Ahí tiene usted la ciega potestad que proporcionará los medios para realizar cualquier cosa con la más absoluta seguridad; ahí tiene usted la autoridad, el nombre que podrá encubrirlo todo, distinguida presidenta. Usted eso lo entiende muy bien. ¡Poco en verdad se preocupa el pueblo por vuestras ficciones legales, por vuestras garantías constitucionales!

DELCY- Muy bien Presidente, andamos buscando un nombre para todos estos procederes.

TRUMP- A mí me parece magnífico ese que ustedes han elegido, RENACER. De veras que están renaciendo.

DELCY- Gracias, Presidente.

TRIMP- Dos cosas: una grande y luego una pequeña.

DELCY- Veamos primero la grande.

TRUMP- No todo ha concluido con la acción del pasado 3 de enero, pues en general los partidos no se han dado por vencidos. Existen muchas dudas, temores y peligros. Usted cada vez debe abrirse más a nuestros planes. Nadie conoce aún con exactitud qué valor tiene la energía de los grandes cambios, tenemos que ir poniéndolo a prueba poco a poco, organizar incluso alguna que otra protesta para ir pulsado los distintos tipos de peligros que puedan presentarse. Ha llegado, pues, el momento de instaurar cierta disciplina y control, que estremezca un poco la sociedad en pleno y haga desfallecer hasta a las almas más intrépidas.

DELCY– ¿Qué propone usted? Porque sus emisarios siempre han insistido en que usted repudia el uso de las armas, el derramamiento de sangre.

TRUMP- No es cuestión de sentimientos humanitarios. La sociedad amenazada se halla en estado de legítima defensa; para prevenir en el futuro nuevos derramamientos de sangre, recurriré a rigores excesivos y aun de ser necesario a una represión moderada. No le puedo adelantar qué  haré; es imprescindible, me permitiré ser algo franco y sincero ya que usted me cae tan bien, pero de una vez por todas es necesario aterrorizar a las almas, destemplarlas por medio del terror.

DELCY- Ay, Presidente usted me asusta con eso.

TRUMP- Usted que ha leído y ha tenido tanto tiempo de asesora de la presidencia esto no le debe parecer extraño para nada.

DELCY- Pero entonces, en caso de que no funcione lo que vamos llevando, esa sangre ¿quién la derramará?

TRUMP- El gran justiciero de los Estados: ¡el ejército!, cuya mano jamás deshonrará a sus víctimas. La intervención del ejército en la represión permitirá alcanzar dos resultados de suprema importancia. A partir de ese momento, por una parte se encontrará para siempre en hostilidad con la población civil, a la que habrá DE CASTIGAR sin clemencia; mientras que, por la otra, quedará ligado de manera indisoluble a la suerte de su jefa.

DELCY- ¿Cree que esa sangre no recaerá sobre usted?

TRUMP- No, porque a los ojos de los medios yo siempre tendré la razón. El soberano, en definitiva, es ajeno a los excesos cometidos por una soldadesca que no siempre es fácil de contener. Los que podrán ser responsables, serán los generales, los ministros que habrán ejecutado mis órdenes. Y ellos, os lo aseguro me serán adictos hasta su postrer suspiro, pues saben muy bien lo que les espera después de mí.

DELCY – Ay Presidente, qué difícil debe ser sentirse el dueño de este mundo. Claro que desde hace tiempo he notado cuál es, en política, la importancia de los medios comunicación. Pero cómo cambia el mundo, son tantos los controles. Por favor, presidente, elimínenos todas las sanciones.

TRUMP- eso no depende de mí. Parece que nunca hubieras ejercido el poder. ¿Usted todavía no se habrá dado cuenta de que la efigie humana impresa en el dinero, es el símbolo del poder? Y qué quiera que haga, ¿Qué no lo ejerza? Le puedo decir que un día cualquiera de estos no me quedará más remedio que atacarlos.

DELCY- Usted me asusta.

TRUMP- Es que la pretensión de ciertos espíritus orgullosos, esos que llaman revolucionarios se siguen estremeciendo de cólera; y mi deber es someterlos, que terminen por acostumbrarse; hasta los enemigos de mi poder estarán obligados a llevar mi retrato en sus escarcelas. Y es muy cierto que uno se habitúa poco a poco a mirar con ojos más tiernos los rasgos que por doquier aparecen impresos en el signo material de nuestros placeres. Desde el día en que mi efigie aparezca en la moneda, seré el rey de este mundo.

DELCY- Y usted presidente me pone a mí en un papel muy difícil, porque aquí hay una Constitución votada soberanamente por el pueblo.

TRUMP- ¿Pero acaso usted todavía cree que pueblos irresponsables como Chile cuando tuvieron a Allende pueden darse constituciones que los saquen de abajo, y que con ellas y por sí solas harán milagros? Pese a todo ese poder que ustedes llaman SOBERANO, nacido de los barrios, pese a todas sus marchas y movilizaciones, ustedes parecen no haber entendido que sólo existe un único poder en este mundo: LA FUERZA ¿No le parece a Usted señora presidenta que cuando votaron esa constitución se iban a ver en serias dificultades con nosotros, con el mundo civilizado, que iban a sufrir una guerra frontal sin medios para subsistir? Concuerdo con que Chávez era un líder de temer, pero sabíamos que nos les duraría mucho, y el fue iluso al creer que alguien lo reemplazaría con el empuje de su liderazgo. Fueron muy ingenuos y más que ingenuos, ¡TORPES! Mil veces torpes.

DELCY- Pues, sí.

TRUMP- No debe ser difícil para usted entender que tengo la fuerza y ante cualquier dificultad no tengo otra salida que ejercerla. Esto no es juego. No existe, por el momento ninguna otra voluntad, otra fuerza más que la mía y tengo como base de acción el elemento decisorio a mi favor. lo puedo todo.

DELCY- Es verdad. A lo mejor me equivoco y soy una persona que en política me muevo con muchos escrúpulos porque no tengo base para reclamar, para resistir y estos es lo que le digo a mis correligionarios: de acuerdo con lo que usted me acaba de decir, imagino que su constitución es un monumento a la libertad, pero ella atenta contra nosotros, con la de toda América Latina, permítame que se los diga con todo respeto. ¿Cree entonces usted que solamente con un golpe de fuerza, con solo violencia le bastará para arrebatar a una nación todos sus derechos, todas sus conquistas, todas sus instituciones y todos los principios con que está habituada a vivir?

TRUMP- Mire PRESIDENTA, los pueblos son como niños, caprichosos. Por eso los invadí el pasado 3 de enero, se estaban pasando de malcriados y discúlpeme la franqueza. Supe que no iba a pasar nada, que no habría eso que llaman una insurrección popular. He aquí una norma cuyas prescripciones, en materia de política, deben seguirse al pie de la letra: propinar al enemigo un golpe del que nunca más se pueda recuperar. Eso hice. Y lo que hice en Venezuela algunos lo llaman magia. Nada de eso, simple sentido común. Yo sabía que ustedes no reaccionarían porque ustedes son políticos llenos de prejuicios, de remordimientos. Esencialmente muy débiles, incapaces de responder a nuestras acciones. A ustedes les habría dado pánico asesinar a uno de nuestros mariners. Ustedes saben y entienden muy en el fondo que nosotros tenemos la razón.

DELCY- Pues, si. A mí no me queda otra respuesta que reconfirmar los elevados principios del derecho moderno, de los derechos humanos. A ellos me atengo..

TRUMP- Pues señora, mi libertad de acción está encadenada a aquellos principios por los que hemos declarado la mayor democracia de este mundo. Esto me permitirá descartar, por vía de excepción, aquellos países que he de juzgar peligrosos, como por ejemplo Cuba. No olvide usted que Maquiavelo en el Tratado del Príncipe escribió la siguiente máxima, que no ha dejado de ser válida: “Los gobernados siempre están contentos con el príncipe cuando éste no toca ni sus bienes, ni su honor, por lo tanto sólo tiene que combatir las pretensiones de un pequeño número de descontentos, que le será fácil poner en vereda”. Eso es algo que usted ahora le toca resolver como una presidenta que cuenta con todo mi apoyo. Finalmente, cuando en septiembre a usted le corresponda dar su discurso en las Naciones Unidas, no se olvide abogar por los derechos de su presidente Nicolás Maduro. Me parece que es su obligación y cuente en eso todo mi apoyo.

DELCY- Gracias presidente.


19 de septiembre de 2026

La soberanía no se grita, también se negocia

 


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De prensabolivariana en septiembre 19, 2026

Hay artículos (Los intermediarios de Trump… contra Elías Jaua de Carlos Mezones), que invitan al debate y hay otros que, aun cuando parten de una preocupación legítima, terminan mezclando conceptos jurídicos, hechos políticos y apreciaciones personales, hasta presentar como verdades concluyentes cuestiones que todavía están sujetas a discusión. El texto de Carlos Mezones sobre los acuerdos petroleros venezolanos y las declaraciones de Elías Jaua pertenece, a nuestro juicio, a esta segunda categoría. InfórmateSobre Decretos

El problema no está en que Mezones cuestione al Gobierno venezolano. En una República, esto forma parte del debate político. El problema comienza cuando se afirma que un acuerdo es “nulo de pleno derecho” y se pretende fundamentar esa conclusión en normas que no necesariamente resultan aplicables al instrumento cuestionado, o cuando se presenta una encuesta de manera distinta a como realmente fueron publicados sus resultados.

Comencemos por lo más elemental: ¿con quién firmó Venezuela los acuerdos petroleros? Aquí hay una primera confusión importante. Hablar de un supuesto “acuerdo petrolero entre Venezuela y el Pentágono” puede producir una imagen política muy poderosa, pero jurídicamente hay que identificar quiénes son las partes de cada instrumento. Los acuerdos anunciados el 2 de septiembre incluyeron a empresas petroleras como Chevron y Eni, (entre muchas otras), además de otros acuerdos vinculados con infraestructura y energía. No estamos hablando, simplemente, de un contrato bilateral entre la República Bolivariana de Venezuela y el Departamento de Defensa de los EEUU. Y esto importa mucho.

Porque una cosa es analizar la relación política entre Caracas y Washington, otra es analizar la participación del Gobierno estadounidense en determinadas negociaciones y otra, muy diferente, determinar la naturaleza jurídica de cada contrato suscrito con una empresa transnacional. No podemos meter todo en un mismo saco.

Si queremos discutir seriamente sobre soberanía petrolera, entonces discutamos los contratos, sus cláusulas, las empresas participantes, la participación accionaria, los mecanismos de control, los ingresos para el Estado venezolano, la jurisdicción aplicable, las obligaciones de inversión y, sobre todo, su compatibilidad con la Constitución y las leyes venezolanas. Esto es mucho más serio que repetir “Pentágono” cada vez que aparece una empresa estadounidense.

Ahora vayamos al argumento central de Mezones: el famoso artículo 52. Aquí hay una incoherencia. El artículo que Mezones invoca no es el artículo 52 de la Constitución venezolana, es el artículo 52 de la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados de 1969.

El artículo 52 de dicha Convención establece una regla muy concreta, un tratado es nulo cuando su celebración haya sido obtenida mediante la amenaza o el uso de la fuerza en violación de los principios de la Carta de las Naciones Unidas. La propia Convención distingue además esta situación de la coacción ejercida sobre el representante de un Estado, contemplada en su artículo 51. Por esto hay que tener cuidado con las palabras. Coacción no significa automáticamente presión política, no significa automáticamente sanciones, no significa automáticamente una negociación desigual, y mucho menos significa que cualquier acuerdo celebrado en un contexto de presión internacional sea, por ese solo hecho, jurídicamente nulo.

Para aplicar el artículo 52 habría que demostrar los elementos que la propia norma exige, que estamos ante un tratado comprendido por la Convención y que su celebración fue obtenida mediante amenaza o uso de la fuerza, en los términos específicos de esa disposición.

Además, Mezones reconoce que Venezuela no es parte de la Convención de Viena de 1969. Esto no permite concluir, sin más, que los principios jurídicos relacionados con la prohibición de la fuerza sean inexistentes o irrelevantes para Venezuela; pero tampoco permite utilizar automáticamente una disposición convencional, como si Venezuela hubiera ratificado el instrumento y estuviera obligada por él en los mismos términos que un Estado parte.

En otras palabras, reconocer que existe un principio internacional sobre la prohibición de obtener tratados mediante la fuerza no equivale a demostrar que determinado contrato petrolero venezolano sea nulo conforme al artículo 52. Son dos discusiones distintas.

Y hay otra equivocación que resulta todavía más llamativa. Mezones habla del “artículo 52 de la Constitución” como parte de los fundamentos de su argumentación. Pues bien, el artículo 52 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, no trata sobre contratos petroleros ni sobre nulidad de acuerdos internacionales; este artículo reconoce el derecho de asociación con fines lícitos. ConsultaMapas Interactivos

Para discutir constitucionalmente contratos de interés nacional, hay que mirar otras disposiciones. Entre ellas, el artículo 150, que establece el régimen de los contratos de interés nacional y contempla la autorización correspondiente en determinados casos. El artículo 187, numeral 9, también atribuye a la Asamblea Nacional competencias relacionadas con la autorización de contratos de interés nacional y de contratos de interés público con Estados o entidades oficiales extranjeros o sociedades no domiciliadas en Venezuela.

Por tanto, si alguien quiere demostrar que un acuerdo petrolero es inconstitucional, bienvenido sea el debate. Pero que cite el artículo correcto, identifique la naturaleza jurídica del instrumento y explique exactamente cuál disposición constitucional fue violada y de qué manera. Decir “esto es nulo de toda nulidad” es una conclusión, no es una demostración.

Y aquí aparece otro elemento interesante: la palabra “coacción”. En el lenguaje político podemos hablar de presión, amenaza, chantaje, imposición, asimetría de poder o condicionamiento. Pero el lenguaje jurídico exige algo más preciso.

Si se sostiene que Venezuela celebró un acuerdo bajo coacción, hay que responder preguntas concretas: ¿quién amenazó a quién?, ¿cuál fue exactamente la amenaza?, ¿en qué momento ocurrió?, ¿qué acto estatal fue consecuencia directa de esa amenaza?, ¿qué representante fue coaccionado?, ¿qué documento demuestra esa circunstancia?, ¿qué cláusula del acuerdo fue impuesta por esa vía?, porque de lo contrario corremos el riesgo de convertir una categoría jurídica en una consigna política. Y una izquierda seria debería desconfiar precisamente de esto, de las consignas cuando sustituyen al análisis concreto.

Aquí es donde la cita de Lenin utilizada por Mezones resulta particularmente interesante. Mezones comienza recordándonos que hay que analizar “la situación concreta” y las circunstancias concretas. De acuerdo, pero esa misma regla obliga a no sustituir los hechos por una interpretación previamente escogida. Si vamos a utilizar a Lenin como referencia metodológica, entonces hagámoslo hasta el final.

Analicemos concretamente quién firmó, qué firmó, qué obligaciones asumió Venezuela, qué recibe el Estado, qué reciben las empresas, cuáles son los controles públicos, qué dice la legislación venezolana y cuáles son las condiciones internacionales en las que se produjo la negociación. No basta con decir: “como existe presión estadounidense, todo lo firmado bajo esas circunstancias es nulo”. Esto no es análisis concreto de una situación concreta, esto es convertir una conclusión política en una conclusión jurídica.

Y tampoco resulta correcto presentar la encuesta mencionada por Mezones como si hubiera demostrado que “90 de cada 100 venezolanos” respaldan el acuerdo petrolero. Los resultados publicados de la encuesta de Hinterlaces a la que se ha hecho referencia señalaron un 82% de respaldo a la alianza petrolera, mientras que otras preguntas del estudio registraron porcentajes cercanos al 90% en relación con las relaciones diplomáticas y económicas y el diálogo y la negociación. El estudio reportado contempló 700 entrevistas y señaló un margen de error de ±3,5%.

Esto no significa que una encuesta sea una prueba de que un acuerdo es bueno. Tampoco significa que una encuesta sea una prueba de que un acuerdo es malo. Una encuesta mide opinión pública, nada más y nada menos.

Por esto tampoco es serio descartarla simplemente porque sus resultados incomodan a quienes critican al Gobierno. Si alguien considera que la encuesta es metodológicamente deficiente, que explique por qué, muestra, cuestionario, fechas, procedimiento, ponderación, ficha técnica y posibles sesgos, esto sí sería un debate. Lo que no corresponde es sustituir el análisis metodológico por el “yo no me lo creo”. Porque si vamos a pedir transparencia al Gobierno, también debemos exigir rigor a quienes lo cuestionan.

Y aquí llegamos a Elías Jaua e Iris Varela. Que ambos hayan expresado reparos respecto de los acuerdos petroleros demuestra que existe una discusión política real dentro del campo chavista y dentro de sectores, que se identifican con el proceso bolivariano. Jaua ha sostenido la tesis de la nulidad por coacción y Varela también ha cuestionado la validez futura del acuerdo por esa misma razón.

Pero que dos dirigentes de una misma corriente política cuestionen una decisión gubernamental, no convierte automáticamente su interpretación en la verdad jurídica definitiva. El debate debe resolverse con documentos, leyes, contratos y hechos. Esto también vale para quienes ocupan responsabilidades en el Estado.

El Gobierno venezolano tiene una obligación política que nadie debería discutir, explicar con claridad qué se firmó, con quién se firmó, cuáles son las condiciones y qué obtiene Venezuela. Una política de soberanía no debería tenerle miedo a la transparencia; por el contrario, mientras más estratégica sea una negociación petrolera, más importante resulta explicar sus términos al pueblo. Pero exigir transparencia al Gobierno no significa aceptar que cualquier interpretación sobre los acuerdos sea jurídicamente correcta. ConsultaMapas Interactivos

Y aquí hay algo que Mezones parece pasar por alto, recuperar producción petrolera, atraer capital extranjero y permitir la participación de compañías transnacionales no equivale automáticamente a entregar la soberanía nacional. La cuestión real es bajo qué condiciones se produce esa participación.

Venezuela puede negociar con empresas estadounidenses, italianas, indias, europeas o de cualquier otro país y, al mismo tiempo, defender la propiedad de la Nación sobre sus recursos naturales. La participación de capital extranjero no determina por sí sola, quién posee constitucionalmente los recursos ni quién ejerce la soberanía sobre ellos. Lo decisivo son las condiciones concretas.

De hecho, en septiembre se han conocido nuevos movimientos de empresas internacionales en el sector venezolano, incluida la firma de un memorando entre PDVSA y Continental Resources para desarrollar un bloque de la Faja del Orinoco. Entonces la discusión real no es “extranjeros sí o extranjeros no”.

La discusión seria es, ¿qué porcentaje obtiene Venezuela?, ¿qué control conserva PDVSA?, ¿qué inversiones debe realizar el socio?, ¿qué tecnología aporta?, ¿qué impuestos y regalías se generan?, ¿qué mecanismos de fiscalización existen?, ¿qué ocurre ante un incumplimiento?, ¿qué jurisdicción resuelve una controversia?, ¿qué protección tiene el interés nacional? Esto es soberanía económica en serio.

Y hay algo más que tampoco debemos perder de vista. El mundo petrolero no funciona en un vacío. Venezuela negocia desde una posición internacional determinada por años de sanciones, aislamiento, deterioro productivo, necesidad de inversión y disputa geopolítica. Pretender que esas condiciones no existen sería tan ingenuo, como afirmar que, porque existen, cualquier contrato que Venezuela suscriba queda automáticamente invalidado.

La política exterior consiste precisamente en negociar dentro de circunstancias que muchas veces no son ideales. Esto no significa renunciar a los principios. Significa utilizarlos para obtener el mayor margen posible de beneficio nacional.

Por eso tampoco compartimos la idea de que todo aquel que defiende los acuerdos sea necesariamente un “intermediario del Pentágono”, como tampoco aceptaría que todo aquel que los critique, sea automáticamente un “traidor”.

Este lenguaje termina destruyendo la posibilidad de discutir. Y Venezuela necesita exactamente lo contrario, discutir. Discutir sin complejos la relación con Washington, la participación de Chevron, Eni y las demás empresas, el papel de PDVSA, las condiciones de los contratos, discutir la constitucionalidad de cada instrumento, y discutir también las posiciones de Jaua, Varela y cualquier otro dirigente que formule objeciones. Pero hagámoslo con documentos sobre la mesa. ConsultaMapas Interactivos

Si Mezones considera que el acuerdo es nulo, que presente el contrato, identifique la obligación específica que contradice la Constitución, y explique jurídicamente por qué la causal de nulidad resulta aplicable. Si sostiene que hubo coacción, que aporte los elementos que permitan demostrarla jurídicamente. Si considera que la encuesta es falsa, que ataque su metodología y no simplemente su resultado. Y si invoca a Lenin para hablar del análisis concreto, entonces que acepte también la otra parte de la lección, los hechos concretos tienen que ser examinados antes de sacar conclusiones.

Porque defender la soberanía venezolana no consiste en declarar nulo todo lo que venga de Washington. Pero tampoco consiste en aceptar cualquier condición porque venga acompañada de dólares, inversiones o promesas de recuperación petrolera. La soberanía no se mide por el volumen de los discursos. Se mide por la capacidad de un Estado, para negociar, preservar sus recursos, obtener beneficios para su pueblo, controlar sus decisiones estratégicas y hacer cumplir sus propias leyes. Este debería ser el verdadero centro del debate.

Y precisamente por esto, antes de acusar de traición a quienes negocian, o de traidores a quienes critican, sería mucho más útil exigir que se conozcan los contratos, se examinen sus cláusulas y se compruebe, con la Constitución en la mano, qué ganó Venezuela y qué comprometió. Aquí comienza el debate serio, y aquí, también, empieza el verdadero análisis concreto de la situación concreta.

♦♦♦

*José A. Amesty Rivera es un teólogo, reverendo, escritor y analista político e internacional de origen venezolano, ampliamente reconocido en el ámbito del periodismo de opinión y el análisis geopolítico de izquierda en América Latina. Es un firme defensor de la Teología de la Liberación y de las causas sociales en la región. Es un activo colaborador y administrador de plataformas de comunicación alternativa como La Voz Bolivariana Internacional y la Red en Defensa de la Humanidad (REDH).Enfoca su cobertura crítica de los giros políticos en el Cono Sur y Centroamérica, analizando fenómenos que van desde el ascenso del neoliberalismo hasta las dinámicas de los procesos electorales regionales.

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País y nación no son lo mismo. Por Pedro Grima Gallardo y Dubraska Durango de Grima

 


19 de septiembre de 2026

Un país es una línea en el mapa. Una frontera, un color, un nombre en el atlas. La nación es otra cosa: es la suma de todo lo que vive dentro de esas líneas. Los ríos, sí. El petróleo, el hierro, el oro, la tierra que alimenta. Pero también, y, sobre todo, su gente.

Y aquí viene lo bueno: Venezuela no solo tiene recursos bajo el suelo. Tiene un pueblo que llegó de todas partes. Europeos, africanos, indígenas, árabes, chinos, caribeños, andinos. Olas y olas de migraciones que se mezclaron sin permiso, sin protocolo, sin pedir cita. El resultado es una genética que muchas naciones envidian: rostros que no se parecen a un solo lugar, porque son de todos. Eso también es riqueza. La que no se mide en barriles ni en toneladas. Se mide en cómo un pueblo se levanta después de cada golpe, cómo inventa, cómo comparte, cómo se queda o cómo se va y vuelve. Resiliencia sin límites.

Así que cuando hablemos de Venezuela, no hablemos solo de un país. Hablemos de una nación: sus recursos, su tierra y su gente. Todo junto.

Duele escribirlo, pero hay que decirlo. Venezuela tiene petróleo, oro, hierro, bauxita, coltán, agua dulce, selva, sol y una de las mezclas humanas más ricas del planeta. Tiene costas, montañas, llanos, tepuyes y una tierra que, bien cuidada, alimenta a medio continente. Tiene, además, un pueblo formado por olas migratorias de todos los rincones. Una nación que, en teoría, lo tiene todo.

Y sin embargo, hoy un maestro, una enfermera, un obrero, un médico, un profesor universitario, ganan menos que el precio de un cartón de huevos. No es exageración. Es la realidad de millones. La pregunta no es retórica: ¿Cómo es posible? ¿Cómo un país con semejante dotación natural y humana termina con su gente haciendo colas interminables en los hospitales, emigrando a pie, sobreviviendo con bonos que aparecen y desaparecen según el humor del mes?

No es mala suerte. Es resultado de decisiones. Y esas decisiones tienen nombres, aunque aquí no los mencionemos. Tienen responsables, aunque algunos se escondan detrás del discurso. Tienen consecuencias, y esas consecuencias las paga el pueblo.

Primera explicación: el modelo económico.

Venezuela se volvió dependiente de un solo recurso: el petróleo. Durante décadas, todo giró alrededor de la renta petrolera. Se abandonó la agricultura. Se descuidó la industria. Se importó casi todo. Cuando el precio del crudo era alto, parecía que el país nadaba en abundancia. Se regalaba dinero, se subsidiaba todo, se construían obras faraónicas. Cuando cayó el precio, se descubrió que no había nada debajo. Un país que siembra un solo cultivo es un país que ayuna cuando ese cultivo falla. Venezuela sembró petróleo durante un siglo y hoy cosecha escasez.

Eso no es destino. Es elección. Otros países con petróleo diversificaron. Noruega creó un fondo soberano para las generaciones futuras. Emiratos Árabes invirtió en turismo, tecnología, finanzas. Venezuela, en cambio, se acostumbró a vivir del cheque que llegaba cada mes. Y cuando el cheque dejó de llegar, no había plan B. Ni siquiera había plan A.

Segunda explicación: la corrupción.

No hace falta detallar casos ni nombres para decir lo evidente: se robaron lo que era de todos. La riqueza que debía convertirse en hospitales, escuelas, carreteras, salarios dignos, se perdió en laberintos de sobreprecios, empresas fantasmas y cuentas en el exterior. La corrupción no es un delito abstracto: es un niño sin medicina, una escuela sin techo, un trabajador sin sueldo. Es una madre haciendo fila para comprar harina mientras alguien en el extranjero disfruta de lo que ella nunca tendrá. La corrupción no distingue ideologías. Ha atravesado gobiernos de distinto signo. Ha enriquecido a militares, a funcionarios, a empresarios, a intermediarios. Ha vaciado PDVSA, la empresa que alguna vez fue orgullo nacional. Ha convertido a Venezuela en sinónimo de saqueo. Y mientras unos pocos se llenaban los bolsillos, millones se vaciaban los suyos para sobrevivir.

Tercera explicación: las sanciones internacionales.

Sí, existen. Sí, afectan. Pero hay que decirlo con honestidad: golpean al pueblo, no a quienes toman decisiones. Bloquean medicinas, repuestos, alimentos. Impiden que entren equipos médicos, que se reparen refinerías, que se compren insumos básicos. Las sanciones no derriban gobiernos: empobrecen a la gente. Y en medio de esa pinza, corrupción interna y presión externa, el que siempre pierde es el mismo: el de abajo. Reconocer esto no es justificar a nadie. Es describir la realidad. La crítica debe ser completa: ni el gobierno es el único culpable, ni las sanciones son la única causa. Pero el pueblo no puede seguir siendo rehén de ninguno de los dos.

Cuarta explicación: la dirigencia.

Una dirigencia que aprendió a administrar la escasez en lugar de resolverla. Que se acostumbró a echarle la culpa a otros, al imperio, a la oposición, al pasado, mientras el presente se deshace. Gobernar no es justificarse. Gobernar es resolver. Y resolver exige reconocer errores, cambiar de rumbo, dejar de aferrarse al poder como si fuera un patrimonio familiar.

La dirigencia opositora tampoco escapa a la crítica. Durante años se dedicó a disputarse el poder mientras el país se hundía. Se dividió, se traicionó, se corrompió. Prometió cambios y entregó lo mismo, o peor. El pueblo no quiere héroes: quiere resultados. Y los resultados no llegan de ningún lado.

Y en el centro de todo esto, el salario.

Ese derecho que nace del trabajo, del esfuerzo, de la jornada cumplida. Ese salario que debería alcanzar para comer, para medicinas, para vivir con dignidad. Ese salario que durante décadas fue referencia en América Latina y hoy es una burla. En su lugar, llegaron los bonos. Bonos aleatorios, que caen cuando quieren, como quieren, a quien quieren. Bonos impersonales, que no reconocen tu profesión, tu antigüedad, tu esfuerzo, tu título, tus años de servicio. Bonos que no son salario. Son una limosna disfrazada de política social. Son ilegítimos, porque sustituyen lo que por derecho te corresponde: un sueldo justo, estable, negociado, que puedas exigir y no mendigar. Un bono se agradece. Un salario se exige. Y la diferencia no es semántica: es la diferencia entre ser ciudadano con derechos o ser beneficiario de un favor. El bono es la negación del trabajo como fuente de dignidad. Es decirle al maestro que su vocación no vale. Es decirle al médico que sus años de estudio no cuentan. Es decirle al obrero que su sudor es prescindible. El bono no reconoce: controla. No dignifica: somete. Y mientras el salario muere, el bono se convierte en instrumento de poder.

Esta crítica no es contra el pueblo venezolano. Es a favor.

Porque un país con tanta riqueza natural y humana no puede resignarse a que su gente sobreviva con migajas. La nación es su gente. Y su gente merece un salario, no un bono. Merece dignidad, no espera. Merece un presente, no un futuro siempre prometido. Venezuela no está condenada. Tiene todo para salir. Tiene petróleo, sí, pero también tiene gente formada, tiene diáspora dispuesta a volver, tiene tierra fértil, tiene agua, tiene sol, tiene cultura, tiene una mezcla humana que es un tesoro. Lo que le falta no son recursos: le falta rumbo. Le falta honestidad. Le falta un pacto social que ponga al trabajo en el centro y a la dignidad como meta. Salir exige reconocer lo que está roto. Exige dejar de romantizar la escasez. Exige que el trabajo vuelva a valer. Exige que la riqueza que está bajo el suelo y en la sangre de su pueblo se convierta, por fin, en vida digna para todos. Exige que el salario deje de ser un recuerdo y vuelva a ser un derecho.

Eso también hay que decirlo. Porque callarlo sería otra forma de complicidad. Y porque el pueblo venezolano, ese pueblo que ha resistido tanto, no merece silencio. Merece verdad. Merece justicia. Merece, por fin, vivir de su propia riqueza.