Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

13 de enero de 2026

EN CARACAS SE BOMBARDEÓ LA LEGALIDAD INTERNACIONAL: Artículo exclusivo para la Redh de Karla Díaz Martínez

 


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De guerrasimbolica en 13 enero, 2026

Pasaron 37 años desde la última vez que EEUU bombardeó una ciudad de América Latina cuando en diciembre de 1989 atacaron a Panamá. Una vez que ya se creía superada la época de esos vergonzosos ataques vuelve a suceder. Durante casi tres décadas desde Venezuela se estimó la posibilidad de una agresión armada con el objetivo de deponer un proyecto político que no le ha permitido a la potencia hegemónica controlar sus recursos, especialmente el petróleo. Finalmente lo hicieron.

Es el fin de la legalidad internacional. La agresión armada de EEUU contra Venezuela bombardeó, mató a decenas de personas, destruyó infraestructura esencial, secuestró al presidente legítimo y a la primera dama, pero también atacó brutalmente el derecho internacional.

La soberanía, la integridad territorial, la independencia política, la autodeterminación de los pueblos, el principio de la igualdad soberana de los Estados, la prohibición del uso de la fuerza, así como todo lo relativo a la inmunidad del jefe de Estado, que son todos principios esenciales de la convivencia internacional, han sido brutalmente atacados. Y eso no afecta solo a Venezuela y América Latina, sino a la humanidad.

La Carta de las Naciones Unidas, un conjunto de instrumentos internacionales, Resoluciones de la Asamblea General de la ONU, como la No.3314 relativa al crimen de agresión, la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia sobre la prohibición del uso de la fuerza, así como el derecho consuetudinario que regula el principio de inmunidad del Jefe de Estado han sido manifiestamente vulnerados, con desprecio y sin disimulo.

Este ataque de EEUU a la legalidad internacional viene escalando hace meses con la proliferación de permanentes amenazas, que ya se sumaban al conjunto de medidas coercitivas unilaterales: sanciones que se han impuesto para bloquear a Venezuela desde el año 2014. Luego, los bombardeos durante meses a pequeñas embarcaciones en el Mar Caribe a través de los que se ejecutó extrajudicialmente y bajo expreso reconocimiento a más de 115 personas sin ningún tipo de procedimiento legal justificativo y basándose en meras sospechas. Todo, se suma como muestra de crueldad a la violación expresa del derecho internacional, pero también a la propia legislación de los EEUU.

Estamos asistiendo al fin del derecho internacional, del orden y el andamiaje internacional, incluidas sus instituciones. Ese sistema integrado por principios y normas que tenía por objetivo mantener la paz, la seguridad y la cooperación global se viene abajo como las estructuras bombardeadas.

Ese derecho internacional que tiende a servir cuando las potencias occidentales deciden emplearlo para su beneficio, y que venía siendo utilizado como un instrumento de dominación colonial, con una justicia viciada y selectiva que guarda silencios frente a unos y deja en impunidad a los verdaderos criminales del mundo, queda en completa evidencia de su degradación con los hechos que estamos presenciando.

La matriz de opinión que se construyó por años para desprestigiar a Venezuela, su gobierno y su pueblo no ha sido suficiente para soslayar el daño que implica la agresión. Y sin embargo, la agresión se complementa con una incursión armada y un proceso penal viciado que no cumplen siquiera con las normas de la propia legislación estadounidense.

Por su parte, la institucionalidad internacional también queda desprovista de toda posibilidad de supervivencia. Con el genocidio en Palestina ya había quedado en evidencia la real incapacidad de organismos e instituciones siquiera para denunciar correctamente los horrores inenarrables de un genocidio que el mundo ha visto en tiempo real, mucho menos detenerlo. Con la agresión de EEUU a Venezuela se ratifica la imposibilidad de las Naciones Unidas de prevenir, detener o sancionar acciones nocivas que apuntan a la destrucción del orden mínimo internacional.

En términos jurídicos se pone fin a la pretendida lógica de orden conocida hasta ahora, se inaugura el tiempo de hacer lo que se quiere si es que se tiene el poder para hacerlo. En términos sociológicos estamos siendo testigos a la deshumanización del otro, que venía teniendo desarrollo concreto particularmente en medio oriente, y que viene a implementarse en este hemisferio. Se trata de un proceso que consiste en la jerarquización entre pueblos y seres humanos y que se constituye en un mecanismo justificador de la dominación y la explotación.

Ahora ese otro/otra subordinado y merecedor de la dominación, la explotación y también la agresión se encuentra más cerca: es Venezuela, es Cuba, México, Colombia, es América Latina, el patio trasero del hemisferio que corresponde dominar a EEUU, tal como lo afirman en su decadencia.

Trágicamente, pero no por casualidad, América Latina muestra en este momento histórico una fragmentación y desintegración evidente, el predominio de las derechas en los gobiernos de la región, así como la incapacidad total de acción, individual o conjunta, frente a una acción que le perjudica directamente y que abre el camino de la dominación directa, sin soslayos, y de la materialización de la ambición por el control de los recursos, el territorio, de la posibilidad de imaginar de la región. Que no es solo en Venezuela.

Entonces nos encontramos en el tiempo de la indefensión, sin normas, sin instituciones, sin procedimientos, a merced del agresor. El recurso que nos queda es la denuncia al mundo, la declaración y la solidaridad que se manifiesta en las calles del mundo.

El bombardeo a Venezuela este 3 de enero de 2026 reconfigura el escenario internacional en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, constituye una afrenta a toda la humanidad, cuando se han mostrado capaces de hacer lo que quieren, sin disimulo, se inaugura la época de lo nefastamente posible. Como segunda cuestión, se confirma la inoperancia total del sistema de naciones unidas y del conjunto de organismos internacionales. Lo tercero es que muestra un escenario global que evidencia la decadencia de Europa y la fragmentación de América Latina. Esta posición de subordinación autoasumida y reconocida abre una puerta muy peligrosa a futuras acciones y agresiones contra la región, que bajo la actualización de la Doctrina Monroe vuelve a ser literalmente el patio trasero.


Fuente: Humanidad en red, 13 de enero del 2026

Karla Díaz Martínez: Abogada venezolana, Red en Defensa de la Humanidad.

La extraversión de Venezuela y el motivo real de la intervención de Estados Unidos

 

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De prensabolivariana en enero 13, 2026

Aldo Rubert 

La intervención de Estados Unidos en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro no es fruto de exceso ni de una anomalía, sino de la explicitación de una lógica imperial que, cuando fracasa en disciplinar por medios económicos y financieros, recurre directamente a la apropiación violenta de la soberanía.

Este gesto revela hasta qué punto Venezuela ha sido situada fuera del orden normal de relaciones internacionales. No es tratada como un actor con el que se negocia, sino como un cuerpo político al que se le puede arrebatar su conducción cuando se alteran los equilibrios del sistema mundial. 

Ni democracia ni petróleo

La explicación de la injerencia destinada a “traer democracia y libertad” ni siquiera ha hecho parte del arsenal retórico en esta ocasión, y la ofrecida por la Casa Blanca en torno al narcotráfico se desmorona por sí sola al constatar que Venezuela ocupa un lugar claramente secundario en las rutas de la droga hacia Estados Unidos.

Del mismo modo, el argumento de la búsqueda del “oro negro” a cualquier precio tampoco se sostiene, ya que Estados Unidos dispone de una elevada producción interna de hidrocarburos y, además, se abastece de países como México, Canadá y Arabia Saudí, lo que no explica por qué intervenir precisamente ahora en el petróleo venezolano

Para comprender por qué Venezuela se convierte en objeto de esta agresión neocolonial, es necesario pues abandonar las explicaciones morales o ideológicas y analizar la estructura de (in)dependencia y de inserción internacional en la que se inscribe el país.

La noción de «estrategia de extraversión», desarrollada por Jean-François Bayart en el campo de las relaciones internacionales y de la sociología histórica, ofrece un punto de partida particularmente fértil.

Bayart sostiene que la inserción de África –y más ampliamente de los países del sur– en el sistema internacional no puede entenderse como una simple relación de dominación pasiva, sino como un proceso histórico en el que los actores locales pueden utilizar y utilizan activamente la dependencia externa como recurso político.

A diferencia de las teorías dependentistas o cepalistas, que conciben la extraversión como un mecanismo esencialmente negativo porque la economía periférica orientada al exterior es sinónimo de crecimiento dependiente del centro y por lo tanto productor del “desarrollo del subdesarrollo”, el enfoque de Jean-François Bayart permite entenderla como una estrategia política activa de las élites de los Estados periféricos.

Esta perspectiva no solo subraya que los efectos de la extraversión dependen de la configuración del sistema internacional, sino que también nos aleja de una visión paternalista y occidentalista que tiende a asumir que, cuando potencias como Rusia o China amplían su influencia en África o en América Latina, estos países quedan automáticamente atrapados en una lógica colonial similar a la del pasado.

Por el contrario, el concepto de extraversión invita a analizar las relaciones internacionales como espacios de negociación, arbitraje y disputa, en los que los Estados periféricos no son meros objetos pasivos de dominación, sino actores capaces de movilizar recursos externos en función de sus propios márgenes de maniobra.

Para Bayart, los Estados del sur o periféricos no se constituyen al margen del sistema internacional, sino a través de él: las élites políticas construyen y reproducen su poder movilizando recursos externos –económicos, militares, financieros o diplomáticos– en una lógica de extraversión que implica una estrategia activa de inserción en las jerarquías globales.

Este marco teórico se forjó para analizar las trayectorias políticas africanas, pero resulta especialmente útil ahora para comprender por qué, en términos de autonomía y margen de maniobra, no es lo mismo para Venezuela depender de una sola potencia hegemónica que de un escenario bipolar o multipolar como el que encarnan China, Rusia y el espacio de los BRICS.

El grado de autonomía que puede extraerse de esa extraversión depende de la estructura del sistema mundial. Cuando el orden internacional es unipolar, la extraversión se transforma en una relación vertical y disciplinaria; cuando existen varios polos en competencia, esa misma extraversión puede convertirse en una fuente de negociación, arbitraje y autonomía relativa.

El caso venezolano ilustra con claridad esta diferencia. Bajo la hegemonía estadounidense, la inserción externa del país ha estado históricamente canalizada a través de un único eje de poder: el mercado petrolero dominado por Estados Unidos y el sistema financiero internacional estructurado en torno al dólar.

Es precisamente a ese orden al que aspiran sin tapujos el trumpismo y el movimiento MAGA: volver a una situación de explotación del petróleo venezolano de rentabilidad sin precedentes para las multinacionales estadounidenses y sus accionistas, mitificada como una “edad de oro” en los años cincuenta, cuando Estados Unidos apoyaba a Marcos Pérez Jiménez.

El petróleo venezolano se convirtió más tarde no solo en una mercancía estratégica, sino en una pieza central del engranaje del petrodólar, heredero del acuerdo de 1974 entre Washington y Arabia Saudí, mediante el cual el comercio global de crudo quedó anclado a la moneda estadounidense.

Como explica Yago Alvárez, este sistema ha permitido a Estados Unidos sostener déficits fiscales y comerciales crónicos, financiarse a bajo coste y, sobre todo, convertir su moneda en un instrumento de poder geopolítico capaz de sancionar, bloquear o asfixiar economías enteras.

Tras la nacionalización “armoniosa” impulsada por Carlos Andrés Pérez en 1976, y ya plenamente inscrita en este contexto unipolar, la extraversión venezolana no ofrecía ningún margen real de elección: depender del dólar y de los canales financieros controlados por Washington equivalía, en la práctica, a aceptar una soberanía de papel.

El motivo de la intervención de Estados Unidos

Si bien los enfrentamientos con Estados Unidos y la recuperación formal del control estatal sobre el petróleo se remontan al menos al golpe de Estado de 2002 y a las expropiaciones de ExxonMobil y ConocoPhillips, que cuestionaron el control directo de las multinacionales estadounidenses, es a partir de 2024 cuando esta configuración comienza a resquebrajarse en términos estructurales.

Venezuela comienza a vender parte de su petróleo en yuanes, euros o rublos y a construir canales de pago alternativos con China, país que había llegado a concentrar más del 80% del petróleo venezolano destinado a la exportación. Este proceso no se limita a una diversificación de socios comerciales frente a las sanciones norteamericanas, sino que altera el patrón de extraversión dominante.

Esto no elimina el hecho de que PDVSA arrastrara desde hacía años una corrupción estructural, acompañada de una caída sostenida de la producción petrolera, ni que, como señala Bayart, la multipolaridad no pueda transformarse en rentas políticas o económicas dentro de estrategias locales y clientelares de poder, que explican la lealtad del ejército al madurismo sin Maduro.

Sin embargo, estas maniobras permitieron reducir parcialmente la dependencia respecto de Estados Unidos y sortear, aunque de manera limitada, un régimen de sanciones que, como ejercicio deliberado de poder soberano, fue diseñado para empujar al país al colapso y presentar como única salida la devolución de la explotación petrolera a las empresas estadounidenses expropiadas por Hugo Chávez en 2007.

De ahí que Trump reivindique la recuperación de los activos estadounidenses supuestamente “robados» en aquella operación. La tentativa de desdolarización, aunque limitada en términos cuantitativos, posee pues un enorme valor político y simbólico: demuestra que es posible comerciar y sobrevivir fuera del circuito del dólar.

Precisamente por eso provoca una reacción tan virulenta por parte de Estados Unidos, comparable a las intervenciones militares contra Irak o Libia cuando estos países intentaron modificar las reglas monetarias del comercio petrolero. Cada vez que la hegemonía del petrodólar se ve amenazada, el centro imperial recurre a la coerción para cerrar de nuevo el espacio de la extraversión.

La diferencia fundamental entre depender de una sola potencia y operar en un entorno multipolar radica, por tanto, en la posibilidad de pluralizar las fuentes externas de poder. En un escenario BRICS, Venezuela no deja de ser un Estado extravertido, pero su extraversión deja de estar monopolizada.

La existencia de China como gran comprador de crudo, de Rusia como aliado político y energético, y de mecanismos financieros alternativos al dólar, amplía el abanico de opciones y reduce la capacidad de un solo actor para imponer disciplina absoluta.

Tal como observó Bayart en el caso africano, la competencia entre potencias permite a los Estados periféricos jugar con los equilibrios externos, renegociar condiciones y evitar la captura total por un único centro de poder.

Desde esta perspectiva, la intervención de Estados Unidos en Venezuela no puede entenderse únicamente como una disputa por el control de sus reservas petroleras o como un enfrentamiento ideológico con el gobierno de Nicolás Maduro. Se trata de un episodio de una lucha más amplia por la estructura del orden internacional, donde resurge una Doctrina Monroe que jamás fue plenamente sepultada.

El intento estadounidense de “limpiar” la influencia china en Venezuela y de imponer un alineamiento exclusivo revela el temor a un mundo en el que la extraversión deje de ser unidireccional. La expansión de los BRICS, la creciente desdolarización del comercio energético y el acercamiento entre países productores de petróleo y Pekín apunta(ba)n hacia un sistema en el que la hegemonía estadounidense ya no es incuestionable. 

Por eso el golpe contra Venezuela no es solo un ataque a un país concreto, sino un intento de Estados Unidos por mantenerse al mando y frenar la transición hacia un orden internacional en el que los Estados periféricos dispongan de mayor margen para negociar su inserción en la economía global.

6 de enero de 2026

La révolution vénézuélienne est toujours debout : démystifier l’opération psychologique de Trump.

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À la suite de l’opération illégale menée par les États-Unis contre le Venezuela, une campagne de désinformation délibérée a été orchestrée pour semer le doute (surtout chez les militants de gauche) quant à la survie de la révolution vénézuélienne.

5 janvier 2026 par Manolo De Los Santos 

Photo : la vice-présidente vénézuélienne Delcy Rodríguez prête serment en tant que présidente par intérim le 5 janvier.

Les événements des dernières 72 heures représentent un saut qualitatif dans les 25 années d’opérations de changement de régime menées par le gouvernement états-unien contre la révolution bolivarienne au Venezuela. L’exécution de l’« Opération Résolution Absolue », un raid de bombardement ciblé et l’enlèvement illégal du président Nicolás Maduro ont engendré une crise profonde, mais aussi une lucidité remarquable. Pour les forces révolutionnaires du monde entier, une analyse concrète est indispensable pour déjouer la désinformation, comprendre le rapport de forces objectif et définir une voie à suivre.

Les conditions objectives de l’intervention militaire états-unienne

Suite à cette opération, on a beaucoup parlé des capacités militaires inégalées de l’empire états-unien. On peut aussi commencer par comprendre les rapports de force politiques. À y regarder de plus près, le fait que l’administration Trump ait dû mener une opération de cette manière témoigne également des faiblesses politiques de l’impérialisme – au Venezuela, sur la scène internationale et même aux États-Unis.

La décision du régime Trump d’entreprendre cette opération, plutôt qu’une invasion à grande échelle, témoigne de la force de la résistance populaire organisée. Deux facteurs principaux ont limité les options des États-Unis :

  1. Mobilisation de masse au Venezuela: L’appel du président Maduro à une mobilisation citoyenne massive pour étendre les milices bolivariennes a permis à huit millions de citoyen(ne)s de s’armer. Conjuguée à l’armée professionnelle vénézuélienne, qui n’a pas flanché, et à la forte impulsion donnée aux autogouvernements communaux, territoire par territoire, cette situation a créé un scénario où toute invasion terrestre déclencherait une guerre populaire prolongée, aux conséquences politiques et matérielles inacceptables pour les États-Unis. Le chavisme et la révolution bolivarienne conservent un soutien important et ne cesse de développer un haut degré d’organisation à la base, ce que l’administration Trump a implicitement admis en évoquant la nécessité d’un certain « réalisme ». Elle a reconnu que la droite vénézuélienne ne dispose pas du soutien nécessaire pour diriger le pays.

Face à ces obstacles, la Maison Blanche a opté pour une stratégie de décapitation : utiliser sa supériorité technologique et militaire écrasante en espérant pouvoir «trancher la tête» de l’État révolutionnaire tout en évitant un enlisement. En choisissant une frappe « chirurgicale », impliquant plus de 150 avions et des unités d’élite de la Delta Force, plutôt qu’une guerre pour détruire l’État vénézuélien, elle reconnaît tacitement que le Venezuela est là pour durer. Après deux interventions militaires coûteuses et infructueuses en Irak et en Afghanistan, les États-Unis ont recherché la voie de la moindre résistance, privilégiant les campagnes de bombardements et les enlèvements pouvant servir de « trophées » politiques. Mais derrière le style médiatique et hyper-émotionnel de Trump et le patient travail des médias pour neutraliser par avance l’opinion en faisant de Maduro un «dictateur», derrière les tactiques militaires hyper-agressives qui rappellent les époques passées de la « diplomatie de la canonnière » en Amérique latine, se cache également une réticence à aller jusqu’à une guerre de changement de régime. C’est un retour à un impérialisme mafieux du XIXe siècle, forçant des concessions sous la menace des armes ; c’est ce que Trump entend réellement lorsqu’il parle de « diriger » le Venezuela.

L’asymétrie du pouvoir et la question de la « trahison »

Bien que les masses, le parti et l’État vénézuéliens fussent prêts à contrer une invasion états-unienne de grande ampleur par une guerre de résistance populaire de territoire en territoire, aucun pays au monde n’a actuellement la préparation ni les capacités nécessaires pour empêcher la force écrasante et brutale d’une opération spéciale états-unienne telle que celle menée. Aucune nation, aussi justifiée moralement soit-elle, mobilisée populairement ou militairement capable soit-elle, ne peut actuellement rivaliser avec la force létale concentrée et de haute technologie de la machine de guerre états-unienne. Le bombardement massif coordonné, la mise hors service des communications, de l’électricité et des défenses antiaériennes, suivis du raid contre la résidence sécurisée du président Maduro, constituaient une application de cette puissance asymétrique. La résistance héroïque du dispositif de sécurité, composé de forces vénézuéliennes et d’internationalistes cubains, qui a entraîné la mort de 50 soldats au combat, confirme qu’il s’agissait d’un acte de guerre, et non d’une « reddition », malgré toutes les affirmations antérieures.

Cela réfute clairement l’idée que la multipolarité puisse, à l’heure actuelle, servir de mécanisme de protection de la souveraineté des États du Sud. Les États-Unis, avec le plus important budget militaire au monde, le réseau de bases militaires le plus étendu et une supériorité technologique, ont réaffirmé leur hégémonie unipolaire dans le domaine de la puissance militaire.

L’opération de guerre psychologique qui a suivi a cherché à semer la discorde en accusant la direction révolutionnaire de « trahison » ou de « félonie », visant particulièrement la vice-présidente Delcy Rodríguez. Ce récit est dénué de tout fondement, semble totalement faux et constitue une tactique classique de la stratégie militaire et des opérations psychologiques états-uniennes..

L’engagement révolutionnaire de la famille Rodríguez est profondément ancré dans la lutte. Leur père, Jorge Antonio Rodríguez, dirigeant de la Ligue socialiste, organisation marxiste-léniniste, fut torturé et assassiné par le régime de Punto Fijo en 1976. Delcy et son frère Jorge (président de l’Assemblée nationale) sont tous deux issus de cette tradition de lutte clandestine et de masse pour le socialisme. Le président Maduro lui-même fut un cadre de cette même organisation. Affirmer qu’il y a eu trahison de leur part ou capitulation par lâcheté ou opportunisme, c’est ignorer quatre décennies de formation politique commune, de persécution et de leadership sous l’agression impérialiste implacable, ainsi que le caractère de classe de leur direction révolutionnaire.

La capacité de résistance de l’État bolivarien et la tactique du repli

Dans l’immédiat après-coup, l’État vénézuélien a démontré sa solidité et sa stabilité. Contrairement à des décennies de propagande états-unienne annonçant son effondrement, la chaîne de commandement politique et constitutionnelle est restée intacte. La vice-présidente Delcy Rodríguez, aux côtés de Diosdado Cabello (ministre de l’Intérieur), Vladimir Padrino (ministre de la Défense) et des principaux dirigeants du PSUV (principal parti chaviste) et des forces armées, s’est efforcée de stabiliser les institutions, de reconquérir l’espace public en appelant la population à se mobiliser pour protester et exiger le retour du président Maduro. Alors que Trump affirmait initialement que les États-Unis « dirigeraient le pays », Marco Rubio a été contraint de revenir sur ses propos. La continuité de fait de la direction du PSUV a imposé ce recul rhétorique. Delcy Rodríguez, assurant l’intérim, a contrecarré le discours états-unien : « Il n’y a qu’un seul président dans ce pays, et son nom est Nicolás Maduro Moros… nous ne serons plus jamais la colonie d’aucun empire. » Dans sa retraite précipitée, Rubio est allé jusqu’à discréditer publiquement la figure d’opposition qu’ils avaient eux-mêmes choisie, l’oligarque d’extrême droite María Corina Machado, reconnaissant ainsi de facto l’État bolivarien comme la seule entité gouvernementale.

Les déclarations ultérieures de Caracas, appelant au dialogue et à des négociations avec les États-Unis, qui ne font que reprendre les appels répétés de Maduro dans ce sens, doivent donc être interprétées non comme une capitulation, mais comme un repli sous la contrainte. La situation objective est critique. La montée de la droite en Argentine, au Paraguay, en Équateur, au Salvador, au Pérou et en Bolivie, ainsi que les hésitations des gouvernements progressistes au Brésil, en Colombie et au Mexique, isolent politiquement le Venezuela en Amérique latine. Le soutien matériel et politique apporté par les gouvernements alliés de Russie et de Chine est manifestement insuffisant pour dissuader l’impérialisme états-unien de toute nouvelle agression. Le blocus naval persistant et la menace existentielle avérée que représente une nouvelle intervention militaire états-unienne demeurent les principaux défis.

Dans sa première déclaration, le 3 janvier, Trump a laissé entendre que Delcy Rodriguez s’était déclarée prête à coopérer avec les États-Unis et à satisfaire leurs exigences. Certains à gauche l’ont aussitôt cru, y voyant un signe de capitulation de sa part. Sa conférence de presse, le même jour, a brisé ce mensonge : Delcy a réaffirmé la souveraineté du Venezuela et ses propres revendications auprès des États-Unis, notamment la libération immédiate du président Maduro et de son épouse. Le lendemain, après avoir présidé une réunion des dirigeants du parti et des ministres du gouvernement – au cours de laquelle l’unité du parti, du peuple et de l’armée a été réaffirmée – Delcy a publié un message à l’attention du monde entier, clairement adressé à Trump et au gouvernement états-unien. Elle a appelé ce dernier à œuvrer de concert avec le Venezuela pour la paix et le développement, dans le respect de la souveraineté et de l’égalité. Il ne faut pas interpréter cela comme une trahison ou une capitulation. En réalité, cette déclaration fait écho à toutes les déclarations faites par Maduro au cours des trois derniers mois et tout au long des années de tensions avec les États-Unis. Maduro lui-même a toujours plaidé pour la diplomatie et la négociation afin d’éviter une guerre totale, et avait déjà proposé de négocier des accords économiques globaux avec les États-Unis concernant les ressources pétrolières et minières du Venezuela. Si l’État vénézuélien signait de tels accords à l’avenir – maintenant que Maduro est enlevé – cela ne constituerait pas une trahison.

En 1918, Lénine et les bolcheviks signèrent le traité de Brest-Litovsk, cédant de vastes territoires à l’Allemagne impérialiste afin de sauver la jeune République soviétique de l’anéantissement. Accusé de trahison par les communistes de gauche de son parti, il compara ce compromis à celui de donner son portefeuille à un bandit armé en échange de sa vie. Cette concession entraîna la rupture de l’alliance avec les socialistes-révolutionnaires de gauche, qui l’accusèrent de trahison. Ces derniers engagèrent la lutte armée contre le gouvernement bolchevique, allant jusqu’à tenter d’assassiner Lénine, qualifié de « traître à la révolution », et le laissèrent grièvement blessé en septembre 1918. Deux mois plus tard, l’Allemagne capitulait et la République soviétique recouvrait l’intégralité des territoires perdus à Brest-Litovsk.

Aujourd’hui, le Venezuela se trouve confronté à une situation comparable à celle de Brest-Litovsk. Isolé par des gouvernements régionaux de droite et soumis à un blocus quasi total, le noyau révolutionnaire privilégie la survie de l’État comme base arrière pour la lutte future. Dans ce contexte, la priorité du PSUV et du gouvernement vénézuélien est la préservation du pouvoir d’État révolutionnaire. Comme le disait le regretté Commandant Hugo Chávez après l’échec de son insurrection de 1992 : « Il faut reculer aujourd’hui pour avancer demain. » Cela pourrait-il impliquer des négociations ouvertes avec le gouvernement états-unien afin de permettre aux entreprises américaines d’accroître leur part et leur accès à la production pétrolière vénézuélienne ? Dans des conditions très avantageuses pour les États-Unis, ainsi que d’autres concessions économiques temporaires, pour garantir un espace politique et éviter une annihilation totale ? L’avenir le dira mais l’objectif est de maintenir le Venezuela et Cuba comme bases arrière indispensables au socialisme et à l’anti-impérialisme, dans un contexte de repli des forces socialistes dans les pays du Sud.

Quand Trump revendique la victoire – et déclare « nous sommes aux commandes », il le fait surtout pour des raisons de politique intérieure. Incapable d’opérer un véritable changement de régime, il est contraint de déclarer mensongèrement que « le régime a changé ». Le New York Times et d’autres médias détenus par de grandes groupes privés publient des titres et des articles trompeurs qui confortent l’idée que Trump aurait « choisi » Delcy Rodriguez, la jugeant « docile ». En 2026, nul ne devrait continuer à croire aux médias du Capital.

La révolution a subi un coup dur, mais son pouvoir d’État demeure. Bien que la période à venir mette à l’épreuve sa cohésion et sa créativité stratégique, elle a toujours fait preuve d’une remarquable capacité à gérer et à surmonter les crises majeures. Notre rôle, depuis les États-Unis, est de continuer à renforcer l’opposition intérieure aux projets de l’Empire, de contrer les campagnes de désinformation et de contribuer à modifier le rapport de forces afin que les révolutionnaires du Sud global puissent tracer leur propre voie, libres de toute menace et coercition. La révolution n’est pas une personne ; c’est un processus social et un phénomène de masse. Le président Maduro est emprisonné à New York, mais le projet bolivarien demeure présent dans les rues de Caracas et au palais présidentiel de Miraflores.

Photos : mobilisations populaires chavistes à Caracas, le 5 janvier. @Nathan Ramirez

L’auteur : Manolo De Los Santos est directeur exécutif de People’s Forum (NYC) et chercheur à l’Institut Tricontinental de Recherche Sociale. Ses articles paraissent régulièrement dans Monthly Review, Peoples Dispatch, CounterPunch, La Jornada et d’autres médias progressistes. Il a codirigé, plus récemment, Viviremos : Venezuela vs. Hybrid War (LeftWord, 2020), Comrade of the Revolution : Selected Speeches of Fidel Castro (LeftWord, 2021) et Our Own Path to Socialism : Selected Speeches of Hugo Chávez (LeftWord, 2023).

Source : https://peoplesdispatch.org/2026/01/05/venezuelas-revolution-still-stands-debunking-trumps-psyop/

Traduction : Thierry Deronne, Venezuelainfos

URL de cet article : https://venezuelainfos.wordpress.com/2026/01/06/la-revolution-venezuelienne-est-toujours-debout-demystifier-loperation-psychologique-de-trump/

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