Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

21 de agosto de 2026

¿Revolucionarios? ¿De veras? Nos lo creímos. En qué se falló… Lean a Confucio… por José Sant Roz

Aquí analizaremos un poco la obra de Confucio cuyo pensamiento influyó en China durante más de dos milenios. Hasta 1912 cuando se puso término a su poderío. Esta es una nota basada en la obra de Karl Jaspers “Los grandes filósofos”. En nuestro caso, cómo fue posible que en poco tiempo nuestra revolución que nos imaginamos sin retorno, se fuese maleando, perdiendo su rumbo, al punto que hoy sentimos que de hecho se está desactivando. No se vive aquel espíritu de lucha y resistencia, aquellos ambientes de marchas y desafíos ante las amenazas del imperialismo, sino de pactos oscuros, cediendo terreno al enemigo, capitulando… un vuelco realmente impensable…

Refiere Jaspers que el gobierno político es aquella instancia a que todo se refiere y de donde todo lo demás deriva. Confucio piensa en la polaridad existente entre lo que debe hacerse y lo que debe crecer naturalmente. El buen gobierno sólo es factible en un estado organizado en venturosa convivencia por los li, la mística justa y las formas humanas de trato. Este estado debe crecer naturalmente. Ahora bien, aun cuando no se lo puede construir, se lo puede promover o trabar.

Confucio consideraba que un instrumento del gobierno son las leyes. Pero éstas sólo tienen un efecto de alcance limitado. Además, son en sí mismas funestas. Es preferible el modelo. Pues, donde las leyes deben servir de guía, la gente siente vergüenza y se enmienda. Cuando se apela a leyes, es que algo anda mal. «Para fallar pleitos, yo no soy mejor que cualquier otro. Lo que procuro es que no haya pleitos.»

El buen gobierno debe perseguir tres objetivos: alimento suficiente, poderío militar suficiente y confianza del pueblo en el gobierno. Si es preciso renunciar a alguno de ellos, en primer lugar, cabe renunciar al poderío militar y, en segundo lugar, al alimento («desde siempre los hombres han tenido que morir»); a la confianza, por el contrario, no puede renunciarse nunca: «Si el pueblo no tiene confianza, no hay forma de gobernar.» He aquí el orden jerárquico de lo esencial. Sin embargo, la acción planificada no puede comenzar por pedir confianza. No se la puede pedir nunca; debe procurarse que crezca espontáneamente. Para la acción planificada, lo primero es «proporcionarle bienestar al pueblo», y lo segundo, «educarlo».

El buen gobierno supone un buen soberano. Procura él que fluyan las fuentes naturales de la riqueza. Selecciona con prudente cautela las tareas que han de ocupar a los hombres, así no protestan. Cultiva un señorío exento de soberbia; es decir, no menosprecia a los demás en su trato, ya tenga que habérselas con muchos o pocos, con grandes o pequeños. Impone respeto, pero no por medios violentos. Está ahí fijo como la estrella polar y hace que todo gire ordenadamente alrededor de él. Puesto que su intención es buena, el pueblo, a su vez, se vuelve bueno. «Si los de arriba rinden culto a las buenas costumbres, el pueblo será fácil de manejar.» «El bueno no necesita mandar para que todo ande bien.»

El buen soberano sabe escoger con tino a los funcionarios. Personalmente digno, promueve a los dignos. «Hay que elegir a los rectos para que ejerzan presión sobre los torcidos; así, los torcidos se vuelven rectos.» «Ante todo, cuida que se desempeñen funcionarios apropiados; entonces, pasa por alto las pequeñas faltas.» Pero «el hombre noble rehúsa tener trato con quien se aviene a hacer una cosa vil».

Quien sabe el bien y aspira a él no puede gobernar en compañía de malos. «¡Vaya con la gentuza! ¡Como para servir junto con ellos al soberano!» Lo único que les interesa es escalar posiciones, y una vez logrado mantenerse en ellas. No retroceden ante ninguna vileza. Por eso, cuando existe el propósito de llamar a Confucio, un consejero dice: “Si decidís llamarlo debéis evitar que gente mezquina lo enrede”.

Sostenía Confucio que no se debe precipitar nada porque así no se llega a ninguna parte. Aquí uno piensa en Chávez. Con Chávez todo tenía un fin un propósito, teníamos país, teníamos una visión de lo que se debía hacer. Pueda que se cometieran errores, pero se enfrentaban, él mismo los asumía y se luchaba contra errores. Chávez era capaz de denunciar frente al país a los malos funcionarios, pero se fue perdiendo esta práctica hasta que éstos acabaron copando los puntos claves del gobierno. Porque Chávez al igual que Confucio sabía cómo restaurar el orden y la confianza a la vez que lograr el afianzamiento de la realidad ética y política. 

20 de agosto de 2026

El reentierro del coronel Konovalets: la anti Ucrania y su cadáver

 


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De prensabolivariana en agosto 20, 2026

A pleno mediodía del 23 de mayo de 1938, en el restaurante del hotel Atlanta, del puerto holandés de Rotterdam, el líder de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN), Yevgueni Konovalets, que se escondía bajo el nombre de Josef Novack, se reunió con Pavlús Valukh, un joven activista de un grupo clandestino de su organización en la Ucrania soviética.

Se habían conocido hace años y conversaron sobre algo, durante unos 10 minutos. Al despedirse, el joven Pavlús le entregó a Konovalets una elegante cajita, que parecía de chocolates, y se marchó rápidamente. A los pocos minutos el tranquilo barrio de Rotterdam fue estremecido por una fuerte explosión. Konovalets murió al instante. Pavlús Valukh resultó ser Pável Sudoplatov, el legendario agente de la inteligencia soviética NKVD, que cumplió con la sentencia de muerte para uno de los más peligrosos enemigos de su patria.

La organización fue fundada en Viena en 1929 y buscaba crear un Estado independiente ucraniano, basado en la pureza étnica, un Gobierno autoritario, usando el terror como uno de sus métodos principales de lucha política.

Estaban formando una red clandestina en la Unión Soviética y Polonia para preparar una rebelión nacionalista. Konovalets veía a la Alemania nazi, que se preparaba para la Segunda Guerra Mundial, como una gran oportunidad para su proyecto, ya que el fascismo hitleriano tenía que destruir los Estados soviético y polaco, considerados por los nacionalistas ucranianos como sus peores enemigos. Lo que hermanaba a la OUN con el nazismo alemán era su anticomunismo y antisemitismo extremos y su lucha mortal contra el «judío bolchevismo».

Konovalets conocía a Adolf Hitler personalmente y estaba orgulloso de su relación con él.

Después del triunfo de Hitler en las elecciones en Alemania en 1933, Konovalets le escribió a otro destacado colaborador de los nazis, el metropolitano Andréi Sheptitsky, cabeza de la Iglesia greco-católica ucraniana: «Todo marcha bien. El feliz comienzo de 1933 creó las condiciones para que nuestra campaña de liberación gane más y más impulso cada día. El tiempo probó nuestra amistad y cooperación con los alemanes y, habiéndolo experimentado, demostró que, a pesar de las repetidas tentaciones de llevarse bien con los polacos, elegimos la única orientación correcta. […] A menudo, recuerdo el día en que escuché de Su Excelencia las palabras de que tarde o temprano los factores internacionales instruirán a los alemanes a destruir la Rusia bolchevique…’Los alemanes son los amigos más sinceros de Ucrania’, me aconsejó usted entonces, ‘es necesario buscar contacto y cooperación con ellos’. Las palabras de Su Excelencia fueron proféticas… Sí, Alemania, bajo el liderazgo de su führer Adolf Hitler se hizo cargo de esta misión frente a todo el mundo […] En esta preparación tenemos un papel importante que desempeñar».   

Después de la muerte de Yevgueni Konovalets, la OUN se dividió y estuvo bajo los mandos de Andréi Melnik y Stepán Bandera. Pese a unas leves discrepancias internas decorativas, ambos fueron fieles aliados de los nazis. Durante la Segunda Guerra Mundial, con la que soñaron tanto, fueron exactamente los nacionalistas ucranianos los que protagonizaron las peores masacres de civiles en Ucrania Occidental y Polonia.

Aparte de los varios pogromos contra la población judía en la región de Lvov y zonas aledañas durante la invasión nazi a la Unión Soviética, el crimen más conocido de la Organización de Nacionalistas Ucranianos y sus aliados del Ejército Rebelde Ucraniano (UPA) fue la masacre de Volinia de 1943-1944, en la región de Galitzia Oriental, al occidente de Ucrania, donde fueron asesinados entre 80 y 120.000 polacos civiles: hombres, mujeres, niños y viejos. Aparte de las limpiezas étnicas contra los polacos y judíos, sus «combatientes por Ucrania independiente» exterminaron a decenas de miles de judíos, ucranianos, rusos y a todos los que no comulgaban con su ideología fascista.

En una de las mayores masacres nazis en los barrancos de Kiev, conocida como Babi Yar, en tiempos de la ocupación de la capital ucraniana por los nazis entre 1941 y 1943, asesinaron a unas 100.000 personas en todo este periodo y solo entre el 29 y 30 de septiembre de 1942 a 33.771 judíos, siendo los verdugos más activos los nacionalistas ucranianos. 

Por eso es tan impresionante la iniciativa del Gobierno de Kiev, encabezado por Zelenski, «un presidente judío como prueba de que en Ucrania no hay nazis», de traer de vuelta a Ucrania los restos de sus nuevos «héroes» oficiales, los líderes de la OUN, para enterrarlos de nuevo con honores de Estado.

Al parecer, ya a nadie le incomoda que hubiesen peleado al lado de Hitler, que mataron no solo a militares rusos, sino también a civiles polacos, judíos y ucranianos.

Porque, al fin y al cabo, todos eran comunistas o soviéticos o simplemente un estorbo para su gran idea nacionalista. Hace unos pocos meses también habían llevado a Kiev los restos de Andréi Melnik, y ahora, los de Yevgueni Konovalets. Obviamente, pronto le tocará su oportunidad a su principal ídolo: Stepán Bandera, quien una vez prometió que «Nuestro poder será terrible para nuestros enemigos. Terror para enemigos extraños y para nuestros traidores».

El actual régimen de Kiev ya lo está cumpliendo. El garante del no nazismo en el Gobierno ucraniano, el judío Vladímir Zelenski querrá traer también de vuelta a Ucrania al colaborador más cercano de Bandera, Yaroslav Stetsko, quien el 30 de junio de 1941, solo ocho días después de la invasión alemana a la Unión Soviética, dijo: «Apoyo el exterminio de los judíos y considero conveniente utilizar los métodos alemanes de exterminio de la judeidad en Ucrania«.

Ha sucedido lo peor que le puede pasar a un país: los peores enemigos de su pueblo les hicieron creer a las nuevas generaciones que son sus únicos salvadores.

Ucrania no solo se convierte en una anti Rusia, sino que se transformó también en una anti Ucrania, tratando solemnemente los cadáveres de sus verdugos, rindiéndoles honores en las plazas y en las calles liberadas de los monumentos a los soldados, que hace un poco más de ocho décadas liberaron estas tierras del fascismo. En un país que, durante la guerra, tan soñada por Konovalets y sus caníbales, murieron uno de cada cinco de sus habitantes.

Esto sucede hoy en el país que hasta hace poco se sentía orgulloso de su gran diversidad cultural, étnica, lingüística y humana.

Los muertos traídos en cajones desde los cementerios europeos vuelven a gobernar Ucrania.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.

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*Oleg Yasinsky, periodista ucraniano chileno, colaborador de los medios independientes latinoamericanos como Pressenza.com, Desinformemonos.org y otros, investigador de los movimientos indígenas y sociales en America Latina, productor de documentales políticos en Colombia, Bolivia, Mexico y Chile, autor de varias publicaciones y traductor de textos de Eduardo Galeano, Luis Sepúlveda, José Saramago, subcomandante Marcos y otros al ruso.Ha realizado un trabajo de difusión e intercambio cultural traduciendo al ruso obras de destacados autores y referentes latinoamericanos, entre ellos Eduardo Galeano, Luis Sepúlveda, José Saramago y el Subcomandante Marcos.

¿Es realmente inevitable una crisis social, como advirtió recientemente un ex economista ruso de alto nivel?

 


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De prensabolivariana en agosto 20, 2026

Sería deshonesto negar que Rusia se enfrenta a algunos desafíos socioeconómicos, pero no hay ninguna razón creíble para esperar una crisis social en el futuro próximo similar a las de 1917 y 1991.

Andrey Klepach, economista jefe de Vnesheconombank (el banco estatal de desarrollo de Rusia), renunció a su cargo el fin de semana tras la polémica mediática generada por sus críticas a la economía a finales de mayo durante un evento organizado por el Club Nikitsky de la Bolsa de Moscú. Sus comentarios, que han causado gran controversia, pueden leerse en la página 37 de su informe (disponible aquí) , pero dado que están en ruso, quienes no dominen el idioma deberían usar el Traductor de Google. Este artículo resumirá brevemente sus declaraciones y, posteriormente, analizará su veracidad.

Según Klepach, si bien la economía rusa no colapsará, “las inversiones se han desplomado y no hay crecimiento, y mucho menos crecimiento de la productividad”. En su opinión, Rusia se está quedando atrás y “estamos perdiendo la carrera global, tanto tecnológica como económicamente. Y, como ya he mencionado, no solo estamos perdiendo frente a China y Estados Unidos, sino en algunos aspectos incluso frente a Ucrania”. Afirmó que su continua supervivencia económica se debe exclusivamente a la ayuda occidental e instó a sus compatriotas a disipar la “ilusión” de que colapsará.

Klepach también declaró que «no ganaremos la carrera competitiva en esta guerra de desgaste » debido al aumento de los costos, que incluyen «un deterioro en la calidad de la atención médica», una situación «sumamente desigual» en los ámbitos científico y tecnológico, y una creciente desigualdad. A continuación, afirmó que «estoy casi seguro de que nos enfrentaremos a una crisis social» tan inesperada como las de 1917 y 1991. Klepach concluyó que «no colapsaremos económicamente, pero nuestro rezago con respecto a los demás se acentuará, con todas las consecuencias que ello conlleva».

Curiosamente, a principios de abril, el director general del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales, Ivan Timofeev, abogó por reformas de modernización de gran alcance en un artículo que se reseñó aquí ese mismo mes, advirtiendo ominosamente que Rusia está «condenada a perecer» sin ellas. Si bien no fue tan específico como Klepach al detallar los desafíos actuales de Rusia, resulta significativo que los abordara de forma vaga. En cuanto al contenido de las declaraciones de Klepach, es discutible si la situación es realmente tan grave.

Por un lado, planteó un argumento contundente sobre el riesgo que corre Rusia de quedarse atrás con respecto a sus pares, pero históricamente se ha quedado rezagada para luego alcanzarlos tras rápidos periodos de desarrollo. Es muy probable que esta misma tendencia se repita en el futuro, especialmente si una solución política al conflicto ucraniano resulta en un alivio, aunque sea gradual, de las sanciones, tema que se trató con mayor detalle aquí , aquí , aquí , aquí y aquí . Incluso sin ello, Rusia aún podría ponerse al día por sí sola, pero podría llevarle algo más de tiempo.

Sea como fuere, no hay ninguna razón creíble para esperar una crisis social similar a las de 1917 y 1991. Puede que Klepach realmente crea que es posible, y su anterior cargo prestigioso le confiere cierta credibilidad a este escenario, pero no explicó cómo llegó a esa conclusión. Por lo tanto, es comprensible que sus comentarios provocaran tal revuelo mediático, y hubiera sido mejor que el Club Nikitsky no los hubiera publicado debido al daño político involuntario que causaron a Rusia.

En definitiva, sería deshonesto negar que Rusia enfrenta ciertos desafíos socioeconómicos, pero no se vislumbra una crisis social. Rusia perseverará a pesar de las dificultades derivadas de las sanciones que sufre en defensa de su soberanía. Su población, en general, no es propensa a protestar, incluso sin restricciones legales, como ha ocurrido durante años, y mucho menos a generar disturbios. Por lo tanto, cualquier complot occidental para instigar una revolución de colores, que intente aprovechar las críticas de Klepach para provocar disturbios, está condenado al fracaso.

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Andrew Korybko es analista político, periodista y colaborador habitual de varias revistas en línea, así como miembro del consejo de expertos del Instituto de Estudios y Predicciones Estratégicas de la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos. Ha publicado varios trabajos en el campo de las guerras híbridas, entre ellos “Guerras híbridas: el enfoque adaptativo indirecto para el cambio de régimen” y “La ley de la guerra híbrida: el hemisferio oriental”.@AKorybko

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