Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

8 de julio de 2026

Trump y la otra historia de un país atravesado por la lucha de clases

 


Avatar de prensabolivariana

De prensabolivariana en julio 8, 2026

«Puedes ser comunista o puedes ser patriota. No puedes ser ambas cosas», sentenció Donald Trump en los festejos por los 250 años de independencia de Estados Unidos. La frase resume una vieja obsesión del poder estadounidense: convertir cualquier impugnación al capitalismo en una amenaza ajena al país. Pero, ante esa afirmación, conviene hacerse una pregunta casi cinematográfica: ¿qué nació exactamente un 4 de julio?

Aquel 4 de julio nació una república de propietarios que proclamaba la libertad mientras mantenía la esclavitud; hablaba de derechos naturales mientras empujaba a los pueblos originarios hacia el exterminio y el despojo; invocaba la igualdad mientras levantaba nuevas fronteras raciales, sociales y migratorias.

La conquista del oeste, el genocidio indígena, la esclavitud, la segregación, el racismo estructural y el nativismo forman parte fundamental de la arquitectura de construcción del Estado estadounidense. Pero precisamente por eso, también desde el principio surgió una impugnación a ese estado de cosas profundamente desigual: la de quienes, desde abajo, disputaron el significado mismo del país que estaba en construcción.

La conquista del oeste, el genocidio indígena, la esclavitud, la segregación, el racismo estructural y el nativismo forman parte fundamental de la arquitectura de construcción del Estado estadounidense.

Esa impugnación tuvo muchas formas, y una de las más profundas fue la organización de la clase trabajadora. La industrialización vertiginosa del siglo XIX levantó fábricas, ferrocarriles, minas, puertos y grandes ciudades sobre masas obreras formadas por trabajadores nativos, población negra liberada e inmigrantes llegados de Europa, Asia y América Latina. Desde finales de aquel siglo, esa clase empezó a organizarse en sindicatos, periódicos, sociedades de ayuda mutua y partidos.

A finales del siglo XIX la afiliación sindical superaba los dos millones de miembros. El Primero de Mayo tiene su raíz en esa historia: la lucha por la jornada de ocho horas, la represión y la ejecución de los mártires de Chicago convirtieron una batalla estadounidense en una fecha universal del movimiento obrero. De esa matriz surgieron figuras esenciales como Eugene V. Debs, que llevó el socialismo a las campañas presidenciales y a las huelgas, o la anarquista Emma Goldman, encarcelada y deportada tras denunciar la conscripción obligatoria y la guerra.

Otro factor que determinó aquella historia fue el triunfo de la Revolución rusa y la creación del primer Estado de obreros y campesinos. John Reed, comunista nacido en Portland, relató la Revolución de Octubre en ‘Diez días que estremecieron al mundo’.

Tras su muerte en Moscú, Reed fue enterrado en la muralla del Kremlin, un honor reservado a muy pocos extranjeros. Su vida llegó incluso a Hollywood con ‘Reds’, de Warren Beatty, película que obtuvo doce nominaciones a los Oscar en 1982 y llevó hasta la gala, según se ha contado muchas veces, los ecos de ‘La Internacional’.

La Revolución de Octubre también interpeló a una parte de la intelectualidad negra estadounidense: en 1932, Louise Thompson Patterson organizó el viaje a la URSS de escritores y artistas afroamericanos como Langston Hughes y Dorothy West para participar en ‘Black and White’, una película soviética sobre el racismo en Estados Unidos. Para ellos, la Unión Soviética aparecía como un espejo incómodo frente a Jim Crow, los linchamientos y la falsa universalidad de la democracia liberal. La lucha de clases y la lucha contra el racismo se entrelazaban en la búsqueda de otro país posible.

El llamado Comité de Actividades Antiamericanas (House Un-American Activities Committee) traduce mal, o al menos suaviza, su sentido político: Un-American no significa simplemente ‘antiestadounidense’, sino ‘no estadounidense’, ajeno al cuerpo nacional. Esa fue la operación ideológica central: convertir la lucha de clases en una infiltración extranjera.

Esa misma tradición se expresó durante la guerra de España. Cuando el fascismo europeo convirtió la península ibérica en campo de ensayo de la guerra que vendría después, miles de voluntarios acudieron a defender la República a través de las Brigadas Internacionales.

Desde Estados Unidos viajaron alrededor de 2.800 voluntarios del Batallón Abraham Lincoln; tres cuartas partes habían pertenecido al Partido Comunista estadounidense o a sus juventudes, y más de ochenta eran afroamericanos.

En 1937, en plena segregación racial en territorio estadounidense, Oliver Law, comunista negro nacido en Texas, fue nombrado comandante del Batallón Abraham Lincoln y se convirtió en el primer afroamericano en comandar tropas blancas estadounidenses en combate. España fue para ellos una experiencia de internacionalismo y también la imagen concreta de unos Estados Unidos distintos.

Ante ese escenario, el Estado estadounidense desplegó una doble estrategia. Por un lado, la integración parcial de la clase trabajadora a través del New Deal, una forma de conciliación social —fordista y keynesiana, con todas las comillas necesarias— que permitió transformar al Partido Demócrata y contener, desde dentro del sistema, una conflictividad obrera alimentada por la Gran Depresión, el desempleo masivo y el prestigio creciente de las ideas socialistas.

Que Trump aprovechara el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos para renovar el viejo discurso anticomunista no responde solo a una necesidad electoral ni al temor ante sectores izquierdistas del Partido Demócrata. Responde al miedo a reconocer que no existe una única historia estadounidense, limpia y obediente al mito nacional, sino una historia en disputa permanente.

Por otro, la represión abierta: vigilancia, deportaciones, listas negras, criminalización de anarquistas, sindicalistas, socialistas y comunistas. Desde las redadas Palmer y la consolidación del aparato federal de inteligencia bajo J. Edgar Hoover hasta el posterior macartismo, se fue construyendo una guerra sin cuartel contra ese otro Estados Unidos posible.

El llamado Comité de Actividades Antiamericanas (House Un-American Activities Committee) traduce mal, o al menos suaviza, su sentido político: Un-American no significa simplemente ‘antiestadounidense’, sino ‘no estadounidense’, ajeno al cuerpo nacional. Esa fue la operación ideológica central: convertir la lucha de clases en una infiltración extranjera.

Mentiríamos si dijéramos que aquella operación no tuvo éxito. Lo tuvo. Durante décadas, el anticomunismo vació de contenido político a buena parte del movimiento sindical, disciplinó a la industria cultural, destruyó organizaciones y convirtió la palabra comunista en una acusación antes que en una posición política. Pero no consiguió clausurar la impugnación.

Las luchas por los derechos civiles, el movimiento negro, las Panteras Negras, figuras como Angela Davis y las movilizaciones contra la guerra demostraron que ese otro Estados Unidos seguía existiendo bajo nuevas formas. Después, la desindustrialización, la crisis financiera de 2008, la precarización laboral, el empobrecimiento juvenil y la crisis de hegemonía internacional volvieron a abrir grietas. En ellas han reaparecido protestas antirracistas, estudiantiles, sindicales y antiimperialistas; una nueva conflictividad obrera visible en Starbucks, Amazon, el sector automotriz, Boeing, la hostelería o la educación; y organizaciones socialistas, comunistas o anarquistas, desde el Partido Comunista de Estados Unidos hasta el Partido por el Socialismo y la Liberación, el Partido Comunista Revolucionario o Alternativa Socialista.

A ello se suma el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América dentro del campo demócrata, con Zohran Mamdani como una de sus figuras más visibles. Sus posiciones no suponen una impugnación total del capitalismo, pero sí expresan algo que Trump comprende mejor de lo que aparenta: la lucha de clases nunca desapareció de Estados Unidos; solo estuvo, durante un tiempo, más eficazmente contenida.

Así, al volver al inicio, la frase de Trump adquiere todo su sentido. Que aprovechara el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos para renovar el viejo discurso anticomunista no responde solo a una necesidad electoral ni al temor ante sectores izquierdistas del Partido Demócrata. Responde al miedo a reconocer que no existe una única historia estadounidense, limpia y obediente al mito nacional, sino una historia en disputa permanente.

Frente al país de los propietarios, los colonos, los esclavistas, los banqueros, los monopolios y los aparatos represivos, siempre existió otro Estados Unidos: el de los trabajadores organizados, los pueblos originarios resistentes, los internacionalistas, los comunistas, los anarquistas, los sindicalistas y quienes aún se preguntan por qué la riqueza de unos pocos debe sostenerse sobre la precariedad de tantos. Trump pretende declarar ‘no estadounidense’ esa tradición porque reconocerla implicaría admitir lo evidente: Estados Unidos, como cualquier otro país, no es una esencia; es una lucha. Y esa lucha, durante 250 años, también ha sido lucha de clases.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de PB.

♦♦♦

*Carmen Parejo Rendón es una periodista, escritora y analista política sevillana, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla. Es reconocida internacionalmente por su labor como directora de la Revista La Comuna y su participación habitual en grandes cadenas como RT, Telesur e HispanTV. Su análisis se especializa en geopolítica, con un enfoque crítico sobre América Latina, Asia Occidental y los procesos de soberanía popular. Como autora, destaca su obra poética Arquitecturas y Mantras, además de su colaboración en medios de pensamiento como El Viejo Topo. A lo largo de su carrera, ha compaginado la información con la gestión cultural y la dramatización teatral juvenil. Su perspectiva se define por la defensa del antiimperialismo y el estudio de la multipolaridad global. Actualmente, es una de las voces más activas en la contrainformación y el análisis social desde España. Su perfil une el rigor académico con un compromiso firme hacia los movimientos sociales transformadores. Se ha consolidado como una referencia para comprender los conflictos internacionales desde una mirada alternativa y rigurosa.

En un lugar de la cancha

 


Avatar de prensabolivariana

De prensabolivariana en julio 8, 2026

Por: Fernando Buen Abad Domínguez*

En un lugar de la cancha de cuyo nombre no es fácil acordarse, detrás de los postes, dentro de las porterías, contenido por una red cuya aparente levedad contrasta con la densidad histórica de cuanto allí acontece, se encuentra el espacio más disputado del fútbol. Ninguna otra porción del terreno concentra semejante convergencia de voluntades, tensiones, inteligencia táctica, potencia física, imaginación creadora y expectativa colectiva. Hacia ese rectángulo diminuto se orientan carreras, pases, coberturas, anticipaciones y sacrificios. Allí desembocan los esfuerzos de once jugadores y la vigilancia de otros once; allí el tiempo parece comprimirse hasta convertirse en una sucesión vertiginosa de instantes donde la historia adquiere la velocidad de un disparo. El arco constituye un territorio cuya dimensión geométrica permanece inalterable mientras el espesor social de su significado no deja de expandirse. Todas las codicias dispuestas a rebasar la «línea de meta». Recinto de lo invisible a la vista de todos.

Tras la sencillez aparente del gol se ha fincado una ilusión persistente: creer que todo depende del último toque. Esa percepción, alimentada por la fascinación del desenlace, oscurece el inmenso proceso colectivo que lo hace posible. Ninguna definición nace aislada. Antes del remate comparecen centenares de decisiones articuladas, desplazamientos sincronizados, aprendizajes sedimentados durante años, formas de cooperación invisibles para la mirada apresurada. Cada movimiento contiene la memoria del entrenamiento, la experiencia acumulada por generaciones, la transmisión de conocimientos técnicos y la disciplina compartida que convierte a un conjunto de individuos en una unidad dinámica. La pelota apenas revela la superficie visible de una compleja arquitectura social. Hoy secuestrada, entre otros, por los monopolios de cervezas, apuestas y televisoras.

Y la inteligencia del juego demuestra que la creación nunca pertenece exclusivamente a una voluntad individual. El talento alcanza plenitud cuando dialoga con las capacidades de los demás, cuando reconoce límites propios y fortalezas ajenas, cuando transforma la diversidad de aptitudes en una organización capaz de producir respuestas inéditas frente a circunstancias cambiantes. El pase representa una forma superior de confianza recíproca. Cada desmarque constituye una invitación al otro. Cada cobertura expresa una responsabilidad compartida. Incluso el error posee naturaleza colectiva, porque emerge de relaciones cuya armonía ha sido interrumpida. El fútbol ofrece así una lección permanente acerca de la condición profundamente social de toda producción humana.

Esa realidad, sin embargo, convive con un inmenso aparato ideológico empeñado en reducir el juego a la epopeya del individuo excepcional. El capitalismo necesita héroes aislados con mayor urgencia que comunidades organizadas. Resulta más rentable convertir a una persona en marca comercial que reconocer la potencia creadora de los procesos colectivos. La industria deportiva perfecciona incesantemente esa operación cultural. Fabrica celebridades, multiplica mercancías asociadas a sus nombres, transforma biografías en activos financieros y convierte el reconocimiento popular en una fuente inagotable de valorización económica. La cooperación desaparece bajo el resplandor de figuras cuidadosamente administradas por intereses empresariales cuya lógica consiste en privatizar incluso aquello que nació del esfuerzo compartido.

No se trata únicamente de una estrategia comercial. También constituye una pedagogía política. Allí donde se exalta al vencedor solitario se debilita la comprensión de las relaciones sociales que producen toda excelencia. Allí donde se atribuye el éxito exclusivamente al mérito individual se invisibilizan las condiciones materiales que distribuyen oportunidades de manera profundamente desigual. Los barrios carecen de idénticos recursos, las instituciones formativas reciben financiamientos radicalmente diferentes, las posibilidades de desarrollo responden a estructuras económicas cuya configuración antecede largamente al nacimiento de cualquier deportista. La igualdad proclamada por los discursos oficiales encuentra un desmentido cotidiano en la distribución efectiva de la riqueza, del tiempo libre, de la alimentación, de la infraestructura y del acceso al conocimiento.

Hay que conquistar el territorio que está envuelto en redes. Cada ataque sobre la portería sintetiza, en escala deportiva, una confrontación mucho más amplia entre formas distintas de organizar la existencia colectiva. El espacio decisivo del campo aparece rodeado por relaciones de poder que exceden ampliamente los noventa minutos. Derechos televisivos, fondos de inversión, corporaciones multinacionales, plataformas digitales y complejas redes financieras disputan el control de una actividad cuya energía originaria pertenece al trabajo cultural de los pueblos. El espectáculo moviliza cantidades colosales de capital porque logra capturar una pasión construida durante generaciones mediante prácticas comunitarias, identidades barriales y memorias compartidas que jamás fueron creadas por los mercados. El capital administra aquello que no produjo; captura aquello que floreció en la creatividad popular; rentabiliza una riqueza simbólica cuya fuente permanece en la vida colectiva.

Miles de personas producen una obra coral irrepetible donde convergen memoria, imaginación, afectividad y organización espontánea. El arco permanece entonces como una frontera donde convergen múltiples temporalidades. Allí comparece el presente inmediato del partido junto con largas historias de organización social, conflictos distributivos, migraciones, transformaciones urbanas y disputas culturales. El balón que atraviesa la línea de gol no transporta únicamente aire comprimido; arrastra también sedimentaciones históricas imposibles de reducir a estadísticas.

Detrás de la portería permanece, envuelto en redes, el lugar donde la sociedad contempla una representación concentrada de sus propias contradicciones. Allí se enfrentan cooperación y competencia, comunidad y apropiación privada, creación colectiva y explotación económica, memoria popular y administración mercantil del deseo. Comprender ese territorio exige mirar más allá del instante glorioso del gol: el mercado. El arco seguirá siendo mucho más que un destino para la pelota: permanecerá como una metáfora rigurosa de la historia en movimiento, donde cada conquista auténtica recuerda que ninguna obra humana pertenece exclusivamente a quien la culmina, porque toda realización lleva inscrita la huella indeleble del trabajo social que la hizo posible. Y vendible.

♦♦♦

*Fernando Buen Abad Domínguez es un prestigioso intelectual mexicano, filósofo y escritor mexicano, nacido en 1956. Especialista en Filosofía de la Comunicación y la Imagen, es doctor en Filosofía y director de cine egresado de la Universidad de Nueva York. Su obra destaca por el análisis crítico de la semiótica, la estética y la comunicación para la emancipación de los pueblos. Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y del consejo consultivo de TeleSur. Ha publicado numerosos libros, entre los que destacan Filosofía de la comunicación y La guerra simbólica. Actualmente, ejerce la docencia e investigación en universidades de Argentina y México, promoviendo un pensamiento transformador. Su labor busca combatir la hegemonía mediática mediante el desarrollo de una conciencia crítica en la sociedad. 

Un planeta habitable es posible, pero para ello debemos enfrentarnos a los más ricos

 

Avatar de prensabolivariana

De prensabolivariana en julio 8, 2026

Por Marc Vandepitte*

El futuro no tiene por qué ser caos climático y destrucción social. El «Global Justice Report», elaborado entre otras personas por Thomas Piketty, ofrece una alternativa concreta, pero una que se enfrenta frontalmente al poder de los multimillonarios.

El Global Justice Report traza una senda de transición esperanzadora y concreta para la humanidad desde 2026 hasta el año 2100. La conclusión principal es sencilla: es posible unir el bienestar para todos con una Tierra habitable. Pero esa transformación se apoya en tres pilares igualmente importantes.

En primer lugar, es necesaria una rápida descarbonización de nuestros sistemas energéticos. En segundo lugar, debemos pasar drásticamente al principio de «suficiencia»: suficiente para vivir bien sin sobrecargar el planeta. Eso significa menos horas de trabajo, una huella material más pequeña y otros patrones de consumo. En tercer lugar, se debe abordar la desigualdad mundial de forma drástica y estructural, tanto entre países como dentro de ellos.

Esa reducción de la desigualdad no es simplemente una idea socialmente deseable. Es una condición para poder financiar las inversiones climáticas necesarias y mantener el apoyo social a una transformación semejante. Sin igualdad no hay futuro habitable.

El informe se publicó en junio de 2026 y está escrito por un equipo central de siete investigadores, entre ellos los conocidos economistas Thomas Piketty y Lucas Chancel. Es una iniciativa colectiva del World Inequality Lab y se basa en datos recogidos por más de 200 científicos en todo el mundo.

Cinco mil euros al mes

¿Qué propone concretamente el informe? El plan prevé que el ingreso mensual medio por persona en cada país llegue a 5.000 euros en 2100. Hoy todavía se abre una brecha que va desde los 290 euros en el África subsahariana hasta los 4.590 euros en Norteamérica. Un ingreso mundial de 60.000 euros al año se convierte en la nueva normalidad.

Esa convergencia de ingresos va acompañada de una verdadera revolución en la distribución de la riqueza. La parte del 50 % más rico de la población mundial en la riqueza total desciende del 6 % al 0,05 %. Al mismo tiempo, la parte de la mitad inferior sube del 2 % hasta nada menos que el 30 %. Casi el 90 % de la población mundial duplica sus ingresos.

Trabajar menos, vivir más

Una de las propuestas más llamativas es la reducción drástica del tiempo de trabajo. Mientras que ahora trabajamos de media en todo el mundo 2.100 horas al año, debería bajar a 1.000 horas en 2100. Es una tendencia histórica que podemos continuar, aunque exige una fuerte movilización colectiva.

El tiempo ganado no se llena simplemente con no hacer nada. El plan prevé un desplazamiento desde los sectores materiales hacia sectores más inmateriales como la educación y la sanidad. La parte de las horas de trabajo mundiales dedicada a estos sectores sube del 11 % al 43 %. Países como Noruega y Suecia ya muestran que es alcanzable.

A ello se suma también la aspiración a una igualdad de género completa: igual participación laboral, iguales horas de trabajo remunerado y no remunerado, e igual salario. Eso significa una redistribución fundamental del poder y del tiempo, vinculada a menores diferencias de ingresos.

El mundo se enfría

El plan muestra que podemos limitar el calentamiento a 1,8 °C en 2100. Eso es bastante mejor que los más de 4 °C que nos esperan si no hacemos nada. La combinación del principio de suficiencia (trabajar y consumir menos) y una rápida transición energética es el único camino.

Esa transición exige una inversión del 3 al 4 % del PIB mundial al año durante las próximas tres décadas. Ese dinero debe venir sobre todo de los ricos globales, que se han beneficiado de manera desproporcionada del crecimiento económico y cargan con una gran responsabilidad por las emisiones históricas.

Importante: el plan no opta por una simple contracción de la economía. Un desplazamiento dirigido hacia sectores menos materiales y otra producción de alimentos es más efectivo que una reducción general del bienestar. Así, un nivel de bienestar de 60.000 euros por cabeza puede combinarse con un aumento de temperatura menor que en una contracción general.

Fondo Mundial de Justicia

El motor detrás de esta transformación es el Global Justice Fund (GJF). Esta nueva institución internacional debe recaudar y gestionar los ingresos de impuestos mundiales sobre la riqueza y los ingresos. Esos impuestos afectan solo al 1 % más rico de la población mundial y se suman a los impuestos nacionales.

El fondo paga dividendos nacionales sobre la base de cantidades iguales por habitante. Para los países pobres eso puede llegar hasta el 9 % de su PIB, mientras que para los países ricos es solo del 2 al 3 %. Sin embargo, esos dividendos no carecen de un compromiso: están vinculados a condiciones estrictas en materia de clima, educación, salud y desigualdad.

Los gastos anuales del fondo ascienden de media al 10,3 % del PIB mundial. Es una cantidad gigantesca, comparada con el 0,4 % actual que va a la ayuda al desarrollo. Pero el desafío también es inédito: solo las inversiones climáticas ya requieren entre el 3 y el 4 % del PIB.

La mayoría gana, una pequeña parte pierde

¿Quién se beneficia ahora de este plan? Una mayoría abrumadora: el 89 % de la población mundial duplica sus ingresos. En el Sur global llega incluso al 95 o 98 % de la población. En el Norte se beneficia entre el 85 y el 95 %. Solo una pequeña minoría, principalmente los ricos, ve caer sus ingresos.

Si también contabilizamos el valor del tiempo libre y de un planeta habitable, sale ganando más del 99 % de la población mundial. Aun así, el plan chocará con una fuerte resistencia, no solo de los multimillonarios. También una parte de la clase media en los países ricos puede oponerse a la elección de más tiempo libre en lugar de más consumo.

Orden mundial democrático

La ejecución de este plan requiere una democratización fundamental de las instituciones internacionales. Europa y Norteamérica tienen hoy cuatro veces más derecho de voto en el FMI y el Banco Mundial que su proporción de la población. El plan aboga por un voto por persona: una transición de la plutocracia mundial a la democracia mundial.

Eso significa también el fin de los «privilegios exorbitantes» de los países ricos, que ahora se benefician de rendimientos más altos sobre sus posesiones extranjeras que los que pagan por sus deudas. Una nueva moneda internacional y una Unión Internacional de Compensación deben poner fin a eso, y obligar no solo a los países deudores, sino también a los países con grandes superávits, a ajustar su economía.

Déficits

El informe es único y muy importante porque es el primer intento de presentar un plan completamente cuantificado. Combina la redistribución a escala mundial, la reforma del orden financiero, la transición energética y los cambios en el consumo. Mientras que los escenarios climáticos tradicionales, como los del IPCC, separan estas cosas, este modelo las reúne. En cuanto a material estadístico, el informe es monumental.

Según las tendencias macroeconómicas actuales, el mundo se dirige hacia un calentamiento catastrófico de más de 4 °C. El modelo integral propuesto consigue limitar el calentamiento a 1,8 °C para 2100. Con ello, el informe ofrece una alternativa científica realista al capitalismo contemporáneo destructivo.

Aun así, el informe contiene una serie de déficits fundamentales. El primero es que la línea de tiempo no es suficientemente urgente. El Global Justice Report apunta a grandes cambios de cara a 2100. Eso lo hace ambicioso sobre el papel, pero al mismo tiempo también muy lento, vista la urgencia climática, la crisis social y la destrucción ecológica que ya están en marcha hoy.

Para miles de millones de personas en la pobreza, para los países que ya son golpeados por desastres climáticos y para ecosistemas que están al borde del colapso, 2100 no es un horizonte tranquilizador. La pregunta no es solo si un mundo justo es posible, sino por qué no debe ser impuesto mucho más rápidamente.

Un segundo punto débil del informe es que apuesta sobre todo por la redistribución de la riqueza, pero toca poco o nada las causas del problema. Gravar a los multimillonarios y redistribuir la riqueza está bien y es necesario, pero mientras las grandes empresas, bancos, compañías energéticas y gigantes tecnológicos sigan controlando las decisiones de inversión, la economía seguirá girando en torno al beneficio en lugar de las necesidades sociales y ecológicas.

El hecho de centrarse en los impuestos, la redistribución y los fondos públicos no cambia nada de las relaciones de propiedad ni de la lógica del beneficio que causa y agranda estructuralmente la brecha entre ricos y pobres, y hace degenerar el clima. Aun siendo importantes, estas medidas permanecen atrapadas dentro de la misma lógica de sistema que ha causado los problemas actuales y los seguirá causando.

Un tercer déficit es el débil análisis del poder. El informe demuestra de manera técnicamente convincente que un mundo más justo es posible, pero sigue siendo mucho más vago sobre quién tiene el poder para imponerlo. Según el profesor Duncan Green, de la London School of Economics, el informe no ofrece una teoría del cambio convincente.

Un núcleo dominante de 147 empresas posee conjuntamente, a través de ramificaciones en otras empresas, el 40 % de la riqueza mundial. 737 empresas poseen el 80 % de la riqueza total. Estos gigantes, las empresas fósiles y las élites financieras no cederán voluntariamente su enorme poder porque un informe demuestre que otro mundo sería mejor y necesario.

Para eso hace falta un contrapoder organizado: sindicatos, movimientos sociales, movimientos climáticos, partidos políticos, huelgas, boicots y solidaridad internacional.

El Global Justice Report es fuerte como brújula matemática y moral, pero más débil como estrategia de lucha. Entre lo «posible» y la «realidad» están la lucha de clases, la geopolítica, la fuga de capitales, la extrema derecha, los intereses fósiles, las economías de guerra y la débil solidaridad internacional. Quien quiera un planeta habitable y una vida digna para todos no solo debe demostrar que es posible. También tendrá que organizar el poder para imponerlo.

Se habla ciertamente de una sociedad civil organizada, pero sin analizar concretamente qué coaliciones, organizaciones y relaciones de poder son necesarias para imponer el cambio propuesto.

Con ello, el informe sigue siendo en parte tecnocrático. Los impuestos, las reformas institucionales y los procedimientos democráticos son necesarios, pero no bastan si siguen funcionando dentro de la misma lógica de sistema que ha causado la crisis. El informe muestra que un futuro mejor sí es matemáticamente posible, pero la pregunta abierta es cómo se construirá la fuerza social para hacer realidad también ese futuro.

El Global Justice Report es importante porque muestra que el futuro no está fijado. Sin embargo, el camino hacia él es menos claro que los propios cálculos. El verdadero desafío no reside solo en diseñar medidas justas, sino en quebrar el poder que hoy las impide. Todavía queda mucho trabajo por hacer.

♦♦♦

Marc Vandepitte (nacido en 1959) es un economista, filósofo, teólogo y analista político belga, reconocido por su trabajo en el estudio de las relaciones Norte-Sur, la geopolítica global y la crítica al neoliberalismo. Ha ejercido la docencia en diversas instituciones de enseñanza superior en Flandes (Bélgica). Se especializa en la geopolítica del Sur Global, procesos en América Latina (con especial énfasis en Cuba y Venezuela), la emergencia de China en el escenario mundial y la dinámica de las intervenciones e imposiciones económicas de las potencias occidentales. Sus escritos abordan las consecuencias de las sanciones económicas, los procesos de militarización, los movimientos geopolíticos del bloque multipolar (BRICS) y la preservación de la soberanía en los países en desarrollo.

BLOG DEL AUTOR:Marc Vandepitte  
Siguenos en X: @PBolivariana
Telegram: @bolivarianapress
Instagram: @pbolivariana
Threads: @pbolivariana
Facebook @prensabolivarianainfo
Correo pbolivariana@gmail.com
Tema Ecología social
FEF69F