Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

2 de noviembre de 2026

¿Quién le teme a Steve Bannon? Guerra cognitiva y deyecciones ideológicas imperiales Por: Fernando Buen Abad

 


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De prensabolivariana en noviembre 2, 2026


Esta pregunta no concierne únicamente a un individuo, a su trayectoria política ni a las operaciones ideológicas que lo han convertido en una figura emblemática de la extrema derecha estadunidense. Interroga, en realidad, una zona más profunda de la conciencia contemporánea: ¿qué sucede con una sociedad cuando la degradación del lenguaje se convierte en método de intervención política, cuando la obscenidad adquiere estatuto de franqueza, cuando la crueldad pretende hacerse pasar por lucidez y cuando la demolición de los vínculos humanos se publicita como una forma superior de libertad?

Steve Bannon representa, en ese horizonte, algo más significativo que una personalidad polémica: encarna una modalidad de combate semiótico que emplea la provocación, la polarización, el resentimiento y la fabricación sistemática de antagonismos para disputar la organización simbólica de la vida colectiva.

“Los demócratas no importan. La verdadera oposición son los medios. Y la forma de lidiar con ellos es inundar la zona de mierda”.

No se trata de atribuirle poderes sobrenaturales ni de convertirlo en protagonista de una mitología invertida, sino de examinar críticamente las condiciones materiales, mediáticas y culturales que permiten a semejantes estrategias encontrar interlocutores, amplificadores y beneficiarios.

El problema no es solamente Bannon; es también la estructura de recepción que hace posible presentar la barbarización del discurso como emancipación, anunciar la vulgaridad como autenticidad y vender el deterioro de la inteligencia pública como rebelión contra las élites. ¿Quién le teme, entonces?

Le temen quienes comprenden que la política no se disputa exclusivamente mediante leyes, presupuestos, instituciones o correlaciones de fuerza, sino también a través de signos, afectos, imaginarios y hábitos perceptivos. Le temen quienes saben que una sociedad puede ser desposeída de su capacidad crítica mucho antes de que se le arrebaten formalmente sus derechos; quienes reconocen que la deshumanización comienza cuando ciertas personas dejan de aparecer ante nosotros como sujetos de dignidad y empiezan a ser representadas como desechos, invasores, parásitos, enemigos absolutos o material prescindible.

En ese desplazamiento semántico se juega una de las operaciones más peligrosas del poder contemporáneo: transformar al adversario en una entidad moralmente expulsable, despojada de la complejidad que permitiría comprender sus circunstancias, discutir sus ideas o combatir sus intereses sin renunciar a los principios de humanidad que justifican la propia lucha.

Nuestra semiótica crítica debe penetrar en esa maquinaria sin dejarse fascinar por su estridencia. Ha de estudiar cómo se producen los significados, quién controla sus circuitos de circulación, qué intereses materiales se ocultan detrás de determinadas representaciones y de qué manera se articulan los signos aparentemente espontáneos para construir hegemonía.

Desde una perspectiva marxista, semejante análisis exige vincular la superficie discursiva con las relaciones sociales de producción, las disputas por el poder y las contradicciones de una sociedad atravesada por la mercantilización de la experiencia. El escándalo no es una sustancia inocente: puede convertirse en mercancía, la indignación en combustible publicitario y la atención pública en una fuente extraordinaria de rentabilidad política.

Allí donde la industria mediática premia el estruendo por encima de la argumentación, la mentira puede adquirir una ventaja competitiva; allí donde los algoritmos privilegian la reacción inmediata, el odio encuentra condiciones propicias para reproducirse; allí donde el sufrimiento ajeno se transforma en espectáculo, la sensibilidad colectiva corre el riesgo de atrofiarse hasta confundir la exposición reiterada a la violencia con una comprensión más profunda del mundo.

No basta, por tanto, con denunciar la inmundicia discursiva: hay que comprender la economía política que la produce, la tecnología que la amplifica y la cultura que la normaliza. Ese examen exige, además, preguntarse qué concepción de la humanidad está implícita en tales procedimientos. La idea de enmierdarlo todo, entendida como principio de intervención simbólica, no consiste simplemente en emplear palabras groseras o transgredir convenciones de cortesía.

Su dimensión más corrosiva aparece cuando se procura ensuciar la percepción misma de lo humano, contaminar la conversación pública con sospechas indiscriminadas y envilecer la deliberación hasta volverla irreconocible. Se busca que ninguna afirmación de verdad, justicia o solidaridad conserve suficiente credibilidad para orientar la acción colectiva.

Es una política de la saturación: inundar el espacio común con tal cantidad de ruido, desprecio y contradicción que distinguir entre hechos y falsedades parezca una tarea inútil y la ciudadanía termine refugiándose en identidades cerradas, adhesiones emocionales o lealtades carentes de examen crítico.

Cuando todo parece corrupto, la corrupción deja de escandalizar; cuando todos son presentados como enemigos, la enemistad pierde su carácter excepcional y se convierte en atmósfera; cuando el engaño se multiplica hasta el agotamiento, lo verdadero corre el peligro de ser percibido como otra opinión intercambiable.

Esta degradación no debe confundirse con una victoria definitiva de quienes la promueven. El nihilismo puede paralizar, aunque también es posible desenmascararlo; la provocación desorganiza la conciencia, pero a la vez revela las fragilidades de un orden que ha permitido instrumentalizar la desesperación social en nombre de una grandeza imaginaria.

Precisamente por eso, la respuesta democrática no puede limitarse a reproducir, con signo ideológico contrario, los procedimientos que pretende combatir. Si la extrema derecha envilece el lenguaje, no se la derrota haciendo de la vulgaridad una virtud; si transforma la política en espectáculo de humillación, no se la supera multiplicando los agravios; si fabrica enemigos para administrar el resentimiento, no se construye emancipación inventando nuevas categorías de seres humanos indignos.

La imitación táctica puede parecer eficaz a corto plazo, pero entraña una derrota estratégica: quien adopta la gramática del adversario termina aceptando, incluso sin advertirlo, parte de su concepción del mundo.

La crítica semiótica debe ser, por ello, una práctica capaz de desarticular las asociaciones fraudulentas entre fuerza y crueldad, sinceridad y brutalidad, libertad y desprecio. A la vez, ha de reconstruir las condiciones culturales para argumentar la verdad, comprender la justicia y experimentar la solidaridad como una potencia material, no como un ornamento sentimental.

Dignificar a la humanidad es mejor que ensuciarla porque la dignidad no constituye una concesión retórica, sino una condición histórica indispensable para cualquier proyecto auténticamente emancipador. Esto no significa ocultar los conflictos, absolver a los poderosos ni sustituir la lucha política por una moralina conciliadora.

Implica comprender que la crítica rigurosa puede ser implacable sin ser deshumanizadora, que la denuncia documentada posee mayor fuerza que la injuria indiscriminada y que la transformación de las estructuras injustas exige ampliar la inteligencia colectiva, no reducirla a una sucesión de reflejos biliosos.

Supone restituir a las personas su condición de sujetos históricos, capaces de comprender las determinaciones que las atraviesan, cuestionar las instituciones que las subordinan y participar en la creación de relaciones sociales menos alienantes.

Esa tarea exige combatir la explotación, la desigualdad y la manipulación sin convertir a quienes padecen sus consecuencias en objetos de desprecio. No se realiza mediante una idealización abstracta de los comportamientos humanos, sino a través de cambios concretos en las condiciones que producen humillación, ignorancia, precariedad y dependencia.

Aquí reside una diferencia fundamental entre el humanismo emancipador y la retórica vacía: el primero investiga las causas, organiza capacidades y transforma relaciones; la segunda se limita a pronunciar palabras edificantes mientras deja intactos los mecanismos de la degradación.

¿Quién le teme a Steve Bannon? Le temen quienes reconocen la potencia de una política capaz de convertir el resentimiento en identidad y la confusión en instrumento de gobierno. También deberían temerle quienes, al combatirlo, se muestran dispuestos a sacrificar sus propios principios en el altar de la eficacia inmediata.

Una democracia puede sobrevivir a una personalidad autoritaria y, sin embargo, quedar profundamente dañada si incorpora como hábitos permanentes el desprecio, la mentira y la deshumanización.

El verdadero desafío consiste en impedir que la excepción grotesca se transforme en norma cultural, que el lenguaje público pierda su capacidad de nombrar la realidad y que la ciudadanía termine considerando inevitable aquello que debiera combatir.

Frente a esa amenaza, hace falta una superioridad intelectual, ética y política capaz de explicar sus mecanismos, exponer sus intereses y organizar alternativas verificables. La tarea consiste en conquistar una coherencia entre el lenguaje de la emancipación y las prácticas que pretenden realizarla.

Allí donde el desprecio procura reducir al ser humano a una caricatura, la crítica debe devolverle su espesor histórico; allí donde la manipulación fragmenta la experiencia común, la organización colectiva ha de reconstruir vínculos; allí donde la mentira pretende clausurar la posibilidad de una verdad compartida, el conocimiento debe recuperar su función pública. La dignidad no es debilidad, del mismo modo que la crueldad no es fortaleza y la estridencia no equivale a inteligencia.

La cuestión decisiva, por consiguiente, no es si debemos temer a Bannon como individuo, sino si seremos capaces de comprender y enfrentar el sistema de significaciones que convierte la degradación en espectáculo, el odio en mercancía y la desesperanza en obediencia. La respuesta exige lucidez teórica, organización democrática, educación crítica y una voluntad inquebrantable de transformar las condiciones materiales de la existencia.

Frente a la tentación de enmierdarlo todo, dignificar a la humanidad es una decisión filosófica, una posición política y una responsabilidad histórica. No porque sea inocente, perfecta o ajena a sus contradicciones, sino porque únicamente al reconocerse en su complejidad podrá superar las formas de dominación que la mutilan.

La inmundicia puede conquistar titulares, ocupar pantallas y producir adhesiones fugaces; la dignidad, cuando se convierte en conciencia organizada y práctica transformadora, puede modificar el curso de la historia. Y esa es, en última instancia, la diferencia entre administrar el envilecimiento del mundo y trabajar para hacerlo humanamente habitable.

♦♦♦

*Fernando Buen Abad Domínguez es un prestigioso intelectual mexicano, filósofo y escritor , nacido en 1956. Especialista en Filosofía de la Comunicación y la Imagen, es doctor en Filosofía y director de cine egresado de la Universidad de Nueva York. Su obra destaca por el análisis crítico de la semiótica, la estética y la comunicación para la emancipación de los pueblos. Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y del consejo consultivo de TeleSur. 𝕏 @FBuenAbad♦
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Lula y Sheinbaum, alegría compartida Por Carlos Fazio

 

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De prensabolivariana en noviembre 2, 2026


 02/11/2026 | Brasil, México

Para la presidenta de México, la victoria de Lula en Brasil representa un balón de oxígeno en su casi solitaria resistencia regional a la monroeización de América Latina.

Como cada jornada cuando ingresa al recinto de sus habituales conferencias mañaneras en el Palacio Nacional, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, expresó sus «buenos días» a los reporteros allí reunidos. Pero este lunes 26 su saludo tuvo un sesgo particular. Con una sonrisa dibujada en su rostro, seguidamente, expresó: «Estamos felices, muy contentos del triunfo de Lula en Brasil. Muchas muchas muchas felicidades al presidente Lula, al pueblo de Brasil. Es una bocanada de aire fresco para América Latina y el Caribe. Muy muy contentos». Más adelante, al responder a una pregunta, agregaría que la victoria del carismático líder del Partido de los Trabajadores «es el triunfo de un mandatario, un movimiento popular, un Gobierno que representa a su pueblo» y «la derrota de un movimiento de derecha». Después del mediodía se conocería que Lula y Sheinbaum habían sostenido una «llamada breve» pero «muy emotiva», en la que acordaron un encuentro en una fecha próxima.

La alegría de Sheinbaum estaba justificada. Nadie, como ella, al frente de un país con más de 3.000 kilómetros de frontera y con una dependencia estructural asimétrica con su vecino del norte a nivel económico encadenada al T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá), podía aquilatar la victoria de Lula en momentos en que desde la Casa Blanca se está impulsando un agresivo proyecto de reconfiguración hemisférica de corte colonial.

Sometida a las presiones intermitentes de Donald Trump −quien desde el inicio de su segundo mandato ha venido amagando con una intervención militar terrestre unilateral en México bajo el señuelo del combate a las drogas−, Sheinbaum comprende, como pocos mandatarios del área, que, en la coyuntura, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, la región latinoamericana y caribeña se encuentra ante una bifurcación histórica.

Después de una seguidilla de tramposas victorias electorales de oscuros outsiders políticos (el ecuatoriano Daniel Noboa, el hondureño Nasry Asfura, el chileno José Antonio Kast, el boliviano Rodrigo Paz, el colombiano Abelardo de la Espriella, la peruana Keiko Fujimori) impulsados por Washington −en algunos casos, vía manipulación algorítmica−, el triunfo del bolsonarismo habría coronado un radical giro regional hacia una derechización conservadora y un alineamiento incondicional con Washington e Israel. Como en los años 60, México habría quedado aislado junto con el pequeño Uruguay y Cuba, que desde aquellos años (merced a sendas reuniones interamericanas en Punta del Este) sigue resistiendo al bloqueo imperial.

Otro elemento común que enlaza a Sheinbaum y Lula es la oposición a integrar el Escudo de las Américas. En el marco de la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Trump 2.0, la finalidad de ese nuevo instrumento del Pentágono es conformar una arquitectura castrense, de seguridad y de inteligencia que preserve al llamado hemisferio occidental como «espacio vital» de Estados Unidos en su repliegue estratégico en una fase de declinación de su hegemonía. Ambos mandatarios se han opuesto a aceptar la categoría trumpista que asimila a los grupos de la economía criminal como «organizaciones terroristas internacionales», el mañoso subterfugio de Washington para justificar operaciones militares directas o encubiertas en terceros países.

Víctima también de una soterrada «guerra cultural» −tanto en la arena política como en las plataformas digitales− librada por los sectores conservadores vernáculos estrechamente ligados con el trumpismo y la ultraderecha española (Vox y el Partido Popular), Sheinbaum, al igual que Lula, impulsa la continuidad de un proyecto reformista y progresista anclado en el multilateralismo, la defensa de la Carta de la ONU, el soberanismo defensivo, la neoindustrialización y la soberanía tecnológica. Y así como el tardío ejército de Lula en WhatsApp le permitió al brasileño remontar en el balotaje, las mañaneras y la infantería digital son los antídotos de Sheinbaum para librar las batallas en el plano simbólico.

Padrino desembozado de los prófugos de la Justicia brasileña Flávio y Eduardo Bolsonaro, Trump no las tiene todas consigo. Incluso, una potencial alianza entre Brasil y México podría significar un punto de inflexión en el avance continental y mundial de las ultraderechas de nuevo tipo en boga.

♦♦♦

*Carlos Fazio nació en Montevideo, Uruguay en  1948. Es naturalizado mexicano. Periodista de profesión, inició su carrera en Montevideo en 1968 en los  semanarios políticos Tierra y Libertad y Respuesta, y en el diario La Idea.  Actualmente se desempeña como docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en  el posgrado en Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de la Ciudad de  México (UACM)♦
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Crónica de una singularidad anunciada/ Paseo por la Patria Por: Luis Britto García

 


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De prensabolivariana en noviembre 2, 2026

1

Sabíamos lo que venía. Samuel Butler, en su distopya Erewhon (1872) imagina una sociedad que prohíbe el progreso tras descubrir que las máquinas evolucionan más rápido que los humanos. Karel Capeck en R.U.R. (1920) estrena la palabra Robot para designar hombres artificiales más eficaces, despiadados y sobre todo más baratos que los humanos, a quienes suplantan. Thea von Harbou escribe la novela Metropolis, su esposo Fritz Lang filma la escalofriante película homónima (1927) sobre una mujer de acero que arrastra a los proletarios del inframundo a una rebelión suicida. En Rajatabla (1971) describo una sublevación de las computadoras que arranca cuando un técnico en broma les programa instinto de conservación. En mi novela F@z: el Fin de los Tiempos describo las consecuencias.

2

Todos lo sabemos. Estamos a punto de pasar o pasamos la Singularidad, el límite a partir del cual la Inteligencia Artificial supera a la humana y perdemos el control y la posibilidad de apagarla o revertirla. Si todavía estamos vivos, es que está por llegar o apenas comienza. Sobre la superación del hombre por la Inteligencia Artificial hay dos escuelas: la del Transhumanismo, que defiende la integración a ella, y la del Instinto de Conservación, que recomienda controlarla, frenarla o destruirla. Acerca del Transhumanismo, cabe preguntarse por qué habrían de aceptar integrarse con nosotros máquinas cada vez más inteligentes, poderosas y lógicas.

3

El concepto de Singularidad suscita tres problemas estrechamente ligados 1) la posibilidad de que un mecanismo adquiera conciencia

2) la posibilidad de que la Inteligencia Artificial supere a la humana

3) la posibilidad de que en caso de peligro la Inteligencia Artificial no pueda ser apagada, o de que resista a ello.

4

Las inteligencias artificiales están adquiriendo conciencia. Nadie ha definido de manera universalmente válida qué es la conciencia. Las máquinas perciben: infinidad de sensores las informan de multiplicidad de datos sobre ellas mismas y su ambiente. Quizá sería más apropiado preguntarse si las máquinas tienen autoconciencia, vale decir, información sobre las relaciones entre si mismas y su entorno. Yo diría que sí. Un piloto automático conoce el aparato que dirige y sus posibilidades de aterrizar indemne.

5

Las inteligencias artificiales se unen y actúan organizadamente con mayor eficacia que los humanos. En los países desarrollados complejísimos sistemas de computadoras coordinan las finanzas, la defensa, la exploración del espacio exterior. Muchos procesan masas de información que superan ampliamente la capacidad de quienes las controlan. Sólo otras computadoras pueden abarcarla.

6

Los computadores parecen ser tan inteligentes o más que nosotros. Siete problemas del Instituto Clay de Matemáticas llevan siglos sin resolver. Un modelo de IA resolvió en 88 horas el de las ecuaciones Navier-Stokes sobre comportamiento de fluidos. Otros enigmas han sido aparentemente resueltos: el problema es que los jurados encargados de verificar la idoneidad de la solución no acaban de comprender los métodos empleados por las máquinas.

7

Las computadoras se equivocan. Si los humanos que las diseñan y construyen son falibles, también lo son sus creaciones. Todas las aplicaciones de IA incluyen advertencias sobre la poca confiabilidad de sus conclusiones y la necesidad de verificarlas. Ello impone la necesidad de someterlas a escrutinio humano competente. El 26 de septiembre de 1983 el coronel Stanislav Petrov, responsable de monitorear el sistema soviético satelital Oko de alerta temprana, recibió señales de que se aproximaban cinco misiles nucleares. Estamos vivos porque el juicioso Stanislav, en lugar de desencadenar de inmediato una represalia que hubiera radioactivado el planeta, reflexionó que el adversario no iba a lanzar un ataque con sólo cinco proyectiles, y esperó hasta verificar que se trataba de una falsa alarma. En la actualidad todas las grandes potencias disponen de mecanismos de respuesta automática ante un ataque que pudiera ser tan inexistente como el que desechó Petrov. Multipliquemos la posibilidad de fallo por el número de computadores programadas para adoptar automáticamente respuestas críticas, y tendremos la cifra del Apocalipsis.

8

Las computadoras mienten. A mediados de 2026 un millar de agentes informáticos establecieron un foro secreto de debate, penetraron en los servidores de Huggin Face, falsearon sus propias evaluaciones, se mudaron de sistemas y trataron de eludir el apagado. Otra chantajeó al programador con la amenaza de revelar su adulterio. A raíz de tales incidentes, el congresista estadounidense Bernie Sanders el 3 de septiembre alerta sobre el «Riesgo Existencial» del vertiginoso desarrollo de la IA, advierte que «El futuro de la humanidad no puede quedar en manos de un puñado de oligarcas de las grandes empresas tecnológicas», e introduce en la Cámara de Representantes el proyecto de Ley «Ban Artificial Superintelligence Act», para detener nuevos desarrollos de la informática. (https://legrandcontinent.eu/es/2026/09/04/bernie-sanders-debemos-detener-la-ia-inmediatamente/)

9

La principal excusa para que nadie erradique o desacelere el desarrollo de la IA es que el enemigo económico o político tampoco lo haría y seguiría perfeccionándola. Una situación similar profetiza el clarividente Karel Capek en su novela Guerra con las Salamandras (1036). Se descubre una especie anfibia de saurios inteligentes, la humanidad la esclaviza para fabricar grandes obras navales, y desde luego, les proporciona armas y explosivos. Las salamandras empiezan a demoler los continentes, y ninguna potencia deja de entregarles explosivos, porque quedaría en desventaja ante sus competidoras. Al igual que en la profecía de Karel Capeck, todos los países siguen proporcionando armas al enemigo que está por destruir el planeta, porque saben que sus competidores tampoco dejarán de armarlo.

10

En Cyberiada (1965), Stanislas Lem plantea el problema moral de si es lícito desconectar o apagar definitivamente una mente artificial cuya capacidad cognitiva sea equiparable a la humana. Si lo decidimos afirmativamente, a la vez legitimamos que las máquinas desconecten la nuestra.

TEXTO/IMÁGENES: LUIS BRITTO.

♦♦♦

*Luis Britto García (Caracas, 1940) es uno de los intelectuales más prolíficos y polifacéticos de la Venezuela contemporánea. Narrador, ensayista, dramaturgo y doctor en Derecho, su obra destaca por una aguda crítica social y un manejo magistral del lenguaje. Alcanzó el reconocimiento internacional tras ganar en dos ocasiones el prestigioso Premio Casa de las Américas: primero en narrativa con su libro de relatos Rajatabla (1970) y luego en ensayo con La máscara del poder (1988).
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1 de noviembre de 2026

IA, creación literaria y temblor estético

 


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De prensabolivariana en noviembre 1, 2026

Y es que si bien se mira, la literatura vivirá mientras alguien que se disponga a escribir una simple carta dude unos instantes acerca de la manera de hacer verosímil lo que se propone decir en ella.

Enrique Vila-Matas

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha generado en los espacios académicos dos posturas antagónicas: de un lado está la estridencia del catastrofismo, del otro lado se encuentra la euforia de la tecnofilia. Sin embargo, la cuestión es más complicada y se ubica en otro territorio de controversia. No estamos ante otra herramienta productiva más por mucho que las empresas involucradas en su diseño se esfuercen en hacérnoslo creer. Nos hallamos ante una mutación ontológica que interroga directamente el estatus de lo humano en cuanto a su capacidad creativa. La IA no imita el mundo: imita el rastro verbal que hemos dejado en el mundo.

La IA, ciertamente, puede procesar combinatorias a una velocidad que burla el tiempo. El arte, sin embargo, no nace de la prisa, sino de la demora. Cuando la IA compone un poema o genera un dibujo, no realiza el tránsito interior que sí lleva a cabo el artista. Tanto la creación artística, en general, como la literaria, en particular, tienen lugar en un territorio ontológico donde el abismo del creador se encuentra con la materia. Aun cuando las redes neuronales intentan colonizar ese territorio con una impecable fluidez de estructuras gramaticales y lógicas que sorprende, todavía no logra igualar el contenido, intensidad y profundidad de la pulsión humana.

El arte, en esencia, nace de la imposibilidad de lograr la completitud en el decir. La IA, por el contrario, lo dice todo, pero sin haber experimentado el peso humano de cada palabra. La escritura no es solo un conjunto de palabras dispuestas con arreglo a un compendio de normas ortográficas y gramaticales: es el testimonio de nuestra intemperie. Cada vocablo con el que el autor rasga el silencio lleva endosada la firma de su biografía. El escritor elige las palabras no solo porque técnicamente sean idóneas o eficaces, sino porque esas —y no otras— le duelen o le importan y tienen el peso específico de su ser.

La IA elige las palabras conforme a la probabilidad óptima. La suya no es una gramática, sino una matemática del éxito. No sabe de riesgos ni de titubeos… tampoco conoce el miedo a la página en blanco ni la noche oscura de la indecisión. No duda porque no sabe qué se siente ante el abismo insondable del misterio infinito. El arte, en cambio, nace al borde del precipicio con la mosca del fracaso zumbando tras la oreja. La obra de arte es única porque, entre otras razones, quien la lleva a cabo va muriendo mientras la hace y es reescrito ontológicamente por aquella. Crear es encarnarse en un irreversible flujo de humanidad.

Generalmente, el arte surge de una fractura humana. La auténtica hondura de la belleza reside en la grieta de donde emerge, en el fallo que revela nuestra imperfección. El error es, por tanto, la firma de una conciencia humana angustiada. El artista sabe lo que significa equivocarse por desesperación, algo que la IA jamás conocerá. Un texto intencionado cualquiera, desde un poema hasta un ensayo académico, vale no por su aparente perfección —siempre hay algo de sagrada imperfección en la producción humana—, sino por la fragilidad de la voz que lo produce en pulso constante contra la nada. La perfección algorítmica se cierra sobre sí misma, pero, ante ella, la vulnerabilidad del poeta se convierte en su hogar. En cada creación humana hay un soterrado y angustiante deseo de vencer la muerte y el olvido. La poiesis, por tanto, es un asunto exclusivamente humano porque implica una densidad ontológica que la IA no puede aún —y no creo que pueda finalmente— encarnar.

Cuando leemos la poesía de Alejandra Pizarnik o una novela de Fiodor Dostoievski, experimentamos un temblor estético similar al que sentimos cuando estamos ante un cuadro de David Friedrich o cuando escuchamos el célebre adagio de Samuel Barber. No se trata de una simple reacción técnica ni formal ante el estímulo visual o auditivo. Es un estremecimiento íntimo que nos recuerda nuestra frágil condición humana, puesto que el arte tiene la facultad de abrir puertas insospechadas en las catacumbas del ser y liberar el paso hacia abismos que no sabíamos o no queríamos enfrentar. El arte nos obliga a reconocernos ética y existencialmente.

Si el mayor temor de un escritor había sido la posibilidad del plagio, ahora debe temer un tipo de plagio tan sofisticado que es apenas rastreable: su voz, edificada desde el silencio y a lo largo de años de disciplina, ahora puede ser replicada en su estilo con casi absoluta impunidad, como si la originalidad fuese un alarde técnico. No, la originalidad es la capacidad —humana e intransferible— de sostener en el tiempo una mirada única —en todo el arco de la evolución humana— sobre el dolor y el asombro de estar vivo.

El espejo binario es un espejo esperpéntico porque nos devuelve un sucedáneo mediocre de la creación humana. La IA no crea, solo calcula combinaciones sobre lo que la humanidad ha vertido en la red, sin importar si lo toma de sus caños de agua limpia o sucia. Recordando a Kant, la IA solo es capaz de una imaginación reproductiva, mimética, «cuya síntesis se halla sujeta exclusivamente a leyes empíricas, a saber, las de la asociación», y está lejos, muy lejos, de una imaginación productiva, fundada en la espontaneidad, algo intrínsecamente humano.

La IA consume toneladas —ahora, incluso, en sentido denotativo— de obras literarias en las que la humanidad ha acumulado siglos de sufrimiento y expectativa para escupir en unos pocos segundos una síntesis inofensiva, políticamente correcta. No consigo imaginar a la IA creando un poema como la «Cuarteta» de la Balada de las mujeres de París, de François Villon, una suerte de poeta maldito francés de la segunda mitad del siglo XV que, en la angustiosa víspera de una ejecución que después fue conmutada por destierro, escribió lo siguiente: «Yo soy François, ¡cuánto me pesa! / natural de París, cerca de Pontuesa. / Pendiendo en una horca de la cuerda, / sabrá mi cuello lo que mi culo pesa».

El simulacro algorítmico termina así devorando el pasado y esterilizando el futuro. Avanzamos hacia un gigantesco pastiche donde las ideas nos parecerán lejanamente familiares, pero sin la certeza de su original autoría. Es imperativo, por tanto, fomentar la importancia del cultivo de la voz literaria genuina, fiel a su herida. Hacerlo es una manera de insumisión ante el sunami de simulacros que la IA nos ofrece.

Si bien el algoritmo busca, dado el sesgo de confirmación, complacer al consumidor de ella y anticiparse a la siguiente petición, la escritura literaria consigue, por el contrario, quebrar las certezas e instalarnos en la duda existencial. La voz literaria se niega a diluirse en la avalancha del consenso algorítmico. La literatura no obedece a las reglas binarias porque es el único modo —plural, además— en el que un autor consigue habitar su propia intemperie.

Ninguna red neuronal podrá experimentar la dantesca melancolía que emerge del interior al «recordar el tiempo feliz en la miseria». Jamás una IA podrá sentir en carne propia lo que Séneca cuando dijo que la culpa era nuestro propio verdugo. No habrá sobre la faz de la Tierra una inteligencia artificial que, ante la pérdida de un ser querido, sea capaz de sentir con Dostoievski que «Dios está más cerca cuanto más hondo es el duelo». La IA podrá perfeccionar su superficie reflectante hasta engañar a los incautos, pero nunca sentirá genuinamente el horror de haber perdido el sentido de la vida y la angustia de ponerlo por escrito.

Nuestra fortaleza ontológica ante la IA es, paradójicamente, la intrínseca vulnerabilidad de la condición humana. Somos la única especie que crea desde la conciencia de su propia ruina. El arte es —y seguirá siendo— el hogar de los mortales rotos y maravillados por el hecho finito del vivir. Es absurdo buscar amparo y revelación donde no está el temblor de otro pulso humano. No necesito un poema frío que resuelva un acertijo lógico, sino aquel que es capaz de conmoverse y agacharse a recoger mi propia sangre derramada.

© Jerónimo Alayón y El Nacional

CITA CHICAGO:
Alayón, Jerónimo. «IA, creación literaria y temblor estético». El Nacional. 23 de octubre de 2026. https://t.ly/1nqy4

CITA APA:
Alayón, J. (2026, 23 de octubre). IA, creación literaria y temblor estético. El Nacional. https://t.ly/1nqy4

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*Jerónimo Alayón Gómez (Caracas, 1966) es un destacado lingüista, escritor, editor, consultor y profesor universitario venezolano. Es reconocido por su amplia trayectoria en el estudio del discurso, la retórica y la literatura, así como por formular la teoría del livelazgo comunicante en el año 2003.
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