Por Umberto Eco
| 22 de Abril, 2014
No hace mucho publiqué una carta abierta
dirigida a mi nieto, en la que lo exhortaba a reforzar su memoria
resistiéndose (entre otras cosas) al impulso de obtener toda su
información de internet.
En respuesta, fui acusado en la
blogosfera de estar en contra de la red. Pero esto es un poco como decir
que cualquiera que critica a la gente que va a exceso de velocidad o
que maneja intoxicada está en contra de los automóviles.
Y, por el contrario, en respuesta a mi
reciente columna sobre unos jóvenes concursantes que revelaron la
ignorancia de su generación suponiendo que Hitler y Mussolini estaban
vivos todavía en los años 60 y 70, el periodista italiano Eugenio
Scalfari me criticó (afectuosamente), en la revista L’Espresso, por el
exceso opuesto, diciendo que yo confiaba demasiado en internet como
fuente de información.
Scalfari, fundador del periódico La Repubblica,
observó que la web, con los efectos homogenizadores de su memoria
colectiva artificial, le ha dado a la generación joven pocos incentivos
para ejercer su propia memoria. Después de todo, ¿para qué registrar un
dato en la memoria si sabemos que siempre estará disponible apretando un
botón? Scalfari también observó que, aunque internet nos da la
impresión de que nos conecta con el resto del mundo, a fin de cuentas es
una sentencia de soledad autoimpuesta.
Coincido con Scalfari en que la pereza y
el aislamiento que promueve la web son dos de los mayores flagelos de
nuestro tiempo. Pero veamos el pasaje de Fedro de Platón, en el que el
faraón reprende al dios Tot, el inventor de la escritura, por haber
creado una tecnología que le permite al hombre registrar datos en papel y
no en la memoria. Pero sucede que el acto de escribir de hecho estimula
a la gente a recordar lo que ha leído. Aún más, fue gracias al
advenimiento de la escritura como Marcel Proust pudo producir su
celebración de la memoria, En busca del tiempo perdido. Y si
somos perfectamente capaces de cultivar la memoria al escribir,
ciertamente también podemos hacerlo al navegar por internet,
internalizando lo que aprendemos en la web.
El hecho es que ésta no es algo que
podamos descartar como el telar eléctrico, el automóvil y la televisión
antes que ella, la web llegó para quedarse. Nada, ni siquiera los
dictadores, podrá eliminarla. Así que la cuestión no es cómo reconocer
los riesgos inherentes de internet, sino cómo darle el mejor uso.
Imaginemos a una profesora que le deja a
su grupo una tarea de investigación. Ella sabe, por supuesto, que no
puede impedir que sus alumnos encuentren en línea respuestas ya
digeridas. Pero puede desalentar que simplemente copien esas respuestas
sin profundizar más. Ella podría pedirles, por ejemplo, que buscaran
información en al menos diez sitios web y que trataran de evaluar qué
fuente de información es la más confiable, quizá consultando los viejos
libros y enciclopedias en papel.
De ese modo, los estudiantes tendrían la
libertad de sumergirse en la información que encuentran en línea —que
sería tonto evitar por completo— pero, al mismo tiempo, podrían evaluar y
sintetizar esa información, ejerciendo su juicio y su memoria en ese
proceso. Aun más, si a los estudiantes se les pide que comparen y
contrasten lo que hayan encontrado con lo que encontraron sus
compañeros, evitarían la sentencia de soledad y quizá cultivarían el
gusto por la interacción personal.
Por desgracia, quizá no sea posible
salvar a todas las almas condenadas en la web; algunos jóvenes quizá ya
estén demasiado implicados en sus relaciones exclusivas con la pantalla
de su computadora. Si los padres y las escuelas no pueden apartarlos de
ese ciclo infernal, van a terminar marginados al lado de los adictos,
intolerantes y todos aquellos a los que la sociedad ha hecho a un lado y
que soporta a regañadientes.
Este proceso se ha llevado a cabo a lo
largo de la historia una y otra vez. Este grupo particular de nueva
gente “enferma” puede parecer especialmente grande y difícil de
contener, pero eso es sólo debido a que en los últimos 50 años la
población mundial ha aumentado de unos dos mil millones a más de siete
mil millones. Y eso, por cierto, es un acontecimiento que no es culpa de
la web y de la soledad que impone; en todo caso, es el resultado de un
exceso de contacto humano.