
Rómulo Gallegos escribió: “La Llanura venezolana es toda horizontes como la esperanza, toda caminos como la voluntad”. Para mí, todo un horizonte, todo un camino como nuestra voluntad, como nuestro empeño. Una invención nuestra, patriótica, venezolana. Sin dogmas, ni copias foráneas. No soy Lenin, Marx, ni Mariátegui. Simón Bolívar exhibe una serie de pensamientos pre socialista; Simón Rodríguez en Luces y virtudes sociales, critica al capitalismo, al especulador. José Ignacio Abreu e Lima, brasileño, y el mismo Cristo, son revolucionarios socialistas.
¿Y la corrupción?
Siempre
la
ha habido, incluso desde la colonia. En el gobierno de la oligarquía,
la
corrupción salpicaba por todas partes pero la prensa no la destapaba,
incluso
la escondía. Hoy en cambio, la misma prensa la busca con lupa, la
inventa, la
simula. Es mal intencionada, no es objetiva. La mayoría de las veces no
exhibe
pruebas.
Pero la Sociedad
Interamericana de
Prensa (SIP) declara que “Venezuela es el segundo país más corrupto de
América
Latina”…
Raro
que no
la señalara como la “primera”… [ríe]. Aquí en Miraflores había un patio
llamado
“suite japonesa”, era famosa. Allí se celebraba todo tipo de negocios,
fiestas,
mucho whisky y mujeres. Era Sodoma y Gomorra pues. Me consta, estuve
trabajando
aquí en Palacio, me metía por todos lados, oía… Le puedo asegurar que
la
corrupción llegaba a lo más alto del Estado. Actualmente la hay, ahí
está el
caso Baduel, condenado a casi 8 años de cárcel por “la
apropiación indebida de 30 millones de bolívares y 4 de dólares”
durante su gestión como ministro. Y otros varios que se están
investigando. Es
una prioridad para mantener la credibilidad del proyecto.
¿Sabía de la rebelión del
27 de
noviembre?
Era
inevitable una vez que el insensato gobierno se negó a hacer las
reformas
necesarias. Y no solo el gobierno, porque detrás estaba los Estados
Unidos.
Aquí mandaba el embajador gringo sobre el presidente y su misión
militar sobre
nuestros Altos Mandos militares. Por otro lado, la rancia oligarquía no
quería
cambios por supuesto, porque esa oligarquía pitiyanqui manejaba las
reservas
internacionales, Banco Central, Bancos del Estado, las grandes compras
de
armas, las importaciones… Carlos Andrés ni quería, ni podía hacer
cambios,
estaba amarrado por el FMI, Banco Mundial, patronal venezolana… Se
negaban a
renunciar a las privatizaciones, a la congelación de salarios,
liberación de
los precios del combustible, de la energía, de los alimentos, etc. Esa
ceguera
hizo inevitable la segunda rebelión.
¿Trataron de liberarlo?
Sí.
Atacaron
a Yare con morteros, granadas… Una
batalla seria. Pero no consiguieron liberarnos. Esta rebelión fue más
de la
Fuerza Aérea y una o dos pequeñas unidades de la Marina. El Ejercito
casi no
participo, ni el pueblo como masa, solo unos pequeños grupos políticos.
Sus
principales líderes eran de rango superior a nosotros, almirantes,
generales…
¿Nombres? Almirantes Gruber Odreman y Cabrera, general Visconti Osorio,
los
oficiales Luis Reyes Reyes y Castro Soteldo, entre otros.
Asumieron
aquello desde el punto de vista jerárquico, sin tomar en cuenta la
variable
política y el imaginario colectivo. No entendieron que nosotros los
comandantes
no éramos solo tenientes coroneles, éramos una referencia política para
el
pueblo. Muchos tenientes y capitanes decidieron no participar.
La
rebelión del
27-N fracasó, fue delatada el 26 de noviembre. Reyes Reyes en su F-16
escolto
hasta Iquitos el Hércules de Visconti, porque Pérez ordeno tumbarlo.
Luego se
devolvieron y entregaron. Era una rebelión desorganizada constituida
por muchos
grupos no afines, de derecha moderada y de izquierda, incluso, extremos
e
infiltrados. Había muchos intereses no patrióticos, incluso algunos
querían
sacarme del juego político, liquidándome moralmente.
Hubo
mucho más
muertos que el 4 de febrero. La aviación rebelde lanzo misiles, incluso
bombardearon Miraflores. Me culparon del desastre de la rebelión,
incluso por algunos
compañeros presos en Yare, víctimas de la manipulación de un video
viejo que yo
había grabado para hacerlo llegar a República Dominicana. El gobierno
lo difundió
el día del golpe, simulando que yo estaba al frente de este
“noviembrazo”. Se decía
que yo había ordenado dar un golpe dentro del golpe. El que grabaron
los
almirantes y generales rebeldes, vestidos de gala, no lo difundieron,
sino el mío,
¿Por qué? Porque algunos militares infiltrados por Bandera Roja, para
contradecir al Comando de oficiales superiores que dirigía la rebelión
no reconocía
lo bolivariano de esta. Así que difundieron la mía en vez de la de
ellos. [ríe].
Este
grupo
tuvo un comportamiento anárquico y criminal. No solo mataron a un
vigilante del
Canal 8, sino que fusilaron a gente en el aeropuerto de La Carlota… Una
actitud
de verdad fascista. ¡De todo eso me acusaron! La prensa, la televisión…
¿Cómo reacciono usted?
Ante
la
magnitud de la duda de algunos de mis buenos compañeros y amigos, me
replegué a
mi cuartico. Casi ni salía. Me limite a estudiar, a escribir, a meditar
con mi
único compañero solidario, el mayor Alastre López. Pensé que cuando
saliera de
aquella cárcel, se aclararían las dudas. Me refugie en los libros… ¿Mi
preferido? Así hablo Zaratustra, de Nietzsche,
que me envió el general Pérez Arcay. ¿Frase preferida de este libro? “El noble se propone crear cosas nuevas y una
virtud nueva. Pero el otro se aferra a lo antiguo y pretende perpetuarlo”.
Tenía
bastante material de lectura, pero a partir del 27-Nov se lo llevaron
todo.
¡Todo! Hasta los lápices ¡no nos dejaron nada! Y todo a punta de gases
lacrimógenos y brutalidad. Nos querían quitar también los uniformes y
la boinas
rojas, me negué hasta llegar a decir: “va
a tener que quitármelos pero después de dispararme. Aquí hay dignidad”.
Al
final se marcharon sin ellos. Cuando salí de la celda me los puse, el
mismo que
tenía cuando la rebelión del 4-F.
Carlos
Andrés
respondió a este último alzamiento multiplicando la represión, lo cual
junto
con su desastroso programa de gobierno lo hizo muy impopular. Su mismo
partido,
AD, considero su retiro, y mediante un acuerdo, el Congreso lo acuso de
corrupto, y lo obligo a renunciar en junio de 1993. El motivo, uno de
sus
tantos actos de corrupción: un dinero que le envió a Violeta Chamorro,
presidenta de Nicaragua entre 1990 a 1996. Lo condenaron a dos años de
cárcel
en su casa de habitación.
Cuando
tome
posesión de la presidencia en enero de 1999, Carlos Andrés estaba en
primera
fila como senador vitalicio en el Senado del último Congreso que
desapareció
con la Constituyente. Fue senador un año y candidato a la
Constituyente. Como
ya no les era útil a las cúpulas políticas y económicas, simplemente lo
echaron. Fue una manipulación, “sacrificaron” a Pérez para preservar el
sistema. Decían que habían salvado la democracia… Al fiscal general,
otro adeco
llamado Ramón Escobar Salom, quien era tan “acido”, que Rómulo
Betancourt llego
a apodarlo: “Tarrito de pupú”, lo presentaron
como un “héroe de la democracia” porque había condenado a Pérez… Cuando
en
verdad fue un acuerdo entre bandidos para preservar la gobernabilidad.
Cuando
destituyen a Pérez, enviamos a la prensa un remitido alertando a la
población
de que solo se trataba de un “pote de humo”, porque los problemas
estructurales
seguían ahí.
Luego
nombran a Ramón J. Velásquez, una figura respetada, como presidente
interino
que lleva el “barco” a empujoncitos hasta 1993, cuando gana las
elecciones
Rafael Caldera. Caldera era un muerto político, que resucito el mismo
4-F
cuando, con mucha habilidad, hizo un discurso en el Congreso
justificando
nuestra rebelión. Luego se separó de su partido fundador, COPEI, y se
alió al
MAS (Movimiento al Socialismo). Algunos de sus dirigentes más
emblemáticos
fueron nombrados ministros, entre ellos Teodoro Petkoff y Pompeyo
Márquez, ex
comunistas connotados.
En
esas
elecciones, algunos líderes de nuestro Movimiento Bolivariano apoyo a
Caldera;
mis seguidores y yo nos mantuvimos irreductibles; solíamos decir: “Caldera no es la solución”. La
abstención en esas elecciones se elevó de 20-25% a 40%. Caldera gano
con tan
solo el 30% de los votos; la diferencia con los otros candidatos:
Fermín, Álvarez
Paz y Velásquez, fue mínima, solo un 7% aproximadamente. No consiguió
mayoría
en el Congreso, su gobierno quedo maniatado y a expensas de componendas.
Caldera
gano
esas elecciones a expensas nuestras, se montó en nuestra ola y en
nuestro
discurso. La Causa R intento lo mismo. Ninguno de ellos participo en la
rebelión del 4-F, simplemente eran unos aprovechadores. Hasta el 4-F,
la imagen
de los militares era detestable, después de esta fecha se hizo mítica
la figura
de los militares que participamos en esa rebelión. Nos convertimos en
los
“salvadores” del país. “El 4-F”,
según un periodista de la Republica Dominicana, “ha
producido dos presidentes: Rafael Caldera y usted, Hugo Chávez”.
Y creo que no solo estos dos, sino muchos otros presidentes que me
sucedan
durante mucho tiempo. Porque fue un hecho que abrió portones, nuevos
horizontes.
Alguna
vez Gaitán
dijo: “Más vale una bandera solitaria en
la cima que cien en el lodo…”. Una de esas banderas solitarias es
Cuba, la
cual fue levantada por el socialismo en la cima de la dignidad. Martí
lo dijo:
“Nos toca ser como una trinchera de
defensa, para defender a América Latina del imperio norteamericano.”
¿Finalmente,
usted sale de la cárcel el 26 de marzo de 1994?
Sí.
Rafael
Caldera reconoció su deuda política con nosotros y, al inicio de su
mandato,
enero de 1994, dio instrucciones para que los militares involucrados en
las dos
rebeliones de 1992 fuéramos liberados. Habíamos permanecido presos dos
años y
pico. Algunos compañeros creyeron que aceptarla, era una traición.
Logre
convencerlos que en la cárcel ya no teníamos nada que hacer, el futuro
estaba allá
afuera.
¿Siguió siendo militar
activo después
de la liberación?
No,
esa era
una de las condiciones para mi liberación; tenía que darme de baja del
Ejército.
El gobierno lo exigía. Empecé a usar el liqui-liqui, que es el traje
nacional,
pero de color beige o verde que simulaba un uniforme militar… [ríe]. El
día que
salí por la puerta del Fuerte Tiuna, me esperaba una gran muchedumbre.
Aquello
fue una avalancha, un verdadero bochinche, un alboroto. De allí logre
escaparme
hacia una entrevista con José Vicente Rangel en Televen. Me acompañaron
Adán,
Cilia, los hermanos Otaiza, Nicolás Maduro y otros. Al otro día
apareció en los
titulares de los periódicos: ¿A dónde ira
el Comandante? ¡Al poder!”.
¿En estas elecciones de
Caldera,
llamaron ustedes a la abstención?
En
esas
elecciones el Movimiento Bolivariano se dividió. Más que llamar a no
votar, nos
distanciamos de Caldera. Pero la abstención gano porque fue del 40%
cuando
normalmente era de 20-25%. Luego en la calle, mi decisión fue enfrentar
el
gobierno de Caldera, situarme en la oposición y dar la batalla desde
allí. Esa
era nuestra estrategia. Nuestra consigna bolivariana fue siempre: “la esperanza en la calle. El pueblo al poder”.
Recorrimos toda Venezuela. Cuando llegamos a 1997, no había estado que
no
tuviera un comando MBER-200. Conseguimos organizar el Movimiento con la
ayuda
de jóvenes como Nicolás Maduro*, Elías
Jaua, Rafael Isea, Jesús Aguilarte, los hermanos Otaiza, Calatayud,
Venero,
etc.
*Nicolás Maduro (n. 1962).
Ministro de Relaciones
Exteriores de Agosto, 2006 a Octubre del 2012. Luego Vice-Presidente,
“Presidente
encargado” después del fallecimiento de Chávez el 5 de Marzo, 2013. Un
mes más
tarde, electo Presidente el 14 de Abril.
¿Es usted populista?
Es
uno de
los calificativos más amables hacia mí por parte de mis adversarios.
Creo que
algunos periodistas e intelectuales, despreciando la realidad
colectiva, lo
repiten a menudo. Con ese calificativo pretenden apagar la llama
rebelde del
alma nacional… Desprecian al pueblo, piensan que no entiende nada y es
muy
ignorante. Lo creen un niño que hay que tutelarlo todo el tiempo, que
lo lleven
de la mano, siempre dependiente… Por lo tanto lo que yo propongo, poder
para el
pueblo, es utópico. Soy un demagogo por proponerlo, “populista” pues
[ríe]. Víctor
Hugo escribió: “Las utopías de hoy son
las realidades de mañana”.
Claro
las
utopías son fantasías irrealizables, pero yo hablaba de la utopía a mi
estilo:
“algo realizable, pero difícil de conseguir”… [Ríe]. Yo proponía
relanzar la “utopía
bolivariana” como el Ave Fénix latinoamericana; está a veces renacía
pero la
volvían a sepultar.
Nuestro
proyecto siempre será sometido a la discusión, a la confrontación, al
debate público,
con el pueblo y para el pueblo. Es inconcebible para nosotros que un
“programa
de transformación del país” fuera elaborado por una cúpula que
desprecia al
pueblo, que lo menosprecia. Y menos elaborado por un “gran líder”, un
“salvador” aislado en la soledad de su despacho… Hay que incluir al
pueblo como
un “intelectual colectivo”...
¿La elección de Caldera le
complico
las cosas?
Sí,
porque el
país con Caldera parecía enrumbarse… pero era falso… La salida de Pérez
funciono como una válvula de escape y bajo mucho la presión. De manera
hábil,
como era costumbre en estas cúpulas, Caldera se alejó de Copei, partido
que
igual que el de Carlos Andrés, AD, estaba igualmente comprometido con
la descomposición
del sistema que el pueblo ya no quería más.
Caldera
logro, hasta cierto punto, que sectores populares lo identificaran con
nuestra
propuesta, lo que representábamos. Pero no era así. En una ocasión,
Caldera fue
a Barinas a hablar con mi madre para pedirle que yo no lo atacara, que
desistiera de la Constituyente, porque no era una buena salida. Algunos
compañeros míos de Yare le creyeron. Caldera era una personalidad que
estaba
muy lejos de tener la imagen de corrupto de Carlos Andrés. En el
imaginario
colectivo era conservador, pero indiscutiblemente honrado.
Cuando
Caldera asumió la presidencia me propuso que fuera a visitarlo a
Miraflores.
Incluso vino al Hospital Militar su hijo, Andrés como emisario, a
decirme que
su padre quería saludarme y darme las gracias… Le conteste: “No
tiene que agradecerme, ni yo a él tampoco”.
Siempre tuve claro que no debía dejarme seducir ni acudir a Miraflores.
¿Por qué cree usted que
Caldera lo
libero?
Como
zorro político
viejo, él tenia olfato… fue por ello que en aquella intervención en el
Congreso, como Senador vitalicio, se solidarizó en cierto modo con
nuestra
rebelión. Sabía que no podía enfrentarse a nosotros. En los primeros
días
después de mi liberación, hubo una
especie de luna de miel. Me llovieron proposiciones… Eran puentes de
plata…
para sumarme a continuar su nefasta política.
Durante
su
campaña, había prometido la liberación de los militares presos y la
pacificación del país. Asumió el poder en febrero de 1994, y un mes
después,
nos estaba liberando. En Caracas había una permanente movilización
masiva por
nuestra liberación; reclamaban el respeto a su promesa electoral. A
Caldera no
le daban respiro, la presión era grande, y cada día se incrementaba más
y más… El
mismo día de su toma de posesión, fue al Panteón a ofrendar el
sarcófago de Bolívar,
a su salida una gran muchedumbre coreaba: “¡Liberen
a Chávez, liberen a…!”
¿Cómo fue su campaña
electoral?
Terrible,
había mil corrientes diversas. No querían al MBR-200, al Movimiento
Bolivariano.
Era atacado por todos, desde el PCV a la Causa R, de la derecha y de la
izquierda. Ni hablar de los ultra izquierdosos, grupos minúsculos:
Coordinadora
Nacional Revolucionaria (CNR), Tercer Camino, Bandera Roja, Insurgencia
Popular, Desobediencia Civil, Junta Patriótica… Cabrían todos en un
autobús [ríe].
Siempre lo tuve claro: no aceptar falsas alianzas y profundizar la
singularidad
política del movimiento bolivariano.
Lo
bolivariano no encajaba en la política tradicional. Había infiltrados
cuyo
objetivo era alejar nuestro Movimiento de la izquierda militar. ¿Sabe
quién se apareció
por ahí? Nada menos que Lyndon LaRouche*,
incluso creo en Venezuela un partido; todavía anda por ahí Alejandro
Pérez
Esclusa dando declaraciones. También se infiltraron amigos de Gabriel
Puerta
Aponte y Bandera Roja, que habían ya intentado asesinarme durante el
4-F.
El
objetivo
de ellos era destrozar mi liderazgo y el movimiento bolivariano, darle
otro
carácter, implementar el suyo propio. Nuestro Movimiento tenía una
orientación
bolivariana, robinsoniana y zamorana. Crear nuevos poderes, como el
Poder
Electoral, el Poder Moral. Hablábamos de una democracia participativa y
protagónica…
El de ellos era aventurista, violento, revanchista.
*Lyndon H. LaRouche (n.
1922). Economista y político
norteamericano, fundador del US Labor Party (1973). Pronosticador
económico, crítico
de la política interna y externa de EEUU.
¿Descarto volver a
intentar otra
rebelión militar?
No.
En los
primeros años, 94, 95 y 96, siempre mantuve la posibilidad de una
acción
armada. En Venezuela se había creado el mito de ser: “La democracia más
sólida
de Latinoamérica”. Era una falsa concepción de hacer creer que el
sistema
establecido era permanente, incambiable. Nosotros denunciábamos lo
contrario:
este sistema era un falso equilibrio y al amparo de un Estado corrupto;
se
habían formado inmensas fortunas a expensas de la miseria de gran parte
del
pueblo. Hablábamos de la imperativa necesidad de una “nueva práctica
democrática”.
Nosotros
denunciábamos que la participación popular en la toma de decisiones del
gobierno no podía ser entendida como una obra de caridad limitada a
asuntos intranscendentes.
Proponíamos que el pueblo pasara directamente a gobernarse a través de
la
creación de los Consejos Comunales, del Poder Popular y de Las Comunas.
De ese
modo cambiaríamos el concepto tradicional de la democracia venezolana,
de ser
meramente “participativa” a ser plenamente “protagónica”. Es decir,
crear el
puente entre la “democracia tradicional” a la revolución.
El
hecho de
ir a recorrer a Venezuela no era contradictoria con mi estrategia
militar de
tomar el poder. Siempre fui partidario de una acción conjunta
cívico-militar.
No desatendía ninguno de los dos frentes. Los pobres no querían otra
victoria
electoral, exigían una revolución social. Social y bolivariana. Eso me
ayudo a
mantenerme firme en mis convicciones.
¿Por qué esa estrategia?
Porque
también estaban en campaña La Causa R, el MAS, el PCV… y todos ellos
querían
nuestros simpatizantes y cuadros políticos. En la celebración de un
Primero de
Mayo, estos partidos no me invitaron a participar, en cambio sí lo hizo
un
grupo de trabajadores. Me llevaron a la tarima, los oradores no se
refirieron a
mí. De pronto alguien grita: ¡Qué hable Chávez!
No me pasaba el micrófono, entonces un hombre del público subió a
la
tarima, le quito el micrófono y me lo entrego. Igualmente me sucedió
internacionalmente, no sabían lo que venía… Evo Morales, Rafael Correa…
[Ríe].