La burguesía venezolana a lo largo de nuestra historia ha tenido la habilidad y el apoyo político para reacomodarse ante nuevos escenarios económicos y sociales que, en algunos tránsitos epocales, han puesto en riesgo su estructura de poder y dominación. Oligarcas y burgueses han sido capaces de rediseñar estrategias de acción para socavar e intoxicar los procesos de liberación nacional, y a la postre, acabar definitivamente con ellos.
En la mayoría de las ocasiones ha contado con la anuencia de regímenes políticos, que le han tendido alfombras de lujo para que finalmente se apoderen de los centros de poder económico, político y hasta cultural, garantizando de esta manera la protección de sus intereses.
Para hablar de la burguesía en Venezuela y preguntarnos sobre su naturaleza y papel histórico en la sociedad, es necesario girar brevemente la mirada hacia el pasado, hasta los orígenes de esta clase en la Europa medieval, allá donde los burgos surgieron como uno de los primeros síntomas de la decadencia del sistema feudalista. Mujeres y hombres marginados, que no pertenecían a la nobleza o al campesinado, tampoco poseían grandes extensiones de tierra, y que desarrollaron principalmente la artesanía, la manufactura y el comercio desde los inicios del sistema capitalista, en todo caso generando y acumulando riqueza para sí. Pues bien, la historia de la burguesía venezolana niega la naturaleza misma de su clase, jamás han sido capaces de desarrollar las fuerzas productivas nacionales.
Es común pensar que eso que llamamos burguesía venezolana es una clase homogénea. Sin embargo es posible distinguir en ella parcialidades que se han gestado históricamente en su seno, y que mantienen contradicciones entre sí.
Es común pensar que eso que llamamos burguesía venezolana es una clase homogénea. Sin embargo es posible distinguir en ella parcialidades que se han gestado históricamente en su seno, y que mantienen contradicciones entre sí. Es cierto que existe una burguesía propietaria de medios de producción. Pero esta parcialidad de la clase no ha sido la que ha tomado el control de los hilos del poder político o económico, pues se ha visto desplazada por la burguesía importadora, en muchos casos llamada con acierto “Burguesía parasitaria”, conocida por su dependencia y aprovechamiento del “Padre Estado”. Esta última ha sido la que ha optado por abandonar el aparato productivo del país, para dedicarse al rentable negocio de la importación y las finanzas, en detrimento de los intereses nacionales, e incluso de la soberanía en todos sus ámbitos.
La burguesía en el transcurso de la historia de nuestro país, y no de 16 años para acá, ha sido incapaz de generar riquezas e impulsar las fuerzas productivas en Venezuela. No lo hizo en la etapa guzmancista, cuando bajo la protección del régimen autocrático de Guzmán Blanco se le brindaron todas las condiciones materiales para aliarse a los capitales europeos, sustentada en la exportación de café, cuero y cacao, que exclusivamente respondía a las necesidades surgidas en Europa a raíz de la Segunda Revolución Industrial, allá donde sí se habían desarrollado las fuerzas productivas, dados los avances tecnológicos y la concentración de las inversiones en la producción industrial pesada, abriendo paso a las primeras expresiones del capitalismo monopólico que terminaría por imponerse tanto en Europa como en Estados Unidos.
En consecuencia, los oligarcas y burgueses venezolanos respondieron a este proceso solventando los consumos suntuarios de aquella clase dominante foránea; las ganancias producidas por las exportaciones en ningún momento se tradujeron en inversiones hacia el desarrollo nacional, sino que buena parte de los dividendos generados por el comercio se dirigieron a la importación de bienes suntuarios que satisfacían los gustos de la pequeña burguesía nacional. No se invirtió, por ejemplo, en mejorar la productividad agrícola o en sistemas viales que fomentaran el comercio interior. El éxito fatuo de este sistema nacional fue posible, además de las condiciones foráneas que ya mencioné, por el amparo del gobierno de Guzmán Blanco, que unió su destino al de la oligarquía. Casi como un bosquejo de lo que sucedería 100 años más tarde con el Estado corporativista creado por la IV República.
Los gobiernos de la IV República sellaron su destino junto a los intereses de la burguesía nacional, es decir, traicionaron las esperanzas que cada cinco años sembraban en la población; su ejercicio fue la negación de las promesas que promovían para ganar los votos que los llevaban hasta el poder, pactando, claro está, con la burguesía, pero en especial con aquella que sustentaba su poder económico en las importaciones, es decir, esa burguesía que entendió que obtenía mayores ganancias en el campo de las finanzas y el comercio internacional y prefirió importar antes que producir en nuestro país.
Esta burguesía estéril, consolidó con mayor eficacia y alcance, lo que sus antepasados de clase anhelaron 100 años atrás: un sistema político, económico y social dócil y servil ante sus intereses, afinado en un orden que se sostuvo en instituciones, leyes, medios de comunicación e industria cultural que aseguraron su permanencia en el poder, asociada a una clase política que luego del Pacto de Punto Fijo fungió desde el Estado como la protectora de los intereses comerciales de la burguesía importadora, y también como agentes sombríos del neocolonialismo estadounidense. En otras palabras, esa clase política sirvió de catalizador de los intereses antipatrióticos en Venezuela, cuidando con mucha eficacia la continuidad de una estructura social fundamentada en la desigualdad.
Al igual que el Tratado de Coche de 1863, el Pacto de Punto Fijo significó una reorganización del poder oligárquico y neocolonial en detrimento de los intereses nacionales y la calidad de vida de la mayoría de la población venezolana.
Zamora, asesinado el 10 de enero de 1860, no llegó a observar las consecuencias del Tratado de Coche de 1863. Ambos sucesos: el magnicidio y el pacto, abrieron paso al triunfo de la oligarquía latifundista sobre el proceso libertario de un pueblo empujado a la miseria.
La desaparición de Zamora liberó de obstáculos el camino de la clase política que propició la conciliación entre los oligarcas decantando en el Tratado de Coche, dando continuidad a la desigualdad social como cimiente de una estructura económica nacional adaptada a la neocolonialidad del emergente sistema capitalista e imperial, cuyas metrópolis serían Estados Unidos y Europa.
Para la segunda mitad del siglo XX la estrategia de expansión neocolonial del imperio estadounidense ya tenía varias décadas penetrando las sociedades latinoamericanas, en especial la de los países ricos en recursos naturales e hidrocarburos, transformándolas en terreno fértil para la dominación necesaria al cultivo de su hegemonía.
Los políticos en el poder y la burguesía comercial y financiera diseñaron una arquitectura jurídica, educativa y comunicacional que desnacionalizó la cultura y estimuló el consumismo, haciendo que muchos venezolanos desvalorizaran lo propio e imitaran el estilo de vida de la metrópolis norteamericana.
En este ajedrez la burguesía y parte de la clase política nacional eran alfiles útiles. A través de la construcción de un sistema político y económico que enraizó en el imaginario de los venezolanos un concepto de “democracia” que en esencia acentuaba la inequidad social, el consumismo irracional y el individualismo.
Los políticos en el poder y la burguesía comercial y financiera diseñaron una arquitectura jurídica, educativa y comunicacional que desnacionalizó la cultura y estimuló el consumismo, haciendo que muchos venezolanos desvalorizaran lo propio e imitaran el estilo de vida de la metrópolis norteamericana.
Un panorama sociocultural que en buena medida tenía sus fundaciones en el Pacto de Punto Fijo, en el cual la burguesía presionó para que, en favor de sus intereses, se orquestaran instituciones, leyes y el quehacer político, social y cultural de una Venezuela embriagada en la cultura del petróleo, la cultura del derroche donde lo valorado como producto de calidad provenía de afuera, y siendo la burguesía una especie de agente intermediario, un apéndice menor de un sistema capitalista foráneo, transformó a Venezuela en un país colonizado en lo político, económico y cultural.
Los ingresos de la burguesía dominante en Venezuela, la parasitaria, no provienen del desarrollo de las fuerzas productivas, sino fundamentalmente de las importaciones. Es en consecuencia una clase parásita del Estado, que, según su lógica burguesa, debe salvaguardar sus intereses de clase otorgándoles sin control o restricciones divisas, créditos, exoneraciones o subsidios amparados por las leyes que ellos mismos idearon a su medida, y cumplidas por los funcionarios de alto nivel que ellos, los burgueses, habían colocado en el gobierno.
Los ingresos de la burguesía dominante en Venezuela, la parasitaria, no provienen del desarrollo de las fuerzas productivas, sino fundamentalmente de las importaciones. Es en consecuencia una clase parásita del Estado.
Este andamiaje neocolonial e improductivo surgió del Pacto de Punto Fijo, no lo olvidemos; pacto que al igual que el Tratado de Coche, fue punto de ignición del fuego de traición que consumió las esperanzas de reivindicaciones del pueblo venezolano. La lógica y medios operativos de la burguesía nacional no han cambiado en 200 años. Los burgueses de hoy son los herederos de la Colonia, de ello hay que estar conscientes. Evitar a toda costa escenarios de restauración del poder burgués y oligárquico, fortaleciendo la praxis con el potencial ideológico y teórico que en ocasiones parece desdibujado por nuestra propia banalidad y el avasallamiento de una industria cultural capitalista que aún hoy se mantiene intacta.
¿Qué persiguen los burgueses en la actualidad con el asedio económico a la nación? Extirpar la esperanza, partiendo de la irritación colectiva, arrancar del imaginario colectivo las promesas de un mundo posible fuera de los paradigmas liberales. Además, sería ingenuo pensar que es una acción exclusivamente aplicada a Venezuela, ¡No! Quizás sea Venezuela la primera en recibir la contraofensiva de una derecha internacional que se ha venido orquestando como nunca antes en los últimos 20 años, contra las experiencias anti-hegemónicas y nacionalistas en Latinoamérica.
¿Cuál es el objetivo? El retorno de una vieja estructura geopolítica regional, donde la mayoría de los gobiernos se dobleguen ante el imperio estadounidense a lo externo, y sean dóciles a las exigencias de sus burguesías internas, tendiendo la cama para que el imperialismo recupere el control geopolítico en la región, ahora que tanto le hace falta en el actual escenario geopolítico mundial.
No es la hora de los gatopardos de Lampedusa: “Cambiar todo para que todo siga igual” sería la peor de las traiciones a la historia de lucha y los anhelos de justicia social del pueblo venezolano, como ayer lo fueron el Tratado de Coche y el Pacto de Punto Fijo. Conscientes debemos estar los venezolanos que vivimos un momento crucial en la vida de la patria para no conceder espacios a la dominación burguesa e imperial que hoy como siempre pretende arropar la continuidad del proceso de liberación nacional venezolano.