“La sabiduría de la vida consiste en la eliminación de lo no esencial. En reducir los problemas de la filosofía a unos pocos solamente: el goce del hogar, de la vida, de la naturaleza, de la cultura”.
Lin Yutang
Cervantes
Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.
MIGUEL DE CERVANTES Don Quijote de la Mancha.
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Cuando los soldados aliados desembarcaron en Normandía en junio de 1944,
contaron con una nueva arma que les daría una gran ventaja sobre los
alemanes: la penicilina. Probada en humanos solo tres años antes, el
proceso para obtenerla era tan complicado y artesanal que se necesitaba
un año de producción para tratar a una sola persona. Pero EE UU puso
toda su maquinaria científica y farmacéutica a trabajar para conseguir
que los militares tuvieran para el Día D antibiótico suficiente para
curar a 300.000 soldados. Para algunos, el proyecto Penicilina fue aún
más grande que el proyecto Manhattan para obtener la bomba atómica.
Tras su descubrimiento por el británico Alexander Fleming, también
fueron científicos británicos, liderados por el patólogo Howard Florey y
el biólogo Norman Heatley, los que descubrieron el uso terapéutico de
la penicilina en 1941. No lograron salvar a su primer paciente,
un policía inglés, porque al quinto día de tratamiento se había acabado
todo el antibiótico purificado en un año. Sin embargo, estaban
convencidos de que un fármaco que pudiera combatir la primera causa de
muerte de los heridos, las infecciones por delante de las balas, daría
una gran ventaja a quien lo tuviera primero. Pero en aquel tiempo,
con los alemanes bombardeando sin cesar y con la amenaza real de una
invasión, las autoridades británicas no estaban para desviar recursos
del esfuerzo bélico. Con unas muestras de Penicillium notatum,
el moho del que obtenían la penicilina, Florey y Heatley viajaron a EE
UU en el verano de 1941. Allí hallaron el músculo científico, industrial
y financiero para refinar la producción de la penicilina y hacerla
masiva.
La
existencias de penicilina de 1941 no bastaron para curar a una persona.
Tres años después había dosis para tres millones de soldados
"Sin
la intervención de EE UU no habría sido posible la producción masiva de
la penicilina", dice el profesor de bacteriología de la Universidad de
Wisconsin-Madison, Marcin Filutowicz. Coordinados por la división de
investigación del Departamento de Agricultura de EE UU (USDA), 40
laboratorios de investigación, las cuatro grandes farmacéuticas de
entonces, entre las que estaban Merck y Pfizer, una decena de
universidades y, con el tiempo, una treintena de plantas de producción
se afanaron en la búsqueda de una variedad del moho de alto rendimiento.
Solo en Wisconsin-Madison participaron 50 científicos. Al principio
los avances fueron escasos. Usando penicilina obtenida de la cepa
traída por Florey y Heatley, los científicos trataron al primer paciente
estadounidense en marzo de 1942 de una septicemia. La infección remitió
por completo pero a costa de agotar la mitad de la producción obtenida
hasta entonces. Se necesitaban entre uno y dos millones de unidades de
penicilina para tratar una infección administradas en ampollas
inyectables que contenía entre 100.000 y 300.000 unidades. "Cuando
llegaron los ingleses, supimos que estaban logrando unas cuatro unidades
por mililitro de penicilina", decía el responsable del Centro Regional
del USDA de Peoria (Illinois), el micólogo Kenneth Raper, en una entrevista años después.
Para finales de año ya lograron 40 unidades por mililitro, 10 veces más
pero aún insuficientes. Había que lograr elevar el rendimiento del moho
de forma exponencial y cuanto antes. Los alemanes también estaban
investigando con unas cepas herederas de las de Fleming. Más importante
aún: A comienzos de 1943, se aprobaba la Operación Overlord, nombre en
clave del plan para desembarcar en Normandía al año siguiente. Para
entonces harían falta miles de millones de unidades cuando no billones.
Un hecho fortuito vino a ayudarles.
La bacterióloga Elizabeth Mcoy identificó la cepa mutante que acabó en el petate de los soldados.Universidad de Wisconsin-Madison
El
laboratorio de Raper se encontraba rodeado de extensos campos de maíz.
Usaban una lactosa obtenida de las mazorcas como medio para cultivar el P. notatum.
Allí habían llegado las muestras del moho británico. Antes los escasos
avances, Raper pidió a los militares que le enviaran nuevas cepas
recogidas en diversas partes del mundo. Pero el primer gran avance lo
hallaron mucho más cerca. Una asistente de su laboratorio, Mary Hunt,
compró un melón cantalupo ya mohoso en una frutería de Peoria.
Comprobaron que el hongo era otra especie, la Penicillium chrysogenum, que rendía hasta 100 unidades por mililitro de penicilina en estado natural.
La cepa más productiva se obtuvo del moho de un melón cantalupo comprado en una frutería
Raper
envió muestras del moho del melón a varias universidades del país.
Había que encontrar una manera de aumentar ese rendimiento natural. Lo
probaron todo, desde la selección artificial hasta la radiación.
Investigadores del laboratorio Cold Spring Harbor de Nueva York
irradiaron las muestras con rayos X obteniendo centenares de cepas
mutantes. Pero fue otra científica de Wisconsin-Madison, la microbióloga
Elizabeth McCoy, la que identificó la cepa mutante más prometedora.
Tras someterla a radiación ultravioleta para inducir nuevas mutaciones,
lograron la Q-176, la cepa más productiva del proyecto y la que acabó
desembarcando en Normandía. En un informe de 1946,
el que fuera responsable de la división de fermentación en Peoria y
colega de Raper, Robert Coghill, relata cómo la Q-176 permitió escalar
la producción. De los apenas 400 millones de unidades de penicilina
producidas en junio de 1943 se pasó a 117.000 millones en junio de 1944 y
seis veces más al final de la guerra. En palabras de Filutowicz, "la
producción de la penicilina fue el primer gran paso en el desarrollo de
la microbiología industrial". Y, si se le suma el programa paralelo de
lograr una penicilina sintética, algo que se logró años más tarde, "el
proyecto de la penicilina superó al proyecto Manhattan".