Posted: 21 Jan 2018 09:39 AM PST
La retórica fecal del actual presidente de los EE.UU. no es un descuido ni la ocurrencia de un egocéntrico extraviado. Sus dichos son expresión descarnada de un racismo que nunca desapareció, una segregación que recorre la geografía social estadounidense, un país agrietado, fracturado, cuya falta de cohesión interna no ocultan ya las banderitas agitadas por sonrientes niños al paso de las legiones. Más allá de los exabruptos, el degradante insulto responde a un claro interés del poder económico de reorientar políticas internas para su beneficio.
Los agujeros a los que hace referencia son los propios, producto de la incesante explotación del más débil, de la fosa cavada por el individualismo y la exclusión en la que caen los derrotados en la feroz carrera por el éxito. Más de cuarenta millones de desposeídos en EE.UU. dan cuenta de ello. Personas descartables para un sistema que no quiere correr con los gastos de estadía.Los agujeros también son ajenos. Son los que dejan las bombas, los drones, los misiles, el inmisericorde tronar de las balas. Son los vacíos llenos de ausencias irrecuperables; vecinos, amigos o hijos muertos en guerras desgarradoras. Son la destrucción de sociedades enteras en nombre de una y muchas mentiras. Las que profieren repetidamente los máximos dirigentes de una nación que se autodenomina civilizada pero que a su paso deja tan sólo dolor y despojo. Los agujeros fétidos son los que se horadan para robar petróleo, los socavones yertos de mineral extirpado, la tierra triturada, las cuencas sin agua; son los estómagos vacíos, sacrificados a la insensibilidad de una casta ínfima a la que pertenece el desaforado presidente y a la que pertenece también la responsabilidad por las desgracias de este mundo. Son los agujeros de la malla humana, cuya felicidad es postergada en nombre de un progreso extraviado. El gran agujero negro En el cosmos, los agujeros negros son regiones con una enorme fuerza gravitatoria, que absorben todo lo que está a su alcance. Incluso la luz. Y esa alegoría grafica la historia de los Estados invadidos, comprados, combatidos, anexionados, ¿Unidos? – de Norteamérica, una historia de continua absorción y migración, pero también de represión y discriminación al extranjero. Muy pocos pudieron elegir su destino libremente. No fue voluntaria la llegada de los primeros colonos, perseguidos por sus creencias en la intolerante Europa. Un tercio del millón de inmigrantes que llegó entre principios de siglo XVII y finales del XVIII no vino a esta América en busca de libertad, sino privado de ella. Los trajeron desde África, encadenados y hacinados en la bodega de barcos como mano de obra esclava para las haciendas del sur. En adelante, más grupos humanos, esta vez indígenas, fueron sacrificados en el altar del progreso blanco hacia el Oeste, genocidio ocultado mediante heroicas películas de pistoleros e inocentes granjeros de trenzas rubias amenazados por el indio salvaje. Para que no quedaran rastros del crimen, el gran agujero negro se tragó también sus creencias, cultura y estilo de vida. Pero los blancos también se detestaban entre sí. Hacia mitad del siglo XIX, arribaron cerca de tres millones de irlandeses escapando del hambre y de alemanes huyendo de las desastrosas condiciones de subsistencia posteriores a las guerras napoleónicas. El problema para los Wasp (blanco, anglosajón y protestante por sus siglas en inglés) era que la mayoría de estos nuevos inmigrantes profesaba la fe católica. El movimiento nativista – conocido por el público – ¡cuándo no! – a través de la ficción cinematográfica “Pandillas de Nueva York”, fue entonces la expresión de repulsa al diferente. Por la misma época pero en la otra costa, despuntaba la fiebre del oro, que atrajo no solamente cazafortunas sino a un buen número de labriegos chinos, dispuestos por ínfima paga a trabajar duro en minas, cocinas o cuanta labor se presentara. Lejos del agradecimiento por los servicios (de bajo costo) prestados al engrandecimiento de la nación, la xenofobia fue virulenta. La discriminación se haría ley hacia 1870 con la aprobación del Acta de Naturalización – que impedía ser ciudadano norteamericano a quien no fuera descendiente directo de nativos – y finalmente con el Acta de Exclusión de 1882, que explícitamente prohibía la inmigración de asiáticos, salvo en muy contados casos. Los primeros latinoamericanos no intentaron llegar a los EE.UU. cruzando su frontera. Estados Unidos llegó a ellos invadiéndolos. Así perdió México el 50% de su territorio entre 1845 y 1848, expandiendo el gran agujero negro con lo que hoy conocemos como Texas, Arizona, California, Nevada, Utah, Nuevo México y una buena parte de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. Algo después, llegaría una nueva ola de viajeros, en grandes naves a vapor y atraídos por la irresistible gravitación de humeantes hornos que requerían una nueva masa de obreros dispuestos al sacrificio industrial. Estos tampoco eran rubios ni protestantes, sino italianos, griegos y polacos. El torrente migratorio se completaría con un apreciable contingente de suecos y noruegos, pero también de sirios y libaneses – sobre todo cristianos – y de judíos rusos escapando de la persecución zarista. Hacia 1924, nuevamente una legislación drástica ordenaría las cosas. Se establecería el sistema de cuotas, restringiendo el número de inmigrantes a ser admitidos al 2% de los connacionales que habitaran en Estados Unidos desde 1890. Los asiáticos continuarían proscritos, pero la ley no preveía restricciones para el Hemisferio Occidental, con lo cual comenzaron a llegar inmigrantes desde Latinoamérica y el Caribe. La barrera migratoria establecida en 1924 seguiría vigente hasta 1965, cuando – durante la presidencia de Lyndon B. Johnson – seria reemplazada por la llamada “Hart-Cellar Act”, que no era precisamente una ley liberal, pero abría posibilidades a través de relaciones familiares y el tipo de profesión. Algunas excepciones con fuerte connotación política fueron la excepción al darwinismo migratorio. Judíos buscando protección del exterminio nazi, húngaros exiliados de la fallida revolución del 56`, refugiados de la guerra de Corea, disidentes cubanos y un variado pelaje oportunista. En décadas recientes, el paisaje humano norteamericano varió nuevamente a través de una fuerte corriente migratoria latinoamericano-caribeña y asiática. Los primeros, huyendo de la miseria y las guerras instigadas por el mismo imperio. Los segundos, como grupo cualificado para tareas de desarrollo tecnológico. El agujero negro succionó todo lo que pudo para hacerse poderoso. El esplendor norteamericano no fue consecuencia de un publicitado espíritu emprendedor. Se construyó con mano de obra esclava, ilegal, pero también atrayendo a comerciantes, deportistas, investigadores y dando cobijo a rufianes políticos funcionales. Ahora, el águila depredadora – las corporaciones y el complejo militar industrial (no tan sólo el magnate al que llaman “señor presidente”) – pretende escupir personas como si fueran pepitas de una fruta que han exprimido largamente y ya no les resulta de utilidad. Algo huele mal en ello. No es tan sólo el pozo negro de la ambición, la pestilencia del deseo de supremacía y dominio, el hedor del lucro como fin universal. Es el olor a cadáver de un sistema que ya evidencia muestras de putrefacción. Fuente: http://www.pressenza.com/es/ COMPARTE EL SITIO DE: https:// |
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Posted: 21 Jan 2018 09:34 AM PST
Es evidente que en Venezuela hay una siembra permanente de pesimismo, con el fin de imponer en el imaginario colectivo de la población la sensación de que el país está sumergido en un proceso de deterioro imparable; que se cae a pedazos.
Y por eso se insiste recurrentemente en temas como la seguridad, la inflación, la escasez de alimentos y de medicinas, problemas innegables que se exageran al extremo, aun cuando el mismo problema se vive, también, en otros países de la región, pero que sus efectos son obviados, invisibilizados, silenciados por los medios hegemónicos y organismos como la OEA (recordar la reciente estafa electoral y la represión en Honduras)...La siembra, bien elaborada y ejecutada es alimentada desde los medios nacionales y extranjeros, con el empleo de las más audaces prácticas desestabilizadoras. La sensación es que lo que busca la gente es salir a como dé lugar del país antes de que sea demasiado tarde, señala el exvicepresidente José Vicente Rangel. Pocos hablan del petro (la nueva criptomoneda) o del diálogo que –entre gobierno y oposición- sigue (¿o no?) en República Dominicana, mientras el gobierno anunciaba el desmantelamiento de una célula terrorista comandada por Oscar Pérez, un expolicía piloto que bombardeara el Tribunal Supremo de Justicia. La ofensiva contra Venezuela tiene distintas aristas. El economista opositor Ricardo Hausmann, exministro de Carlos Andrés Pérez y funcionario de organismos multilaterales, sigue en plena campaña a favor de la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, y un cerrada crítica por el nombramiento de un oficial de la Guardia Nacional, el general Manuel Quevedo, para presidir una Pdvsa en plena crisis, lo que refuerza, dice, un proceso de militarización de la política. Cuando el control de Washington no existe, como ocurre en Venezuela desde que la misión militar estadounidense fue expulsada del país por Chávez, y con los cambios políticos e ideológicos de los 18 años de vigencia del proceso bolivariano, se recurre a la descalificación global de la institución castrense. Pero eso no quita que el gobierno debe poner a funcionar Pdvsa, rescatar la producción, lo que requiere una optimización organizacional, focalización en las actividades de extracción y refinación, licitaciones, delegar en muchos casos la gestión y separación de la burocracia –muchas veces corrompida- que no genera petróleo. En medio de las fuertes tensiones que caracterizan las relaciones Washington y Caracas, pudiera verse como un sinsentido que prospere la iniciativa que se ha propuesto reemprender el Grupo Boston en 2018, dirigida a establecer puentes, generar puntos de contacto y a propiciar entendimientos entre ambos países. El Grupo Boston fue una comisión parlamentaria de la Asamblea Nacional de Venezuela financiada por la Organización de Estados Americanos (OEA) y creada por el grupo de amistad parlamentario venezolano-estadounidense, después del golpe de Estado de 2002. Se trataba de que parlamentarios de ambos países conversaran en un ambiente de menor polarización. La mitad de los miembros venezolanos eran diputados opositores y la otra mitad oficialistas y la representación estadounidense se repartía igualitariamente entre demócratas y republicanos. Entre los miembros del grupo se encontraba Nicolás Maduro y John Kerry. Quizá se sorprenda al conocer su comité ejecutivo (creado en 2000): Pedro Díaz Blum, Calixto Ortega. Cilia Flores (esposa de Maduro), Luis Acuña, el exministro y director del banco Central José Khan, la rectora del Consejo Nacional Electoral Tania D' Amelio, Elvis Amoroso, Enrique Márquez y Ángel Emiro Vera. Por supuesto, las diferencias se han agudizado con el paso del tiempo, cada día las palabras son más agrias y la insistencia de Washington de imponer sanciones económicas y financieras a Venezuela hace más difícil que se avance. Es en este cuadro de acusaciones y reproches mutuos que el Grupo Boston se ha propuesto actuar para crear hilos de contacto que se vayan robusteciendo hasta recomponer de algún modo las relaciones, generar confianza, provocar cambios y establecer lazos de cooperación. ¿Un caso de realismo mágico? Alvaro Verzi Rangel: Sociólogo venezolano, codirector del Observatorio en Comunicación y Democracia. Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. COMPARTE EL SITIO DE: https:// |
“La sabiduría de la vida consiste en la eliminación de lo no esencial. En reducir los problemas de la filosofía a unos pocos solamente: el goce del hogar, de la vida, de la naturaleza, de la cultura”. Lin Yutang
Cervantes
Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.
MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.
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