Aug 14, 2019
Conocidos los resultados de las elecciones primarias del pasado domingo en Argentina, publiqué un tuit en el que dije que los dos grandes perdedores habían sido Mauricio Macri y Donald Trump.
En efecto, Trump apoyó con todas sus fuerzas al gobierno argentino. Lo dijo en innumerables –y a veces importantes- ocasiones. Es más: ordenó a sus lugartenientes en el Fondo Monetario Internacional (recordar que según Zbigniew Brzezinski el FMI y el Banco Mundial son "extensiones del Departamento del Tesoro") que respaldasen al gobierno de Macri y su reelección otorgándole a la Argentina un paquete de ayuda financiera del orden de los 57 mil millones de dólares.
Este fue el mayor desembolso jamás hecho por el FMI en su historia y tenía por objeto evitar el default de la economía argentina.
La ejecución diaria de ese préstamo fue supervisada por la señora Christine Lagarde, Directora Gerente del FMI (y, en los hechos. Ministra de Economía y "co-presidenta" de la Argentina) y autorizaba también al Banco Central a vender dólares para estabilizar su cotización en el frenético mercado local y de ese modo contener la escalada de precios en un país lastrado por un persistente régimen de alta inflación.
En la práctica esa enorme suma hizo poco más que financiar la impetuosa fuga de capitales de la que usufructuaron los amigos y compinches de Macri, mancomunados en el proyecto de saqueo de las riquezas del país. Pidieron y se dieron el vuelto.
Con base a informes oficiales del Banco Central difundido por el economista Ismael Bermúdez la fuga de capitales en el período transcurrido entre el 2016-2019 fue de 70 mil millones de dólares.
Huelgan los comentarios acerca de las deprimentes consecuencias de esta monumental hemorragia financiera, para lo cual John M. Keynes había propuesto, en la década de 1930, practicar la "eutanasia" de rentistas y especuladores por ser éstos mortales enemigos del crecimiento de la economía real.
Macri sobreactuó su obediencia a Trump porque en la campaña presidencial norteamericana había explícitamente respaldado a Hillary Clinton. Una vez consumada la victoria del magnate neoyorquino, Macri se desesperó por enmendar su error arrastrándose a los pies del emperador y ofreciéndose para hacer cuanto éste le ordenase, reviviendo con su rastrera conducta las "relaciones carnales" de Carlos S. Menem.
Trump lo perdonó pero fue preciso y terminante con sus mandatos que, imaginamos, deben haber sido más o menos así: "¡Ataca a Maduro, en todos los foros, en todos los frentes, tú y tus fucking ministros y funcionarios!
Destruye la Unasur, acaba con la Celac, mantén a chinos y rusos bien lejos, olvídate de las Falklands, acepta que nosotros instalemos varias bases militares en la Argentina, facilita los negocios de las empresas norteamericanas y deja que la economía la maneje el FMI".
En vísperas de las primarias Trump envió a Argentina a su Secretario de Comercio, Wilbur Ross, como un gesto de apoyo y aliento a la Casa Rosada para que avanzara sin más demora en las reformas estructurales que faltaban: la privatización del sistema de seguridad social, la laboral y la del régimen de impuestos, para aliviar la presión fiscal sobre las grandes empresas y las grandes fortunas como Trump lo hiciese en EE.UU.
Macri obedeció, al pie de la letra al úkase imperial. La Argentina se quedó sin política exterior, porque hizo suya la de EE.UU asumiendo como propios los enemigos o adversarios de Washington en momentos en que Trump se pelea con el mundo.
También se quedó sin política económica, porque pasó a dictarla el FMI.
El resultado está a la vista: un holocausto social de vastas proporciones y un derrumbe económico que, en algunos aspectos, no tiene precedentes, todo lo cual se agrava por los efectos devastadores del "lawfare" (hiperpolitización de la justicia federal; maridaje entre jueces, fiscales, servicios de inteligencia y medios de comunicación; atropello al debido proceso, etcétera) y el abrumador control que ejerce el oficialismo sobre los medios y la masiva utilización de pseudo-periodistas –en realidad, operadores políticos jugosamente remunerados- para mentir, desinformar, atemorizar a la población y para difamar a las principales figuras de la oposición.
Esta siniestra operación de manipulación de la opinión pública se complementó con la abrumadora propaganda oficial en todas las redes sociales y la inescrupulosa utilización de ejércitos de "trolls" que con sus medias verdades y "fake news" contribuían a la confusión general atacando con particular saña a los candidatos del Frente de Todos.
Pero todo fue en vano. Macri y su patrón fueron arrasados en las urnas. Su gobierno languidece. Si algo ocurrirá en la primera vuelta que tendrá lugar el 27 de Octubre será una derrota aún más aplastante del oficialismo, lo cual será muy positivo para impedir por mucho tiempo el retorno al gobierno de esa derecha neocolonial, elitista, falsamente "meritocrática" y antidemocrática.
Para evitar su final anticipado, frecuente en Argentina desde 1983, decreto una serie de medidas para intentar engañar al pueblo, que no se dejara pues ya lo conoce muy bien.
En suma: Trump se quedara sin uno de sus peones sudamericanos, y el brasileño, parece también caminar por la cuerda floja.
La debacle del neoliberalismo en la Argentina es un ejemplo a ser leído por muchos países gringo-dependientes. En suma: buenas noticias para el futuro de Nuestra América.
¿Quién iba a creer que el ciclo progresista concluiría tan pronto?
Atilio A. Borón, Politólogo y sociólogo argentino. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard