Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
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12 de junio de 2024

Letra a pie ÁNGEL CUSTODIO DE LA POESÍA por Federico Ruiz Tirado

Avanzada la década de los 80, antes, durante o en la cola humeante del Caracazo (hay un sinfín de cosas que la entrañable melancolía de una ciudad atrapada entre las montañas no permiten precisar) comencé a ver a un hombre que parecía deambular por las calles de Mérida con la mirada guardada en unos anteojos oscuros.

Iba siempre de abrigo porque seguramente el frío y la neblina helada le daba duro en sus huesos.

Cargaba un bolso de cuero guindado en uno de sus sobresalientes hombros, una boina de tela, un librito arrugado en una mano.

Una vez, ambos, sin saber que íbamos a ser grandes amigos, esperábamos turno detrás de una señora que hablaba y hablaba sin parar en un teléfono monedero ubicado en una pared azul, al fondo de la esquina donde estaba La Cibeles, una cervecería estratégicamente situada en la Av. 3 Independencia, a dos cuadras de la plaza Bolívar, donde alguna vez con Carlos Danés, el Conde y Luis Belisario hablábamos y Ángel sonreía.

La señora no paraba de hablar y el hombre dio la vuelta y unos pasos después  desapareció.

Yo estiré la paciencia y logré alcanzar el teléfono y hablé rápido y también di la vuelta.

Tres pasos y un escalón después entré a la Cibeles y me senté en la barra: al lado estaba el hombre con una cerveza al frente. Nos miramos y nos saludamos con unos gestos de confianza que permitieron después dos, cuatro, seis cervezas más y una conversación que hizo honra anticipada a lo que fue una larga, afectuosa, misteriosa, laboriosa, conspirativa amistad tanto en Mérida como en Caracas, en la sede de Fundarte, donde leímos juntos libros y tomábamos café, mientras se quedaba pendiente el tema de los dialectos de José Manuel Briceño Guerrero, la palabra Magnolia.

Viajamos juntos a Trujillo y a Los Teques, a Valencia, en trámites de la organización de la Red de Escritores Socialistas de Venezuela.

Hicimos planes.

Ahora Ángel no está. Pero dejó la poesía por ahí. Su voz. Su silencio y su recuerdo perfectamente ordenado en mi memoria y en mi corazón

Este no es el retrato de un desconocido, es la imagen del otro, revés del tapiz, como dijo José Emilio Pacheco: "conozco a muchos escritores generosos pero no recuerdo a ninguno en particular".

Ángel Custodio Malavé fue una persona más que particular para muchos de nosotros.

Tal vez por ese don de librero de la vida que nos hizo a sus amigos eternos para siempre, como es él ahora o como fue siempre.

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