Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

22 de enero de 2026

Testimonio de un combatiente cubano que defendió al presidente Maduro

 


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De prensabolivariana en enero 20, 2026

Relató el combatiente cubano Yohandris Varona Torres, «a pesar de su ventaja de fuego, estoy seguro de que les hicimos bajas. Más de las que ellos reconocen. Nos batimos duro. Seguimos tirando hasta que casi todos fuimos cayendo, muertos o heridos»

El combatiente cubano, Yohandris Varona Torres, sobreviviente del letal ataque estadounidense contra la República Bolivariana de Venezuela, el pasado 3 de enero, para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama Cilia Flores, conversó con el periodista y escritor Ignacio Ramonet. La entrevista fue publicada en la plataforma de Facebook, mediante la cual relató los detalles de lo ocurrido aquella madrugada cuando los misiles y metralla despertaron a la población.

Yohandris Varona Torres, llevaba dos (2) meses y seis (6) días como integrante de la Seguridad Personal en Venezuela cuando ocurrió el ataque, la experiencia más intensa en 23 años de servicio militar, justo en su primera misión internacionalista.

Pero aquel sábado 3 de enero se tornó fatídico. A las 12 de la noche se puso en su posición, le correspondía seis (6) horas de guardia. Y aunque todo se veía tranquilo Yohandris sabía que el mayor peligro estaba en confiarse. Por eso cumplía su guardia con un celo rayano en el exceso.

Eran cerca de las dos (2) de la mañana cuando vio al primero de los helicópteros del grupo de comandos estadounidenses que esa madrugada desembarcaría en Caracas para secuestrar al presidente Nicolás Maduro.

Apenas tuvo tiempo de salir de la posta en la que cumplía el servicio de guardia para parapetarse a unos metros de distancia y comenzar a disparar. A esa decisión, o a la suerte, le debe la vida. Como si se guiaran por un plano de exactitud milimétrica los atacantes dirigieron su fuego contra la caseta que hasta solo unos segundos antes había ocupado.

«Tenían mucho más poder de fuego que nosotros, narra Yohandris, que solo contábamos con armamento ligero. Lo otro a su favor es que parecían saber dónde quedaba todo. Así le tiraron a las postas y a los dormitorios donde estábamos los cubanos y lograron matar, entre los primeros, a los jefes».

Unos 23 años de experiencia en la Direccion de Seguridad Personal tiene este primer suboficial, nunca había vivido nada ni parecido. Pero en el entrenamiento le habían enseñado bien y esa madrugada vació cargador tras cargador disparando contra los enemigos.

«Había que tirar y tirar. Defender y matar», sentenció. “Nos batimos ahí contra los aviones que estaban ametrallándonos. A pesar de que nuestro armamento era más pequeño no dejamos de pelear, nos enfrentamos. Tengo mi preparación y sé cómo combatir, pero eran superiores a nosotros. En ese momento mi único pensamiento fue batallar. Había que tirar y empecé a hacerlo.”
«A pesar de su ventaja de fuego, añadió, estoy seguro de que les hicimos bajas. Más de las que ellos reconocen. Nos batimos duro. Seguimos tirando hasta que casi todos fuimos cayendo, muertos o heridos».

No fue un combate rápido, ni fácil, como en principio intentaron hacer creer Trump y sus secuaces. Con el paso de los días se ha ido confirmando que solo la muerte y la falta de municiones consiguió apagar la resistencia de los cubanos.
Yohandris recuerda todo con una lucidez terrible. Sus ojos parecen repasar una a una las imágenes. Llora. Llora de rabia.

Nunca podrá olvidar el enfrentamiento, dice, pero sobre todo las horas posteriores, en que los sobrevivientes del grupo debieron trasladar los cuerpos de sus compatriotas caídos.

«Los cargamos y llevamos hacia un edificio, que había sufrido daños pero nos permitía guarecerlos. Fue muy duro, porque eran hombres a los que conocíamos, con los que habíamos convivido hasta pocas horas antes. Pero los llevamos a todos, no abandonamos a ninguno.

«Cuando empiezan a caer las bombas en lo único que se piensa es en combatir. Estábamos allí para eso y fue lo que hicimos. Solo me queda el dolor de que no pudimos pararlos. Y este dolor, dice mientras se golpea el pecho, tengo que desquitármelo con el enemigo».

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Por: Agencia Editorial Bolivariana
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