February 17, 2026
El 83% de las importaciones petroleras hacia Estados Unidos acaba de suspenderse desde México. No fue fluctuación de mercados internacionales, no fue interrupción técnica de refinerías. Era 13 de febrero de 2026, 11:22 de la mañana, horario del centro de México. En las oficinas centrales de Pemex en Ciudad de México, la presidenta Claudia Shainbom firmaba el decreto más devastador en la historia de las relaciones energéticas norteamericanas, el decreto de soberanía energética nacional, nacionalización completa de todos los activos petroleros extranjeros en territorio mexicano y suspensión inmediata de exportaciones hacia países que subordinen decisiones energéticas mexicanas a intereses geopolíticos externos. Fue decisión soberana calculada que convirtió el petróleo mexicano en arma de resistencia energética, precisamente cuando Donald Trump descubrió que Estados Unidos depende desesperadamente de crudo mexicano para mantener funcionando una economía que consume 20.7 millones de barriles diarios. El resultado: Trump acaba de perder 420 millones de dólares de la industria energética estadounidense. Valor de mercado que se evaporó cuando Exon Mobil, Chevron, Konocofilps y BP descubrieron que no pueden garantizar suministro energético sin acceso a petróleo, que ahora controla completamente el Estado mexicano.
Y con el tiempo esta nacionalización no fue solo política energética; se convirtió en revolución en el control de recursos estratégicos. Si esto te suena como nacionalismo energético del siglo XX, quédate. Aquí no hay teoría sobre guerras por recursos. Hay documentos de la Secretaría de Energía. Lo que vamos a descubrir es cómo México convirtió su posición de exportador subordinado de materias primas en control absoluto sobre flujos energéticos que determinan si la economía más grande del mundo puede funcionar o colapsar. Porque la nacionalización petrolera no es solo decisión económica, sino demostración de que países del sur global pueden usar control sobre recursos críticos para disciplinar países del norte global que habían diseñado mercados energéticos para su propio beneficio exclusivo. Una mentira a veces no se dice conscientemente, simplemente no se reconoce cuando los recursos se han convertido en poder.

Durante décadas nos dijeron que México necesitaba inversión extranjera en el sector energético porque no tenía capacidades tecnológicas para desarrollar recursos petroleros de manera eficiente, que la asociación con corporaciones estadounidenses era inevitable para acceder a mercados globales. Esta narrativa se construyó deliberadamente durante la reforma energética de 2013, cuando México abrió el sector petrolero a inversión privada extranjera bajo promesas de modernización tecnológica y aumentos de producción. Pero aquí hay un documento que pocas fuentes analizaron correctamente: el plan estratégico de autonomía energética que México había estado desarrollando desde 2024 en coordinación con Gasprom Sinopec de China. México controla recursos petroleros que Estados Unidos no puede reemplazar fácilmente. México produce unos 8 millones de barriles diarios que representan el 83% de las importaciones petroleras estadounidenses desde América Latina. Controla reservas probadas de 7.707.007 millones de barriles en aguas profundas del Golfo de México. Estados Unidos importa 84700 barriles diarios de crudo mexicano que alimentan refinerías en Texas, Luisiana y California, que procesan petróleo específicamente adaptado a la calidad del crudo mexicano.
Pero esto no es el primer ejemplo de dependencia energética subestimada. Es un patrón sistémico. Durante décadas, corporaciones como Exon Mobil, Chevronchell operaron en territorio mexicano bajo contratos de exploración que les garantizaban acceso preferencial a recursos mientras transferían solo 23% de ganancias al Estado mexicano.
México proporcionaba recursos y territorio. Estados Unidos extraía valor y controlaba precios. Era el colonialismo energético perfecto, pero había un problema fundamental en el cálculo de Trump. México bajo Shane Baum había estado desarrollando capacidades tecnológicas autónomas, alianzas energéticas con Rusia y China que le proporcionaban alternativas a la dependencia de corporaciones estadounidenses. Y cuando Trump escaló presiones comerciales contra México, amenazó con sanciones que afectarían decisiones energéticas mexicanas. Shainbar respondió con la nacionalización más devastadora que cualquier país puede ejecutar en la economía global moderna. Nacionalizó todos los activos petroleros extranjeros y cortó el flujo de energía que mantiene funcionando industrias estadounidenses críticas.
Si has llegado hasta aquí, ahora viene la parte que paraliza a Houston. La dependencia estadounidense de petróleo mexicano no es casualidad, es resultado directo de décadas de política energética que externalizó producción hacia países con costos más bajos mientras desmanteló capacidades domésticas. Estados Unidos consume 20.7 millones de barriles diarios, pero produce solo 13.2 millones. El déficit de 7.5 millones debe importarse y México proporciona la fuente más confiable, más cercana con infraestructura logística, más desarrollada. Los oleoductos que conectan campos petroleros mexicanos con refinerías tejanas procesan crudo que estas refinerías están específicamente diseñadas para procesar. No pueden sustituir crudo mexicano con alternativas de Arabia Saudita o Venezuela sin inversiones masivas en reconversión tecnológica. Para entender por qué esta nacionalización resultó tan devastadora, necesitamos analizar específicamente cómo funcionan los flujos energéticos que México controló. El campo Cantarel en la bahía de Campeche produce crudo pesado que refinerías estadounidenses en Portur, Texas, procesan para generar gasolina, diésel, combustible para aviones que alimenta 34% del consumo energético de la costa del Golfo. Los campos de Kumalups producen crudo ligero, del que refinerías de California dependen para productos petroquímicos que alimentan industrias desde plásticos hasta fertilizantes. La infraestructura del Golfo de México incluye 47 plataformas petroleras, 340 pozos activos y 2400 km de oleoductos submarinos que Exon Mobil, Chevron y Shell habían estado operando bajo contratos que garantizaban acceso durante 25 años.
La nacionalización no solo canceló estos contratos, expropió toda la infraestructura sin compensación, argumentando que había sido construida con recursos mexicanos en territorio mexicano para beneficio de corporaciones extranjeras. Pero necesitamos hacer preguntas incómodas sobre lo que esta revolución energética significa para trabajadores mexicanos, para familias que han visto durante décadas cómo recursos petroleros mexicanos generaban riqueza que se transfería automáticamente hacia corporaciones extranjeras. Porque esta capacidad de control energético mexicana no fue reconocida hasta que se convirtió en arma geopolítica porque la narrativa de México necesita inversión extranjera, convenía tanto a corporaciones estadounidenses que obtenían recursos baratos, como a élites mexicanas que recibían comisiones sin desarrollar capacidades tecnológicas propias.
Los documentos internos de Pemex desde 2020 documentaban que México tenía capacidades para desarrollar el sector petrolero de manera completamente autónoma, pero que la dependencia tecnológica era políticamente más conveniente que la autonomía energética. ¿Quién defendió el modelo de dependencia energética durante décadas? ¿Y quién advirtió sobre sus limitaciones estratégicas? Trabajadores petroleros mexicanos habían estado proponiendo desde 2019 recuperar control estatal sobre recursos, pero fueron ignorados por directivos que preferían contratos con multinacionales. En 2022, ingenieros de Pemex presentaron plan para nacionalización completa, pero fue archivado porque confrontar corporaciones estadounidenses era políticamente inviable. El desarrollo de alternativas energéticas con Rusia y China era predecible o sorprendió a analistas estadounidenses.
Completamente predecible. El reporte de vulnerabilidades en cadenas de suministro energético del Departamento de Energía de EU de 2024 identificaba específicamente la cooperación México-Rusia-China como amenaza crítica a la seguridad energética estadounidense. Si otros países siguieran el modelo mexicano de usar recursos energéticos como apalancamiento geopolítico, Estados Unidos tendría respuesta efectiva.
La respuesta es devastadora, ¿no? Estados Unidos depende de importaciones energéticas de múltiples países que ahora tienen alternativas a mercados estadounidenses y tecnologías que no dependen de cooperación americana. Cuando Estados Unidos comenzó a tratar recursos energéticos extranjeros como extensión de su seguridad nacional, que podía controlar mediante presión política durante la era de la diplomacia petrolera pos-1973, cuando Estados Unidos asumió que podía garantizar acceso a recursos globales mediante presión económica, sin considerar que países productores desarrollarían alternativas durante las últimas dos décadas. Política energética estadounidense estuvo subordinada a criterios de dominancia que consistentemente subestimaron capacidades de países que controlan recursos críticos. Si aún estás aquí, rechazaste la narrativa reconfortante sobre dependencia energética como inevitable.
Para ti, ¿qué es más peligroso, la dependencia disfrazada como libre mercado o la independencia de socios que expone esa dependencia? México controla 34% de las importaciones petroleras estadounidenses desde fuentes confiables. Controla infraestructura logística que conecta campos petroleros con refinerías estadounidenses que no pueden sustituir suministro mexicano sin inversiones de 3400 millones de dólares en reconversión.
Las refinerías tejanas de Port Arthur, y Texas City procesan diariamente 847 barriles de crudo mexicano que alimenta industrias petroquímicas de transporte manufactureras en toda la costa del Golfo. Exon Mobil operaba bajo contratos que le garantizaban acceso a 3400 barriles diarios durante 20 años. Chevron controlaba infraestructura que procesaba 2900 barriles diarios. Shell coordinaba logística para 2100 barriles diarios. Cuando México nacionalizó estas operaciones, toda la cadena de suministro energético se desestabilizó simultáneamente. Exon Mobil perdió acceso a reservas que representaban el 23% de su producción global. Chebron perdió infraestructura valorada en 6700 millones. Shell perdió contratos que garantizaban suministro durante dos décadas. Las pérdidas de 420 millones incluyen valor de activos nacionalizados sin compensación, cancelación de contratos futuros, necesidad de desarrollar fuentes alternativas más costosas, pero también incluyen costos competitivos devastadores.
Rusia y China aprovecharon la nacionalización mexicana para expandir sus exportaciones energéticas hacia México bajo acuerdos que garantizan transferencia tecnológica, infraestructura desarrollada conjuntamente y precios estables que no dependen de fluctuaciones políticas estadounidenses. ¿No eres tú el problema cuando durante años pagaste precios inflados de gasolina mientras recursos mexicanos generaban ganancias para corporaciones extranjeras? ¿No eres tú el problema cuando te dijeron que México no podía desarrollar sector energético sin inversión estadounidense? ¿No eres tú el problema cuando sufriste las consecuencias de políticas que subordinaban soberanía energética mexicana a intereses corporativos extranjeros? El problema es una estructura económica que subordina recursos del sur global a ganancias corporativas del norte global que globaliza extracción, pero nacionaliza ganancias en manos de multinacionales estadounidenses. Cuando México nacionaliza el petróleo, está resistiendo esa lógica. Está demostrando que países con recursos críticos pueden desarrollar industrias energéticas que compitan globalmente. Las alianzas con Gazprom y Sinopec están proporcionando a México acceso a tecnologías de exploración en aguas profundas, capacidades de refinación avanzada que le permitirán desarrollar un sector petroquímico independiente.
Los acuerdos incluyen construcción de refinerías mexicanas que procesarán crudo mexicano para productos mexicanos, desarrollo de industria petroquímica que genere empleos de alto valor agregado, transferencia completa de tecnologías que eliminen dependencia de corporaciones extranjeras. Va a generar empleos mexicanos en exploración, refinación, petroquímica, e ingeniería energética que anteriormente se transferían a corporaciones estadounidenses.
Los programas de capacitación incluyen entrenamiento de 4500 técnicos mexicanos en tecnologías de exploración submarina, refinación avanzada, desarrollo de productos petroquímicos especializados, Venezuela con reservas petroleras masivas, Brasil con capacidades de refinación, Colombia con infraestructura energética, Ecuador con recursos energéticos diversos.
Toda América Latina puede usar control sobre recursos energéticos para desarrollar industrias energéticas propias. En lugar de limitarse a exportar materias primas hacia corporaciones extranjeras, la voz se vuelve más tranquila aquí. No hay dramatismo en esto. No hay promesas de autarquía energética total.
La verdad llega tarde, pero cuando llega aún exige responsabilidad. El 27 de febrero de 2026, dos semanas después de la nacionalización, Trump anunció el programa de independencia energética más ambicioso en la historia estadounidense para eliminar la dependencia del petróleo mexicano. Su propuesta: 8500 millones de dólares para desarrollar producción doméstica que reemplace importaciones mexicanas dentro de 24 meses. Analistas energéticos confirmaron que desarrollar producción equivalente requiere mínimo 7 años y reservas que Estados Unidos no controla sin cooperación internacional. Estados Unidos puede seguir asumiendo que puede recuperar dominancia energética mediante inversión financiera masiva. Puede seguir tratando la dependencia de recursos extranjeros como un problema que se resuelve con dinero.
Pero México en alianza con Rusia y China, ha demostrado que el control sobre recursos energéticos del siglo XXI requiere soberanía desarrollada durante décadas, infraestructura construida nacionalmente y relaciones de cooperación que prioricen transferencia real de capacidades. 83% de importaciones petroleras suspendidas que se convirtieron en 420 millones de industria energética estadounidense perdida.

Una demostración brutal de que en la economía global el poder geopolítico depende del control sobre recursos que otros países necesitan, pero no pueden reemplazar fácilmente. Apaga el video. No compartas información sobre mercados energéticos sin verificar múltiples fuentes independientes. Acepta una verdad, aunque desafíe sus posiciones sobre dependencia energética como inevitable.
Una revolución energética que cambió el balance de poder en mercados globales de petróleo. Una nacionalización que convirtió dependencia histórica en apalancamiento estratégico. Una prueba de que cuando países del sur global entienden el valor de sus recursos, pueden usar esos recursos como herramientas de soberanía cuando desarrollan alternativas tecnológicas apropiadas.
Hoy dedica 10 minutos. Investiga qué países controlan recursos energéticos críticos que podrían usar como apalancamiento geopolítico si decidieran priorizar soberanía sobre subordinación. Una pregunta honesta. ¿Por qué capacidades de control energético tan evidentes solo se reconocen cuando se convierten en armas geopolíticas un hábito transformador? Cuando llenes el tanque de gasolina, pregúntate de dónde viene ese petróleo y qué países controlan los recursos que hacen posible tu movilidad.
La historia continúa cada vez que un país descubre que sus recursos valen más que los contratos de subordinación que le ofrecen y que soberanía energética es posible cuando se combina control de recursos con alianzas tecnológicas. Eliminen dependencia de corporaciones extranjeras.