Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

27 de mayo de 2026

Las contradicciones de un protectorado estadounidense en Venezuela desde la óptica marxista


Cuando uno escucha "protectorado", piensa en el siglo XIX, en cañoneras y en mapas coloreados de rosa o azul. Pero aquí estamos, en pleno siglo XXI, imaginando que Venezuela—esa nación que durante años desafió a Washington con discursos encendidos y petroleros—termina siendo un protectorado de Estados Unidos. No anexado, no invadido del todo. Algo más sutil: control externo de sus fuerzas armadas, su política exterior y su industria clave. El gobierno doméstico existe, pero con supervisión norteamericana.
¿Por qué un marxista debería analizar esto? Simple: porque el marxismo no es solo un manual de consignas, sino una caja de herramientas para entender cómo se mueve el capital cuando se siente acorralado. Y un protectorado no es un capricho ideológico. Es la respuesta de un imperio en crisis que necesita asegurar recursos, contener rivales y reordenar su patio trasero. Sin idealizar a nadie, sin demonizar a nadie, vamos a desmenuzar qué pasaría realmente en el mundo si Caracas pasara a ser una suerte de "Puerto Rico con petróleo".
Primera consecuencia: La reconfiguración de la dependencia regional. Adiós a las ilusiones de desarrollo autónomo
Desde Lenin hasta los teóricos de la dependencia (como Dos Santos o Marini), una idea clave es que el capitalismo mundial funciona con centros que extraen plusvalía de periferias. América Latina, históricamente, ha sido esa periferia: exporta materias primas baratas, importa tecnología cara. Venezuela, aunque con cierto margen de maniobra gracias al petróleo en los años setenta y al chavismo después, nunca logró romper esa lógica.
Ahora, como protectorado, la cosa se clarifica brutalmente. El capital estadounidense no va a invertir en diversificar la economía venezolana. Al contrario: va a profundizar la especialización extractiva. La Faja del Orinoco se convertirá en una gigantesca concesión a Chevron, Exxon y otras transnacionales. Los beneficios se irán al norte. Y los costos—contaminación, precarización laboral, inflación—se quedarán en el sur. ¿Suena conocido? Es el mismo modelo que Puerto Rico, pero con crudo pesado en vez de fábricas farmacéuticas.
¿Y el resto de la región? Los gobiernos latinoamericanos, incluso los de izquierda moderada, verán el ejemplo y se moderarán. No porque quieran, sino porque el miedo al "efecto Venezuela" (que Washington pueda decidir protectorar a cualquier país díscolo) funcionará como disciplina de mercado. Las negociaciones del TLC con China se enfriarán. Las nacionalizaciones quedarán en el olvido. Y los sindicatos, campesinos y movimientos indígenas que luchan por tierras o recursos serán reprimidos con más saña, porque los estados locales saben que ahora la Casa Blanca mira de reojo. En pocas palabras: el margen de acción política de América Latina se reducirá a cero. Seremos, más que nunca, un conjunto de fincas administradas por gerentes locales al servicio de un dueño ausente pero vigilante.
Segunda consecuencia: El nuevo mapa de la lucha interimperialista. China y Rusia contra las cuerdas
El marxismo clásico hablaba de la competencia interimperialista como motor de guerras. Hoy esa competencia es menos a tiros y más a sanciones, acuerdos comerciales y control de cadenas de valor. Pero un protectorado en Venezuela es un golpe directo a los intereses de otras potencias. Vamos por partes.
China ha tejido una red de préstamos millonarios a Venezuela (más de 50 mil millones de dólares desde 2007) a cambio de petróleo. Ese petróleo ya no llegará a los puertos chinos porque Washington controlará los contratos. Pekín, entonces, tendrá que tomar decisiones difíciles: perdonar la deuda o presionar con represalias comerciales contra empresas estadounidenses en China. Pero ojo, China no tiene una armada para desafiar el control del Caribe. Su respuesta será más bien estratégica y a largo plazo: acelerar la construcción de bases en África (Yibuti, Guinea Ecuatorial), invertir más en el litio boliviano y en el cobre peruano para no depender del petróleo venezolano, y quizás hasta explorar una alianza militar con Rusia en el Ártico. La competencia interimperialista no desaparece; se desplaza y se vuelve más intensa en otros puntos calientes.
Rusia, por su parte, pierde su principal aliado simbólico en América. No solo por el petróleo (Rosneft tiene contratos), sino por la base logística que usaban sus aviones y asesores. Un protectorado significa la expulsión rusa en 90 días. Putin, que ya está metido en Ucrania, no puede permitir otra derrota sin mostrarse fuerte. Así que veríamos un aumento del acoso ruso a oleoductos en el Báltico, más ciberataques a la red eléctrica estadounidense, y un mayor respaldo a Irán y Corea del Norte como "puntas de lanza". El mundo se vuelve más peligroso, pero ojo: la guerra interimperialista no se detiene porque haya un protectorado. Al contrario, el protectorado es una jugada más en esa guerra.
Tercera consecuencia: El impacto en la clase trabajadora mundial. Migración forzada y ejército industrial de reserva
Un marxista nunca olvida a los de abajo. Porque al final, los protectorados no los sufren los cancilleres ni los CEOs, sino la gente común. Y en Venezuela, la gente común ya venía huyendo por millones. Con el protectorado, esa migración se convierte en una avalancha humana controlada. ¿Qué pasa cuando dos o tres millones de venezolanos más cruzan a Colombia, Brasil o Perú? Pasan dos cosas, una económica y otra política.
Económicamente, esos migrantes se convierten en "ejército industrial de reserva" (ese concepto de Marx sobre trabajadores desesperados que aceptan cualquier salario). Los salarios en la construcción, el servicio doméstico y la agricultura en Colombia y Brasil se desploman. Los empresarios locales celebran; los trabajadores locales odian a los migrantes. Nace un caldo de cultivo para la xenofobia y el fascismo social.
Políticamente, los gobiernos de derecha en la región (como el de Argentina si gana Milei, o el de Ecuador) usarán a los migrantes como chivos expiatorios para desviar la atención de sus propios ajustes. Y los gobiernos de izquierda, atrapados entre su discurso solidario y las presiones de sus bases, terminarán haciendo lo mismo: construir muros, deportar, criminalizar. La solidaridad internacional de la clase trabajadora, ya frágil, se rompe del todo. El patrón siempre gana cuando divide.
Pero hay un detalle más oscuro. Dentro de Venezuela, el protectorado no traerá "estabilidad mágica". Las empresas estadounidenses no contratarán a los chavistas ni a los opositores radicales. Contratarán a gerentes leales, a técnicos importados, y dejarán al resto en la economía informal o en la delincuencia. Las bandas criminales no desaparecerán; se volverán más sofisticadas, ofreciendo "seguridad privada" a las petroleras y controlando el contrabando de combustible. Es decir, el protectorado no es un estado de derecho. Es una empresa con ejército propio, rodeada de un mar de pobreza y violencia. Eso no es civilización. Es feudalismo corporativo.
Cuarta consecuencia: La crisis ecológica se acelera (y nadie puede protestar)
Desde el marxismo ecológico (con autores como John Bellamy Foster), sabemos que el capitalismo trata la naturaleza como un "vertedero gratuito". Pero un protectorado lleva eso al extremo. ¿Por qué? Porque no hay contrapesos locales. Los partidos ambientales venezolanos son débiles. Las ONG internacionales pueden ser expulsadas. Y los pueblos indígenas del sur de Venezuela (yanomamis, pemones) no tienen ejército para defender sus territorios.
Así que las petroleras estadounidenses van a extraer el crudo de la Faja del Orinoco con métodos baratos y sucios. Van a usar el fracking a gran escala, van a quemar gas en antorchas día y noche, y van a verter residuos en los ríos. La Amazonía venezolana (que comparte con Brasil y Colombia) se convertiría en una zona de sacrificio. ¿Y quién paga los costos? Los mismos de siempre: campesinos sin tierra, pescadores sin peces, niños con asma. El marxismo llama a esto "acumulación por desposesión" (David Harvey): enriquecerse no produciendo valor, sino destruyendo lo común y privatizando lo público. El protectorado es la forma más pura de esa lógica.
Quinta consecuencia: La ilusión del "fin de la historia" se desmorona. Resistencias asimétricas
Un error común de los análisis no marxistas es pensar que un protectorado impone orden. No. Impone un orden, pero ese orden genera sus propias contradicciones. Es decir, produce resistencia. No será una guerrilla tradicional (porque las FARC ya no existen y el ELN es pequeño), sino algo más difuso.
Pensemos en formas de resistencia que ya conocemos: paros laborales en las refinerías (aunque sean ilegales), sabotajes a oleoductos por comunidades indígenas, ciberataques de colectivos hacktivistas, y sobre todo: una enorme ola migratoria política de intelectuales, sindicalistas y líderes comunitarios que se refugian en México, España o Argentina para organizar la denuncia internacional. Washington gastará millones en propaganda para vender el protectorado como "ayuda humanitaria", pero en las calles de Caracas, Maracaibo y Ciudad Guayana habrá protestas pequeñas, cotidianas, imposibles de aplastar del todo. Porque el capital puede controlar territorios, pero no puede controlar el hartazgo humano.
Y a nivel global, el protectorado venezolano se convertirá en símbolo para todos los movimientos anticoloniales del Sur Global. En el Sahel, en Filipinas, en Palestina, los discursos dirán: "Miren lo que les espera si no se alinean con Washington". Eso fortalecerá a grupos como los yihadistas en el Sahel (que ya odian a Francia y USA) o a los talibanes en Afganistán (contentos de tener un ejemplo de resistencia exitosa). No es que estos grupos sean progresistas; muchos son reaccionarios. Pero en geopolítica, los enemigos de mi enemigo no son mis amigos, sino mis aliados coyunturales. El protectorado unifica a la oposición global contra Estados Unidos, aunque esa oposición sea contradictoria y a veces horrible.
Conclusión: El protectorado como espejo del capitalismo en su fase terminal
¿Qué nos dice este ejercicio desde el marxismo? Nos dice que un protectorado estadounidense en Venezuela no es una anomalía, sino la expresión lógica del capitalismo cuando sus tasas de ganancia caen y sus rivales acechan. No es "intervención humanitaria", ni "exportación de democracia". Es control de recursos por la fuerza, es disciplinamiento de regiones díscolas, es externalización de costos ecológicos y sociales. Y sus consecuencias globales son predecibles: más dependencia latinoamericana, más competencia interimperialista, más sufrimiento para la clase trabajadora migrante, más destrucción ambiental, y más resistencias fragmentadas pero persistentes.
Ningún marxista sensato diría que antes de Chávez o Maduro Venezuela era un paraíso. No lo era. Había desigualdad, corrupción y exclusión. Pero al menos existía la posibilidad de luchar por cambiar las cosas desde adentro, con políticas de Estado que desafiaban al gran capital. Un protectorado cierra esa posibilidad. Convierte a Venezuela en una colonia administrativa, en un laboratorio de cómo el capital resuelve sus crisis a costa de pueblos enteros. Y si eso puede pasar en Venezuela, puede pasar en cualquier país periférico que tenga algo que el centro necesita: litio, cobre, agua o simplemente una posición geográfica estratégica.
Así que, lector promedio, no te dejes engañar por los titulares ni por las buenas intenciones. Un protectorado no es un contrato entre iguales. Es un látigo envuelto en papel de regalo. Y el marxismo, con todas sus limitaciones, al menos nos da las gafas para ver el látigo antes de que nos golpee. El resto es ideología.
Fin del ensayo.