La cronología de este relato tiene un sentido tan irregular y accidentado, que podría comenzar libremente por el episodio del aeropuerto y el enredo con el idioma. En mi propia memoria se han esfumado muchos detalles que en algún momento los relacioné con un evento político (un viaje, un encuentro de acompañamiento y solidaridad con Venezuela en París después del golpe de estado, el reencuentro con amigos residentes en países de europa, una cálida conversación con Darío Vivas en un cafetín y una oleada de atentados contra los Mc'Donald en una de cuyas sedes estábamos Darío y yo sin saberlo, hasta que yo le dije y Darío me dijo: vámonos de esta vaina.
Tenía diez horas de haber llegado de París vía Venezuela pasando por Madrid. Estando frente a la taquilla de Air France, decidí quedarme y viajar por tren. Lo que me motivó a cambiar de ruta fue continuar leyendo en el vagón un libro de Pavese (edición de Seix Barral) que llevaba desde hacía años en un maletín de trabajo.
Antes de llegar a la taquilla, veo venir en dirección contraria a una mujer con otra edición y otro itinerario, según supe después.
Qué extraña casualidad. Cargaba en el maletín mi edición de El Oficio de Vivir de 1993, deshojada y manchada. Ella viajaba con una edición más pulcra del libro en la mano izquierda y en la otra una valija de cuero, antigua, redoblada por unos correajes propios de caballos que arrastraba como un saco de verduras, pensé.
Ella me pareció como a una de esas mujeres de las que precisamente habla Pavese, “melifluas, educadas, señoras”, aunque tan joven como yo. También me dije: “viene de la guerra”.
En medio de todo pensé: “esta mujer tiene el oficio de la estación, como si llevara al caminar por ese pasillo brillante el encanto de la primavera que está afuera”. Entonces me devolví tras ella y le dije en mi lengua que la edición de mi libro era del 93. Ella me respondió sonriente que no entendía nada. Y yo tampoco: ella hablaba una especie de lengua fermentada. De la mía no tengo nada que decir.
Rápidamente le mostré mi edición y ella entendió todo, y yo también: se trataba de un dialecto literario que nos llevó a ambos a un café y hablar como hablan los mudos sin serlo. Estuvimos como una hora. Yo iba a Madrid, ella regresaba de un país cuyo nombre no recuerdo. Nos mostramos los libros. Tomamos café. Era del sur de Italia. Nos despedimos y la vi alejarse.
Cuando no la vi más y cruzó hacia la nada del mundo, me sentí un pobre desempleado de la vida.
Y así, sin saber cómo, me vi de pronto sentado en un café de cara a la Puerta del Sol, escribiendo en un cuaderno sobre cómo fue que relaté en el auditorio de una universidad parisina, los insólitos pormenores de aquel golpe de Carmona que no se mantuvo más de cuarenta y ocho horas en Venezuela.