El mundo entero escuchó sus insultos: "Eres un asesino. Pobres libaneses, amarren a ese loco, te pareces tanto a mi", gritaba a Rubio.
Los venezolanos también asistimos en tiempo real a un espectáculo inusual y extraordinario. Con el telón de fondo de las recientes medidas de gracia, hemos presenciado el regreso "heroico" y presuntamente epopeyico de algunos beneficiados por la amnistía.
El contraste entre la narrativa del martirio y la realidad física de los retornados roza el absurdo: ¿Netflix en acción? Ya lo sabremos.
Los mártires con kilos de más
El primero en desfilar por la pasarela de Maiquetía fue Wilmer Azuaje, aquel personaje de Barinas y bandolero (aunque no precisamente del llano profundo), recordado por su historial de violencia y desequilibrio. Es el mismo que, en tiempos de guarimba, intentó incendiar un vehículo conmigo adentro, ignorando holgadamente que allí llevaba yo cuatro o cinco pollos destinados a un pacífico arroz con mi hermano Popeye y mi sobrino Raúl.
Azuaje aterrizó no sabemos si desde Bogotá o Costa Rica para ser recibido por una reducida multitud que agitaba banderas tricolores. Lo llamativo no fue la épica de su discurso, sino su fisionomía: llegó con aproximadamente 13 kilos de más, concentrados visiblemente entre la papada y la parte baja del vientre. Un endocrinólogo amigo mío atribuye semejante protuberancia al excesivo consumo de trigo en su país de acogida; un diagnóstico muy acertado, considerando que Azuaje es ahora propietario de una cadena de panaderías en ese territorio dorado donde engordó la quijada.
Una escena similar protagonizó Juan Pablo Guanipa. Tras salir de su reclusión en el Sebin —donde él mismo llegó a declarar que gozaba de comodidades que incluían hasta sauna y gimnasio y una vida serena y abstemia que lo hizo bajar de peso—, fue enviado a casa por cárcel luego de protagonizar una bandada de motos pidiendo el regreso de Maricori.
Bastó una semana de reclusión doméstica para que recuperara tres o cuatro kilos. Poco después, ya amnistiado, recibió la visita del noble y diligente representante en Cúcuta de Voluntad Popular, Freddy Superlano.
Curiosamente, tanto Azuaje como Guanipa y Superlano adoptaron una estética peculiar: aparecieron inmaculados vestidos de blanco, emulando de manera casi caricaturesca a las Damas de Blanco cubanas.
Observar estos acontecimientos en vivo despierta una extraña mezcla de melancolía y desconcierto. Es inevitable recordar el video del economista José Guerra relatando su experiencia al mirar por la ventanilla del avión. Contaba, conmovido, cómo sentía la patria a través del olor, olvidando por un instante el confort de su exilio en España, donde dictaba conferencias y guardaba viáticos de 300 dólares en el bolsillo para pernoctar en una habitación cedida por un amigo.
Sin embargo, Guerra no regresó a Venezuela con intenciones de combatir al gobierno de Delcy Rodríguez; regresó movido por una ilusión fija en la mente: convertirse en el ministro de Economía desde los cielos.
Al analizar el contexto, la amnistía se perfila más como una trampa de cazarratones que como un acto de justicia real. Actualmente, el Tribunal Supremo de Justicia estudia una sentencia para amnistiar a la mano derecha, o peluda de Juan Guaidó.
También, como es sabido, el gobierno de Delcy "expropió" la residencia de Leopoldo López para transformarla en un hogar de cuidado para los abuelos y abuelas de la patria. Ante esta realidad, algunos ciudadanos con sensibilidad social nos hemos reunido y hemos llegado a una conclusión salomónica: A Leopoldo López hay que devolverle su casa. Eso sí, con una condición: que se le nombre formalmente presidente de la misión "Mis Abuelos y Mis Abuelas", y que también se encargue personalmente de alimentar a los perros callejeros que hoy custodian los alrededores de la propiedad.
Así también se construye un país y López garantizaría su cuota de responsabilidad social que podría compartir con su colega Lester Toledo.