Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
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13 de julio de 2026

El atraso científico en Venezuela: un fracaso estructural de larga duración por Pedro Grima Gallardo

 


Es un lugar común afirmar que Venezuela ha experimentado un retroceso significativo en materia de ciencia y tecnología durante las últimas décadas. Lo que resulta más revelador, sin embargo, no es la constatación del fenómeno, sino la forma en que suele ser explicado. Cada sector político, con una convicción que roza lo dogmático, atribuye la totalidad de la responsabilidad a su adversario, como si el atraso fuera un producto exclusivo de la gestión del otro. Esta dinámica de señalamiento mutuo, aunque comprensible en un contexto de polarización extrema, oscurece un hecho incómodo: el rezago es un problema sistémico, de raíces profundas, que ningún proyecto político ha sido capaz de resolver y que todos, en diversa medida, han contribuido a alimentar. Para comprenderlo, es necesario mirar más allá de los gobiernos de turno y examinar los vicios estructurales que han caracterizado la relación del país con el conocimiento.

El origen de esta fragilidad se remonta a la segunda mitad del siglo XX, cuando la renta petrolera permitió la creación de instituciones de prestigio, como los centros de investigación y las universidades autónomas. Durante los años de bonanza, el Estado financió generosamente la formación de científicos y la adquisición de equipos, lo que ubicó al país en una posición envidiable dentro del contexto latinoamericano. Sin embargo, aquel edificio se levantó sobre una base endeble: la ciencia fue concebida como un lujo, como un ornato cultural que la renta podía costear, pero no como un motor estratégico para la diversificación productiva. La planificación era errática, los presupuestos carecían de continuidad y el vínculo entre los laboratorios y el aparato industrial era prácticamente inexistente. Las empresas, protegidas por un modelo de sustitución de importaciones, no demandaban innovación porque su rentabilidad no dependía de ella. Esta desconexión temprana sentó las bases de una dependencia crónica que la posterior caída de los precios del petróleo, en la década de los ochenta, se encargaría de evidenciar: la inversión en investigación fue una de las primeras partidas en sacrificarse, demostrando que el conocimiento era un gasto prescindible, no una inversión prioritaria.

Este patrón de discontinuidad se ha repetido con una constancia asombrosa. En lugar de construir una política de Estado que trascendiera los períodos constitucionales, la ciencia se ha convertido en un botín administrativo. Cada nuevo equipo gobernante ha llegado con su propio recetario, desmantelando a menudo lo que sus predecesores habían construido, sin generar una memoria institucional sólida. Los programas de becas al exterior se han interrumpido y reactivado de forma caprichosa; los criterios de asignación de recursos han oscilado entre la tecnocracia y la lealtad política, dependiendo de la orientación del momento; y los centros de investigación han visto cómo sus líneas de trabajo se modificaban al compás de las prioridades coyunturales. Esta ausencia de horizontes de largo plazo ha sido letal: los proyectos que requieren años de maduración han sido sistemáticamente desfinanciados, y los investigadores han aprendido a sobrevivir en un entorno de incertidumbre, donde la dedicación a la ciencia se convierte en un acto de vocación casi heroica, pero con escaso respaldo institucional. La discontinuidad no es, por tanto, un accidente, sino la norma.

A esta falta de planificación se suma un factor cultural y social de gran peso: la ciencia goza de un prestigio limitado en la escala de valores colectivos. A diferencia de lo que ocurre en sociedades que han logrado despegar tecnológicamente, en Venezuela el ingeniero o el biólogo son figuras respetadas, pero su opinión rara vez es determinante en la toma de decisiones estratégicas. La industria local, con contadas excepciones, no invierte en investigación porque el retorno de esa inversión es incierto y de maduración lenta, y el Estado, como principal financiador, ha privilegiado con frecuencia criterios de corto plazo o de afinidad por encima de la evaluación rigurosa por pares. La cultura de la solución improvisada, del "arreglo" temporal, se ha impuesto sobre la cultura del diseño y la planificación meticulosa. Este caldo de cultivo ha hecho que el sistema científico sea refractario a la autocrítica y a la rendición de cuentas, permitiendo que las inercias burocráticas y los intereses corporativos prevalezcan sobre la necesidad de abrirse a nuevos enfoques. El resultado es un ecosistema endogámico, poco conectado con las necesidades del país y aún menos con las fronteras del conocimiento global.

El aislamiento internacional ha sido otro factor determinante en la profundización del rezago. La decisión de subordinar la cooperación científica a los designios de la política exterior, y la progresiva desconexión de las cadenas globales de suministro, han encarecido hasta extremos insostenibles el acceso a equipos, reactivos y publicaciones especializadas. Las colaboraciones con grupos extranjeros se han reducido drásticamente, privando a los investigadores del intercambio de ideas y de la exposición a estándares de calidad más exigentes. Este enclaustramiento, sumado a la depreciación de los salarios y a la precariedad de las infraestructuras, ha generado un fenómeno de fuga de cerebros que, aunque no es nuevo, ha alcanzado niveles sin precedentes. Cada científico que emigra se lleva consigo no solo su talento, sino la inversión pública de su formación y la posibilidad de formar a nuevas generaciones. La pérdida de capital humano es, quizás, el daño más irreversible, y ha sido alimentada por la simple omisión de políticas efectivas de retención y repatriación.

Ante este panorama, resulta estéril empeñarse en dirimir qué gobierno ha sido más culpable. El retraso es un fenómeno de acumulación, un sedimento que ha ido creciendo a lo largo de décadas. La derecha, cuando ha gobernado, ha pecado de un tecnocratismo que subestimaba el rol del Estado y sobrestimaba la capacidad del mercado para generar innovación espontánea, sin crear las condiciones de financiamiento y riesgo compartido que la investigación demanda. La izquierda, por su parte, ha incurrido en un estatismo que en ocasiones confunde la propiedad pública de los medios con el desarrollo real, y que instrumentaliza el conocimiento como un discurso político, en lugar de respetar su autonomía y su lógica interna. Ambos paradigmas han coincidido en un error fundamental: no entender que la ciencia es un ecosistema complejo, que requiere libertad, estabilidad, financiamiento sostenido, conexión con el mundo y una cultura que valore la crítica y la duda metódica. Sin estos ingredientes, cualquier intento de avance es un castillo de naipes.

La paradoja actual es desoladora: nunca el país ha tenido tantos profesionales formados en el exterior, con doctorados en las mejores universidades, y nunca ha tenido tan poca capacidad para ofrecerles un lugar donde desarrollar su trabajo. Mientras, en el interior, las universidades públicas luchan por mantener sus servicios básicos y los laboratorios se deterioran sin posibilidad de reparación. La economía, dependiente de la extracción de recursos y de la importación de bienes finales, no genera la demanda de innovación que podría revertir el ciclo. Para salir de este atolladero, se requiere un diagnóstico honesto: no hay un enemigo exterior ni una conspiración que explique todo; hay una responsabilidad histórica compartida en la construcción de un modelo que nunca hizo de la ciencia una prioridad real. El camino hacia adelante exige un pacto que trascienda las trincheras ideológicas, que reconozca el conocimiento como un bien público superior y que se comprometa con la continuidad de las políticas, más allá de los vaivenes electorales. Mientras no se asuma esta verdad incómoda, el debate seguirá girando en círculo, y el atraso, lejos de resolverse, se consolidará como un rasgo estructural de la nación, un espejo de su incapacidad para proyectarse hacia el futuro con inteligencia y voluntad colectiva.