Por: Fernando Buen Abad Domínguez* |
En un lugar de la cancha de cuyo nombre no es fácil acordarse, detrás de los postes, dentro de las porterías, contenido por una red cuya aparente levedad contrasta con la densidad histórica de cuanto allí acontece, se encuentra el espacio más disputado del fútbol. Ninguna otra porción del terreno concentra semejante convergencia de voluntades, tensiones, inteligencia táctica, potencia física, imaginación creadora y expectativa colectiva. Hacia ese rectángulo diminuto se orientan carreras, pases, coberturas, anticipaciones y sacrificios. Allí desembocan los esfuerzos de once jugadores y la vigilancia de otros once; allí el tiempo parece comprimirse hasta convertirse en una sucesión vertiginosa de instantes donde la historia adquiere la velocidad de un disparo. El arco constituye un territorio cuya dimensión geométrica permanece inalterable mientras el espesor social de su significado no deja de expandirse. Todas las codicias dispuestas a rebasar la «línea de meta». Recinto de lo invisible a la vista de todos. |
Tras la sencillez aparente del gol se ha fincado una ilusión persistente: creer que todo depende del último toque. Esa percepción, alimentada por la fascinación del desenlace, oscurece el inmenso proceso colectivo que lo hace posible. Ninguna definición nace aislada. Antes del remate comparecen centenares de decisiones articuladas, desplazamientos sincronizados, aprendizajes sedimentados durante años, formas de cooperación invisibles para la mirada apresurada. Cada movimiento contiene la memoria del entrenamiento, la experiencia acumulada por generaciones, la transmisión de conocimientos técnicos y la disciplina compartida que convierte a un conjunto de individuos en una unidad dinámica. La pelota apenas revela la superficie visible de una compleja arquitectura social. Hoy secuestrada, entre otros, por los monopolios de cervezas, apuestas y televisoras. |
Y la inteligencia del juego demuestra que la creación nunca pertenece exclusivamente a una voluntad individual. El talento alcanza plenitud cuando dialoga con las capacidades de los demás, cuando reconoce límites propios y fortalezas ajenas, cuando transforma la diversidad de aptitudes en una organización capaz de producir respuestas inéditas frente a circunstancias cambiantes. El pase representa una forma superior de confianza recíproca. Cada desmarque constituye una invitación al otro. Cada cobertura expresa una responsabilidad compartida. Incluso el error posee naturaleza colectiva, porque emerge de relaciones cuya armonía ha sido interrumpida. El fútbol ofrece así una lección permanente acerca de la condición profundamente social de toda producción humana. |
Esa realidad, sin embargo, convive con un inmenso aparato ideológico empeñado en reducir el juego a la epopeya del individuo excepcional. El capitalismo necesita héroes aislados con mayor urgencia que comunidades organizadas. Resulta más rentable convertir a una persona en marca comercial que reconocer la potencia creadora de los procesos colectivos. La industria deportiva perfecciona incesantemente esa operación cultural. Fabrica celebridades, multiplica mercancías asociadas a sus nombres, transforma biografías en activos financieros y convierte el reconocimiento popular en una fuente inagotable de valorización económica. La cooperación desaparece bajo el resplandor de figuras cuidadosamente administradas por intereses empresariales cuya lógica consiste en privatizar incluso aquello que nació del esfuerzo compartido. |
No se trata únicamente de una estrategia comercial. También constituye una pedagogía política. Allí donde se exalta al vencedor solitario se debilita la comprensión de las relaciones sociales que producen toda excelencia. Allí donde se atribuye el éxito exclusivamente al mérito individual se invisibilizan las condiciones materiales que distribuyen oportunidades de manera profundamente desigual. Los barrios carecen de idénticos recursos, las instituciones formativas reciben financiamientos radicalmente diferentes, las posibilidades de desarrollo responden a estructuras económicas cuya configuración antecede largamente al nacimiento de cualquier deportista. La igualdad proclamada por los discursos oficiales encuentra un desmentido cotidiano en la distribución efectiva de la riqueza, del tiempo libre, de la alimentación, de la infraestructura y del acceso al conocimiento. |
Hay que conquistar el territorio que está envuelto en redes. Cada ataque sobre la portería sintetiza, en escala deportiva, una confrontación mucho más amplia entre formas distintas de organizar la existencia colectiva. El espacio decisivo del campo aparece rodeado por relaciones de poder que exceden ampliamente los noventa minutos. Derechos televisivos, fondos de inversión, corporaciones multinacionales, plataformas digitales y complejas redes financieras disputan el control de una actividad cuya energía originaria pertenece al trabajo cultural de los pueblos. El espectáculo moviliza cantidades colosales de capital porque logra capturar una pasión construida durante generaciones mediante prácticas comunitarias, identidades barriales y memorias compartidas que jamás fueron creadas por los mercados. El capital administra aquello que no produjo; captura aquello que floreció en la creatividad popular; rentabiliza una riqueza simbólica cuya fuente permanece en la vida colectiva. |
Miles de personas producen una obra coral irrepetible donde convergen memoria, imaginación, afectividad y organización espontánea. El arco permanece entonces como una frontera donde convergen múltiples temporalidades. Allí comparece el presente inmediato del partido junto con largas historias de organización social, conflictos distributivos, migraciones, transformaciones urbanas y disputas culturales. El balón que atraviesa la línea de gol no transporta únicamente aire comprimido; arrastra también sedimentaciones históricas imposibles de reducir a estadísticas. |
Detrás de la portería permanece, envuelto en redes, el lugar donde la sociedad contempla una representación concentrada de sus propias contradicciones. Allí se enfrentan cooperación y competencia, comunidad y apropiación privada, creación colectiva y explotación económica, memoria popular y administración mercantil del deseo. Comprender ese territorio exige mirar más allá del instante glorioso del gol: el mercado. El arco seguirá siendo mucho más que un destino para la pelota: permanecerá como una metáfora rigurosa de la historia en movimiento, donde cada conquista auténtica recuerda que ninguna obra humana pertenece exclusivamente a quien la culmina, porque toda realización lleva inscrita la huella indeleble del trabajo social que la hizo posible. Y vendible. |
*Fernando Buen Abad Domínguez es un prestigioso intelectual mexicano, filósofo y escritor mexicano, nacido en 1956. Especialista en Filosofía de la Comunicación y la Imagen, es doctor en Filosofía y director de cine egresado de la Universidad de Nueva York. Su obra destaca por el análisis crítico de la semiótica, la estética y la comunicación para la emancipación de los pueblos. Es miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y del consejo consultivo de TeleSur. Ha publicado numerosos libros, entre los que destacan Filosofía de la comunicación y La guerra simbólica. Actualmente, ejerce la docencia e investigación en universidades de Argentina y México, promoviendo un pensamiento transformador. Su labor busca combatir la hegemonía mediática mediante el desarrollo de una conciencia crítica en la sociedad. |
|