Hay que aclararlo de una vez para no caer en diagnósticos médicos baratos: la protagonista de esta historia no está loca, ni ebria, ni bajo los efectos de un sedante de farmacia. Quizás nunca lo haya estado. Lo que le pasa a María Corina Machado es un asunto mucho más complejo y trágico para los estandartes de su alta alcurnia: sufre de abstinencia de ego.
Mucha carga en el lomo
Hoy, esté dónde esté, aún conserva ese despecho cómico tras aquella campaña
del 28 de julio, cuando la vimos cargando primero un cartel de plástico
impermeable y, poco después, ese fetiche político con forma de estatua manchada
de mierda de palomas llamado Edmundo González Urrutia.
Semejante trote le causó un bajón súbito de cortisol que ni la mismísima
Academia Sueca pudo mitigar del todo.
A los suecos les dio por tirarle un salvavidas en forma de Nobel de la Paz, que
al final solo le sirvió —a duras penas— para intentar una caricia al
«emperador» y a sus súbditos, suplicando que se le concediera cumplir con
su capricho de desembarcar en Venezuela como el as de oro para brillar en
una transición fantástica en la Venezuela que tanto ama con ese corazón que no
sintió el doblete sísmico y ahora quiere ser albergue del dolor en medio de su
propio escombro.
Ella y Figuera
Ahí la tienen a las dos: María, plantada en pleno umbral de la encrucijada. De
un lado le queda un residuo microscópico de conciencia; del otro, una nebulosa
que no logra percibir ni con la piel embalsamada en esos geles franceses que se
untaba en sus tiempos mozos entre los "Amos del Valle".
Hoy por hoy, solo le quedan muecas congeladas y gestos deformes. Ella todavía
no se entera de que sus pasos la llevan directo a bailar el único bolero que
jamás aprendió a dominar: el de la autocompasión.
No hace falta ser psicólogo ni veterinario para oler el vacío en que habita o
sentir esa evidente falta de cariño verdadero (de ese que no se compra en
dólares ni se liquida en Panamá). Dinorah, por su parte, con o sin el halito de
María, tendrá que lidiar con los fantasmas de Juan Guaidó y el botín que le
sirvió para sufragar los gastos de la banda de Alí Babá.
Ahora, seamos justos y no caigamos en mezquindades con la Nobel: la mujer aún
conserva su atractivo, ya sea para el consumo público y mediático o en la
estricta soledad de su toilette y su cama bien planchada.
Pero, eso sí, viajará por el mundo con el apodo de "La Sayona", que
le hace justicia a su maldad aristocrática, a su desprecio congénito por el
pueblo y a ese tonito categórico de institutriz regañona.
Hasta el final
Aunque, para ser francos, a veces los que nos oponemos a sus ideas fascistas,
racistas y ultratodo, le hemos dado tan duro a ese epíteto perverso que
cabe hacerse la pregunta morbosa: ¿Cuántos y cuántas, a pesar de todo (o
precisamente por todo), no quisieran darle "duro" en ese punto exacto
que la haga gritar su famoso eslogan: "¡Dale, así, hasta el final!"?
A la Cayetana de aquí, a la Ayuso de aquí, lo que realmente la liquidó —y
jamás le perdonará a la historia— es que un zambo de pelo malo, brillante,
hiperactivo y con una verruga por cerebro llamado Hugo Chávez, la
expusiera en cadena nacional y a escala mundial.
Quedó al desnudo junto a las miserias de esa clase social que tiene por única
biblia la cuenta bancaria.
Desde aquel día histórico en que Chávez le paró el carro, la mosca no ha
logrado tener ranking.
Y ahí sigue, zumbando sola en la ventana.