Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

7 de agosto de 2026

Del no alineamiento estratégico a la multialineación en el orden mundial capitalista

 

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De prensabolivariana en agosto 7, 2026

Introducción: del sueño del no alineamiento a la rivalidad entre grandes potencias

En 1947, tras conquistar su independencia, India inició uno de los experimentos de desarrollo más importantes del siglo XX. El gobierno de Jawaharlal Nehru rechazó tanto el capitalismo liberal occidental como la integración en el bloque soviético, apostando por una economía mixta, la planificación estatal y el Movimiento de Países No Alineados como pilares de una vía nacional independiente.

Ocho décadas después, aquella orientación parece profundamente transformada. India se ha convertido en uno de los principales socios estratégicos de Estados Unidos e Israel en Asia, al mismo tiempo que mantiene una estrecha relación militar y energética con Rusia y participa activamente en organizaciones como los BRICS. Este cambio se aceleró durante el gobierno de Narendra Modi y el Partido Bharatiya Janata (BJP), pero sus raíces son mucho más profundas y preceden a la llegada de Modi al poder.

La tesis central de este ensayo es que la transformación de India no puede explicarse únicamente desde la política interna —como un simple resultado del ascenso del nacionalismo hindú o del cambio de partido gobernante—, sino que debe entenderse dentro de una dinámica global más amplia: la crisis de la hegemonía estadounidense, el ascenso de China y la reorganización del capitalismo mundial.

La verdadera secuencia causal va desde la transformación de la producción global y la competencia entre Washington y Pekín hasta la reconfiguración del bloque de poder dentro de India, y finalmente encuentra su expresión política en el nacionalismo económico y geopolítico del gobierno de Modi.

Modi no creó este proceso; lo aceleró y le dio una nueva forma política. Sus raíces se encuentran en la crisis del antiguo modelo de desarrollo indio y en las reformas económicas iniciadas en 1991, que integraron progresivamente a India en los circuitos del capitalismo global.

Lo que realmente cambió fue la composición del bloque dominante de poder en India. El modelo de capitalismo estatal desarrollista de la época de Nehru —basado en una burocracia planificadora, empresas públicas estratégicas y una burguesía nacional protegida por el Estado— fue dando paso a una nueva alianza entre capital financiero, grandes conglomerados privados, empresas tecnológicas, una clase media urbana globalizada y fuerzas nacionalistas hindúes.

Desde la perspectiva de la teoría del sistema-mundo de Immanuel Wallerstein, el concepto gramsciano de bloque histórico y la economía política marxista, la aproximación de India a Occidente no representa ni una dependencia absoluta ni una independencia completa. Es una estrategia mediante la cual su nueva clase dirigente intenta mejorar la posición del país dentro de la jerarquía global del capitalismo.

India es hoy una de las principales potencias semiperiféricas del sistema mundial. Su ascenso se produce aprovechando la crisis de la hegemonía estadounidense y la rivalidad entre Estados Unidos y China, pero sin abandonar las estructuras fundamentales de acumulación capitalista global.

La crisis de la hegemonía estadounidense no significa el colapso del capitalismo, sino una redistribución del poder dentro del mismo sistema. En esa redistribución, India aparece como uno de los principales beneficiarios: una potencia emergente que busca ampliar su margen de maniobra mientras continúa integrada en las redes globales de producción, tecnología y finanzas.

Sin embargo, este ascenso contiene profundas contradicciones. El crecimiento económico indio convive con una enorme desigualdad social, la expansión del empleo informal, la persistencia de jerarquías de casta y la concentración de riqueza en grandes grupos empresariales.

Por ello, la cuestión fundamental no es simplemente si India está creciendo o convirtiéndose en una gran potencia. La pregunta central es qué tipo de potencia está emergiendo y al servicio de qué fuerzas sociales se produce ese ascenso.

India y la transformación del orden mundial

Pocos países reflejan tan claramente las transformaciones del sistema internacional de las últimas siete décadas como India. Un Estado que durante la Guerra Fría se presentó como líder del Tercer Mundo y símbolo del no alineamiento es hoy un actor central en la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China.

La India de Nehru buscaba mantener una autonomía relativa frente a los grandes bloques de poder. El no alineamiento nunca significó neutralidad absoluta: Nueva Delhi mantuvo una relación más cercana con Moscú en varios momentos, especialmente después del deterioro de sus vínculos con Washington durante los años setenta. Pero esa relación nunca convirtió a India en un aliado formal de la Unión Soviética.

El colapso soviético en 1991 modificó profundamente el equilibrio estratégico. India perdió uno de sus principales apoyos internacionales y, al mismo tiempo, necesitaba capital extranjero, tecnología y acceso a mercados para impulsar su desarrollo económico. La desaparición del mundo bipolar abrió el camino hacia una aproximación gradual con Estados Unidos.

Pero el factor decisivo fue el ascenso de China.

Desde la década de 1990, China se convirtió rápidamente en la fábrica del mundo mediante una expansión industrial sin precedentes. India siguió una trayectoria diferente, basada principalmente en servicios, tecnologías de la información y sectores intensivos en conocimiento. Esta divergencia no produjo una complementariedad estable, sino una rivalidad estructural entre dos grandes potencias asiáticas.

Para la clase dirigente india, China no era solamente un competidor económico, sino un desafío a la posición de India dentro del orden regional. La expansión industrial china, sus inversiones internacionales, su creciente capacidad militar y proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta modificaron el equilibrio estratégico de Asia.

Como respuesta, India comenzó a fortalecer sus vínculos con Estados Unidos, Japón, Australia e Israel. De este proceso surgió el Quad, una alianza estratégica que reúne a Washington, Nueva Delhi, Tokio y Canberra.

Aunque India continúa defendiendo oficialmente la idea de “autonomía estratégica”, en la práctica su cooperación militar, tecnológica y de inteligencia con Estados Unidos ha alcanzado niveles sin precedentes.

La relación con Washington, sin embargo, no significa una subordinación completa. La dirigencia india ha interpretado la rivalidad entre Estados Unidos y China como una oportunidad histórica para atraer inversión extranjera, trasladar cadenas productivas fuera de China y elevar la posición internacional del país.

La campaña “Make in India” lanzada por Modi en 2014 debe entenderse dentro de este contexto: como un intento de convertir a India en un centro manufacturero global y atraer a las grandes corporaciones multinacionales.

Pero desde una perspectiva crítica de economía política, este proyecto presenta contradicciones fundamentales. La llegada de capital extranjero no garantiza por sí misma un desarrollo independiente. Cuando una economía permanece integrada en las cadenas globales principalmente como fuente de mano de obra barata o como plataforma de ensamblaje, una parte importante del valor generado continúa concentrándose en los centros que controlan la tecnología y las finanzas.

China, Estados Unidos y la construcción de India como potencia geopolítica

El punto de partida real para comprender la transformación de India es la crisis de la hegemonía estadounidense y el ascenso de China como potencia económica y geopolítica. Este cambio redefinió la orientación estratégica de Nueva Delhi antes incluso de que las decisiones internas de la política india determinaran el rumbo del país.

La aproximación de India a Occidente no puede entenderse sin analizar la creciente rivalidad entre Nueva Delhi y Pekín: una competencia que se desarrolla en los ámbitos económico, militar, tecnológico y regional, y cuyos fundamentos fueron preparados por las reformas económicas iniciadas en la década de 1990, cuando India comenzó a integrarse más profundamente en el capitalismo global.

Durante la Guerra Fría, India intentó preservar una posición autónoma frente a los grandes bloques de poder. El no alineamiento, asociado a figuras como Nehru, Gamal Abdel Nasser y Josip Broz Tito, no significaba una neutralidad absoluta, sino la búsqueda de un espacio independiente dentro de un mundo dividido entre Washington y Moscú.

Sin embargo, la desaparición de la Unión Soviética alteró radicalmente esa posición. India perdió uno de sus principales socios estratégicos y se vio obligada a buscar nuevas fuentes de capital, tecnología y mercados. La liberalización económica de 1991 abrió la puerta a una relación mucho más estrecha con Estados Unidos y con las instituciones centrales del capitalismo global.

Pero fue el ascenso de China el factor que aceleró definitivamente este giro.

China y India representaron dos caminos diferentes dentro de la periferia y semiperiferia del sistema mundial. Mientras Pekín construyó una poderosa base industrial orientada a la producción manufacturera global, India desarrolló con mayor intensidad sectores como los servicios, la informática y las industrias basadas en el conocimiento.

Esta diferencia produjo una relación compleja: cooperación económica en algunos ámbitos, pero también una profunda rivalidad estratégica. Para la clase dirigente india, China no era simplemente un competidor comercial, sino una potencia que podía limitar la aspiración de India a convertirse en el principal actor asiático.

La expansión económica china, su creciente presencia militar, sus inversiones internacionales y proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta modificaron el equilibrio regional. Desde la perspectiva de Nueva Delhi, China estaba extendiendo su influencia alrededor de India mediante infraestructuras, acuerdos económicos y alianzas con países vecinos.

La respuesta india fue construir una nueva red estratégica con Estados Unidos, Japón, Australia e Israel. De esta dinámica surgió el Quad, una agrupación de seguridad que, aunque no constituye una alianza militar formal, funciona como uno de los principales instrumentos de coordinación frente al ascenso chino.

La cooperación militar y tecnológica entre India y Estados Unidos se expandió rápidamente: acuerdos de defensa, ejercicios navales en el océano Índico, intercambio de información estratégica y colaboración en cadenas tecnológicas acercaron a ambos países más que nunca.

No obstante, reducir la política exterior india a una simple alineación con Washington sería un error. La estrategia de Nueva Delhi no consiste en sustituir una dependencia por otra, sino en aprovechar la rivalidad entre las grandes potencias para ampliar su propio margen de maniobra.

India mantiene una relación profunda con Rusia, continúa comprando petróleo ruso, participa activamente en los BRICS y forma parte de la Organización de Cooperación de Shanghái junto con China y Rusia. Esta política demuestra que India no ha abandonado completamente la tradición del no alineamiento; la ha transformado en una estrategia de multialineamiento estratégico.

En lugar de mantenerse distante de todos los bloques, India busca participar simultáneamente en estructuras de poder rivales y utilizar esas contradicciones para aumentar su capacidad de negociación dentro del sistema mundial.

Esta estrategia solo es posible para una potencia con una dimensión económica, demográfica y geopolítica suficiente para que ninguna gran potencia pueda ignorarla. En este sentido, India se diferencia de la mayoría de los países semiperiféricos.

Pero la posición de India también revela una contradicción fundamental: las potencias semiperiféricas no son únicamente víctimas de las desigualdades del sistema mundial; en determinados contextos también reproducen esas mismas relaciones hacia actores más débiles.

La influencia económica y política de India sobre Nepal, Bangladesh, Sri Lanka y Maldivas muestra esta ambivalencia. A través del comercio, la financiación de infraestructuras y la presión diplomática, Nueva Delhi ejerce una influencia regional que reproduce, a menor escala, algunas de las mismas asimetrías que India critica cuando las experimenta frente a Washington o Pekín.

Lo mismo ocurre dentro de sus propias fronteras. En Cachemira, la revocación del artículo 370 en 2019, el prolongado control de seguridad y los cambios relacionados con la propiedad de la tierra fueron presentados por el gobierno como medidas de integración nacional y desarrollo. Sin embargo, desde una perspectiva crítica, estos argumentos recuerdan la forma en que las grandes potencias justifican históricamente sus políticas hacia sus propias periferias.

Una potencia semiperiférica no solo está sometida a la jerarquía imperial; también puede reproducirla en un nivel inferior.

La cuestión esencial, por tanto, sigue abierta: ¿convertirá este camino a India en una potencia independiente del Sur Global o en una nueva potencia capitalista integrada en los circuitos de rivalidad imperial?

Para responder a esta pregunta es necesario volver al interior de la sociedad india y analizar la crisis del modelo de desarrollo heredado de Nehru y la transformación del bloque de poder que permitió esta nueva orientación.

La crisis del modelo nehruviano y las raíces del giro neoliberal

Comprender la transformación de India bajo Narendra Modi exige mirar más allá del ascenso del BJP y del nacionalismo hindú. La victoria electoral de Modi en 2014 fue un punto de inflexión decisivo, pero fue también el resultado de un proceso estructural iniciado décadas antes.

El ascenso del BJP fue posible porque el antiguo modelo de desarrollo indio ya había comenzado a erosionarse. Modi no creó esta transformación; fue quien la aceleró y le proporcionó una nueva expresión política al combinar neoliberalismo económico, nacionalismo hindú y una política exterior más agresiva dentro del contexto de la rivalidad entre grandes potencias.

El modelo asociado a Jawaharlal Nehru después de la independencia se basaba en la planificación estatal, el desarrollo de industrias pesadas, la propiedad pública de sectores estratégicos y una política exterior independiente.

Este modelo nunca fue socialismo en el sentido marxista. Fue una forma de capitalismo estatal desarrollista en la que el Estado dirigía la acumulación de capital y orientaba la economía nacional.

En el plano internacional, India desempeñó un papel central en el Movimiento de Países No Alineados, buscando construir un espacio autónomo frente a las dos superpotencias de la Guerra Fría.

Sin embargo, el modelo nehruviano contenía contradicciones desde su origen. India era una sociedad marcada por la pobreza masiva, profundas divisiones de clase, estructuras de casta y una herencia colonial que limitaba sus posibilidades de desarrollo.

El Estado poscolonial intentó construir una vía independiente sin transformar radicalmente las relaciones de propiedad existentes ni realizar una revolución social. El resultado fue contradictorio: por un lado, creó infraestructura industrial, universidades, capacidades científicas y sectores estratégicos; por otro, mantuvo gran parte de la estructura social heredada y la concentración privada de riqueza.

Durante las primeras décadas de independencia, este modelo logró avances importantes: industria siderúrgica, energía, maquinaria, industria aeroespacial, investigación científica y expansión educativa. Estos logros diferenciaron a India de muchos otros países recién independizados.

Pero con el tiempo aparecieron sus límites: bajo crecimiento económico, burocracia excesiva, escasa inversión privada y dificultades para generar suficiente empleo.

La crisis de deuda de los años ochenta y la crisis de balanza de pagos de 1991 marcaron el final de la etapa en la que India podía definir con relativa autonomía su política económica.

Bajo presión de las instituciones financieras internacionales, el gobierno inició un amplio programa de reformas: reducción del papel económico del Estado, liberalización comercial, apertura al capital extranjero y privatización gradual de sectores económicos.

Estas reformas integraron a India en una nueva fase del capitalismo mundial. Contrariamente al relato neoliberal tradicional, no fueron simplemente una liberación económica, sino un proceso de incorporación más profunda a las redes globales de capital, finanzas y producción.

Sin embargo, a diferencia de muchos países de América Latina o África, India entró en esta etapa con una base industrial existente, una fuerza laboral cualificada, un enorme mercado interno y un Estado central fuerte.

Por ello, la liberalización no destruyó completamente la capacidad estatal, sino que produjo un capitalismo híbrido: una combinación de grandes conglomerados nacionales, capital extranjero y una presencia permanente del Estado.

Fue en este periodo cuando grupos como Tata, Reliance y Adani adquirieron un poder económico creciente, beneficiándose no solo de la apertura económica, sino también de su relación con las políticas públicas y con el aparato estatal.

Esta convergencia entre Estado, grandes empresas y ambición geopolítica se convertiría posteriormente en una de las características centrales del capitalismo indio bajo Modi.

La transformación del bloque de poder de India: del bloque desarrollista nehruviano al bloque histórico neoliberal

Para comprender con precisión la transformación de India es necesario ir más allá de la política exterior y analizar lo que Antonio Gramsci denominó el bloque histórico: una alianza de fuerzas sociales, económicas y políticas capaz de imponer un proyecto de sociedad no solo mediante la coerción, sino también mediante la construcción de consenso y hegemonía cultural.

Lo que ha ocurrido en India durante las últimas décadas es, en esencia, el reemplazo de un bloque histórico por otro.

El bloque de poder de la época de Nehru estaba formado por una burocracia desarrollista, grandes empresas estatales y sectores de la burguesía nacional que aceptaban un modelo de desarrollo dirigido por el Estado a cambio de protección, planificación y apoyo público.

Este bloque no realizó una transformación revolucionaria de las relaciones sociales ni una redistribución profunda de la propiedad, pero logró construir un consenso alrededor de ciertos principios: independencia nacional, planificación económica, soberanía tecnológica y no alineamiento internacional.

La crisis económica de los años ochenta y las reformas de 1991 comenzaron a desintegrar progresivamente este modelo. La burocracia desarrollista perdió la capacidad de sostener el antiguo sistema, mientras sectores de la burguesía nacional que habían crecido bajo la protección estatal empezaron a buscar una integración más directa con el capital global.

En ese espacio surgió una nueva coalición dominante.

El primer componente de este nuevo bloque es el capital financiero: bancos, fondos de inversión y mercados bursátiles que adquirieron una influencia creciente sobre la política económica después de la liberalización.

El segundo es el capital tecnológico, especialmente la industria india de software y servicios informáticos. Su integración en las cadenas globales de valor convirtió a este sector en una de las fuerzas sociales más interesadas en mantener una relación estrecha con Estados Unidos y los mercados occidentales.

El tercer elemento es el gran capital industrial privado, representado por conglomerados como Tata, Reliance y Adani, empresas que se beneficiaron de la privatización, de la expansión del mercado interno y de una estrecha relación con el Estado.

El cuarto componente, políticamente decisivo, es la nueva clase media urbana. Surgida de la globalización, la expansión del sector servicios y la economía digital, esta clase se convirtió en una de las principales bases sociales del BJP.

A diferencia de la clase media vinculada al Estado durante la era nehruviana, esta nueva clase media define su identidad mediante el consumo globalizado, la competencia individual, la aspiración internacional y una idea nacionalista de India como potencia que recupera su lugar histórico en el mundo.

El quinto elemento es el movimiento nacionalista hindú, que proporciona la cohesión ideológica del conjunto.

Aquí se encuentra precisamente la diferencia entre una simple alianza económica y un bloque histórico en sentido gramsciano. El nacionalismo hindú ofrece un lenguaje común capaz de unir intereses diferentes: la búsqueda de integración global del capital tecnológico, la expansión del gran capital industrial y las aspiraciones de reconocimiento internacional de la clase media urbana.

Todos estos elementos quedan articulados dentro de una misma narrativa: el renacimiento de una “Gran India”.

Bajo Narendra Modi, este bloque consolidó su poder no solo en el terreno ideológico, sino también institucional.

La financiación electoral opaca, especialmente mediante el sistema de bonos electorales corporativos que posteriormente fue declarado inconstitucional por la Corte Suprema, permitió una conexión más estrecha entre grandes empresas y el partido gobernante.

Al mismo tiempo, la concentración de medios de comunicación en manos de grupos empresariales cercanos al gobierno —como ocurrió con la adquisición de NDTV por parte del Grupo Adani— redujo el espacio para voces independientes dentro del debate público.

Diversos organismos estatales de investigación y control, como la Dirección de Cumplimiento (Enforcement Directorate) y la Oficina Central de Investigación (CBI), han sido acusados de actuar de manera selectiva contra opositores políticos y periodistas críticos.

Esto no significa que India haya dejado de ser una democracia electoral ni que exista una situación idéntica a otros regímenes autoritarios. Pero sí indica una transformación del equilibrio institucional: el nuevo bloque histórico ha ampliado su capacidad de definir los límites del debate político y económico.

A diferencia del bloque nehruviano, la nueva coalición dominante ya no necesita legitimarse mediante ideales de igualdad social o independencia económica. Su legitimidad se basa en una combinación de crecimiento económico, orgullo nacional y promesas de seguridad frente a amenazas internas y externas.

Por eso, la política exterior de la India de Modi —el acercamiento a Washington, la cooperación estratégica con Israel y la preservación simultánea de los vínculos con Moscú— no debe entenderse como una serie de decisiones aisladas.

Es la expresión internacional de un nuevo bloque de poder que también ha transformado la economía política interna del país.

Crecimiento, desigualdad y el futuro de India en la rivalidad entre Estados Unidos y China

Durante las últimas décadas, India se ha convertido en uno de los casos más importantes de transformación dentro de la economía política mundial.

Un país históricamente asociado con pobreza masiva, bajo crecimiento y una economía relativamente cerrada presenta hoy una de las tasas de crecimiento más elevadas del mundo, una enorme expansión tecnológica y la aspiración de convertirse en una gran potencia global.

El relato dominante en los medios económicos presenta este proceso como una historia de éxito basada en las reformas de mercado: India como posible sucesora de China en las cadenas globales de producción y como protagonista del “siglo indio”.

Sin embargo, una perspectiva crítica de economía política plantea preguntas diferentes: ¿cómo se produjo este crecimiento?, ¿quiénes se beneficiaron de él?, ¿y qué posición ocupa realmente India dentro del sistema capitalista mundial?

El crecimiento económico es real, pero el crecimiento por sí solo no equivale a desarrollo.

La historia del capitalismo demuestra que una economía puede expandirse durante décadas mientras mantiene altos niveles de desigualdad, precariedad laboral y concentración de riqueza.

La cuestión central no es únicamente el tamaño del PIB, sino si el crecimiento ha producido una transformación estructural de la sociedad india o simplemente una nueva forma de integración de una gran potencia semiperiférica dentro del capitalismo global.

Crecimiento sin transformación social

Una característica particular del desarrollo indio es que, a diferencia de otros países industrializados de Asia oriental, su crecimiento no estuvo basado principalmente en una industrialización manufacturera masiva.

En Corea del Sur, Taiwán o China, la expansión industrial permitió absorber millones de trabajadores, aumentar la productividad y construir nuevas clases trabajadoras urbanas.

India siguió otro camino. Su crecimiento se apoyó principalmente en servicios, tecnologías de la información, telecomunicaciones, finanzas e industrias del conocimiento.

Bangalore se convirtió en un centro mundial del software y las empresas indias lograron una posición importante en los mercados tecnológicos globales.

Estos avances son reales, pero tienen límites estructurales. Una economía basada en servicios avanzados no puede absorber por sí sola la enorme fuerza laboral india.

Millones de trabajadores continúan en la agricultura o en el sector informal, sin seguridad laboral, protección social ni derechos sindicales efectivos.

India enfrenta así una contradicción fundamental: posee una de las mayores reservas de capital humano educado del mundo, pero no logra crear suficientes empleos estables y productivos.

Esta situación ha sido definida por muchos economistas como “crecimiento sin empleo”: una economía capaz de aumentar el PIB sin generar una cantidad proporcional de puestos de trabajo seguros.

La promesa central del proyecto de desarrollo de Modi era precisamente resolver esta contradicción. Sin embargo, la distancia entre la promesa y la realidad continúa siendo amplia.

Capital, casta y los límites del desarrollo indio

Uno de los rasgos más importantes del capitalismo contemporáneo en India es la estrecha relación entre el Estado y los grandes grupos privados. Durante el gobierno de Narendra Modi, conglomerados como Adani y Reliance se han convertido en actores centrales de la economía nacional.

Este fenómeno no debe reducirse únicamente a la corrupción o a relaciones personales entre empresarios y políticos. Forma parte de una tendencia más amplia presente en muchas economías emergentes: el Estado busca construir “campeones nacionales” capaces de competir internacionalmente, mientras esas grandes empresas dependen del apoyo estatal para expandirse.

El capitalismo indio no avanza simplemente hacia una economía de libre mercado donde el Estado desaparece. Por el contrario, se dirige hacia un modelo en el que el poder económico y político se fusionan cada vez más.

El Estado ha cambiado de función: ya no es principalmente el administrador directo de la economía, como durante la etapa nehruviana, sino un facilitador de grandes procesos de acumulación privada.

Este modelo tiene ciertas similitudes con experiencias desarrollistas de Asia oriental, pero existe una diferencia fundamental. En Corea del Sur o China, el Estado logró dirigir el capital privado dentro de un proyecto industrial nacional relativamente coherente. En India existe el riesgo de que el Estado termine funcionando principalmente como un instrumento para ampliar el poder de un reducido número de conglomerados.

Sin embargo, ningún análisis de la economía política india puede ignorar la cuestión de la casta.

Aunque la Constitución india abolió formalmente la discriminación basada en castas después de la independencia, las jerarquías sociales heredadas continúan influyendo profundamente en el acceso a la educación, el empleo, la propiedad y el poder político.

El capitalismo ha transformado algunas relaciones tradicionales de casta, pero no las ha eliminado. La desigualdad de clase y la jerarquía social se entrelazan dentro del propio proceso de acumulación.

El crecimiento de sectores como la tecnología, las finanzas y la manufactura orientada a la exportación se ha concentrado principalmente en determinadas regiones y ciudades: Bangalore, Hyderabad, Pune, Mumbai y Gujarat.

Mientras tanto, amplias zonas del norte hindi y regiones con importante población adivasi —como Chhattisgarh, Jharkhand y Odisha— continúan funcionando como reservas de materias primas, tierra y mano de obra barata para el desarrollo nacional.

Los trabajadores dalit y adivasi siguen estando sobrerrepresentados en los sectores más precarios y peligrosos de la economía: construcción, minería, saneamiento y trabajos informales.

La desigualdad de casta y el desarrollo regional desigual funcionan así como una especie de periferia interna que subsidia los centros de crecimiento económico de India.

El ascenso del nacionalismo hindú bajo Modi debe entenderse dentro de este contexto.

El BJP ha logrado movilizar sectores de las clases medias y populares hindúes alrededor de una identidad religiosa y nacional, pero esta movilización también desplaza las contradicciones económicas y sociales hacia el terreno cultural.

Una de las funciones históricas de las políticas identitarias de derecha ha sido precisamente transformar conflictos sociales relacionados con la desigualdad y la distribución de recursos en conflictos basados en religión, cultura o identidad.

Esta dinámica tiene consecuencias especialmente importantes para la minoría musulmana de India, donde las políticas asociadas al nacionalismo hindú han generado preocupación por el debilitamiento del secularismo constitucional y por posibles formas de discriminación religiosa.

India, Estados Unidos y el orden multipolar del futuro

El futuro de India dentro del sistema mundial dependerá de su capacidad para manejar simultáneamente sus relaciones con tres grandes polos de poder: Estados Unidos, China y Rusia.

Washington considera a India su socio potencial más importante para equilibrar el ascenso chino. Sin embargo, Nueva Delhi no tiene intención de convertirse simplemente en un aliado subordinado de Estados Unidos.

La estrategia india consiste en utilizar la rivalidad entre grandes potencias para ampliar su propia autonomía: compra petróleo ruso, mantiene cooperación militar con Moscú y profundiza al mismo tiempo sus vínculos estratégicos con Washington.

Esta política puede definirse como una forma de “autonomía estratégica en una era multipolar”.

Pero sus límites también son evidentes.

Cuanto más depende la economía india del capital extranjero, de la tecnología internacional y de los mercados globales, más restringido queda su margen de independencia.