Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
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16 de agosto de 2026

El fin de una falsa dicotomía: hagamos posible lo imposible



Durante más de dos siglos, la humanidad ha organizado su pensamiento político alrededor de una coordenada aparentemente inamovible: derecha e izquierda. Esta dualidad, nacida en la atmósfera efervescente de la Revolución Francesa, ha guiado nuestras pasiones, votos y guerras. Sin embargo, como un instrumento de medición que ya no se ajusta al terreno que pretende cartografiar, el eje izquierda-derecha se ha vuelto obsoleto. No porque las diferencias ideológicas hayan desaparecido, en lo absoluto, sino porque la verdadera fractura de nuestro tiempo corre por un plano completamente distinto.

El pensador italiano Norberto Bobbio, en su lúcido análisis sobre la distinción política, defendió la vigencia de esta dualidad al identificar en la igualdad su estrella polar: la izquierda aspiraría a corregir las asimetrías sociales, mientras que la derecha asumiría las diferencias humanas como naturales e inevitables (https://www.clarin.com/opinion/izquierdas-vs-derechas-lejos-bobbio-cerca-rubio_0_B6UXA9O71x.html).

Pero incluso Bobbio reconocía que esta oposición es fluctuante, que admite múltiples posiciones intermedias y que puede dar lugar a perspectivas democráticas o autoritarias independientemente del campo del que provengan. El problema no es la existencia de diferencias en la concepción de lo social; el problema es haber reducido toda la complejidad política a una única coordenada, como si la realidad cupiera en un simple par de categorías excluyentes.

Para comprender por qué esta distinción ya no sirve, debemos desmontar sus presupuestos implícitos. La dicotomía derecha-izquierda presupone un escenario político en el que existen dos grandes proyectos de sociedad que compiten por el favor de una ciudadanía que, supuestamente, se sitúa entre ambas opciones. Este modelo, como bien señala el politólogo Jorge Verstrynge, corresponde a una época en la que los Estados-nación eran los actores centrales de la vida política y en la que las lealtades ideológicas se transmitían casi como herencias familiares (https://annas-archive.gd/md5/b434ea27f448a78d92114e158e9179c6?&check=1).

Pero ese mundo ha desaparecido. La caída del bloque soviético, la globalización financiera y la revolución tecnológica han transformado radicalmente el paisaje político. Como se ha señalado, describir el mundo con la dicotomía derecha e izquierda es una idea que atrasa al menos treinta años, teniendo en cuenta que el término "izquierda" acabó internalizando el concepto de colectivismo marxista, mientras que la derecha se asoció al liberalismo económico y al conservadurismo social. Hoy, sin embargo, tanto la nueva izquierda como el neoliberalismo han mutado hasta volverse irreconocibles: ni la izquierda es tan izquierdista ni el neoliberalismo es tan liberal.

La rigidez de esta clasificación se revela especialmente problemática cuando observamos los movimientos políticos contemporáneos. Asistimos a la aparición de populismos que toman elementos de ambos extremos: discursos antisistema que apelan al resentimiento popular, combinados con políticas económicas que benefician a las élites. Ex líderes de izquierda adoptan prácticas radicalizadas del campo conservador, demostrando que la necesidad de expresar la división social es más fuerte que la adhesión óntica a un discurso de izquierda o de derecha. La política se ha vuelto líquida, y nuestras categorías, sólidas.

El verdadero eje: verticalidad contra horizontalidad

La segunda razón por la que la dualidad izquierda-derecha ha perdido su utilidad es que no da cuenta de la verdadera estructura de poder en el mundo contemporáneo. Si el siglo XX fue el escenario de un conflicto horizontal entre clases sociales, proletariado contra la burguesía, el siglo XXI ha visto emerger un conflicto vertical: una pequeña élite global (aproximadamente el 1% de la población) que concentra la mitad de los recursos del planeta, frente a un 99% que lucha por sobrevivir en un escenario de desigualdad creciente.

Este fenómeno trasciende cualquier frontera ideológica tradicional. No es un problema de izquierda o derecha: es un problema de concentración de poder. La vieja idea de una izquierda representante del proletariado oprimido contra los intereses de las grandes empresas y la burguesía es cosa del pasado. Hoy, las grandes corporaciones tecnológicas, los fondos de inversión y las élites financieras operan en una dimensión supranacional, escapando al control de los Estados y desafiando cualquier intento de regulación que provenga de una perspectiva política tradicional.

Esta nueva estructura de poder genera una paradoja: tanto los gobiernos autodenominados de izquierda como los de derecha, una vez en el poder, tienden a aplicar políticas muy similares en lo sustancial. La discusión entre el capitalismo liberal y el comunismo ha perdido vigencia teórica y práctica; lo que vemos en su lugar es una competencia por gestionar las contradicciones de un sistema que favorece a unos pocos en detrimento de la mayoría. Ni la izquierda ni la derecha, en su formulación clásica, ofrecen respuestas a esta nueva realidad.

 

La trampa de la polarización y el llamado a la razón

¿Por qué persiste esta dualidad si ya no sirve para interpretar el mundo? Porque la polarización política se ha convertido en un mecanismo de control social. Al simplificar la complejidad social en una lucha binaria entre constructores virtuosos y destructores resentidos, la política abdica de su función mediadora y se convierte en una cruzada existencial. Cuando el oponente deja de ser un rival ideológico y pasa a ser un enemigo civilizatorio, lo primero que se destruye no es la izquierda ni la derecha, sino la democracia misma.

Esta dinámica se ve amplificada por la arquitectura de las redes sociales, que premia la simplificación y la confrontación. Las ideologías de izquierda aparecen asociadas a la falta de higiene, a los trastornos sexuales y al comunismo, mientras que las de derecha se vinculan a la tortura y el genocidio. En medio de esta guerra ideológica de caricaturas y memes, la posibilidad del diálogo racional se desvanece, y con ella, la esperanza de encontrar soluciones colectivas a nuestros problemas comunes.

Hacia una nueva imaginación política

El presente requiere el desarrollo de una imaginación filosófico-política vigorosa, fruto de la reflexión crítica y la investigación social empírica, capaz de idear soluciones creativas a problemas concretos y vislumbrar nuevas posibilidades para la vida humana. Esta nueva imaginación debe combatir los esencialismos políticos y reconocer que hay muchas izquierdas, muchas derechas y muchas formas de acción política. Debe trascender la falsa dicotomía y abrirse a combinaciones inéditas que puedan responder a los desafíos de nuestro tiempo.

La distinción política fundamental de nuestro tiempo no es entre izquierda y derecha, sino entre democracia y autoritarismo. La falta de sentido histórico nos hace olvidar que los extremos políticos y morales se tocan. Lo crucial hoy es primero ser demócratas y luego orientarnos hacia las diversas corrientes del espectro político. Una nueva imaginación política podría concebir nuevas izquierdas y derechas democrático-liberales, capaces de sostener entre sí diálogos inteligentes y desacuerdos racionales, capaces de forjar alianzas en defensa de las instituciones democráticas y de combatir el autoritarismo.

La política como espacio de encuentro

La superación de la dualidad derecha-izquierda no significa la eliminación de las diferencias. Significa, más bien, la apertura a un espacio político más complejo y más rico, donde las alianzas puedan tejerse en torno a problemas concretos y no a lealtades ideológicas heredadas. Donde la defensa de la igualdad (el valor fundante de la izquierda) pueda conciliarse con la defensa de la libertad (el valor fundante de la derecha) a través de instituciones que encarnen ambos principios en políticas públicas concretas.

La humanidad necesita una nueva gramática política, un nuevo vocabulario que nos permita nombrar nuestras diferencias sin reducir nuestra humanidad a una etiqueta. Necesitamos comprender que el verdadero conflicto de nuestro tiempo no es entre izquierda y derecha, sino entre la inmensa mayoría de la humanidad que aspira a una vida digna y la pequeña minoría que se beneficia de un sistema que genera desigualdad y sufrimiento.

El desafío es enorme, pero la alternativa es aún más sombría: seguir atrapados en una dicotomía obsoleta mientras el mundo se transforma a nuestro alrededor, dejando que el péndulo de la historia oscile entre los mismos polos sin ofrecernos nunca una salida. La política, como bien lo expresó Bobbio, es la ciencia de lo posible. Es hora de hacer posible lo imposible: una política que trascienda sus propias categorías y se reencuentre con su propósito original, que no es otro que la búsqueda del bien común.