Aquí analizaremos un poco la obra de Confucio cuyo pensamiento influyó en China durante más de dos milenios. Hasta 1912 cuando se puso término a su poderío. Esta es una nota basada en la obra de Karl Jaspers “Los grandes filósofos”. En nuestro caso, cómo fue posible que en poco tiempo nuestra revolución que nos imaginamos sin retorno, se fuese maleando, perdiendo su rumbo, al punto que hoy sentimos que de hecho se está desactivando. No se vive aquel espíritu de lucha y resistencia, aquellos ambientes de marchas y desafíos ante las amenazas del imperialismo, sino de pactos oscuros, cediendo terreno al enemigo, capitulando… un vuelco realmente impensable…
Refiere Jaspers que el gobierno
político es aquella instancia a que todo se refiere y de donde todo lo
demás deriva. Confucio piensa en la polaridad existente entre lo que debe
hacerse y lo que debe crecer naturalmente. El buen gobierno sólo es factible en
un estado organizado en venturosa convivencia por los li, la mística justa
y las formas humanas de trato. Este estado debe crecer naturalmente. Ahora
bien, aun cuando no se lo puede construir, se lo puede promover o trabar.
Confucio consideraba que un
instrumento del gobierno son las leyes. Pero éstas sólo tienen un efecto de
alcance limitado. Además, son en sí mismas funestas. Es preferible el modelo.
Pues, donde las leyes deben servir de guía, la gente siente vergüenza y se
enmienda. Cuando se apela a leyes, es que algo anda mal. «Para fallar pleitos,
yo no soy mejor que cualquier otro. Lo que procuro es que no haya pleitos.»
El buen gobierno debe perseguir
tres objetivos: alimento suficiente, poderío militar suficiente y confianza del
pueblo en el gobierno. Si es preciso renunciar a alguno de ellos, en primer lugar,
cabe renunciar al poderío militar y, en segundo lugar, al alimento («desde
siempre los hombres han tenido que morir»); a la confianza, por el contrario,
no puede renunciarse nunca: «Si el pueblo no tiene confianza, no hay forma de
gobernar.» He aquí el orden jerárquico de lo esencial. Sin embargo, la acción
planificada no puede comenzar por pedir confianza. No se la puede pedir nunca;
debe procurarse que crezca espontáneamente. Para la acción planificada, lo
primero es «proporcionarle bienestar al pueblo», y lo segundo, «educarlo».
El buen gobierno supone un buen
soberano. Procura él que fluyan las fuentes naturales de la riqueza. Selecciona
con prudente cautela las tareas que han de ocupar a los hombres, así no
protestan. Cultiva un señorío exento de soberbia; es decir, no menosprecia a
los demás en su trato, ya tenga que habérselas con muchos o pocos, con grandes
o pequeños. Impone respeto, pero no por medios violentos. Está ahí fijo como la
estrella polar y hace que todo gire ordenadamente alrededor de él. Puesto que
su intención es buena, el pueblo, a su vez, se vuelve bueno. «Si los de arriba
rinden culto a las buenas costumbres, el pueblo será fácil de manejar.» «El
bueno no necesita mandar para que todo ande bien.»
El buen soberano sabe escoger con
tino a los funcionarios. Personalmente digno, promueve a los dignos. «Hay que
elegir a los rectos para que ejerzan presión sobre los torcidos; así, los
torcidos se vuelven rectos.» «Ante todo, cuida que se desempeñen funcionarios
apropiados; entonces, pasa por alto las pequeñas faltas.» Pero «el hombre noble
rehúsa tener trato con quien se aviene a hacer una cosa vil».
Quien sabe el bien y aspira a él
no puede gobernar en compañía de malos. «¡Vaya con la gentuza! ¡Como para
servir junto con ellos al soberano!» Lo único que les interesa es escalar
posiciones, y una vez logrado mantenerse en ellas. No retroceden ante ninguna
vileza. Por eso, cuando existe el propósito de llamar a Confucio, un consejero
dice: “Si decidís llamarlo debéis evitar que gente mezquina lo enrede”.
Sostenía Confucio que no se debe precipitar nada porque así no se llega a ninguna parte. Aquí uno piensa en Chávez. Con Chávez todo tenía un fin un propósito, teníamos país, teníamos una visión de lo que se debía hacer. Pueda que se cometieran errores, pero se enfrentaban, él mismo los asumía y se luchaba contra errores. Chávez era capaz de denunciar frente al país a los malos funcionarios, pero se fue perdiendo esta práctica hasta que éstos acabaron copando los puntos claves del gobierno. Porque Chávez al igual que Confucio sabía cómo restaurar el orden y la confianza a la vez que lograr el afianzamiento de la realidad ética y política.
