Si pregunto: ¿De qué está hecho el mundo?, lo más probable es que me miren raro, y me digan: «Pues de cosas, ¿no? De piedras, de árboles, de gente, de aire…. Esa respuesta tan directa, tan de sentido común, se parece mucho a lo que en filosofía llamamos materialismo. La idea básica del materialismo es que la realidad fundamental, lo que existe por sí mismo, es la materia. Todo lo demás, pensamientos, emociones, ideas, dioses, leyes matemáticas, sería como un producto secundario de esa materia. El cerebro piensa porque es un trozo de materia muy organizado, no al revés.
Pero luego existe la otra postura, la antípoda. Esa es el idealismo que sostiene justo lo contrario: que lo verdaderamente real es la idea, la mente, el espíritu. La materia sería una especie de reflejo, de manifestación o incluso una ilusión. Para un idealista radical como George Berkeley, obispo irlandés del siglo XVIII, el mundo físico solo existe porque es percibido por una mente. «Ser es ser percibido», decía. Si nadie lo ve, ni Dios lo está viendo, entonces la piedra simplemente deja de existir.
Son antípodas porque si el materialismo pone el énfasis en lo que podemos tocar y medir, el idealismo lo pone en lo que podemos pensar y concebir. Uno arranca de los objetos, el otro de los sujetos. Uno confía en la mano, el otro en la cabeza. ¿Y cuál es el problema de fondo? Pues que de esta pequeña diferencia inicial se derivan maneras completamente distintas de entender la historia, la política, la ciencia y hasta nuestra vida cotidiana.
¿Cómo explicamos un gran acontecimiento histórico, como una revolución? Un materialista diría: «Mire usted, los cambios en la economía, en la forma de producir comida o herramientas, eso es lo que mueve todo. Las ideas de libertad o igualdad son importantes, pero surgen porque ciertas clases sociales necesitan justificar sus intereses materiales». Eso es el materialismo histórico de Marx, más o menos. En cambio, un idealista diría: «No, al revés. Primero viene una nueva idea, una concepción del mundo, y esa idea transforma poco a poco las condiciones materiales. La Ilustración, con sus valores de razón y progreso, fue lo que cambió las fábricas y los campos». Como ves, la dirección de la flecha causal es opuesta.
Según cómo respondamos a esta pregunta filosófica tan de fondo, así trataremos de resolver los problemas humanos. Si eres materialista, intentarás cambiar las estructuras económicas, repartir recursos, mover fábricas. Si eres idealista, invertirás en educación, en cambiar las ideas, en diálogo entre culturas. Ninguno tiene la verdad absoluta, seguramente, pero ambas son formas de habitar el mundo.
Ahora, viene lo interesante. A lo largo de la historia, el idealismo ha tenido versiones muy refinadas. Platón, por ejemplo, decía que vivimos como prisioneros en una cueva mirando sombras proyectadas en la pared, y que la realidad verdadera está afuera, en el mundo de las Ideas eternas, perfectas e inmutables. Las sillas de este mundo son copias imperfectas de la Idea de Silla. Luego Kant intentó un término medio: nosotros no podemos conocer las cosas como son en sí mismas (lo que él llamaba el noúmeno), sino solo como nos aparecen a través de nuestras categorías mentales. O sea, el mundo que vemos ya está moldeado por nuestra cabeza. Eso es idealismo trascendental, un poco más sutil.
El materialismo también ha tenido sus mutaciones. Desde el materialismo ingenuo de los primeros filósofos griegos (todo es agua, todo es átomo) hasta el materialismo dialéctico de Engels y Lenin, pasando por el materialismo científico actual. Hoy en día, un neurocientífico materialista te diría que la conciencia no es más que la actividad eléctrica y química de las neuronas. Que el amor, la tristeza o la fe religiosa se pueden explicar en términos de dopamina, serotonina y circuitos cerebrales. Eso escuece a mucha gente, porque parece que reduce lo humano a algo demasiado simple. Pero el materialista no lo ve como una reducción, sino como la explicación más honesta.
El problema con estas dos posturas es que rara vez se presentan puras. En la vida real, la mayoría somos materialistas prácticos e idealistas teóricos a ratos. Cuando nos duele una muela, vamos al dentista y confiamos en que el taladro y la anestesia (materia) van a resolver el problema. Pero cuando nos preguntamos por el sentido de la vida, quizás buscamos respuestas más ideales. Schopenhauer decía que el mundo es nuestra representación, pero también que hay una voluntad ciega detrás.
¿Por qué digo que son filosofías antípodas? Porque sus consecuencias éticas y políticas son opuestas. Si eres materialista convencido, probablemente creerás que la felicidad humana depende de satisfacer necesidades materiales: comida, vivienda, salud, trabajo digno. Y que las guerras surgen por disputas por territorios, recursos naturales o rutas comerciales. La envidia entre países sería entonces un reflejo de desigualdades materiales reales. Para el idealista, en cambio, la raíz de los conflictos está en las ideas erróneas, en los prejuicios nacionalistas, en las ideologías mal construidas. La solución pasaría por un cambio de mentalidad, por la educación cosmopolita, por el diálogo racional.
Ninguna de las dos posiciones es completamente falsa, pero ninguna es suficiente por sí sola. Ahí está la trampa. La historia humana está llena de idealistas que querían cambiar el mundo con bellas ideas y terminaron chocando contra paredes materiales muy duras. Y también de materialistas que cambiaron las condiciones económicas, pero olvidaron que los seres humanos también necesitan esperanza, relatos compartidos y algo que dé sentido a sus sacrificios. En el fondo, esta disputa milenaria nos está diciendo que el ser humano es un animal extraño que vive con un pie en la materia y otro en las ideas. No podemos ser solo cuerpo ni solo mente, por más que los filósofos se empeñen en elegir bando.
