De un lado, una concentración de poder sin precedentes, y del otro, el creciente desinterés cultural de las nuevas generaciones, mantienen rodeado el tiempo presente y la civilización. La creciente hegemonía de la denominada «oligarquía tecnológica» —término recurrente en la prensa española para señalar a los multimillonarios que lideran las grandes corporaciones de Silicon Valley y la Inteligencia Artificial— plantea interrogantes urgentes sobre el rumbo de nuestra sociedad.
Si estas megacorporaciones alinean sus intereses de forma definitiva, el riesgo ya no será únicamente económico en forma de oligopolio, sino el control absoluto sobre los flujos de información y la narrativa que moldea la conciencia global.
En paralelo, los gobiernos intentan reaccionar frente a esta omnipresencia digital mediante medidas regulatorias. Un ejemplo evidente son las iniciativas en la Unión Europea, impulsadas por figuras como Ursula von der Leyen, que proponen restringir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años. Sin embargo, estas medidas suelen chocar frontalmente con la realidad social.
Como señalan muchos académicos, gran parte de los jóvenes accede desde edades muy tempranas a contenidos hipersexualizados o explícitos en internet, al tiempo que exhiben una marcada desconexión respecto a la cultura, la historia y la política. Se dice que es una generación que consume contenidos masivos, pero que ignora la obra de Federico García Lorca, desconoce a referentes literarios como Arturo Pérez-Reverte o Cervantes y muestra serias lagunas al juzgar episodios o figuras claves del pasado y el curso de la historia universal actual
Esta paradoja educativa coincide con una profunda transformación en el mercado laboral. La Inteligencia Artificial y la robótica avanzada continúan desplazando el trabajo manual y reduciendo la intervención humana a tareas de supervisión.
Por ejemplo, la tradicional cadena de montaje en la industria automotriz ha mutado: hoy es una máquina la que posiciona con precisión milimétrica los componentes y motores de un vehículo.
El mayor riesgo de esta transición radica en la pérdida de rigor y en el abandono del libro de texto como base del conocimiento. En un entorno donde la búsqueda de información depende de algoritmos opacos, la distorsión del conocimiento es una amenaza constante: desde imprecisiones históricas sobre el origen de Cristóbal Colón y la colonización intercontinental, hasta la propagación de teorías conspirativas desplegadas con fines perniciosos.
La sustitución del aprendizaje estructurado y crítico por el consumo rápido en plataformas digitales no solo amenaza la emocionalidad de las futuras generaciones, sino también su capacidad de juicio independiente o libre de esos mecanismos de dominación.
Defender los libros, el pensamiento crítico y la memoria histórica resulta hoy imprescindible frente al avance irrestricto de la oligarquía tecnológica.
No podemos permitir que la lectura se convierta en un hábito pasado de moda y por consiguiente el libro en un objeto perdido, tirado a la basura que sepulta, con violencia, el campo mental del ser humano.