Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

1 de septiembre de 2026

Mi pobre país a la deriva. Qué rumbo se puede avizorar en este manicomio … No creo en nadie…

 

José Sant Roz

Queremos volver a Sábado Sensacional y VTV está poniendo su granito de arena. Estamos ansiosos por ser decentes porque la verdad que ser chavista como que es feo, lo estamos descubriendo ahora desde el mismísimo alto gobierno. Queremos abrazarnos y ser felices con los que antes llamábamos escuálidos. Queremos RENACER para que no se “perjudique” a nadie. Para que nuestros intereses no sean afectados por los cambios que podrían venir. Incluso, puedo decir que estamos amando en secreto a Trump. Incluso, al parecer no existe ninguna contradicción entre ser revolucionario y ver a Trump como un hombre que busca el bien de Venezuela, que en realidad nos quiere ayudar, que todo lo que hace es por nuestro bien. Un Hombre que incluso nos definió un nuevo rumbo que nunca habíamos visto por torpes e idiotas, haciéndonos ver tantas verdades el día que nos lanzó diez misiles y se llevó a Maduro y a Cilia. Gracias a él Venezuela está RENACIENDO ¿Verdad Delcy, Jorge y Diosdado? ¿Verdad Carola? ¿Verdad William Castillo? ¿Verdad Fosforito? ¿Verdad Tania y todos nuestros combatientes diputados de la Asamblea Nacional, equiparados hoy a la del 2015? ¿Para qué carajo llegamos a despreciar y adversar a un Guaidó, un Goicoechea, un Leopoldo López, un Julio Borges, una María Corina… ¡Dios mío, cuánta emoción y tiempo perdido!, al parecer, no nos podemos arriesgar en aventuras locas e irresponsables. Todos podemos vivir en santa paz y armonía con nuestros hermanos escuálidos ¡y que locos¡¡cómo fuimos tan estúpidos que no lo vimos!!!!!

Veamos de dónde viene todo esto:

Down town de carnes sin destino: «¡Constituyente!», comenzó gritándose hace 25 años. Apareció un líder, luego un esbozo de proyecto con las ideas de Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora. El pueblo no estaba preparado ni tampoco los que rodeaban al Líder, y no quedaba otra opción sino creer que este Líder representaba la Salida, esa que llevábamos casi dos siglos buscando, esperando.

Al Líder entonces no le quedó más remedio que echar mano de lo que había. Ríos y ríos de pueblos ilusionados: ¡Saldríamos de abajo! ¡Daríamos la pelea! ¡Resistiríamos! El Líder se la jugaba y movió sus piezas con puros seres ilusionados, y organizando su gobierno con un 95 por ciento de infiltrados: una buena camada de aventureros, demagogos, cobardes, audaces ignorantes, traidores, ladrones y canallas. Y con ellos fue necesario, insistimos, ir armando un gobierno, y dejando que la ilusión fuera haciendo milagros, porque ya la reacción se preparaba para atacar con apoyo del imperio norteamericano: terrorismo, atentados, paros y huelgas, guerra económica, guarimbas, paralización total de la producción petrolera del país…

Había que hacer algo.

Nunca hubo un pueblo más ilusionado en aquellos años.

De resto más nada.

El río turbio de aquel pueblo ilusionado podía verse en los tumultos de esclavos: rostros que imploraban dádivas. Miradas largas y tristes como llagas, curtidas por dos siglos de fraudes y pertinaces engaños.

La barahúnda.

Y salí a acompañar a un distinguido y descollante revolucionario de aquella hora que había resultado electo senador por el chavismo dos años antes de que entonces recapacitara su posición para luego dar el consabido salto de talanquera (y pasarse a la ultraderecha). Comenzaban a verse sonrisas plenas y hermosas. Y con aquel Senador discurrimos por largos pasillos congestionados por sombras de seres momificados. Fungían de cualquier cosa. De porteros, de vigilantes, cancerberos, policías: sentados con un periódico en la mano; haciendo que leían, pero con la mente plagada de deudas impagables. Saludaban y sonreían de mala gana. Enganchados en sus cargos por una de esas repentinas suertes caídas del cielo; quizás alguna vez fueron choferes, quizás guardaespaldas, recaderos, confidentes… Pasaron de mano en mano, y el río sucio de las turbas empleadoras los dejó allí para que murieran a crédito. Cual guijarros llevados por las crecidas de las aguas negras de cada vaguada (social)… Pero aún sobreviven. Han sido demasiado fuertes. Mar de rostros sin destinos; de miradas cargadas de penumbras como en mazmorra y esos pasillos anegados de estos guijarros haciendo colas, con cajitas de zapatos donde llevan sus fiambres, o restos de fiambres para esconderse bajo alguna escalinata y engullirlos a escondidas, apresurados.

Asunto de migajas.

Los despojos. Asuntos de despojos que dejaron las guerras federales de cada jefecillo    que por allí ha pasado; farsantes enjaezados de caudillos de partidos. Sobrevivientes de miles de guerritas federales.

Paredes salpicadas de grumo para que sobre ellas nadie pueda escribir contra los coños que se van o los coños que llegan; aunque los partidos siguen pegando cartulinas con nombres de «PPT», «MVR», donde antes estaban las de AD, COPEI…

Mar de ateridas almas a la deriva.

Vi una mujer que ha estado yendo de oficina en oficina recogiendo firmas para testificar que los que están en ese listado son los que han cumplido con el horario exigido. Cumple ella con su trabajo eficientemente. A cada firma sigue un renglón en el que coloca un sello.  Ahora come sobre el escritorio unas empanadas. Es estricta, la han enseñado a ser estricta, porque el delegado sindical será el encargado de darle el visto bueno a esos listados. Puede que esto también sea parte de la revolución de la que todo el mundo habla. El real problema en todos estos cargos públicos es encontrar algo qué hacer.

Una empleada, llevándose las manos al pecho se lanza sobre el Senador para que no la desampare:

Senador, necesito que firme mi fe de vida.

Pero si está viva, hija.

Eso sólo usted y yo lo sabemos, pero en Administración no lo creen, doctor. Deme su firmita senador, por favor.

El Senador se siente jodido. Mejor dicho, vigilado. Él debe conducirse con cuidado. El Senador tiembla para todo, mide muy bien sus pasos. Esto aquí es otro mundo. Pobre gente. Lo que hay que aguantar para comer fiambres escondidos debajo de las escaleras, en los baños. Nunca fueron de ninguna hueste y a la vez fueron de todas las que se instalaban en estos cubículos cada cinco años. Pobres gentes de estos tugurios de muerte. No tienen la culpa. Necesitan comer, como cualquiera. Como el mismo Senador que ha llegado también tarde al negocio de la política.

Tantos empleados. No saben por qué suerte de ruleteos llegaron hasta allí.

Huele a alcoba, a mamparas viejas. No llega la luz natural. Ni el aire. Y si se alza la mirada se verán por doquier huecos rectangulares con cables colgando, y el anime suelto lleno de manos negras que tratan de ocultar los desmadres. Arrumados en rincones archivos y sillas rotas, carpetas con el polvo de la última guerra. Coloretes y labiales matizando esos labios maltratados mil veces besados por las turbas que estuvieron ayer de paso elevando sus derechos o reclamos.

Rostros implorantes; llenos de disculpas y culpas, de remordimientos. ¿Dónde están los criminales que comerciaron con estas turbas y las dejaron echadas aquí como trastos de los eternos despojos del victorioso?

Se llega a la oficina y un mobiliario de muerte, de ruindad y de desolación: Lo que dejaron. Una enorme copa con billetes de cinco; billetes sucios. Como en un bar. Un ramo de flores artificiales, renegrecido por el polvo; no se sabe dónde colocarlo. El Senador llega, yo lo sigo; el Senador se devuelve apenado: Es que le han invadido su despacho. Hay allí una mujer melosa (todas están obligadas a ser melosas), el cabello oxigenado y lleva en la mano un celular:

– Disculpe, doctor.

– No se preocupe.

La mujer recoge parsimoniosamente sus enseres. El que está invadiendo aquellos espacios es el Senador, pero no se lo dicen por educación. Todavía queda gente educada. El escritorio es tan grande como una cama matrimonial. Pasa el Senador como puede a su asiento detrás de aquella cama. Abre las gavetas, por si acaso. Busca una engrapadora: No hay. Me mira. Se encoge de hombros.

– ¿Quién estaría aquí antes ocupando este desastre? ¿Tú crees José que alguien pueda venir a arreglar esto? Conmigo que no cuenten, porque yo soy médico y no tengo fusiles ni tanques de guerra.

– Un tal Moros Gershi, pasó por aquí antes que usted, Senador –advierte alguien.

– Somos intrusos – me dice el Senador en voz baja. Cuidado que viene alguien.

El Senador se conduce con cierto embarazo al pedir las cosas. El edificio se llama «La Perla» y el Senador dice que de perla no tiene nada. En la puerta de la oficina hay un papel retorcido de viejo, quemado por los años en el que reza: «Vice-Presidencia de la Comisión de Educación y Cultura del Senado de la República.»

Al Senador se le va a pasar toda la mañana sin saber qué hacer.

Hurgamos en nuestros bultos para buscar en qué ocuparnos. El Senador encuentra un «paper» que aún necesita retoques para enviarlo al Norte, de donde llegan todos los mulatos diplomados.

Algún día –digo –seremos mulatos asimilados por el imperio norteamericano y entonces nos encontraremos en vías de desarrollo.

Voces lejanas, el rumor de los carros allá abajo, el fru fru de las mujeres en minifaldas que sin medios han aprendido a vivir: Tienen celulares y se permiten brindarnos café a nosotros los doctores. A mí me pareció desconsolador que siendo el Senador tan educado aceptase que aquellas secretarias muertas de hambre le brindasen un café.

Recordé a la Blanca Ibáñez.

El Senador fuma y comparte sus cigarrillos con las damas que están en aquellos cubículos sin hacer nada. Allí el cerebro se paraliza; el Senador viene de un lugar tan distante para echarse en un sillón y ponerse a fumar, porque el cerebro se le paraliza.

Nada de nada en aquel ambiente…. Tomo un libro que es del Senador y lo hojeo titulado «El Pueblo donde el tiempo se detuvo»: Danzas de tejas, serpenteantes caminos hechos a mano; un haz de secas huellas, o heridas aferradas a un tiempo que pasó sin nombre. Estampas de verdores desolados, troncos enterrados como vigas entre tapias y telarañas, como el Congreso de las almas muertas donde también el tiempo ha pasado sin dejar huellas. Entre nosotros el tiempo está atascado junto con las huestes de Julián Castro.

– ¿Cafecito?

Llega la dama de pelo amarillo y de labios de rojo encendido. Secretaria premium. Muestra una carta; el Senador la lee y luego la firma. Ya ha llegado más gente para entrevistarse con el Senador. Se presenta un ser encogido, silencioso y cabizbajo. Diminuto, con una ausencia humana que encoge el alma. Trae entre manos un proyecto; ¿un proyecto o un informe? El hombre murmura:

– Ahí está Senador. Es lo que pude hacer y reconozco que no está claro. Perdone. Yo lo pensé de esa manera. A lo mejor por allí no debe ir ese proyecto. Además, creo que debe ser gestionado. Pero si usted piensa otra cosa… Lo peor, Senador, es que esas computadoras están canibalizadas.

– ¿Canibalizadas? – Toma el Senador las pocas cuartillas del proyecto, y las hojea.

Se trata del «Proyecto Sirena» que hace algún tiempo procuró recoger información sobre lo que se hacía en Ciencia y Tecnología en Venezuela. Un proyecto muerto desde hace una década. «¿A esto lo llaman proyecto?»- piensa el Senador que viene de dirigir un Centro de Microscopía Electrónica con relaciones con medio mundo científico y que cuenta con catedráticos de reconocida calidad académica nacional e internacional.

El Senador se pone de pie y dice:

– José, vamos a ver el «Proyecto Sirena».

Salimos de las oficinas. Las tres secretarias están en sus escritorios revisando currícula. Nos miran implorantes. “Antes había muchas más mujeres en estas dependencias- va diciendo el tipo con un dejo de tristezas -: Corrían los regalos, las atenciones, … Casi todos los fines de semana se celebraba algo en alguna oficina”. Ahora todo es fúnebre. En cada pecho un pálpito malo, un sentimiento como de anuncios funestos. Las miradas implorantes. Unas ansias de solidaridad humana. Sonrisas partidas o agrietadas. Ordenan las pobres comprar café con dinero de su propio bolsillo, y lo reparten para todos. A todos le dan un poco de lo que llevan y tienen. Antes sobraba el café, el té, las rosquitas. Había partida. Había una caja chica. Todo se ha ido a la mierda, pero de seguro que volverán las vacas gordas… todo siempre vuelve a donde estaba antes.