José
Sant Roz
Queremos
volver a Sábado Sensacional y VTV está poniendo su granito de arena. Estamos
ansiosos por ser decentes porque la verdad que ser chavista como que es feo, lo
estamos descubriendo ahora desde el mismísimo alto gobierno. Queremos
abrazarnos y ser felices con los que antes llamábamos escuálidos. Queremos RENACER
para que no se “perjudique” a nadie. Para que nuestros intereses no sean
afectados por los cambios que podrían venir. Incluso, puedo decir que estamos
amando en secreto a Trump. Incluso, al parecer no existe ninguna contradicción
entre ser revolucionario y ver a Trump como un hombre que busca el bien de
Venezuela, que en realidad nos quiere ayudar, que todo lo que hace es por
nuestro bien. Un Hombre que incluso nos definió un nuevo rumbo que nunca
habíamos visto por torpes e idiotas, haciéndonos ver tantas verdades el día que
nos lanzó diez misiles y se llevó a Maduro y a Cilia. Gracias a él Venezuela
está RENACIENDO ¿Verdad Delcy, Jorge y Diosdado? ¿Verdad Carola? ¿Verdad
William Castillo? ¿Verdad Fosforito? ¿Verdad Tania y todos nuestros combatientes
diputados de la Asamblea Nacional, equiparados hoy a la del 2015? ¿Para qué
carajo llegamos a despreciar y adversar a un Guaidó, un Goicoechea, un Leopoldo
López, un Julio Borges, una María Corina… ¡Dios mío, cuánta emoción y tiempo
perdido!, al parecer, no nos podemos arriesgar en aventuras locas e
irresponsables. Todos podemos vivir en santa paz y armonía con nuestros
hermanos escuálidos ¡y que locos¡¡cómo fuimos tan estúpidos que no lo
vimos!!!!!
Veamos
de dónde viene todo esto:
Down
town de carnes sin destino: «¡Constituyente!», comenzó gritándose hace 25
años. Apareció un líder, luego un esbozo de proyecto con las ideas de Bolívar,
Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora. El pueblo no estaba preparado ni tampoco los
que rodeaban al Líder, y no quedaba otra opción sino creer que este Líder
representaba la Salida, esa que llevábamos casi dos siglos buscando, esperando.
Al
Líder entonces no le quedó más remedio que echar mano de lo que había. Ríos y
ríos de pueblos ilusionados: ¡Saldríamos de abajo! ¡Daríamos la pelea!
¡Resistiríamos! El Líder se la jugaba y movió sus piezas con puros seres
ilusionados, y organizando su gobierno con un 95 por ciento de infiltrados: una
buena camada de aventureros, demagogos, cobardes, audaces ignorantes,
traidores, ladrones y canallas. Y con ellos fue necesario, insistimos, ir
armando un gobierno, y dejando que la ilusión fuera haciendo milagros, porque
ya la reacción se preparaba para atacar con apoyo del imperio norteamericano:
terrorismo, atentados, paros y huelgas, guerra económica, guarimbas,
paralización total de la producción petrolera del país…
Había
que hacer algo.
Nunca
hubo un pueblo más ilusionado en aquellos años.
De
resto más nada.
El
río turbio de aquel pueblo ilusionado podía verse en los tumultos de esclavos:
rostros que imploraban dádivas. Miradas largas y tristes como llagas, curtidas
por dos siglos de fraudes y pertinaces engaños.
La
barahúnda.
Y
salí a acompañar a un distinguido y descollante revolucionario de aquella hora
que había resultado electo senador por el chavismo dos años antes de que
entonces recapacitara su posición para luego dar el consabido salto de
talanquera (y pasarse a la ultraderecha). Comenzaban a verse sonrisas plenas y
hermosas. Y con aquel Senador discurrimos por largos pasillos congestionados
por sombras de seres momificados. Fungían de cualquier cosa. De porteros, de
vigilantes, cancerberos, policías: sentados con un periódico en la mano;
haciendo que leían, pero con la mente plagada de deudas impagables. Saludaban y
sonreían de mala gana. Enganchados en sus cargos por una de esas repentinas
suertes caídas del cielo; quizás alguna vez fueron choferes, quizás
guardaespaldas, recaderos, confidentes… Pasaron de mano en mano, y el río sucio
de las turbas empleadoras los dejó allí para que murieran a crédito. Cual
guijarros llevados por las crecidas de las aguas negras de cada vaguada
(social)… Pero aún sobreviven. Han sido demasiado fuertes. Mar de rostros sin
destinos; de miradas cargadas de penumbras como en mazmorra y esos pasillos
anegados de estos guijarros haciendo colas, con cajitas de zapatos donde llevan
sus fiambres, o restos de fiambres para esconderse bajo alguna escalinata y
engullirlos a escondidas, apresurados.
Asunto
de migajas.
Los
despojos. Asuntos de despojos que dejaron las guerras federales de cada
jefecillo que por allí ha pasado; farsantes enjaezados de
caudillos de partidos. Sobrevivientes de miles de guerritas federales.
Paredes
salpicadas de grumo para que sobre ellas nadie pueda escribir contra los coños
que se van o los coños que llegan; aunque los partidos siguen pegando
cartulinas con nombres de «PPT», «MVR», donde antes estaban las de AD, COPEI…
Mar
de ateridas almas a la deriva.
Vi
una mujer que ha estado yendo de oficina en oficina recogiendo firmas para
testificar que los que están en ese listado son los que han cumplido con el
horario exigido. Cumple ella con su trabajo eficientemente. A cada firma sigue
un renglón en el que coloca un sello. Ahora come sobre el escritorio unas
empanadas. Es estricta, la han enseñado a ser estricta, porque el delegado
sindical será el encargado de darle el visto bueno a esos listados. Puede que
esto también sea parte de la revolución de la que todo el mundo habla. El real
problema en todos estos cargos públicos es encontrar algo qué hacer.
Una
empleada, llevándose las manos al pecho se lanza sobre el Senador para que no
la desampare:
Senador,
necesito que firme mi fe de vida.
Pero
si está viva, hija.
Eso
sólo usted y yo lo sabemos, pero en Administración no lo creen, doctor. Deme su
firmita senador, por favor.
El
Senador se siente jodido. Mejor dicho, vigilado. Él debe conducirse con
cuidado. El Senador tiembla para todo, mide muy bien sus pasos. Esto aquí es
otro mundo. Pobre gente. Lo que hay que aguantar para comer fiambres escondidos
debajo de las escaleras, en los baños. Nunca fueron de ninguna hueste y a la
vez fueron de todas las que se instalaban en estos cubículos cada cinco años.
Pobres gentes de estos tugurios de muerte. No tienen la culpa. Necesitan comer,
como cualquiera. Como el mismo Senador que ha llegado también tarde al negocio
de la política.
Tantos
empleados. No saben por qué suerte de ruleteos llegaron hasta allí.
Huele
a alcoba, a mamparas viejas. No llega la luz natural. Ni el aire. Y si se alza
la mirada se verán por doquier huecos rectangulares con cables colgando, y el
anime suelto lleno de manos negras que tratan de ocultar los desmadres.
Arrumados en rincones archivos y sillas rotas, carpetas con el polvo de la
última guerra. Coloretes y labiales matizando esos labios maltratados mil veces
besados por las turbas que estuvieron ayer de paso elevando sus derechos o
reclamos.
Rostros
implorantes; llenos de disculpas y culpas, de remordimientos. ¿Dónde están los
criminales que comerciaron con estas turbas y las dejaron echadas aquí como
trastos de los eternos despojos del victorioso?
Se
llega a la oficina y un mobiliario de muerte, de ruindad y de desolación: Lo
que dejaron. Una enorme copa con billetes de cinco; billetes sucios. Como en un
bar. Un ramo de flores artificiales, renegrecido por el polvo; no se sabe dónde
colocarlo. El Senador llega, yo lo sigo; el Senador se devuelve apenado: Es que
le han invadido su despacho. Hay allí una mujer melosa (todas están obligadas a
ser melosas), el cabello oxigenado y lleva en la mano un celular:
–
Disculpe, doctor.
–
No se preocupe.
La
mujer recoge parsimoniosamente sus enseres. El que está invadiendo aquellos
espacios es el Senador, pero no se lo dicen por educación. Todavía queda gente
educada. El escritorio es tan grande como una cama matrimonial. Pasa el Senador
como puede a su asiento detrás de aquella cama. Abre las gavetas, por si acaso.
Busca una engrapadora: No hay. Me mira. Se encoge de hombros.
–
¿Quién estaría aquí antes ocupando este desastre? ¿Tú crees José que alguien
pueda venir a arreglar esto? Conmigo que no cuenten, porque yo soy médico y no
tengo fusiles ni tanques de guerra.
–
Un tal Moros Gershi, pasó por aquí antes que usted, Senador –advierte alguien.
–
Somos intrusos – me dice el Senador en voz baja. Cuidado que viene alguien.
El
Senador se conduce con cierto embarazo al pedir las cosas. El edificio se llama
«La Perla» y el Senador dice que de perla no tiene nada. En la puerta de la
oficina hay un papel retorcido de viejo, quemado por los años en el que reza:
«Vice-Presidencia de la Comisión de Educación y Cultura del Senado de la
República.»
Al
Senador se le va a pasar toda la mañana sin saber qué hacer.
Hurgamos
en nuestros bultos para buscar en qué ocuparnos. El Senador encuentra un
«paper» que aún necesita retoques para enviarlo al Norte, de donde llegan todos
los mulatos diplomados.
Algún
día –digo –seremos mulatos asimilados por el imperio norteamericano y entonces
nos encontraremos en vías de desarrollo.
Voces
lejanas, el rumor de los carros allá abajo, el fru fru de las mujeres en
minifaldas que sin medios han aprendido a vivir: Tienen celulares y se permiten
brindarnos café a nosotros los doctores. A mí me pareció desconsolador que
siendo el Senador tan educado aceptase que aquellas secretarias muertas de
hambre le brindasen un café.
Recordé
a la Blanca Ibáñez.
El
Senador fuma y comparte sus cigarrillos con las damas que están en aquellos
cubículos sin hacer nada. Allí el cerebro se paraliza; el Senador viene de un
lugar tan distante para echarse en un sillón y ponerse a fumar, porque el
cerebro se le paraliza.
Nada
de nada en aquel ambiente…. Tomo un libro que es del Senador y lo hojeo
titulado «El Pueblo donde el tiempo se detuvo»: Danzas de tejas, serpenteantes
caminos hechos a mano; un haz de secas huellas, o heridas aferradas a un tiempo
que pasó sin nombre. Estampas de verdores desolados, troncos enterrados como
vigas entre tapias y telarañas, como el Congreso de las almas muertas donde
también el tiempo ha pasado sin dejar huellas. Entre nosotros el tiempo está
atascado junto con las huestes de Julián Castro.
–
¿Cafecito?
Llega
la dama de pelo amarillo y de labios de rojo encendido. Secretaria premium.
Muestra una carta; el Senador la lee y luego la firma. Ya ha llegado más gente
para entrevistarse con el Senador. Se presenta un ser encogido, silencioso y
cabizbajo. Diminuto, con una ausencia humana que encoge el alma. Trae entre
manos un proyecto; ¿un proyecto o un informe? El hombre murmura:
–
Ahí está Senador. Es lo que pude hacer y reconozco que no está claro. Perdone.
Yo lo pensé de esa manera. A lo mejor por allí no debe ir ese proyecto. Además,
creo que debe ser gestionado. Pero si usted piensa otra cosa… Lo peor, Senador,
es que esas computadoras están canibalizadas.
–
¿Canibalizadas? – Toma el Senador las pocas cuartillas del proyecto, y las
hojea.
Se
trata del «Proyecto Sirena» que hace algún tiempo procuró recoger información
sobre lo que se hacía en Ciencia y Tecnología en Venezuela. Un proyecto muerto
desde hace una década. «¿A esto lo llaman proyecto?»- piensa el Senador que
viene de dirigir un Centro de Microscopía Electrónica con relaciones con medio
mundo científico y que cuenta con catedráticos de reconocida calidad académica
nacional e internacional.
El
Senador se pone de pie y dice:
–
José, vamos a ver el «Proyecto Sirena».
Salimos
de las oficinas. Las tres secretarias están en sus escritorios revisando
currícula. Nos miran implorantes. “Antes había muchas más mujeres en estas
dependencias- va diciendo el tipo con un dejo de tristezas -: Corrían los regalos,
las atenciones, … Casi todos los fines de semana se celebraba algo en alguna
oficina”. Ahora todo es fúnebre. En cada pecho un pálpito malo, un sentimiento
como de anuncios funestos. Las miradas implorantes. Unas ansias de solidaridad
humana. Sonrisas partidas o agrietadas. Ordenan las pobres comprar café con
dinero de su propio bolsillo, y lo reparten para todos. A todos le dan un poco
de lo que llevan y tienen. Antes sobraba el café, el té, las rosquitas. Había
partida. Había una caja chica. Todo se ha ido a la mierda, pero de seguro que
volverán las vacas gordas… todo siempre vuelve a donde estaba antes.
