José Sant Roz
Presentamos una adaptación a nuestros tiempos y a nuestro
país, de la obra “Los Caballeros” de Aristófanes… En medio de esta tragedia,
¿qué podemos hacer?… Vean esta solución agónica…
Hijo de Chávez — ¡Oh qué calamidad! ¡Ojalá confundan los
dioses al gran Cerdo Naranja y a sus malditos consejeros, de primero al Marco
Rubio! Los confunda para poder salir de este triste atolladero. Desde que, en
mala hora nos quedamos sin patria, se introdujo en nuestro país un desmayo
total al tiempo que ellos no cesan de robarnos, humillarnos y apalearnos. Qué
maldición que hayamos vuelto a la esclavitud de hace dos siglos. Esta es peor,
lo aseguro, porque tenemos más conciencia de ella y porque nos reconocemos unos
miserable y cobardes.
Comunero — ¡Ojalá perezca toda la clase que nos entregó, los
que infamaron el nombre de su padre, desastradamente con sus traiciones,
bajezas y cobardías!
Hijo de Chávez — ¿Cómo lo pasas, desdichado?
COMUNERO — Muy mal, lo mismo que tú.
Hijo de Chávez — Ven acá; mezclemos nuestros gemidos, imitando
los cantos plañideros de Olimpo.
Hijo de Chávez y Comunero:—
Uh! Ah! Chavez no se va! Uh! Ah! Chavez no se va! Uh! Ah! Chavez no se va!…
Hijo de Chávez. — ¿A qué lamentos inútiles? ¿No convendría
más buscar otro medio de mejorar nuestra suerte, y dejarnos de llantos? Ya aquí
caso nadie se acuerda de Chávez ni mucho menos de Maduro y de Cilia. Cilia está
muy enferma y catalogada de terrorista probablemente no la ateniendan…
Comunero — ¿Cuál podrá ser ese medio con el que podamos
organizarnos y luchar en esta hora, que todo se ve tan desanimado y apagado,
sin dirección ni esperanzas? Dímelo.
Hijo de Chávez. — Dímelo tú; no quiero disputar contigo.
Comunero — No, ¡por Dios!, no he de ser yo el primero; habla
sin temor; después hablaré yo. Tú que te has declarado hijo de aquel que fue
nuestro gran Comandante.
Hijo de Chávez. — “¡Ojalá Él pudiese decirnos desde allá en
el cielo lo que debemos hacer y decir!”.
Comunero — No me atrevo. ¿Cómo haré para decir eso
discretamente, a la manera de Bolívar, por ejemplo?
Hijo de Chávez. — ¡Un cuarto de siglo hablando todos los
días de Bolívar y no aprendimos nada de Él! ¿Para qué sirvió ese Frente
Francisco de Miranda? Será que esos batallones de jóvenes a los que se les dio
todo ya estaban podridos por lo que jamás pudieron madurar. Por favor, no me
vayas a inventor otro canto de libertad, que quedamos aturdidos.
Comunero— Estoy pensando algo que me nace de la arrechera lo
cual no debe ser bueno. ¿Te doy la receta?: PASARME, es decir VOLVERME.
Hijo de Chávez. — Sea; ya digo PASÉMONOS.
Comunero — ¿Al mismísimo? A ese mismo. Con bagaje y todo. Ya
no quiero estragarme más los sesos. PASÉMONOS. Si tú te pones a ver es lo que
está haciendo casi todo el mundo, de la presidenta para abajo.
Hijo de Chávez. — Perfectamente. Ahora, como que si te
rascastes los sesos, dímelo primero despacito: PASÉMONOS, y repítelo después,
aprisa, añadiendo al personaje.
Comunero — PASÉMONOS, PASÉMONOS a él, PASÉMONOS a él. No es acaso lo menos peligroso, lo más cómodo y a la vez lo más consensuado. PASÉMONOS. ¿Qué más nos queda?