El planteamiento toca un punto que suele pasarse por alto en
los debates políticos: la confusión entre utopía como horizonte y utopía como
programa de gobierno. Si el comunismo es la utopía, el socialismo sería apenas
su antesala; pero muchos partidos que se llaman socialistas han convertido al
socialismo mismo en la meta final, desplazando al comunismo a un lugar retórico
o directamente abandonándolo. Vale la pena desentrañar esa tensión.
1. ¿Qué es una utopía?
La palabra nace con Tomás Moro en 1516 (Utopía,
"no-lugar"). Desde entonces designa dos cosas distintas que conviene
separar:
a) La utopía como horizonte regulativo: una imagen de
sociedad perfecta que orienta la crítica del presente, pero que nunca se
realiza plenamente. Kant la llamó "idea regulativa"; no describe lo
que hay, sino lo que debería guiar la acción.
b) La utopía como proyecto técnico: un plano que se cree
realizable paso a paso, con ingeniería social incluida. Aquí la utopía se
vuelve peligrosa, porque justifica cualquier medio en nombre del fin.
2. El capitalismo como utopía
Es curioso llamar utópico al capitalismo, porque se presenta
como lo contrario: realismo puro, "no hay alternativa". Sin embargo,
su núcleo es utópico en un sentido preciso. Supone que el mercado autorregulado
produce el bien común sin necesidad de virtud ni de coerción. Adam Smith
hablaba de la "mano invisible"; Hayek hablaba del orden espontáneo;
Friedman, de la libertad de elegir. En todos hay una fe: que la suma de
intereses privados converge en beneficio colectivo. Esa fe tiene un componente
claramente utópico. La competencia perfecta, la información simétrica, la
movilidad de factores, la ausencia de poder de mercado. Nada de eso existe
empíricamente. Es un modelo límite, un "no-lugar" económico. El
capitalismo real, con monopolios, crisis cíclicas, desigualdad estructural y
externalidades ambientales, es la aproximación imperfecta a esa utopía.
3. El comunismo como utopía
El comunismo, en Marx, no es un plan de gobierno, es una fase
histórica que sucede a la superación de la propiedad privada de los medios de
producción, con las siguientes características: abolición de clases, del Estado
(que se extingue), del trabajo alienado, distribución según necesidades. Es, en
términos estrictos, una utopía en el sentido de Moro, un no-lugar que sirve
para criticar el presente capitalista. Marx fue explícito, no escribió
"recetas para el futuro". El comunismo es el movimiento real que
niega el orden existente, no un modelo a implementar. Eso lo distingue de los
"socialismos utópicos" de Owen, Fourier o Saint-Simon, a quienes Marx
y Engels criticaron precisamente por diseñar sociedades ideales en lugar de
analizar las contradicciones del capitalismo.
4. El socialismo: ¿transición o utopía?
Aquí está el nudo. En la teoría marxista clásica, el
socialismo es la fase inferior del comunismo. Todavía hay Estado, todavía hay
distribución según trabajo, todavía hay desigualdad residual. El comunismo es
la fase superior. Es decir, el socialismo no es utopía, es un periodo histórico
concreto, con instituciones concretas (planificación, propiedad estatal o
colectiva, dictadura del proletariado en la versión leninista). Pero en la
práctica política del siglo XX y XXI, muchos partidos socialistas, socialdemócratas,
laboristas, socialistas del sur global, abandonaron el comunismo como horizonte
y convirtieron al socialismo en la meta. Ya no hablan de extinguir el Estado ni
de abolir las clases; hablan de justicia social, redistribución, servicios
públicos, regulación del mercado. Eso no es utopía en sentido fuerte, es un programa
reformista dentro del capitalismo.
La pregunta incómoda es: ¿ese socialismo reformista sigue
siendo una utopía, o es solo una versión más humana del capitalismo? Para los
marxistas ortodoxos, es lo segundo: una gestión del capitalismo con rostro
humano. Para los socialdemócratas, es lo primero: la utopía posible,
realizable, sin los costos del comunismo histórico.
5. El desplazamiento de la utopía
La utopía se ha desplazado. En el siglo XIX, la utopía era
el comunismo. En el siglo XX, tras los fracasos del "socialismo real"
(URSS y China maoísta), la utopía se volvió el socialismo democrático. En el
siglo XXI, muchos partidos de izquierda ya ni siquiera hablan de socialismo:
hablan de "justicia social", "derechos", "transición
ecológica". La utopía se ha vuelto mínima, defensiva. Esto tiene una
explicación, el capitalismo ganó la batalla de la imaginación. Thatcher lo dijo
sin rodeos: "no hay alternativa". Si no hay alternativa, la utopía se
vuelve peligrosa, porque parece irreal. Entonces la izquierda se refugia en lo
posible: reformas, no revoluciones. Pero hay una contrapartida, el capitalismo
también tiene su utopía, y también es irrealizable. La diferencia es que el
capitalismo no necesita realizarla para funcionar: le basta con que la gente
crea que es el único sistema posible.
6. ¿Son realmente dos utopías?
La premisa de que existen dos utopías, capitalismo y
comunismo, es discutible. Yo diría que hay tres. La utopía liberal-capitalista:
mercado autorregulado, libertad individual, prosperidad general; la utopía
socialista-reformista: justicia social, igualdad, servicios públicos,
democracia económica; y, la utopía comunista: abolición de clases, Estado
extinguido, distribución según necesidades.
Las tres son no-lugares. Las tres orientan la acción. Las
tres, si se toman como proyectos técnicos, producen monstruos: el capitalismo
produjo colonialismo, crisis y desigualdad masiva; el socialismo real produjo
autoritarismo y burocracia; el comunismo nunca se realizó, pero sus intentos
derivan en lo mismo.
El socialismo ha dejado de ser transición para convertirse en utopía para muchos partidos. Pero eso no es necesariamente una traición: puede ser una maduración. Quizá la utopía no deba ser un destino final, sino una brújula que orienta sin pretender llegar. El capitalismo y el comunismo comparten un pecado original: ambos creen que la historia tiene un final. El capitalismo lo llama "fin de la historia"; el comunismo, "sociedad sin clases". Ambos son relatos. Quizá la única utopía defendible sea la que renuncia a realizarse: la que sirve para criticar el presente sin pretender clausurarlo.