Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

18 de octubre de 2026

DE LA INFANCIA MUDA A LA VEJEZ ENJAULADA Federico Ruíz Tirado


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El fenómeno digital es un monstruo de distintas fauces. Actúa como un amortiguador perverso en ambos extremos de la existencia. Conozco  gente que no sabe qué hacer con los nietos en pleno crecimiento, menos con los padres ancianos. Abrumados por la precarización laboral, la falta de políticas públicas de apoyo geriátrico o la simple negativa a asumir la responsabilidad del cuidado integral,  delegan la compañía de sus familiares padres ancianos y niños pisando la adolescencia en una computadora o en un teléfono inteligente. Creen que la urgencia es "entretenerlos" o mantenerlos "ocupados",  y así se les enseña a usar estas armas demoledoras, como si se tratara de chupetes electrónicos para la tercera edad o la infancia avanzada. 

La noción perdida 

El resultado es una profunda disociación: personas mayores que pierden la noción del tiempo, que se desconectan de su entorno físico, de su memoria y de sus vínculos familiares reales, atrapadas en esas corrientes que no comprenden del todo,  pero que consumen su atención crepuscular. 

Se les implantan como estatuas en un rincón de la casa para sumergirlos en simulacro digital y limpiar la conciencia del adulto ocupado, vaciándoles la existencia de su dimensión de dignidad  y acompañamiento físico afectivo.

La domesticación de la vida, el dolor del mundo y la guerra cognitiva

​Lo que observamos no es un mero enganche tecnológico, sino un proceso generalizado de domesticación de la vida sostenido por el dominio corporativo y un trasfondo de profunda degradación sociocultural. 

Amenaza latente

La falta de redes comunitarias y de estados presentes deja tanto a las infancias como a las vejeces a la intemperie en un momento histórico convulsionado, marcado por la amenaza latente de una guerra mundial y el espanto cotidiano de imágenes insoportables, como la masacre en Palestina transmitida en tiempo real y normalizada por la indiferencia geopolítica.

​En este vacío de contención opera una auténtica guerra cognitiva: un despliegue algorítmico diseñado para capturar la atención de cualquier segmento poblacional, mercantilizando el deseo y la vulnerabilidad. Este bombardeo funciona como una poderosa alienación, una mentira industrializada que aleja de la realidad cruda —de la soledad de los mayores, las calles grises y la precariedad generalizada— ofreciendo a cambio espejismos de consumo, desinformación y, en el caso de los jóvenes, la imposición de modas, comidas homogéneas y un falso dinero fácil (apuestas online, criptoestafas). 

Atrapados en el mismo circuito de abandono, incluso fenómenos como el consumo desregulado de porno digital,  penetran la intimidad de los más jóvenes en solitario, compensando con sobreexcitación la falta de una educación afectiva real.

​El tiempo y a la ciudad

​La crisis de salud mental y de desvinculación social —que golpea tanto a los nietos como a los abuelos— no se resolverá confiscando teléfonos ni apelando al control parental o filial. El malestar actual es el síntoma de una arquitectura social global que mercantiliza los vínculos y roba el tiempo humano.El  capitalismo es voraz.

​Para devolver la dignidad a las distintas etapas de la vida es indispensable ir más allá del pánico moral. Se requiere ​reorganizar los tiempos comunitarios y de cuidado, garantizando que criar y envejecer con lazos reales no sean privilegios, sino derechos sociales inalienables.

​Rediseñar el espacio público con perspectiva intergeneracional, creando ciudades donde tanto las infancias como los ancianos puedan habitar el mundo sin necesidad de consumir ni quedar confinados al aislamiento digital.

​Regular de forma exigente el ecosistema digital, frenando las lógicas de la guerra cognitiva y la explotación algorítmica de la vulnerabilidad humana, ya sea en la infancia o en la vejez.

​Solo cuando el mundo analógico vuelva a hacerse cargo de sus miembros —reconociendo el valor insustituible del abrazo, la palabra y la presencia—, las pantallas dejarán de ser el anestésico universal al que recurrimos para huir de nuestra propia intemperie.