Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
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8 de octubre de 2026

UN TAL OLIVER KORNETZKE Y EL EMPERADOR Federico Ruíz Tirado

Caminaba por una  calle de La Candelaria sin rumbo fijo, entre sus recovecos históricos y emblemáticos de una Venezuela hibrida pero muy marcadada por la presencia del emigrante español, con ese andar desganado de quien procura no llamar la atención del destino, atento a las réplicas y asfixiado por el humo denso y amargo de los autobuses que recorren una ciudad de identidad desdibujada por su casco y sus zonas de compresión, al decir de Fruto Vivas.


Mientras lo hacía, gravitaba en mi pensamiento una idea vieja como el mundo, a saber, que la historia de las naciones la van escribiendo siempre los mismos señores de traje impecable y dentadura tan perfecta que parece falsa.


Bar de mala muerte


Entré a un bar donde hablaban de cosas políticas y decían los encorbatados, que tenían pintas de intelectuales, entre trago y trago que había un gringo,  un tal Oliver Kornetzke, que  se dedicó al trabajo de poner en letras de molde lo que todos ya sabían sobre el gran circo de la política, refiriéndose en particular a ese magnate rubio de corbata estridente que jugaba a ser rey frente a las cámaras de televisión, y se autoproclamó Dios, llamado Donald Trump.


Especie de cadáver


Sostenía el estudioso Oliver, o lo que quiera que fuese, que el individuo en cuestión no era más que una "especie de cadáver embutido en un saco que le venía grande"fórmula ciertamente afortunada para soltar al mostrador a la hora del crepúsculo, de ésas que hacen cabecear de aprobación a sus feligreses.


En esa zona del centro de Caracas,

hay bares, plazas y locales con olor a la antigua clase media de Caracas, adecos, copeyanos y gente con estilo que mientras reclaman unas copa de ginebra, se les traba la lengua con los disparates de la época después del 3 de Enero.


Me dije, "están mezclando cañas", pero a mí, que observaba el discurrir de la vida no me iban a joder   con especulaciones académicas ni con tratados de sociología de salón, porque la materia de la que está hecha la realidad resulta infinitamente más sencilla y mucho más antigua que el primer tango grabado en la historia.


La pura verdad de lo que ocurre con el magnate de marras, con los senadores que se pliegan y se doblan como juncos al primer soplo de aire y con toda esa comparsa que pretende adueñarse del planeta, es que padecen un terror atávico hacia los desposeídos.


Algo de miedo


No se trata, entiéndase bien, del miedo vulgar a ver disminuidas sus cuentas bancarias, sino de ese odio rancio, metódico, pacientemente rumiado que las clases acomodadas reservan para todo aquel que huela a combustible barato, a fiambre de baja calidad o al sudor denso del taller: esa gente no le perturba en absoluto que el pueblo pase privaciones o hambre, lo que verdaderamente les exaspera es su sola existencia, que transiten por las mismas aceras, que se atrevan a sostenerles la mirada sin inclinar la cerviz, de ahí que la sevicia y el encono no sean, como pretenden hacernos creer los analistas sensatos que pontifican en la radio, un simple error de cálculo o un exceso involuntario de las administraciones de paso, en absoluto, la crueldad es en verdad un instrumento de precisión, una herramienta meticulosamente afilada para convencer al de abajo de su total insignificancia.


Te van privando del acceso a la medicina, te encarecen el billete del transporte, te colocan al vigilante en la esquina para fiscalizar tus pasos y, por si fuera poco, te explican desde una pantalla luminosa que la culpa de tus males es únicamente tuya por no haber tenido el buen tino de nacer en cuna de oro, como María Corina o Lorenzo Mendoza, mientras tanto los otros, aquellos que antaño vestían el ropaje de conservadores ilustrados y diplomáticos de modales finos, personificados en figuras de voz aflautada como Marco Rubio, acaban haciendo fila pacientemente para besar la mano del matón de turno, habiendo empeñado la honra y el decoro en la primera partida con tal de asegurarse un rincón de sombra a la vera del mando, al cabo de la jornada, las frases tajantes y las palabras afiladas sirven a lo sumo para mantener a flotación el ánimo frente al embate de la marea, pero la verdadera contienda se libra abajo, en la dureza del asfalto, allí donde los olvidados continúan sosteniendo el peso de los días, porque los poderosos podrán adueñarse de los periódicos, de los tribunales y de las armas, pero jamás lograrán descifrar esa terca, incomprensible dignidad de quienes, no teniendo absolutamente nada que perder, se obstinan sencillamente en no desaparecer de la faz de la tierra.