| De prensabolivariana en noviembre 1, 2026 |
Y es que si bien se mira, la literatura vivirá mientras alguien que se disponga a escribir una simple carta dude unos instantes acerca de la manera de hacer verosímil lo que se propone decir en ella. |
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha generado en los espacios académicos dos posturas antagónicas: de un lado está la estridencia del catastrofismo, del otro lado se encuentra la euforia de la tecnofilia. Sin embargo, la cuestión es más complicada y se ubica en otro territorio de controversia. No estamos ante otra herramienta productiva más por mucho que las empresas involucradas en su diseño se esfuercen en hacérnoslo creer. Nos hallamos ante una mutación ontológica que interroga directamente el estatus de lo humano en cuanto a su capacidad creativa. La IA no imita el mundo: imita el rastro verbal que hemos dejado en el mundo. |
La IA, ciertamente, puede procesar combinatorias a una velocidad que burla el tiempo. El arte, sin embargo, no nace de la prisa, sino de la demora. Cuando la IA compone un poema o genera un dibujo, no realiza el tránsito interior que sí lleva a cabo el artista. Tanto la creación artística, en general, como la literaria, en particular, tienen lugar en un territorio ontológico donde el abismo del creador se encuentra con la materia. Aun cuando las redes neuronales intentan colonizar ese territorio con una impecable fluidez de estructuras gramaticales y lógicas que sorprende, todavía no logra igualar el contenido, intensidad y profundidad de la pulsión humana. |
El arte, en esencia, nace de la imposibilidad de lograr la completitud en el decir. La IA, por el contrario, lo dice todo, pero sin haber experimentado el peso humano de cada palabra. La escritura no es solo un conjunto de palabras dispuestas con arreglo a un compendio de normas ortográficas y gramaticales: es el testimonio de nuestra intemperie. Cada vocablo con el que el autor rasga el silencio lleva endosada la firma de su biografía. El escritor elige las palabras no solo porque técnicamente sean idóneas o eficaces, sino porque esas —y no otras— le duelen o le importan y tienen el peso específico de su ser. |
La IA elige las palabras conforme a la probabilidad óptima. La suya no es una gramática, sino una matemática del éxito. No sabe de riesgos ni de titubeos… tampoco conoce el miedo a la página en blanco ni la noche oscura de la indecisión. No duda porque no sabe qué se siente ante el abismo insondable del misterio infinito. El arte, en cambio, nace al borde del precipicio con la mosca del fracaso zumbando tras la oreja. La obra de arte es única porque, entre otras razones, quien la lleva a cabo va muriendo mientras la hace y es reescrito ontológicamente por aquella. Crear es encarnarse en un irreversible flujo de humanidad. |
Generalmente, el arte surge de una fractura humana. La auténtica hondura de la belleza reside en la grieta de donde emerge, en el fallo que revela nuestra imperfección. El error es, por tanto, la firma de una conciencia humana angustiada. El artista sabe lo que significa equivocarse por desesperación, algo que la IA jamás conocerá. Un texto intencionado cualquiera, desde un poema hasta un ensayo académico, vale no por su aparente perfección —siempre hay algo de sagrada imperfección en la producción humana—, sino por la fragilidad de la voz que lo produce en pulso constante contra la nada. La perfección algorítmica se cierra sobre sí misma, pero, ante ella, la vulnerabilidad del poeta se convierte en su hogar. En cada creación humana hay un soterrado y angustiante deseo de vencer la muerte y el olvido. La poiesis, por tanto, es un asunto exclusivamente humano porque implica una densidad ontológica que la IA no puede aún —y no creo que pueda finalmente— encarnar. |
Cuando leemos la poesía de Alejandra Pizarnik o una novela de Fiodor Dostoievski, experimentamos un temblor estético similar al que sentimos cuando estamos ante un cuadro de David Friedrich o cuando escuchamos el célebre adagio de Samuel Barber. No se trata de una simple reacción técnica ni formal ante el estímulo visual o auditivo. Es un estremecimiento íntimo que nos recuerda nuestra frágil condición humana, puesto que el arte tiene la facultad de abrir puertas insospechadas en las catacumbas del ser y liberar el paso hacia abismos que no sabíamos o no queríamos enfrentar. El arte nos obliga a reconocernos ética y existencialmente. |
Si el mayor temor de un escritor había sido la posibilidad del plagio, ahora debe temer un tipo de plagio tan sofisticado que es apenas rastreable: su voz, edificada desde el silencio y a lo largo de años de disciplina, ahora puede ser replicada en su estilo con casi absoluta impunidad, como si la originalidad fuese un alarde técnico. No, la originalidad es la capacidad —humana e intransferible— de sostener en el tiempo una mirada única —en todo el arco de la evolución humana— sobre el dolor y el asombro de estar vivo. |
El espejo binario es un espejo esperpéntico porque nos devuelve un sucedáneo mediocre de la creación humana. La IA no crea, solo calcula combinaciones sobre lo que la humanidad ha vertido en la red, sin importar si lo toma de sus caños de agua limpia o sucia. Recordando a Kant, la IA solo es capaz de una imaginación reproductiva, mimética, «cuya síntesis se halla sujeta exclusivamente a leyes empíricas, a saber, las de la asociación», y está lejos, muy lejos, de una imaginación productiva, fundada en la espontaneidad, algo intrínsecamente humano. |
La IA consume toneladas —ahora, incluso, en sentido denotativo— de obras literarias en las que la humanidad ha acumulado siglos de sufrimiento y expectativa para escupir en unos pocos segundos una síntesis inofensiva, políticamente correcta. No consigo imaginar a la IA creando un poema como la «Cuarteta» de la Balada de las mujeres de París, de François Villon, una suerte de poeta maldito francés de la segunda mitad del siglo XV que, en la angustiosa víspera de una ejecución que después fue conmutada por destierro, escribió lo siguiente: «Yo soy François, ¡cuánto me pesa! / natural de París, cerca de Pontuesa. / Pendiendo en una horca de la cuerda, / sabrá mi cuello lo que mi culo pesa». |
El simulacro algorítmico termina así devorando el pasado y esterilizando el futuro. Avanzamos hacia un gigantesco pastiche donde las ideas nos parecerán lejanamente familiares, pero sin la certeza de su original autoría. Es imperativo, por tanto, fomentar la importancia del cultivo de la voz literaria genuina, fiel a su herida. Hacerlo es una manera de insumisión ante el sunami de simulacros que la IA nos ofrece. |
Si bien el algoritmo busca, dado el sesgo de confirmación, complacer al consumidor de ella y anticiparse a la siguiente petición, la escritura literaria consigue, por el contrario, quebrar las certezas e instalarnos en la duda existencial. La voz literaria se niega a diluirse en la avalancha del consenso algorítmico. La literatura no obedece a las reglas binarias porque es el único modo —plural, además— en el que un autor consigue habitar su propia intemperie. |
Ninguna red neuronal podrá experimentar la dantesca melancolía que emerge del interior al «recordar el tiempo feliz en la miseria». Jamás una IA podrá sentir en carne propia lo que Séneca cuando dijo que la culpa era nuestro propio verdugo. No habrá sobre la faz de la Tierra una inteligencia artificial que, ante la pérdida de un ser querido, sea capaz de sentir con Dostoievski que «Dios está más cerca cuanto más hondo es el duelo». La IA podrá perfeccionar su superficie reflectante hasta engañar a los incautos, pero nunca sentirá genuinamente el horror de haber perdido el sentido de la vida y la angustia de ponerlo por escrito. |
Nuestra fortaleza ontológica ante la IA es, paradójicamente, la intrínseca vulnerabilidad de la condición humana. Somos la única especie que crea desde la conciencia de su propia ruina. El arte es —y seguirá siendo— el hogar de los mortales rotos y maravillados por el hecho finito del vivir. Es absurdo buscar amparo y revelación donde no está el temblor de otro pulso humano. No necesito un poema frío que resuelva un acertijo lógico, sino aquel que es capaz de conmoverse y agacharse a recoger mi propia sangre derramada. |
© Jerónimo Alayón y El Nacional |
CITA CHICAGO: Alayón, Jerónimo. «IA, creación literaria y temblor estético». El Nacional. 23 de octubre de 2026. https://t.ly/1nqy4 |
CITA APA: Alayón, J. (2026, 23 de octubre). IA, creación literaria y temblor estético. El Nacional. https://t.ly/1nqy4 |
|
|