Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

18 de noviembre de 2018

Del oro pasando por el dólar hasta el Petro (Parte 4)



«El rico domina a los pobres; el que toma prestado es esclavo del que presta».
El Banco de Crédito y Comercio Internacional (BCCI), constituido bajo las leyes de Luxemburgo fue protagonista de un sonado escándalo. Por la década de 1980 el BCCI defraudó a sus clientes por un monto de 13mil millones de dólares en lo que el abogado de Manhattan, Robert Morgenthay, denominó en su día el «mayor fraude bancario en la historia financiera mundial». Eran otros tiempos, más inocentes, y que un banco estafara 13 mil millones a sus clientes parecía una gran cosa. ¡Qué lejos estábamos de las hipotecas subprime
La posterior investigación sacó a la luz que el BCCI también actuó como el principal conducto para lavar dinero de las actividades clandestinas de la CIA. Según Joseph Stiglitz, el Banco Mundial convenció a varios líderes nacionales para que privatizasen el suministro de agua y las compañías de electricidad de sus países a cambio de comisiones pagadas en cuentas bancarias en Suiza. Pero ¿qué sucedió con los líderes que querían mantener una política populista, aquellos cuyas agendas incluían el control soberano de sus recursos, aquellos que no sucumbían a la corrupción o al atractivo de los lujos del Primer Mundo? Pues nada: el plan tenía que cumplirse, tanto si querían como si no.
Los organismos internacionales disponen de recursos para hacer que así sea. La subversión política es una manera de controlar un país díscolo. El gobierno estadounidense y otros poderes establecen relaciones con políticos, militares, hombres de negocios, medios de comunicación, académicos y sindicatos, a los que se financia y acerca a las propias posturas, de forma que, si el país no coopera, pueden comenzar a producirse tensiones crecientes.
Los medios de comunicación se ocupan de azuzar el estado de alarma entre la población. Si el gobierno recibe el mensaje y agacha la cabeza, sale el sol de nuevo: el dinero empieza a circular y las diversas fuerzas sociales comienzan a cooperar en amor y concordia. Venezuela ofreció un caso de estudio interesante a este respecto.
Fracasado el golpe de Estado, la oposición —con el respaldo del Departamento de Estado del National Endowment for Democracy (NED) o Fondo Nacional para la Democracia— diseñó un nuevo plan en dos fases, para derrocar al presidente Chávez, esta vez por la vía electoral: En una primera fase presionaron para que se adelantaran las elecciones, a sabiendas de que violaban la Constitución. Fracasaron. Acontinuación, pretendieron que se realizara un referéndum revocatorio presidencial, también fracasaron.  
El NED fue creado en noviembre de 1983 por el Congreso de los Estados Unidos con la finalidad de «promover la democracia en el mundo». La ley prevé que sus programas sean financiados por el Congreso de los Estados Unidos. En contra de la misma ley del Congreso, el NED apoya  a los partidos políticos de  oposición en Venezuela: Primero Justicia, AD, COPEI, MAS y Proyecto Venezuela. En 2002 les aportó más de un millón de dólares a varios empresarios, medios de comunicación y grupos de trabajo para que llevaran a cabo una ruidosa campaña contra Hugo Chávez en los meses que precedieron al fracasado golpe del 2002.
El Consenso de Washington: Todo lo que está ocurriendo en la actualidad se encuentra dentro del fracasado concepto que ha marcado la vida económica de las últimas dos décadas: el Consenso de Washington. Se trata de una serie de políticas económicas concebidas durante la década de 1990 por el FMI, el Banco Mundial y otras instituciones económicas con sede en la capital norteamericana (de ahí su nombre).
Esta doctrina fue aceptada como la más idónea para que los países en desarrollo pudieran impulsar su crecimiento. Todo surgió de la resaca de entusiasmo capitalista subsiguiente a la caída del Muro de Berlín. El socialismo como sistema económico fue progresivamente cuestionado y abandonado en muchas partes del mundo, acontecimiento histórico, que fue percibido como la victoria definitiva del modelo capitalista.
El Consenso de Washington no fue algo espontáneo, fue formulado originalmente por John Williamson en un documento en noviembre de 1989 («What Washington Means by Policy Reform», que puede traducirse como «Lo que Washington significa en políticas de reformas» o «Lo que en Washington se entiende como politica de  reformas»).
El Consenso de Washington es otro intento de la clase política económica para socavar el poder del pueblo y establecer la dictadura de los mercados. Esto es lo que se oculta detrás de lo que se ha dado en llamar «globalización» o lo que subyace en el fondo de la gran mayoría de los actuales tratados de comercio.
Pero este consenso no logró los resultados esperados. La parte favorable a la teoría es que se llegó a demostrar que el crecimiento, efectivamente, está ligado al comercio, pero que se deben dar incentivos para dicho comercio; es más, la liberalización del comercio a veces deteriora esos incentivos.
Inicialmente se logró el crecimiento del comercio con incentivos como la reducción de los impuestos a las exportaciones, un tipo de cambio más competitivo y la creación de zonas francas. En los últimos años han proliferado propuestas para matizar o superar el Consenso. Las más audaces han llegado a proponer un Posconsenso de Washington que podría desembocar en un necesario cambio de paradigma.
La aplicación de estas recetas es que se centraron más en la eficiencia del sistema de intercambio comercial que en ampliar la productividad y por ende el crecimiento. Incrementando, por un lado, las cuentas de las multinacionales extranjeras y, por otro lado, las cifras de desempleo de los países que aplicaban estas recetas. Personalidades relevantes como Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 y ex vicepresidente del Banco Mundial, Noam Chomsky o Naomi Klein, ven en el Consenso de Washington un medio para abrir el mercado laboral de las economías del mundo subdesarrollado a la explotación por parte de compañías del Primer Mundo.
La imposición  de este modelo no solo es económico, sino también geoestratégico (militar): «Trabajamos activamente para llevar la democracia, el desarrollo, el libre mercado y el libre comercio a cada rincón del planeta». Pero hay que entender, que en el sistema intelectual neoliberal la «única libertad real es la libertad comercial».
La experiencia demuestra que en todos los lugares donde se han aplicado estas medidas, la población ni es más libre ni vive mejor, más bien todo lo contrario. El Consenso de Washington no ha producido ninguna expansión económica significativa salvo la expansión de la deuda externa y el anclado al subdesarrollo.
La aplicación de los postulados de este Consenso en Rusia y en los países de Europa Central y Oriental no tuvo precisamente resultados positivos. La población, que ya venía de unas condiciones de vida muy duras bajo el comunismo, acabo descendiendo a los abismos de la miseria, miseria achacada al postefecto comunista.
La crisis financiera mexicana de 1994-1995, registrada en un país que hasta entonces había sido alabado como el alumno más brillante y aventajado de las instituciones financieras internacionales, puso en solfa las pretendidas bondades de este Consenso. Por el contrario, aquellos países que se mantuvieron al margen de este Consenso o Pos consenso, como Asia Oriental y, en menor medida, Asia Meridional, crecieron de manera sostenida e incluso espectacular.
Cuando un edificio se viene abajo o una vacuna mata a los pacientes, el arquitecto o el laboratorio responsables son demandados ante los tribunales. Pero cuando se aplican políticas sociales desastrosas, que afectan a las vidas de millones de personas, no hay responsables.
Cabe preguntarse cuál es la razón por la cual estas políticas siguen aplicándose, ya que es evidente su ineficacia. El grado de prepotencia en la imposición de estos modelos se puede resumir en las palabras e Jeffrey Sachs, el promotor de las «políticas de choque» que llevaron a Bolivia a la ruina: «Siempre les dije a los bolivianos que lo que tenían era un país miserable y una economía pobre con hiperinflación; así que deben ser valientes, tengan estómago y hagan todo bien, para que por lo menos finalicen con una economía pobre y con precios estables».
Pero si hemos de ser justos, hay que reconocer que no toda la culpa es de los «malvados capitalistas neoliberales». Las fuerzas progresistas han sido absolutamente incapaces de plantear cualquier desafío ideológico serio contra el pensamiento y la política neoliberal. De hecho, ni siquiera lo han intentado seriamente, y si el neoliberalismo está en crisis no es porque ellos hayan hecho algo en su contra,  sino por sí misma. 
Desde la oposición se vocifera mucho, pero cuando llegan al gobierno se asume la concepción de que no se puede actuar «contra los mercados» sin correr el riesgo del castigo por el poder omnímodo de las empresas multinacionales. Por otro lado, estas teorías, por perversas que nos parezcan al común de los mortales, siempre encontrarán defensores porque hay que reconocer que el Consenso de Washington ha sido muy generoso con algunos. Cada año la lista de multimillonarios del mundo publicada por la revista Forbes se hace más larga; en la actualidad asciende a 793.
Con la riqueza acumulada por estos pocos, se podría pagar toda la deuda global de los países en desarrollo. ¿Le parece exagerado? Pues ahí va otro dato igualmente cierto y revelador: la suma de las fortunas de los tres individuos más ricos del mundo es mayor que la suma del PIB de los 48 países más pobres. Esta es la esencia del misterio de que algo tan evidentemente ineficaz haya reinado durante tanto tiempo.
Los misterios y los contrasentidos de la economía actual no tienen límites: así como el número de pobres crece sin parar, al igual sucede con los ricos… El modelo económico e ideológico lanzado al mundo en 1776 en el libro de Adam Smith: La riqueza de las naciones, nunca vivió su mejor época que en las últimas dos décadas, y la afirmación de Karl Marx, de que esta doctrina era un «cadáver ambulante» también fue otra gran equivocación.
Esta victoria se la ha comparado a una victoria militar. Pensar en la guerra como en algo que solo tiene que ver con bombas y disparos es una concepción un tanto ingenua del asunto. Tal como expresó Karl von Clausewitz, el propósito de la guerra es «obligar al enemigo a que acate nuestra voluntad». El estratega chino Sun Tzu escribió en el año 500 a. C. que los mejores estrategas de guerra eran aquellos que nunca tenían que librar una batalla. Si unimos estas dos concepciones tenemos que el Consenso de Washington es la campaña militar más exitosa de la historia.
La deuda hace que los gobiernos soberanos acaten la voluntad foránea sin rechistar. El colonialismo a la antigua usanza es muy caro. Indudablemente daba sus frutos, pero requería de una inversión económica humana muy importante, ya que precisaba de un ejército y una administración colonial. Pero este ejército colonial provoca un rechazo por la población y la aparición de focos de resistencia que había que reprimir, a menudo con medidas brutales, que dan mala publicidad. Por lo que el Consenso de Washington, como nueva estrategia colonialista, es perfecto.
El Consenso de Washington ha sido el peor enemigo de la clase obrera, los empleados y los pequeños y medianos empresarios. En 1980 había 120 millones de pobres en Latinoamérica, el cual aumento, bajo este Consenso en 1999, a 220 millones. Durante la década de 1980, si no querías liberalismo de por las buenas, te lo imponían de por las malas, mediante las «guerras  de baja intensidad» (los campos de entrenamiento militar en la Escuela de las Américas, la Contrarrevolución en Nicaragua, la Paramilitarización en Guatemala o Colombia, los Escuadrones de la Muerte en El Salvador…). Esta fue la edad de oro de los dictadores, que encontraron apoyos encubiertos a sus golpes de Estado y regímenes dictatoriales, mediante su apoyo a las tesis económicas que les sugerían (algo que hicieron gustosos Pinochet, Videla, Ríos Montt y un largo de etcéteras).
Y después del Consenso de Washington, ¿qué vendrá ahora? Algunos expertos están hablando ya del Consenso de Pekín. El Banco Mundial reconoce que el camino trazado por China es una alternativa interesante y merece la pena revisarlo, estudiarlo y ajustarlo, aunque pueda recibir muchas críticas. El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, ha dicho que China ha demostrado en los últimos treinta años que puede lograr avances importantes en la prosperidad de los pueblos.
El problema es que el modelo chino puede ser una forma de darle una nueva vuelta de tuerca al capitalismo, ya que los asiáticos han cimentado su crecimiento en un más que dudoso respeto por los recursos naturales del planeta y los derechos de los trabajadores. Sin embargo, cada vez parece más probable que el modelo autoritario de China pueda dominar el mundo en el siglo XXI.

A pesar de que parece que a los chinos no les va nada mal. China, a diferencia de la Unión Soviética, no desea participar en una carrera armamentista, lo que condujo a esta al precipicio. Actualmente el gigante asiático busca fomentar buenas relaciones internacionales. Su propia prosperidad, dado que se ha convertido en la fábrica del planeta, se basa en que se mantenga en el resto del mundo un entorno pacífico y en evitar su aislamiento, y lo va a lograr. 
El éxito del Consenso de Pekín, a diferencia del de Washington, será mostrar vías alternativas al unilateralismo. El poder increíble de China, ahora el primer banquero de Estados Unidos, con préstamos superiores a 600 mil millones de dólares, y el mercado potencial que representa su población de más de 1.300 millones de habitantes no nos debe inducir tampoco a esperar mucho de él, pues aún no ha mostrado muchos signos de democracia. El Consenso de Washington ha pasado a la historia.
Como señala en la edición peruana de Le Monde Diplomatique, Oswaldo de Rivero, el Muro de Berlín se derrumbó por falta de mercado y Wall Street se ha desplomado por exceso de mercado: «El primero fue consecuencia de un sistema de planificación central que quiso suplantar el mercado y terminó planificando la escasez. El segundo fue el resultado de una desregulación del mercado que llevó a una especulación de productos financieros complicados y nada transparentes que terminaron por hundir todo el mercado financiero global».
El Muro de Berlín se tragó en su colapso las economías centrales planificadas e hizo colapsar a la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia. Sin embargo, el desplome de Wall Street no significa el fin de la economía de mercado, sino de una forma extrema de esta (el modelo anglosajón).
Según Oswaldo de Rivero, esta destrucción del liderazgo de los Estados Unidos se acrecentará aún más con el rescate de Wall Street, porque demostrará que Estados Unidos no practica la ideología neoliberal que predica: «Con la crisis financiera global el mundo comienza a darse cuenta de que el neoliberalismo es un falso liberalismo, que los mercados financieros no se autocorrigen, que necesitan regulación para no convertirse en armas económicas de destrucción masiva».
La promoción social del neoliberalismo se realizó para que la opinión pública pensara que no era solo un patrimonio del comunismo, pero en realidad se cimentó más como un freno ante posibles avances del imperialismo soviético que como una auténtica convicción en lo que se estaba haciendo. Con la caída del Muro de Berlín, ya no era necesario tanto esfuerzo para mantenerla, por lo que rápidamente los neoliberales comenzaron a desmantelar ese Estado del Bienestar que frenaba los negocios.
La oligarquía financiera hace creer que lo que es bueno para Wall Street es bueno para los Estados Unidos […]. La sabiduría convencional entre la élite sostiene todavía que la actual depresión «no será tan mala como la Gran Depresión». Esperemos que no sea demasiado tarde.
De no haber sido por la crisis financiera actual, que ha sido vendida como una especie de catástrofe natural que no debiera preocuparnos, seguiría estando vigente el concepto de que la globalización es buena para todo el mundo, y si la evidencia parece indicar lo contrario, puede deberse a que los ciudadanos de esos países o: 1. No saben trabajar duro, como los estadounidenses; 2.  No son lo suficientemente competitivos, o 3. No han esperado lo suficiente para ver los beneficios de tales medidas económicas.
Continuara…

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