«El
rico domina a los pobres; el que toma prestado es esclavo del que
presta».
El
Banco de Crédito y Comercio Internacional (BCCI), constituido bajo las
leyes de
Luxemburgo fue protagonista de un sonado escándalo. Por
la década de 1980 el BCCI defraudó a sus clientes por un monto de 13mil
millones de dólares en lo que
el abogado de
Manhattan, Robert Morgenthay, denominó en su día el «mayor fraude
bancario en
la historia financiera mundial». Eran otros tiempos, más inocentes, y
que un
banco estafara 13 mil millones a sus clientes parecía una gran
cosa.
¡Qué lejos estábamos de las hipotecas subprime!
La posterior investigación sacó a la luz
que el BCCI también actuó como el principal conducto para lavar dinero
de las
actividades clandestinas de la CIA. Según
Joseph Stiglitz, el Banco Mundial convenció a varios líderes
nacionales
para que privatizasen el suministro de agua y las compañías de
electricidad de
sus países a cambio de comisiones pagadas en
cuentas bancarias en Suiza. Pero
¿qué sucedió con los líderes que querían mantener una política
populista,
aquellos cuyas agendas incluían el control soberano de sus
recursos,
aquellos que no sucumbían a la corrupción o al atractivo de los lujos del Primer Mundo? Pues nada: el plan
tenía que
cumplirse, tanto si querían como si no.
Los
organismos
internacionales disponen de recursos para hacer que así sea. La
subversión política es una manera de controlar un país díscolo. El
gobierno
estadounidense y otros poderes establecen relaciones con políticos,
militares,
hombres de negocios, medios de comunicación, académicos y sindicatos, a
los que
se financia y acerca a las propias posturas, de forma que, si el país
no
coopera, pueden comenzar a producirse tensiones crecientes.
Los
medios de comunicación se ocupan de azuzar el estado de alarma entre la
población. Si el gobierno recibe el mensaje y agacha la cabeza, sale el
sol de
nuevo: el dinero empieza a circular y las diversas fuerzas sociales comienzan a cooperar en amor
y
concordia. Venezuela ofreció un caso de estudio interesante a este
respecto.
Fracasado
el golpe de Estado, la oposición —con el
respaldo del Departamento de Estado del
National Endowment for Democracy (NED) o Fondo Nacional para la
Democracia—
diseñó un nuevo plan en dos fases, para derrocar al presidente
Chávez,
esta vez por la vía electoral: En una primera fase presionaron para que
se
adelantaran las elecciones, a sabiendas de que violaban la Constitución. Fracasaron.
Acontinuación,
pretendieron que se realizara un referéndum revocatorio presidencial,
también fracasaron.
El
NED fue creado en noviembre de 1983 por el
Congreso de los Estados Unidos con la finalidad de «promover la
democracia en
el mundo». La ley prevé que sus
programas
sean financiados por el Congreso de los Estados Unidos. En contra de la
misma
ley del Congreso, el NED apoya a los partidos políticos de
oposición en Venezuela: Primero Justicia, AD, COPEI, MAS y Proyecto
Venezuela. En 2002 les aportó más de un millón de dólares a varios
empresarios,
medios de comunicación y grupos de trabajo para que llevaran a cabo una
ruidosa
campaña contra Hugo Chávez en los meses que precedieron al
fracasado golpe del 2002.
El
Consenso de Washington: Todo
lo que está ocurriendo en la actualidad se encuentra dentro del
fracasado
concepto que ha marcado la vida económica de las últimas dos décadas: el
Consenso de Washington. Se trata de una serie
de políticas económicas concebidas durante la década de 1990 por el
FMI, el
Banco Mundial y otras
instituciones
económicas con sede en la capital norteamericana (de ahí su nombre).
Esta
doctrina fue
aceptada como la más idónea para que los países
en desarrollo pudieran impulsar su crecimiento. Todo surgió de la
resaca de
entusiasmo capitalista subsiguiente a la caída del Muro de Berlín. El
socialismo como sistema económico fue progresivamente cuestionado y abandonado en muchas
partes del mundo, acontecimiento
histórico, que fue percibido como la victoria definitiva del modelo capitalista.
El
Consenso de Washington no fue algo espontáneo, fue formulado
originalmente por
John Williamson en un documento en noviembre de 1989 («What Washington
Means by
Policy Reform», que puede traducirse como «Lo que Washington significa
en
políticas de reformas» o
«Lo que en Washington
se entiende como politica de reformas»).
El
Consenso de Washington es otro intento de la clase política económica
para socavar el poder del pueblo y establecer la dictadura de los
mercados.
Esto es lo que se oculta detrás de lo que
se ha dado en llamar «globalización» o lo que subyace en el fondo de la
gran
mayoría de los actuales tratados de comercio.
Pero
este consenso no logró los resultados esperados. La parte favorable a
la teoría
es que se llegó a demostrar que el crecimiento, efectivamente, está
ligado al
comercio, pero que se deben dar incentivos para dicho comercio; es más,
la
liberalización del comercio a veces deteriora esos incentivos.
Inicialmente
se logró el crecimiento del comercio con incentivos como la reducción
de los impuestos a las
exportaciones, un tipo de
cambio más competitivo y la creación de zonas francas. En los últimos años han proliferado
propuestas
para matizar o superar el Consenso. Las más audaces han llegado a
proponer un
Posconsenso de Washington que podría desembocar en un necesario cambio
de paradigma.
La
aplicación de estas recetas es que se centraron más en la eficiencia
del sistema de intercambio comercial que en ampliar la productividad
y por ende el crecimiento. Incrementando, por un lado, las cuentas de
las
multinacionales extranjeras y, por otro lado, las cifras de desempleo
de los
países que aplicaban estas recetas. Personalidades
relevantes como Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 y ex
vicepresidente del Banco Mundial, Noam Chomsky o Naomi Klein, ven en el
Consenso de Washington un medio para abrir el mercado laboral de las
economías
del mundo subdesarrollado a la explotación por parte de compañías del
Primer
Mundo.
La
imposición de
este modelo no solo es económico, sino también geoestratégico (militar):
«Trabajamos activamente para llevar la democracia, el desarrollo, el
libre
mercado y el libre comercio a cada rincón del planeta». Pero hay que
entender,
que en el sistema intelectual neoliberal la «única libertad real es la
libertad
comercial».
La
experiencia demuestra que en todos
los lugares donde se han aplicado estas medidas, la población ni es más
libre ni vive mejor, más bien todo lo contrario. El Consenso de
Washington no ha producido ninguna expansión económica significativa
salvo la
expansión de la deuda externa y el anclado al subdesarrollo.
La
aplicación de los postulados de
este Consenso
en Rusia y en los países de Europa Central y Oriental no tuvo
precisamente resultados positivos. La población, que ya venía
de unas condiciones de vida muy
duras bajo el comunismo, acabo descendiendo a los abismos de la miseria, miseria
achacada al
postefecto comunista.
La
crisis financiera mexicana de 1994-1995, registrada
en un país que hasta entonces había sido alabado como el alumno más
brillante y
aventajado de las instituciones financieras internacionales,
puso en
solfa las pretendidas bondades de este Consenso. Por el contrario, aquellos países que
se mantuvieron al margen de este
Consenso o Pos consenso, como Asia Oriental y, en menor medida, Asia
Meridional, crecieron de manera sostenida e incluso espectacular.
Cuando
un edificio se viene abajo o una vacuna mata a los pacientes, el
arquitecto o
el laboratorio responsables son demandados ante los tribunales. Pero
cuando se aplican políticas sociales desastrosas, que afectan a las
vidas de millones de personas, no hay responsables.
Cabe
preguntarse cuál es la razón por la cual estas políticas siguen
aplicándose, ya
que es evidente su ineficacia. El grado de prepotencia en la imposición
de
estos modelos se puede resumir en las palabras e Jeffrey Sachs, el
promotor de
las «políticas de choque» que llevaron a Bolivia a la ruina: «Siempre
les dije a los bolivianos que
lo que tenían era un
país miserable y una economía pobre con hiperinflación; así que deben
ser
valientes, tengan estómago y hagan todo bien, para que por lo menos
finalicen
con una economía pobre y con precios estables».
Pero
si hemos de ser
justos, hay que reconocer que no toda la culpa es de los «malvados
capitalistas
neoliberales». Las fuerzas progresistas han sido absolutamente
incapaces de
plantear cualquier desafío ideológico serio contra el pensamiento y la
política
neoliberal. De hecho, ni siquiera lo han intentado seriamente, y si el neoliberalismo
está en crisis no es porque ellos
hayan hecho algo en su contra, sino
por sí
misma.
Desde la oposición
se vocifera mucho, pero cuando llegan al gobierno
se asume la concepción de que no se puede actuar «contra los mercados»
sin
correr el riesgo del castigo por el poder omnímodo de las empresas
multinacionales. Por otro lado, estas teorías, por perversas que nos
parezcan
al común de los mortales, siempre encontrarán
defensores porque hay que reconocer que el Consenso de Washington ha
sido muy
generoso con algunos. Cada año la lista de multimillonarios del
mundo
publicada por la revista Forbes se hace más
larga; en la actualidad asciende a 793.
Con
la riqueza
acumulada por estos pocos, se podría pagar
toda la deuda global de los países en desarrollo. ¿Le parece exagerado?
Pues
ahí va otro dato igualmente
cierto y
revelador: la suma de las fortunas de los tres individuos más ricos del
mundo
es mayor que la suma del PIB de los 48 países más pobres. Esta es la
esencia
del misterio de que algo tan evidentemente ineficaz haya reinado
durante tanto
tiempo.
Los
misterios y los contrasentidos de la economía actual no tienen límites:
así
como el número de pobres crece sin parar,
al igual sucede con los ricos… El
modelo económico e ideológico lanzado al mundo
en 1776 en el libro de Adam Smith:
La
riqueza de las naciones,
nunca vivió su mejor época que en las últimas dos décadas, y la
afirmación de
Karl Marx, de que esta doctrina era un «cadáver ambulante» también fue
otra gran
equivocación.
Esta
victoria se la ha
comparado a una victoria militar. Pensar en la guerra como
en algo que solo tiene que ver
con bombas y
disparos es una concepción un tanto ingenua del asunto. Tal como
expresó Karl
von Clausewitz, el propósito de la guerra es «obligar al enemigo a que
acate
nuestra voluntad». El estratega
chino Sun
Tzu escribió en el año 500 a. C. que los mejores estrategas de guerra
eran
aquellos que nunca tenían que librar una batalla. Si unimos estas dos
concepciones tenemos que el Consenso de Washington es la campaña
militar más
exitosa de la historia.
La
deuda hace que los gobiernos
soberanos acaten la voluntad foránea sin rechistar. El colonialismo a la antigua usanza
es muy caro. Indudablemente daba
sus frutos, pero requería de una inversión económica humana muy
importante, ya que precisaba de un ejército y una administración
colonial. Pero
este ejército colonial provoca un rechazo por la población y la
aparición de focos de resistencia
que había
que reprimir, a menudo con medidas brutales, que dan mala publicidad.
Por lo
que el Consenso de Washington, como nueva estrategia colonialista, es
perfecto.
El
Consenso de Washington ha sido el peor enemigo de la clase obrera, los
empleados y los pequeños y medianos empresarios.
En 1980 había 120
millones de pobres en Latinoamérica, el cual aumento, bajo este
Consenso en
1999, a 220 millones. Durante la década de 1980, si no querías
liberalismo de por las buenas, te lo imponían de por las malas,
mediante las «guerras
de baja intensidad» (los campos
de entrenamiento militar en la Escuela de las Américas, la Contrarrevolución en Nicaragua, la
Paramilitarización
en Guatemala o Colombia, los Escuadrones de la Muerte en El
Salvador…).
Esta fue la edad de oro de los dictadores, que encontraron apoyos
encubiertos a
sus golpes de Estado y regímenes
dictatoriales, mediante su apoyo a las tesis económicas que les
sugerían (algo
que hicieron gustosos Pinochet, Videla, Ríos Montt y un largo de etcéteras).
Y
después del
Consenso de Washington, ¿qué vendrá ahora? Algunos expertos están
hablando ya
del Consenso de Pekín. El Banco Mundial reconoce que el camino trazado
por
China es una alternativa interesante
y merece la pena revisarlo,
estudiarlo y ajustarlo, aunque pueda recibir muchas críticas.
El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, ha dicho que
China ha demostrado en los últimos treinta años que puede lograr
avances
importantes en la prosperidad de los pueblos.
El
problema es que el modelo chino
puede ser una forma de darle una nueva vuelta de tuerca al capitalismo,
ya que
los asiáticos han cimentado su crecimiento en un más que dudoso respeto
por los
recursos
naturales del planeta y los derechos de los
trabajadores. Sin embargo, cada vez parece
más probable que el modelo autoritario de China pueda dominar el mundo en el siglo
XXI.
A pesar de que parece que a los chinos no les va nada mal. China, a diferencia de la Unión Soviética, no desea participar en una carrera armamentista, lo que condujo a esta al precipicio. Actualmente el gigante asiático busca fomentar buenas relaciones internacionales. Su propia prosperidad, dado que se ha convertido en la fábrica del planeta, se basa en que se mantenga en el resto del mundo un entorno pacífico y en evitar su aislamiento, y lo va a lograr.
A pesar de que parece que a los chinos no les va nada mal. China, a diferencia de la Unión Soviética, no desea participar en una carrera armamentista, lo que condujo a esta al precipicio. Actualmente el gigante asiático busca fomentar buenas relaciones internacionales. Su propia prosperidad, dado que se ha convertido en la fábrica del planeta, se basa en que se mantenga en el resto del mundo un entorno pacífico y en evitar su aislamiento, y lo va a lograr.
El
éxito del Consenso de Pekín, a
diferencia del
de Washington, será mostrar vías alternativas al
unilateralismo. El
poder increíble de China, ahora el primer banquero de Estados Unidos,
con
préstamos superiores a 600 mil millones de dólares, y el mercado
potencial que
representa su población de más de 1.300 millones de habitantes no nos
debe inducir tampoco a esperar
mucho de él, pues aún
no ha mostrado muchos signos de democracia. El Consenso de Washington
ha pasado a
la historia.
Como
señala en la edición peruana de Le Monde Diplomatique,
Oswaldo de
Rivero, el Muro de Berlín
se derrumbó por falta de mercado y Wall Street se ha desplomado por
exceso de
mercado: «El primero fue consecuencia de un sistema de
planificación central que quiso suplantar el mercado y
terminó planificando la escasez. El segundo fue el resultado de una
desregulación del mercado que llevó a una especulación de productos financieros
complicados
y nada transparentes que terminaron por hundir todo el mercado
financiero global».
El
Muro de Berlín se tragó en su
colapso las economías centrales planificadas e hizo colapsar a la Unión
Soviética y sus aliados del
Pacto de Varsovia.
Sin embargo, el desplome de Wall Street no significa el fin de la
economía de
mercado, sino de una forma extrema de esta (el modelo anglosajón).
Según Oswaldo de Rivero, esta destrucción del liderazgo de los Estados
Unidos se acrecentará aún más
con el
rescate de Wall Street, porque demostrará que Estados Unidos no practica la
ideología neoliberal que predica: «Con la crisis financiera
global el mundo comienza a darse cuenta de que el neoliberalismo
es un falso liberalismo, que
los mercados financieros no se autocorrigen, que necesitan regulación para no
convertirse en
armas económicas de destrucción masiva».
La
promoción social del neoliberalismo
se realizó para que la opinión pública pensara que no era solo un
patrimonio del comunismo, pero
en realidad se cimentó más
como un freno ante posibles avances del imperialismo soviético que como
una
auténtica convicción en lo que se estaba haciendo. Con la caída
del Muro
de Berlín, ya no era necesario tanto esfuerzo para mantenerla, por lo
que
rápidamente los neoliberales comenzaron a desmantelar ese Estado del
Bienestar
que frenaba los negocios.
La
oligarquía financiera hace creer que lo que es bueno para Wall Street
es bueno
para los Estados Unidos […]. La sabiduría convencional entre la
élite
sostiene todavía que la actual depresión «no será tan mala como la Gran
Depresión». Esperemos que no sea demasiado tarde.
De
no haber sido por
la crisis financiera actual, que ha sido vendida como una especie de
catástrofe
natural que no debiera
preocuparnos,
seguiría estando vigente el concepto de que la globalización es buena
para todo
el mundo, y si la evidencia parece indicar lo contrario, puede
deberse a
que los ciudadanos de esos países o: 1. No saben trabajar duro, como
los estadounidenses; 2. No
son lo
suficientemente competitivos, o 3. No han esperado lo suficiente para ver los
beneficios de
tales medidas económicas.
Continuara…