El Tigre, el León y Donroe… |
Colombia no acaba de elegir sólo a un presidente. Acaba de mostrar que la soberanía ya no se pierde en silencio, sino en público. |
Hubo un tiempo en que la injerencia extranjera en América Latina era un secreto a voces. |
Se sabía, se intuía, se denunciaba… pero debía negarse. |
Había golpes de Estado que nunca se reconocían como tales. |
Financiamientos externos que se ocultaban bajo fundaciones. |
Operaciones de influencia que tardaban décadas en salir a la luz. |
Y, sobre todo, había una regla no escrita: la soberanía debía ser fingida; incluso cuando era violada. |
Colombia no solo eligió un presidente. |
Colombia mostró algo más inquietante: la injerencia dejó de esconderse. |
Durante la campaña, Gustavo Petro denunció la intervención abierta de Estados Unidos en el proceso electoral. |
Fue tratado como exageración, como cálculo político, como ruido retórico. Se le exigieron pruebas como condición para tomar en serio la acusación. |
Pero el problema no era la falta de pruebas. |
El problema es que los hechos comenzaron a aparecer a plena luz del día. |
Donald Trump no solo expresó simpatía por la candidatura de Abelardo de la Espriella. |
Lo hizo explícito, sin matices, sin códigos diplomáticos, celebrando públicamente lo que entendía como una victoria estratégica en la región. |
Marco Rubio participó del clima político que rodeó el proceso con declaraciones que vinculaban directamente el resultado con la relación bilateral futura. |
Y figuras de la nueva derecha continental -desde José Kast, desde Chile, Javier Milei hasta Daniel Noboa- convirtieron el desenlace en una celebración ideológica compartida. |
Lo que antes habría sido considerado injerencia inadmisible, hoy se presenta como alineamiento natural. |
Y esa transformación es, a mi entender, el dato político más importante de la elección colombiana. |
Porque ya no estamos frente a la vieja hipótesis latinoamericana de intervención encubierta. |
Estamos frente a una fase distinta: la intervención sin vergüenza. |
La secuencia es clave. Primero, la denuncia es desestimada. |
Luego, los mismos hechos son normalizados. |
Finalmente, son celebrados. |
Y cuando una intervención deja de ser escándalo para convertirse en consigna, algo más profundo ha cambiado que un resultado electoral. |
Ha cambiado el sentido común de la soberanía. |
Durante gran parte del siglo XX, incluso los sectores más conservadores de la región compartían una intuición básica: la independencia nacional no era negociable. |
Se podía discutir el modelo económico, el rol del Estado, el grado de apertura o de conflicto interno. |
Pero había un límite simbólico claro: ningún poder externo debía definir el rumbo político de un país. |
Pero conservaba una virtud. |
Todavía existía la conciencia de que intervenir en la soberanía de otro país era algo vergonzoso. |
Colombia acaba de mostrar que hemos entrado en una etapa distinta. |
No porque la intervención extranjera sea nueva. |
Sino porque ya esa frontera se está borrando. |
Y lo que la reemplaza es una paradoja peligrosa: la idea de que la cercanía con una potencia extranjera no contradice la soberanía, sino que la confirma. |
Que obedecer puede ser una forma de libertad. |
Que alinearse puede ser una forma de independencia. |
Pero la historia latinoamericana no es ambigua en este punto. |
Estados Unidos ha intervenido durante más de un siglo en la región: Guatemala, Chile, Panamá, República Dominicana, Nicaragua, Granada. |
Cada caso con sus matices, pero con una constante: la voluntad interna subordinada a un interés externo que no se somete a votación local. |
Y sin embargo, lo verdaderamente nuevo no es eso. |
Lo nuevo es que ya no necesita ocultarse. Antes era una acusación. |
Hoy es un argumento electoral. |
En ese giro se instala la verdadera ruptura histórica. |
Porque cuando la injerencia deja de ser invisible, deja de necesitar justificación. Y cuando deja de necesitar justificación, deja de tener freno. |
Colombia es el ejemplo más visible y actual de ese desplazamiento, pero no el único. |
En Argentina, la reconfiguración del Estado bajo Javier Milei se presenta como una forma de “liberación” asociada a una alineación económica y política explícita con Estados Unidos. |
En El Salvador, el modelo de seguridad de Nayib Bukele ha sido presentado como exportable bajo el mismo eje de validación externa. |
En Ecuador, la política de Daniel Noboa se articula crecientemente en clave de seguridad hemisférica con Washington como referencia estructural. |
Y en Chile, el fenómeno es menos ruidoso, pero no menos significativo. |
La disputa política en torno a José Antonio Kast no se expresa como subordinación explícita, sino como compatibilidad estructural: seguridad, mercado, orden, y una relectura del vínculo con Estados Unidos como garantía de estabilidad interna. |
No hay ocupación visible. Hay convergencia silenciosa. Y esa es precisamente la forma más eficiente de influencia en esta etapa. |
No hay intervención declarada. |
Hay arquitectura de sentido común. |
Por eso lo ocurrido en Colombia trasciende a Colombia. |
Porque el verdadero fenómeno no es electoral. Es cultural. |
No es quién gana. Es qué se vuelve aceptable. |
Y en ese terreno aparece la figura, para mí, más inquietante de todas: la “invasión sin invasores”. |
Una forma de influencia que no necesita soldados porque ya encontró algo más eficaz: ciudadanos que la justifican, la celebran o la desean. |
Ahí se produce la inversión decisiva. La soberanía deja de ser algo que se defiende frente a otro. |
Pasa a ser algo que se entrega voluntariamente en nombre de la estabilidad, el orden o la prosperidad. |
Y cuando eso ocurre, el conflicto deja de ser geopolítico y se vuelve interno. |
No es Washington imponiéndose a América Latina. |
Es América Latina discutiendo consigo misma sobre si eso es, o no, un problema. |
Y esa discusión es la que define nuestra época. |
No sabemos qué ocurrirá con el gobierno colombiano que emerge de este proceso. |
No sabemos qué tan lejos llegará este nuevo ciclo regional. |
No sabemos si las promesas se cumplirán o se desvanecerán bajo el peso de la realidad. |
Pero hay una pregunta que ya no puede eludirse. |
¿En qué momento América Latina dejó de considerar problemático que una potencia extranjera participe activamente en la definición de su destino político? |
Y una segunda, aún más incómoda: |
¿En qué momento comenzó a considerarlo normal? |
En democracia se puede, y se debe disentir, pero hay una línea que debe respetarse: el gobierno es temporal, la nación es permanente. |
Desear que invadan tu tierra por odiar a un líder político es como incendiar tu casa con tu familia dentro, sólo porque no soportas al padre. |
La invasión –militar o mental- es como una aplanadora que no respeta ideologías. |
En una colonia no hay ciudadanos; solo súbditos. Y a los súbditos nunca les va mejor, porque aplaudir las cadenas no te hace libre. |
Las naciones no pierden soberanía únicamente cuando son derrotadas. |
La pierden también cuando dejan de reconocer el momento en que está siendo cedida. |
La pierden cuando dejan de distinguir entre cooperación y subordinación. |
Entre alianza y dependencia. |
Porque el mayor triunfo de cualquier poder extranjero nunca ha sido ocupar territorios. |
Ha sido convencer a otros de que la ocupación no existe. |
Y cuando eso ocurre, la soberanía no se pierde en una guerra. |
Se pierde en una elección. |
Se pierde en una conversación. |
Se pierde en una generación que deja de verla como un valor. Y entonces la dependencia deja de parecer una amenaza. |
Empieza a parecer sentido común. |
Y en ese instante -sin tanques, sin golpes, sin rupturas visibles- la política deja de ser una disputa entre proyectos internos. |
Y se convierte en una disputa sobre qué tipo de dominación es aceptable. |
Por eso Colombia importa. |
|