Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
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21 de julio de 2026

La "transición"

 

La reciente declaración del Presidente Trump, realizada junto al Secretario de Estado Marco Rubio, sobre la "transición" en Venezuela, no debe interpretarse como un acto improvisado, sino como la cristalización de una estrategia de tres fases que había sido delineada previamente por la administración. Este plan trasciende la anécdota política para situarse en el ámbito de la reingeniería geopolítica y económica de un Estado fallido, bajo la tutela directa de Washington.

El contenido estructural de esta transición, tal como ha sido comunicado por Rubio, descansa sobre un trípode conceptual: Estabilización, Recuperación y Transición. Sin embargo, es crucial observar que la secuencia y el énfasis otorgado a cada fase revelan una pragmática jerarquía de intereses, donde la esfera política queda subordinada a los imperativos económicos y de seguridad inmediatos. La primera fase, estabilización, se articula en torno al control de los recursos energéticos. La administración no busca una reconstrucción institucional ex nihilo, sino una "cuarentena" operativa que le permita hacerse con el flujo de petróleo venezolano, estimado en decenas de millones de barriles, para venderlo en el mercado internacional y controlar la distribución de sus ingresos. Esta medida, presentada como un mecanismo para "beneficiar al pueblo venezolano", es, en esencia, un instrumento de presión y administración directa que garantiza la influencia máxima de EE.UU. sobre el gobierno interino de Delcy Rodríguez.

En paralelo, la fase de "recuperación" económica se presenta como el puente necesario hacia la transición, pero su diseño estructural apunta a una reapertura de los mercados venezolanos para las empresas estadounidenses y occidentales. Esta etapa implica la creación de un marco de reconciliación nacional, que incluye la amnistía para figuras de la oposición y el retorno de exiliados, con el objetivo de reconstruir una sociedad civil que pueda legitimar el nuevo orden. No obstante, la condicionalidad es clara: la inversión y la estabilidad jurídica, elementos clave para la recuperación, exigen el establecimiento del Estado de derecho y el control de grupos armados, tareas que el gobierno interino deberá ejecutar bajo la supervisión estadounidense para demostrar su viabilidad.

La tercera fase, la "transición" política en sí misma, es la más definida en su objetivo, pero la más difusa en su cronograma. Rubio ha sido explícito al descartar elecciones anticipadas, argumentando que la inestabilidad y la falta de condiciones las harían inviables. La estructura de esta transición parece inclinarse hacia un modelo de gobernanza compartida, donde el reconocimiento por parte de EE.UU. de la Asamblea Nacional de 2015 como un actor legítimo, junto al parlamento actual, sugiere una vía institucional para la transición que no pasa necesariamente por María Corina Machado, a quien Trump ha restado apoyo explícito. La necesidad de reconstruir el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo apunta a un proceso largo, donde la democracia representativa se pospone en favor de una estabilidad gestionada desde el exterior.

La transición anunciada por Trump y Rubio es un proceso de administración tutelada. No se medirá por la inmediatez de las elecciones, sino por la capacidad de Washington para reinsertar a Venezuela en el mercado energético global como un socio dócil y estable, creando las condiciones para un cambio de régimen que, aunque no se materialice de inmediato, quedará institucionalmente encauzado. La estructura del plan revela que la prioridad no es la democracia per se, sino la orquestación de un cambio que salvaguarde los intereses estratégicos y de seguridad de Estados Unidos en la región, dejando la decisión final sobre el futuro político del país en manos de un proceso cuyo ritmo y dirección Washington se ha reservado el derecho de marcar.