En vísperas de unas nuevas elecciones profesorales al Consejo Universitario de la ULA, donde (como es tradición) el populismo y la demagogia suelen campear para engrosar la kakistocracia universitaria que tanto daño hace, vale la pena rescatar esta vieja anécdota, convertida en cuento corto.
La protagoniza el genial filósofo José Manuel Briceño Guerrero, una de las mentes más lúcidas e irreverentes que ha dado nuestra casa de estudios. Para quienes no tuvieron el privilegio de conocerlo, baste decir que su inteligencia era tan profunda como su sentido del humor, y que nunca separó el rigor académico de la ironía más fina.
La Plancha Pi
Hace ya unas décadas, un grupo de los académicos más brillantes de la ULA, liderados por el genial filósofo Profesor Manuel Briceño Guerrero, decidió presentar una plancha para las elecciones del Consejo Universitario. La idea era, por supuesto, llevar la inteligencia y la lucidez a los espacios de decisión.
Al momento de inscribirla, llegó el trámite inevitable: asignar un número de identificación para la boleta electoral.
El funcionario de turno, un burócrata fiel al manual, les esperaba con su formulario. El Profesor Briceño, con su calma característica, anunció:
—Muy bien. Nuestro número será Pi.
El funcionario palideció un poco.
—Disculpe,Profesor, no puede ser Pi. Tiene que ser un número.
—Pero Pi es un número —aclaró Briceño, amablemente—. Es un número irracional de los más famosos, aproximadamente 3,1416...
—No, no, señor —insistió el empleado, sudando ya la gota gorda—. Tiene que ser un número... normal. De los que salen en la calculadora.
Briceño, lejos de enfadarse, se divirtió. Le explicó que en el reglamento no se especificaba que el número debía ser natural, entero o racional. Era, sencillamente, un "número".
El funcionario, acorralado por una lógica superior, sacó su último argumento:
—¡Es que la gente puede escribirlo de distintas maneras! Unos pondrán la letra griega y otros "Pi".
Con una sonrisa, el Profesor tomó un papel y dibujó:
—Mire, eso mismo pasa con el siete. Unos lo hacen con un palito transversal —dibujó un 7— y otros solo con un ganchito —dibujó un 7 sin la línea horizontal—. No por eso se anula el voto.
Derrotado y exhausto, el funcionario soltó su última y triste objeción:
—¡Es que puede haber personas que no sepan qué es Pi!
Fue entonces cuando el Profesor Briceño Guerrero, con una mezcla de compasión y humor infinito, le dio la estocada final:
—No se preocupe, mijo. Nosotros no queremos que esa gente vote por nosotros.
Y se fue, dejando en el aire una lección perfecta: en la universidad, el conocimiento debe ser la moneda de cambio, no la simpatía vacía. Para aspirar a representar a los profesores, lo mínimo es saber que Pi es un número.
Luis Betancourt.
Julio, 2026