Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
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13 de agosto de 2026

Imperialismo y América Latina: expropiación, hegemonía y la lucha por el futuro

 

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De prensabolivariana en agosto 12, 2026

Este artículo es una versión adaptada y ampliada de una sección de mi libro In Defense of Imperialism, actualmente en proceso de publicación. El libro analiza el imperialismo no como un vestigio histórico de la conquista colonial, sino como una estructura cambiante del capitalismo mundial que opera mediante el poder militar, la dependencia financiera, la dominación tecnológica, las relaciones comerciales desiguales y la hegemonía ideológica.

América Latina ofrece uno de los ejemplos más claros de cómo funciona esta estructura. Su historia demuestra que la dominación imperial no se produce únicamente mediante la intervención externa ni puede comprenderse al margen de las relaciones de clase internas. Surge de la interacción entre las estructuras del capitalismo mundial, las clases dominantes nacionales, las instituciones estatales y las luchas populares. El imperialismo debe entenderse, por tanto, como una relación de poder en la que la dominación externa y los intereses de las clases dominantes internas se refuerzan mutuamente, pero en la que ambas dimensiones son también objeto de disputa desde abajo.

América Latina: el laboratorio del imperialismo moderno

América Latina ha sido uno de los principales laboratorios del imperialismo moderno. Desde la conquista colonial europea hasta las formas contemporáneas de dependencia financiera y tecnológica, la región ha experimentado una extracción sistemática de tierras, trabajo y recursos naturales.

La incorporación de América Latina a la economía capitalista mundial creó un patrón que sobrevivió a la independencia formal: economías organizadas en torno a la exportación de materias primas, dependencia de los mercados externos, concentración de la riqueza en manos de las élites nacionales e integración desigual en el capitalismo mundial.

Desde una perspectiva marxista, esta historia refleja la lógica de la acumulación por desposesión. La expansión capitalista ha dependido repetidamente no solo de la producción industrial y del intercambio mercantil, sino también de la apropiación de tierras, la privatización de recursos colectivos, el desplazamiento de comunidades y la transformación de la naturaleza y del trabajo en fuentes de acumulación.

Sin embargo, la dominación imperial no puede reducirse a la extracción económica. El imperialismo moderno requiere también la producción de consentimiento. Opera mediante lo que Antonio Gramsci denominó hegemonía: la capacidad de los grupos dominantes para presentar sus intereses particulares como universales e inevitables.

La transformación neoliberal de América Latina no fue, por tanto, simplemente un programa económico. Fue también un proyecto cultural e ideológico. La privatización, la desregulación y la supremacía del mercado fueron promovidas no solo a través de las instituciones financieras, sino también mediante universidades, redes de medios de comunicación, centros de pensamiento y élites intelectuales que contribuyeron a construir la idea de que «no había alternativa».

El experimento neoliberal chileno posterior a 1973 demuestra este proceso. La influencia de la Escuela de Chicago no se limitó a la política económica; contribuyó a una reestructuración más amplia de la sociedad al redefinir la relación entre ciudadanía, mercado y Estado, al tiempo que reducía el control democrático sobre la vida económica.

La Doctrina Monroe y la arquitectura del poder regional

La historia de la dominación estadounidense en América Latina suele remontarse a la Doctrina Monroe de 1823. Aunque inicialmente fue presentada como una oposición a la intervención colonial europea, gradualmente se convirtió en el fundamento ideológico de la pretensión de Washington de ejercer una posición de supremacía regional.

A lo largo de los siglos XIX y XX, Estados Unidos recurrió a la presión económica, la intervención militar, la influencia diplomática y las operaciones encubiertas para defender sus intereses estratégicos en el hemisferio.

Sin embargo, un análisis serio del imperialismo debe ir más allá de una simple oposición entre dominación externa e inocencia interna. Históricamente, la intervención extranjera ha dependido de alianzas con élites nacionales cuyos intereses se veían amenazados por los movimientos populares y las reformas redistributivas.

El derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954 ilustra esta interacción. La operación respaldada por la CIA estuvo estrechamente vinculada a los intereses de la United Fruit Company, que se oponía a la reforma agraria. Pero el golpe también contó con el apoyo de las élites terratenientes y de sectores militares guatemaltecos que consideraban las reformas sociales una amenaza para su posición de clase.

El mismo patrón apareció en Chile en 1973. El derrocamiento de Salvador Allende no fue simplemente una intervención extranjera organizada por Washington. Fue también una contraofensiva de clase protagonizada por sectores de la burguesía chilena, grupos empresariales, terratenientes y élites militares contra un gobierno que buscaba ampliar la propiedad pública y fortalecer la participación popular.

La dictadura de Augusto Pinochet que siguió se convirtió en un laboratorio de reestructuración neoliberal. La privatización, la desregulación, la liberalización financiera y los ataques contra las organizaciones sindicales no fueron únicamente reformas económicas; fueron mecanismos para reorganizar las relaciones de poder entre las clases.

La lección es más amplia que cualquiera de las interpretaciones nacionalistas o puramente externalistas del imperialismo. El poder imperial no sustituye simplemente a las clases dominantes nacionales. A menudo opera a través de ellas, incorporando sus intereses a una estructura más amplia de acumulación mundial.

La deuda: un mecanismo de dependencia y disciplina de clase

En la década de 1980, los mecanismos financieros comenzaron a complementar las formas más directas de intervención. La crisis de la deuda latinoamericana convirtió a instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en actores centrales de la reestructuración de las economías nacionales.

Los programas de ajuste estructural exigieron privatizaciones, liberalización comercial, reducción del gasto público y retirada de la intervención estatal. Presentadas como soluciones técnicas, estas políticas transformaron las relaciones sociales en favor del capital financiero.

Los activos públicos fueron transferidos a manos privadas, se debilitaron las protecciones laborales y se desmantelaron conquistas sociales obtenidas durante las décadas anteriores. La deuda se convirtió no solo en una obligación económica, sino también en un mecanismo de disciplina política que limitaba las opciones disponibles para los gobiernos y las sociedades.

Los políticos, economistas y empresarios nacionales también participaron activamente en la reestructuración neoliberal porque esta servía a sus propios intereses de clase. Esta interacción entre el poder financiero externo y los intereses de las clases dominantes nacionales resulta esencial para comprender cómo se reproduce la dependencia.

Al mismo tiempo, estas políticas generaron resistencia. Trabajadores, estudiantes, comunidades indígenas y movimientos sociales desafiaron la privatización de los bienes públicos y el desmantelamiento de las protecciones sociales.

La historia latinoamericana demuestra así que el poder imperial puede imponer fuertes restricciones sin eliminar la capacidad de acción política. La reproducción de la dependencia genera continuamente conflictos en torno a quién controla los recursos, las instituciones y la orientación del desarrollo económico.

La marea rosa: entre resistencia, redistribución y límites estructurales

A comienzos del siglo XXI, América Latina experimentó una ola de gobiernos conocida habitualmente como la «marea rosa». Dirigentes como Hugo Chávez en Venezuela, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Evo Morales en Bolivia y gobiernos progresistas en Argentina y otros países cuestionaron el consenso neoliberal que había dominado la región desde la década de 1980.

Estos gobiernos ampliaron los programas sociales, incrementaron la participación del Estado en sectores estratégicos, fortalecieron la cooperación regional y buscaron una mayor autonomía frente a la influencia de Washington. Para millones de personas, especialmente entre los sectores pobres y las comunidades históricamente marginadas, estas experiencias representaron una ruptura significativa con décadas de austeridad y exclusión.

Sin embargo, un análisis crítico debe reconocer tanto los logros como las limitaciones de estos proyectos.

Muchos gobiernos de la marea rosa continuaron dependiendo de modelos económicos extractivos heredados de períodos anteriores. Venezuela siguió dependiendo fuertemente de las exportaciones de petróleo; Bolivia, del gas natural y de los recursos minerales; y Brasil continuó siendo un importante exportador de productos agrícolas y materias primas. La redistribución aumentó, pero las estructuras más profundas de la dependencia no fueron transformadas de manera fundamental.

Estas limitaciones, sin embargo, no pueden comprenderse sin considerar el contexto internacional más amplio. Estos gobiernos actuaron dentro de un sistema capitalista mundial dominado por relaciones desiguales de comercio, finanzas y tecnología. También enfrentaron presiones políticas, restricciones financieras y, en algunos casos, sanciones directas por parte de Estados Unidos.

La crisis venezolana, por ejemplo, no puede explicarse únicamente por los fracasos económicos internos o por la caída de los precios del petróleo. El impacto de las sanciones estadounidenses y del aislamiento financiero desempeñó un papel importante en el agravamiento de las dificultades económicas. Al mismo tiempo, problemas internos —entre ellos la excesiva dependencia de los ingresos petroleros, la corrupción y las debilidades en la transformación productiva— contribuyeron a profundizar la crisis.

Un análisis serio desde la izquierda debe evitar, por tanto, dos errores opuestos: ignorar la presión imperial y considerar que los gobiernos progresistas son incapaces de cometer errores internos. La cuestión central es la interacción entre las restricciones estructurales y la capacidad de acción política: los gobiernos pueden redistribuir recursos y desafiar relaciones de poder existentes, pero siguen estando condicionados por las estructuras globales de acumulación en las que operan.

Más allá del cambio de gobierno: el papel de los movimientos populares

Una de las lecciones más importantes de la historia latinoamericana es que la transformación social no procede únicamente de los gobiernos. Los Estados pueden abrir oportunidades políticas, pero los cambios duraderos dependen de la organización y del poder de la sociedad desde abajo.

A lo largo de la región, los movimientos obreros, las comunidades indígenas, las organizaciones feministas y las luchas ecologistas han desafiado repetidamente tanto la dominación imperial como a las élites nacionales.

El levantamiento boliviano contra la privatización del agua en Cochabamba en 2000 demostró que la movilización popular podía derrotar políticas respaldadas por instituciones financieras internacionales y corporaciones multinacionales. La lucha no se dirigía únicamente contra un acuerdo específico de privatización; era también una defensa más amplia de los derechos colectivos frente a la expansión de la lógica mercantil sobre recursos esenciales.

En Argentina, los sindicatos, las asambleas barriales y los movimientos sociales han desempeñado un papel central en la resistencia a las políticas de austeridad y en el cuestionamiento de la agenda neoliberal representada por el gobierno de Javier Milei. Estas luchas demuestran que incluso en períodos de avance conservador la sociedad conserva la capacidad de generar alternativas políticas.

Los movimientos ecologistas de Brasil y de otros países también han cuestionado los modelos de desarrollo basados en el extractivismo. Las comunidades indígenas que defienden bosques, ríos y territorios plantean una cuestión fundamental: ¿desarrollo para quién y a qué costo social y ecológico?

Estos movimientos revelan una dimensión crucial de la lucha antiimperialista. La resistencia no consiste únicamente en defender la soberanía nacional frente a las potencias extranjeras; también implica transformar las relaciones sociales internas mediante las cuales se reproducen las formas globales de dominación.

El imperialismo en un mundo multipolar

El ascenso de China, la expansión de los BRICS y la creciente presencia de otras potencias mundiales han transformado la posición de América Latina en el sistema internacional. La región ya no opera dentro del mismo orden centrado en Estados Unidos y carente de un desafío significativo que caracterizó buena parte del siglo XX.

Este cambio crea nuevas oportunidades, pero también nuevas contradicciones.

Las inversiones chinas en infraestructura, energía, minería y agricultura han proporcionado a los países latinoamericanos alternativas frente a las tradicionales instituciones financieras occidentales. Han ampliado el margen de negociación de algunos gobiernos y reducido su dependencia exclusiva de Washington.

Sin embargo, una perspectiva crítica debe preguntarse también si estas nuevas relaciones transforman la dependencia o simplemente la reproducen bajo otra forma. En muchos casos, la demanda china continúa concentrándose en materias primas como la soja, el cobre, el litio y el petróleo. Si América Latina sigue siendo principalmente exportadora de materias primas, sustituir un mercado externo por otro no permitirá superar la dependencia estructural.

La multipolaridad, por tanto, no debe confundirse con emancipación. El declive de la hegemonía unilateral de Estados Unidos modifica las condiciones en las que opera el poder imperial, pero no elimina las estructuras subyacentes de acumulación desigual. Las nuevas alternativas geopolíticas pueden ampliar el margen de maniobra de los Estados periféricos y semiperiféricos, pero también pueden reproducir relaciones asimétricas de comercio, inversión y extracción de recursos.

La tarea de las fuerzas progresistas no consiste, por tanto, en sustituir una potencia dominante por otra, sino en aprovechar las contradicciones geopolíticas para ampliar el control democrático sobre los recursos, la producción y la toma de decisiones económicas.

Una estrategia de transformación: vincular estructura y agencia

La experiencia latinoamericana sugiere que superar la dependencia imperial requiere combinar transformación estructural y organización popular.

La soberanía económica no puede alcanzarse sin diversificación industrial, cooperación regional, desarrollo tecnológico y control democrático de los recursos estratégicos. Pero estos cambios no pueden producirse únicamente desde arriba, a través de las instituciones estatales. Requieren la participación activa de los trabajadores, las comunidades indígenas, los movimientos sociales y las organizaciones democráticas.

Una estrategia transformadora debería incluir:

  • construir mecanismos de cooperación económica regional que reduzcan la dependencia de una única potencia externa;
  • desarrollar capacidades productivas en lugar de mantener la dependencia de las exportaciones de materias primas;
  • crear formas democráticas de gestión de los recursos que incorporen a las comunidades locales;
  • fortalecer los derechos laborales y la participación popular en las decisiones económicas;
  • combinar la transformación ecológica con la justicia social.

La cuestión central, por tanto, no es simplemente si los Estados pueden resistir la presión imperial. Es si las fuerzas sociales pueden adquirir suficiente poder democrático para transformar tanto las estructuras externas de dependencia como las relaciones de clase internas mediante las cuales esas estructuras se reproducen.

Conclusión: imperialismo y posibilidad de cambio histórico

La historia de América Latina demuestra que el imperialismo no es ni simplemente una fuerza externa ni una estructura autónoma que opera por encima de la sociedad. Es una relación de poder producida mediante la interacción de relaciones económicas mundiales desiguales, instituciones políticas, intereses de clase nacionales, hegemonía ideológica y resistencia popular.

Esta distinción es fundamental. Si el imperialismo se entiende únicamente como dominación externa, las clases dominantes nacionales desaparecen del análisis y la soberanía nacional se convierte en la principal medida de la emancipación. Si se entiende únicamente como una estructura global impersonal, desaparece la capacidad de acción de los Estados, las clases y los movimientos sociales. Ninguno de los dos enfoques es suficiente.

El imperialismo se reproduce precisamente mediante la articulación de estos distintos niveles. El capital global opera a través de los mercados, las instituciones financieras, las tecnologías y el poder geopolítico, pero sus efectos están mediados por los Estados y las coaliciones de clase nacionales. Al mismo tiempo, las contradicciones generadas por este sistema crean espacios para la resistencia colectiva y la transformación política.

La historia de América Latina no es, por tanto, únicamente una historia de intervenciones, golpes de Estado y dependencia. Es también una historia de rebelión, resistencia e imaginación política colectiva.

Superar el imperialismo exige algo más que cambiar gobiernos o negociar mejores condiciones dentro del orden existente. Requiere transformar las relaciones mediante las cuales se reproducen la acumulación mundial y el poder de clase interno, al mismo tiempo que se construyen formas democráticas de poder social capaces de reconfigurar ambas dimensiones.

El futuro de América Latina no estará determinado únicamente por Washington, Pekín, las instituciones financieras o las corporaciones multinacionales. También dependerá de si los trabajadores, las comunidades indígenas, los movimientos sociales y las fuerzas democráticas son capaces de convertir la resistencia política en un poder social duradero.

El imperialismo se adapta a las condiciones cambiantes, y la resistencia también. La cuestión histórica central, por tanto, no es si las estructuras de dominación desaparecerán por sí solas, sino si las fuerzas sociales que se enfrentan a ellas serán capaces de transformar las relaciones que las reproducen.

La dialéctica entre dominación y emancipación permanece abierta.

Majid Maleki Meighani

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Majid Maleki Meighani (frecuentemente citado solo como Majid Maleki) es un escritor, traductor y analista político specializado en geopolítica, economía política y movimientos sociales de izquierda en Oriente Medio y América Latina.Es un activo colaborador y ensayista en diversos medios de comunicación internacionales dedicados al análisis de izquierda, la soberanía y el pensamiento crítico, tales como ZNetwork, Rebelión, Tribune Zamane, Akhbar-e Rooz y Kritik Bakış.