La madrugada tiene esa costumbre antigua de llevarse a los imprescindibles en silencio, como para no desordenar el rumor del viento en la sabana. En Barinas, año 2015, cuando las primeras sombras empezaban a deshilacharse sobre el cielo oscuro del llano, se nos fue Wladimir, Popeye. Se despidió de nosotros telepáticamente.
Marx
Un hombre de densa hondura marxista de los que leen la historia con la sensibilidad de la música. Fue musicólogo y ese don nos asombraba porque Wladimir no silbaba y, sobre todas las cosas, un hombre experto en el arte de la seducción, valiéndose de artimañas tan enigmáticas como sabiduría en juntar silabas para un discurso denso, de esos que uno lleva marcados en la memoria y de las luchas, lecturas y comida china.
Maneiro y Chávez
Wladimir pertenece a esa estirpe terca de Ruíz Guevara, Alfredo. Era conocido como uno de «los muchachos de Alfredo Maneiro. Forma parte de esa generación insurgente que aceptó el cruzar el desierto descalzo, prefiriendo la sed antes que vender la dignidad por el primer plato de lentejas o el vaso de agua amarga del poder burocrático.
De allí venimos, del barro originario: de La Ruta R y de Catabre, de los Matanceros de Sidor. dejando huellas en la memoria de Barquisimeto, de sus calles en el oeste. abriendo campos de ideas en la meseta barinesa.
Fueron los balbuceos de una vanguardia obstinada que, años más tarde, andando por las mismas veredas del pueblo, habría de encontrarse con ese otro Quijote torrencial que fue Hugo Chávez.
El llano
Hay vidas que no necesitan estridentismo para ser gigantes. La de Wladimir fue así: una constancia silenciosa, una integridad intachable, una humildad que a ratos se parecía a la timidez de los sabios. Hoy la llanura infinita —esa que no tiene puertas ni ventanas— lo recibe en su regazo de hierba y ceniza. Y nos deja aquí, en medio de esta patria asediada por la mezquindad y la trampa. Pero, ¿Cuándo no ha sido así? ¿Cuándo fue que los revolucionarios de verdad tuvimos el viento a favor?
Estar en «las malas» ha sido nuestra casa natural.
Nos queda la nostalgia de su entrañable transparencia, esa misma que canta la memoria colectiva. Y nos queda también la certeza de nuestro propio mito de Sísifo: esa condena voluntaria, ese pacto sagrado que hicimos desde jóvenes de empujar la piedra cuesta arriba una y otra vez, de luchar y morir, siempre, del mismo lado del cauce: junto al pueblo.
Eres mi recuerdo perenne.
No te has ido.
Estás siempre en la esquina.