Cervantes

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobretodo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia dondequiera que esté.

MIGUEL DE CERVANTES
Don Quijote de la Mancha.
La Colmena no se hace responsable ni se solidariza con las opiniones o conceptos emitidos por los autores de los artículos.

19 de septiembre de 2026

País y nación no son lo mismo. Por Pedro Grima Gallardo y Dubraska Durango de Grima

 


19 de septiembre de 2026

Un país es una línea en el mapa. Una frontera, un color, un nombre en el atlas. La nación es otra cosa: es la suma de todo lo que vive dentro de esas líneas. Los ríos, sí. El petróleo, el hierro, el oro, la tierra que alimenta. Pero también, y, sobre todo, su gente.

Y aquí viene lo bueno: Venezuela no solo tiene recursos bajo el suelo. Tiene un pueblo que llegó de todas partes. Europeos, africanos, indígenas, árabes, chinos, caribeños, andinos. Olas y olas de migraciones que se mezclaron sin permiso, sin protocolo, sin pedir cita. El resultado es una genética que muchas naciones envidian: rostros que no se parecen a un solo lugar, porque son de todos. Eso también es riqueza. La que no se mide en barriles ni en toneladas. Se mide en cómo un pueblo se levanta después de cada golpe, cómo inventa, cómo comparte, cómo se queda o cómo se va y vuelve. Resiliencia sin límites.

Así que cuando hablemos de Venezuela, no hablemos solo de un país. Hablemos de una nación: sus recursos, su tierra y su gente. Todo junto.

Duele escribirlo, pero hay que decirlo. Venezuela tiene petróleo, oro, hierro, bauxita, coltán, agua dulce, selva, sol y una de las mezclas humanas más ricas del planeta. Tiene costas, montañas, llanos, tepuyes y una tierra que, bien cuidada, alimenta a medio continente. Tiene, además, un pueblo formado por olas migratorias de todos los rincones. Una nación que, en teoría, lo tiene todo.

Y sin embargo, hoy un maestro, una enfermera, un obrero, un médico, un profesor universitario, ganan menos que el precio de un cartón de huevos. No es exageración. Es la realidad de millones. La pregunta no es retórica: ¿Cómo es posible? ¿Cómo un país con semejante dotación natural y humana termina con su gente haciendo colas interminables en los hospitales, emigrando a pie, sobreviviendo con bonos que aparecen y desaparecen según el humor del mes?

No es mala suerte. Es resultado de decisiones. Y esas decisiones tienen nombres, aunque aquí no los mencionemos. Tienen responsables, aunque algunos se escondan detrás del discurso. Tienen consecuencias, y esas consecuencias las paga el pueblo.

Primera explicación: el modelo económico.

Venezuela se volvió dependiente de un solo recurso: el petróleo. Durante décadas, todo giró alrededor de la renta petrolera. Se abandonó la agricultura. Se descuidó la industria. Se importó casi todo. Cuando el precio del crudo era alto, parecía que el país nadaba en abundancia. Se regalaba dinero, se subsidiaba todo, se construían obras faraónicas. Cuando cayó el precio, se descubrió que no había nada debajo. Un país que siembra un solo cultivo es un país que ayuna cuando ese cultivo falla. Venezuela sembró petróleo durante un siglo y hoy cosecha escasez.

Eso no es destino. Es elección. Otros países con petróleo diversificaron. Noruega creó un fondo soberano para las generaciones futuras. Emiratos Árabes invirtió en turismo, tecnología, finanzas. Venezuela, en cambio, se acostumbró a vivir del cheque que llegaba cada mes. Y cuando el cheque dejó de llegar, no había plan B. Ni siquiera había plan A.

Segunda explicación: la corrupción.

No hace falta detallar casos ni nombres para decir lo evidente: se robaron lo que era de todos. La riqueza que debía convertirse en hospitales, escuelas, carreteras, salarios dignos, se perdió en laberintos de sobreprecios, empresas fantasmas y cuentas en el exterior. La corrupción no es un delito abstracto: es un niño sin medicina, una escuela sin techo, un trabajador sin sueldo. Es una madre haciendo fila para comprar harina mientras alguien en el extranjero disfruta de lo que ella nunca tendrá. La corrupción no distingue ideologías. Ha atravesado gobiernos de distinto signo. Ha enriquecido a militares, a funcionarios, a empresarios, a intermediarios. Ha vaciado PDVSA, la empresa que alguna vez fue orgullo nacional. Ha convertido a Venezuela en sinónimo de saqueo. Y mientras unos pocos se llenaban los bolsillos, millones se vaciaban los suyos para sobrevivir.

Tercera explicación: las sanciones internacionales.

Sí, existen. Sí, afectan. Pero hay que decirlo con honestidad: golpean al pueblo, no a quienes toman decisiones. Bloquean medicinas, repuestos, alimentos. Impiden que entren equipos médicos, que se reparen refinerías, que se compren insumos básicos. Las sanciones no derriban gobiernos: empobrecen a la gente. Y en medio de esa pinza, corrupción interna y presión externa, el que siempre pierde es el mismo: el de abajo. Reconocer esto no es justificar a nadie. Es describir la realidad. La crítica debe ser completa: ni el gobierno es el único culpable, ni las sanciones son la única causa. Pero el pueblo no puede seguir siendo rehén de ninguno de los dos.

Cuarta explicación: la dirigencia.

Una dirigencia que aprendió a administrar la escasez en lugar de resolverla. Que se acostumbró a echarle la culpa a otros, al imperio, a la oposición, al pasado, mientras el presente se deshace. Gobernar no es justificarse. Gobernar es resolver. Y resolver exige reconocer errores, cambiar de rumbo, dejar de aferrarse al poder como si fuera un patrimonio familiar.

La dirigencia opositora tampoco escapa a la crítica. Durante años se dedicó a disputarse el poder mientras el país se hundía. Se dividió, se traicionó, se corrompió. Prometió cambios y entregó lo mismo, o peor. El pueblo no quiere héroes: quiere resultados. Y los resultados no llegan de ningún lado.

Y en el centro de todo esto, el salario.

Ese derecho que nace del trabajo, del esfuerzo, de la jornada cumplida. Ese salario que debería alcanzar para comer, para medicinas, para vivir con dignidad. Ese salario que durante décadas fue referencia en América Latina y hoy es una burla. En su lugar, llegaron los bonos. Bonos aleatorios, que caen cuando quieren, como quieren, a quien quieren. Bonos impersonales, que no reconocen tu profesión, tu antigüedad, tu esfuerzo, tu título, tus años de servicio. Bonos que no son salario. Son una limosna disfrazada de política social. Son ilegítimos, porque sustituyen lo que por derecho te corresponde: un sueldo justo, estable, negociado, que puedas exigir y no mendigar. Un bono se agradece. Un salario se exige. Y la diferencia no es semántica: es la diferencia entre ser ciudadano con derechos o ser beneficiario de un favor. El bono es la negación del trabajo como fuente de dignidad. Es decirle al maestro que su vocación no vale. Es decirle al médico que sus años de estudio no cuentan. Es decirle al obrero que su sudor es prescindible. El bono no reconoce: controla. No dignifica: somete. Y mientras el salario muere, el bono se convierte en instrumento de poder.

Esta crítica no es contra el pueblo venezolano. Es a favor.

Porque un país con tanta riqueza natural y humana no puede resignarse a que su gente sobreviva con migajas. La nación es su gente. Y su gente merece un salario, no un bono. Merece dignidad, no espera. Merece un presente, no un futuro siempre prometido. Venezuela no está condenada. Tiene todo para salir. Tiene petróleo, sí, pero también tiene gente formada, tiene diáspora dispuesta a volver, tiene tierra fértil, tiene agua, tiene sol, tiene cultura, tiene una mezcla humana que es un tesoro. Lo que le falta no son recursos: le falta rumbo. Le falta honestidad. Le falta un pacto social que ponga al trabajo en el centro y a la dignidad como meta. Salir exige reconocer lo que está roto. Exige dejar de romantizar la escasez. Exige que el trabajo vuelva a valer. Exige que la riqueza que está bajo el suelo y en la sangre de su pueblo se convierta, por fin, en vida digna para todos. Exige que el salario deje de ser un recuerdo y vuelva a ser un derecho.

Eso también hay que decirlo. Porque callarlo sería otra forma de complicidad. Y porque el pueblo venezolano, ese pueblo que ha resistido tanto, no merece silencio. Merece verdad. Merece justicia. Merece, por fin, vivir de su propia riqueza.