Federico Ruiz Tirado
Entendida en el contexto de la modernidad, la
corrupción es un atributo malicioso del Estado liberal burgués, un problema de
esta civilización y sus parámetros morales, así como el pecado lo fue de la
civilización cristiana medieval, como lo plantea la Europa primera de José
Manuel Briceño Guerrero.
Una revolución, que como decía el Ché, si es
verdadera se triunfa o se muere, si no triunfa ni muere, se degrada, se pudre.
La degradación de un proyecto revolucionario y de la práctica concreta de su
emprendimiento, equivale a la subsumisión definitiva a las reglas del juego y
los valores burgueses, de su democracia de mampostería, su hipocresía
institucional y de la apología de la propiedad privada. El proyecto se degrada
cuando se invierte en la práctica, es decir, cuando deja de subvertir,
volviéndose inocuo y asimilando lo que pretendía negar.
Ese es el desafío de este proceso bolivariano: hay
que acelerar todos los mecanismos que sirvan de torniquete a ese monstruo que
puede devorarnos. Cómo dijo Alfredo Maneiro en el año 1974: "Para evitar
que se corrompa hasta el telegrafista del pueblo"
El llamado lumpen - funcionariado es una
expresión necesaria no de la corrupción del Estado liberal-burgués, sino de la
degradación de la práctica que, por ende, deja se ser revolucionaria.
Este golpe "anaranjado" es el peor
desde la alborada de Hugo Chávez cuando las andanzas de Cruz Wefer y el Plan
Bolívar 2000 con el inefable general Rosendo.
Creo que el presidente Maduro debe poner todas las
cartas sobre la mesa, tal como lo hizo Chávez en la época de los golpes de
estado, incluído el llamado paro petrolero promovido desde la casta de la
"meritocracia" de PDVSA. Maduro representa la jefatura de la
revolución bolivariana, pero también el constructo de la alianza histórica con
el pueblo y la búsqueda de alivios y superación de las penurias que lo acosan.
Es el presidente de la República y sus circunstancias.
Pero me pregunto hasta cuándo permaneceremos
inmovilizados. Hay necesidad de avanzar en la consolidación del carácter
protagónico de la democracia. Como pueblo somos el sujeto, la fuerza motriz, la
oralidad de la revolución.
El Presidente debe estar necesitado de un nuevo
aluvión popular. Diez años contínuos en el ejercicio de la jefatura de un
Estado víctima de los estragos de la corrupción, del bloqueo imperial, de la
dispersión y apatia de las fuerzas populares, representa una camisa de fuerza
de la cual hay que librarse con aliento del pueblo trabajador y el apoyo de los
sectores sociales más sensibles y, así, garantizar la hegemomía del gobierno y
del legado de Chávez, porque los demonios andan sueltos en la América Latina.
Y en Venezuela los tenemos anidados, ansiosos de
dar un zarpazo.